FALSA MEMORIA
Dean Koontz


Este fantasma de ptalos que caen se deshace en luna y 
flores...
KYO


Bigotes del gato, 
patas palmeadas de mi perro nadador: 
Dios est en los detalles.
El libro de las penas contadas

En el mundo real como en los sueos, 
nada es del todo lo que parece.
El libro de las penas contadas

La vida es una comedia despiadada. 
En eso consiste su tragedia. 
Martin STILLWATEK




La AUTOFOBIA es un trastorno de la personalidad autntico. 
El trmino hace referencia a tres fobias diferentes:

a) miedo a estar solo;
b) miedo a ser egosta;
c) miedo a uno mismo.

El tercero es el menos frecuente de dichos trastornos



Aquel martes de enero en que su vida cambi para siempre, 
Martine Rhodes despert con dolor de cabeza, sinti ardor de 
estmago nada ms tomarse un par de aspirinas con un vaso 
de zumo de uva, le garantiz una jornada pica a su pelo al 
usar el champ de Dusty por descuido, se rompi una ua, 
dej que se le quemara la tostada, descubri un ejrcito de 
hormigas en el armario de debajo del fregadero, extermin la 
plaga rocindola con un spray insecticida con no menos saa 
que Sigourney Weaver tirando de lanzallamas en una vieja 
pelcula de bichos extraterrestres, limpi la hecatombe 
resultante con papel de cocina, tarare el Rquiem de Mozart 
mientras inhumaba solemnemente los diminutos cadveres en 
el cubo de la basura y recibi una llamada telefnica de su 
madre, Sabrina, que segua rezando por el fracaso del 
matrimonio de su hija tres aos despus de la boda. A pesar 
de todo, Martie sigui encarando con buen nimo -con 
entusiasmo, casi el da que tena por delante, porque haba 
heredado de su difunto padre, Robert Woodhouse, alias Bob 
El Risueo, un carcter optimista, una formidable capacidad 
para afrontar los problemas y un profundo amor a la vida, 
adems de ojos azules, pelo azabache y unos dedos de los 
pies francamente feos.

"Gracias, pap."

Tras convencer a su recalcitrante madre de que entre el 
matrimonio Rhodes segua reinando la armona, Martie se 
puso una chaqueta de piel y, como todas las maanas, sac a 
pasear a Valer, su Golden Retriever. Paso a paso, el dolor de 
cabeza le fue desapareciendo.

El sol afilaba escalpelos de luz en la piedra amoladera del 
lmpido cielo oriental. Por occidente, sin embargo, una fresca 
brisa  empujaba hacia la costa siniestras masas de nubes 
oscuras.

El perro mir al cielo con preocupacin, husme el aire 
recelosamente e irgui sus largas orejas al or el ruidoso siseo 
de las hojas de las palmeras agitadas por el viento. El animal 
saba perfectamente que se avecinaba tormenta.

Valer era un perro dcil y juguetn. Sin embargo, los ruidos 
fuertes lo asustaban, como si hubiera sido soldado en una 
vida anterior y an lo persiguiera el recuerdo de los campos 
de batalla batidos por la artillera.

Afortunadamente para l, en el sur de California las 
tormentas rara vez iban acompaadas de truenos. Por lo 
general, la lluvia llegaba sin anunciarse, y hasta resultaban 
tranquilizantes su chisporroteo sobre el pavimento y sus 
susurros entre el follaje.

Casi todas las maanas, Martie lo dejaba corretear durante 
una hora por las calles estrechas y flanqueadas de rboles de 
Corona Del Mar; los martes y jueves, sin embargo, un deber 
ineludible la obligaba a reducir la excursin a quince minutos. 
Esos das Valer, que pareca tener un calendario en su peluda 
cabeza, no remoloneaba y haca sus cosas en las 
inmediaciones de la casa.

Ese da, a slo una manzana de casa, el chucho se detuvo en 
la franja de csped que separaba la acera y la calzada y, tras 
mirar a su alrededor desconfiadamente, levant la pata 
derecha con su habitual discrecin e hizo aguas menores 
como apurado por la falta de intimidad.

Apenas una manzana ms adelante, cuando Valer se dispona 
a ejecutar la segunda parte de su desahogo matinal, el tubo 
de escape de un camin de la basura que pasaba cerca 
petarde y lo sobresalt. El animal se agazap detrs de una 
palmera, asom la cabeza por un lado del tronco y luego por 
el otro, convencido de que el aterrador vehculo volvera a 
aparecer.

-Ya est -le asegur Martie. El camin malo se ha ido. 
Estamos solos. Ya puedes hacer tus cosas sin miedo.

Valer, que no pareca muy convencido, permaneci tras su 
parapeto.

Martie tambin haba heredado la paciencia de Bob El 
Risueo, especialmente en lo tocante a Valer al que quera 
casi tanto como hubiera querido a un hijo, de haberlo tenido. 
Era un animal carioso y bonito: pelirrubio, con mechones 
dorados y blancos en las patas, manchas del color de la nieve 
en el trasero y una cola lujuriante.

Por supuesto, cuando estaba agachado y en plena faena, 
como en ese momento, nunca lo miraba, porque el chucho 
era tan vergonzoso como una monja en un topless. Mientras 
esperaba, Martie le cantaba bajito "Time in a Bottle", de Jim 
Croce, que siempre lo tranquilizaba.

Cuando entonaba el segundo verso, un repentino escalofro 
trep por la escala de su espina dorsal y la oblig a callar. No 
era mujer dada a premoniciones, pero, al tiempo que el glido 
repeluzno ascenda hasta su nuca, se sinti sobrecogida por 
una sensacin de inminente peligro.

Se volvi casi esperando ver acercarse a un asaltante o un 
coche fuera de control. Pero estaban completamente solos en 
la tranquila calle residencial.

Nada ni nadie corra hacia ella con intenciones aviesas. No se 
perciban ms movimientos que los producidos por el viento. 
rboles y setos agitaban sus follajes. Un puado de resecas 
hojas marrones se arrastraban por la calzada. Guirnaldas de 
espumilln y bombillas de las recientes fiestas navideas 
susurraban y tintineaban bajo el alero de una casa cercana.

An inquieta, pero sintindose ridcula, Martie exhal el aire 
que retena en los pulmones. Al orlo silbar entre sus dientes, 
advirti que tena las mandbulas apretadas.

Probablemente segua afectada por el sueo que la haba 
despertado poco despus de medianoche, el mismo de otras 
noches recientes. El hombre de hojas muertas que 
empezaban a pudrirse, una criatura de pesadilla. Turbulenta, 
rabiosa.

En ese momento, su mirada se pos en la alargada sombra 
que cubra el cuidado csped, cea el bordillo y continuaba 
sobre el agrietado asfalto. Inexplicablemente, su inquietud se 
transform en alarma.

Dio un paso atrs, luego otro y, por supuesto, la mancha se 
movi con ella. Slo cuando retrocedi un tercer paso 
comprendi que era su propia sombra lo que la asustaba.

Ridculo. Ms absurdo que el sueo. Sin embargo, la sombra 
tena algo extrao: una deformidad mellada, un aire 
amenazador.

El corazn le golpeaba el pecho con la fuerza de un puo 
aporreando una puerta.

A la sesgada luz del sol matutino, tambin las casas y los 
rboles arrojaban sombras deformes; pero Martie no vea 
nada amenazador en sus alargadas y torcidas siluetas. Slo 
en la suya.

Comprenda lo absurdo de su miedo, pero comprenderlo no 
atenuaba su angustia. Cortejada por el terror, se qued 
paralizada, mano a mano con el pnico.

La sombra pareca latir con el pulso lento y pesado de su 
propio corazn. Incapaz de desviar la vista, Martie se sinti 
sobrecogida de pavor.

Cerr los ojos y procur controlarse.

Por unos instantes, se sinti tan ligera que el viento le pareci 
lo bastante fuerte para alzarla del suelo y arrastrarla tierra 
adentro con las incansables nubes, hacia la lejana franja de 
fro cielo azul, que se estrechaba por momentos. Sin 
embargo, tras respirar hondo varias veces, tuvo la sensacin 
de que su cuerpo recuperaba el peso poco a poco.

Cuando se atrevi a mirarla de nuevo. Su sombra no le 
produjo ninguna sensacin extraa. Solt un suspiro de alivio.

El corazn segua latindole con fuerza, aunque ya no lo haca 
a impulsos de un terror irracional, sino de la lgica 
preocupacin respecto al motivo de su inslito 
comportamiento. Nunca haba experimentado nada 
semejante.

Intrigado, Valer la observaba con la cabeza inclinada.

Martie haba soltado la correa.

Tena las manos hmedas de sudor. Se restreg las palmas 
en los vaqueros.

Martie advirti al fin que el animal haba hecho sus 
necesidades y se enguant la mano derecha con una bolsa de 
plstico. Como una buena ciudadana, recogi 
escrupulosamente el regalito de Valer, volvi la bolsa como si 
fuera un calcetn, retorci el extremo y lo at con dos nudos.

El retriver la miraba con expresin culpable.

-Si alguna vez dudas de mi cario, muchachito -le dijo Martie, 
recuerda que hago esto todos los das.

Valer le dedic una mirada de agradecimiento. O quiz slo 
de alivio.

La ejecucin de aquella tarea tan humilde y habitual la ayud 
a recuperar la serenidad. La pequea bolsa azul y  su tibio 
contenido tuvieron la virtud de anclarla a la realidad. El 
extrao incidente segua intrigndola y preocupndola, pero 
haba dejado de asustarla.











La silueta de Skeet, sentado en lo ms alto del tejado, se 
recortaba, alucinada y suicida, contra el cielo sombro. Tres 
rollizos cuervos trazaban crculos a seis metros por encima de 
su cabeza, como si lo consideraran una carroa en ciernes.

Abajo. Motherwell permaneca inmvil en el camino de 
acceso, con los brazos en jarras y los enormes puos 
apretados en la cintura. Aunque daba la espalda a la calle, su 
postura evidenciaba la furia. Estaba del mejor humor para 
partirle la crisma a cualquiera.

Dusty aparc la furgoneta junto al bordillo de la acera, detrs 
de un coche rotulado con el nombre de la empresa de 
seguridad privada que custodiaba aquel distinguido y 
hermtico barrio residencial. Junto al vehculo, un individuo 
alto vestido de uniforme se las compona para parecer 
autoritario y superfluo a un tiempo.

La casa de tres pisos desde cuyo tejado Skeet Caulfield 
contemplaba su frgil condicin mortal era una atrocidad de 
mil metros cuadrados y cuatro millones de dlares. Varios 
estilos mediterrneos, modernismo espaol, clasicismo 
toscano, neoclasicismo griego y Taco Bell temprano se daban 
de bofetadas por obra y gracia de un arquitecto que poda 
presumir de una psima formacin o de un extraordinario 
sentido del humor. Lo que parecan decenas de empinadas 
vertientes cubiertas de tejas rabes se encabalgaban entre s 
en catica profusin, puntuadas por un derroche de 
chimeneas mal disfrazadas de campaniles con cpula, junto al 
ms sobrecogedoramente feo de los cuales, y encaramado al 
caballete ms eminente, se hallaba el pobre Skeet.

Tal vez inseguro de su papel en aquella situacin y 
considerndose obligado a tomar alguna iniciativa, el guardia 
de seguridad interpel a Dusty.

-Puedo ayudarle  en algo, seor?

-Soy el contratista de la pintura -aclar Dusty.

El atezado guardia desconfiaba de Dusty, o bien tena una 
mirada inquisitiva de nacimiento. Su rostro, surcado por 
innumerables pliegues, pareca una obra de papiroflexia.

-El contratista de la pintura, eh? -repiti, escptico.

Dusty  vesta pantalones blancos de algodn, jersey blanco, 
cazadora vaquera blanca y  una gorra blanca con el rtulo 
"Pintura" impreso en azul sobre la visera, lo que hubiera 
debido dar cierta credibilidad a su identificacin. A punto 
estuvo de preguntar al suspicaz cancerbero si el vecindario 
haba declarado la guerra a alguna banda de ladrones 
procesionales disfrazados de pintores de brocha gorda, 
fontaneros y deshollinadores; pero se limit a presentarse.

-Soy Dustin Rhodes y seal el anuncio de su gorra-. El 
hombre de all arriba es miembro de mi equipo.

-Equipo? rezong el guardia. As es como los llama?

Tal vez Intentaba ser sarcstico, o puede que charlar no fuera 
lo suyo.

Pues s, la mayora de los contratistas consideran a sus 
hombres un equipo respondi Dusty levantando la vista hacia 
Skeet, que lo salud con la mano. Durante un tiempo nos 
ofrecimos como fuerza de intervencin rpida, pero parece 
que algunos clientes se sentan intimidados. La verdad es que 
suena un tanto agresivo... As que decidimos llamarnos 
equipo, como todo el mundo.

-Ya -dijo el guardia. Y entrecerr los ojos un poco ms.

Tal vez intentaba sacar algo en claro de la historia de Dusty, o 
puede que se estuviera preguntando si partirle o no la cara.

-No se preocupe, conseguiremos bajar a Skeet -le asegur 
Dusty. 

-A quin?

-Al alpinista -le aclar Dusty, que ya haba echado a andar 
por el camino de acceso al encuentro de Motherwell.

-No debera llamar a los bomberos? le pregunt el guardia 
pisndole los talones.

-Bah! No creo que se pegue fuego antes de saltar.

-Este es un vecindario decente.

-Decente? Por Dios, es perfecto!

-A nuestros residentes no les hara ninguna gracia un suicidio.

-Recogeremos las vsceras, las meteremos en bolsas y 
enchufaremos la manguera. Ya ver como ni se enteran.

Dusty se qued tan sorprendido como aliviado al comprobar 
que no haba vecinos a la vista. A una hora tan temprana, 
puede que an siguieran zampando canaps de caviar y 
trasegando champan y zumo de naranja en copas de oro. Por 
suerte, los clientes de Dusty, el matrimonio Sorenson, en 
cuyo tejado Skeet segua de palique con la Muerte, estaban 
de vacaciones en Londres.

-Buenas. Ned - salud Dusty.

-Bastardo... respondi Motherwell.

-Yo?

-El, farfull Motherwell apuntando al tejado.

Con sus casi dos metros y sus ciento quince kilos, Ned 
Motherwell sacaba a Dusty una cabeza de altura y mas de 
cuarenta kilos de peso. No hubiera tenido los brazos tan 
recios de haber sido los cuartos traseros transplantados de un 
perchern. A pesar del cortante viento, iba en camiseta de 
manga corta; como de costumbre, el fro pareca afectarle 
tanto como a la estatua de Paul Bunyan.*

-Maldita sea, jefe, hace un siglo que te he llamado. Donde 
andabas? -dijo Motherwell, tamborileando con los dedos en el 
telfono mvil enganchado a su cinturn.

-Me has llamado hace diez minutos, y andaba saltndome 
semforos en rojo y atropellando escolares en los pasos de 
cebra.

-El lmite de velocidad en esta comunidad es de cuarenta 
kilmetros por hora le advirti. Muy serio, el guardia.

Motherwell alz una mirada iracunda hacia Skeet Caulfield y 
agit el puo en su direccin.

-To, me encantara machacar a ese drogata.

-Es un cro desorientado -dijo Dusty.

-Es un yonqui soplapollas replic Motherwell.

-Lleva meses limpio.

-Lleva aos hecho una mierda.

-Tienes un corazn de oro, Ned.

Lo que cuenta es que tengo cerebro, y no pienso joderlo 
metindome basura, ni quiero mezclarme con pringados 
autodestructivos como l.

Ned, capataz del equipo, era Recto, exiga de sus adeptos la 
renuncia al consumo de drogas, al abuso de alcohol y a la 
promiscuidad sexual. Lo suyo era el rock-and-roll a todo 
volumen, el baile a todo trapo, el autodominio y el amor 
propio. Una u otra fuerza viva del pas podra haberlos jaleado 
como saludable tendencia cultural... si los Rectos no 
abominaran del sistema y despreciaran por igual a los dos 
partidos mayoritarios. De vez en cuando, en un antro o 
durante un concierto, localizaban a un yonqui y le zurraban la 
badana sin contemplaciones, prctica que no contribua 
precisamente a integrarlos en la poltica tradicional.

Dusty apreciaba tanto a Motherwell como a Skeet, aunque por 
motivos diferentes. Motherwell era listo, divertido y de fiar, 
pero intransigente. Skeet era bueno y dcil, pero 
probablemente estaba condenado a una vida de estril apata, 
das sin objeto y noches solitarias.

Motherwell era, con diferencia, el mejor de los dos como 
empleado. Si Dusty se rigiera exclusivamente por los eficaces 
criterios que exponan los manuales de gestin empresarial, 
hubiera excluido a Skeet de su equipo haca mucho tiempo.

La vida sera un camino de rosas si el sentido comn 
gobernara todos nuestros actos; en ocasiones, sin embargo, 
sentimos que lo ms sensato dista de ser lo ms justo.

-Se avecina un buen chaparrn -dijo Dusty. A quin se le 
ocurre mandarlo subir al tejado?

A m no, desde luego. Le dije que lijara los marcos de las 
ventanas y las molduras de la planta baja. Y cuando me doy 
la vuelta me lo encuentro all arriba diciendo que piensa 
tirarse de cabeza.

-Voy a bajarlo.

-Ya lo he intentado yo. Cuanto ms me acercaba, ms 
histrico se pona.

-Lo habrs asustado -dijo Dusty.

-Asustado? Como lo agarre por mi cuenta va a lamentar no 
haberse partido la crisma contra el hormign.

El guardia abri su telfono celular.

-Ms vale que llame a la polica.

-No! -Comprendiendo que casi haba gritado, Dusty respir 
hondo y aadi en un tono ms calmado: No creo que a la 
gente de este barrio le guste que armenios un folln pudiendo 
evitarlo.











Si acuda la polica, puede que bajaran a Skeet sano y salvo, 
pero su siguiente paso sera enviarlo a la seccin de 
psiquiatra de algn hospital, donde lo tendran en 
observacin al menos tres das. Ms, probablemente. Lo 
ltimo que necesitaba el chico era caer en las garras de uno 
de esos comecocos a los que les faltara tiempo para repasar 
de cabo a rabo su farmacopea de psicoactivos y aparecer con 
un cctel de drogas modificadoras del comportamiento que tal 
vez proporcionara a Skeet una momentnea placidez, pero sin 
duda acabara achicharrndole las pocas sinapsis que an no 
tena cortocircuitadas.

En barrios como ste -insisti Dusty- ciertos espectculos no 
hacen maldita la gracia.

Tras recorrer con la mirada las inmensas casas alineadas a 
ambos lados de la calle, las regias palmeras y las majestuosas 
higueras, los cuidados cspedes y los hermosos arriates, el 
guardia sentenci:

Les doy diez minutos.

Motherwell levant el puo derecho y amenaz a Skeet.

Bajo su aureola giratoria de cuervos, Skeet salud con la 
mano.

-La verdad, no parece que vaya a suicidarse -opin el 
guardia.

-El muy cabroncete dice que se siente feliz porque el Angel de 
la Muerte se ha sentado a su lado -explic Motherwell y le ha 
enseado cmo son las cosas en el otro barrio. Y por lo visto 
son la hostia.

-Voy a hablar con l -dijo Dusty.

-Djate de hablar -rezong Motherwell- y dale un buen 
empujn.













El viento arreciaba y el celaje, bajo, plomizo y preado de 
lluvia, segua derivando tierra adentro mientras Martie y el 
perro volvan a casa al trote. La mujer baj la vista hacia su 
sombra varias veces, hasta que las nubes de tormenta 
ocultaron el sol y su oscura compaera desapareci como si, 
absorbida por la tierra, hubiera regresado a algn 
inframundo.

A medida que pasaba ante las casas, miraba hacia las 
ventanas preguntndose si alguien habra observado su 
extrao comportamiento y esperando no haber parecido tan 
rara como se senta.

En el pintoresco vecindario, la mayora de los edificios eran 
pequeos y antiguos, aunque muchos, conservados con 
mimo, posean ms encanto y carcter que la mitad de las 
personas que conoca Martie. Dominaba la arquitectura 
espaola, pero no faltaban hotelitos Cotswold, charmirec 
francesas, Milaschens alemanas y bngalos modernistas. La 
eclctica mezcolanza produca un efecto agradable, realzado 
por el verde encaje de laureles, palmeras, fragantes 
eucaliptos, helechos y frondosas buganvilias que daba ilacin 
al conjunto.

Martie, Dusty y Skeet vivan en una mansin victoriana de 
dos pisos, diminuta pero perfectamente proporcionada, con 
carpintera color bizcocho de jengibre. Dusty haba pintado las 
fachadas siguiendo la colorista aunque elegante tradicin de 
los edificios victorianos de ciertas calles de San Francisco: 
amarillo plido para el fondo, azul, gris y verde para las 
molduras y un juicioso empleo del rosa en un sencillo detalle 
a lo largo de la cornisa y en los frontones de las ventanas.












A Martie le encantaba ser hogar, que consideraba una prueba 
irrefutable del talento y la buena mano de Dusty.

Sabrina, en cambio, apenas vio acabado el trabajo de pintura, 
sentenci: "Parece la casa de unos payasos".

Mientras abra la verja de madera de la techada norte y 
segua a Martie por la senda de ladrillos que llevaba al patio 
trasero, Martie se pregunt si su absurdo juego tendra 
alguna relacin con la deprimente conversacin telefnica que 
haba mantenido con su madre Despus de todo, no haba 
mayor fuente de tensin en su vida que la renuencia de 
Sabrina a aceptar a Dusty. Eran las personas que ms quera 
en el mundo, y nada le hubiera gustado ms que verlos en 
buenos trminos.

Dusty era la vctima inocente de aquella guerra sorda, en la 
que no haba ms combatiente que Sabrina. Lo ms 
frustrante era que el rechazo de Dusty a entablar batalla no 
pareca producir otro efecto que aumentar la hostilidad de su 
suegra.

Martie se detuvo en la parte trasera de la casa, entr en el 
cercado de los contenedores de basura, levant la tapa de 
uno de ellos y dej caer la bolsa azul con el regalito de Valer.

Puede que su repentina e inexplicable ansiedad fuera 
consecuencia de las lamentaciones de su madre respecto a la 
presunta falta de ambicin de Dusty y sus carencias en 
cuanto a lo que Sabrina consideraba una educacin como Dios 
manda. Martie tema que el veneno materno acabara 
emponzoando su ntatrimonio. A despecho de s misma, 
poda empezar a ver a Dusty con los ojos despiadadamente 
crticos de su madre. O tal vez Dusty comenzara a culparla de 
la poca estima en que lo tena Sabrina.

Lo cierto era que Martie no haba conocido hombre ms 
sensato que Dusty. El instrumento que tena entre las orejas 
estaba mejor afinado que el del propio Bob el Risueo, que 
haba sido infinitamente ms inteligente de lo que su 
sobrenombre poda dar a entender. En cuanto a ambicin... 
En fin, Martie prefera un buen marido a un marido ambicioso, 
y en Dusty haba ms bondad que codicia en Las Vegas.

Adems, sus propios logros tampoco satisfacan las 
expectativas de su madre. Tras obtener una licenciatura en 
Ciencias Empresariales en la especialidad de Estudios de 
Mercado, seguida por un master en Administracin de 
Empresas, se haba desviado de la ruta que hubiera podido 
conducirla a la gloria ejecutiva de alguna multinacional. En 
contrapartida, se haba convertido en diseadora 
independiente de videojuegos. Haba vendido unos cuantos 
xitos menores de su entera creacin y, trabajando por 
encargo, haba concebido guiones, personajes y entornos 
fantsticos basados en ideas ajenas. Ganaba dinero, aunque 
an no poda decir que se estuviera forrando, y sospechaba 
que el hecho de ser mujer en un campo dominado por 
hombres sera a la larga una enorme ventaja, pues le permita 
aportar un punto de vista diferente. 

Le gustaba su trabajo; recientemente haba firmado un 
contrato para crear un juego completamente nuevo inspirado 
en la triloga de El Seor de los Anillos de J. R. R. Tolkien, que 
podra generar suficientes derechos de autor como para dejar 
de una pieza a Scrooge Melduck. A pesar de ello, su madre 
tildaba su trabajo de "carnavaladas", seguramente porque 
Sabrina relacionaba los videojuegos con los salones 
recreativos, los salones recreativos como los parques de 
atracciones y los parques con el carnaval. Martie se daba por 
satisfecha con que su madre no hubiera ido un paso ms all 
y la considerara un fenmeno de feria.

Seguida por Valet, Martie subi las escaleras que conducan al 
porche posterior.

-Puede que un psicoanalista nos dijera que, ah afuera, 
durante un minuto, mi sombra era un smbolo de mi madre, 
de su negatividad... -El perro la miraba atentamente agitando 
su exuberante cola- ...y que tal vez mi pequeo ataque de 
ansiedad expresara un temor inconsciente a que mam... en 
fin, a que pueda acabar comindome el coco, contagindome 
su ponzoosa actitud.- Martie busc el llavero en un bolsillo 
de su chaqueta y abri la cerradura-. Seor, parezco una 
empollona de primero de Psicologa.

Sola hablar a Valer, que siempre la escuchaba embobado. El 
silencio del chucho era uno de los pilares de su maravillosa 
relacin.

-Pero lo ms probable aadi mientras segua al animal al 
interior de la cocina es que no haya simbolismo que valga y 
sencillamente me est volviendo ms loca que una cabra.

Valet resopl como adhirindose al diagnstico de locura y se 
puso a lamer el agua de su cuenco con entusiasmo.

Cinco das a la semana, despus de un largo paseo, Dusty o 
Martie empleaban media hora en adecentar al animal en el 
porche trasero, donde lo peinaban y cepillaban. Los martes y 
jueves, el aseo segua a la excursin vespertina. La casa 
estaba casi limpia de pelos caninos, y Martie tena intencin 
de que lo siguiera estando.

-Terminantemente prohibido -advirti a Valet mudar el pelo 
hasta nueva orden. Y recuerda: que no estemos en casa para 
cogerte in fraganti no significa que puedas subirte a las camas 
y hacer visitas al frigorfico cuando te apetezca.

El perro puso los ojos en blanco como para dejar claro que se 
senta ofendido por su falta de confianza. Luego, sigui 
bebiendo.

Martie entr en el pequeo aseo inmediato a la cocina y 
encendi la luz. Quera retocarse el maquillaje y cepillarse el 
pelo, que el viento le haba despeinado ligeramente.

Apenas se acerc al lavabo, un terror repentino volvi a 
oprimirle el pecho, y sinti que una mano invisible le 
estrujaba el corazn- No la sobrecoga, como haca un rato, la 
certeza de que un peligro mortal acechaba a sus espaldas. Lo 
que la aterraba en aquellos momentos era mirar el espejo.

De pronto, sinti que le flaqueaban las piernas y se inclin 
hacia delante con los hombros encorvados, abrumada, como 
si una roca descomunal gravitara sobre su espalda. Se agarr 
al borde del lavabo con ambas manos y clav la mirada en el 
fondo de la pila vaca. Aquel miedo irracional la paralizaba a 
tal punto que le resultaba fsicamente imposible alzar la vista.

En la concavidad de porcelana haba un pelo negro, suyo sin 
duda, parcialmente enroscado bajo el tapn de latn del 
desage, e incluso aquel filamento le pareci siniestro. Sin 
atreverse a levantar los ojos, busc a tientas uno de los 
grifos, lo abri y dej que el agua caliente arrastrara el 
cabello.

Dej correr el agua e inhal el vapor que ascenda de la pila, 
pero no consigui apaciguar los temblores que volvan a 
agitarla. Poco a poco, el borde del lavabo fue calentndose 
bajo sus manos, blancas y crispadas que sin embargo seguan 
ateridas.

El espejo aguardaba. Martie ya no poda considerarlo un 
objeto inanimado, una inofensiva placa de vidrio con el dorso 
azogado. Aguardaba.

O, ms bien, algo en el interior del espejo esperaba 
establecer contacto visual con ella. Un ente. Una presencia.

Sin levantar la cabeza, mir hacia la derecha y vio a Valet 
sentado en el umbral. En otras circunstancias, la expresin 
perpleja del animal la hubiera hecho rer; en su estado, rer le 
habra exigido un esfuerzo consciente, que hubiera producido 
un rechinar de dientes ms que una risa.

Aunque la asustaba el espejo, senta tambin y ms 
intensamente miedo ante su extravagante comportamiento, 
ante su inslita prdida de control.

El vapor se condensaba en su rostro y se espesaba en su 
garganta, ahogndola. Y el agua, que segua cayendo y 
borboteando en el desage, empezaba a sonar en sus odos 
como una algaraba de voces hostiles y risas malvolas.

Cerr el grifo de golpe. En el repentino silencio, se alarm al 
or su propia respiracin, entrecortada y anhelante, agitada 
por una ansiedad evidente.

Poco antes, en la calle, respirar hondo la haba ayudado a 
ahuyentar el miedo y serenarse hasta conseguir que su 
distorsionada sombra dejara de parecerle amenazadora. 
Ahora, en cambio, cada inspiracin pareca alimentar su 
terror, como el oxgeno alimenta el fuego.

Hubiera querido huir del cuarto, pero las fuerzas la haban 
abandonado. Senta las piernas como si fueran de goma, y 
tema desplomarse y golpearse la cabeza. No le quedaba ms 
remedio que seguir aferrada al lavabo.

Intent razonar consigo misma, confiando en que conseguira 
des-andar el camino del desvaro de la mano de la simple 
lgica. El espejo no poda hacerle dao. No era un ente. Era 
slo una cosa. Un objeto inanimado. Vidrio vulgar, por amor 
de Dios.

Nada de lo que viera en el espejo poda representar una 
amenaza. No era una ventana en la que encontrara asomado 
a un demente de sonrisa luntica y ojos inyectados por un 
propsito homicida, como en los bodrios de serie 13 para 
masoquistas descerebrados. El espejo no poda contener otra 
cosa que un reflejo del cuarto de aseo... y de ella misma.

La lgica no estaba funcionando. En una oscura regin de su 
mente a la que nunca haba descendido, Martie acababa de 
descubrir un torturado paisaje de supersticin.

Convencida de que una presencia estaba cobrando sustancia 
y poder en el interior del espejo precisamente a causa de sus 
propios esfuerzos por vencer al terror con argumentos 
racionales, cerr los ojos por miedo a atisbar, siquiera 
perifricamente, aquel espritu hostil. Cualquier nio sabe que 
el sacamantecas agazapado bajo la cama se vuelve ms 
fuerte y carnicero tras cada negacin de su existencia, que lo 
mejor es no pensar en la vida bestia acurrucada entre los 
borreguitos de polvo que viven bajo los muelles del somier, 
con la sangre de otros nios endulzando su ftido aliento. 
"Sobre todo no pienses en l", en sus espantosos ojos 
amarillos y su negra lengua de serpiente. "No pienses en l", 
y entonces se esfumar del todo, y el sueo acudir a ti, 
vendr la maana y despertars en tu mullida cama, bien 
arropada bajo las clidas sbanas, en vez de en el estmago 
de un demonio.

Valet restreg el lomo contra Martie que casi solt un grito.

Al abrir los ojos, su mirada se encontr con la del perro, que 
la observaba con una de esas expresiones a un tiempo 
implorantes y preocupadas que los golden retrivers han 
afinado hasta la casi total perfeccin.

Aunque estaba apoyada en la pila y segura de que no hubiera 
podido permanecer de pie sin aferrarse a ella, solt una 
mano. Temblando, la baj para acariciar a Valet.

Como si el animal fuera un pararrayos, Martie sinti que el 
contacto con el perro haca las veces de conexin a tierra y 
que parte de la ansiedad que la paralizaba flua fuera de su 
cuerpo como una chisporroteante corriente elctrica. El terror 
cerval se convirti en simple miedo.

Bonito, dcil y carioso, Valet era, no obstante, una criatura 
asustadiza. Si segua tan tranquilo en el pequeo paseo, 
estaba claro que all no exista el menor peligro. El animal le 
lami la mano.

Haciendo acopio del valor que le infunda Valet. Martie se 
forz a levantar la vista. despacio. Temblando ante la 
perspectiva de ver confirmados sus temores.

El espejo no puso ante sus ojos ningn espantajo, ningn 
paisaje sobrenatural, ningn fantasma: slo su propio rostro 
desprovisto de color y los objetos familiares del pequeo 
aseo.

Cuando mir el reflejo de sus propios ojos azules, el corazn 
volvi a desbocrsele, porque, en un sentido fundamental, se 
haba convertido en una extraa para s misma. Aquella mujer 
temblorosa que se asustaba de su propia sombra y sufra un 
ataque de pnico ante la perspectiva de enfrentarse a un 
espejo no era Martine Rhodes, la hija de Bob el Risueo, 
acostumbrada a sujetar con fuerza las riendas de la vida y 
cabalgar con entusiasmo y aplomo.

-Qu me est pasando? -pregunt a la extraa del espejo: 
pero su imagen no pudo explicrselo, como no pudo el perro.

Son el telfono. Martie fue a la cocina para cogerlo.

Valet la sigui. La miraba perplejo, agitando la cola al 
principio, completamente quieto un instante despus.

-Lo siento, se ha equivocado -dijo Martie al fin, y colg. 
Advirti la extraa actitud del retriever . Algn problema?

Valet, con el pelo del pescuezo ligeramente erizado, no le 
quitaba ojo.

Te juro que no era la caniche de los vecinos preguntando por 
ti.

Cuando volvi al cuarto de aseo y se puso delante del espejo, 
lo que vio en l sigui sin gustarle, pero ahora saba cmo 
arreglarlo.












Dusty pas bajo las susurrantes hojas de una datilera agitada 
por el viento y avanz junto a la fachada lateral de la casa. A 
medio camino se encontr con Foster Newton El Higo, tercer 
miembro de su equipo.

El Higo llevaba una radio -su perenne gotero electrnico- 
enganchada al cinturn. Un par de auriculares destilaban en 
sus odos la chchara de una tertulia.

Nunca escuchaba programas sobre poltica o problemas de la 
vida moderna. A cualquier hora del da o de la noche, El Higo 
saba la frecuencia exacta donde poda sintonizar con una 
tertulia sobre ovnis, abducciones aliengenas, conversaciones 
telefnicas con los muertos, seres cuatridimensionales y 
avistamientos de Big Foot.

-Qu hay, Higo?

-Qu hay?

El Higo sigui lijando con esmero el marco de una ventana. 
Tena los encallecidos dedos cubiertos de polvillo de pintura 
blanca.

-Sabes lo de Skeet? -le pregunt Dusty pasando a su lado y 
siguiendo su camino por el sendero de pizarra.

-Arriba -respondi El Higo asintiendo con la cabeza.

-Fingiendo que va a saltar.

-Puede que lo haga.

Sorprendido, Dusty par en seco y dio media vuelta.

-T crees?

Newton era tan taciturno que Dusty no esperaba ms 
respuesta que un encogimiento de hombros. Para su 
sorpresa, El Higo volvi a despegar los labios.

-Skeet no cree en nada -asegur.

-En nada, como qu? -pregunt Dusty.

-En nada. Punto.

-No es mal chico, de veras.

La rplica de El Higo fue, viniendo de quien vena, el 
equivalente a un discurso al final de un banquete.

-El problema es que no es mal nada.

Con su cara de torta, su barbilla de ciruela, su boca carnosa y 
su nariz chata y roja como una cereza, Foster Newton hubiera 
debido parecer un hedonista desaforado; sin embargo, lo 
salvaban de la caricatura sus ojos gris claro, que, 
magnificados por los gruesos cristales de sus gafas, 
rebosaban tristeza. No era aquel un sentimiento coyuntural, 
relacionado con el impulso suicida de Skeet, sino la perenne 
melancola con la que El Higo pareca contemplar a todo el 
mundo y al mundo propiamente dicho.

-Hueco -aadi El Higo.

-Skeet?

-Vaco.

-Acabar encontrndose a s mismo.

-Ha dejado de buscar.

-Demasiado pesimista -replic Dusty, contagiado por el 
laconismo de su empleado.

-Realista.

Newton inclin la cabeza, sbitamente interesado por las 
opiniones de los tertulianos, que apenas llegaban a Dusty 
como un leve susurro escapado de uno de los auriculares. El 
Higo permaneca inmvil, sujetando la lija a unos centmetros 
del marco y con los ojos embargados por una tristeza an 
ms profunda, provocada aparentemente por las enormidades 
que escuchaba, tan quieto como si lo hubiera alcanzado el 
rayo paralizante de una pistola extraterrestre.

Preocupado por la agorera prediccin de El Higo, Dusty aviv 
el paso hacia la larga escalera extensible de aluminio por la 
que lo haba precedido Skeet. Por un instante, dud si 
trasladarla a la fachada delantera; pero comprendi que el 
chico poda ponerse nervioso ante una aproximacin 
demasiado directa y saltar sin darle ocasin de tranquilizarlo. 
La escalera traquete bajo sus pies mientras suba 
rpidamente los peldaos.

Dusty alcanz el extremo superior de la escalera y puso los 
pies en la parte posterior del tejado. En la anterior, Skeet 
Caulfield permaneca oculto tras una empinada vertiente 
cubierta de tejas anaranjadas, que se ergua como el 
escamoso flanco de un dragn dormido.

Desde el edificio, erigido en una colina, a unos tres kilmetros 
en direccin oeste, ms all de la populosa planicie y el 
resguardado puerto de Newport Beach, se divisaba el Pacfico. 
Como si fuera un sedimento, el habitual azul de las aguas se 
haba aposentado en el fondo marino, y las picadas olas 
tenan innumerables tonos de gris moteado de negro, reflejo 
del encapotado cielo. En el horizonte, cielo y mar parecan 
curvarse juntos en una colosal ola negra que, de haber sido 
real, habra alcanzado la costa con suficiente fuerza para 
llegar a las Montaas Rocosas y continuar ms de mil 
kilmetros hacia el este.

Detrs de la casa, doce metros ms abajo, los patios 
pavimentados de pizarra representaban un peligro mucho 
ms inmediato para Dusty que el mar y la inminente 
tormenta. Le costaba mucho menos imaginarse destrozado 
contra la pizarra que fantasear con las Rocosas sumergidas 
bajo el agua.

Dando la espalda al ocano y al peligroso vaco, con la cintura 
doblada y los brazos ligeramente extendidos para contrapesar 
la gravedad que le tiraba de la espalda, Dusty empez a 
trepar hacia el caballete. Aunque fuerte, la brisa procedente 
del mar no era an un viento con todas las de la ley; no 
obstante, agradeci que lo empujara hacia la vertiente en 
lugar de oponerse a su avance. Concluida la ascensin, Dusty 
se sent a horcajadas en el caballete y dirigi la vista hacia la 
parte delantera de la casa por encima de las diversas 
vertientes de la compleja cubierta.

Skeet estaba sentado en un caballete paralelo al de Dusty, 
junto a una chimenea de dos caones con nfulas de 
rechoncho campanario. Sobre la torrecilla de estuco, 
columnas de falsa piedra caliza rematadas con arcos 
neoclsicos sostenan una cpula de estilo colonial espaol 
revestida de cobre de cuya cspide parta un corto pero 
recargado chapitel gtico, tan armonioso con el estrambtico 
conjunto como un anuncio de nen de Budweiser.

De espaldas a Dusty y con las rodillas pegadas al pecho, 
Skeet observaba a los tres cuervos, que seguan describiendo 
crculos sobre su cabeza. Alzaba los brazos hacia ellos en un 
gesto abarcador que pareca invitarlos a posarse en su cabeza 
y sus hombros, como si en vez de un pintor de brocha gorda 
fuera san Francisco de Ass en comunin con sus plumferos 
hermanos.

Con un pie en cada vertiente y oscilando como un pingino, 
Dusty avanz en direccin norte hasta el final del caballete, 
bajo cuyo alero se extenda de este a oeste otra cubierta de 
dos aguas. Descendi por las cncavas tejas inclinndose 
hacia atrs, porque en esos momentos la gravedad le tiraba 
del pecho inexorablemente. Se agach junto al canaln y, tras 
un instante de duda, dio un brinco y fue a aterrizar un metro 
ms abajo, con una suela de goma en cada agua del tejado 
inferior.

Descompensado, Dusty empez a inclinarse hacia la derecha. 
Intent recobrar el equilibrio, pero comprendi que no 
conseguira mantenerse en pie. Temiendo ladearse totalmente 
y precipitarse de cabeza al vaco, se arroj hacia delante, 
cay de bruces sobre las tejas del caballete y se aguant 
empujando con el brazo y la pierna derechos contra la 
vertiente sur y aferrndose con los izquierdos a la vertiente 
norte, como un jinete de rodeo aterrorizado sobre un toro 
furioso.

Se qued tumbado unos instantes con los ojos clavados en la 
moteada superficie rojiza y la ptina de liquen seco de las 
tejas. Le recordaba los cuadros de Jackson Pollock, aunque 
aquello era ms sutil, ms preado de sentido y ms 
agradable a la vista.

Cuando empezara a llover, la pelcula de liquen seco se 
empapara en un visto y no visto, y el tejado se transformara 
en un traicionero laberinto de resbaladizos toboganes. Tena 
que llegar hasta Skeet y convencerlo de que bajara con l 
antes de que estallara la tormenta.

Espoleado por aquella reflexin, empez a gatear hacia un 
pequeo campanario.

Aqul no tena cpula. El remate era una versin en miniatura 
de un minarete, alicatado con azulejos que representaban el 
arabesco conocido como "Arbol del Paraso". Los propietarios 
de la casa no eran musulmanes, as que deban de haber 
incluido aquel detalle extico por su valor decorativo, aunque, 
estando donde estaba, los nicos que podan acercarse a l lo 
suficiente para apreciarlo eran los albailes, los pintores y los 
deshollinadores.

Dusty se agarr a la torre de dos metros y se puso en pie. 
Deslizando las manos de tronera en tronera bajo el alero de la 
cubierta, rode el campanario y se situ ante el siguiente 
tramo del caballete.

Agachado y con un pie en cada pendiente, avanz hacia otro 
maldito campanario falso con otro dichoso rbol del paraso 
en la cubierta. Se senta como Quasimodo, el jorobado de 
Ntre-Dame aficionado a las alturas: quiz algo menos feo 
que el pobre giboso, pero la mitad de gil.

Rode la torrecilla y recorri el resto del caballete orientado 
de este a oeste, que acababa bajo el alero de la cubierta 
norte-sur del ala frontal del edificio. Skeet haba colocado una 
pequea escalera de mano en el caballete como rampa para 
alcanzar la cubierta superior, y Dusty trep por ella, se 
encaram a cuatro patas en la vertiente y empez a subirla 
acuclillado como un simio.

Cuando por fin coron la cumbre, Skeet no se mostr ni 
sorprendido ni alarmado.

-Hola, Dusty.

-Qu te cuentas, chaval?

Dusty tena veintinueve aos, slo cinco ms que Skeet, pero 
no poda evitar considerarlo un cro.

-Te importa que me siente? -le pregunt.

-T nunca me molestas, Dusty -contest Skeet sonriendo.

Dusty se acerc y, tras acomodar el trasero en el caballete, 
dobl las rodillas y plant los zapatos con fuerza en las tejas 
de la empinada vertiente.

A lo lejos, hacia el este, sobre las copas de los rboles 
agitadas por la brisa y los tejados de las casas cercanas, ms 
all de las autopistas y los terrenos urbanizados, al otro lado 
de las colinas de San Joaqun, las montaas de Santa Ana 
aguardaban, pardas y resecas, el comienzo de la estacin 
lluviosa; las nubes cean sus seculares crestas como sucios 
turbantes.

Abajo, Motherwell, al que no podan ver en esos momentos, 
haba extendido una enorme lona impermeable en el camino 
de acceso a la casa.

El guardia de seguridad alz la vista y los mir con el ceo 
fruncido; luego, consult su reloj. Dusty record que le haba 
dado diez minutos para bajar a Skeet.

-Lo siento dijo Skeet con una calina extraa en la voz. 

-Qu es lo que sientes?

-Saltar en horas de trabajo.

-Desde luego es una actividad ms adecuada para el tiempo 
libre admiti Dusty.

-Lo que pasa es que quera saltar donde me siento a gusto, 
no donde me siento desgraciado, y el trabajo es el sitio donde 
ms a gusto me siento.

-Bueno, yo siempre he procurado crear un ambiente de 
trabajo agradable.

Skeet ri por lo bajo y se sec el moquillo con la manga.

El chico, delgado por naturaleza, pero fuerte y fibroso en 
otros tiempos, se haba quedado flaco, casi esculido; sin 
embargo, pareca fofo, como si el peso perdido consistiera 
slo en masa muscular y sea. Adems, aunque trabajaba al 
aire libre, estaba plido, con una palidez enfermiza que se 
trasparentaba a travs de su ligero bronceado, ms gris que 
dorado. Con sus deportivas baratas de lona negra y suela de 
goma blanca, sus calcetines rojos, sus pantalones blancos y 
un rado jersey amarillo claro de mangas deshilachadas y 
flojas alrededor de las huesudas muecas, pareca un 
adolescente, un nio perdido que hubiera estado vagando por 
el desierto sin agua ni alimentos.

-Debo de haberme enfriado -dijo volviendo a secarse la nariz 
con la manga del jersey.

-Puede que el moquillo sea un efecto secundario.

Los ojos de Skeet, color miel e intensamente luminosos por lo 
general, estaban tan hmedos que parte del color pareca 
haberse disuelto hasta dejarle una mirada mortecina y 
amarillenta.

-Piensas que te he fallado, eh?

-No.

-S, lo piensas. Y tienes razn. Lo entiendo perfectamente, de 
verdad.

-T no puedes fallarme le asegur Dusty.

-Pues lo he hecho. Los dos sabamos que lo hara.

-Slo puedes fallarte a ti mismo.

-Tranquilo, hermanito. Skeet le palme la rodilla y sonri . No 
te culpo por esperar demasiado de m, y tampoco me culpo a 
m mismo por cagarla. Eso se acab.

Doce metros ms abajo, Motherwell sali de la casa 
arrastrando con una sola mano el colchn de una cama de 
matrimonio.

Antes de salir de vacaciones, los propietarios haban 
entregado a Dusty un juego de llaves, porque algunas 
paredes interiores de las zonas mas transitadas de la vivienda 
tambin necesitaban una enano de pintura. Esa parte del 
trabajo estaba acabada.

Motherwell dej caer el colchn encima de la lona 
impermeable, alz la vista hacia Dusty y Skeet y volvi al 
interior de la casa.

A pesar de la altura, Dusty se dio perfecta cuenta de que el 
guardia de seguridad no aprobaba que Motherwell saqueara la 
casa para improvisar una colchoneta salvavidas.

-Qu has tomado? pregunt a Skeet.

El chico se encogi de hombros y, alzando la cabeza, 
contempl las evoluciones de los cuervos con una sonrisa tan 
beatfica y tal reverencia en la mirada que cualquiera lo 
hubiera tomado por un estricto naturista de los que empiezan 
el da con un vaso de zumo de naranja recin exprimido, una 
torta de salvado sin azcar, una tortilla de tofu y una 
caminata de quince kilmetros.

-Tienes que recordar lo que has tomado... -insisti Dusty.

-Un cctel dijo Skeet. Pastillas y polvos.

-Estimulantes, tranquilizantes?

-Supongo que de todo. Y ms. Pero no me siento mal. -Apart 
la mirada de los pjaros y apoy la mano derecha en el 
hombro de Dusty. Ya no me siento como una mierda. Me 
siento en paz, Dusty.

-Sigo queriendo saber lo que has tomado.

-Para qu? Aunque fuera la mejor receta del mundo, no la 
probaras. -Skeet sonri y le dio un pellizco afectuoso en la 
mejilla. T? Quia! No eres como yo.

Motherwell sali de la casa con otro colchn de otra cama de 
matrimonio. Lo dej junto al primero.

-Qu chorrada dijo Skeet sealando vertiente abajo, hacia los 
colchones. Con saltar hacia un lado o hacia el otro...

-Mira, no vas a tirarte de cabeza a la entrada de los 
Sorenson. A ellos no les importar. Estn en Pars.

-Londres.

-Donde sea.

-Y s les importar. Les joder un montn.

-Por qu? -pregunt Skeet, parpadeando-. Tan pueteros 
son? Motherwell se haba puesto a discutir con el guardia. 
Dusty oa sus voces, pero no lo que decan.

Skeet an tena la mano en el hombro de Dusty.

-Ests helado.

-No -dijo Dusty. Estoy bien.

-Ests temblando.

Pero no de fro. Estoy asustado.

-T? -La incredulidad aviv la borrosa mirada de Skeet. 
Asustado de qu?

-De la altura.

Motherwell y el guardia de seguridad se dirigieron hacia la 
casa. Desde el tejado, daba la impresin de que Motherwell, 
con un brazo alrededor de la espalda del otro, lo haba 
levantado en vilo y lo llevaba en volandas.

-De la altura? Skeet lo miraba boquiabierto-. Si cuando hay 
que ver algo en un tejado siempre lo haces t...

-Con el culo prieto desde que me pongo hasta que acabo. 

-Venga ya! A ti no te asusta nada.

-Ya lo creo que s.

-A ti?

-A m.

-A ti no! -grit Skeet con repentina violencia.

-A m tambin.

Descorazonado, con un cambio de humor de ciento ochenta 
grados, Skeet retir la mano del hombro de Dusty. Se rode 
el cuerpo con los brazos y empez a mecerse adelante y atrs 
en el precario asiento que proporcionaba la hilera de tejas del 
caballete. Su voz estaba teida de angustia, como si en vez 
de reconocer que senta miedo a las alturas, Dusty le acabara 
de comunicar que tena un cncer en fase terminal.

-A ti no, a ti no, a ti no, a ti no...

En aquel estado era posible que Skeet reaccionara 
positivamente a una muestra de afecto incondicional; sin 
embargo, si le daba la sensacin de que lo estaban 
compadeciendo, poda enfurruarse y encerrarse en s mismo, 
incluso volverse hostil, lo que sera desagradable en 
circunstancias normales, pero resultara peligroso a doce 
metros del suelo. En general, responda mejor al cario un 
poco brusco, el humor y la verdad pura y dura.

Interrumpiendo la cantinela de Skeet, Dusty le espet:

-Mira que eres flojo...

-Y t un cagueta.

-Menudo agonas...

-Calla ya, pichafloja.

Dusty mene la cabeza.

-De eso nada.Yo lo que soy es un progrico psquico.

-Un pro qu?

-Progrico, que significa "afectado de progeria", es decir, 
"enferme-dad congnita caracterizada por un envejecimiento 
prematuro y acelerado, debido al cual el enfermo presenta el 
aspecto fsico de un anciano durante la infancia". Y psquico, o 
sea, "que pertenece o afecta a la psique".

Skeet asinti, admirado.

-Joder, Dusty, tienes razn, en Sesenta Minutos dieron una 
historia sobre eso.

-De modo que un progrico psquico es alguien mentalmente 
viejo desde nio. Progrico psquico. Eso es lo que era, segn 
mi padre.

A veces me llamaba por las iniciales. "Pepe." "Cmo est hoy 
mi pepito?", deca, o "Mira, pepe, ricura, si no quieres verme 
beber ms whisky, por qu no mueves el culo, sales al patio 
trasero y te subes a jugar con cerillas a tu casa del rbol?"

Abandonando la angustia y el enfado tan bruscamente como 
los haba abrazado, Skeet se dej invadir por el afecto.

-Toma ya! Entonces no era un mote carioso, eh?

-Pues no. No como "cagueta".

-Cul de ellos era tu padre? -pregunt Skeet frunciendo el 
ceo. -El doctor Trevor Penn Rhodes, catedrtico de Literatura 
y especialista en Teora de la Reconstruccin.

-Ah, s. El doctor Decon.

Con la mirada puesta en las montaas de Santa Ana, Dusty 
parafrase al doctor Decon:

-El Lenguaje no puede describir la Realidad. La Literatura no 
tiene un referente estable, ni un significado real. La 
interpretacin de cada lector es tan vlida como cualquier 
otra, y ms importante que la intencin del autor. De hecho, 
nada tiene significado en la vida. La Realidad es subjetiva. Los 
valores y la verdad son subjetivos. La propia vida no es ms 
que una ilusin. Bla, bla, bla, esto se merece otro whisky.

Desde luego, las lejanas montaas parecan reales. No menos 
que el tejado sobre el que apoyaba el trasero; si caa de 
cabeza al camino de acceso, se partira la crisma o quedara 
paraltico de por vida, lo que tal vez no probara una mierda a 
los ojos del intransigente doctor Decon, pero era 
sobradamente real para Dusty.

-Es culpa suya que te asusten las alturas? -pregunt Skeet-. 
Es por algo que te hizo?

-Quin, el doctor Decon? Que va. Los sitios altos me ponen 
nervioso, es todo.

Con un deje de solcita preocupacin en la voz, Skeet, muy 
serio, le dijo:

-Podras averiguar el motivo. Por qu no vas al psiquiatra? 

-Prefiero hablar con mi perro.

-A m me han tratado unos pocos.

-Y te han arreglado la vida, no?

Skeet ri de tan buena gana que se le volvi a caer el 
moquillo. Perdn.

Dusty se sac un pauelo de papel del bolsillo y se lo tendi.

Bueno... -empez a decir Skeet, y se sec la nariz . Lo mo es 
otra historia. Que yo recuerde, siempre he tenido miedo a 
todo.

-Lo s.

A levantarme de la cama, a irme a la cama... y a todo lo de 
entre-medias. Pero he dejado de tenerlo.

Acab de secarse la nariz y devolvi el pauelo a Dusty.

-Qudatelo.

-Gracias. Oye, to, sabes por qu he dejado de tener miedo? 

-Porque ests colocado?

La risa sacudi a Skeet de pies a cabeza, y el muchacho 
asinti. Pero tambin porque he visto el Otro Lado.

-El otro lado de qu?

-O mayscula, ele mayscula. Se me ha aparecido el Angel de 
la Muerte y me ha enseado lo que nos espera.

-Si eres ateo... -le record Dusty.

-Ya no. Eso se acab. Deberas alegrarte, no, hermanito?

-As de fcil, eh? Te tomas una pastilla y, voil. Ellos en 
persona.

La mueca de Skeet perfil an ms los huesos de su rostro, 
aterradoramente prximos a su demacrada tez.

-Chachi, eh? Bueno, el caso es que el ngel me ha dado 
instrucciones para que salte, y es lo que voy a hacer.

De pronto, un viento glido barri el tejado trayendo consigo 
el olor salino del lejano mar y, al poco, como un mal agero, 
un hedor fugaz de algas en descomposicin.

Levantarse y trepar por un tejado de vertientes tan 
pronunciadas como aquellas en medio de semejante ventolera 
era un reto poco tentador, as que Dusty rez para que el aire 
se calmara cuanto antes.

Consciente del riesgo, pero aceptando que el impulso suicida 
de Skeet naca, como l aseguraba, de su recin adquirida 
impavidez, y confiando en que una buena dosis de terror lo 
hara agarrarse de nuevo a la vida, Dusty dijo:

-Slo estamos a doce metros del suelo, puede que a no ms 
de nueve o diez desde el borde del tejado. Saltar sera la 
clsica cagada del blandengue, porque seguramente no 
conseguiras matarte, sino acabar paraltico para el resto de 
tu vida, enganchado a un montn de mquinas e incapaz de 
valerte por ti mismo durante los prximos cuarenta aos.

-Me matar -replic Skeet, casi contento.

-No tienes ninguna garanta.

-No pretendas quedarte conmigo, Dusty.

-No quiero quedarme contigo.

-Negar que quieres quedarte conmigo es quedarte conmigo. 

-Entonces me estoy quedando contigo.

-Vale.

Dusty respir hondo y procur conservar la calma.

-Esto es una idiotez. Bajemos de una vez. Te llevar al hotel 
Four Seasons de Fashion Island. Podemos subir hasta el 
tejado, catorce, quince pisos, los que haya, y saltas desde all. 
As estars seguro de no fallar.

-No lo haras.

-Te aseguro que s. Si vas a hacerlo, hazlo bien. No jodas 
tambin esto.

-Dusty, estoy colgado, pero no soy imbcil.

Motherwell y el guardia de seguridad salieron de la casa con 
un colchn de tamao familiar.

Mientras trataban de dominar el indmito jergn los dos 
hombres recordaban tanto al Gordo y el Flaco que era difcil 
aguantarse la risa; la de Skeet, sin embargo, son carente de 
todo humor en los odos de Dusty.

Una vez en el camino de acceso, Motherwell y el guardia 
soltaron su carga sobre el par de colchones de matrimonio 
colocados sobre la lona.

Motherwell mir hacia Dusty y alz los brazos con las palmas 
abiertas, congo diciendo: "A qu esperas?".

Uno de los cuervos decidi iniciar las hostilidades y solt un 
proyectil con una puntera que dejaba en mantillas a cualquier 
fuerza area moderna. Un denso gotern blanco se estamp 
contra la zapatilla izquierda de Skeet.

El chico alz la vista hacia el diarreico avechucho y volvi a 
posarla en la zapatilla damnificada. Su cambio de humor fue 
tan brusco y radical que a Dusty no le hubiera sorprendido 
ver girar su cabeza a impulsos de la violenta alteracin. La 
extraa sonrisa de Skeet se deshizo como la tierra de una 
singa calcrea, y la desesperacin le afloj las facciones.

-Eso es mi vida -dijo con voz lgubre, y se agach para 
hurgar con un dedo en el excremento de la zapatilla. Mi vida.

-No digas idioteces replic Dusty-. No has estudiado lo 
bastante como para hacer buenas metforas.

Esa vez no consigui hacer rer al chico.

-Estoy tan cansado... murmur Skeet removiendo la mierda 
de pjaro entre el pulgar y el ndice. Es hora de irse a la 
cama.

No quera decir cama, aunque sa era la palabra que haba 
empleado. Tampoco que iba a echar un sueecito en la pila de 
colchones. Quera decir que iba a dar la cabezada definitiva y 
soar con gusanos bajo una sbana de tierra.

Skeet se puso en pie sobre el caballete. Aunque estaba en los 
huesos, se mantuvo completamente erguido, como si fuera 
invulnerable al ulularte ventarrn.

Sin embargo, cuando Dusty se agach con cautela, la 
corriente de aire marino lo golpe con la fuerza de un huracn 
y, levantndolo sobre los talones, lo hizo tambalearse hacia 
delante y lo oblig a adoptar una postura que le 
proporcionara un centro de gravedad ms bajo.

O aqul era el viento irreal de un deconstruccionista -cuya 
intensidad dependera de la interpretacin de cada quisque: 
apenas un soplo para flano, un autntico cicln para 
mengano-, o bien el miedo a las alturas proporcionaba a 
Dusty una percepcin desmesurada de la menor brisa. Puesto 
que haca mucho tiempo que haba desechado las majaderas 
lucubraciones de su viejo, se dijo que si Skeet poda 
permanecer en pie sin salir volando como una cometa, a l no 
tena por qu ocurrirle lo contrario.

-Es lo mejor, Dusty dijo Skeet levantando la voz.

-Qu sabrs t qu es lo mejor!

-No intentes detenerme.

-Mira, chico, tengo que intentarlo.

-No vas a convencerme.

-De eso ya me he dado cuenta.

Estaban frente a frente como dos deportistas a punto de 
iniciar un extrao partido sobre una cancha en pendiente: 
Skeet, completamente erguido, como un jugador de 
baloncesto esperando el lanzamiento del baln; Dusty, 
agachado como un luchador de sumo de los pesos pluma 
preparado para embestir al contrario.

-No me gustara que te hicieras dao -dijo Skeet.

-A mi tampoco, la verdad.

Si Skeet estaba decidido a tirarse del tejado de los Sorenson, 
no haba manera de evitarlo. La empinada vertiente, las 
superficies curvas de las tejas, el viento y la ley de gravedad 
estaban de su parte. La nica esperanza de Dusty era 
conseguir que el pobre diablo saltara desde el sitio adecuado 
y cayera encima de los colchones.

-Eres mi amigo, Dusty. Mi nico arraigo de verdad.

-Se agradece el voto de confianza, chaval.

-Lo que te convierte en mi mejor amigo.

-Por defecto -confirm Dusty.

-El mejor amigo de uno no debera interponerse en su camino 
a la gloria.

-A qu gloria?

-La que he visto al Otro Lado. La gloria.

La nica forma de asegurarse de que Skeet saltara del tejado 
justo encima de la pila de colchones era agarrarlo a tiempo y 
arrastrarlo hasta ese punto ideal del alero. lo que significaba 
bajar por la vertiente y arrojarse al vaco con l.

El viento agitaba la melena rubia de Skeet, el nico atractivo 
fsico que conservaba. Antao haba sido un chico bien 
parecido, un imn para las mujeres. Pero la mala vida le 
haba pasado factura; en su rostro, gris y consumido, los ojos 
parecan tan extintos como el fondo de una pipa de crack. El 
pelo, espeso, rubio y levemente rizado, contrastaba de tal 
modo con su aspecto general que pareca una peluca.

Salvo en lo tocante al cabello, Skeet estaba completamente 
inmvil. Ms colgado que una bruja de Salem, permaneca sin 
embargo alerta y receloso, mientras calculaba la mejor 
manera de eludir a Dusty y emprender la breve carrera que lo 
lanzara de cabeza contra el empedrado de la entrada.

Con la esperanza de disuadirlo, o de ganar al menos un poco 
de tiempo, Duusty dijo:

-Hay algo que siempre me he preguntado... Qu pinta tiene 
el Angel de la Muerte?

-Por qu?

-T lo has visto, no?

-Pues claro... -respondi Skeet frunciendo el ceo-. Qu 
pinta va a tener? Buena.

Una brusca rfaga de viento arrebat la gorra de Dusty y se 
la llev volando al reino de Oz; pero l no le quit el ojo a 
Skeet ni un instante. 

-Se parece a Brad Pitt?

-Por qu iba a parecerse a Brad Pitt? -pregunt Skeet, que 
mir de soslayo hacia el alero y de nuevo a Dusty.

-Porque Brad Pitt haca ese papel en Conoces a Black? 

-No la he visto.

-Se pareca a Jack Benny? -dijo Dusty, cada vez ms 
desesperado.

-De qu coo ests hablando?

-Jack Benny haca de Angel de la Muerte en una pelcula muy 
antigua. Te acuerdas? La vimos juntos.

-Lo olvido todo enseguida. El de la memoria fotogrfica eres 
t. 

-Eidtica. No fotogrfica. Memoria eidtica y auditiva.

-Lo ves? Ni siquiera me acordaba de cmo se llama. T te 
acuerdas de lo que cenaste hace cinco aos. Yo no me 
acuerdo ni de lo que hice anoche.

-Lo de la memoria eidtica no es ms que un truco. Adems, 
no sirve para nada.

Los primeros goterones de lluvia se estamparon contra el 
tejado.

Dusty no necesit bajar la vista para comprobar que el reseco 
liquen empezaba a convertirse en una fina pelcula 
resbaladiza, porque percibi su olor, sutil pero rancio e 
inconfundible, mezclado con el que se desprenda de las tejas 
hmedas.

Una pavorosa secuencia de imgenes parpade en el interior 
de su cabeza: SKeet y l trastabillando por la pendiente y 
cayendo en el vaco, SKeet aterrizando en los colchones sin 
un mal rasguo, mientras el erraba el blanco y se parta la 
columna en el empedrado.

-Billy Crystal -dijo Skeet.

-Qu? La Muerte, quieres decir? Que el Angel de la Muerte 
se parece a Billy Crystal?

-Algn problema?

-Por amor de Dios, Skeet, cmo vas a fiarte de un Angel de 
la Muerte tan listillo, tan ganso y tan tocapelotas como Billy 
Crystal? 

-A m me gust -dijo Skeet, y ech a correr hacia el alero.











Como si la potente artillera de una escuadra proporcionara 
fuego de cobertura a una fuerza de desembarco, unas secas y 
resonantes explosiones retumbaron a lo largo de las playas 
meridionales. Enormes olas rompan contra la costa, y balas 
de agua, arrebatadas de sus crestas por un viento cada vez 
ms fuerte, silbaban hacia tierra entre las bajas dunas y los 
dispersos matojos.

Martie Rhodes apret el paso a lo largo del paseo martimo de 
la Pennsula de Balboa, una amplia avenida de hormign con 
casas encaradas al ocano en un lado y anchas playas en el 
otro. Esperaba que aguantara sin llover al menos media hora.

La casa de Susan Jagger, estrecha y de tres pisos, estaba 
emparedada entre dos edificios similares. Las fachadas de 
tablas de cedro plateado por la intemperie y los postigos 
blancos recordaban vagamente los de las casas de Cape Cod, 
aunque el reducido solar imposibilitaba la plena expresin de 
tal estilo arquitectnico.

Como sus vecinas, la casa no tena jardn delantero ni porche 
elevado, tan slo un pequeo patio con unas cuantas 
macetas. Aquel en concreto estaba pavimentado con ladrillos 
y protegido por una valla de listones blancos acabados en 
punta. Martie abri la portezuela, que chirri sobre sus 
goznes.

Tiempo atrs, Susan haba ocupado el primer y segundo pisos 
con Eric, su marido, que utilizaba el tercero -provisto de bao 
y cocina propios- como estudio. En la actualidad estaban 
separados. Tras la marcha de Eric, que se haba mudado 
haca un ao, Susan se haba trasladado arriba y haba 
alquilado las otras dos plantas a un tranquilo matrimonio de 
jubilados cuyos nicos vicios parecan ser la compaa de 
cuatro periquitos y los sendos pares de martinis que estaban 
tomando como aperitivo.

Un empinado tramo de escaleras adosado a la fachada 
derecha conduca hasta el tercer piso. Mientras ascenda hacia 
el pequeo rellano techado, un grupo de chillonas gaviotas 
dej atrs el Pacfico, sobrevol la casa y cruz la pennsula 
en direccin al puerto, en busca de refugio contra la 
inminente tormenta.

Martie llam con los nudillos, pero acto seguido abri la 
puerta sin esperar respuesta. Reacia a enfrentarse hasta al 
menor atisbo del mundo exterior, Susan no sola correr a 
recibir a las visitas, por lo que haba entregado una llave a su 
amiga haca casi un ao.

Procurando mentalizarse para lo que la esperaba. Martie entr 
en la cocina, que tena los postigos cerrados y una luz 
encendida encima del fregadero. Densos festones de sombra 
pendan del techo como banderolas prpura oscuro.

No ola a especias o alimentos recin cocinados. El aire, por el 
contrario, estaba saturado de los aromas, dbiles pero 
penetrantes, a desinfectante, lavavajillas y cera para el suelo.

-Soy yo -dijo Martie, pero no obtuvo respuesta.

La nica iluminacin del comedor provena del interior de un 
pequeo bufet acristalado, en cuyos estantes relucan las 
piezas de maylica antigua. All, el aire ola a barniz.

Si todas las luces hubieran estado encendidas, habra sido 
imposible encontrar una sola mota de polvo en todo el piso, 
asptico como un quirfano. A Susan Jagger le sobraba 
tiempo.

A juzgar por la mezcla de olores del cuarto de estar, la 
alfombra haba recibido una rociada de espuma haca poco, 
los muebles, una capa de barniz, las fundas de los asientos, 
una limpieza en seco casera, y los cuencos de cermica roja 
de las mesitas que flanqueaban el sof, sendos recambios de 
hojas secas con aroma de limn.

Los amplios ventanales, que hubieran proporcionado una 
estimulante vista del ocano, estaban cubiertos por visillos 
plisados, casi totalmente ocultos a su vez por una espesa 
cortina.

Haca cuatro meses, Susan era al menos capaz de contemplar 
el mundo exterior con melanclico anhelo, aunque llevara 
diecisis aterrorizada por la perspectiva de aventurarse en l 
y slo saliera de casa en compaa de alguien en quien 
pudiera apoyarse emocionalmente. Sin embargo, su estado 
haba empeorado tan deprisa que la simple vista del espacio 
abierto, sin la proteccin de paredes ni techo, sola provocarle 
una reaccin fbica.

Aunque todas las lmparas del espacioso saln estaban 
encendidas, dado que las ventanas permanecan ocultas y 
reinaba un silencio sobrenatural, la atmsfera tena algo de 
fnebre.

Con los hombros cados y la cabeza baja, Susan esperaba 
sentada en un silln. Vestida con jersey y falda negros, tena 
el aspecto y la actitud de quien asiste a un velatorio. 
Vindola, cualquiera hubiera supuesto que el libro de bolsillo 
que sostena entre las manos era la Biblia, en vez de una 
novela de misterio.

-Fue el mayordomo? -pregunt Martie sentndose en el 
borde del sof.

-No. La monja -respondi Susan sin levantar la cabeza. 

-Veneno?

Susan segua con la vista clavada en el libro.

-Dos, con un hacha. Uno, con un martillo. Otro, estrangulado 
con un alambre. Otro, con un soplete de acetileno. Y dos, con 
una pistola de clavos.

-Qu guay, una monja asesina en serie.

-Es que debajo de un hbito cabe todo un arsenal.

-Veo que las novelas de misterio han cambiado un montn 
desde nuestra poca del instituto.

Y no siempre para mejor dijo Susan cerrando el libro.

Eran amigas ntimas desde los diez aos: dieciocho aos de 
compartir algo ms que novelas de misterio: esperanzas, 
tensores, alegras, penas, risas, lgrimas, confidencias, 
entusiasmos adolescentes, experiencia ganada a pulso... 
Durante los ltimos diecisis meses, desde el comienzo de la 
enfermedad de Susan, haban compartido ms penas que 
alegras.

Deb llamarte -dijo Susan. Lo siento, pero hoy no puedo ir a la 
sesin.

Aquello formaba parte del ritual, y Martie interpret su papel: 

-Ya lo creo que puedes, Susan. E irs.

Susan dej el libro y mene la cabeza.

-No, llamar al doctor Ahriman y le dir que no me encuentro 
bien. He cogido un resfriado, puede que la gripe.

-No tienes la voz tomada.

Susan hizo una mueca.

No me ha afectado a la garganta.

-Dnde tienes el termmetro? Ms vale que te tomemos la 
temperatura.

Por favor, Martie, no tienes ms que mirarme. Estoy horrible. 
Ms plida que una muerta, con los ojos enrojecidos y el pelo 
como paja. No puedo salir con esta pinta.

-Djate de historias, Sus tienes la pinta de siempre.

-Estoy hecha un desastre.

-Julia Roberts, Sandra Bullock, Cameron Daz... todas 
mataran por tener tu aspecto, incluso cuando ests ms 
enferma que un perro y echando hasta la primera papilla, que 
no es el caso.

-Soy un monstruo.

-S, hija, eres la mujer elefante. Tendremos que echarte un 
saco por la cabeza y mandar a casa a los nios.

Si la belleza fuera una carga, Susan no habra podido 
levantarse del suelo. Rubia platino, menuda, con los ojos 
verdes, rasgos exquisitamente delineados y una piel tan tersa 
como la de los melocotones del Paraso, haba hecho volverse 
ms cabezas que un ejrcito de quiroprcticos.

-Estoy a punto de hacer reventar esta falda. Parezco una 
vaca.

-No, un globo aerosttico -confirm, sarcstica, Martie-. Un 
dirigible. Una mujer zeppeln, vamos.

Aunque, debido a su enclaustramiento, no realizaba ms 
ejercicio fsico que las tareas del hogar y largas caminatas en 
el molinillo del dormitorio, Susan conservaba una figura 
envidiable.

-He engordado ms de medio kilo insisti Susan.

-Dios mo.-. Una liposuccin, deprisa! -exclam Martie 
ponindose en pie de un salto-. Voy por tu gabardina. 
Llamaremos al cirujano plstico desde el coche, as tendr 
preparada una bomba de succin industrial para chupar todas 
esas toneladas de grasa.

El armario de los abrigos, situado en el corto pasillo que 
llevaba al dormitorio, tena dos puertas correderas de espejo. 
Al acercarse, Martie sinti que se pona tensa y vacil, 
temiendo verse asaltada por el mismo miedo irracional que la 
haba atenazado en su propia casa.

-Tena que dominarse. Susan la necesitaba. Si volva a perder 
los nervios, su ansiedad alimentara el miedo de Susan, y 
puede que viceversa.

Cuando se enfrent al espejo de cuerpo entero, nada de lo 
que vio en l consigui acelerarle el corazn. Se oblig a 
sonrer a su propia imagen, pero slo pudo esbozar una 
mueca forzada. Apenas cruz la mirada con la de su reflejo, 
se apresur a apartar los ojos y correr una de las puertas.

De pronto, mientras descolgaba la gabardina, se le ocurri 
que sus recientes e inslitos ataques de pnico podan estar 
relacionados con el tiempo que haba pasado con Susan 
durante el ltimo ao. Cuando se mantena frecuente 
contacto con alguien afectado de una fobia aguda, tal vez no 
fuera tan raro absorber parte de su excedente de angustia.

Martie sinti que la vergenza le arrebolaba el rostro. 
Considerar siquiera semejante posibilidad era un acto 
supersticioso, poco caritativo e injusto con la pobre Susan. 
Los trastornos fbicos y los ataques de pnico no eran 
contagiosos.

Dio la espalda al armario dispuesta a alejarse, pero se detuvo 
y estir el brazo para cerrar la puerta, mientras se 
preguntaba qu trmino emplearan los psiquiatras para 
designar el miedo a la propia sombra. El miedo paralizante a 
los espacios abiertos que afectaba a Susan se llamaba 
agorafobia. Pero, y el miedo a las sombras? Y el miedo a los 
espejos?

Martie haba recorrido el pasillo y regresado a la sala de estar, 
cuando cay en la cuenta de que haba alargado la mano 
hacia el armario y corrido la puerta sin volverse para eludir su 
propia imagen. Asombrada de haber actuado con tan 
inconsciente aversin, a punto estuvo de volver sobre sus 
pasos y enfrentarse al espejo de nuevo.

Susan la observaba desde el silln.

El espejo poda esperar.

Martie se acerc a su amiga sosteniendo la gabardina abierta.

-Ponte de pie, ponte la gabardina y ponte en marcha.

Susan, angustiada ante la perspectiva de abandonar su 
santuario, se agarr a los brazos del silln.

-No puedo.

Si no anulas una visita con cuarenta y ocho horas de 
antelacin, tienes que pagarla igualmente.

-Puedo permitrmelo.

-No, no puedes. No tienes ingresos.

El nico trastorno mental que hubiera podido incapacitar a 
Susan corno agente inmobiliaria de forma ms efectiva que la 
agorafobia era la piromana compulsiva. Se senta 
moderadamente a salvo dentro de cualquier casa mientras se 
la enseaba a un posible comprador, pero, cuando tena que 
trasladarse a la siguiente, el terror la agarrotaba de tal modo 
que le resultaba imposible conducir.

-Cobro el alquiler repuso Susan, refirindose al taln mensual 
de los jubilados amantes de los periquitos que ocupaban los 
pisos inferiores.

-Que ni siquiera cubre la hipoteca, la contribucin, los recibos 
y el mantenimiento de la casa.

-La casa es una buena inversin.

-"Y con el tiempo puede que sea lo nico que te separe de la 
miseria ms espantosa, si no mandas al cuerno la maldita 
fobia". pens Martie. incapaz de pronunciar aquellas palabras, 
aunque quiz tan lgubre perspectiva hubiera inducido a 
Susan a levantarse del silln.

Susan alz la delicada barbilla en un gesto tan desafiante 
congo poco convincente.

-Adems, Eric sigue mandndome un cheque.

-Bastante pequeo. Poco ms que calderilla. Y si el muy 
miserable se divorcia de ti, puede que no vuelvas a recibir 
nada de l, considerando que cuando os casasteis t tenas 
ms bienes, y que no hay hijos de por medio.

-Eric no es miserable.

-Perdn por no ser lo bastante directa. Es un cerdo.

-No seas as, Martie.

-Me limito a ser yo misma. Es una rata.

Susan estaba resuelta a evitar la autocourpasin y las 
lgrimas, lo que era de admirar, pero estaba igualmente 
decidida a no dar rienda suelta a su clera, lo que ya no lo era 
tanto.

-Se senta tan impotente vindome... as. No pudo soportarlo 
ms.

-Pero, mira que es sensible, pobrecito Eric! -rezong Martie-. 
Y supongo que estaba demasiado traumatizado para recordar 
esa parte de los votos matrimoniales que dice: "En la 
enfermedad y en la salud".

Aunque Eric le inspiraba una ira autntica, Martie procuraba 
atizarla de vez en cuando para evitar que se extinguiera. 
Siempre haba sido un hombre silencioso, comedido y atento, 
a despecho de su abandono conyugal. Sin embargo, Martie 
quera demasiado a Susan como para no despreciar a Eric y 
estaba convencida de que la clera ayudara a su amiga a 
combatir la agorafobia.

-Eric seguira conmigo si tuviera cncer o algo as afirm 
Susan Pero no estoy enferma, Martie. Lo que estoy es loca.

T no ests loca -replic Martie- Las fobias y los ataques de 
ansiedad no son lo mismo que la locura.

-Pues yo siento que estoy loca. Loca de atar.

No aguant ni cuatro meses despus de que cayeras enferma. 
Es un miserable, un cerdo, una rata... y hasta me quedo 
corta.

Aquella lamentable parte de cada visita produca a Susan una 
tensin extraordinaria, pero era completamente agotadora 
para Martie, que en su fuero interno la llamaba fase de 
extraccin". Para vencer la resistencia de su amiga y sacarla 
de casa, deba mostrarse implacable, con una firmeza que, 
nacida del amor y la compasin, la haca sentir no obstante 
como si estuviera amedrentando a Susan. Dado que el 
masoquismo no formaba parte del carcter de Martie, ni 
siquiera cuando poda servir a una buena causa, al final de 
aquellos calvarios de cuatro o cinco horas, regresaba a su 
casa de Corona Del Mar en un estado de extenuacin fsica y 
moral..

-Mira, Sus, eres hermosa, buena, especial y lo bastante lista 
para vencer esta mierda. Martie agit la gabardina. Y ahora 
levanta el culo del maldito silln.

-Por qu no puede venir el doctor Abriman aqu para la 
terapia?

-Porque salir de casa dos veces por semana toma parte del 
tratamiento. Ya conoces la teora: inmersin en la cosa misiva 
que te asusta. Es una especie de vacuna.

-Pues no funciona.

-Arriba.

-Cada vez estoy peor.

-Arriba, arriba...

-Es una crueldad -protest Susan. Soltando los brazos del 
silln, cerr los puos sobre sus muslos. Una crueldad tan 
grande... 

-Llorica.

Susan le lanz una mirada feroz.

-Cuando quieres puedes ser una autntica arpa.

-No lo sabes t bien... Si viviera Joan Crawford, la retara a 
un duelo con colgadores de alambre, y te garantizo que la 
dejara para el arrastre. Susan ri, mene la cabeza y se 
levant del silln.

-No puedo creer que te haya dicho eso. Lo siento, Martie. No 
s qu hara sin ti.

Martie sostuvo la gabardina mientras Susan deslizaba los 
brazos en las mangas.

-T, amiguita, prtate bien, y en el camino de vuelta 
pararemos en un chino y nos traeremos un banquete de apa. 
Abriremos un par de botellas de cerveza y, mientras nos 
ponemos las botas, echaremos unas manos de pinacle a 
cincuenta centavos el punto como no lo han visto ni en Las 
Vegas.

-Te recuerdo que ya me debes ms de seiscientos mil pavos.

-Pues rmpeme las piernas. Las deudas de juego no se 
pueden re-clamar legalmente.

Susan dej una luz encendida, cogi su bolso de la mesita de 
caf y se dirigi hacia la puerta de la calle seguida por Martie.

Cuando cruzaban la cocina, un objeto de aspecto inquietante 
atrajo la atencin de Martie. Junto al fregadero, sobre un tajo 
de cortar, haba una medialuna, un til de cocina de origen 
italiano. La hoja curva de acero inoxidable tena, en efecto, 
forma de media luna y un mango en cada extremo, de modo 
que fuera posible moverla adelante y atrs rpidamente para 
picar y trocear.

Un brillo semejante a una corriente elctrica pareca 
chisporrotear a lo largo del filo.

Martie no poda apartar los ojos de la medialuna. No se dio 
cuenta de que la tena fascinada hasta que oy la voz de 
Susan:

-Te pasa algo?

Tena un nudo en la garganta y la boca seca. Con voz 
audiblemente pastosa, hizo una pregunta cuya respuesta 
conoca de antemano: 

-Qu es eso?

-Nunca has usado una? Son geniales. Puedes picar una 
cebolla en un periquete.

La visin del instrumento no lleg a aterrorizar a Martie, como 
haban hecho su sombra y el espejo del aseo. Consigui, no 
obstante, producirle un extrao malestar que hubiera sido 
incapaz de justificar.

-Martie? Ests bien?

-Claro. Anda, vmonos.

Susan hizo girar el pomo de la puerta, pero dud antes de 
abrirla. Martie puso una mano sobre la de su amiga y juntas 
tiraron de la hoja, que dej entrar una luz fra y gris y una 
racha de cortante viento. El color desapareci del rostro de 
Susan, angustiada ante la perspectiva de lanzarse al mundo 
sin lmites del otro lado del umbral.

-Lo hemos hecho cientos de veces -la anim Martie.

Susan se haba aferrado a las jambas.

-No puedo salir ah afuera.

-S puedes.

Susan intent regresar a la cocina, pero Martie le impidi el 
paso. 

-Djame entrar, no lo soporto, es una tortura.

-Tambin para m repuso Martie.

-Y una mierda. La desesperacin haba arrebatado parte de su 
belleza al rostro de Susan, y un terror salvaje oscureca el 
verde de sus ojos desorbitados. Ests disfrutando con esto, te 
encanta, eres una demente.

-No, soy una arpa. Martie se agarr a las jambas con ambas 
manos y se resisti al empuje de Susan. La demente eres t.

De pronto, Susan dej de empujar y se abraz a Martie 
buscando su apoyo.

-Maldita sea, espero que la comida china merezca la pena.

Martie envidi a Dusty, cuya mayor preocupacin aquella 
maana sera que la lluvia tardara en caer lo suficiente para 
que su equipo pudiera trabajar unas lloras.

Gruesas gotas de lluvia -al principio, dispersas; enseguida, 
con mayor insistencia- empezaron a tamborilear en el tejadillo 
del rellano.

Al fin, cruzaron el umbral y salieron al exterior. Martie tir de 
la puerta y cerr con llave.

La fase de extraccin quedaba atrs. Faltaba, sin embargo, lo 
peor, mucho peor de lo que Martie se figuraba.











Skeet ech a correr alborozado por la empinada vertiente, 
torci en busca de un punto del alero desde el que estuviera 
seguro de romperse la crisma contra el pavimento en lugar de 
aterrizar en los colchones, y sigui saltando sobre las rojizas 
tejas rabes como un nio al trote por el empedrado hacia un 
puesto de helados; con el corazn en un puo, Dusty corri 
tras l.

Para quienes los miraran desde abajo, ambos deban de 
parecer igualmente trastornados, dos hombres unidos por un 
pacto de suicidio.

Dusty alcanz a Skeet bien mediada la pendiente, se agarr a 
l, lo desvi de su trayectoria y juntos bajaron a trompicones 
y en diagonal. Las tejas se partan bajo sus pies, y pequeos 
fragmentos del cemento que las una rodaban hacia el 
canaln. Mantener el equilibrio sobre la alfombra de tejas era 
tan difcil como andar sobre canicas, con los inconvenientes 
aadidos de la lluvia, el resbaladizo liquen y la vigorosa y 
regocijada resistencia de Skeet, que, sacudido por la risa floja 
como un nio travieso, no paraba de agitar los brazos y 
clavarle los codos. 

Su invisible pareja de baile, la Muerte, pareca otorgarle una 
gracia y una estabilidad sobrenaturales, pero Dusty tropez, 
lo arrastr en su cada y, abrazados, recorrieron rodando los 
ltimos cuatro metros, tal vez hacia los colchones o tal vez no 
-Dusty haba perdido el rumbo-, y golpearon el canaln de 
cobre, que reson como un bordn de contrabajo.

En el vaco, despus de soltar a Skeet, Dusty pens en Martie 
mientras caa a plomo: el limpio aroma de su sedoso pelo 
negro, la pcara curva de su sonrisa, la franqueza de su 
mirada.

Diez metros no eran mucho, tan slo tres pisos, pero 
bastaban para quebrar la cabeza ms dura o partir un 
espinazo tan fcilmente como si fuera un coln: as que, 
cuando cay de espaldas sobre la pila de colchones, Dusty dio 
gracias a Dios al tiempo que rebotaba en el aire. Luego, se 
dio cuenta de que, mientras caa, durante aquellos instantes 
en que sus vertiginosos pensamientos podan haber sido los 
ltimos, tena en mente a Martie, y slo haba pensado en 
Dios cuando ya se encontraba a salvo.

Los Sorenson tenan colchones de primera. El impacto ni 
siquiera le haba cortado el resuello.

Skeet tambin haba aterrizado en la zona de seguridad. 
Permaneca tal como haba cado, con la cara aplastada contra 
la funda de satn y los brazos extendidos, inmvil, como si 
fuera tan frgil que hasta una cada sobre capas de guata, 
gomaespuma y mullido plumn hubiera hecho aicos sus 
quebradizos huesos.

A cuatro patas sobre el colchn gigante, que empezaba a 
empaparse, Dusty se acerc a Skeet y lo puso boca arriba.

El chico tena rasguos en la mejilla izquierda y un pequeo 
corte que le divida en dos el leve hoyuelo de la barbilla. 
Deba de habrselos producido mientras rodaban sobre las 
tejas; apenas sangraban.

-Dnde estoy? pregunt.

-Desde luego, no donde queras.

La angustia cubra los ojos del muchacho de una ptina 
oscura, que haba pasado inadvertida a Dusty durante los 
demenciales minutos que haban compartido en el tejado.

-En el Cielo?

-Cuando acabe contigo te va a parecer el Infierno, yonqui de 
mierda -dijo la amenazadora figura de Motherwell, que, de pie 
junto a los colchones, agarr a Skeet por el jersey y lo oblig 
a ponerse en pie. Bajo un cielo iluminado por el relmpago y 
sacudido por el trueno, Motherwell hubiera podido pasar por 
Thor, el dios escandinavo de la tormenta. Ya no formas parte 
de mi equipo, ests acabado, maldito intil!

-Vamos, vamos... intervino Dusty, que vacil un instante 
sobre el colchn y salt al suelo.

Sosteniendo a Skeet a un palmo del empedrado, Motherwell 
se encar con Dusty.

-Lo digo en serio, jefe. O se va l y nos deja en paz de una 
vez por todas o lo siento, pero no podr seguir trabajando 
contigo.

-Vale, lo he entendido. Ahora djalo en el suelo, Ned.

-En lugar de soltarlo, Motherwell sacudi a Skeet y, echando 
suficiente espuma por la boca como para convertirlo en un 
rbol de Navidad, le grit en la cara:

-Cuando compremos colchones nuevos, tres colchones de los 
ms caros, ya podemos despedirnos de las ganancias. Qu 
te parece eso, cabeza hueca?

Skeet se dejaba zarandear en el aire sin ofrecer la menor 
resistencia. 

-Yo no te he pedido que los pusieras respondi.

-No lo he hecho por ti, jodido niato.

-Siempre me ests llamando cosas -dijo Skeet. Yo nunca lo 
hago. Eres un fornculo andante.

Los Rectos como Motherwell se privaban de muchas cosas, 
pero nunca de expresar su ira. Dusty admiraba sus esfuerzos 
por llevar una vida decente en el sucio mundo que les haba 
tocado en suerte, y entenda su rabia, aunque en ocasiones 
consegua fastidiarlo.

-Me caes bien, to asegur Skeet. Ojal yo pudiera caerte bien 
a ti.

-Eres un grano en el culo de la Humanidad tron Motherwell 
lanzando al chico hacia un lado como si fuera una bolsa de 
basura.

Skeet estuvo a punto de chocar contra Foster Newton, que 
pasaba en ese momento. El Higo se detuvo, esper a que el 
muchacho acabara de rodar por el camino de acceso y mir a 
Dusty.

-Hasta maana, si no llueve -dijo, y pasando por encuna de 
Skeet sigui su caprino hacia el coche, que tena aparcado 
junto a la acera, sin dejar de escuchar la tertulia de la radio, 
como si hubiera visto saltar a gente de los tejados cada 
jornada de su vida laboral.

-Vaya mierda mascull Ned Motherwell mirando ceudo los 
colchones empapados.

-Voy a llevarlo a rehabilitacin le dijo Dusty mientras ayudaba 
a Skeet a levantarse.

-Yo me encargo de arreglar este desastre ofreci Motherwell. 
Pero quita a esa comadreja tiosa de mi vista.

Skeet recorri la curva del camino de acceso apoyado en 
Dusty. Fuera producto de las drogas o de la esperanza de 
acabar con su vida, su frentica energa de haca unos 
instantes se haba esfumado y, desmadejado por el 
agotamiento, pareca a punto de dormirse de pie.

El guardia de seguridad les dio alcance cuando se acercaban a 
la blanca turgoneta Ford de Dusty.

-Tendr que redactar un informe sobre lo ocurrido.

-S? Para quin?

Para la junta de gobierno de la comunidad de propietarios. 
Con una copia para la empresa administradora.

-Mira que si deciden pegarme un tiro en la rodilla... dijo Dusty 
dejando a Skeet apoyado contra la furgoneta.

-Ba, nunca siguen las recomendaciones -respondi el guardia, 
y Dusty reconoci para sus adentros que se haba precipitado 
al juzgarlo.

-Querrn tu alma, Dusty. Conozco a esos bastardos -le 
advirti Skeet saliendo de su estupor.

-Tal vez lo pongan en la lista de contratistas indeseables a los 
que prefieren lejos de la comunidad -dijo el guardia tras el 
velo de agua que chorreaba de la visera de su gorra. Pero lo 
ms probable es que se limiten a pedirle que no vuelva a 
traer al chico. Por cierto, cul es su nombre completo?

-Bruce Wayne -respondi Dusty abriendo la puerta del 
acompaante.

-Crea que era Skeet no s cuntos.

Dusty ayud a Skeet a subir al vehculo.

-Eso es un apodo dijo Dusty, mintiendo slo a medias. 
Necesito algn documento de identificacin.

-Luego se lo traigo -aseguro Dusty cerrando la puerta de 
golpe-. Ahora tengo que llevarlo al mdico.

-Est herido? pregunt el guardia siguiendo a Dusty 
mientras rodeaba el vehculo en direccin a la puerta del 
conductor.

-Est jodido -respondi Dusty sentndose al volante y 
cerrando la puerta.

El guardia tamborile en la ventanilla con los dedos.

Mientras accionaba la llave de contacto con una mano, Dusty 
hizo girar la manivela del cristal con la otra.

-S?

-Lo de "fuerza de intervencin rpida" queda totalmente 
descarta-do, pero equipo tampoco les va mucho. Ms vale 
que los llame circo o, qu tal comparsa?

-Tiene ms razn que un santo -dijo Dusty . Me cae usted 
bien. El guardia sonri y se llev la mano a la chorreante 
visera.

Dusty volvi a subir la ventanilla, puso en marcha los 
limpiaparabrisas y se alej de la casa de los Sorenson.











Mientras descenda hacia la calle por la escalera exterior, 
Susan Jagger se mantuvo tan cerca de la fachada como pudo, 
deslizando la mano derecha por el recubrimiento de listones 
como si necesitara confirmar a cada paso que su refugio 
segua all, y aferrada con fuerza al brazo de Martie con la 
mano izquierda. Tena la cabeza gacha y los ojos clavados en 
los peldaos de veinte centmetros de altura, que bajaba con 
la precaucin de un alpinista descolgndose por un 
despeadero de granito.

Aunque no poda ver el rostro de Susan, que llevaba calada la 
capucha y era algo mas baja, Martie imaginaba que su 
expresin no sera muy distinta a la de los das despejados. 
Piel blanca como el papel. Mandbulas apretadas, boca 
torcida. Los ojos verdes desorbitados, como si hubieran visto 
un fantasma, aunque el nico fantasma en aquel asunto era 
su espritu, tan vitalista en otros tiempos, que haba 
sucumbido a la agora-fobia.

-Qu le pasa al aire? -pregunt Susan con voz temblorosa. 

-Nada.

-Me cuesta respirar -se quej Susan-. Est cargado. Huele 
raro. 

-Es la humedad. Y el olor soy yo. Perfume nuevo.

-Perfume, t?

-Una tiene sus das.

-Estamos tan expuestas... susurr Susan, atemorizada.

-El coche est muy cerca.

-Podra pasarnos cualquier cosa.

-No nos pasar nada.

-No hay donde esconderse.

-No hay de qu esconderse.

Letanas religiosas con mil quinientos anos de antigedad no 
tenan una estructura ms rgida que aquellas conversaciones 
bisemanales en el viaje de ida y vuelta a la consulta del 
psiquiatra.

Cuando llegaron al pie de la escalera, la lluvia, que crepitaba 
en las hojas de las plantas y azotaba los ladrillos del patio. 
empez a arreciar. Susan se resista a alejarse de la esquina 
del edificio.

Martie le pas un brazo por el hombro.

-Apyate en m si quieres.

-Es todo tan extrao aqu afuera, tan distinto a como sola 
ser... -dijo Susan reclinndose en su amiga.

-No ha cambiado nada. Slo es la tormenta.

-Es un mundo nuevo insisti Susan-. Y mucho peor.

Martie se agach para adaptarse a la postura encorvada de 
Susan y, apretadas una contra otra, las dos mujeres se 
internaron en aquel mundo nuevo, avivando el paso cuando la 
perspectiva de refugiarse en el reducido espacio del coche 
acicateaba a Susan, arrastrando los pies cuando se senta 
abrumada, aplastada casi por el infinito vaco que gravitaba 
sobre su cabeza. Zarandeadas por el viento y azotadas por la 
lluvia, protegidas por las capuchas y las hinchadas 
gabardinas, parecan dos monjitas asustadas dentro de sus 
amplios hbitos, buscando con desesperacin un santuario en 
las primeras horas del Da del juicio.

Era evidente que algo afectaba a Martie, fuera la turbulencia 
de la inminente tormenta o la inestabilidad de su amiga, 
porque, mientras trastabillaban por el paseo hacia la calle 
lateral donde haba aparcado el coche, se senta cada vez ms 
desasosegada por alguna anomala del ambiente, tan 
perceptible como difcil de definir. Sobre el hormign, los 
negros espejos de los charcos bullan con imgenes 
distorsionadas por la lluvia, y el reflejo de las dos mujeres era 
tan borroso como inquietante. Las bamboleantes palmeras 
araaban el aire con hojas de un verde sbitamente 
oscurecido, y sus siseos y chasquidos hacan latir el corazn 
de Martie con una pasin primitiva e insensata. 

A su derecha, la arena plida y lisa semejaba la piel de una 
enorme bestia dormida; a la izquierda, los descoloridos 
reflejos de las veloces nubes y de los rboles sacudidos por el 
viento se agitaban en los grandes ventanales de las casas, 
que pare can contener sus propias tormentas.

Aunque turbada por el cmulo de amenazantes premoniciones 
que la acosaban desde el mundo exterior, Martie se senta 
an ms angustiada por el extrao tumulto que, azuzado al 
parecer por la tormenta, volva a agitar su espritu. El corazn 
le palpitaba con un deseo irracional de rendirse a la 
electrizante energa del temporal. De pronto, sinti miedo de 
alguna oscura fuerza interior que era incapaz de definir: 
miedo a perder el control de s misma, a que se le nublara el 
entendimiento y, una vez lo recuperara, descubriera que 
haba hecho algo terrible... algo inconcebible.

Hasta aquella maana, nunca se le haban ocurrido ideas tan 
disparatadas. Ahora acudan a su mente en abundancia.

Record la extraa acidez del zumo de uva que haba tomado 
con el desayuno, y se pregunt si estara en mal estado. No le 
molestaba el estmago, pero quiz padeca una intoxicacin 
que produca trastornos mentales en vez de fsicos.

Otra idea absurda. El zumo estropeado era una explicacin 
tan peregrina como la posibilidad de que la CIA le estuviera 
bombardeando el cerebro con mensajes mediante un 
transmisor de microondas. Si se dejaba arrastrar por el 
tortuoso camino de la irracionalidad, no tardara en ponerse a 
confeccionar sombreros de papel de aluminio para protegerse 
del lavado de cerebro a distancia.

Cuando bajaron los escalones de hormign que separaban el 
paseo martimo de la estrecha calle donde haba aparcado el 
coche, Martie necesitaba el apoyo emocional de Susan tanto 
como Susan el suyo, aunque confiaba en que su amiga no se 
percatara.

Abri la puerta del lado de la acera, ayud a Susan a entrar 
en el Saturn rojo, rode el coche y se sent al volante.

La lluvia tamborileaba en el techo produciendo un sonido duro 
y hueco semejante a una trpala de cascos, como si los 
Cuatro jinetes del Apocalipsis -la Peste, la Guerra, el Hambre 
y la Muerte se aproximaran a galope tendido por la playa 
cercana.

Martie se quit la capucha. Busc en un bolsillo de la 
gabardina v luego en el otro hasta encontrar las llaves.

En el asiento del acompaante, Susan permaneca con la 
cabeza cubierta e inclinada, los puos apretados contra las 
mejillas, los ojos bien cerrados y el rostro contrado, como si 
el Saturen estuviera a punto de pasar bajo una prensa 
hidrulica y ser reducido a un cubo de un metro de arista.

Martie se qued mirando la llave de contacto, la misma que 
haba usado siempre, fascinada de pronto por la siniestra 
agudeza de la punta, en la que nunca haba reparado. Los 
dientes del paletn, semejantes a los de un cuchillo para 
cortar pan, le recordaron la medialuna que haba visto en la 
cocina de Susan.

Aquella simple llave era un arma en potencia. De improviso, 
imagin los destrozos que poda producir una llave de 
contacto, y un tropel de sangrientas imgenes atraves su 
mente.

-Qu pasa? pregunt Susan, que, no obstante, segua con 
los ojos cerrados.

Martie meti la llave en el contacto y procur que su voz no 
dejara traslucir el tumulto que agitaba su interior.

-No encontraba la llave -respondi-. Pero va est. Ya la 
tengo.

Martie la hizo girar, y el motor rugi. Cuando quiso 
abrocharse el cinturn de seguridad, las manos le temblaban 
de tal modo que la lengeta de metal y la hembra de plstico 
duro castaetearon como una dentadura de cuerda comprada 
en una tienda de artculos de broma, hasta que consigui 
acoplarlas.

-y si me pasa algo aqu afuera y no puedo volver a casa? 
pregunt Susan, angustiada.

-Yo cuidar de ti le asegur Martie, aunque su propio estado 
mental era como para no asegurar nada.

-Pero. y si te ocurre algo a ti?

-No me va a pasar nada dijo Mame poniendo en marcha el 
limpiaparabrisas.

-todos estamos expuestos a que nos pase algo. Mrame a m.

Martie separ el coche del bordillo de la acera, condujo hasta 
el final de la corta calle y gir a la izquierda para tomar el 
bulevar Balboa.

-Aguanta un poco ms. Enseguida llegaremos a la consulta 
del doctor Ahriman.

-No si tenemos un accidente -dijo, temblando, Susan.

-Soy una conductora de primera.

-El coche puede tener una avera.

-El coche est perfectamente.

-Est lloviendo a cntaros. Si se inundan las calles...

-O si nos secuestran unos marcianos enormes y viscosos la 
ataj Martie-, nos llevan a la nave nodriza y nos obligan a 
aparearnos con calamares gigantes... 

-las calles se han inundado ms de una vez en la pennsula 
dijo Susan, a la defensiva.

-Y para colino, sta es la poca del ao en que Big Foot suele 
merodear por los muelles y arrancarles las cabezas a los 
incautos de un mordisco. Esperemos que la avera no se 
produzca en esa zona.

-Eres mala se quej Susan.

-De la piel del diablo -confirm Martie.

-Eres cruel.Te lo digo en serio.

-Soy una bestia sanguinaria.

-Llvame a casa.

-No.

-Te odio.

-Yo te sigo queriendo dijo Martie.

-Mierda... murmur Susan, vencida. Yo tambin te quiero. 
Sigue as.

-Esto es tan duro...

Lo s, cario.

-Y si nos quedamos sin gasolina?

-El depsito est lleno.

-No puedo respirar aqu afuera. Te aseguro que no puedo 
respirar... 

-Ests respirando, Susan.

-Pero el aire parece... barro. Y me duele el pecho. tengo el 
corazn... 

-Yo lo que tengo es un grano en el culo -dijo Martie. Adivina 
cmo se llama.

-Eres una mala pcora.

-Y dale...

-Te odio.

-Te quiero -dijo pacientemente Martie.

Susan se ech a llorar y ocult el rostro entre las manos.

-No lo aguanto ms.

-Ya estamos llegando.

-Me odio.

Martie frunci el ceo.

-No digas eso. No lo digas nunca.

-Odio haberme convertido en esto. Esta cosa aterrorizada y 
temblorosa que soy ahora.

Lgrimas de piedad nublaron los ojos de Martie, que parpade 
con rabia para hacerlas desaparecer.

Procedentes del glido Pacfico, oleadas de negros nubarrones 
inundaban el cielo, como si la noche refluyera dispuesta a 
sumergir al mortecino da apenas haba comenzado. Casi 
todos los vehculos que circulaban en sentido contrario por la 
autopista de la costa llevaban encendidos los faros, que 
plateaban el asfalto hmedo.

Martie ya no senta la inminencia de una amenaza 
sobrenatural. El da lluvioso haba dejado de parecerle 
extrao. Por el contrario, el mundo se le antojaba tan 
dolorosamente bello, tan perfecto en cada detalle que, en 
lugar de asustarla lo que contena, la aterrorizaba la 
posibilidad de perderlo.

-Martie -dijo Susan, angustiada, te acuerdas de m? de 
cmo era antes?

-S. Perfectamente.

-Yo no puedo. Hay das en que no consigo recordarme ms 
que tal y como soy ahora. Estoy asustada, Martie. No slo de 
salir fuera, de dejar la casa. Tengo miedo de... de los aos 
que me esperan.

-Superaremos esto juntas le asegur Martie-, y habr un 
montn de aos buenos.

Unas enormes datileras flanqueaban la carretera de entrada a 
Fashion Island, el principal centro comercial y financiero de 
Newport Beach. Como encolerizados leones a punto de rugir, 
las palmeras sacudan al viento sus magnificas melenas 
verdes.

La consulta del doctor Ahrinian ocupaba una suite en el piso 
catorce de uno de los rascacielos que rodeaban la espaciosa 
plaza cubierta del centro comercial. Sacar a Susan del coche, 
arrastrarla desde el aparcamiento hasta el vestbulo y hacerla 
atravesar lo que parecan hectreas de granito pulido para 
coger uno de los ascensores no fue una odisea tan ardua 
como el viaje de Frodo desde la pacfica Comarca hasta el 
pas de Mordor para destruir el Gran Anillo del Poder; no 
obstante, Martie sinti un alivio inmenso cuando las puertas 
se cerraron y la caja empez a ascender con un suave 
ronroneo.

-Casi a salvo -murmur Susan, que, con la vista fija en el 
indicador empotrado en el dintel de la puerta, segua la luz 
que saltaba nmero a nmero hacia el catorce, donde la 
esperaba su santuario.

Aunque estuviera entre cuatro paredes y a solas con Martie, 
Susan nunca se senta segura en el ascensor. En 
consecuencia, Martie sigui rodendola con el brazo, 
consciente de que, desde el enfermizo punto de vista de su 
amiga, el vestbulo de los ascensores del decimocuarto piso, 
los pasillos que partan de el e incluso la sala de espera del 
psiquiatra seguan siendo territorios hostiles plagados de 
peligros. Cualquier espacio pblico, por pequeo y cerrado 
que fuera, le pareca un espacio abierto, puesto que 
cualquiera, en cualquier momento, poda entrar en l. Slo se 
senta segura en dos sitios: en su casa de la pennsula y en el 
despacho del doctor Ahrinnn, donde ni siquiera el 
espectacular panorama de la costa consegua alarmarla.

-Casi a salvo repiti Susan al abrirse las puertas en el piso 
catorce.

Curiosamente, Martie volvi a pensar en Frodo, personaje de 
la Seor de los Anillos. Frodo en el tnel que serva de 
entrada secreta al siniestro pas de Mordor. Frodo 
enfrentndose a la guardiana del tnel, Ella La araa, el 
monstruo con aspecto de araa. Frodo, vctima de la picadura 
de la bestia, aparentemente muerto, pero tan slo paralizado 
y mantenido a buen recaudo hasta el momento en que 
pudiera ser devorado.

-Vamos, vamos murmur Susan apremiando a Martie por 
primera vez desde que haban abandonado la casa.

Inexplicablemente, Martie sinti el impulso de arrastrar a su 
amiga al ascensor, bajar al vestbulo y regresar al coche.

Una vez ms, perciba algo extrao e inquietante en los 
objetos vulgares que las rodeaban, como si en lugar de 
encontrarse en el descansillo de los ascensores estuvieran en 
el tnel donde Frodo y su compaero Sam Gamyi se haban 
enfrentado a la enorme araa acezante de innumerables ojos.

Martie oy un ruido a sus espaldas y se volvi asustada, poco 
menos que esperando toparse con Ella Laraa. Las puertas 
del ascensor acababan de cerrarse. Eso era todo.

En su imaginacin, una membrana que separaba dos 
dimensiones acababa de rasgarse, y el inundo de Tolkien 
empezaba a invadir Newport Beach inexorablemente. Tal vez 
haba trabajado demasiado tiempo y demasiado intensamente 
en la adaptacin del libro al videojuego. Obsesionada por 
estar a la altura de El Seor de los Anillos y mentalmente 
exhausta, empezaba a confundir realidad y fantasa?

No. Nada de eso. La verdad era menos fantstica, pero 
igualmente extraa.

En ese momento, Martie capt su propia imagen en el cristal 
que cubra la hornacina de una manguera de incendios. 
Apart la vista de inmediato, sobresaltada por la ansiedad de 
sus afiladas facciones. Tena el rostro desencajado y 
pronunciadas arrugas en torno a la boca, que pareca un tajo. 
Sus ojos eran dos heridas. Pero lo que la haba obligado a 
desviar la mirada no era su poco favorecedora expresin. 
Haba otra cosa. Algo peor. Algo a lo que se senta incapaz de 
dar un nombre.

"Qu me est pasando?"

-Vamos -dijo Susan, cada vez ms impaciente-. Martie, qu 
ocurre? Por Dios, vamos de una vez.

Haciendo de tripas corazn. Martie sigui a Susan fuera del 
descansillo. Torcieron a la izquierda y avanzaron por el 
pasillo.

Susan sacaba fuerzas de su mantra -"casi a salvo, casi a 
salvo"-, que no produca el menor efecto en Martie.











El viento arrancaba hojas hmedas a los rboles y el agua 
corra a chorros por los bordillos de las aceras hacia los 
desages medio atascados mientras Dusty conduca la 
furgoneta entre las colinas de Newport.

-Estoy empapado. Tengo fro se quej Skeet.

-Y yo. Por suerte, como primates superiores que somos, 
tenemos artilugios para todo -respondi Dusty poniendo en 
marcha la calefaccin. He vuelto a joderla murmur Skeet.

-Quin, t?

-Siempre acabo jodindola.

-Todos somos buenos en algo.

-Ests cabreado conmigo?

-Ahora mismo estoy de ti hasta la coronilla -admiti Dusty 
con sinceridad.

-Me odias?

-No.

Skeet solt un suspiro y se hundi an ms en el asiento. 
Abatido y desmadejado, pareca menos un hombre que un 
montn de ropa hmeda de la que ascenda un ligero vaho. 
Cerr los prpados, hinchados e irritados. La boca, floja, se le 
abri. Al parecer, se haba dormido.

El cielo, gris oscuro como ceniza hmeda y carbonilla, 
gravitaba sobre la tierra. La lluvia no tena su habitual brillo 
plateado, sino un tono oscuro y sucio, como si la naturaleza, 
convertida en mujer de la limpieza, estuviera escurriendo una 
inmunda fregona.

Dusty condujo hacia el sudeste alejndose de Newport Beach 
en direccin a la ciudad de Irvine. Esperaba que Nueva Vida, 
una clnica para la rehabilitacin de alcohlicos y drogadictos, 
tuviera alguna cama libre.

Skeet haba seguido tratamientos de desintoxicacin dos 
veces, la ltima en Nueva Vida, haca seis meses. Sala limpio 
y sinceramente decidido a mantenerse as. Sin embargo, en 
ambas ocasiones haba vuelto a las andadas poco a poco.

Hasta entonces nunca haba estado tan hundido como para 
intentar suicidarse. Quiz ahora, que haba tocado fondo, 
comprendiera que aquella era su ltima oportunidad.

-Lo siento... -musit Skeet sin levantar la barbilla del pecho-. 
Siento lo del tejado. Y siento haberme olvidado de quin era 
tu padre. El doctor Decon. Es porque estoy hecho un pingajo.

-No te preocupes. Yo llevo toda la vida intentando olvidarlo.

-Pero seguro que t te acuerdas del mo. Me apostara 
cualquier cosa. El doctor Holden Caulfield, catedrtico de 
Literatura.

-Menudo capullo... farfull Skeet.

-Todos lo son. La atraen los capullos.

Skeet levant la cabeza poco a poco, como si fuera una pieza 
plmbea accionada por un complejo sistema de potentes 
levas hidrulicas. -Y ni siquiera se llama Holden Caulfield.

Dusty detuvo la furgoneta ante un semforo en rojo y mir a 
Skeet con escepticismo. El nombre, idntico al del 
protagonista de El guardin entre el centeno, pareca 
demasiado oportuno para ser una invencin.

-Se lo cambi legalmente a los veintiuno -aadi Skeet-. El 
autntico era Sam Farner.

-Sigues colocado o hablas en serio?

-En serio -asegur Skeet-. El viejo de Sam era militar de 
carrera. Coronel Thomas Jackson FarMer. Su mamata 
querida, Luanne, enseaba a los parvulitos. El bueno de Sam 
tuvo un rifirrafe con ellos... por supuesto, cuando el coronel y 
Luanne haban acabado de pagarle la universidad y l haba 
conseguido una beca para hacer el doctorado. Si no, hubiera 
esperado hasta que sus viejos acabaran de ponerlo en rbita 
para pirrselas.

Dusty conoca al padre de Skeet -el falso Holden Cauffield-, y 
lo conoca ms que bien, porque aquel bastardo pretencioso 
era su padrastro. La madre de Dusty y Skeet se haba casado 
con Trevor Penn Rhodes, padre de Dusty, en segundas 
nupcias, y con Holden Sam Caulfield Farmer en terceras, 
antes de hacerlo en cuartas con su actual marido. Desde 
antes del cuarto cumpleaos de Dusty hasta despus del 
decimocuarto, aquel patricio de pega haba regido los destinos 
de la familia con la arrogancia de quien los detenta por 
derecho divino, y con tan celoso autoritarismo y socioptica 
ferocidad como para ganarse la admiracin de Hannibal 
Lecter.

Deca que su madre haba sido catedrtica en Princeton y su 
padre, en Rutgers. Todas esas historias...

-No son biogrficas asegur Skeet-. Slo un currculo 
amaado. 

-Su trgica muerte en Chile...?

-Otra mentira.

En los inyectados ojos de Skeet brillaba un destello feroz, tal 
vez debido al deseo de venganza. Por un momento, el chico 
dej de parecer triste; la angustia, el agotamiento y la apata 
haban dado paso a un regocijo salvaje y apenas contenido.

-Tanto se cabre con el coronel Farmer que decidi 
cambiarse el nombre? -pregunt Dusty.

-Supongo que le gustaba El guardin entre el centeno.

Dusty estaba asombrado.

-Comprendo que le gustara, pero, lo entenda? -Era una 
pregunta idiota. El padre de Skeet era ms plano que un disco 
de Petri y cultivaba un entusiasmo tras otro, la mayora tan 
destructivos como la salmonela. A quin le puede gustar ser 
Holden Caulfield?

-A mi viejo, el bueno de Sam Farmer.Y te apuesto lo que 
quiero a que su carrera en la universidad no ha salido 
perjudicada. En los medios que frecuenta, ese nombre lo 
habr convertido en alguien difcil de olvidar.

A sus espaldas son un claxon. El semforo estaba verde.

-Cmo te has enterado de todo eso? -pregunt Dusty 
reanudan-do la marcha hacia Nueva Vida.

-Para empezar... en Internet. -Skeet se irgui en el asiento, 
se llev las huesudas manos a la cara y se apart el pelo 
hmedo de los ojos-. En primer lugar, ech un vistazo a la 
lista de emritos de Rutgers en el sitio web de la universidad. 
Estn todos los que han dado clases all alguna vez. Lo mismo 
con Princeton. Nadie con los nombres de sus padres haba 
enseado en ninguno de los dos sitios. De sus padres 
inventados, quiero decir.

Con un inconfundible deje de orgullo en la voz, Skeet pas 
revista a los tortuosos vericuetos que lo haban conducido 
hasta la verdad pura y dura respecto a su padre. La 
investigacin le haba exigido esfuerzos continuados y 
considerable inventiva, por no mencionar la lgica de alguien 
en pleno uso de sus facultades.

Dusty apenas poda creer que aquel muchacho frgil, 
quebrantado por la vida y por sus muchas adicciones y 
compulsiones, hubiera sido capaz de concentrarse lo bastante 
y durante bastante tiempo para llevar a buen trmino la tarea 
que se haba propuesto.

-El viejo de mi viejo, el coronel FarMer, muri hace aos 
sigui explicando Skeet. Pero Luanne, su madre, an vive. 
Tiene setenta y ocho aos y vive en Cascade, Colorado.

-Tu abuela -dijo Dusty.

-Hasta hace tres semanas, ni saba que exista. He hablado 
con ella por telfono dos veces. Parece una mujer muy 
cariosa, Dusty. Se le parti el corazn cuando su nico hijo 
los excluy de su vida.

-Por qu lo hizo?

-Por convicciones polticas. No me preguntes qu quiere decir 
eso. Cambia de convicciones como de calzoncillos de diseo -
dijo Dusty. Tuvo que ser algo ms.

-Segn Luanne, no.

El orgullo por haberse salido con la suya, que le haba 
proporciona-do la energa suficiente para sentarse derecho y 
levantar la cabeza, haba dejado de bastar para sostenerlo. 
Se escurri en el skay poco a poco y se refugi como una 
tortuga en el vaho, el olor a humedad y los pliegues 
empapados de su amplia ropa.

-No puedes permitirte todo esto otra vez dijo Skeet mientras 
Dusty buscaba una plaza libre en el aparcamiento de la 
clnica.

-No te preocupes por eso. Tengo dos encargos importantes. 
Adems, Martie est diseando todo tipo de muertes 
espeluznantes para los oreos y otros monstruos de distinto 
pelaje, y eso s que es pasta gansa.

No s si conseguir aguantar todo el programa.

-Lo conseguirs. Despus de saltar de un tejado, la 
rehabilitacin te parecer un juego de nios.

El edificio de la clnica privada pareca el cuartel general de 
una prspera cadena de restaurantes de comida rpida 
mejicana: una hacienda de dos pisos con un prtico de arcos 
en el inferior y balcones cerrados en el segundo, 
primorosamente embellecida con magnficas bulanvilias 
moradas que se enredaban alrededor de las columnas y a 
travs de los arcos con meticulosidad. Se haba perseguido la 
perfeccin con tal saa que el resultado era de una 
artificialidad digna de Disneylandia, como si todo, desde la 
hierba hasta el tejado, fuera de plstico. En aquel sitio, hasta 
la sucia lluvia reluca como oropel.

Dusty aparc junto al bordillo de la entrada, en la zona 
reservada para la admisin de pacientes. Par los 
limpiaparabrisas, pero no apag el motor.

-Le has dicho que lo sabes?

-Al bueno de pap, quieres decir? -Skeet cerr los ojos y 
mene la cabeza-. No. Me basta con saberlo yo.

Lo cierto era que Skeet tena tanto miedo al catedrtico 
Caulfield, nacido Farmer, como cuando era nio. Y tal vez con 
motivo.

Cascade, Colorado dijo Skeet con tanto respeto como si fuera 
un lugar mgico, la patria chica de hechiceros, grifos y 
unicornios.

-Te gustara ir all y ver a tu abuela?

-Demasiado lejos. Demasiado duro -dijo Skeet. Adems, no 
puedo conducir.

Le haban retirado el permiso definitivamente debido a la 
acumulacin de multas. Newton el Higo lo llevaba a trabajar 
cada maana.

-Mira -dijo Dusty, si sigues el programa hasta el final, te 
llevar a Cascade para que conozcas a tu abuela.

Skeet abri los ojos.

-No, to, eso es peligroso.

-Oye, que no soy tan mal conductor...

-Quiero decir que la gente te falla. Excepto Martie y t. Y 
Dominique. Ella nunca me fall.

Dominique, hermanastra de Skeet y Dusty, fue el fruto del 
primer matrimonio de su madre. Tena el sndrome de Down y 
haba muerto al poco de nacer. Ninguno de los dos 
hermanastros la haba llegado a conocer, aunque Skeet 
visitaba su tumba de vez en cuando. La que escap", la 
llamaba.

-La gente siempre te deja colgado repiti, as que es del 
gnero tonto hacerse demasiadas ilusiones.

-Has dicho que por telfono pareca cariosa. Y es evidente 
que tu padre la desprecia, lo que es buena seal. Buensima. 
Adems, si resulta ser la abuelita infernal, all estar yo para 
romperle las piernas.

Skeet sonri. Lanz una mirada melanclica a travs del 
parabrisas azotado por la lluvia, no al entorno inmediato, sino 
quiz a un paisaje idlico de Cascade, Colorado, que ya haba 
pintado en su mente.

-Dijo que me quera. No me conoce, pero lo dijo de todos 
modos.

-Eres su nieto le record Dusty apagando el motor.

Los ojos de Skeet parecan no slo hinchados e inyectados, 
sino tambin desgastados por las muchas miserias que haban 
contemplado. Pero la plida y huesuda mscara de su 
torturado rostro esboz una clida sonrisa.

-T no eres un medio hermano, eres un hermano y medio.

Dusty pos una mano en la nuca de Skeet y, atrayndolo 
hacia s, apoy su frente en la del chico. Se quedaron as unos 
instantes, frente contra frente, sin despegar los labios.

Luego, salieron de la furgoneta y caminaron bajo la glida 
lluvia.











En la sala de espera del doctor Mark Abriman destacaban dos 
pares de sillas Kuhlmanstvle de sicmoro laqueado con 
asientos de cuero negro. El suelo era de granito negro, como 
las dos mesitas bajas, llenas de manoseados ejemplares de 
Vanity Fair. El color de las paredes haca juego con el tono 
miel de la madera de sicmoro.

Dos pinturas modernistas, paisajes urbanos nocturnos que 
recordaban a ciertas obras primerizas de Georgia O'Keeffe, 
eran la nica decoracin.

El ambiente, adems de exquisito, era sorprendentemente 
sereno. Como siempre, Susan experiment un alivio evidente 
apenas abandon el pasillo del piso catorce y traspuso el 
umbral. Por primera vez desde que haba salido de casa pudo 
prescindir del apoyo de Martie. Enderez el cuerpo, levant la 
cabeza, se quit la capucha de la gabardina y respir hondo 
varias veces, como si acabara de emerger a la superficie de 
una charca profunda y helada.

Curiosamente, tambin Martie sinti cierto alivio. Su difusa 
ansiedad, que no pareca tener una causa concreta, mengu 
un tanto apenas cerr tras de s la puerta de la sala de 
espera.

Sentada ante un escritorio, Jenniter, la secretaria del doctor, 
las salud con la mano al otro lado de la ventanilla de 
recepcin mientras segua hablando por telfono.

Una puerta interior se abri silenciosamente. Como si lo 
hubieran informado telepticamente de la llegada de su 
paciente, el doctor Ahriman sali del elegante despacho 
donde llevaba a cabo las sesiones de terapia. Impecable en su 
traje vestimenta gris oscuro, tan distinguido como su 
consulta, se mova con la gracia natural caracterstica de los 
atletas.

Cuarentn, alto, bronceado, con el pelo entrecano, era tan 
atractivo en persona como en las fotografas de las 
sobrecubiertas de sus best-sllers sobre psicologa. Aunque 
sus ojos color avellana se posaban sobre los de su interlocutor 
con inusual fijeza, su mirada no era inquisitiva o desafiante, 
tampoco clnica, sino clida y alentadora. El doctor Abriman 
no se pareca en absoluto al padre de Martie; sin embargo, 
posea la afabilidad de Bob El Risueo, su sincero inters por 
los dems y su relajado aplomo. En opinin de la joven, tena 
un aire paternal.

En lugar de avivar la agorafobia de Susan interesndose por 
su angustioso va crucis hasta la consulta, el psiquiatra elogi 
con elocuencia la belleza de la tormenta, como si la 
desapacible maana fuera no menos luminosa que un cuadro 
de Renoir. Oyndolo describir los placeres de un paseo bajo la 
lluvia, el fro y la humedad parecan tan reconfortantes como 
un da soleado en la playa.

Cuando Susan se quit la gabardina y se la tendi a Martie, 
una sonrisa iluminaba su rostro. La ansiedad, presente an en 
sus ojos, haba abandonado sus facciones. Al dejar la sala de 
espera, ya no andaba como una anciana, sino como una 
muchacha, inmune al parecer al dilatado panorama de la 
costa que la esperaba en el despacho del psiquiatra.

Martie, impresionada una vez ms ante el instantneo efecto 
benfico que el doctor Abriman produca en Susan, estuvo a 
punto de renunciar a confiarle su preocupacin. Sin embargo, 
antes de que siguiera a Susan al interior de su despacho, 
Martie le pregunt si poda concederle unos minutos.

Enseguida estoy con usted -dijo el doctor a Susan y, cerrando 
la puerta del despacho, acompa a Martie al centro de la 
sala de espera. 

-Estoy preocupada por ella, doctor -musit Martie.

La sonrisa de Abriman era tan reconfortante como una taza 
de t caliente, una galleta de mantequilla y un silln junto al 
fuego.

-Susan est mejorando, seora Rhodes. Estoy realmente 
satisfecho. 

-No podra prescribirle alguna medicacin? He ledo que los 
ansiolticos...

-En su caso, sera un grave error. Los frmacos no siempre 
son la respuesta, seora Rhodes. Crame, si fueran a 
ayudarla se los recetara ahora mismo.

-Pero lleva as diecisis meses...

El psiquiatra inclin la cabeza y la mir como si creyera que le 
estaba tomando el pelo.

-En serio no ha notado ningn cambio en ella, especialmente 
en los ltimos meses.

-Pues s, la verdad. Un montn. Y dira... Bueno, yo no soy 
mdico, ni terapeuta, pero ltimamente Susan parece estar 
peor. Mucho peor.

-Tiene usted toda la razn. Est empeorando, pero eso no es 
mala seal.

Martie lo mir estupefacta.

-No?

Advirtiendo la intensidad de la inquietud de Martie, intuyendo 
tal vez que su ansiedad no se deba tan slo a la preocupacin 
por su amiga, el doctor Abriman la invit a sentarse y ocup 
el asiento inmediato.

-La agorafobia -empez a explicar- aparece casi siempre de 
improviso, rara vez de forma gradual. El miedo es tan intenso 
durante el primer ataque de pnico como durante el 
centsimo. Por consiguiente, cuando se produce un cambio de 
intensidad, a menudo significa que el paciente se aproxima a 
la crisis definitiva.

-Aunque el miedo aumente?

-Especialmente cuando aumenta. Abriman dud un instante-. 
Usted comprende sin duda que no puedo traicionar la 
confianza de Su-san comentando los detalles de su caso. 
Pero, hablando en trminos generales, el agorfobo suele 
utilizar su miedo como un refugio contra el mundo, como una 
forma de eludir los compromisos con otras personas o dar la 
espalda a experiencias personales especialmente traumticas. 
El aislamiento le proporciona un consuelo perverso...

-Pero Susan odia que el miedo la tenga atrapada en casa... El 
doctor Abriman asinti.

-Su desesperacin es profunda y autntica. Sin embargo, su 
necesidad de aislamiento es an mayor que la angustia ante 
las limitaciones que le impone la fobia.

Martie no poda negar que, a veces, tena la sensacin de que 
Susan se obstinaba en encerrarse en casa no tanto porque 
sintiera un miedo invencible al mundo exterior como porque 
era el nico sitio en el que se senta feliz.

-Cuando el paciente empieza a comprender el motivo de que 
su soledad le resulte tan tranquilizadora sigui diciendo 
Abriman-, cuando consigue identificar el autntico trauma al 
que se niega a hacer frente, en ocasiones, como ltimo 
recurso, se aferra a la agorafobia con mayor desesperacin. 
La intensificacin de los sntomas suele indicar que el paciente 
esta cavando una ltima trinchera contra la verdad. Cuando 
esa defensa le talle, se ver obligado a enfrentarse a lo que 
realmente teme, que no son los espacios abiertos, sino algo 
ms personal e inmediato.

Las explicaciones del doctor parecan llenas de lgica; no 
obstante, a Martie le costaba aceptar que el deterioro 
progresivo de Susan la condujera inevitablemente a la 
curacin. El ao anterior, la batalla contra el cncer de su 
padre haba descrito una implacable espiral descendente, en 
cuyo extremo no aguardaba la ansiada mejoria, sino la 
muerte. Por supuesto, un trastorno psquico no poda 
compararse con una enfermedad somtica. Sin embargo...

-He conseguido tranquilizarla, seora Rhodes? Una chispa de 
humor animaba la mirada del psiquiatra-. O le parezco un 
charlatn de feria?

Su encanto acab de convencerla. El impresionante 
despliegue de di-plomas de su despacho, su fama de ser el 
mejor especialista en fobias de California y tal vez del pas, y 
su agudeza mental contribuan a infundir confianza a sus 
pacientes en tanta o mayor medida que la afabilidad de su 
trato.

-Claro que no -dijo Martie sonriendo. La nica charlatana soy 
yo. Supongo... Tengo la sensacin de haberle fallado a Susan, 
aunque no se cmo.

-No, no, no. Deseoso de tranquilizarla, Abriman pos una 
mano en el hombro de Martie. Seora Rhodes, no sabra 
decirle hasta qu punto es usted importante para la mejora 
de Susan. Su apoyo la beneficia mucho ms que cualquier 
cosa que pueda hacer yo. Le ruego que no dude nunca en 
comunicarme sus inquietudes. Su preocupacin por ella es la 
roca sobre la que se mantiene a flote.

-Somos amigas desde nias -dijo Martie con voz ronca-. La 
quiero muchsimo. No podra quererla ms si fiera mi 
hermana.

-A eso me refera. A menudo, el cario es ms efectivo que la 
terapia, seora Rhodes. No todos mis pacientes tienen la 
suerte de contar con alguien como usted. En ese aspecto, 
Susan puede sentirse afortunada.

Martie tena los ojos arrasados en lgrimas.

-Parece tan perdida... -musit.

La mano del psiquiatra le apret ligeramente el hombro.

-Est empezando a encontrar el camino. Crame.

Lo crea. De hecho, el doctor Abriman la haba tranquilizado 
tanto que a punto estuvo de revelarle los extraos ataques de 
ansiedad que haba sufrido aquella maana: su sombra, el 
espejo, la medialuna, la punta y los dientes de la llave del 
coche.

En el despacho, Susan aguardaba el comienzo de la sesin. 
Aquel tiempo le perteneca.

-Alguna cosa ms? -le pregunt el doctor Abriman.

-No. Ya estoy ms tranquila -respondi Martie ponindose en 
pie -Gracias. Muchas gracias, doctor.

-Tenga fe, seora Rhodes.

-La tengo.

Sonriendo, Abriman levant los pulgares en un gesto de 
nimo, entr en su consulta y cerr la puerta.

Martie recorri el estrecho pasillo que se extenda entre el 
despacho y el espacioso archivo y lleg a la otra sala de 
espera, ms pequea aunque similar a la principal.

Una puerta comunicaba con el despacho del doctor y otra, con 
el corredor del piso catorce. La existencia de dos salas de 
espera garantizaba la intimidad de los pacientes, al impedir 
que quienes llegaban se cruzaran con quienes abandonaban la 
consulta.

Martie colg su gabardina y la de Susan en un perchero fijo a 
la pared, junto a la puerta de salida.

Llevaba consigo un libro de bolsillo, una novela de intriga, 
para matar el tiempo, pero no consigui concentrarse en la 
historia. Ninguno de los horripilantes incidentes que 
salpicaban la trama era tan inquietante como los sucesos 
reales de aquella maana.

Al cabo de un momento, Jennifer, la secretaria del doctor, le 
trajo una taza de caf -slo, sin azcar, como le gustaba a 
Martie- y un bizcocho de chocolate.

-No le he preguntado si prefera un refresco. Con lo que est 
cayendo, he supuesto que lo suyo era un cat.

-Desde luego que s. Gracias, Jenny.

La primera vez que acompa a Susan, aquel sencillo detalle 
haba sorprendido a Martie; aunque era la nica consulta de 
psiquiatra que conoca, estaba segura de que aquellas 
atenciones no eran habituales en la profesin, y seguan 
parecindole encantadoras.

El caf era fuerte, pero no amargo. El bizcocho estaba 
delicioso; tena que preguntarle a Jenny dnde los compraba.

Era sorprendente la facilidad con que una buena pasta 
consegua apaciguar la mente e incluso elevar un espritu 
abatido.

Transcurridos unos instantes, consigui concentrarse en el 
libro. El estilo era gil. La trama, absorbente. Los personajes, 
crebles. Le gustaba.

La pequea sala de espera era un sitio ideal para leer. 
Silenciosa. Sin ventanas. Sin cargante hilo musical. Sin 
distracciones.

En la historia haba un mdico al que le gustaban los haikus, 
breves composiciones poticas de origen japons. Alto, 
atractivo, dotado de una voz bien modulada, recitaba un 
haiku mientras contemplaba la tormenta, de pie ante un 
enorme ventanal:

Fuerte viento entre los pinos, gil lluvia, guirnalda de papel, 
hablando sola.

El poema le pareca hermoso. Los escuetos versos sugeran a 
la perfeccin el estado de nimo producido por la lluvia de 
enero que azotaba la costa al otro lado de la ventana. Qu 
hermosos, tanto el paisaje envuelto por la tormenta como las 
palabras.

Y sin embargo, el haiku la perturbaba. Era inquietante. Bajo 
las delicadas imgenes alentaba una intencin aviesa. Se 
apoder de ella una angustia repentina, la sensacin de que 
nada era lo que pareca.

"Qu me est pasando?"

Se senta desorientada. Estaba de pie, aunque no recordaba 
haberse levantado de la silla. Y, por amor de Dios, qu 
estaba haciendo all?

-Qu me est pasando? se pregunt, esta vez en voz alta.

Luego cerr los ojos, porque tena que tranquilizarse. Tena 
que tranquilizarse. Tranquilizarse. Tener fe.

Poco a poco, fue recobrando la compostura.

Decidi matar el rato con un libro. Los libros eran una buena 
terapia. Una poda perderse en el interior de un libro, olvidar 
sus problemas, sus miedos.

Aquel libro en particular era literatura de evasin de primera 
calidad. Una novela de intriga que enganchaba. El estilo era 
gil. La trama, absorbente. Los personajes, crebles. Le 
gustaba.












La nica habitacin disponible, en la segunda planta, tena 
vistas a los cuidados jardines de la clnica. El viento agitaba 
las palmeras y los helechos, y haca palpitar los arriates de 
ciclaminos rojo sangre.

La lluvia azotaba la ventana con tal fuerza que pareca 
granizo, aunque Dusty no vea trozos de hielo resbalando por 
los cristales.

Con la ropa casi seca y sentado en un silln tapizado de pao 
azul, Skeet hojeaba sin inters un ejemplar atrasado de Time.

Era una habitacin individual, con una cama cubierta con una 
colcha de cuadros amarillos y verdes, una mesilla de formica 
color miel imitando el grano de la madera y una pequea 
cmoda a juego. Paredes de color hueso, cortinas naranja 
oscuro, alfombra verde bilis. Cuando llegaban al Infierno, los 
interioristas rprobos se alojaban en aposentos parecidos a 
aqul por los siglos de los siglos.

El cuarto de bao tena un compartimento para la ducha tan 
reducido como una cabina telefnica. Sobre el lavabo, en una 
esquina del espejo, una etiqueta roja rezaba: "Cristal 
templado". En caso de rotura, las esquirlas resultantes no 
tendran suficiente filo para que el paciente pudiera abrirse las 
venas.

Aunque sencilla, la habitacin era cara, porque la atencin 
que proporcionaba el personal de Nueva Vida era de una 
calidad muy superior a la del mobiliario. El seguro de 
enfermedad de Skeet no inclua la clusula "He sido estpido 
y autodestructivo y ahora necesito una limpieza de cerebro 
completa", as que Dusty ya haba rellenado un cheque por 
cuatro semanas de alojamiento y manutencin, y firmado un 
documento en el que se comprometa a pagar los servicios de 
los terapeuticos, consejeros y enfermeros que fueran 
necesarios.

Dado que aquella era la tercera vez la segunda en Nueva Vida 
que Skeet se someta a rehabilitacin, Dusty empezaba a 
pensar que, para tener alguna posibilidad de xito, lo que 
necesitaba no eran psiclogos, mdicos y terapeutas, sino 
hechiceros, magos, exorcistas y una fuente de los deseos.

Con toda probabilidad, Skeet tendra que permanecer en la 
clnica un mnimo de tres semanas. Tal vez seis. Debido a su 
intento de suicidio, un equipo de enfermeros hara turnos 
para acompaarlo las veinticuatro horas durante al menos 
tres das.

Aun con sus sucesivos encargos de pintura y el contrato de 
Martie para disear otro juego basado en El Seor de los 
Anillos, tampoco ese ao iban a poder permitirse unas largas 
vacaciones hawaianas; aunque les quedaba la opcin de 
colgar unos cuantos farolillos tiki en el patio trasero, ponerse 
camisas chillonas, escuchar un compacto de Don Ho y 
celebrar un festn polinesio con jamn enlatado. Seguro que 
se lo pasaban de miedo. En compaa de Martie, cualquier 
actividad resultaba divertida, independientemente de que el 
marco fuera la baha de Waimea o la valla de madera pintada 
del fondo del jardn.

Dusty, sentado en el borde de la cama, segua pensando en 
aquello cuando Skeet dej el ejemplar de Time que haba 
estado hojeando.

Esta revista es un muermo desde que dejaron de publicar 
desnudos -y al ver que Dusty no replicaba, aadi: Eh, 
hermanito, que slo era una broma! Ya no estoy ms 
colocado que de costumbre.

-Eras ms divertido cuando lo estabas.

-Ya. Pero es difcil seguir siendo divertido cuando te da el 
bajn y empiezas a sentirte como una mierda -respondi, y la 
voz le temblaba como si fuera una peonza perdiendo 
velocidad.

El repiqueteo de la lluvia en el tejado, que en otras 
circunstancias les hubiera producido un efecto sedante, 
sonaba como un desabrido recordatorio de todos los sueos y 
todos los aos saturados de drogas que se haban ido por el 
desage.

Skeet se frot los prpados con las plidas y arrugadas yemas 
de los dedos.

Me he mirado los ojos en el espejo del bao. Como gargajos 
en ceniceros sucios. Y as es como los siento, colega.

-Quieres que te traiga alguna cosa, aparte de ropa? 
Revistas, libros, una radio?

Bah... Despus de todo, los primeros das me los pasar 
durmiendo.

Se mir las venas de los dedos como si creyera que una parte 
de sus ojos se haba adherido a ellas-. Te agradezco lo que 
ests haciendo, Dusty. No lo merezco, pero te lo agradezco. Y 
te lo pagar de algn modo.

Olvdalo.

-No. Quiero hacerlo. Mientras hablaba, Skeet pareca ir 
derritindose en el silln, como si fuera una vela con forma de 
hombre. Es importante para m. A lo mejor me toca la lotera 
o algo gordo. Sabes?, podra ocurrir.

-Podra admiti Dusty, que no crea en la lotera, pero s en 
los milagros.

En ese momento entr el enfermero del primer turno, un 
joven de origen asitico llamado Tom Wong; su aire de serena 
competencia y la Franqueza de su sonrisa dieron a Dusty la 
sensacin de que dejaba a su hermano en buenas manos.

El nombre que figuraba en la hoja de identificacin del 
paciente era Holden Caulfield Jr., pero cuando Tom lo ley en 
voz alta, Skeet despert de su letargo.

-Skeet! -grit con rabia, y se enderez en el silln con los 
puos apretados. Ese es mi nombre. Skeet y nada ms que 
Skeet. No vuelva a llamarme Holden. Ni se le ocurra. Cmo 
voy a ser Holden junior cuando el mierda de mi viejo ni 
siquiera es Holden senior? En todo caso, seria Sam Farmer 
junior... Pero no me llame as tampoco! Como me llame otra 
cosa que no sea Skeet, me pondr en pelotas, me prender 
fuego en el pelo y me tirar por la jodida ventana. 
Entendido? Es eso lo que quiere, que me convierta en una 
antorcha desnuda y me suicide tirndome a ese jardincito tan 
mono?

Tom Wong sonri y mene la cabeza.

-No en mi turno, Skeet. Lo del pelo en llamas estara bien, 
pero verlo desnudo... la verdad, no me apetece.

Dusty sonri aliviado. Tom haba dado con el tono perfecto.

-Le aseguro que no lo culpo, seor Wong dijo Skeet volviendo 
a hundirse en el silln.

-Llmeme Tom, por favor.

Skeet sacudi la cabeza.

-Soy un caso grave de desarrollo interrumpido, me he 
atascado en la primera adolescencia y estoy ms 
embarullado, liado y jodido que una pareja de lombrices de 
tierra haciendo gusanitos. Lo que necesito encontrar aqu no 
es un montn de amigos, seor Wong. Por si no lo sabe, lo 
que necesito es encontrar unas cuantas figuras con autoridad, 
gente capaz de hacerme entrar en vereda, porque le aseguro 
que no puedo seguir as y que quiero encontrar el camino, 
pero encontrarlo de verdad. Entendido?

-Entendido respondi Tom Wong.

-Voy a buscar tu ropa y tus cosas dijo Dusty.

Skeet fue a ponerse en pie, pero no consigui reunir las 
fuerzas necesarias para despegarse de la silla.

Dusty se inclin junto a l y lo bes en la mejilla.

-Te quiero, hermanito.

-La verdad murmur Skeet es que nunca podr pagrtelo. 

-Claro que podrs. Te va a tocar el gordo, recuerdas?

-Soy un gafe.

-Entonces te comprar yo el billete dijo Dusty.

-Eh, to, lo dices en serio? Porque t s que tienes buena 
suerte. Siempre la has tenido. Joder, encontraste a Martie, 
no? Eso s que es tener potra, colega...

Pues t vas a necesitar un montn. As que pienso comprarte 
dos billetes todas las semanas.

Eso sera chachi, hermanito. Skeet cerr los ojos. Su voz se 
convirti en un susurro-. Eso sera... chachi.

Se haba dormido.

-Pobre chico -dijo Tom Wong.

Dusty asinti con la cabeza.

Desde la habitacin de Skeet, Dusty fue directamente al 
mostrador de control de la segunda planta, donde habl con 
la enfermera jefe, Colleen O'Brien, una mujer fornida y 
pecosa, de pelo blanco y mirada clida, que hubiera podido 
interpretar a la madre superiora de cualquier convento en 
cualquier pelcula de tema catlico filmada desde los inicios 
del sptimo arte. La enfermera asegur estar al corriente de 
las severas restricciones de medicacin que deban 
observarse en el caso de Skeet, pero Dusty las repas con 
ella de todos modos.

-Nada de estupefacientes. Ni tranquilizantes ni sedantes. 
Nada de antidepresivos. Lleva tomando drogas desde los 
cinco aos, a veces dos o tres a la vez. Tena una 
discapacidad de aprendizaje a la que decidieron llamar 
desorden de comportamiento, y su padre le hizo seguir un 
montn de tratamientos con drogas. Cuando una tena 
efectos secundarios, le hacan tomar otra para 
contrarrestarlos, y cuando sa tambin los tena, siempre 
haba alguna otra que los neutralizaba. Lo han criado a base 
de una dieta de drogas, y s positivamente que es eso lo que 
ha acabado jodindolo. Est tan acostumbrado a engullir 
pastillas y ponerse inyecciones que ni siquiera se imagina que 
se pueda vivir sin ellas.

El doctor Donklin opina lo mismo -dijo la mujer sacando la 
historia mdica de Skeet. Ha escrito un cero en la casilla de la 
medicacin.

-Skeet tiene el metabolismo tan desbarajustado y el sistema 
nervioso tan desequilibrado que es imposible prever su 
reaccin a cualquier especfico, por inocuo que resulte en 
condiciones normales.

-Ni siquiera le daremos Tylenol.

Cuando volvi a hablar, Dusty se dio cuenta de que la 
angustia por su hermano le haca tartamudear.

Una vez casi la palma tomando pastillas de cafena, que se 
zampaba como si fueran pipas. Desarroll una psicosis, tuvo 
unas alucinaciones espeluznantes y empez a sufrir 
convulsiones. Ahora es extremadamente sensible a la cafena, 
alrgico. Si le dan caf o Coca-Cola, podra sufrir un shock 
anafilctico...

-Hijo lo ataj la mujer, todo eso figura en su historia clnica. 
Crame, tendremos todo el cuidado del mundo con l. Para 
sorpresa de Dusty, Colleen O'Brien se persign y, acto 
seguido, le gui un ojo. A su hermano pequeo no le va a 
pasar nada mientras yo est de guardia.

Si hubiera sido la madre superiora de una pelcula, cualquier 
espectador hubiera tenido la certeza de que hablaba tanto en 
su propio nombre como en el de Dios.

-Gracias, seora O'Brien dijo Dusty, conmovido. No sabe 
usted cunto se lo agradezco.

Sali de la clnica y se dirigi a la furgoneta, pero no puso en 
marcha el motor. Temblaba demasiado para conducir.

Los temblores eran, en parte, una reaccin retardada a la 
cada desde el tejado de los Sorenson, pero tambin una 
manifestacin de clera. Clera contra el pobre diablo en que 
se haba convertido Skeet y contra la continua rmora que 
impona a sus vidas. Para colmo, la clera haca que Dusty 
temblara de vergenza, porque quera a Skeet y se senta 
responsable de l, pero impotente para ayudarlo. Esa 
sensacin era la peor.

Cruz los brazos sobre el volante, apoy la frente en ellos e 
hizo algo que se haba permitido en contadas ocasiones 
durante sus veintinueve aos. Llor.












Tras su sesin con el doctor Abriman, Susan Jagger, que 
pareca milagrosamente restituida a su antiguo ser, se 
comport como la mujer que haba sido antes de la 
agorafobia. Se puso la gabardina afirmando estar muerta de 
hambre y calific los tres restaurantes chinos de comida para 
llevar que le propuso Martie con tino y humor considerables.

-No tengo ningn problema con el GMS* ni con el exceso de 
guindillas en la ternera Szechuan, pero me parece que la 
tercera propuesta queda descartada ante la posibilidad de que 
nos obsequien con una guarnicin de cucarachas.

*glutautato Monosdico, sal de cido glutmico empleada como condimento en la 
cocina oriental. 

Nada en su rostro o sus maneras haca pensar en una mujer 
prcticamente paralizada por una fobia aguda.

Cuando Martie abri la puerta de la sala de espera y se 
dispona a salir al corredor del piso decimocuarto, Susan le 
advirti:

-Te dejas el libro.

La novela estaba en la mesita baja, junto a la silla que haba 
ocupado hasta haca unos instantes. Martie volvi sobre sus 
pasos, pero se qued dudando antes de recoger el libro.

-Te pasa algo? -pregunt Susan.

-Eh? Nada, nada. Parece que he perdido el punto de lectura 
respondi Martie cogiendo el libro y metindoselo en un 
bolsillo de la gabardina.

Susan conserv el buen nimo mientras recorran el largo 
pasillo, pero su actitud fue cambiando a medida que el 
ascensor descenda. Cuando llegaron al vestbulo, estaba 
blanca como el papel, y el temblor que alteraba su voz haba 
convertido la nota de buen humor en amarga ansiedad. 
Encorv los hombros, agach la cabeza y dobl el cuerpo 
hacia delante como si sintiera el fro y hmedo azote de la 
tormenta exterior.

Susan sali del ascensor sin ayuda, pero a los cuatro o cinco 
pasos tuvo que agarrarse al brazo de Martie para continuar. 
Cuando se aproximaban a la salida, el miedo casi la haba 
reducido a la parlisis y a una profunda humillacin.

El trayecto hasta el coche fue agotador. Cuando llegaron al 
Saturn, a Martie le dola el hombro derecho y todo ese lado 
del cuello, pues Susan, aferrada a ella con todas sus fuerzas, 
se haba colgado de su brazo con in-consciente firmeza.

Susan se acurruc en el asiento del acompaante y, 
rodendose el cuerpo con los brazos, se balance adelante y 
atrs como si la atormentara un insoportable dolor de 
estmago, con la cabeza agachada para eludir la visin del 
inabarcable espacio que se abra al otro lado de las 
ventanillas.

-Me senta tan bien all arriba farfull angustiada, con el 
doctor Abriman, durante toda la sesin, tan bien... Me senta 
normal. Estaba segura de que me costara menos salir a la 
calle, aunque slo fuera un poco menos, pero estoy peor que 
cuando he llegado.

-No ests peor, cario -dijo Martie poniendo el motor en 
marcha-. Creme, ya eras un grano en el culo cuando 
venamos hacia aqu.

-Bueno, pues yo me siento peor. Me siento como si el mundo 
se me viniera encima, como si algo cado del cielo estuviera a 
punto de aplastarnos.

-No es ms que la lluvia -dijo Martie escuchando el estrpito 
del agua contra el techo del coche.

No es la lluvia. Es algo peor. Un peso descomunal. Algo que 
pende sobre nuestras cabezas. Oh, Dios, cmo lo odio...

-Eso se arregla con una botella de Tsingtao.

-No servir de nada.

-Dos botellas.

-Necesitara un barril.

-Que sean dos. Nos emborracharemos juntas.

-Eres una buena amiga, Martie murmur Susan sin levantar la 
cabeza.

-Veremos si piensas lo mismo cuando nos manden a una 
clnica de desintoxicacin.











Desde Nueva Vida, presa de un dolor no muy distinto al 
duelo, Dusty se dirigi a casa para quitarse la indumentaria 
de trabajo y ponerse ropa de calle seca. En la puerta que 
comunicaba el garaje con la cocina, Valet le dio la bienvenida 
con perruno entusiasmo, agitando la cola con tal fuerza que 
su trasero se bamboleaba al comps. A Dusty le bast con ver 
al goldcn retriever para sentir que la pesadumbre le daba un 
respiro.

Se puso en cuclillas y lo salud frotando su nariz contra el 
hocico del animal, rascndole suavemente la parte posterior 
de las aterciopeladas orejas, pasndole la mano despacio 
desde la nuca hasta la cruz y acaricindolo bajo la barbilla, a 
lo largo de la papada y la espesa pelambre del pecho.

Valet y l disfrutaban de aquellos momentos por igual. 
Acariciar, friccionar y dar palmadas a un perro puede ser tan 
relajante para la mente y el corazn como la meditacin, y 
casi tan bueno para el alma como la oracin.

Cuando Dusty enchuf la cafetera elctrica y empez a llenar 
el filtro con cucharadas de una excelente mezcla colombiana, 
Valet rod sobre el lomo, dobl las cuatro patas en al aire y 
esper a que le rascara la barriga.

-Eres ms mimoso que un perro faldero -le dijo Dusty.

La cola de Valet barra las baldosas a derecha e izquierda.

-Yo tambin me muero por tus huesos -admiti Dusty--, pero 
ahora mismo lo que necesito es un caf. No te lo tomes a 
mal.

El corazn de Dusty pareca bombear refrigerante en vez de 
sangre. Senta el fro clavado en la carne y los huesos, e 
incluso ms adentro. Aunque haba puesto al mximo la 
calefaccin de la furgoneta, no haba conseguido entrar en 
calor. Confiaba en que el caf acabara de ponerle a tono.

Cuando Valet comprendi que no iban a frotarle la barriga, se 
levant e hizo chasquear las patas por el suelo de la cocina en 
direccin al pequeo aseo. Se detuvo ante la puerta 
entornada, meti el hocico por el palmo escaso que la 
separaba del marco y olisque la oscuridad del interior.

-Tienes un precioso cuenco lleno de agua en tu rincn dijo 
Dusty. Por qu te empeas en beber en el retrete?

Valet torci la cabeza hacia su amo, pero el oscuro aseo 
volvi a atraer su atencin.

El caf recin hecho empez a gotear en el puchero de cristal, 
y un aroma delicioso llen la cocina.

Dusty subi al segundo piso y se puso unos vaqueros, una 
camisa blanca y un jersey de lana azul marino.

Por lo general, cuando estaba solo con el perro, el animal lo 
segua por toda la casa esperando obtener una caricia, 
comida, un rato de juego o unas simples palabras de elogio. 
Por una vez, Valet se qued abajo.

Cuando Dusty regres a la cocina, el retriever segua ante la 
puerta del aseo. Acudi al lado de su amo, lo observ llenar 
una taza de humeante colombiano y volvi a la puerta.

El caf era espeso, fuerte y estaba casi hirviendo, pero 
apenas le calent el estmago. El hielo que tena agarrado a 
los huesos ni siquiera empez a deshacerse.

En cambio, mientras apuraba la infusin con los risiones 
contra la encimera y la vista fija en Valet, que segua 
husmeando tras la puerta, sinti que un fro completamente 
distinto le recorra el espinazo.

-Algn problema ah dentro, cagueta?

Valet se volvi hacia l y solt un gaido.

Dusty se sirvi otra taza, pero, antes de probarla, fue hasta el 
aseo, apart al perro, empuj la puerta hacia dentro y 
encendi la luz.

En la pila haba un puado de pauelos de papel usados 
procedentes del recipiente de latn para los desperdicios, que 
yaca volcado sobre la tapa cerrada del retrete.

Al parecer, alguien lo haba usado para hacer aicos el espejo 
del botiqun. Esparcidas por el suelo, las afiladas esquirlas 
relucan como rayos solidificados.











Martie entr en el restaurante para recoger el pedido -moo 
goo gai frito, ternera Szechuan, tirabeques con brcol, arroz y 
media docena de botellas de Tsingtao fras-, mientras Susan 
la esperaba en el coche con el motor en marcha y la radio 
sintonizada en una emisora de rock clsico. La comida, que 
haban encargado por el camino utilizando el telfono celular, 
estaba lista cuando lleg Martie. En atencin a la lluvia, le 
entregaron las cajas de comida y las cervezas en dos bolsas 
de plstico.

La radio del coche estaba a tal volumen que, aun antes de 
salir del restaurante, en el que apenas permaneci unos 
minutos, Martie pudo or a Gary U. S. Bonds aullando "School 
Is Out" arropado por el berrinche de los saxofones.

Se sent al volante sin poder evitar una mueca de disgusto. 
Las membranas de graves de los altavoces vibraban con tal 
violencia que unas cuantas monedas sueltas en una bandeja 
del salpicadero bailaban y tintineaban al son de la msica.

Cuando se quedaba sola en un coche, aunque en realidad no 
poda decirse que estuviera en un espacio abierto, y a pesar 
de que agachaba la cabeza y mantena los ojos apartados de 
las ventanillas, Susan se senta a menudo anonadada por la 
conciencia del vasto mundo exterior. En ocasiones, la msica 
a todo volumen la ayudaba a aislarse y disminua su 
capacidad de obsesionarse con su miedo.

La intensidad del ataque poda medirse por lo alta que 
necesitaba poner la msica para que le sirviera de algo. Aqul 
haba sido de los peores la radio estaba al lmite de su 
potencia.

Martie baj el volumen a un nivel aceptable. Los trepidantes 
ritmos y la vibrante meloda de "School Is Out" haban 
sofocado por completo los sonidos de la tormenta. En el 
relativo silencio, el redoble de tambores, el cascabeleo de 
maracas y el siseo de platillos del aguacero las envolvi de 
nuevo.

Susan, que temblaba y jadeaba anhelosamente, no levant la 
vista ni despeg los labios.

Martie no dijo nada. A veces, Susan necesitaba que la 
animara, la mimara, la sermoneara e incluso que la provocara 
a superar su terror. En ocasiones como aquella, la mejor 
manera de ayudarla a descender de lo alto de la escalera del 
pnico era no hacer referencia a su estado; mencionarlo sola 
aumentar su ansiedad.

-He pedido palillos -dijo Martie dos manzanas ms adelante. 

-Prefiero un tenedor, gracias.

-La comida china no sabe igual si usas tenedor.

-Y la leche de vaca tampoco sabe igual si no te la ordeas 
directa-mente en la boca.

-Puede que tengas razn -dijo Martie.

-As que me conformar con una aproximacin razonable al 
autntico sabor. No me importa ser una ignorante mientras 
sea una ignorante con tenedor.

Cuando aparcaron cerca de su casa en la Pennsula de Balboa, 
Susan haba recuperado el suficiente dominio de s misma 
como para enfrentarse al viaje desde el coche a su vivienda 
del tercer piso. No obstante, se apoy en Martie durante todo 
el recorrido, que result agotadoramente penoso.

Una vez en casa, con todas las persianas bajadas y las 
cortinas corridas, Susan volvi a sentirse a salvo. Enderez el 
cuerpo, alz los hombros e irgui la cabeza. La tensin 
desapareci de su rostro. La angustia segua enturbiando sus 
ojos, pero ya no los tena desorbitados de terror.

Voy a calentar la comida en el microondas dijo Susan. Por 
qu no vas poniendo la mesa?

En el corredor, cuando iba a dejar un tenedor junto al plato 
de Susan, la mano de Martie empez a temblar 
incontrolablemente y los dientes de acero inoxidable 
tintinearon contra la porcelana.

Solt el tenedor sobre el mantel individual y lo mir con un 
miedo absurdo, que fue creciendo hasta transformarse en una 
repugnancia invencible que la oblig a apartarse de la mesa. 
Los dientes eran de una agudeza siniestra. Hasta entonces 
nunca haba comprendido lo peligroso que poda resultar un 
tenedor en manos de un loco. Poda utilizarlo para sacarle un 
ojo a cualquier vctima inocente. Para desfigurarle el rostro. 
Para clavrselo en el cuello y sacarle la arteria cartida como 
si Cuera un espagueti. Para...

Urgida por una desesperada necesidad de mantener las 
manos ocupadas, ocupadas en algo inofensivo, abri uno de 
los cajones del aparador, vio una baraja de pinacle de sesenta 
y cuatro naipes para dos jugadores y la sac de su caja. De 
pie junto a la mesa, tan alejada del tenedor como le era 
posible, se puso a barajar las cartas. Al principio, las manos 
no la obedecan, y los naipes se esparcan por la mesa; sin 
embargo, consigui coordinar sus movimientos poco a poco.

No poda seguir barajando indefinidamente.

Mantenerse ocupada. Ocupada en algo inofensivo. Hasta que 
se le pasara aquel extrao arrebato.

Procur disimular su agitacin, entr en la cocina, donde 
Susan esperaba a que sonara el timbre del microondas, y 
sac dos botellas de Tsingtao del frigorfico.

Los delicados aromas de la comida china saturaban el aire.

-Te parece que soy capaz de apreciar el autntico olor de la 
comida tal como voy vestida? -pregunt Susan.

-Qu?

-O crees que para olerla de verdad debera disfrazarme de 
china? 

-Jo, jo dijo Martie, demasiado alterada para improvisar una 
rplica Ingeniosa.

Iba a apoyar las dos botellas de cerveza sobre el tajo de 
madera, junto al fregadero, para abrirlas, cuando advirti que 
la medialuna segua all. Al ver su reluciente filo curvo, el 
corazn empez a palpitarle de forma casi dolorosa.

Decidi ponerlas en la mesita de la cocina. Sac dos vasos de 
un armario y los dej junto a las botellas.

Mantenerse ocupada.

Tir de un cajn lleno de pequeos utensilios y busc el 
abridor. Lo cogi y volvi junto a la mesa.

El pequeo objeto tena un extremo troquelado para abrir 
botellas. El otro, puntiagudo y curvo, para servir de abrelatas.

Cuando lleg a la mesita, el extremo puntiagudo del abridor 
se haba convertido a sus ojos en un arma tan mortfera como 
el tenedor o la medialuna. emblorosa, lo solt junto a las 
cervezas para evitar que se le cayera de la mano o que el 
terror la obligara a lanzarlo lejos.

-Te importa abrir las botellas? pregunt a Susan saliendo de 
la cocina para evitar que le viera el rostro desencajado tengo 
que ir al bao.

Atraves el comedor procurando no mirar hacia la mesa, 
sobre la que yaca el tenedor con los dientes hacia arriba.

En el pasillo que una el cuarto de estar con el dormitorio, 
mantuvo la vista apartada de las puertas de espejo del 
ropero.

El bao. Otro espejo.

Vacil ante la puerta. Sin embargo, no se le ocurra otro sitio 
en el que pudiera ocultarse para serenarse a solas, y no 
quera que Susan la viera en aquel estado.

Martie se arm de valor y se enfrent al espejo, en el que no 
descubri nada que pudiera asustarla. Su rostro y su mirada 
reflejaban una ansiedad turbadora, aunque no tan evidente 
como haba supuesto.

Se apresur a cerrar la puerta, baj la tapa del retrete y se 
sent en ella. El aire escap de su boca con un spero bufido, 
y comprendi que llevaba un buen rato aguantando la 
respiracin.














Al descubrir el espejo destrozado en el aseo de la cocina, lo 
primero que pens Dusty fue que un vndalo o un ladrn 
haba forzado la entrada.

El comportamiento de Valet pareca desmentir sus sospechas. 
Ni siquiera tena erizada la pelambre del pescuezo. De hecho, 
al entrar en casa, el animal lo haba recibido en actitud 
juguetona.

No obstante, Valet tena ms de esponja de arrumacos que de 
perro guardin. Si el intruso le haba cado en gracia -como le 
ocurra con el noventa por ciento de los desconocidos, lo 
habra seguido por toda la casa y se habra limitado a lamer 
sus vidas manos mientras entalegaba los tesoros de la 
familia.

Seguido por el perro. Dusty registr la casa habitacin por 
habitacin, armario tras armario, primero en la planta baja y 
luego arriba. No haba nadie, ni ms destrozos; tampoco ech 
nada en falta.

Orden al obediente Valet que esperara en un rincn de la 
cocina para evitar que se clavara algn cristal en las patas. 
Luego, puso remedio al estropicio del aseo.

Puede que Martie le explicara lo del espejo cuando se vieran 
ms tarde. El accidente deba de haber ocurrido en el 
momento en que se dispona a salir hacia la casa de Susan. 
Eso, o un fantasma con malas pulgas haba decidido mudarse 
con ellos.

Tendran mucho de qu hablar durante la cena: el intento de 
suicidio de Skeet, otra salida con Susan, el duende colrico...

Mientras haca ejercicios de respiracin en el bao de Susan, 
Martie se dijo que su problema era el estrs. Pareca la 
explicacin ms plausible para todo aquello. Tena 
demasiadas cosas en la cabeza, y le pesaba tanta 
responsabilidad.

Disear un juego nuevo basado en El Seor de los Anillos era 
el encargo ms importante y difcil que haba recibido hasta la 
fecha. E implicaba una serie de amenazadores plazos que la 
sometan a una enorme presin, mayor tal vez de lo que 
haba credo hasta entonces.

Su madre, Sabrina, y su incombustible hostilidad hacia Dusty: 
otro motivo de tensin que arrastraba desde haca mucho 
tiempo.

Por otra parte, el ao anterior haba tenido que asistir al lento 
deterioro de su padre. Sus ltimos tres meses de vida haban 
sido un declive constante y estremecedor que el enfermo 
haba soportado con su acostumbrado buen humor, 
negndose a reconocer los dolores e indignidades de su 
estado. Durante aquellos ltimos das, su encanto y su suave 
risa no haban conseguido animarla como solan; por el 
contrario, su sonrisa siempre a punto le desgarraba el corazn 
apenas la esbozaba, y le haba producido heridas por las que, 
si no sangre, haba perdido una parte de su innato optimismo 
que tardara en recuperar.

Susan, por supuesto, era un motivo de preocupacin nada 
desdeable. El amor es una vestidura sagrada, hecha de un 
tejido tan fino que no puede verse, pero tan fuerte que ni 
siquiera la todopoderosa muerte puede rasgarlo; una 
vestidura que no se aja con el uso y proporciona calor en un 
mundo que sin ella sera intolerablemente fro. No obstante, 
en ocasiones el amor puede ser tan pesado como una cota de 
malla. Soportar la carga del amor cuando se convierte en un 
peso agobiante aumenta su valor en los buenos tiempos, 
cuando el viento hincha sus mangas como si fueran alas y nos 
lleva en volandas. A pesar de la tensin de aquellas 
excursiones bisemanales, a Martie le hubiera sido tan 
imposible dejar en la estacada a Susan como dar la espalda a 
su padre agonizante, a su quisquillosa madre o a Dusty.

Volvera al comedor, hara los honores a la comida china, se 
bebera una botella de cerveza, jugara al pinacle y se 
comportara como si no fuera presa de extraos 
presentimientos.

En cuanto llegara a casa, llamara al doctor Closterman, su 
mdico de cabecera, y concertara una cita para someterse a 
un reconocimiento, slo por si su autodiagnstico de estrs 
era incorrecto. Se senta en buena forma fsica, pero lo mismo 
le haba ocurrido a Bob El Risueo hasta la repentina 
aparicin de un dolor extrao pero insignificante, que result 
ser el primer sntoma de una enfermedad terminal.

Por absurdo que pareciera, segua sospechando de aquel 
zumo de uva inusualmente amargo. Desde haca algn 
tiempo, lo beba casi todas las maanas en lugar de zumo de 
naranja, por su menor contenido en caloras. Puede que 
aquello explicara tambin la pesadilla recurrente del Hombre 
de Hojarasca, la rabiosa criatura hecha de hojas putrefactas. 
Quiz llevara una muestra del zumo al doctor Closterman 
para que la hiciera analizar.

Por fin, se lav las manos y volvi a enfrentarse al espejo. Se 
dijo que pareca bastante sana. Pero, fuera cual fuese su 
aspecto, se senta como una loca de atar.











Cuando acab de barrer los cristales rotos, Dusty tuvo un 
detalle especial con Valet por ser tan buen chico y quedarse 
donde le haba ordenado: unos cuantos trozos de pechuga de 
pollo asada que haban sobrado de la cena de la vspera. El 
animal los tom uno a uno de la mano de su dueo con una 
delicadeza semejante a la de un colibr sorbiendo agua 
azucarada del bebedero de un jardn y, cuando se acabaron, 
mir a Dusty con una adoracin que no poda distar mucho 
del amor con que los ngeles contemplan a Dios.

-T tambin eres un ngel, faltara mas le -dijo Dusty, 
mientras le rascaba la papada suavemente-. Un ngel peludo. 
Adems, con ese par de orejas tuyas, maldita la falta que te 
hacen unas alas.

Decidi llevarse el perro al apartamento de Skeet y, de all, a 
la clnica Nueva Vida. Aunque no haba ningn intruso en la 
casa, no se hubiera sentido tranquilo dejando solo al chucho 
sin saber lo que haba ocurrido con el espejo.

-Chico, si soy as de sobreprotector contigo le dijo , imagnate 
cmo ser con mis hijos.

El perro le ense los dientes como dando a entender que le 
gustaba la idea de los nios. Y, como si comprendiera que iba 
a hacer de copiloto en aquel viaje, fue a la puerta que 
comunicaba la cocina con el garaje y esper pacientemente 
abanicando el aire con su exuberante cola.

Dusty se estaba poniendo una chaqueta de nailon con 
capucha cuando son el telfono. Se acerc al aparato y 
levant el auricular.

-Queran que me suscribiera al  Times -dijo apenas colg, 
como si al perro le preocupara quin haba llamado.

Valet ya no estaba de pie ante la puerta del garaje. Se haba 
echado enfrente y pareca medio amodorrado, como si Dusty 
hubiera estado diez minutos al telfono en vez de treinta 
segundos.

-Acabas de zamparte medio pollo, rubiales -dijo Dusty 
frunciendo el ceo. As que no te hagas el flojo.

Valet solt un prolongado suspiro de sufrimiento y se levant.

En el garaje, mientras le pona el collar y abrochaba a ste la 
correa, Dusty le dijo:

-Lo ltimo que necesito es recibir el peridico a diario. Sabes 
de qu estn llenos los peridicos, rubiales?

Valet lo mir intrigado.

-Pues de lo que hacen y dicen los figurones. Y sabes quines 
son los figurones? Pues los polticos, los capitostes de los 
medios y los intelectuales de pacotilla de las universidades, 
gente que tiene muy buena opinin de s misma y muy mala 
de los dems. Como el doctor Trevor Penn Rhodes, mi viejo. Y 
como el doctor Holden Caulfield, el viejo de Skeet.

El perro estornud.

-Exacto -dijo Dusty.         

Imaginaba que Valet no se conformara con ir atrs, entre las 
herramientas y los botes de pintura. El animal, efectivamente, 
subi de un salto al asiento del acompaante: cuando iba en 
coche, le gustaba mirar por el parabrisas. Dusty le abroch el 
cinturn de seguridad y recibi un lametn de agradecimiento 
en la cara al estirarse para cerrar la puerta del acompaante.

Tras el volante, mientras pona el motor en marcha y haca 
retroceder la furgoneta fuera del garaje, hacia la lluvia, Dusty 
sigui hablando al retriever:

Los figurones joden el mundo mientras hacen ver que 
intentan salvarlo. Sabes lo que valen todas sus grandes 
ideas juntas, rubiales? Pues lo mismo que esas cositas tuyas 
que recogemos en bolsas azules cuando te seguimos por ah.

El perro hizo una mueca.

Dusty presion el mando a distancia para cerrar el garaje y se 
pregunt por qu no le haba dicho todo aquello al individuo 
que haba intentado endilgarle la suscripcin. El constante 
asedio telefnico de los cazadores de subscriptores del Times 
era uno de los peores inconvenientes de vivir en el sur de 
California, comparable a los terremotos, los incendios y las 
avalanchas de barro. Si le hubiera soltado el mismo rapapolvo 
a la mujer -o haba sido un hombre?- que le haba dado la 
tabarra con el Times, puede que hubieran acabado borrndolo 
de su lista de posibles vctimas.

Mientras retroceda hasta la calle por el camino de acceso, 
Dusty cay en la cuenta de que no poda recordar si el 
representante telefnico del Times era un hombre o una 
mujer. No tena nada de extrao, desde luego, puesto que 
slo haba prestado atencin a la chchara hasta comprender 
de qu iba la cosa, momento en que haba colgado.

Por lo general, pona fin a las llamadas del Times con una 
contraoferta, destinada a embromar al vendedor. "Vale, me 
suscribir si aceptan que les pague en especie. Yo les pinto la 
redaccin a cambio de tres aos del Times. O, mejor an, me 
suscribir de por vida si su peridico se compromete a no 
volver a referirse a un simple as del deporte como a un 
hroe."

Esa vez no haba hecho su propuesta. Lo que es ms, ni 
siquiera recordaba qu haba dicho, aunque fuera algo tan 
simple como "No, gracias" o "Dejen de fastidiarme".

Qu raro. Tena la mente en blanco.

Evidentemente, estaba an ms inquieto y perturbado por la 
situacin de Skeet de lo que haba supuesto.











Sin duda, la comida china estaba tan buena como deca 
Susan, pero, aunque tambin Martie se deshizo en elogios, la 
verdad era que le pareca inspida. Por una vez, la Tsingtao le 
supo amarga.

Ni los alimentos ni la cerveza tenan la culpa. Era su 
fluctuante ansiedad. Aletargada por el momento, lo que le 
impeda disfrutar de cualquier cosa.

Martie, que coma con palillos, crey al principio que el simple 
hecho de ver a Susan manejando el tenedor le provocara otro 
ataque de pnico. Sin embargo, los siniestros dientes no 
consiguieron alterarla como momentos antes. Lo que la 
aterraba no era el tenedor propiamente dicho, sino el dao 
que poda causar en sus manos. En las de Susan, pareca un 
utensilio inofensivo.

La posibilidad de albergar en su interior el oscuro potencial 
necesario para cometer una atrocidad inconcebible la 
perturbaba hasta tal punto que procur apartarla de su 
mente. Le pareca un miedo totalmente irracional, pues la 
cabeza, el corazn y el alma le decan que era incapaz de 
violencia alguna. Y, sin embargo, ni siquiera se haba fiado de 
s misma con el abridor en las manos...

Considerando su nerviosismo -y los esfuerzos que le costaba 
ocultrselo a Susan-, hubiera debido perder al pinacle ms 
rotundamente que de costumbre. Sin embargo, las cartas la 
favorecan y jugaba con sorprendente habilidad, 
aprovechando sin vacilaciones cada golpe de suerte, tal vez 
porque las incidencias del juego la ayudaban a sustraer la 
mente de morbosas consideraciones.

-Hoy ests hecha una campeona -dijo Susan.

-Es que llevo mis calcetines de la suerte.

-Has conseguido reducir tu deuda de seiscientos mil a 
quinientos noventa y ocho mil.

-Estupendo. Puede que a partir de ahora Dusty consiga 
dormir por las noches.

-Cmo est?

-Ms pegajoso que Valet.

T das con un hombre ms carioso que un golden retriever 
sus-pir Susan- . Y yo me caso con un cerdo egosta.

-Hace un rato defendas a Eric...

-Es una rata.

-Lo que yo te deca.

-Y tenas razn.

Fuera, un viento lobuno grua, araaba las ventanas y 
lanzaba a los aleros sus lgubres aullidos.

-Qu te ha hecho cambiar de opinin? pregunt Martie.

-El origen de mi agorafobia podra estar en problemas entre 
Eric y yo que se remontan a hace un par de aos, cosas que 
he estado intentando ocultarme a m misma.

-Eso es lo que opina el doctor Abriman?

-En realidad, l no me orienta hacia ninguna idea en concreto. 
Se limita a ayudarme a... descubrir las cosas por m misma.

Martie jug una reina de trboles.

-Nunca habas mencionado que hubiera problemas entre Eric 
y t. Hasta que fue incapaz de soportar... esto.

-Supongo que los tuvimos.

Martie frunci el ceo.

-Lo supones?

-En fin, no hay suposicin que valga. Tuvimos un problema. 
Pinacle cant Martie, que acababa de ganar la ltima baza-. 
Qu problema?

-Una mujer.

Martie se qued de una pieza. Dos autnticas hermanas no 
hubieran estado tan unidas como Susan y ella. Aunque 
sentan demasiado respeto por s mismas como para 
compartir detalles ntimos de sus respectivas vidas sexuales, 
nunca se haban ocultado cosas importantes; y, sin embargo, 
era la primera vez que Martie oa lo de la otra mujer.

-El muy cerdo... te engaaba?

-Un descubrimiento as, de buenas a primeras, te hace sentir 
tan vulnerable... dijo Susan, pero sin la emocin que 
implicaban sus palabras, como si estuviera citando un manual 
de psicologa-. Y eso es la agorafobia: una sensacin 
abrumadora y paralizante de vulnerabilidad.

-Nunca hiciste el menor comentario.

Susan se encogi de hombros.

-Puede que estuviera demasiado avergonzada.

-Avergonzada? De qu ibas a estar avergonzada t?

-Pues... no lo s. Susan puso cara de perplejidad y, al fin, 
murmur,
Por qu me sentira avergonzada?

Martie tuvo la sensacin de que, por asombroso que 
pareciera, Susan consideraba la cuestin por primera vez, en 
aquel momento preciso y en aquel preciso lugar.

-Bueno... Supongo que tal vez porque... porque yo no le 
bastaba, porque no le daba todo lo que l quera en la cama.

Martie la mir boquiabierta.

-Pero, con quin estoy hablando? T eres una mujer 
estupenda, Sus, eres una preciosidad, tienes un impulso 
sexual perfectamente sano...

-Puede que no estuviera emocionalmente disponible, que no 
le diera suficiente apoyo...

-No puedo creer lo que estoy oyendo -dijo Martie apartando 
las cartas sin sumar los puntos.

-No soy perfecta, Martie. Ni mucho menos. -Una pena, muda 
pero tan pesada y gris como el plomo, adelgazaba su voz. 
Baj la vista, como avergonzada-. Le fall de algn modo.

Su contricin pareca completamente fuera de lugar, y sus 
palabras consiguieron irritar a Martie.

-Se lo das todo... tu cuerpo, tu mente, tu corazn, tu vida... Y 
se los das al estilo de Susan Jagger, a manos llenas, 
jugndote el todo por el todo, con toda la pasin del mundo. 
Luego l va y te engaa con otra y, qu haces t? Culparte 
a ti misma?

Con el ceo fruncido, Susan haca girar una botella de cerveza 
vaca en sus delgadas manos, mirndola como si fuera un 
talismn que, suficientemente manoseado, le proporcionara 
la total comprensin de lo ocurrido.

-Quiz acabas de poner el dedo en la llaga, Martie. Quiz el 
estilo Susan Jagger acab... asfixindolo.

-Asfixindolo? No digas chorradas, anda.

-No, quiz fue eso. Quiz...

-A qu vienen tantos quizs? la ataj Martie . Por qu 
inventas todas esas excusas para ese cerdo? Qu excusa te 
dio l?

Duras rfagas de lluvia tocaban una msica descompasada en 
los cristales de la ventana, contrapunteada por el lgubre y 
rtmico retumbo de las olas de tormenta que batan la playa.

-Qu excusa te dio l? la apremi Martie.

Susan haca girar la botella cada vez ms despacio; cuando al 
fin dej de moverla, tena el ceo fruncido y una expresin de 
desconcierto.

-Susan? -dijo Martie Qu excusa te dio?

Susan dej la botella, cerr los puos sobre la mesa y clav 
en ellos los ojos.

-Que excusa? Pues... no lo s.

-Hemos cado por la madriguera del conejo y ya estamos 
tomando el t dijo Martie, exasperada. Qu quieres decir con 
que no no sabes? Cario, te enteras de que tiene una 
aventura y ni siquiera quieres saber por qu?

Susan, incmoda, se removi en su asiento.

-Apenas hablamos de ello.

-Me ests tomando el pelo? Esa no eres t, guapa. Nunca 
has sido la mujer de hielo.

Susan se expres ms despacio de lo habitual, con el tono 
apagado de quien acaba de despertarse y apenas sabe dnde 
est:

-Bueno, hablamos un poco, ya sabes, y llegu a la conclusin 
de que sa podra ser la causa de mi agorafobia... Pero no 
entramos en los detalles sucios.

La conversacin se haba vuelto tan extraa que Martie intuy 
la existencia de una verdad oculta y peligrosa bajo los 
circunloquios de su amiga, una realidad esquiva que explicara 
de golpe todos los problemas de aquella mujer torturada, con 
tal de que se atreviera a afrontarla.

Las palabras de Susan eran indignantes y vagas a un tiempo.  
Turbadoramente vagas.

-Quin era esa mujer? pregunt Martie.

-No lo s.

-Dios santo... No te lo dijo Eric?

Susan levant al fin la cabeza. Sus ojos parecan 
desenfocados, como si en lugar de mirar a Martie estuvieran 
pendientes de alguien que se encontraba en otro lugar y en 
otro tiempo.

-Eric?

An tena la mano levantada delante de Susan. Chasque los 
dedos. Susan dio un respingo y parpade. Mir el montn de 
cartas que haba apartado Martie e, inesperadamente, sonri.

-Me has dado un buen repaso. Quieres otra cerveza?

Su actitud haba cambiado en un abrir y cerrar de ojos.

-No has contestado a mi pregunta -dijo Martie.

-Qu pregunta?

-Quin te cont que Eric se vea con otra?

-Por favor, Martie, es demasiado aburrido...

-A m no me parece aburrido. Has...

-No pienso hablar de eso -la ataj Susan con ms desenfado 
que irritacin o vergenza, aunque cualquiera de las ltimas 
hubiera resultado ms apropiada. Agit una mano como si 
quisiera espantar una mosca-. Siento haber sacado el tema.

-Por amor de Dios, Sus, no puedes soltar una bomba as y 
luego...

-Estoy de buen humor. No quiero echarlo a perder. Vamos a 
hablar de algo frvolo o a contarnos chismes. -Se puso en pie 
de un salto, bulliciosa como una adolescente. Ya de camino a 
la cocina, pregunt -: Qu me dices de la cerveza?

Aquel era uno de esos das en que no apeteca estar sobria, a 
pesar de lo cual Martie rechaz la segunda botella de 
Tsingtao.

En la cocina, Susan se puso a cantar "New Attitude", el clsico 
de Patti Labelle. Tena buena voz y entonaba con animosa 
conviccin, especialmente los versos que proclamaban: "Mi 
vida est en mis manos, qu importa un desengao".

Aunque no hubiera sabido nada de Susan Jagger, Martie 
estaba segura de que habra detectado cualquier nota falsa en 
aquel canturreo aparentemente alegre. Cuando pensaba en el 
aspecto de Susan tan slo unos minutos antes -sumida en 
una especie de trance, incapaz de hablar, plida como una 
muerta, con la frente perlada de sudor, los ojos clavados en 
un lugar o un tiempo remotos, las manos enzarzadas en una 
lucha feroz... , aquella brusca transicin de la catatona a la 
euforia le produca escalofros.

En la cocina, Susan segua cantando:

-"Me siento bien de la cabeza a los pies."

Lo de los pies, quiz. Lo de la cabeza...











Dusty nunca dejaba de sorprenderse al entrar en el 
apartamento de su hermano. Las tres pequeas habitaciones 
y el cuarto de bao estaban ordenados de forma casi 
manitica y escrupulosamente limpios. Skeet era una ruina 
fsica y psquica tan completa que Dusty siempre esperaba 
encontrar su casa hecha un estercolero.

Mientras su amo llenaba dos bolsas con ropa y artculos de 
aseo, Valet pas revista a las habitaciones husmeando suelos 
y muebles y disfrutando con los penetrantes aromas de ceras, 
barnices y lquidos limpiadores, de marcas diferentes a las 
usadas en el hogar de los Rhodes.

Tras recoger lo que necesitaba, Dusty ech un vistazo al 
interior de la nevera, que pareca la de un anorxico terminal. 
El nico cartn de leche haba caducado haca tres das, as 
que lo verti por el desage del fregadero. Ech media barra 
de pan blanco al triturador de basura, que a continuacin se 
zamp el polcromo contenido de una bolsa abierta de 
mortadela que pareca a punto de criar pelo y ponerse a 
aullar. El resto, cervezas, refrescos y condimentos, seguira 
en buen estado cuando Skeet volviera a casa.

En la encimera, junto al telfono de la cocina, Dusty encontr 
lo nico que estaba desordenado en todo el apartamento: un 
montn de hojas arrancadas a un bloc de notas. Al 
recogerlas, advirti que en todas apareca escrito el mismo 
nombre, en algunas, una sola vez, en la mayora, tres o 
cuatro. En un total de catorce hojas, un nombre, y slo uno, 
se repeta treinta y nueve veces: "Dr.Yen Lo." En ninguna 
figuraba un nmero de telfono u otro dato.

La letra, inconfundible, perteneca a Skeet. En unas cuantas 
hojas, los trazos eran fluidos y claros. En otras, parecan 
trazados con mano temblorosa, que, no obstante, haba 
empujado con fuerza la punta del bolgrafo hasta imprimir las 
siete letras profundamente. Curiosamente, en ms de la 
mitad de las pginas, "Dr. Yen Lo" haba sido inscrito con una 
emocin tan evidente -y, al parecer, con un esfuerzo tan 
intenso que algunas letras estaban prcticamente rasgadas en 
el papel, que haban agujereado.


En la encimera haba tambin un bolgrafo barato. La cubierta 
de plstico transparente estaba partida en dos. La carga 
flexible, que haba saltado fuera de la funda, estaba doblada 
por la mitad.

Dusty frunci el ceo y, pasando la mano por la encimera, 
hizo un pequeo montn con los restos del bolgrafo.

Le bast un minuto para ordenar las catorce hojas del bloc de 
notas poniendo la muestra de escritura ms regular arriba, la 
ms irregular abajo y las otras doce entre ambas, colocadas 
segn el mismo criterio. El deterioro de la escritura segua 
una progresin evidente. En la ltima hoja el nombre apareca 
una sola vez e incompleto "Dr. Ye"-, probablemente porque el 
bolgrafo se haba partido al comienzo de la ene.

La deduccin obvia era que Skeet, cada vez ms colrico o 
angustiado, haba ido aumentando la presin sobre el 
bolgrafo hasta partirlo.

Angustiado, ms que colrico.

El problema de Skeet no era la clera. Todo lo contrario.

Afable por naturaleza, su carcter haba ido adquiriendo la 
consistencia de un flan gracias al rgimen de drogas 
modificadoras del comportamiento a que lo haba sometido 
una espeluznante sucesin de psiclogos clnicos partidarios 
de los tratamientos agresivos, con el entusiasta beneplcito 
del viejo de Skeet, el doctor Holden Caulfield, alias Sam 
Farmer. Tras aos de implacable blanqueo qumico, el chico 
tena la conciencia de su propio yo tan descolorida que era 
incapaz de retener el rojo de la clera en sus fibras; la ofensa 
ms indignante, que hubiera provocado la rabia de cualquier 
persona normal, apenas produca en l un encogimiento de 
hombros y una tenue sonrisa de resignacin. La amargura 
que le inspiraba su padre era lo ms parecido a la clera que 
sentira en su vida, y lo haba sostenido mientras investigaba 
los autnticos orgenes del catedrtico; sin embargo, no haba 
sido lo bastante intensa o lo bastante duradera para animarlo 
a obligar al pomposo mamarracho a enfrentarse con la 
verdad.

Dusty dobl con cuidado las catorce hojas del bloc de notas, 
se las guard en un bolsillo de los vaqueros y recogi los 
fragmentos del bolgrato. Era un objeto barato pero bien 
hecho. El tubo de plstico transparente era rgido y duro. La 
presin necesaria para partirlo como si de una ramita seca se 
tratara deba de ser enorme.

Skeet era incapaz de sentir tanta rabia, y resultaba difcil 
imaginar algo que pudiera producirle una angustia tan 
extraordinaria como para apretar el bolgrafo hasta romperlo.

Tras un momento de duda, Dusty tir los trozos del bolgrafo 
al cubo de la basura.

Valet meti el hocico en el cubo y husme para comprobar si 
el objeto desechado era o no comestible.

Dusty abri un cajn y sac las pginas amarillas. Busc al 
doctor Yen Lo en "Mdicos", pero no figuraba nadie con ese 
nombre.

Prob en "Psiquiatras". Luego, en "Psiclogos". Por fin, en 
"Teraplutas". Nada.











Mientras Susan recoga la baraja de pinacle y la libreta de las 
puntuaciones, Martie vaci los platos y los contenedores de 
cartn procurando mantener la vista apartada de la 
medialuna, que segua en el tajo de madera.

Susan entr en la cocina con el tenedor en la mano.

-Te has dejado esto.

Al ver que Martie se estaba secando las manos, Susan lav el 
tenedor y lo puso a escurrir.

Se sentaron en la sala de estar mientras Susan se tomaba la 
segunda cerveza. En el estreo sonaba su msica de fondo 
favorita, las Variaciones Goldbeig, de Bach, interpretadas al 
piano por Glenn Gould.

De nia, Susan soaba con ser instrumentista de una 
orquesta sinfnica importante. Era una violinista excelente; 
no una virtuosa, ni tan buena como para encabezar el 
programa de una gira de conciertos, pero s lo bastante para 
que su sueo, ms modesto, hubiera podido convertirse en 
realidad. Por esas cosas de la vida, haba acabado convertida 
en agente inmobiliaria.

Hasta poco antes de finalizar su ltimo curso en el instituto, 
Martie quera ser veterinaria. Por ahora diseaba videojuegos.

La vida ofrece infinitos caminos. Unas veces es la cabeza la 
que elige; otras, el corazn. Y, en ocasiones, para bien o para 
mal, ni la cabeza ni el corazn pueden resistirse al insistente 
apremio del destino.

De vez en cuando, la exquisita cascada de argentinas notas 
que flua de los dedos de Gould recordaba a Martie que, 
aunque el viento haba amainado, la fra lluvia segua cayendo 
en el exterior, al otro lado de las espesas cortinas. El piso era 
tan silencioso y acogedor que senta tentaciones de 
abandonarse a la reconfortante y peligrosa ilusin de que no 
exista nada ms all de aquellos muros protectores.

Hablaron de los viejos tiempos y los viejos amigos. No 
dedicaron ni una sola palabra al futuro.

Susan no era bebedora. Un par de cervezas bastaba para 
achisparla. Por lo general, lejos de atontarla o volverla 
agresiva, la bebida la pona agradablemente sentimental. En 
esa ocasin, la hizo mostrarse cada vez ms seria y 
silenciosa.

Al cabo de un rato, Martie llevaba casi todo el peso de la 
conversacin. Transcurridos unos minutos, cuando sus 
propias palabras empezaron a parecerle anodinas, decidi 
interrumpir la chchara.

La amistad que las una era lo bastante profunda como para 
que el silencio no las hiciera sentirse incmodas. Sin 
embargo, aquel mutismo tena algo de extrao y angustioso, 
tal vez porque Martie observaba a hurtadillas a su amiga al 
acecho de sntomas del aparente trance en que se haba 
sumido momentos antes.

No hubiera podido soportar las Variaciones Goldberg una vez 
ms, porque, de pronto, la desgarradora belleza de aquella 
msica le pareci deprimente. En su nimo, de forma 
inexplicable, haba empezado a significar soledad, desamparo 
y muda desesperacin. En un abrir y cerrar de ojos, la 
vivienda se haba convertido en un lugar asfixiante en vez de 
acogedor, claustrofbico ms que ntimo.

Cuando Susan cogi el mando a distancia para volver al 
principio del mismo disco compacto, Martie se mir el reloj y 
recit un rosario de imaginarias obligaciones que la 
reclamaban antes de las cinco.

Se puso el abrigo en la cocina, y las dos amigas se abrazaron, 
como hacan siempre al despedirse. Esa vez se estrecharon 
con ms fuerza que de costumbre, como si trataran de 
comunicarse infinidad de cosas importantes y profundamente 
sentidas que ninguna de las dos era capaz de expresar con 
palabras.

Cuando Martie hizo girar el pomo, Susan se escud tras la 
puerta para impedir que el horrible mundo exterior le saltara 
a los ojos. Con un deje de angustia en la voz, como decidida 
de pronto a revelar un secreto turbador que callaba con 
dificultad, dijo:

-Viene por las noches, cuando estoy dormida.

-Martie haba abierto la puerta cinco centmetros. Volvi a 
cerrarla, pero no retir la mano del pomo.

-Cmo? Quin viene cuando ests dormida?

-Eric

El verde de los ojos de Susan pareca haber adquirido un tono 
ms tilo, como si un miedo nuevo proporcionara mayor 
intensidad y nitidez a sus ojos.

-Es decir, creo que viene. Susan clav los ojos en el suelo. Un 
rubor sbito atenuaba la palidez de sus mejillas. No tengo 
pruebas de que sea Eric, pero, quin iba a ser si no?

Martie se apart de la puerta.

-Eric viene aqu por la noche, mientras duermes?

El dice que no, pero estoy segura de que miente.

-Tiene llave?

-Yo no se la di.

Y cambiaste las cerraduras...

-Por supuesto. Pero, aun as, consigue entrar.

-Por alguna ventana?

-Por la maana... cuando s que ha estado, las compruebo 
todas, pero siempre estn cerradas.

-Cmo sabes que ha venido? Quiero decir, qu hace?

-Entra... a hurtadillas... sin ruido, sigiloso como un perro 
callejero -murmur Susan a modo de respuesta, y tembl 
como una hoja.

Martie no era la mejor fan de Eric, pero le costaba 
imaginrselo deslizndose escaleras arriba en plena noche y 
colndose en el piso por el ojo de la cerradura. Desde luego, 
careca de la imaginacin necesaria para idear una forma 
secreta de colarse en el piso; era un asesor financiero con la 
cabeza llena de nmeros y datos, pero sin el menor sentido 
del misterio. Adems, saba que Susan guardaba una pistola 
en la mesilla de noche, y senta aversin al riesgo; era el 
ltimo hombre que se aventurara a que lo tomaran por un 
ladrn y le pegaran un tiro, por muchas ganas que tuviera de 
atormentar a su mujer.

-Es que encuentras cosas revueltas por la maana?

Susan no respondi.

-Nunca lo oyes entrar? Nunca te despiertas mientras est 
aqu? 

-No.

Entonces, cuando te levantas hay... pistas?

-Pistas, s admiti Susan, pero sin ms especificaciones.

-Cosas fuera de su sitio? El olor de su colonia? Algo por el 
estilo? 

Sin levantar la vista del suelo, Susan asinti.

-Pero, qu, exactamente? insisti Martie.

Silencio.

-Oye, Sus, quieres hacer el favor de mirarme?

Cuando Susan alz la vista, tena el rostro encendido, no 
como quien siente apuro, sino autntica humillacin.

-Qu me ests ocultando, Sus?

-Nada. Supongo que estoy... volvindome paranoica, eso es 
todo. Hay algo ms que no me quieres explicar. Por qu lo 
has sacado a relucir, si no tenas intencin de contrmelo?

Susan se rode el cuerpo con los brazos y empez a temblar.

-Cre que estaba lista para hablar de eso, pero no lo estoy. 
An tengo... tengo que aclarar algunas cosas en mi cabeza.

-Eric colndose aqu dentro por las noches... Desde luego, es 
una cosa que no se aclara sola. Es escalofriante. Y, qu se 
supone que hace? Observarte mientras duermes?

-Ya te lo contar, Martie. Tengo que pensarlo un poco ms, 
tengo que hacerme a la idea. Te llamar luego.

-Ahora.

-Tienes un montn de cosas que hacer.

-No son importantes.

Susan frunci el ceo.

-Hace un minuto parecan la mar de urgentes.

Martie era incapaz de herir los sentimientos de Susan 
reconociendo que haba inventado aquellas obligaciones para 
escapar de aquel lugar asfixiante y desmoralizador hacia el 
aire libre y la estimulante frescura de la lluvia.

Como no me llames luego y me lo cuentes todo de cabo a 
rabo, volver aqu esta misma noche, me sentar encima de 
tu estmago y te leer pginas y ms pginas del ltimo 
mamotreto de crtica literaria del padre de Dusty. Se titula El 
sentido del sinsentido: el caos como estructura, y te garantizo 
que a mitad de cada prrafo jurars y perjurars que te 
corren hormigas de fuego por la superficie del cerebro. O, si 
no, qu tal Atrvete a ser tu mejor amigo? Es lo ltimo de su 
padrastro. Si lo escuchas en casete, te entrarn ganas de 
arrancarte las orejas. Es una familia de tontos grafmanos, y 
puedo azuzarlos contra ti en cualquier momento.

-Me doy por advertida dijo Susan sonriendo apenas-. Te 
llamar, de verdadd.

-Prometido?

-Solemnemente.

Martie volvi a asir el pomo, pero no abri la puerta.

-Ests segura aqu, Sus?

Claro que s respondi Susan, pero a Martie le pareci 
vislumbrar un destello temeroso en sus huidizos ojos verdes.

-Pero si entra...

-Sigue siendo mi marido dijo Susan.

-Pon las noticias. Algunos maridos hacen cosas espantosas.

-T conoces a Eric. Puede que sea un cerdo...

-Lo es remach Martie.

-pero no es peligroso.

-Es un miedica.

-Pues eso.

Martie dud un momento, pero opt por abrir la puerta.

-Habremos acabado de cenar a las ocho, puede que antes. 
Nos acostaremos a las once, como de costumbre. Espero tu 
llamada.

-Gracias, Martie.

-Las tuyas, guapa.

-Dale un beso a Dusty de mi parte.

-Tendr que ser un roce de labios en la mejilla. Los besos con 
len-gua no los doy por cuenta ajena.

Martie se cal la capucha, sali al rellano y cerr la puerta a 
sus espaldas.

El aire estaba en calma, como si el viento hubiera huido ante 
el azote de la incesante lluvia, que caa como una catarata de 
perdigones.

Espero hasta or que Susan echaba el pestillo, un slido 
cerrojo Schlage que hubiera resistido cualquier tentativa de 
allanamiento. Luego, baj rpidamente el largo y empinado 
tramo de escaleras.

Cuando lleg al pie, se detuvo, dio media vuelta y mir hacia 
el rellano del tercer piso.

Susan Jagger se pareca a la hermosa princesa de un cuento 
de hadas, prisionera en una torre asediada por trolls y 
espritus malignos, sin un prncipe valiente dispuesto a 
rescatarla.

El incansable embate de las enormes olas de tempestad 
contra la cercana playa retumbaba en la atmsfera gris 
mientras Martie taconeaba por el paseo martimo hacia la 
calle inmediata, donde el agua rebosaba de las cunetas y se 
arremolinaba en los neumticos del Saturn rojo.

Esperaba que Dusty hubiera aprovechado el real tiempo para 
recogerse temprano y preparar sus incomparables albndigas 
con especias y salsa de tomate. Nada la tranquilizara ms 
que poner los pies en casa.

Aunque deseaba estar en casa desesperadamente, tema lo 
que pudiera ocurrir cuando llegara. No. Se engaaba a s 
misma. No tema lo que pudiera ocurrir. Tema lo que pudiera 
hacer.

El ojo de la premonicin -si de una premonicin se trataba- no 
era cualquier ojo. Tena un tono gris azulado inconfundible, 
clido y hermoso. Como los ojos de Dusty.

Camino de casa, Martie condujo con supra precaucin, no slo 
debido al mal tiempo, sirvo tambin a su estado. La 
perspectiva de sufrir un repentino ataque de ansiedad a 
noventa kilmetros por hora le pona los pelos de punta. Por 
suerte, la Pennsula de Balboa no estaba conectada con 
Corona Del Mar por ninguna autopista, todo el trayecto poda 
hacerse por vas al nivel del suelo, en las que Martie procur 
permanecer detrs de los vehculos ms lentos.

En la autopista del Pacfico, cuando ni siquiera haba cubierto 
la mitad de la distancia, el trfico se detuvo por completo. 
Cuarenta o cincuenta vehculos ms adelante, los destellos 
rojos y azules de los faros de emergencia de ambulancias y 
coches patrulla sealaban el lugar de un accidente.

Aprovechando el embotellamiento, Martie us el telfono 
mvil para llamar al doctor Closterman, su mdico de 
cabecera, con la esperanza de conseguir hora para el da 
siguiente, por la maana si era posible.

-Es bastante urgente. Es decir, no tengo dolores ni nada 
parecido, pero me gustara consultar al doctor tan pronto 
como sea posible.

-Qu sntomas tiene? le pregunt la enfermera.

Martie titube.

-Mire, es algo muy personal. Preferira hablar de ello con el 
doctor Closterman.

-Ya se ha marchado a casa, pero podramos hacerle un hueco 
hacia las ocho y media de la maana.

-Gradas. Ah estar erijo Martie, y cort la comunicacin.

Un fino sudario de niebla griscea ascenda del puerto, y 
agujas de lluvia lo pespunteaban alrededor del da 
agonizante.

Desde el lugar del accidente, una ambulancia se aproximaba 
por los carriles de sentido contrario, apenas transitados.

Llevaba la sirena y las luces de emergencia apagadas. Al 
parecer, el accidentado haba dejado de necesitar atencin 
mdica; ya no era un paciente, sino un bulto con destino al 
depsito de cadveres.

Con el rostro grave, Martie observ el vehculo mientras se 
aproximaba bajo la lluvia; luego clav la vista en el retrovisor 
lateral, hasta que las luces traseras desaparecieron en la 
niebla. No poda saber con certeza si a esas alturas la 
ambulancia se haba convertido en un coche fnebre; sin 
embargo, estaba convencida de que trasladaba un cadver. 
Haba sentido el paso de la Muerte.











Mientras velaba a Skeet esperando a Tom Wong, lo ltimo en 
que a Dusty le apeteca pensar era en el pasado; sin 
embargo, su mente se obstinaba en retroceder a la infantil 
que haba compartido con Skeet, al mayesttico padre de 
Skeet y, lo que era peor, al hombre que haba tomado el 
relevo de aquel bastardo como cabeza de familia. El cuarto 
marido. El doctor Derek Lampton, freudiano, psiclogo, 
psiquiatra, conferenciante y escritor.

Claudette, la madre de Skeet y Dusty, senta debilidad por los 
intelectuales, especialmente si adems eran megalmanos.

El padre de Skeet, el Holden de pega, dej vacante la plaza 
cuando su hijo tena nueve aos y Dusty catorce. Los dos 
chavales celebraron su marcha quedndose levantados toda 
la noche, viendo pelculas de terror, comiendo patatas fritas a 
discrecin y pozales de helado Baskin-Robbins de chocolate y 
manteca de cacahuete, estrictamente prohibidos por la dieta 
baja en grasas, sal, aditivos y diversin impuesta a los nios -
aunque no a los adultos- durante la dictadura de Herr Holden. 
Por la maana, medio empachados, ojerosos y exhaustos, 
pero exultantes ante su recuperada libertad, se las apaaron 
para seguir despiertos unas cuantas horas ms, durante las 
que recorrieron el vecindario hasta recoger un kilo de 
excrementos caninos, que empaquetaron hermticamente y 
facturaron al nuevo antro del depuesto tirano.

Aunque enviaron el paquete con un remitente falso, suponan 
que el catedrtico deducira la identidad de los expedidores 
sin dificultad, pues, tras unos cuantos martinis dobles, sola 
lamentar la discapacidad de aprendizaje de su hijo declarando 
que un amistoso montn de estircol tena mas posibilidades 
de xito acadmico que Skeet: "Muchacho, eres tan erudito 
como una plasta, tan receptivo como una cua de hospital, 
tan culto como una cagarruta, ms duro de mollera que una 
boiga, tan retentivo como una diarrea...". Enviarle la caja de 
excrementos caninos era como retarlo a que pusiera en 
prctica sus exquisitas teoras pedaggicas y transformara la 
caca de perro en un estudiante ms aventajado que Skeet.

Das despus de que el trasero del falso Caulfield recibiera la 
patada que lo devolvi al campo de centeno, el doctor 
Lampton tom posesin de la ctedra. Como todos los adultos 
eran tan insoportablemente civilizados y estaban tan ansiosos 
por facilitarse mutuamente el camino hacia la realizacin 
personal, Claudette anunci a sus hijos que a un rpido e 
inapelable divorcio le sucedera un fulminante e inexorable 
matrimonio.

Dusty y Skeet suspendieron los festejos. En veinticuatro 
horas, comprendieron que pronto llegara el da en que 
sentiran nostalgia de la edad de oro durante la que haban 
permanecido bajo la frula del sedicente Holden, porque el 
doctor Derek Lampton los marcara sin duda con su particular 
nmero de identidad: 606.

La voz de Skeet lo devolvi al presente:

-Cualquiera dira que te has tragado un sapo. En qu 
pensabas?

El chico segua tumbado en la cama en posicin fetal, pero 
haba abierto los ojos.

En Lampton El Ligstarto respondi Dusty.

-Oye, to, como sigas pensando en l, me veo subindome a 
algn tejado para convencerte de que no te tires -dijo Skeet 
bajando las piernas de la cama y sentndose en el borde.

Valet se acerc a l y le lami las temblorosas manos.

-Cmo te sientes? -le pregunt Dusty.

-Pos-suicida.

-Lo de pos est bien. -Dusty se sac dos billetes de lotera del 
bolsillo de la camisa y se los tendi-. Lo prometido es deuda. 
Te los he comprado en el super de ah al lado, donde 
vendieron el gordo en noviembre. El del bote de treinta 
millones de dlares.

-Gurdalos donde no los vea. Si los toco les quitar la suerte.

Dusty se acerc a la mesilla de noche, abri el cajn y sac la 
Biblia. Pas las pginas, busc en Jeremas y ley un 
versculo:

-Bienaventurado el que confa en el Seor." Qu tal?

-Bueno, de momento he aprendido a no confiar en las 
manifestaciones divinas.

-Algo es algo -dijo Dusty; luego, puso los dos billetes de 
lotera en la pgina de la que acababa de leer, cerr la Biblia 
y volvi a guardarla en el cajn.

Skeet se levant de la cama y avanz tambalendose hacia el 
cuarto de bao.

-Tengo que mear.

-Y yo que mirar.

-No te molestes, hermanito -repuso Skeet encendiendo la luz 
del bao. Aqu no hay nada con lo que me pueda matar.

-Podras meterte en el retrete y tirar de la cadena -replic 
Dusty dando un paso hacia el interior del cuarto.

-S, o hacer un nudo corredizo con papel higinico.

-lo ves? Eres una lumbrera. Ms vale que no te quite ojo.

El inodoro, provisto de depsito hermtico y pulsador para 
accionar el mecanismo de descarga, careca de partes 
fcilmente desmontables en las que encontrar alguna pieza 
metlica lo bastante afilada para abrirse las venas.

Transcurrido un minuto, mientras Skeet se lavaba las manos, 
Dusty se sac del bolsillo de los vaqueros las hojas dobladas 
del bloc de notas y ley en voz alta el nombre que figuraba en 
todas ellas: "Dr. Yen Lo".

La pastilla de jabn se escurri entre las manos de Skeet y 
cay a la pila. No intent recogerla. Se apoy contra el lavabo 
y dej que el agua siguiera disolviendo la espuma que cubra 
sus dedos.

Haba dicho algo al soltar el jabn, pero el ruido del chorro 
haba sofocado sus palabras.

Dusty inclin la cabeza.    

-Cmo dices?

Alzando ligeramente la voz, Skeet repiti:

-Estoy escuchando.

La frase desconcert a Dusty.

-Quin es el doctor Yen Lo?

Skeet no respondi.

Estaba de espaldas a Dusty, con la cabeza gacha, de modo 
que su rostro no se reflejaba en el espejo. Pareca mirarse las 
manos, que mantena bajo el chorro de agua a pesar de que 
no quedaba en ellas el menor rastro de jabn.

-Eh, chaval...

Silencio.

Dusty entr en el diminuto cuarto de bao y se acerc a su 
hermano.

Skeet se miraba fijamente las manos, con los ojos tan 
brillantes como si estuviera presenciando un prodigio y la 
boca abierta en un gesto de aparente pasmo, como si acabara 
de dar con la respuesta al misterio de la existencia.

El aroma a jabn llenaba el cuarto, y las nubes de vapor 
empezaban a flotar sobre la pila. El agua deba de estar 
quemando. Las manos de Skeet, tan plidas habitualmente, 
se haban vuelto escarlata.

-Santo Dios...

Dusty se apresur a cerrar el grifo. El metal estaba tan 
caliente que casi se quem los dedos.

Era evidente que Skeet, que no apart las manos medio 
escaldadas de debajo del grite, no senta ningn dolor.

Dusty abri el agua fra, y su hermano la recibi en las manos 
sin cambiar de expresin. No haba mostrado el menor signo 
de padecimiento bajo el agua hirviente, ni pareca obtener 
ningn alivio con la fra.

En la puerta del bao, Valet solt un gaido. Con la cabeza 
levantada y las orejas tiesas, retrocedi hacia la habitacin. 
Saba que algo andaba mal.

Dusty agarr de un brazo a su hermano. Con las manos 
extendidas ante s y la mirada fija en ellas, Skeet dej que lo 
sacara del cuarto de bao. Se sent en el borde de la cama 
con las manos en el regazo, escrutndolas como si estuviera 
leyendo su destino en las lneas de las palmas.

-No te muevas -dijo Dusty, y sali de la habitacin a toda 
prisa, en busca de Tom Wong.











Cuando guard el coche en el garaje, Martie se llev una 
decepcin al no ver la furgoneta de Dusty. Saba que la lluvia 
le habra impedido trabajar, y haba confiado en encontrarlo 
en casa.

En la cocina, el tomate de cermica con imn sujetaba una 
breve nota contra la puerta del frigorfico: "Oh, hermosa entre 
las hermosas: llegar a casa a las cinco. Cenaremos. Me 
gustas ms que las enchiladas. Dusty".

Martie entr al aseo pequeo. Haba empezado a lavarse las 
manos cuando advirti que el espejo haba desaparecido de la 
puerta del botiqun. No quedaba ms rastro del cristal 
azogado que una diminuta astilla en la esquina inferior 
derecha del marco metlico.

Supuso que Dusty lo habra roto accidentalmente Salvo por la 
esquirla sujeta en el marco, haba hecho un concienzudo 
trabajo de limpieza.

Si romper un espejo traa mala suerte, Dusty haba ido a 
elegir el peor da.

Aunque haba vomitado hasta el ltimo resto de comida, 
segua sintiendo nuseas. Ech hielo en un vaso y aadi 
gingerale. Tomar cosas dulces y fras sola asentarle el 
estmago.

Adondequiera que hubiera ido, Dusty se haba llevado a Valet. 
La casa, pequea y acogedora, le pareca en esos momentos 
enorme e Inhspita.

Se sent a la mesa de la cocina, junto a la ventana azotada 
por la lluvia, para beberse el gingirale, e intent decidir si esa 
noche prefera salir o quedarse en casa. Durante la cena -si 
consegua cenar- tena la intencin de contar a  Dusty los 
extraos sucesos del da, y la inquietaba que pudiera orla una 
camarera u otro comensal. Adems, no quera estar en un 
lugar pblico si sufra otro ataque.

Por otro lado, si se quedaban en casa y tena que cocinar, no 
podra fiarse de sus propios actos...

Levant la vista del vaso y la clav en el soporte de los 
cuchillos, fijado en un trozo de pared inmediato al fregadero.

Los cubitos tintinearon en el vaso, que aferraba con la mano 
derecha. Las relucientes hojas de acero inoxidable destellaban 
como si en vez de reflejar la luz fueran capaces de generarla.

Martie dej el vaso, se sec la mano en los vaqueros y apart 
los ojos del soporte. Pero los cuchillos volvieron a atraer su 
mirada de inmediato.

Se saba incapaz de hacer dao a otros, excepto para 
proteger su propia vida, la de sus seres queridos o la de algn 
indefenso. Tampoco se crea capaz de infligrselo ella misma.

Sin embargo, la visin de los cuchillos le produca tal agitacin 
que no pudo seguir sentada. Se levant, se qued inmvil e 
indecisa unos instantes, fue al comedor, pas a la sala de 
estar y sigui movindose de aqu para all, sin ms objeto 
que mantenerse alejada de los cuchillos.

Cansada de mover figuras que estaban en su sitio, enderezar 
tulipas perfectamente derechas y ahuecar cojines que no 
tenan una arruga, Martie fue al vestbulo y abri la puerta de 
la calle. Cruz el umbral y sali al porche.

El corazn le palpitaba con tal fuerza que temblaba de pies a 
cabeza. Cada latido lanzaba a sus arterias una marea de 
sangre, que repercuta en sus sienes y le nublaba la vista.

Avanz hasta el comienzo de la escalera. Tena las piernas 
flojas y vacilantes. Apoy una mano en un pilar del porche.

Para alejarse an ms de los cuchillos, tendra que exponerse 
a la tormenta, que haba amainado hasta convertirse en una 
llovizna densa. Pero, all donde fuese, en cualquier rincn del 
mundo, con buen o mal tiempo, bajo el sol o en plena noche, 
encontrara objetos puntiagudos, objetos afilados, objetos 
dentados, instrumentos, utensilios y herramientas aptos para 
servir a propsitos criminales.

Tena que dominar sus nervios, sosegar su mente desbocada, 
ahuyentar aquellos pensamientos absurdos. Calmarse.

"Dios mo, aydame."

Procur inspirar hondo y despacio, pero su respiracin se 
volvi rpida y anhelosa.

Cerr los ojos buscando paz en su interior, pero slo encontr 
agitacin y una oscuridad vertiginosa.

No recobrara el control de s misma hasta que, haciendo 
acopio de valor, volviera a la cocina y se enfrentara a lo que 
haba desencadenado aquel ataque de ansiedad. Los cuchillos. 
Tena que vrselas con los cuchillos, y pronto, antes de que 
su creciente ansiedad se transformara en autntico pnico.

"Los cuchillos."

Haciendo de tripas corazn, dio la espalda a la escalera. 
Avanz hacia la puerta abierta.

Al otro lado del umbral, el vestbulo se haba convertido en un 
espacio sobrecogedor. All empezaba su hogar, su pequea y 
querida casa, donde haba sido ms feliz que en ningn otro 
sitio; sin embargo, en esos momentos le resultaba tan 
extraa como la casa de un desconocido.

"Los cuchillos."

Entr y, tras un instante de duda, cerr la puerta a su 
espalda.














20

Aunque Skeet tena las manos muy irritadas, estaban menos 
rojas que haca unos minutos y no parecan escaldadas. Tom 
Wong le aplic una pomada a base de cortisona.

En vista de la extraa impasibilidad de Skeet y de su 
incapacidad para responder a cualquier pregunta, Tom le 
extrajo una muestra de sangre para analizarla y comprobar 
que no haba tomado drogas. En el momento de su ingreso en 
Nueva Vida, Skeet se haba sometido a un registro 
exhaustivo, que no haba revelado sustancias prohibidas 
ocultas en su ropa o sus cavidades corporales.


-Podra ser un efecto retardado de lo que haya consumido 
esta maana -sugiri Tom antes de salir con la muestra de 
sangre.

Durante los ltimos aos, en los peores momentos de sus 
peridicas fases de adiccin, Skeet se comportaba a veces de 
forma ms estrambtica que el Pato Donald colocado con 
polvo de ngel; sin embargo, era la primera vez que Dusty 
descubra en sus ojos aquella mirada vidriosa.

Aunque en casa tena prohibido tomarse libertades con los 
muebles, Valet estaba tan afectado por la actitud de Skeet 
que, olvidndose de las normas, se acurruc encima del 
silln.

Dusty, que comprenda de sobra la angustia del retriever, 
opt por dejarlo tranquilo y se sent en el borde de la cama, 
junto a su hermano.

Skeet yaca boca arriba, con la cabeza sobre tres 
almohadones apilados y los ojos clavados en el techo. A la luz 
de la lmpara de la mesilla, su expresin era tan plcida como 
la de un yogui en plena meditacin.

Al recordar la intensa y evidente emocin con que su 
hermano haba escrito el nombre en el bloc de notas, Dusty 
murmur:

-Doctor Yen Lo.

Aunque no abandon su actitud de absoluta indiferencia hacia 
todo lo que tena a su alrededor, Skeet habl por primera vez 
desde que Dusty haba mencionado el nombre en el cuarto de 
bao:

-Estoy escuchando -dijo, tal como en la anterior ocasin. 
Escuchando, qu?

-Escuchando, qu?

-Qu haces?

-Qu hago? pregunt Skeet.

-T he preguntado qu estabas escuchando.

-A ti.

-Vale. Entonces, dime quin es el doctor Yen Lo.

-Tu.

-Yo? Yo soy tu hermano, recuerdas?

-Es eso lo que quieres que diga?

Dusty se qued mirndolo con el ceo fruncido.

-Bueno, es la verdad, no?

Aunque su rostro segua relajado e inexpresivo, Skeet dijo:

-Es la verdad? Estoy desconcertado.

Bienvenido al club.

-A qu club? -pregunt Skeet, al parecer en serio.

-Skeet? Hummn...?

Dusty dud un momento, preguntndose hasta qu punto se 
hallaba Skeet ajeno a la realidad.

-Sabes dnde ests?

-Dnde estoy?

Entonces, no lo sabes?

-Lo s?

-Qu tal si miras a tu alrededor?

-Miro?

-Qu es esto, un gag de Abbot y Costello?

-Lo es?

Impotente, Dusty le espet:

-Mira a tu alrededor.

Inmediatamente, Skeet levant la cabeza de los almohadones 
y recorri la habitacin con la mirada.

-Estoy seguro de que sabes dnde ests dijo Dusty.

-En la clnica Nueva Vida.

Skeet volvi a hundir la cabeza en los almohadones. Sus ojos 
se clavaron de nuevo en el techo y, al cabo de unos instantes, 
hicieron algo extrao.

Dudando de lo que acababa de ver, Dusty se inclin sobre el 
chico para observar su rostro ms de cerca.

A la luz sesgada de la lmpara de la mesilla, el ojo derecho de 
Skeet pareca dorado y el izquierdo, castao oscuro, lo que 
daba al chico un aspecto inquietante, como si dos 
personalidades miraran al techo desde el interior de su 
crneo.

Sin embargo, no era aquel efecto luminoso lo que haba 
captado la atencin de Dusty. Tuvo que esperar casi un 
minuto para volver a presenciar el mismo fenmeno: los ojos 
de Skeet se agitaron rpidamente durante unos segundos, 
tras los cuales volvieron a clavarse en el techo.

-S, en la clnica Nueva Vida -confirm, con retraso, Dusty. Y 
tambin sabes por qu ests aqu...

-Para sacarme el veneno del cuerpo.

-Exacto. Pero, dime, has tomado algo despus de ingresar? 
Te las has apaado para colar drogas aqu dentro?

Skeet solt un suspiro.

-Qu quieres que diga? Sus ojos volvieron a agitarse. Dusty 
cont mentalmente los segundos. Cinco. Skeet parpade y 
fij la mirada-. Qu quieres que diga? -repiti.

-Basta con que me digas la verdad -lo anim Dusty . Dime si 
has trado drogas.

-No.

-Entonces, qu te pasa?

-Qu me pasa?

-Maldita sea, Skeet!

Un leve fruncimiento de ceo arrug la frente del muchacho. 
Se supone que no funciona as murmur.

-Qu se supone que no funciona as?

-Esto. La tensin le frunca las comisuras de los labios . No 
ests siguiendo las reglas.

-Qu reglas?

Las manos de Skeet, flojas hasta ese momento, se tensaron y 
cerraron hasta formar casi dos puos.

Sus ojos volvieron a agitarse, esta vez de un lado a otro, al 
tiempo que giraban hacia el interior de la cabeza. Siete 
segundos.

REM. Rpidos movimientos oculares. Segn los psiclogos, 
movimientos similares de los ojos cerrados indicaban que el 
durmiente estaba soando.

Skeet los tena abiertos y, aunque su estado era difcil de 
definir, no dorma.

-Aydame, Skeet le pidi Dusty porque no te sigo. de qu 
reglas hablas? Explcame cmo funcionan.

Skeet no respondi de inmediato. Las arrugas desaparecieron 
de su frente poco a poco. Su cutis, que se haba vuelto liso y 
translcido como mantequilla lquida, pareca transparentar el 
blanco de los huesos. Su mirada segua fija en el techo.

Los ojos del chico volvieron a agitarse; cuando ces el REM, 
Skeet habl al fin con una voz que no mostraba signos de 
tensin, pero era ms firme que haca unos momentos.

-Claras cascadas susurr.

Aquellas dos palabras tenan tan poco sentido que parecan 
elegidas al azar, como escritas en dos pelotas de ping-pong 
extradas del bombo de un bingo.

-Claras cascadas repiti Dusty. Al ver que el chico no 
responda, lo apremi: Necesito ms pistas, hermanito.

-Esparcen en las olas -susurr Skeet.

Dusty oy un ruido a sus espaldas y volvi la cabeza.

Valet haba bajado del silln. El animal se desliz fuera de la 
habitacin y se qued en el pasillo, mirndolos 
cautelosamente desde el umbral con las orejas tiesas y el 
rabo entre las piernas, como si hubiera visto un fantasMa.

-Esparcen en las olas.

Ms pelotas de bingo.

Una pequea polilla, con los bordes de las frgiles alas 
blancas primorosamente decorados, haba aterrizado en la 
palma de la mano derecha de Skeet. El insecto avanz sobre 
su piel, pero los dedos del chico ni siquiera temblaron; nada 
indicaba que sintiera el contacto de las patas. Skeet tena los 
labios entreabiertos y la mandbula floja. Respiraba tan 
suavemente que su pecho pareca inmvil. Sus ojos se 
agitaron de nuevo; pero, cuando ces el REM, cualquiera 
hubiera tomado a Skeet por un cadver.

-Claras cascadas-dijo Dusty-. Esparcen en las olas. Qu 
significa eso, Skeet?

-Qu significa eso? Me has pedido que te dijera cmo 
funcionan las reglas.

-Esas son las reglas? -pregunt Dusty.

Los ojos de Skeet se agitaron durante unos segundos. Luego, 
dijo: 

-T conoces las reglas.

-Finjamos que no.

-Esas son dos.

-dos de las reglas.

-S.

-No son tan claras como las del pquer.

Skeet no respondi.

Aunque sonaba a puro galimatas, a despropsitos de una 
mente saturada de drogas, Dusty tena la extraa sensacin 
de que aquel absurdo dilogo encerraba algn sentido, oculto 
pero real, y que poda conducirlo a una revelacin turbadora.

Dusty observ a su hermano con atencin.

-Dime cuntas reglas hay -le pidi.

-Ya lo sabes respondi Skeet.

-Haz como si no lo supiera.

-Tres.

-Cul es la tercera?

-Cul es la tercera? Azules hojas de pino.

"Claras cascadas. Esparcen en las olas. Azules hojas de pino."

Valet, que rara vez ladraba, y grua an menos, lanz un 
sordo y amenazador gaido sin moverse del umbral. Tena el 
pelo del pescuezo tan erizado como el de un chucho de 
dibujos animados que acabara de toparse con un fantasma de 
dibujos animados. Aunque Dusty no saba con certeza la 
causa del enfado de Valet, todo apuntaba al pobre Skeet.

-Explcame esas reglas, Skeet -dijo Dusty tras rumiar unos 
instantes-. Dime qu significan.

-Yo soy las olas.

-Vale dijo Dusty, aunque aquello le resultaba tan oscuro como 
si, imitando las letras psicodlicas de los Beatles, Skeet 
hubiera afirmado "Yo soy la morsa".

-T eres las claras cascadas -aadi Skeet.

-Por supuesto -respondi Dusty, slo para animarlo.

-Y las agujas son misiones.

-Misiones.

-S.

-T entiendes todo eso?

-Lo entiendo?

-Eso parece.

-S.

-Pues yo no lo entiendo.

Skeet guard silencio.

-Quin es el doctor Yen Lo? -pregunt Dusty.

-Quin es el doctor Yen Lo? -Una pausa- T.

-Crea que era las claras cascadas.

-Son la misma cosa.

-Pero yo no soy Yen Lo.

La frente de Skeet volvi a cubrirse de arrugas. Sus manos, 
que reposaban laxas sobre la cama, se agarrotaron poco a 
poco hasta cerrarse casi por completo. La frgil polilla ech a 
volar entre los plidos y engarfiados dedos.

Dusty esper a que terminara otro acceso de REM y volvi a 
hablar: 

-Skeet, ests despierto?

-No s respondi el chico tras una breve vacilacin.

-No sabes si ests despierto... Entonces, ests dormido...

-No.

-Si no ests dormido ni seguro de estar despierto, cmo 
ests? 

-Cmo estoy?

-Esa es mi pregunta.

-Estoy escuchando.

-Y dale...

-El qu?

-El qu, qu.

-Qu le doy? -pregunt Skeet.

Dusty empezaba a dudar que aquella conversacin estuviera 
preada de un profundo y misterioso significado y que 
avanzaran hacia una revelacin que lo aclarara todo de 
repente. Aunque le pareca extraordinaria y sumamente 
peculiar, la encontraba tan irracional y deprimente como otros 
muchos mano a mano durante los que las drogas hablaban 
por boca de Skeet.

-Qu le doy? -volvi a preguntar Skeet.

-Mira, to, deja de marearme y echa un sueecito -le espet 
Dusty. Ni corto ni perezoso, Skeet cerr los ojos. Su rostro se 
cubri de paz y sus manos, que mantena agarrotadas, se 
relajaron. En un visto y no visto, su respiracin adquiri un 
ritmo pausado y regular. Empez a roncar dbilmente.

-Pero, qu coo pasa? -se pregunt Dusty en voz alta.

Se llev la mano derecha a la nuca y se la frot para hacer 
desaparecer la carne de gallina que le cubra el cuello; pero al 
sentir el contacto de su palma helada un escalofro le recorri 
la espina dorsal.

Valet, que haba vuelto a entrar en la habitacin, husmeaba 
inquieto la penumbra de los rincones y escudriaba bajo la 
cama, como si buscara algo o a alguien. Ya no tena erizado el 
pescuezo; lo que tema, fuera lo que fuese, se haba 
esfumado.

Al parecer, Skeet se haba quedado dormido porque as se lo 
haban ordenado. Pero, era posible conciliar el sueo 
obedeciendo una orden, y en un visto y no visto?

-Skeet.

Dusty le puso una mano en el hombro y lo agit, despacio al 
principio, con fuerza al cabo de un momento.

Skeet no reaccion. Segua roncando suavemente. Movidos 
por los ojos, los prpados le temblaron unos instantes. REM. 
Esa vez no caba duda de que dorma profundamente.

Dusty le levant la mano derecha y presion la mueca con 
dos de-dos a la altura de la arteria radial. El pulso era fuerte y 
regular, pero lento. Cont las pulsaciones. Cuarenta y ocho 
por minuto. Era un ritmo preocupantemente lento, incluso 
para alguien que dorma.

Skeet dorma, desde luego. Dorma profundamente.











El soporte de acero inoxidable para los cuchillos colgaba de 
dos clavos de la pared, como el ttem de una secta satnica 
que empleara la cocina para algo ms siniestro que hacer la 
comida.

Martie descolg el soporte procurando no tocar los cuchillos. 
Abri un armario bajo, lo dej en un estante y cerr la puerta 
a toda prisa.

No bastaba. Fuera de la vista no era fuera de la mente. Los 
cuchillos seguan estando al alcance de su mano. Tena que 
ponerlos donde le costara recuperarlos. Fue al garaje en 
busca de una caja de cartn y un rollo de cinta de embalaje, y 
volvi con ellos a la cocina.

Se acuclill frente al armario donde haba guardado los 
cuchillos, pero no fue capaz de abrirlo de inmediato. De 
hecho, le daba miedo hasta tocar la puerta, como si en vez de 
encontrarse ante un armario normal y corriente tuviera 
delante un sagrario demonaco que contena un recorte de 
una de las pezuas hendidas de Belceb. Tuvo que hacer 
acopio de todo su coraje para sacar el soporte; cuando al fin 
lo retir con cautela del estante las manos le temblaban de tal 
modo que las hojas resonaban en las ranuras del soporte.

Lo dej caer en la caja y cerr las tapas de cartn. Ya haba 
empezado a sellarlas con la cinta de embalaje, cuando cay 
en la cuenta de que necesitara algo para cortarla.

Abri el cajn donde guardaba las tijeras, pero fue incapaz de 
cogerlas. Eran un arma letal. Haba visto montones de 
pelculas en las que el asesino empleaba unas tijeras como si 
fueran un cuchillo de carnicero.

El cuerpo humano estaba lleno de puntos blandos y 
vulnerables... Las ingles. El estmago. Los espacios 
intercostales, a la altura del corazn. La garganta. Los lados 
del cuello.

Como si de la baraja oficial de los asesinos en serie se tratara 
abanico de grotescas y sangrientas imgenes se despleg a 
toda velocidad en la mente de Martie.

Cerr el cajn de golpe y, dndole la espalda, se esforz en 
rechazar las brutales imgenes que una parte demente de su 
psique barajaba con salvaje regocijo.

Estaba sola en casa. No poda herir a nadie con las tijeras. 
Salvo, por supuesto, a s misma.

Desde su absurda reaccin ante la medialuna en casa de 
Susan y ante la llave de su propio coche unos minutos 
despus, Martie se senta poseda de o por un extrao e 
inexplicable potencial para ejercer la violencia, y tema herir a 
algn inocente durante un ataque de locura temporal. En esos 
momentos, empezaba a creer que, presa de un arrebato 
irracional, sera capaz de levantar la mano contra s misma.

Se qued mirando la caja en la que haba metido el soporte. 
Aunque la llevara al garaje, la pusiera en un rincn y apilara 
otros objetos encima, podra recuperar los cuchillos en un 
minuto. La vuelta de cinta de embalaje, de la que colgaba el 
enorme rollo, era fcil de despegar; luego, bastaba con 
levantar las tapas de cartn y sacar los cuchillos.

El cuchillo de carnicero todos los cuchillos segua en la caja, 
pero Martie poda sentir el peso del arma como si la 
empuara en la mano derecha, con el pulgar apretado contra 
la fra hoja, el ndice a lo largo del canto y el resto de los 
dedos cerrados alrededor del mango de madera. As lo 
agarrara si quisiera asestar una pualada desde un ngulo 
bajo, lanzndolo hacia arriba con fuerza y rapidez para 
hundirlo hasta las cachas y destripar a su desprevenida 
vctima.

La mano derecha empez a temblarle, seguida por el brazo y, 
luego, por todo el cuerpo. El puo se abri y la mano dio una 
sacudida, como si quisiera arrojar lejos el cuchillo imaginario. 
Descompuesta, Martie casi esperaba or el sonido de la hoja 
de acero al golpear las baldosas del suelo.

No, por Dios, ella no era capaz de perpetrar semejantes 
atrocidades con uno de aquellos cuchillos. Ni tampoco de 
cometer suicidio, o auto-mutilarse.

"Tienes que dominarte."

Sin embargo, no dejaba de pensar en hojas relucientes y 
cortantes filos, en apualar y rebanar. Se esforz en apartar 
de su mente la fantstica baraja de Jack El Destripador, pero 
una frentica partida de solitario despleg ante su 
imaginacin una ristra de pavorosas escenas; una tras otra, 
las cartas se separaban del mazo y daban la vuelta con un 
roce seco, hasta que un espasmo de vrtigo descendi en 
espiral desde su cabeza y, atravesndole el pecho, se le clav 
en la boca del estmago.

Aunque no recordaba haberse arrodillado ante la caja, ni 
haber agarrado el rollo de cinta de embalaje, de pronto se vio 
haciendo girar la caja una y otra vez, rodendola con cinta 
desesperadamente, primero por la parte ms ancha, luego 
por la estrecha, por ltimo en diagonal.

El frenes con que ejecutaba la tarea acab asustndola. 
Intent retirar las manos y apartarse de la caja, pero no poda 
parar.

Sigui trabajando con vehemente rapidez, cubierta por una 
fina pelcula de pegajoso sudor, jadeante y gimiendo de 
ansiedad, hasta gastar todo el rollo de tamao econmico 
para no tener que usar las tijeras. Envolvi la caja con la cinta 
tan completamente como los embalsamadores del antiguo 
Egipto cuando amortajaban a los faraones muertos con 
vendas de algodn impregnadas de tanino.

Sin embargo, tampoco aquello la satisfizo, porque segua 
sabiendo dnde encontrar los cuchillos. Desde luego, ya no le 
sera fcil utilizarlos. Si quera abrir la caja y recuperarlos, 
antes tendra que arrancar las innumerables vueltas de cinta 
de embalaje; puesto que no se atrevera a coger una navaja o 
unas tijeras para hacerlo, hubiera debido tranquilizarse. Pero 
aquel paquete no era una caja fuerte; era simple cartn. No 
estara segura -nadie lo estara- mientras supiera dnde 
encontrar los cuchillos y existiera la menor posibilidad de 
llegar a ellos.

Sobre el mar de su alma flotaba la roja y espesa bruma del 
miedo, un vapor glido que ascenda de su centro ms oscuro 
y se propagaba por su mente, nublaba sus pensamientos y, al 
aumentar su confusin, daba alas al terror.

Sac la caja fuera de la casa y la dej en el porche trasero 
con la intencin de enterrarla en el patio. Lo que implicaba 
cavar un agujero. Lo que implicaba usar una pala o una 
azada. Objetos que eran algo ms que simples herramientas: 
eran, tambin, armas en potencia. No se fiaba de si misma 
con una azada o una pala en las manos.

Dej caer la caja. Los cuchillos entrechocaron en su interior y 
produjeron un sonido no por apagado menos siniestro.

Perderlos de vista de una vez y para siempre. deshacerse de 
ellos. Era la nica solucin.

Al da siguiente tocaba recogida de basura. Si dejaba la caja 
con el resto de los desperdicios, se la llevaran al vertedero 
por la maana.

Ignoraba el emplazamiento del vertedero. No tena ni la 
menor idea. Imaginaba que estara lejos, hacia el este, en 
algn descampado remoto. Puede que hasta en otro condado. 
Una vez los arrojaran all, no podra recuperarlos. En cuanto 
pasaran los basureros, estara segura.

Con el corazn golpendole la jaula de las costillas, se 
abalanz sobre el odioso paquete y baj los peldaos del 
porche.











Tom Wong le tom el pulso a Skeet, le puso el odo en el 
corazn y le midi la tensin arterial. Ni el fro diafragma del 
estetoscopio sobre su pecho desnudo ni la presin del 
brazalete neumtico alrededor de su brazo derecho 
provocaron reaccin alguna en el chico. No hubo el menor 
parpadeo, palpitacin, estremecimiento, suspiro, gruido o 
queja. Yaca tan fofo y plido como un calabacn pelado y 
hervido.

-Tena cuarenta y ocho pulsaciones hace un momento -dijo 
Dusty, que asista al examen desde los pies de la cama.

-Ahora tiene cuarenta y seis.

-Y eso, no es peligroso?

-No necesariamente. No muestra signos de padecimiento.

Segn su historia clnica, el pulso medio de Skeet cuando 
estaba despierto y no haba tomado drogas era sesenta y 
seis. Diez o doce pulsaciones menos cuando dorma.

Hay personas que no pasan de las cuarenta pulsaciones 
cuando duermen -explic Tom, aunque no es lo habitual. Le 
levant un prpado y luego el otro, y le examin los ojos con 
un oftalmoscopio. Las pupilas tienen idntico tamao, pero 
aun as podra tratarse de una apopleja.

-Una hemorragia cerebral?

-O una embolia. Si no fuera un coma apopljico, podra ser de 
otro tipo. Diabtico. O urmico.

-Skeet no es diabtico.

-Ms vale que llame al mdico dijo Tom, y sali de la 
habitacin.











Haba dejado de llover, pero las hojas ovaladas de los laureles 
de Indias lloraban como desconsolados ojos verdes.

Cargada con la caja de los cuchillos, Martie se dirigi a toda 
prisa a la fachada este de la casa. Lleg ante el cercado de los 
contenedores de basura y abri la puerta de un golpe.

La parte de s misma que permaneca alerta, una parte cuerda 
aunque hostigada por el miedo, era ttricamente consciente 
de que su postura y sus movimientos se asemejaban a los de 
un ttere: con la cabeza adelantada sobre el cuello estirado y 
tenso, y los hombros encogidos y levantados, Martie pareca 
toda codos y rodillas mientras avanzaba a toda prisa con 
espasmdico aturdimiento.

Si era un ttere, no caba duda de que el titiritero se llamaba 
Johnny Panic. En la poca de la facultad, algunas de sus 
amigas sentan devocin por la extraordinaria poesa de 
Sylvia Plath: por su parte, aunque opinaba que la obra de la 
Plath era demasiado nihilista y deprimente para resultar 
atractiva, Martie todava recordaba cierta dolorosa 
observacin de la poeta, una convincente explicacin de los 
motivos que empujaban a algunas personas a ser crueles con 
los dems y tomar tantas decisiones autodestructivas. "Desde 
donde estoy sentada -haba escrito la Plath-, tengo la 
impresin de que el mundo est gobernado por una sola cosa. 
El pnico con cara de perro, de demonio, de arpa. De puta, el 
pnico con maysculas y sin cara... El Johnny Panic de 
siempre, en el sueo o la vigilia."

En sus veintiocho aos de existencia, el pnico apenas haba 
tenido cabida en el mundo de Martie, que rebosaba en cambio 
de un sereno sentimiento de confianza, sosiego, conformidad 
y armona con la creacin, pues haba aprendido de su padre 
que toda vida tiene una razn de ser. Bob el Risueo afirmaba 
que quien siempre se gua por el coraje, el honor, el amor 
propio, la honradez y la compasin, y tiene el corazn y la 
mente abiertos a las lecciones del mundo que nos rodea, 
acaba comprendiendo el sentido de su existencia, puede que 
en esta vida, pero sin duda en la otra. Tal filosofa 
garantizaba virtualmente una vida ms plena, menos 
ensombrecida por el miedo que las de quienes estn 
convencidos del sinsentido universal. Y sin embargo, e 
inexplicablemente, Johnny Panic haba conseguido colarse en 
la vida de Martie, la haba enredado entre sus hilos y ahora la 
obligaba a agitarse en una interpretacin demencial.

En el cercado de los contenedores de la fachada este, Martie 
levant la tapa con abrazaderas del tercero de los recipientes 
de plstico duro, el nico vaco, y arroj a su interior la caja 
envuelta en cinta de embalaje que contena los cuchillos. Acto 
seguido, volvi a poner la tapa y ajust la abrazadera de 
acero.

Hubiera debido sentirse aliviada.

Sin embargo, su angustia iba en aumento.

En el fondo, nada haba cambiado. Saba dnde estaban los 
cuchillos. Poda recuperarlos en cuanto quisiera. No estaran 
fuera de su alcance hasta que los basureros arrojaran la caja 
a su camin y se marcharan, por la maana.

Peor an, aquellos cuchillos no eran los nicos instrumentos 
con los que podra dar expresin a las inslitas ideas violentas 
que la aterrorizaban. Tras la pintura multicolor y las 
elaboradas molduras, puede que su casa pareciera un hogar 
pacfico; en realidad, era un matadero bien equipado, un 
arsenal rebosante de armas. Una mente con tendencias 
asesinas poda convertir en armas blancas o contundentes 
infinidad de tiles aparentemente inofensivos.

Impotente, Martie se llev las manos a las sienes como si un 
simple masaje pudiera eliminar el torbellino de terrorficas 
ideas que se apretujaban y chillaban en los oscuros y 
tortuosos pasadizos de su mente. La cabeza le palpitaba con 
fuerza contra las palmas y las yemas de los dedos: su crneo 
pareca haberse vuelto elstico de repente. Cuanto ms 
apretaba, mayor era el tumulto en su interior.

Actuar. Bob El Risueo sola decir que actuar era el remedio 
para casi todos los males. El miedo, la desesperacin e 
incluso muchos ataques de ira son el resultado de nuestra 
sensacin de impotencia y desamparo. Actuar para resolver 
nuestros problemas es saludable, pero es necesario aplicar la 
inteligencia y adoptar la adecuada perspectiva moral para 
tener alguna esperanza de hacer lo ms procedente y 
efectivo.

Martie ignoraba si estaba haciendo lo ms procedente o lo 
ms efectivo al sacar el enorme cubo de basura del cercado y 
arrastrarlo sobre sus ruedas hacia la parte posterior de la 
casa tan deprisa como poda. Usar la inteligencia y adoptar 
slidos principios morales exiga tener la mente clara, y en la 
suya se agitaba una tempestad que cobraba fuerza por 
momentos.

Dadas las circunstancias, Martie ignoraba qu deba hacer, 
pero no qu tena que hacer. No poda esperar a recobrar la 
serenidad necesaria para sopesar con lgica sus opciones; 
tena que actuar, hacer algo, hacer cualquier cosa; porque, 
cuando se quedaba quieta, aunque fuera por un instante, el 
violento turbin de negros y vertiginosos pensamientos la 
azotaba con mayor virulencia que cuando actuaba. Si se 
atreva a sentarse o a hacer una breve pausa para recuperar 
el aliento, el torbellino de su mente la destrozara y 
dispersara sus pedazos en todas direcciones, mientras que si 
segua movindose, tal vez cometiera continuos errores, tal 
vez hiciera una estupidez tras otra, pero siempre tendra una 
posibilidad, por pequea que friera, de que el puro instinto la 
impulsara a hacer algo til y en consecuencia, la ayudara a 
obtener algn alivio o cuando menos, una pizca de paz.

Adems, en lo ms ntimo de su ser, all donde pensamiento y 
reflexin carecen de valor, donde slo importan los 
sentimientos, Martie saba que tena que sobreponerse a su 
angustia y recuperar el dominio de s misma a toda costa 
antes de que anocheciera. El animal salvaje que todos 
llevamos pugna por emerger durante la noche, pues la luna lo 
llama con su cntico y el glido vaco que separa las estrellas 
habla su mismo idioma. En la penumbra, el ramal puede 
adquirir un rostro irresistiblemente hermoso a los ojos de ese 
yo primitivo. Con la oscuridad, un ataque de pnico puede 
degenerar en algo peor, incluso en incipiente locura.

Aunque haba escampado, el cielo era un negro ocano de 
nubes de tormenta, y de horizonte a horizonte un crepsculo 
prematuro haba desterrado al da.

Pero el autntico ocaso no tardara en llegar. Cuando se 
produjera, el firmamento cuajado de nubes se tornara negro 
como la noche.

Los fofos merodeadores nocturnos empezaban a emerger del 
csped y arrastrarse por los andadores. Tambin los caracoles 
haban salido de sus escondrijos, y reptaban dejando tras de 
s estelas de plateada baba.

Intensos efluvios ascendan de la hierba hmeda, del mantillo 
y las hojas podridas en los arriates, de los arbustos, que 
relucan en la oscuridad, y de los rboles chorreantes.

En la penumbra, Martie presenta turbada la pululante vida a 
la que el sol atemorizaba y la noche ofreca hospitalidad. Sin 
embargo, no era menos consciente de que una parte 
invertebrada y terrible de s misma comparta la misma 
pasin por la noche que aquella muchedumbre de criaturas 
hmedas, blandas, convulsivas y reptantes que permanecan 
fuera de sus agujeros entre el ocaso y el alba. La agitacin 
que estremeca las entraas de Martie no era slo miedo; era 
un ansia espantosa, una necesidad, una avidez que no se 
atreva a analizar.

Moverse, moverse, moverse, hacer de la casa un lugar 
seguro, un refugio en el que nada pudiera convertirse en 
arma en manos de un demente.











El personal permanente de Nueva Vida estaba compuesto por 
enfermeros y terapeutas; no obstante, la clnica contaba con 
un mdico desde las seis de la maana hasta las ocho de la 
tarde. En esos momentos, el turno corresponda al doctor 
Henry Donklin, a quien Dusty haba conocido durante la 
anterior estancia de Skeet.

Con su ensortijado pelo blanco y su piel, sonrosada como la 
de un beb y sorprendentemente tersa y elstica para su 
edad, el doctor Donklin tena la serfica apostura de un 
telepredicador de xito, aunque careca de la correspondiente 
suntuosidad que sugiere un fcil deslizamiento hacia la 
condenacin en tantos catequizadores electrnicos.

Tras retirarse de la prctica privada, el doctor Donklin haba 
descubierto que la jubilacin no era mucho ms atractiva que 
la muerte. Haba aceptado el puesto de Nueva Vida porque el 
trabajo, si no apasionante, era til y le ahorraba, segn sus 
propias palabras, "el agobiante purgatorio del golf y el 
infierno en vida del tejo".

Donklin agarr la mano izquierda de Skeet, que, a pesar de 
seguir dormido, le devolvi dbilmente el apretn. El mdico 
repiti la operacin con la mano derecha del chico, que volvi 
a reaccionar.

-No hay signos aparentes de parlisis dijo Donklin-, ni 
estertores, ni hinchazn de las mejillas al respirar.

La dilatacin de ambas pupilas es idntica inform Tom Wong. 
Tras comprobarlo por s mismo, Donklin prosigui su enrgico 
examen.

No tiene la piel hmeda, y su temperatura superficial es 
normal. Me extraara que diera un coma apopltico. No hay 
signos de hemorragia, embolia ni trombosis. Pero, si no 
conseguimos identificar el problema con rapidez, habr que 
considerar de nuevo esa posibilidad e ingresarlo en un 
hospital.

Dusty se permiti un optimismo moderado.

De pie en un rincn, tena la cabeza erguida y segua el 
examen con atencin, al acecho tal vez del retorno o la 
repeticin de lo que le haba erizado el pelo del pescuezo y lo 
haba hecho salir de la habitacin un rato antes.

A indicacin del mdico, Tom prepar un catter para obtener 
una muestra de orina de Skeet.

Donklin se inclin sobre el rostro del paciente.

No tiene el aliento dulzn -observ- , pero vamos a analizar la 
orina para obtener la tasa de albmina y azcar.

-No es diabtico dijo Dusty.

-Tampoco parece un coma urmico -opin el doctor . El pulso 
sera fuerte y rpido. La tensin arterial sera elevada. No 
muestra ninguno de esos sntomas.

-podra estar simplemente dormido? pregunt Dusty.

-Para dormir tan profundamente -respondi Donklin-, tendra 
que haberle lanzado un hechizo una bruja malvada, o haberle 
pegado un mordisco a la manzana de Blancanieves.

-El caso es que... Me he enfadado con l porque estaba 
actuando de una forma la mar de rara, y se me ha ocurrido 
decirle que se durmiera y me dejara en paz, en un tono un 
tanto brusco, y apenas lo he dicho se ha quedado frito.

La expresin de Donklin era tan ptrea que su rostro pareca 
necesitar que le quitaran el polvo.

-Me est diciendo que es usted una bruja?

-De momento, pintor de brocha gorda.

Convencido de que no estaba ante un caso de apopleja, 
Donklin se arriesg a administrar un reactivo; sin embargo, el 
carbonato de amonio -sales de olor- no produjo el menor 
efecto en Skeet.

Si slo est dormido -concluy el mdico-, debe de ser un 
descendiente de Rip van Winkle. 











Dado que el enorme cubo de basura slo contena la caja con 
los cuchillos y tena ruedas grandes, Martie pudo subirlo sin 
excesiva dificultad por los peldaos que conducan al porche 
trasero. El interior de la caja amortajada en cinta de embalar, 
a travs de las paredes del contenedor, le llegaba la siniestra 
msica que producan los cuchillos al entrechocarse.

Se dispona a entrar con el contenedor, cuando comprendi 
que, de hacerlo, devolvera los cuchillos al interior de la casa.

Con las manos agarrotadas alrededor del asa de acero, se 
qued petrificada por la indecisin.

Su prioridad era alejar de la casa toda arma potencial. Antes 
de que cayera la noche. Antes de que la criatura salvaje que 
llevaba dentro la dominara por completo.

Mientras permaneca inmvil, un vendaval de miedo se abati 
sobre ella y sacudi todas las puertas y ventanas de su alma.

"Muvete, muvete, muvete.."

Abri la puerta y dej el contenedor de basura en el umbral, 
donde estaba lo bastante cerca para resultarle til. Retir la 
tapa y la dej en el suelo del porche.

Entr en la cocina, abri un cajn y examin su reluciente 
contenido: cubiertos. Tenedores para ensalada. Tenedores 
para carne. Cuchillos para carne. Cuchillos para mantequilla. 
Y diez cuchillos de sierra con mango de madera.

No toc los peligrosos utensilios. Opt por retirar con 
precaucin los cubiertos inofensivos -cucharas, cucharillas de 
t, cucharillas de caf- y dejarlos en la encimera. Luego, sac 
el cajn de su mueble, lo llev a la puerta del porche y lo 
vaci sobre el contenedor.

Seguida por la bandeja de plstico con compartimentos, una 
cascada de tenedores y cuchillos de acero golpe el fondo del 
contenedor. La mdula sea de Martie reson en simpata con 
el glido estrpito.

Dej el cajn en el suelo de la cocina, en un rincn. donde no 
le estorbara el paso. No tena tiempo para devolver a su sitio 
las cucharas y colocar el cajn en sus guas.

El falso crepsculo sangraba anunciando el autntico 
anochecer. El destemplado croar de los pequeos sapos de 
invierno, que slo se aventuraban a salir por la noche, se 
colaba por la puerta abierta.

Otro cajn. Utensilios y artilugios diversos. Un abridor de 
botellas. Un pelador de patatas. Un pelador de limones. Un 
termmetro para la carne en forma de siniestro pincho. Un 
pequeo mazo para ablandar la carne. Un sacacorchos. 
Diminutas mazorcas de plstico amarillo con dos puntiagudos 
alfileres en un extremo para clavarlos en la raspa y facilitar la 
consumicin del maz.

Martie estaba asombrada de la cantidad y variedad de objetos 
de uso corriente en una cocina que podan utilizarse como 
armas. Al disponerse a iniciar un interrogatorio, cualquier 
torturador se habra sentido ms que satisfecho si su 
instrumental se hubiera limitado a los objetos que Martie 
tena a la vista en esos momentos.

El cajn contena adems largas pinzas de plstico para cerrar 
bolsas de patatas fritas, cucharillas dosificadoras, una cuchara 
para meln, un puado de esptulas de plstico, batidores de 
alambre y otros cacharros que no hubieran resultado 
peligrosos ni en las manos del ms diablico de los socipatas 
homicidas.

Venciendo su miedo, extendi la mano hacia el cajn con el 
propsito de entresacar los escasos objetos peligrosos, pero 
la retir de inmediato. No tena confianza en s misma para 
llevar a cabo aquella delicada tarea.

-Esto es una locura, un disparate total dijo en voz alta y tan 
distorsionada por el terror y la desesperacin que apenas la 
reconoci como suya.

Arroj todo el lote al contenedor. Luego, dej el cajn vaco 
sobre el otro en el rincn.

"Dusty, dnde demonios ests? Te necesito. Te necesito. 
Vuelve a casa, por favor, vuelve a casa."

Consciente de que deba mantenerse ocupada para evitar que 
el miedo la paralizara, sac fuerzas de flaqueza y abri el 
tercer cajn. Varios tenedores grandes para servir. Ms 
tenedores para carne. Un cuchillo elctrico para cortar carne.

Fuera, el estridente croar de los sapos en la hmeda 
penumbra.











Martie Rhodes, luchando por evitar el pnico total, empujada 
por la obsesin, arrastrada por la compulsin, se mova por 
una cocina que pareca no menos sembrada de amenazas 
mortales que un campo de batalla asolado por el choque de 
dos ejrcitos.

En un cajn inmediato al horno, encontr un rodillo de 
amasar. Con aquel utensilio podra golpear a alguien en la 
cara, aplastarle la nariz, partirle los labios, aporrearlo una y 
otra vez hasta fracturarle el crneo, hasta tumbarlo y dejarlo 
en el suelo, mirndola sin verla, con los ojos cegados por 
sendas hemorragias...

Aunque no la acompaaba ninguna vctima potencial, aunque 
se saba incapaz de golpear a nadie, Martie tuvo que 
violentarse para sacar el rodillo del cajn:

Vamos, cgelo, por amor de Dios, cgelo, scalo de una vez, 
lbrate de l...

A medio camino del contenedor, el rodillo se le cay de las 
manos. La madera produjo un ruido seco y estremecedor al 
golpear el suelo.

No consigui armarse del valor necesario para recogerlo. Le 
dio un puntapi y lo hizo rodar hasta el umbral de la puerta 
abierta.

La lluvia haba ahuyentado al viento, pero el anochecer 
exhalaba un fro relente que llegaba hasta el porche y 
atravesaba la puerta de la cocina. Confiando en que el aire 
fresco le despejara la cabeza, Martie respir hondo, 
estremecida por cada inspiracin.

Baj la vista hacia el rodillo, inmvil a sus pies. Bastaba con 
agarrar el maldito trozo de madera y lanzarlo al contenedor a 
travs de la puerta. No lo tendra en las manos ms de un par 
de segundos.

Estaba sola, no poda hacer dao a nadie. Y, en caso de que 
sintiera un impulso suicida, un rodillo de cocina no era el 
arma ideal para hacerse el harakiri, aunque s mejor que una 
esptula de plstico.

Humillada por su propia broma, se decidi a agacharse, coger 
el rodillo y arrojarlo al contenedor.

En el siguiente cajn, encontr un conjunto de utensilios y 
cacharros que, en su mayor parte, no le produjeron alarma. 
Un cedazo para cernir harina. Un temporizador para hacer 
huevos pasados por agua. Un prensador de ajos. Un cepillo 
para untar la carne con su jugo. Un escurridor. Un colador de 
jugo. Un secador para la lechuga.

Un almirez con su mano. Mal asunto. La mano, tallada en 
granito macizo, tena el tamao de un bate de bisbol. Podra 
utilizarla para abrirle la cabeza a alguien. Se le acercara con 
sigilo por la espalda, la descargara salvajemente en un 
amplio arco y le hundira el crneo.

La mano tena que desaparecer enseguida, en ese preciso 
instante, antes de que Dusty volviera a casa o un vecino 
desprevenido llamara a la puerta.

El almirez pareca inofensivo, pero, dado que los dos objetos 
formaban un todo, decidi arrojarlos juntos al contenedor de 
basura. Senta el fro del granito en el hueco de la mano. Aun 
despus de soltarlos, el recuerdo de su frescura y su suave 
tacto segua obsesionndola, y comprendi que haba hecho 
bien en deshacerse de ellos.

Cuando se dispona a abrir otro cajn, son el telfono.

Esperanzada, Martie se abalanz sobre el auricular.

-Dusty?

-Soy yo dijo Susan Jagger.

-Ah. Decepcionada, Martie procur disimular su angustia-. 
Hola, Susan, qu hay?

-Ests bien, Martie?

-Claro, por qu?

-Tu voz suena extraa.

-Estoy perfectamente.

-Ests jadeando.

-Es que estaba moviendo cosas.

-Algo te pasa.

-No me pasa nada. Y vale ya, Sus, que con una madre tengo 
bastante. Anda, cuntame.

Martie no vea el momento de colgar. No tena tiempo que 
perder. Le quedaban por mirar un montn de cajones y 
aparadores. Y haba objetos peligrosos, armas potenciales, en 
el resto de las habitaciones. La casa estaba repleta de 
instrumentos de muerte, y tena que encontrarlos todos y 
deprisa, antes de que al fin llegara la noche necesitaba 
deshacerse de hasta el ltimo de ellos.

-Esto es un poco embarazoso dijo Susan.

-A qu te refieres?

-No estoy paranoica, Martie.

-Claro que no.

-Te aseguro que viene, Martie, viene de noche, cuando estoy 
durmiendo.

-Eric.

-Tiene que ser l. Vale, ya lo s, no tiene llave, y las puertas 
y ventanas estn cerradas... No hay por dnde entrar, pero 
tiene que ser l.

Martie abri uno de los cajones prximos al telfono. Entre 
otras cosas, contena las tijeras que no haba sido capaz de 
coger un rato antes, cuando necesitaba cortar la cinta de 
embalaje.

Susan segua hablando:

-Antes me has preguntado que cmo s que ha estado en 
casa, si encuentro cosas fuera de su sitio, si huele a su 
colonia o algo parecido... -Los ojos de las tijeras estaban 
cubiertos de goma negra para facilitar su uso-. Pero es mucho 
peor que un olor a colonia, Martie, es repulsivo y... 
vergonzoso. -Las hojas de acero relucan como espejos, pero 
los filos tenan un acabado spero y mate. Martie?

-S, s... Te escucho. Tena el auricular tan pegado a la oreja 
que se estaba haciendo dao-. Explcame qu es eso tan 
repulsivo.

-S cundo ha estado aqu porque deja su... su cosa.

Una de las hojas tena el filo agudo y recto. La otra, dentado. 
Ambas acababan en escalofriantes puntas.

Martie tena que esforzarse para seguir la conversacin, 
porque, de pronto, la cabeza se le haba llenado de 
destellantes imgenes de las tijeras en movimiento, cortando 
y clavndose, desgarrando y troceando.

-Su cosa?

-Ya sabes.

-No.

-Su cosa.

-Qu cosa?

Grabada en una de las hojas, justo encima del clavillo, se lea 
la palabra "Clic"; era, con toda probabilidad, la marca de 
fbrica, pero a Martie le produjo un extrao efecto, como si se 
tratara de un poderoso mantra, esotrico y lleno de siniestro 
sentido.

-Su cosa, su... lquido.

Por un momento, Martie intent comprender la palabra 
"lquido", pero ni siquiera pudo atribuirle un significado o 
relacionarla, como si fuera un trmino inventado por un 
aficionado a los trabalenguas. Tena la mente tan absorta en 
la contemplacin de las tijeras que no consegua concentrarse 
en lo que deca Susan.

-Martie?

-Su lquido -dijo Martie cerrando los ojos y pugnando por 
apartar su mente de la imagen de las tijeras y devolverla a la 
conversacin con Susan. 

-Semen -aclar Susan.

-Su cosa.

-S.

-As es como sabes que te ha hecho una visita?

-Parece increble, pero es cierto.

-Semen.

-S.

Clic.

El sonido de las tijeras: clic-clic. Pero ella no las haba tocado. 
Aunque tena los ojos cerrados, saba que seguan en el cajn, 
porque no podan estar en ninguna otra parte. Clic-clic.

-Estoy asustada, Martie.

Yo, Dios mo. Y yo."

Martie aferraba el auricular con la mano izquierda y tena la 
derecha junto al muslo, vaca. Las tijeras no podan actuar 
por voluntad propia; sin embargo: clic-clic.

-Estoy asustada repiti Susan.

Si Martie no hubiera estado atenazada por el miedo y 
luchando con desesperacin por ocultar su angustia a Susan, 
si hubiera podido concentrase adecuadamente, la revelacin 
de su amiga tal vez le hubiera parecido absurda. En su 
estado, cada giro de la conversacin la hunda an ms en el 
desconcierto.

-Y dices que lo deja ah? Dnde?

-Pues, va sabes... en m.

Para demostrarse a s misma que tena la mano derecha 
vaca, que no haba cogido las tijeras, Martie se la llev al 
pecho y la apret contra su desbocado corazn. Clic-clic.

-En ti dijo.

Martie era consciente de que su amiga estaba haciendo 
afirmaciones pasmosas, de las que caba extraer conclusiones 
inverosmiles y consecuencias potencialmente terribles; pero 
no consegua obligar a su mente a centrarse exclusivamente 
en Susan, y menos con aquel infernal clic-clic, clic-clic, clic-
clic.

-Duermo con bragas y camiseta -le explic Susan.

-Yo tambin -dijo Martie tontamente.

-A veces me despierto y tengo las bragas... ya sabes, 
hmedas y pegajosas.

Clic-clic. El sonido tena que estar en su cabeza. Martie quera 
abrir los ojos para confirmar de una vez por todas que las 
tijeras seguan en el cajn, pero estaba convencida de que si 
volva a mirarlas perdera el control completamente, de modo 
que mantuvo los ojos cerrados.

-Y no entiendo cmo ocurre sigui diciendo Susan-. Es una 
locura, lo s... Pero ocurre.

-Te despiertas?

-Y tengo que cambiarme.

-Ests segura de que es eso? El lquido.

-Es asqueroso. Me siento sucia, usada. Algunas veces tengo 
que ducharme, te aseguro que tengo que ducharme.

Clic-clic. Martie comprendi que, si en esos momentos el 
corazn le lata con furia, la visin de las relucientes hojas de 
la tijera lo lanzara a un desenfrenado ataque de pnico 
mucho peor que todo lo que haba experimentado hasta 
entonces. Clic-clic-clic.

-Pero, por Dios, Sus, quieres decir que te hace el amor?

-El amor no tiene nada que ver con esto.

-l te...

-Me viola. An es mi marido, slo estamos separados, lo s, 
pero es una violacin.

-Pero, no te despiertas mientras...?

-Tienes que creerme.

-Por supuesto, cario, claro que te creo. Pero...

-Puede que se las arregle para drogarme.

-Y cundo iba a poder drogarte Eric?

-No lo s. Vale, s, es una locura. Un imposible, pura 
paranoia. Pero me est pasando.

-Clic-clic.

Sin abrir los ojos. Martie empuj el cajn hasta cerrarlo.

-Pero, cuando despiertas dijo temblando como una hoja, 
vuelves, a estar vestida...

-S.

Martie abri los ojos y los clav en su mano derecha, 
agarrotada sobre el tirador del cajn.

-As que se cuela en tu casa, te desnuda y te viola. Y luego, 
antes de irse, vuelve a ponerte la camiseta y las bragas. Por 
qu?

-Tal vez para que no sepa que ha venido.

-Pero, y su cosa?

-El olor es inconfundible.

-Sus...

-Lo s, lo s, pero soy agorafbica, no completamente 
psictica, lo recuerdas? T misma me lo has dicho hace un 
rato. Adems, hay otras cosas. -Del interior del cajn lleg un 
clic-clic amortiguado. Algunas veces estoy escocida.

-Escocida?

-Ah abajo -dijo Susan con un hilo de voz. Su pudor reflejaba 
la intensidad de su angustia y su humillacin mejor que todo 
lo que haba dicho hasta ese momento-. No... no lo hace con 
suavidad.

Dentro del cajn cerrado, las hojas seguan separndose y 
juntndose: clic-clic, clic-clic, clic-clic.

Convertida en un susurro, la voz de Susan sonaba cada vez 
ms lejana, como si una enorme marea hubiera levantado su 
casa de la playa y, arrastrndola mar adentro, la hiciera 
derivar hacia un horizonte oscuro y remoto.

-Hay veces que tambin tengo doloridos los pechos... Una 
maana los tena sealados... cubiertos de moretones del 
tamao de las yemas de unos dedos, como si me los hubiera 
apretado con todas sus fuerzas.

-Y Eric, lo niega todo?

-Niega haber estado aqu. No hemos... no hemos entrado en 
detalles.

-Qu quieres decir?

-No lo he acusado.

Martie segua con la mano derecha aferrada al tirador, 
empujando el cajn como si algo pudiera abrirlo desde dentro 
y escapar. Pona tanto empeo que los msculos del 
antebrazo empezaban a dolerle.

Clic-clic.

-Por amor de Dios, Sus, crees que podra estar drogndote y 
violndote mientras duermes, y ni siquiera se lo has 
planteado?

-No puedo. No debo. Est prohibido.

-Prohibido?

-Bueno, ya sabes, no estara bien, no podra hacerlo.

-No, no lo s. Pero, por qu has usado esa palabra? 
Prohibido... por quin?

-No quera decir prohibido. No s por qu lo he dicho. Me 
refera a que... La verdad, no s a qu me refera. Estoy tan 
confusa...

Aun abrumada por su propia angustia, Martie intuy que una 
profunda motivacin haba impulsado a Susan a elegir aquella 
palabra, y decidi aclarar el asunto.

-Prohibido, por quin?

-He hecho cambiar la cerradura tres veces dijo Susan por 
toda respuesta. Su voz subi de tono y adquiri un crispado 
acento de naciente histeria que trataba de reprimir con todas 
sus fuerzas-. Por un cerrajero distinto cada vez. Y no es 
posible que Eric conozca a todos los cerrajeros de la ciudad, 
digo yo. No te lo haba contado hasta ahora por miedo a que 
me tomaras por una chiflada, pero tambin esparzo polvos de 
talco en los alfizares de todas las ventanas, para que, si 
realmente se las arregla de algn modo para entrar por una 
de ellas, quede alguna prueba de que lo hace, las huellas de 
sus manos en el talco, alguna seal de su presencia... Pero 
por la maana el polvo de talco est intacto. Adems, pongo 
una silla de la cocina contra el pomo de la puerta de la calle, 
para que, aun en el caso de que ese cabrn tenga llave, no 
pueda abrirla; pero a la maana siguiente la silla sigue en su 
sitio, tal y como la puse, y yo llevo su cosa dentro, en las 
bragas, y estoy dolorida, y s que me ha penetrado 
brutalmente, lo s... Entonces me ducho y me ducho, con 
agua cada vez ms caliente, tan caliente que a veces casi me 
escaldo, pero aun as no consigo sentirme limpia. Ya nunca 
me siento limpia. Oh. Dios, a veces pienso que lo que 
necesito es un exorcista, sabes? Un cura que venga a casa y 
rece por m, uno que crea realmente en el demonio, si es que 
queda alguno hoy en da, con agua bendita, crucifijos e 
incienso, porque esto que me pasa desafa toda lgica, es 
algo completamente sobrenatural, eso es lo que es, 
sobrenatural. Y ahora pensars que estoy mal de la azotea, 
pero no es as, Martie, no es as. Estoy fatal, para qu 
negarlo, estoy hecha una mierda, pero esto no tiene nada que 
ver con la agorafobia, esto est pasando de verdad, y no 
puedo seguir as, despertndome por las maanas y 
encontrndome con que... Es espantoso, repugnante. Me est 
destrozando, pero no s qu demonios hacer. Me siento 
indefensa, Martie, me siento tan vulnerable...

Clic-clic.

Martie tena las mandbulas tensas, los dientes apretados y el 
brazo dolorido desde la mueca hasta el codo, pero segua 
empujando el cajn con todo el peso y toda la fuerza de su 
cuerpo.

Finas agujas le cosan el cuello con candentes hilos de dolor, y 
el dolor consigui hilvanar los dispersos espacios de su 
mente. En el fondo, el motivo de su angustia no era el miedo 
a que algo escapara del cajn. Las tijeras no estaban 
mgicamente animadas como las escobas que atormentaban 
al desdichado aprendiz de brujo en Fantasa, de Disney. El 
seco e irritante clic-clic sonaba en su cabeza. Lo que en 
realidad la asustaba no eran las tijeras ni el rodillo, ni 
tampoco los cuchillos, los tenedores, el sacacorchos, los 
pinchos para el maz o el termmetro para la carne. Conoca 
el autntico motivo de su terror desde haca horas; lo haba 
considerado fugazmente varias veces durante aquel extrao 
da, pero hasta ese momento no se haba enfrentado a l cara 
a cara y sin subterfugios. La nica amenaza que la 
acobardaba era Martine Eugenia Rhodes: tena miedo de s 
misma, no de los cuchillos, las tijeras o los martillos; de s 
misma. Empujaba el cajn con inquebrantable firmeza porque 
estaba convencida de que, de no hacerlo, lo abrira de un 
tirn, empuara las tijeras y -a falta de otra vctima- 
desgarrara sus propias carnes con salvaje brutalidad.

-Sigues ah, Martie? -Clic-clic. Qu puedo hacer, Martie?

La voz de Martie temblaba de compasin, de angustia por su 
amiga, pero tambin de miedo por s misma y miedo de s 
misma.

-Sus, es una mierda espeluznante, suena ms raro que el 
vud. -Estaba tan empapada en sudor fro como si acabara de 
darse un chapuzn. Clic-clic. Brazo, hombro y cuello le dolan 
de tal modo que las lgrimas afloraron a sus ojos-. Escucha, 
tengo que digerirlo un poco antes de aconsejarte algo, antes 
de pensar en algn modo de ayudarte.

-Todo lo que te he contado es cierto.

-Lo s, Sus.

Martie estaba impaciente por colgar. Tena que alejarse del 
cajn, alejarse de las tijeras que aguardaban all dentro, ya 
que no poda alejarse del violento potencial que anidaba en su 
propio interior.

-Me est pasando -insisti Susan.

-Lo s. Me has convencido. Por eso mismo tengo que rumiarlo 
un poco. Es tan extrao...Tenemos que andar con tiento y 
asegurarnos de que tomarnos la decisin correcta.

-Estoy asustada. Me siento tan sola en esta casa...

-No ests sola -asegur Martie con voz no ya temblorosa, sino 
completamente descompuesta. No te dejar sola. Te llamar 
ms tarde. 

-Martie...

-Pensar en esto, tratar...

-...si ocurriera algo...

--...de encontrar alguna solucin...

-...si me pasara algo...

-...y te llamar...

-Martie...

-Te llamar en cuanto pueda.

Colg de golpe, aunque al principio no pudo despegar la 
mano, que mantena crispada sobre el auricular. Cuando logr 
soltarlo, sigui con la mano agarrotada, como si sujetara con 
fuerza un telfono fantasma.

Solt el tirador del cajn, y los espasmos de dolor la obligaron 
a contraer el rostro. Como si fueran de arcilla, las 
almohadillas de la base de sus dedos conservaban la ntida 
marca del tirador, y los metacarpos le dolan como si el rojo 
surco impreso en la carne hubiera calado hasta el hueso.

Retrocedi para alejarse del cajn y golpe el frigorfico con la 
espalda. Dentro, las botellas entrechocaron ruidosamente.

Una de ellas era la botella mediada de Chardonnay que haba 
sobrado de la cena de la vspera. El vidrio de las botellas de 
vino es grueso, especialmente en la parte inferior, en la 
concavidad que retiene los posos. Slida. Contundente. 
Efectiva. Podra blandirla como si fuera una porra y utilizarla 
para abrirle la cabeza a alguien.

Una botella de vino rota poda convertirse en un arma 
especialmente peligrosa. Bastaba con empuarla por el cuello 
y atacar con las puntas astilladas del otro extremo. Con 
hundrsela en la cara a un pobre incauto, o clavrsela en el 
cuello.

El corazn le golpeaba el pecho con la violencia de una puerta 
zarandeada por el vendaval.












-La orina no engaa -dijo el doctor Donklin.

Desde su puesto de centinela junto a la puerta, Valet irgui la 
cabeza y mene las orejas en seal de aprobacin.

Conectado a un electrocardigrafo, Skeet segua durmiendo 
tan profundamente como si sus funciones vitales 
permanecieran bajo suspensin criognica.

Dusty observaba la sucesin de luminosas crestas verdes que 
reflejaba el ritmo cardiaco de su hermano en la pantalla del 
monitor. Su pulso, lento pero regular, no mostraba signos de 
arritmia.

La clnica Nueva Vida no era ni un hospital ni tampoco era un 
centro de diagnosis. No obstante, y habida cuenta de la 
astucia autodestructiva de sus pacientes, dispona del 
complejo equipo necesario para realizar rpidos anlisis de los 
fluidos corporales en busca de sustancias estupefacientes.

Horas antes, la muestra de sangre que haban tomado a 
Skeet al poco de ingresar haba revelado la receta del cctel 
qumico con el que haba empezado el da: metanfetamina, 
cocana y DMT. La meta y la coca son estimulantes. La 
dimetiltriptamina, o DMT, es un alucingeno sinttico, similar 
a la psilocibina, un cristal alcaloide derivado del hongo 
Psilocybe mexicana. El combinado constitua un desayuno con 
mucha ms pegada que las gachas de avena y el zumo de 
naranja.

La segunda muestra de sangre, extrada mientras Skeet 
permaneca en un sueo de apariencia comatosa, estaba 
siendo analizada en esos momentos; sin embargo, la orina 
obtenida mediante sonda indicaba que el cuerpo del chico no 
slo no haba absorbido ms drogas, sino que adems haba 
metabolizado buena parte de la metanfetamina, la cocana y 
la DMT. Por el momento, no volvera a tener noticias del 
ngel de la Muerte que lo haba convencido para saltar del 
tejado de los Sorenson.

-El anlisis de sangre confirmar estos resultados -predijo el 
doctor Donklin. Porque, es verdad, la orina no engaa. O, 
como dira un lego en la materia: "Odo al orinal". Lo que dice 
el pis va a misa.

Dusty se preguntaba si Donklin habra atendido a los 
pacientes de su consulta particular con el mismo desenfado, o 
si lo habra adquirido despus de la jubilacin, al convertirse 
en asalariado de Nueva Vida. Fuera como fuese, resultaba 
regocijante.

El anlisis de orina haba establecido tambin la tasa de 
albmina, azcar y sedimentos en la uretra. Los resultados no 
abonaban un posible coma diabtico o urmico.

Si el anlisis de sangre no aclara las cosas dijo Donklin, creo 
que lo mejor ser trasladarlo a un hospital.











En el interior del frigorfico, contra el que Martie segua 
apoyada, el tintineo de las botellas ces poco a poco.

Las manos, acalambradas, le dolan hasta arrancarle 
lgrimas. Se sec los ojos con las mangas de la blusa, pero 
sigui vindolo todo borroso.

Tena las manos crispadas, como si pretendiera araar a un 
adversario invisible o se agarrara al borde de un precipicio. 
Vistas a travs del velo de sus lgrimas, parecan las 
amenazadoras zarpas de un demonio de pesadilla.

Martie, con la imagen de la botella astillada an vvida en su 
mente, estaba tan aterrada de su capacidad de violencia, de 
sus intenciones inconscientes, que se senta incapaz de 
moverse.

Actuar. El consejo de su padre. La esperanza est en la 
accin. Pero careca de la claridad mental necesaria para 
ponderar, analizar y acabar eligiendo juiciosamente la accin 
ms acertada y efectiva.

Aun as, actu, porque si no haca algo se arrojara al suelo, 
se acurrucara como una cochinilla y se quedara as hasta 
que llegara Dusty. Cuando la encontrara, puede que se 
hubiera ovillado tanto que le resultara imposible volver a 
enderezarse.

As que, haciendo de tripas corazn, despeg la espalda del 
frigorfico. Atraves la cocina y se detuvo ante el cajn del 
que haba salido huyendo haca apenas unos momentos.

Pas los dedos alrededor del tirador. Clic-clic. Abri el cajn. 
Las tijeras, relucientes.

Estuvo a punto de desfallecer. A punto de arrojar la toalla 
definitivamente al ver de nuevo las brillantes hojas.

Actuar. Sacar el maldito cajn. Sacarlo de una vez. Era 
mucho ms pesado de lo que pensaba.

O puede que el cajn no fuera tan pesado como le pareca, 
puede que slo pesara tanto porque, para Martie, las tijeras 
tenan algo ms que simple peso fsico. Peso psicolgico, peso 
moral, el peso de los odiosos designios que animaban el 
acero.

Y ahora, a la puerta trasera. Al contenedor de basura.

Inclin el cajn alejndolo de s con intencin de volcar su 
contenido en el cubo. Al resbalar, las tijeras chocaron con 
otros objetos, y el ruido alarm tanto a Martie que solt el 
cajn y todo lo que contena.












Cuando Tom Wong lleg a la habitacin de Skeet con los 
resultados del anlisis de sangre, la prediccin del doctor 
Donklin se confirm. El estado de Skeet segua siendo un 
misterio.

El chico no haba consumido drogas de ningn tipo en las 
ltimas horas. Los residuos de su descarro matutino apenas 
eran detectables.

La normalidad de su tasa de glbulos blancos y la ausencia de 
fiebre hacan improbable que sufriera una infeccin 
meningtica aguda. O cualquier otra infeccin.

Si el problema hubiera sido una intoxicacin alimentaria, en 
concreto botulismo, el coma habra sido precedido por 
vmitos y dolor de estmago, y probablemente tambin por 
diarrea. Skeet no haba padecido ninguno de esos trastornos.

Aunque no mostraba sntomas aparentes de apopleja, haba 
que reconsiderar la inquietante posibilidad de que hubiera 
sufrido una hemorragia cerebral, una embolia o una 
trombosis.

Esto ya no es un caso de rehabilitacin -concluy el doctor 
Donklin-. Adnde prefiere que lo traslademos?

-Al hospital Floag, si tienen alguna cama libre.

-Aqu pasa algo dijo Tom Wong indicando el 
electrocardigrafo.

Dado que el molesto mdulo acstico del aparato estaba 
desconectado, ni Donklin ni Dusty haban advertido el 
aumento del ritmo cardiaco de Skeet. La lnea de luz verde y 
el indicador numrico digital mostraban que el pulso haba 
ascendido desde cuarenta y seis hasta cincuenta y cuatro 
pulsaciones por minuto.

De pronto, Skeet abri los ojos, bostez y se desperez.

Su ritmo cardiaco haba alcanzado las sesenta pulsaciones y 
segua aumentando.

Skeet mir alternativamente a Tom Wong, el doctor Donklin, 
y a y Dusty.

-Qu? Celebramos algo?











La botella abierta de Chardonnay, dos botellas de Chablis sin 
empezar: al contenedor de basura.

El arsenal de venenos del cuarto de la lavadora. Una botella 
de amoniaco, ideal para cegar y asfixiar. Leja. Una solucin 
alcalina para limpiar en seco. Todo a la basura.

Record las cerillas. En un armario de la cocina. En una caja 
alta de hojalata que haba contenido galletas. Varios librillos 
de cerillas de papel. Cajas de cerillas de madera. Un manojo 
de cerillas de veinticinco centmetros para encender las 
mariposas de las lmparas de aceite de tulipa estrecha.

Alguien capaz de desfigurar a un desconocido con una botella 
de vino rota, alguien lo bastante desequilibrado como para 
hundir una llave de coche en el ojo de un ser querido, no 
sentira el menor escrpulo moral en prenderle friego, la casa 
entera.

Martie ni siquiera abri la lata de las cerillas; cuando la arroj 
a la basura, el contenido produjo un spero siseo, como la 
amenaza de una serpiente de cascabel agitando la cola.

Un rpido viaje a la sala de estar. Tanto que hacer, tanto que 
hacer... La chimenea de gas inclua un juego de conseguidos 
troncos de cermica. Junto a ellos haba un encendedor de 
butano alimentado mediante batera.

Mientras volva a la cocina y arrojaba el encendedor al 
contenedor de basura del porche, Martie se pregunt 
alarmada si habra abierto la espita del gas de la chimenea. 
No tena ningn motivo, ni recordaba haberlo hecho, pero no 
se fiaba de s misma.

No poda fiarse.

Si la vlvula estuviera totalmente abierta, la espita expulsara 
una cantidad mortal de gas en uno o dos minutos. La chispa 
ms insignificante provocara una explosin capaz de hacer 
saltar la casa por los aires.

De nuevo a la sala de estar. Como un frentico monigote de 
video-juego. Rebotando de peligro en peligro.

Los techos, horizontales haca unas horas, parecan 
levemente inclinados. Hubiera jurado que el suelo se escoraba 
bajo sus pies como la cubierta de un barco cambiando de 
bordada. La aguda ansiedad que deformaba sus procesos 
mentales pareca combar tambin en ocasiones el mundo 
fsico hasta darle formas extraas, aunque Martie saba de 
sobras que semejante ductilidad slo exista en su 
imaginacin.

En la sala de estar, ningn susurro de gas, ningn olor.

El llavn segua en la repisa de la chimenea. No lo toc. Con la 
mirada fija en el trozo de latn, Martie se alej del hogar 
retrocediendo con cuidado entre los sillones y el sof hasta 
salir de la habitacin.

Al llegar al pasillo, se mir el reloj. Las cinco y trece. Haba 
transcurrido un minuto. No le pasaba nada. No haba sufrido 
ningn ataque de amnesia.

En la cocina, temblando de pies a cabeza, volvi a consultar el 
reloj. Seguan siendo las cinco y trece. Estaba perfectamente. 
No haba perdido la conciencia. No habra podido volver al 
saln en pleno trance y abrir el gas. Una cifra cambi ante sus 
ojos: cinco y catorce.

En la nota, Dusty deca que estara en casa a las cinco. Se 
retrasaba. Dusty sola ser puntual. Y cumplir sus promesas.

Dios mo, por favor farfull, y se sinti sobrecogida por el 
tono pattico de su voz, por el incontrolable temblor que 
deformaba sus palabras-, haz que vuelva a casa. Seor, te lo 
suplico, aydame, haz que vuelva a casa, ahora.

Cuando llegara, Dusty entrara con la furgoneta en el garaje y 
la aparcara junto al Saturn.

Tena que hacer algo. El garaje era un sitio peligroso. All 
guardaban innumerables herramientas cortantes, mquinas 
letales, sustancias txicas, lquidos inflamables...

Lo esperara en la cocina. A Dusty no le ocurrira nada en el 
garaje siempre que ella no estuviera all cuando l llegara. Las 
herramientas con filo, los venenos, los combustibles no eran 
peligrosos. El autntico peligro era ella. Ella, la nica 
amenaza.

Desde el garaje, Dusty entrara directamente a la cocina. 
Tena que asegurarse de que haba hecho desaparecer todos 
los objetos que pudieran ser utilizados corno armas.

Sin embargo, seguir purgando la casa de todo lo afilado, 
contundente o txico era pura locura. Hubiera sido incapaz de 
herir a Dusty. Lo amaba ms que a su vida. Morira por l, y 
saba que l hara lo mismo por ella. Nadie mataba a alguien 
a quien quera hasta ese punto.

No obstante, sus irracionales tensores seguan hostigndola, 
bullendo en sus venas, cebndose en su mdula sea, 
poblando su cerebro con bacteriana fecundidad, y Martie 
senta que su estado empeoraba por momentos.











Sentado en la cama, recostado en almohadones, plido y 
ojeroso, con los labios ms grises que rojos, Skeet 
conservaba no obstante una maltrecha y trgica dignidad, 
como si en lugar de ser uno ms en la legin de almas 
perdidas que vagan entre las ruinas de nuestra decadente 
civilizacin fuera un poeta tuberculoso viviendo en un pasado 
ms inocente que el siglo recin estrenado, siguiendo tal vez 
una cura en un sanatorio privado, luchando, no contra sus 
propias compulsiones, ni contra cien aos de cnicas filosofas 
negadoras del sentido y el objetivo de la vida, sino contra 
algo tan simple como una pertinaz bacteria. La bandeja de la 
cena le ocultaba el regazo.

De pie frente a la ventana, Dusty pareca absorto en la 
contemplacin del cielo nocturno, leyendo su destino en las 
cambiantes formas de las persistentes nubes de tormenta. 
Mientras viraban hacia el este, las proas y quillas de los 
nubarrones parecan afiligranadas con pan de oro, pues el 
rutilante ocano urbano sobre el que navegaban las iluminaba 
desde abajo.

En realidad, la noche haba transformado los cristales en un 
espejo negro en el que Dusty poda observar el incoloro 
reflejo de Skeet. Esperaba que su hermano hiciera algo 
extrao y revelador que se hubiera abstenido de hacer si 
saba que lo espiaba.

Era una esperanza un tanto paranoica, pero tenaz como una 
cardencha, y Dusty no consegua sacudrsela de encima. Los 
extraos acontecimientos del da lo haban arrastrado a la 
espesura de un bosque de sospechas tan informes e 
inconcretas como perturbadoras.

Skeet haca los honores a la temprana cena: sopa de tomate 
espolvoreada con albahaca y parmesano, seguida de pollo 
sazonado con ajo y romero, y acompaado de esprragos y 
patatas asadas. Las comidas de Nueva Vida eran mejores que 
las de la mayora de los hospitales, aunque los alimentos 
slidos se servan desmenuzados a quienes, como Skeet, 
haban intentado suicidarse.

Sentado en el silln sobre sus cuartos traseros, Valet 
observaba a Skeet con el inters de un gourmet nato. No 
obstante, era un perro bien educado y a pesar de que pasaba 
de la hora de su cena, no pidi nada.

Con un trozo de pollo en la boca, Skeet farfull:

-Haca semanas que no coma tan bien. Se ve que no hay 
como saltar de un tejado para abrir el apetito.

Estaba tan delgado como si hubiera tomado lecciones de 
bulimia de una supermodelo. Con lo encogido que deba tener 
el estmago, era increble que le cupiera todo lo que se haba 
metido entre pecho y espalda.

Dusty, que segua fingiendo ver portentos en las nubes, se 
limit a decir:

-Hace un rato te he dicho que te durmieras y te has quedado 
frito en un visto y no visto.

-Ah, s? Vers, hermanito, es mi nueva poltica. De ahora en 
adelante voy a hacer todo lo que digas sin rechistar.

-Qu ms quisiera yo...

-Espera y vers.

Dusty se llev la mano derecha al bolsillo de los vaqueros y 
comprob que segua teniendo las hojas del bloc de notas que 
haba encontrado en la cocina de Skeet. Dud si interrogarlo 
de nuevo a propsito del doctor Yen Lo, pero la intuicin le 
deca que pronunciar ese nombre poda provocar a su 
hermano otro ataque de catatonia, seguido de una 
conversacin tan frustrante e incomprensible como la que 
haban mantenido haca un rato. As las cosas, decidi adoptar 
otra estrategia.

-Claras cascadas -le espet.

Como revelaba su fantasmagrico reflejo en el cristal de la 
ventana, Skeet ni siquiera levant la vista del plato.

-Qu?

-Esparcen en las olas.

Esta vez Skeet alz los ojos, pero no dijo nada.

-Azules hojas de pino -dijo Dusty.

- Azules?

Dusty dej de observarlo en la ventana y se volvi hacia l. 

-Te dice algo eso?

-Las agujas de pino son verdes.

-Algunas son verdeazuladas, creo.

Skeet, que acababa de rebaar el plato de pollo, lo apart en 
favor de una copa de postre repleta de fresas con nata y 
azcar moreno. -Me suena a conocido.

-Ya lo creo que te suena. Como que me lo has recitado t.

-Que te lo he recitado? -Skeet pareca sinceramente 
sorprendido. Cundo?

-Hace un rato. Cuando estabas... donde estuvieras.

Tras saborear una fresa cubierta de nata, Skeet murmur:

-S que es raro... Mira que si llevo el rollo literario en los 
genes... Es una adivinanza? -le pregunt Dusty.

-Una adivinanza? No, es un poema.

-Escribes poesa? -le pregunt con indisimulada incredulidad 
Dusty, consciente de cunto ahnco pona Skeet en evitar todo 
lo relacionado con el mundo de su padre, el catedrtico de 
literatura.

No es mo -respondi Skeet sin dejar de lamer como un cro la 
nata de la cucharilla-. No s el nombre del autor. Pero el 
poema es japons, antiguo. Un haiku. Lo habr ledo en algn 
sitio, y se me ha quedado.

-Un haiku -repiti Dusty, que intentaba en vano sacar algn 
provecho de la informacin.

Usando la cucharilla como si fuera la batuta de un director de 
orquesta, Skeet recit el poema marcando el ritmo:

Claras cascadas esparcen en las olas azules hojas de pino.

Correctamente encadenadas, las diez palabras dejaban de 
sonar como un galimatas.

Dusty record una ilusin ptica que haba visto en una 
revista haca muchos aos. Era un dibujo a lpiz que 
representaba densas filas de rboles, pinos, abetos, piceas y 
alisos, altos, frondosos y militarmente alineados, titulado 
Bosque. El texto explicativo aseguraba que el paisaje 
esconda una imagen ms compleja, visible si uno dejaba a un 
lado sus expectativas, consegua olvidarse de la palabra 
bosque y se esforzaba en mirar el dibujo sin ideas 
preconcebidas. A algunas personas les bastaban unos minutos 
para apreciar la segunda imagen, mientras que otras slo la 
descubran al cabo de ms de una hora de denodados 
esfuerzos. A los diez minutos, Dusty haba apartado la 
revista, frustrado; pero justo en ese momento haba atisbado 
la ciudad oculta por el rabillo del ojo. Cuando volvi a mirar el 
dibujo directamente, vio una intrincada metrpolis gtica de 
apretados edificios de granito; los penumbrosos caminos que 
atravesaban el bosque se haban transformado en callejuelas 
oscurecidas por las sombras de los ptreos acantilados 
artificiales, que se alzaban fros y cenicientos contra un cielo 
encapotado.

De modo similar, en el momento en que Dusty las oy ledas 
como un haiku, las diez palabras adquirieron un sentido 
completamente nuevo. La imagen del poeta pareca evidente: 
las "claras cascadas" eran rfagas de viento que arrebataban 
agujas a los pinos y las desparramaban por el mar. Se trataba 
de una observacin desnuda, sugerente y conmovedora de la 
naturaleza que, analizada con detenimiento, tendra 
seguramente numerosos significados metafricos aplicables a 
la condicin humana.

No obstante, el significado que les haba atribuido el poeta no 
era el nico que poda extraerse de aquellos breves versos. 
Exista otra interpretacin, que haba tenido una importancia 
trascendental para Skeet mientras permaneca en su extrao 
trance, pero que al parecer haba olvidado al salir de l. En 
determinado momento, haba llamado "reglas" a los versos, 
aunque no haba sido muy explcito en cuanto a la conducta, 
procedimiento, deporte o juego que gobernaban tan crpticas 
reglas.

Dusty consider la posibilidad de sentarse en el borde de la 
cama e interrogar a su hermano al respecto. Lo frenaba el 
temor a que la presin le provocara una recada en el estado 
semicatatnico, del que tal vez no despertara tan fcilmente 
como la vez anterior.

Adems, ambos haban pasado un mal da. Skeet, pese a la 
cabezada y la oppara cena, deba de estar tan cansado como 
l mismo, que desde luego no poda con su alma.











Pala.

Pico.

Hacha.

Martillos, destornilladores, sierras, berbiques, alicates, llaves 
inglesas, largos clavos de acero a puados...

Aunque la cocina no era an un sitio completamente seguro, y 
aun-que tena que inspeccionar y expurgar el resto de las 
habitaciones de la casa, Martie no poda quitarse el garaje de 
la cabeza, ni dejar de hacer inventario mental de los 
innumerables instrumentos de tortura y muerte que 
albergaba.

A la postre, fue incapaz de cumplir su propsito de 
mantenerse alejada del garaje y evitar encontrarse entre sus 
afiladas tentaciones cuando llegara Dusty. Abri la puerta que 
lo comunicaba con la cocina, tante la pared hasta dar con el 
interruptor y encendi los fluorescentes del plafn.

Apenas cruz el umbral, sus ojos toparon con el panel de 
herramientas de jardn, que haba olvidado por completo. 
Desplantadores. Tijeras de podar pequeas. Una paleta. 
Tijeras de podar con resorte y hojas recubiertas de tefln. Un 
cortasetos alimentado mediante batera.

Una navaja jardinera.











Haciendo resonar la cucharilla contra el cristal, Skeet apur 
hasta la ltima rebaadura de nata y azcar moreno de la 
copa de postre.

Como atrada por el tintineo, Jasmine Hernndez, la 
enfermera del turno de noche, entr en la habitacin: treinta 
y pocos, menuda, atractiva, con ojos del color prpura oscuro 
de las ciruelas, misteriosos pero francos. Su uniforme blanco 
era tan impecable como su profesionalidad, aunque las 
deportivas rojas con cordones verdes que calzaba sugeran 
correctamente, como no tard en demostrar- una vena 
juguetona.

Vaya, s que es usted poquita cosa -le solt Skeet a modo de 
recibimiento, y le gui el ojo a Dusty. Si me da por 
suicidarme, Jasmine, no s cmo se las va a apaar para 
impedrmelo.

Mientras apartaba la bandeja de la cena de encima de la 
cama y la guardaba en el aparador, la enfermera respondi:

-Oyeme bien, chupaflor, si la nica forma de impedir que 
hagas alguna idiotez es romperte todos los huesos del cuerpo 
y escayolarte hasta el cuello, puedes estar seguro de que me 
basto y me sobro para hacerlo.

-Jdete y baila! -exclam Skeet. Dnde ha estudiado usted 
para enfermera? En Transilvania?

-Mucho peor. Me ensearon las monjas, las hermanitas de la 
Caridad. Y te lo advierto, chupaflor, nada de tacos en mi 
turno.

-Perdone dijo Skeet compungido, aunque sin perder las ganas 
de broma-. Y, qu pasar cuando quiera hacer pis?

-Seguro que no tienes nada que no haya visto antes 
respondi Jasmine rascndole las orejas a Valet, aunque 
apuesto a que las he visto ms grandes.

Dusty sonri a su hermano.

-De ahora en adelante, te aconsejo que no abras la boca ms 
que para decir: "S, seora".

-Qu significa chupaflor? -pregunt Skeet-. Supongo que no 
ser alguna palabrota, verdad?

-Chupaflor significa "colibr" -le explic Jasmine Hernndez al 
tiempo que le meta el termmetro en la boca.

-Me est llamando colibr? gangue Skeet agitando el 
termmetro entre los labios.

-Si, chupaflor respondi la enfermera levantndole la huesuda 
mueca para tomarle el pulso, pues ya no estaba conectado 
al electrocardigrafo.

Una nueva inquietud, fra como una hoja de acero entre las 
costillas, se apoder de Dusty, sin que fuera capaz de 
atribuirle una causa. En realidad, no del todo nueva. Era la 
misma sospecha fluctuante que haca unos minutos lo haba 
inducido a espiar el reflejo de Skeet en la ventana azogada 
por la oscuridad. All ocurra algo extrao, aunque puede que 
no tuviera relacin con Skeet. La desconfianza de Dusty 
empezaba a recaer en el sitio, en la clnica.

-Los colibres son guays -dijo Skeet a Jasmine Hernndez. 
Mantn el termmetro bajo la lengua lo amonest la mujer. 

-Le parezco yo guay? volvi a farfullar Skeet.

-Eres un chico bastante guapo reconoci Jasmine, como si 
pudiera ver a Skeet tal como haba sido, sano, con el cutis 
fino y los ojos claros.

-Los colibres son chachi. Son espritus libres.

La enfermera sigui tomndole el pulso sin apartar la vista de 
su reloj de pulsera.

-Claro que s. El colibr es un pjaro guay, chachi, libre e 
insignificante.

Skeet se volvi hacia su hermano y puso los ojos en blanco.

Si haba algo anormal en aquel momento, en aquel sitio, en 
aquella gente, Dusty se senta incapaz de identificarlo. De 
haber existido, el hijo natural de Sherlock Holmes y la 
seorita Jane Marple se las hubiera visto y deseado para 
precisar una causa razonable de la sospecha que carcoma a 
Dusty. Con toda probabilidad, su suspicacia no tena ms 
motivos que la fatiga y la preocupacin por Skeet; hasta que 
hubiera descansado, no poda fiarse de su intuicin.

-Ya te lo haba advertido -dijo Dusty en respuesta a los 
visajes de su hermano dos palabras. "S, seora." Con "S, 
seora" nunca meters la pata.

El termmetro digital solt un pitido al mismo tiempo que 
Jasmine dejaba caer la mueca de Skeet, y la enfermera se lo 
retir de la boca. 

-Tengo que dejarte, chaval -dijo Dusty acercndose a la 
cama-. Le promet a Martie que saldramos a cenar, y ya voy 
con retraso. 

-Cumple siempre las promesas que le hagas. Martie es 
especial. 

-Por qu crees que me cas con ella?

-Espero que no se enfade conmigo -dijo Skeet.

-No digas idioteces, anda.

Las lgrimas, largo tiempo reprimidas, brillaron en los ojos de 
Skeet. La quiero un montn, Dusty, ya lo sabes. Martie 
siempre ha sido muy buena conmigo.

-Ella tambin te quiere, hermanito.

-Pues es un club bastante pequeo: "Gente que quiere a 
Skeet". Pero el club de los que quieren a Martie... se es ms 
grande que el Rotario, el Kiwanis* y el de los Optimistas 
juntos.

*Asociacin de profesionales y hombres de negocios estadounidenses para el fomento 
de la tica empresarial y la realizacin de obras benficas.

A Dusty no se le ocurri nada para animarlo, pues la 
observacin de Skeet era la pura verdad.

El chico, sin embargo, no se haba expresado de aquel modo 
por autocompasin.

-La verdad, to, es una carga que no me gustara llevar sobre 
mis hombros. Te has parado a pensarlo? La gente que te 
quiere espera cosas de ti, y eso es toda una responsabilidad. 
Cuanta ms gente te quiere... En fin, es un crculo vicioso, el 
cuento de nunca acabar.

-Qu duro es el cario, eh?

Skeet asinti.

-Que si es duro...? Anda, ve e invita a Martie a una buena 
cena y una botella de vino, y no olvides decirle lo guapa que 
es.

Nos vemos maana -prometi Dusty cogiendo la correa de 
Valet y abrochndosela al collar.

Aqu estar -bronce Skeet. Ser el de la escayola de cuello 
para abajo.

Mientras Dusty cruzaba la puerta seguido por valet, Jasmine 
se acerc a la cama blandiendo un esfignomanmetro.

-Tengo que tomarte la tensin, chupaflor.

-S, seora respondi Skeet.

La insidiosa sensacin de extraeza, una vez ms. Ni caso. 
Cansancio. Imaginaciones. Se le pasara con una copa de vino 
y el primer vistazo al rostro de Martie.

Camino del ascensor, las uas de Valet araaban 
rtmicamente el suelo de baldosas de vinilo del pasillo.

Enfermeros y auxiliares sonrean al animal. "Hola, amiguito." 
"Sabes que eres una monada?, "Pero qu perro ms 
simptico..."

El celador que comparti el ascensor con Dusty y Valet 
conoca el punto exacto detrs de las orejas de los perros 
que, acariciado con suavidad, haca que sus ojos adoptaran 
una miradas soadora.

-Yo tambin tuve un golden. Una perrita muy cariosa que se 
llamaba Sassy. Tena cncer, y hubo que dormirla hace cosa 
de un mes. -La voz del hombre tembl levemente al 
pronunciar la palabra dormirla-. No haca ni caso del disco 
volador, pero se pasaba el da persiguiendo pelotas de tenis.

Valet tambin dijo Dusty. Cuando le tiras la segunda pelota 
no suelta la primera, te trae las dos a la vez, con los mofletes 
hinchados como si le hubieran salido paperas. No piensa 
tener otro?         

Por ahora no respondi el hombre, que quera decir no hasta 
que el dolor por la prdida de Sassy remitiera un tanto.

En la planta baja, en la sala de descanso adyacente al 
vestbulo, tres grupos de cuatro pacientes jugaban a las 
cartas sentados alrededor de sendas mesas. Sus 
conversaciones y su risa fcil, el roce de las cartas y los 
suaves compases del viejo swin de Glenn Miller que sonaba 
en la radio transmitan tal sensacin de placidez que 
cualquiera se hubiera credo ante una reunin de amigos en 
un club de campo, una casa parroquial o un domicilio 
particular en vez de ante una coleccin, temblorosa en lo 
fsico y desesperada en lo psquico, de individuos de clase 
media y media alta fumadores de crack, esnifadores de 
farlopa, pirados del popper, fanticos del LSD, comedores de 
cactus y adictos al caballo con las venas como quesos suizos.

En un mostrador cercano a la entrada principal, un celador 
montaba guardia para asegurarse de que, tras la marcha 
prematura de un paciente obstinado, sus familiares o los 
agentes judiciales, segn el caso, recibieran una inmediata 
llamada telefnica.

En esos momentos, el turno de vigilancia corresponda a un 
cincuentn vestido con pantalones caqui, camisa azul claro, 
corbata roja y chaqueta sport azul marino de cuya solapa 
penda una tarjeta de identificacin que rezaba WALLY CLARK. 
Estaba leyendo una novela rosa. Rechoncho y con hoyuelos, 
bien afeitado y levemente oloroso a aromtica locin, con los 
indulgentes ojos azules de un dedicado pastor de almas y una 
sonrisa lo bastante dulce -aunque no demasiado para sustituir 
al vermut en un martini no muy seco, Wally era el sueo de 
cualquier director de reparto de Hollywood para hacer de to 
favorito, mentor fiel, abnegado profesor, amante padre o 
ngel de la guarda del protagonista.

-Me acuerdo de la ltima vez que nos visit su hermano -dijo 
Wally Clark inclinndose hacia delante en la silla para 
acariciar a Valet. No esperaba verlo de nuevo por aqu. Qu 
lstima... Ese chico tiene un corazn que no le cabe en el 
pecho.

-Gracias.

-Sola bajar a echar una partida de backgammon conmigo. No 
se preocupe, seor Rhodes. Su hermano, en el fondo, tiene lo 
que hay que tener. Estar fuera de aqu en un periquete. Y 
esta vez para siempre.

Fuera, la noche era fra y hmeda, aunque no desagradable. 
Un momentneo claro entre las algodonosas nubes haba 
dejado al descubierto la plateada luna, que patinaba serena 
sobre el lago del cielo.

En el aparcamiento sembrado de charcos, Valet tiraba de la 
correa ansioso por chapotear en todos y cada uno.

Cuando llegaron a la furgoneta, Dusty se volvi hacia la 
clnica. La hacienda, con sus susurrantes palmeras mecidas 
por la adormecedora brisa, sus buganvillas enroscadas en los 
pilares del prtico y cadas sobre los arcos como recargadas 
colchas, hubiera podido ser el hogar de Morfeo, el dios griego 
de los sueos.

Sin embargo, Dusty no consegua ahuyentar la persistente 
sospecha de que tras la pintoresca fachada del edificio se 
ocultaba otra realidad mucho ms siniestra: un lugar de 
incesante actividad, de maquinaciones y ajetreos secretos, un 
nido, un avispero en el que un enjambre de pesadilla se 
afanaba en pos de un objetivo atroz.

Tom Wong, el doctor Donklin, Jasmine Hernndez, Wally Clark 
y el resto del personal de Nueva Vida parecan inteligentes, 
capaces, solcitos y compasivos. Nada en su comportamiento 
o actitud justificaba las suspicacias de Dusty.

Puede que su intranquilidad se debiera precisamente al hecho 
de que le parecan demasiado perfectos para ser reales. Si 
uno solo de los empleados de la clnica hubiera sido duro de 
mollera o tardo de odo, brusco o descuidado, tal vez Dusty 
no hubiera sentido aquella incipiente desconfianza respecto a 
la clnica.

Por supuesto, la inusitada competencia, abnegacin y 
simpata del personal significaban tan slo que la direccin de 
Nueva Vida saba lo que se haca. Era evidente que el director 
de personal tena talento para tachar y entrenar a excelentes 
profesionales. Las felices consecuencias estaban a la vista, y 
hubieran debido inspirar gratitud a Dusty, no una paranoica 
sensacin de amenaza.

Pero algo no acababa de cuadrar. Algo que le haca temer por 
la seguridad de Skeet en aquel sitio. Cuanto ms contemplaba 
la hacienda, ms crecan sus sospechas. Para su frustracin, 
segua sin ocurrrsele un motivo.











Las largas hojas de las tijeras de resorte y el cortasetos 
alimentado mediante batera tenan un aspecto tan 
amenazador que Martie consider insuficiente arrojarlos al 
contenedor de basura. No se sentira segura hasta verlos 
reducidos a inservible chatarra.

Los tiles de jardinera de mayor tamao estaban 
cuidadosamente guardados en un armario alto. Rastrillo, 
rastrillo para hojas, pala, azada. Mazo.

Martie dej el cortasetos en el suelo de hormign, donde 
Dusty aparcara la furgoneta cuando llegara, y lo golpe con 
el mazo. Al recibir el impacto de la enorme cabeza roma, el 
cortasetos chirri como si fuera un ser vivo: pero Martie no 
tuvo bastante con el destrozo. Volvi a alzar el mazo y lo 
descarg por segunda vez, por tercera, por cuarta...

Trozos de plstico del mango destrozado, un par de tornillos y 
fragmentos diversos golpearon los armarios prximos y 
rebotaron contra el Saturo. A cada porrazo, los cristales de las 
ventanas vibraban en sus cuarterones y las guijas de 
hormign salan despedidas del suelo.

La granizada de partculas acribillaba el rostro de Martie, que, 
aun comprendiendo que sus ojos peligraban, no se atrevi a 
detenerse para buscar las gafas de proteccin. Quedaba 
mucho por hacer, y el traqueteo de la enorme puerta del 
garaje poda anunciar la llegada de Dusty en cualquier 
momento.

Fue por las tijeras de podar y las arroj al suelo. Las aporre 
con furia hasta hacer saltar el muelle y separar las hojas.

A continuacin, la horca. Golpes y ms golpes, hasta hacer 
astillas el mango de madera. Hasta doblar los dientes y 
convertirlos en un amasijo intil.

Aunque no era el modelo de cuatro kilos, sino el de dos. se 
necesitaban fuerza y equilibrio para manejar el mazo con la 
deseada eficacia destructiva. Sudorosa, jadeante, con la boca 
seca y la garganta abrasada, Martie alzaba y descargaba la 
herramienta una y otra vez con ritmo implacable.

Al da siguiente, se resentira; le doleran todos los msculos 
de los hombros y los brazos, pero en esos momentos el mazo 
la aliviaba tanto que le importaba poco sentirse molida por la 
maana. Una agradable corriente de energa flua por su 
cuerpo, y por primera vez en todo el da Martie tuvo la 
gratificante sensacin de ser duea de sus actos. Cada 
potente mazazo la exaltaba un poco ms; la violenta 
vibracin de los impactos ascenda por el largo mango y, 
transmitida por las manos, le recorra los brazos hasta los 
hombros y el cuello producindole un placer intenso, poco 
menos que ertico. Tragaba aire al levantar el mazo por 
encima de su cabeza, soltaba un gruido al descargarlo, 
emita un inarticulado grito de triunfo cada vez que algo se 
doblaba o parta bajo el aplastante peso...

...hasta que, de pronto, se oy a s misma y comprendi que 
sonaba ms como un animal que como un ser humano.

Resollando, con la maza an entre las manos, Martie apart la 
vista de las destrozadas herramientas y capt su propio 
reflejo en una ventanilla del Saturn. Tena los hombros 
encorvados, la cabeza inclinada hacia delante y ladeada en un 
extrao ngulo, como una asesina indultada cuando ya penda 
de la horca, y el negro pelo erizado y enmaraado como si 
acabara de recibir una descarga elctrica. El desvaro 
deformaba sus facciones hasta hacerla parecer una arpa, y 
en el fondo de sus ojos destellaba un brillo salvaje.

De pronto, sin ton ni son, se acord de una lmina de un libro 
de cuentos que la fascinaba de nia: debajo de un viejo 
puente de piedra, un trasgo se inclinaba sobre una fragua al 
rojo vivo y manejaba el martillo y las tenazas para forjar las 
cadenas y los grilletes que destinaba a sus vctimas.

-Qu le habra hecho a Dusty si hubiera llegado en el 
momento culminante de su frentico martilleo? Qu le hara, 
si llegaba en ese momento?

Un escalofro la sacudi de pies a cabeza, y dej caer el mazo, 
aterrada.











Previendo que volveran tarde, Dusty haba cogido la cena de 
Valet antes de salir de casa y la llevaba en la furgoneta 
dentro de una bolsa de plstico con cierre hermtico: dos 
medidas de galletas secas de cordero con arroz. Las verti en 
un cuenco de plstico, que dej en la acera, junto al vehculo.

Siento que el ambiente sea tan poco hogareo se disculp.

Si el aparcamiento de la clnica hubiera sido un prado 
lujuriante o un tico de ensueo, Valet no se hubiera 
abalanzado sobre su cena con mayor entusiasmo del que 
mostr al instante. Como todos sus congneres, careca de 
pretensiones.

De hecho, los perros poseen tantas cualidades admirables que 
Dusty se preguntaba en ocasiones si Dios no habra creado el 
mundo expresamente para ellos por encima del resto de las 
criaturas. Quiz haba hecho a los humanos a ltima hora, 
para que los perros tuvieran compaeros que les prepararan 
la comida, los cepillaran, les hicieran cumplidos y les frotaran 
la barriga.

Mientras Valet haca los honores a las galletas, Dusty cogi el 
telfono mvil de debajo del asiento del conductor y llam a 
casa. Al tercer tono, salt el contestador automtico.

Imaginando que Martie no estaba de humor para hablar con 
segn quin, dijo:

-Escarlata, soy yo, Rhett. Slo llamaba para decir que, 
despus de todo, s me importa. -No hubo respuesta-. Martie, 
ests ah? -Esper. Luego, prolongando la comunicacin para 
dar tiempo a Martie a llegar al estudio y al contestador desde 
cualquier punto de la casa, aadi: Siento que se me haya 
hecho tarde. Ha sido un da infernal. Llegar en media hora y 
saldremos a cenar. A algn sitio que no podamos permitirnos. 
Estoy hasta la coronilla de ser tan sensato. Piensa en un 
restaurante raro. Es ms, piensa en algn sitio donde te 
sirvan en platos de verdad en vez de en recipientes de 
poliestireno. Si hace falta, ya hipotecaremos la casa.

Una de dos: o no haba odo el telfono o no estaba en casa.

Valet haba dado buena cuenta de las galletas. Us la lengua 
a imitacin de una hlice de avin y empez a darse 
lametones de trescientos sesenta grados por las quijadas y el 
hocico para no desperdiciar ni una migaja.

Cuando iba con el perro, Dusty llevaba siempre una botella 
con agua. Verti un poco en el cuenco azul.

Valet acab de beber, y echaron a andar por los mal 
iluminados jardines que contorneaban tres de las fachadas de 
la clnica Nueva Vida. En principio, el paseo tena la finalidad 
de dar ocasin al animal para que hiciera sus necesidades; no 
obstante, era la excusa perfecta para inspeccionar el complejo 
edificio con ms detenimiento.

Aun en el caso de que la clnica fuera menos digna de 
confianza de lo que aparentaba, Dusty no tena la menor idea 
de dnde buscar pistas sobre su verdadera naturaleza. No 
esperaba encontrar una puerta disimulada que diera acceso a 
la vasta guarida subterrnea de un villano tan extravagante 
como los antagonistas de James Bond. Ni sorprender al 
desalmado mayordomo del Conde Drcula mientras 
trasladaba subrepticiamente el fretro del sanguinario 
aristcrata desde una carroza fnebre hasta el stano de la 
clnica. En los albores del nuevo milenio, lo que sobraba en el 
sur de California eran criaturas mucho ms estrambticas que 
Goldfinger o los vampiros, aunque por el momento ninguna 
de ellas pareca estar de ronda por el vecindario.

Las sospechas de Dusty parecan ms que infundadas ante la 
absoluta normalidad de los alrededores de la clnica. El csped 
estaba bien cuidado y la tierra, ligeramente blanda debido a 
las recientes lluvias. Los arbustos, podados con esmero. Las 
sombras nocturnas no eran ms que sombras.

Valet, que se asustaba a la primera de cambio, se senta tan a 
gusto en aquel sitio que acab su faena sin nerviosos 
titubeos, y al ambarino resplandor de un foco, lo que permiti 
a su amo borrar las huellas del delito con facilidad.

La inconfundible y repleta bolsa azul proporcion a Dusty un 
pretexto inmejorable para examinar la calleja posterior a la 
clnica, en la que el firme no estaba flanqueado de csped. 
Mientras localizaba un contenedor de basura y se deshaca de 
la bolsa, ech un vistazo a la tachada ms humilde del 
edificio: la entrada de servicio y la de los proveedores, un 
montn de cajas y un segundo contenedor.

Ni l ni su cuadrpedo doctor Watson descubrieron nada 
anormal en la calleja, aunque junto al segundo contenedor 
Valet encontr la grasienta cajita de un Big Mac, que no se 
hubiera cansado de husmear y lamer durante seis o siete 
horas.

Salieron del callejn y, mientras recorran de nuevo el jardn 
de la fachada sur de la clnica, Dusty levant la vista hacia la 
habitacin de Skeet... y vio a alguien de pie junto a la 
ventana. Iluminado desde atrs por la lmpara con tulipa, era 
una silueta irreconocible.

Aunque el ngulo de visin de Dusty resultaba engaoso, el 
individuo pareca demasiado alto y ancho de hombros para 
ser Skeet o el doctor Donklin. Tom Wong no volvera hasta la 
maana siguiente, pero tampoco l encajaba con la 
constitucin del desconocido.

Dusty no poda distinguir las facciones del hombre, ni siquiera 
el vago brillo de sus ojos. Sin embargo, estaba seguro de que 
lo observaba.

Como si mantuviera un duelo de miradas con un fantasma, 
Dusty sigui con los ojos fijos en la ventana hasta que, con la 
ectoplsmica fluidez de un aparecido, la oscura forma se 
apart de los cristales y se perdi de vista.

Dusty consider la posibilidad de correr hasta la habitacin de 
su hermano para averiguar la identidad del desconocido. 
Pero, casi con toda certeza, sera un miembro del personal. U 
otro enfermo, de visita en la habitacin de Skeet.

Por otro lado, si las tozudas sospechas de Dusty eran 
fundadas, y no pura paranoia, si el individuo de la ventana 
tena malas intenciones, no seguira rondando a Skeet 
despus de verlo Dusty. Indudablemente, se habra 
esfumado.

El sentido comn se opona a la desconfianza. Skeet no tena 
dinero ni poder, ni perspectivas de tenerlos. No tena nada 
que pudiera justificar una alambicada conspiracin para 
arrebatrselo.

Adems, cualquier enemigo -en el improbable caso de que el 
buenazo de Skeet tuviera alguno- comprendera que era 
absurdo romperse la cabeza urdiendo retorcidas 
maquinaciones para atormentar y destruir al chico. Dejado a 
su aire, Skeet se torturara a s mismo con mayor 
encarnizamiento que el ms sdico de los verdugos, y 
seguira hacindolo diligentemente hasta autodestruirse.

Puede que aqulla ni siquiera fuera la habitacin de Skeet. 
Dusty estaba convencido al mirar por primera vez, pero...Tal 
vez la ventana del chico estuviera ms a la izquierda.

Solt un suspiro. El siempre solidario Valet suspir con l. 

-Colega, estoy perdiendo la chaveta -le dijo Dusty.

Estaba ansioso por volver a casa con Martie, por dejar atrs la 
locura de aquel da y volver a la realidad.











Lizzie Borden coge un hacha y a su marido despacha.

El estpido pareado sonaba una y otra vez en la cabeza de 
Martie, cortando el hilo de sus ideas hasta el punto de 
impedirle concentrarse.

El banco de trabajo del garaje dispona de un torno de husillo. 
Tras inmovilizar el hacha con un cepo, Martie hizo girar la 
manivela hasta tensar las mandbulas sobre el mango.

Venciendo su repugnancia a duras penas, consigui empuar 
una sierra para metales con mango en forma de pistola. Era 
una herramienta peligrosa, aunque no tan temible como el 
hacha, que deba inutilizar sin prdida de tiempo. Despus le 
llegara el turno a la sierra.

Aplic la sierra al cuello del palo. La hoja de acero colado 
seguira siendo mortfera aun separada del mango, pero el 
hacha intacta era mucho ms letal que cualquiera de sus 
partes.

Lizzie Borden coge un hacha y a su marido despacha.

La hoja de la sierra rechin, resbal sobre el mango, rechin 
de nuevo y produjo apenas una estra superficial en la 
madera. Martie la arroj al suelo.

El arsenal de herramientas inclua dos sierras de carpintero. 
Una serva para cortar al hilo, en el sentido de las fibras de la 
madera; la otra, transversalmente, para tronzar; pero Martie 
no las distingua. Tras un momento de vacilacin, prob 
ambas, pero ninguna la satisfizo.

Satisfecha del trabajo, le atiza un ltimo tajo.

Entre los aparatos elctricos haba una sierra alternativa con 
una hoja tan impresionante que Martie tuvo que armarse de 
valor para enchufarla, empuarla y ponerla en marcha. Al 
principio, la mquina vibr violentamente y el filo resbal 
sobre el roble sin apenas producir resultados; pero, en cuanto 
los aplic con fuerza, los dientes calaron en la madera con un 
zumbido hasta desgajar la hoja del hacha, que cay sobre el 
banco de trabajo con unos centmetros de mango.

Martie apag el aparato y lo dej en el banco. Abri las 
mandbulas del tornillo. Sac el mango del hacha y lo arroj al 
suelo.

A continuacin, decapit el mazo.

Luego, la pala. El mango, ms largo, dificultaba la tarea. 
Inmovilizarlo en el tornillo result ms difcil que con el hacha 
o el mazo. La sierra elctrica cort la madera, y la plancha de 
la pala reson contra el banco de trabajo.

Serr la azada.

El rastrillo.

Qu ms?

Una alzaprima. Acabada en punta por un extremo y en un 
gancho para hacer palanca por el otro. Acero macizo. 
Imposible serrarla.

La us para aporrear la sierra. Acero contra acero, acero 
contra hormign, resonando en el garaje como en una 
enorme campana.

Haba conseguido destrozar la sierra, pero segua empuando 
la palanca. Era tan peligrosa como la maza que la haba 
inducido a usar las sierras.

Estaba como al principio. No haba conseguido nada. En 
realidad, la palanca era ms peligrosa que la maza, porque 
resultaba ms fcil de manejar.

Se senta impotente. No podra convertir la casa en un lugar 
seguro, no lo conseguira ni en una sola habitacin, ni en un 
solo rincn de una habitacin. Sera imposible mientras ella 
viviera all. Ella, no un objeto inanimado, era quien tena 
aquellas ideas atroces; ella, la nica amenaza.

Hubiera acabado antes inmovilizando la sierra alternativa 
entre las mandbulas del tornillo. Ponindola en marcha y a 
continuacin amputndose las manos.

Aferraba la palanca del mismo modo que haba empuado la 
maza. Su mente era un torbellino de imgenes sangrientas 
que la aterrorizaban.

El motor de la puerta del garaje arranc con estrpito. Las 
hojas traquetearon y la puerta empez a plegarse al tiempo 
que Martie se volva hacia ella.

Los neumticos, los faros, el parabrisas, Dusty en el asiento 
del conductor, Valet a su lado. La normalidad sobre ruedas, 
entrando en la particular pesadilla de Martie. Llevaba 
temiendo aquel choque de universos desde el momento en 
que la vvida imagen mental de la llave de coche clavada en 
un ojo de Dusty- haba hecho que su corazn cayera como un 
ascensor ultrarrpido y el almuerzo le subiera a la boca como 
un contrapeso.

-Aljate de m! -grit Martie-. Por amor de Dios, aljate de 
m! No s lo que me pasa...

Casi con la efectividad de un espejo, la expresin de Dusty le 
revel lo alterada -lo trastornada-- que deba de parecer.

-Dios mo...

Martie solt la palanca, pero la hoja del hacha y la cabeza de 
la maza seguan sobre el banco de trabajo, al alcance de su 
mano. Nada ms fcil que abalanzarse sobre ellas y arrojarlas 
contra el parabrisas.

La llave. El ojo. Clavar y retorcer.

De pronto, cay en la cuenta de que no se haba deshecho de 
la llave del coche. Cmo era posible que no la hubiera 
eliminado nada ms llegar a casa, antes de enfrentarse a los 
cuchillos, el rodillo, los tiles de jardinera y todo lo dems? 
Si, como tema, la visin que haba sufrido era premonitoria, 
si aquel acto de violencia atroz era inevitable, nada hubiera 
debido urgirle ms que machacar la llave del coche y arrojarla 
al tundo del contenedor de basura.

Aparece Dusty, y en consecuencia empieza el siguiente nivel 
del juego, en el que la insignificante llave del nivel 1 se 
convierte en un objeto poderoso y mgico, equivalente al 
Anillo Unico el Seor de todos los Anillos de Poder, que debe 
ser devuelto a Mordor y destruido en el Fuego del que surgi, 
que debe ser fundido antes de que pueda servir al vial. Pero 
aquello no era ningn juego. Aquellos horrores eran reales. 
Cuan-do brotara, la sangre sera hmeda, espesa y caliente, 
no un conglomerado bidimensional de pixeles rojos.

Martie dio la espalda a la furgoneta y corri hacia el interior 
de la casa. La llave del coche no estaba en el tablero de la 
cocina, su sitio habitual. En la mesa no haba otra cosa que el 
vaso de gingerale, empaado y lleno a medias, sobre un 
posavasos de corcho.

La gabardina, colgada en una silla. Los dos bolsillos hondos. 
En uno, pauelos de papel. En el otro, la novela.

Ni rastro de la llave.

Dusty la llamaba desde el garaje. Habra bajado de la 
furgoneta y estara amovindose torpemente entre la chatarra 
con que Martie haba embrago el suelo de hormign. Su 
llamada sonaba cada vez ms fuerte, ms cerca.

Martie sali de la cocina, corri por el pasillo, atraves el 
comedor y el saln, lleg al recibidor y se abalanz hacia la 
puerta de la calle con el nico propsito de poner tierra de por 
medio entre Dusty y ella. Era incapaz de prever el siguiente 
paso de su loca huida, de decidir adnde iba, qu pensaba 
hacer. Lo nico que le importaba era alejarse de su marido 
para estar segura de que no podra hacerle dao.

La pequea alfombra persa del recibidor resbal sobre el 
parqu de roble encerado, y Martie hizo surf por el suelo unos 
instantes, acab perdiendo el equilibrio y cay con fuerza 
sobre el costado derecho.

Al golpear el machihembrado con el codo, un violento 
espasmo le recorri los nervios del antebrazo y le estall en la 
mano. Sinti una punzada en la cadera, y sus costillas 
vibraron dolorosamente.

El dolor ms inquietante fue el menos agudo: un pinchazo en 
el muslo derecho, intenso pero fugaz. Se haba clavado algo 
que llevaba en el bolsillo derecho de los vaqueros, algo que 
identific de inmediato.

La llave del coche.

Era la prueba irrefutable de que no poda fiarse de s misma. 
En algn repliegue de su mente, mientras buscaba con la 
mirada en el tablero de la cocina, sobre la mesa, mientras 
hurgaba frenticamente en los bolsillos de la gabardina, saba 
sin duda que llevaba la llave en el bolsillo. Se haba engaado 
a s misma, y no haba razn para ello a menos que tuviera la 
intencin de emplear la llave para cegar, para matar. Su 
interior albergaba otra Martie, la desequilibrada personalidad 
que la aterraba, una criatura capaz de cualquier atrocidad y 
ansiosa por cumplir la escalofriante premonicin: la llave, el 
ojo, clavar y retorcer.

Se levant del suelo como pudo y corri hacia la puerta 
acristalada.

En ese preciso instante, Valer se empin contra el exterior de 
la hoja con las patas apoyadas en la base de la vidriera 
emplomada, las orejas tiesas y la lengua Riera. Los 
innumerables cuadrados, rectngulos y crculos de cristal 
biselado, puntuados por diminutos poliedros y cuentas 
redondeadas, transformaban la cabeza del animal en un 
retrato cubista que resultaba cmico y demonaco al mismo 
tiempo.

Martie se apart de la puerta, no porque la asustara Valet, 
sino porque tema hacerle dao. Si era realmente capaz de 
atacar a Dusty, el confiado animal an corra ms peligro.

-Martie? -oy llamar a Dusty desde la cocina.

No respondi.

-Martie, dnde ests? Qu te pasa?

La escalera. Deprisa, en silencio, subiendo los peldaos de 
dos en dos, cojeando ligeramente a causa del dolor en la 
cadera. Agarrndose a la barandilla con la mano izquierda. 
Buscando en el bolsillo con la derecha.

Lleg arriba con el puo apretado alrededor de la llave, que 
asomaba la plateada punta entre sus dedos crispados. Un 
diminuto pual.

Poda tirarla por una ventana. A la oscuridad. Lanzarla hacia 
lo ms espeso de los arbustos, o ms all de la valla, al patio 
de los vecinos, donde no le fuera fcil recuperarla.

En la penumbra del pasillo, sin ms luz que la procedente del 
recibidor. Martie se qued inmvil e indecisa, pues no todas 
las ventanas podan abrirse. Algunas eran batientes fijos. De 
las otras, seguro que ms de una, hinchada tras un da de 
constante lluvia, no sera fcil de abrir.

La llave. El ojo. Clavar y retorcer.

Se le acababa el tiempo. Dusty la encontrara de un momento 
a otro.

No poda detenerse, no poda arriesgarse a probar suerte con 
una ventana que tal vez estuviera atascada y permitir que 
Dusty le diera alcance antes de que se hubiera 
desembarazado de la llave. Cuando lo tuviera delante, poda 
estallar, poda cometer una de las aberrantes enormidades 
que la haban obsesionado toda la tarde. Muy bien, entonces, 
al bao grande. Echara la maldita llave al retrete y tirara de 
la cadena.

Absurdo.

"Hazlo. Vamos, vamos, hazlo, absurdo o no."

En el porche delantero, con el hocico pegado a los cristales de 
la puerta, Valet, tan silencioso habitualmente, empez a 
ladrar.

Martie entr en el dormitorio principal como una exhalacin y 
encendi la luz del techo. Dio unos pasos hacia el bao... pero 
se detuvo cuando su mirada, rpida y cortante como una 
guillotina, cay sobre la mesilla de Dusty.

En su frentica obcecacin por convertir la casa en un lugar 
seguro, se haba deshecho de cacharros tan inofensivos como 
el pelapatatas y los pinchos para el maz, pero no haba 
pensado ni por un instante en el objeto ms peligroso de la 
casa, un arma que no era otra cosa que un arma, que no 
serva para amasar o rallar queso: la 45 semiautomtica que 
haba comprado Dusty como arma de defensa.

Una muestra ms de su habilidad para engaarse a s misma. 
La Otra Martie -La violenta personalidad aletargada en su 
interior tanto tiempo, pero despierta al fin- la haba enredado 
en sus hilos, alimentando su histeria, distrayndola hasta el 
penltimo momento, cuando ms disminuida tena su 
capacidad de pensar con claridad y actuar racionalmente, 
cuando Dusty estaba cerca y acercndose por momentos, y 
ahora dejaba -no, exiga- que se acordara de la pistola.

En el recibidor, Dusty se dirigi al perro a travs de la vidriera 
de la puerta:

-Sintate! Valet, sintate! -le orden, y el animal se sent y 
dej de ladrar.

Al poco de comprar la pistola, Dusty se haba empeado en 
ensear a Martie a disparar. Haban ido a una pista de tiro 
diez o doce veces. Ni le gustaban las armas, ni quera aqulla 
en casa, aunque reconoca la conveniencia de saber 
defenderse en un mundo donde el progreso y la barbarie 
parecan correr parejos. Martie haba acabado manejando el 
arma, una versin personalizada en acero inoxidable del Colt 
Commander, con sorprendente destreza.

-Buen chico -oy decir a Dusty en premio a la obediencia de 
Valet.

Martie quera deshacerse del Colt desesperadamente. Dusty 
no estara seguro mientras la pistola siguiera en casa. Nadie 
estara seguro en todo el vecindario mientras Martie pudiera 
echar mano de una pistola.

Fue hacia la mesilla.

"Por lo que ms quieras, djala en el cajn."

Abri el cajn.

-Martie, cario, dnde ests? Qu te pasa?

Estaba en la escalera, subiendo.

-Vete! dijo Martie, que, en lugar de gritar, haba emitido un 
gemido agudo, porque el miedo le contraa la garganta y 
porque le faltaba el aliento, pero quiz tambin porque la 
asesina que llevaba dentro no quera alejar a Dusty.

Dentro del cajn, entre una caja de pauelos de papel y el 
mando a distancia del televisor, el mortecino brillo de la 
pistola: el destino, su oscuro destino, materializado en una 
hermosa maquinaria de acero.

Como la carcoma, con el mismo tic-tic de mandbulas 
horadando madera, la Otra Martie abra galeras en su carne, 
perforaba sus huesos y mascaba las fibras de su alma.

Cogi el Colt. Con su mecanismo de accin simple, su 
inapreciable retroceso y su cargador de siete balas que en 
teora no se encasquillaba nunca, era el instrumento ideal 
para la defensa personal y la distancia corta.

Cuando fue a apartarse de la mesilla, pis algo. Slo entonces 
comprendi que haba dejado caer la llave del coche.











Caer de un tejado no lo haba asustado tanto como aquello, 
porque ahora no tema por su vida, sino por la de Martie.

Cuando solt la palanca y sali corriendo, tena los rasgos tan 
marcados como los de un actor de kabuki. El cutis, plido y 
liso, como untado de base blanca. Los ojos, resaltados, no 
con pintura negra, sino con angustia. La herida roja de la 
boca.

"Aljate de m! Por amor de Dios, aljate de m! No s lo 
que me pasa..."

A pesar del ruido del motor, haba odo su advertencia, el 
terror que distorsionaba su voz.

El garaje, sembrado de chatarra. El desbarajuste de la cocina. 
El contenedor en el porche trasero, junto a la puerta abierta, 
rebosante de todo menos de basura. No entenda nada.

El relente nocturno entraba por la puerta del porche, y el piso 
inferior estaba helado. Apenas costaba imaginar que parte de 
aquel fro se deba a la presencia de un glido espritu que se 
haba colado por una puerta invisible desde algn sitio 
infinitamente ms extrao que el porche trasero.

Los candeleros de la mesa del comedor parecan translcidos 
y reflectantes, como tallados en hielo.

En la sala de estar, las figurillas de cristal, los tiles de latn 
de la chimenea y las lmparas de porcelana lanzaban 
destellos glaciales. En el reloj de pie, el tiempo se haba 
congelado a las once en punto.

Haban encontrado el reloj en una tienda de antigedades, 
durante su luna de miel, y lo haban adquirido a buen precio. 
No les importaba que no funcionara, ni tenan intenciones de 
hacerlo reparar. Les pareci un buen presagio que se hubiera 
detenido a la misma hora en que se celebr su boda.

Tras acallar a Valet, Dusty decidi dejarlo fuera por el 
momento y corri escaleras arriba. Aunque el aire era mas 
clido conforme suba, segua sintiendo el fro que le haba 
calado hasta los huesos al ver el rostro torturado de Martie.

La encontr en el dormitorio principal. De pie junto a la cama, 
empuando el Colt 45.

Haba extrado el cargador. Murmurando para s 
frenticamente, haca saltar las balas una a una. Proyectiles 
con funda de acero y punta hueca.

Sac otro y lo lanz lejos. La bala golpe el espejo sin 
romperlo, cay en el tocador y rod hasta detenerse entre los 
peines y cepillos de adorno.

Al principio, Dusty no consigui entender lo que deca, pero 
acab descifrndolo:

-...llena eres de gracia, el Seor es contigo, bendita t eres 
entre todas las mujeres...

Con voz susurrante y atiplada por la angustia, una voz que 
casi pareca la de una nia aterrorizada, Martie rezaba el 
avemara y desgranaba balas, como si los proyectiles fueran 
cuentas de rosario y estuviera cumpliendo penitencia con la 
oracin.

Mientras la miraba desde el umbral, Dusty sinti que el miedo 
por Martie le hencha el corazn cada vez ms, hasta que la 
presin le hizo dao en el pecho.

Martie lanz otra bala, que rebot en la cmoda, y en ese 
momento lo vio en la puerta. Aunque ya estaba lo bastante 
plida como para subirse a un escenario de kabuki, su rostro 
se volvi blanco como el papel.

-Martie...

-No! farfull ella al verlo dar un paso hacia el interior del 
dormitorio.

Martie solt la pistola sobre la alfombra y le dio tal puntapi 
que el arma atraves toda la habitacin y golpe con tuerza 
una de las puertas del armario.

-Martie, soy yo...

-Sal de aqu, sal de aqu!

- Es que me tienes miedo?

Tengo miedo de m misma! -Sus dedos, afilados y blancos, 
hurgaban en el cargador con tenacidad de carroero 
intentando sacar otra bala. Por amor de Dios, corre!

-Martie, qu...?

-No te me acerques, ni se te ocurra acercarte, no te fes de m 
-dijo Martie con una voz tan aguda, temblorosa y apremiante 
como la de un equilibrista a punto de perder el equilibrio-. 
Estoy mal, estoy fuera de m...

-Cario, escucha, no voy a ir a ningn sitio hasta que me 
digas qu te ocurre, qu ha pasado aqu -asegur Dusty 
dando otro paso hacia ella.

Con un gemido de desesperacin, Martie arroj la bala y el 
cargador en diferentes direcciones, aunque ninguno hacia 
Dusty, y corri hacia el cuarto de bao.

Dusty corri tras ella.

-Por favor... -suplic Martie esforzndose por cerrarle la 
puerta del bao.

Slo un minuto antes, Dusty no habra podido imaginar una 
situacin en que fuera capaz de emplear la violencia contra 
Martie; en esos momentos, sinti que se le revolva el 
estmago mientras forcejeaba con ella. Introduciendo una 
rodilla entre la hoja y el marco, intent abrirse paso 
empujando con el hombro.

De improviso, Martie dej de resistir y retrocedi hacia el 
interior del bao.

La puerta se abri de golpe y produjo tal estrpito que Dusty 
hizo una mueca mientras entraba trastabillando.

Martie sigui retirndose hasta chocar con la mampara de la 
ducha.

Sin perderla de vista, Dusty sujet la hoja, que haba 
rebotado en el tope de caucho. Tante en busca del 
interruptor y encendi el fluorescente del aplique que 
iluminaba las pilas gemelas.

La cruda luz rebot contra los espejos, la loza, los azulejos 
blancos y verdes... contra los accesorios niquelados, brillantes 
como acero quirrgico.

Martie tena la espalda pegada al cristal de la mampara. Los 
ojos, cerrados. El rostro, contrado. Los puos, apretados 
contra las sienes.

Aunque se movan con rapidez, sus labios no emitan ningn 
sonido, como si el terror la hubiera enmudecido.

Dusty supuso que volva a rezar.

Avanz tres pasos y le toc el brazo.

Tan estremecedoramente azules y agitados como un mar 
embravecido, sus ojos se abrieron de golpe.

-Vete de una vez!

Sobresaltado por su vehemencia, Dusty retir la mano.

La goma de la puerta solt un chirrido, y Martie descorri la 
mampara, pas un pie sobre el borde del plato y retrocedi 
hasta el interior de la ducha.

-No sabes lo que podra hacer, Dios mo, no te puedes 
imaginar... no puedes concebir lo salvaje y cruel que...

Antes de que pudiera cerrar la mampara, Dusty alarg la 
mano y la sujet.

-Martie, no te tengo miedo.

-Deberas tenerlo, tienes que tenerlo...

-Dime qu te pasa -le pidi Dusty, desconcertado.

Las vetas de sus ojos azules parecan grietas en un grueso 
vidrio, y sus negras pupilas, agujeros de bala.

Las palabras estallaron en sus labios como esquirlas de 
cristal:

-Hay algo dentro de m que no puedes ver, otra Martie 
escondida en mi interior, llena de odio, ansiosa por hacer 
dao, apualar, aporrear... O, si no hay otra, si simplemente 
soy yo, entonces no soy la persona que siempre haba credo 
ser, soy un ser retorcido y horrible, horrible...

Dusty no haba sentido un miedo tan profundo ni en sus 
peores pesadillas ni en los momentos ms desesperados de 
su corta vida, ni haba admitido, en la imagen que tena de s 
sismo como hombre, la posibilidad de que el pnico llegara a 
humillarlo hasta tal punto.

Presenta que Martie, tal como siempre la haba conocido, se 
le escapaba de las manos, inexplicable pero inexorablemente 
absorbida por un remolino psicolgico tan extrao como un 
agujero negro en el extremo ms alejado del universo, y que, 
si quedaba algo de ella cuando el vrtice se cerrara, sera tan 
enigmtico como una forma de vida extraterrestre.

Aunque hasta ese momento ignoraba cunto miedo era capaz 
de sentir, Dusty siempre haba sabido que, si le faltaba 
Martie, el mundo se convertira para l en un lugar inhspito. 
La perspectiva de vivir sin ella, solitario y sin alegras, era la 
fuente del terror que le estrujaba las entraas.

Martie sigui alejndose de la mampara y se acurruc en el 
rincn con los hombros adelantados, los brazos cruzados 
sobre el pecho y los puos encajados en las axilas. Pareca 
toda huesos -rodillas, caderas, codos, omoplatos, crneo , 
como si su esqueleto pugnara por escapar de la carne que lo 
cubra.

Cuando Dusty se meti en la ducha, la voz de Martie reson 
contra las paredes de azulejos:

-Por amor de Dios, no... Aljate de m!

-Djame ayudarte.

-Cario, no... -murmur Martie con el rostro descompuesto y 
la boca torcida y temblorosa-. No te me acerques...

-Te ocurra lo que te ocurra, djame ayudarte.

Dusty alarg la mano, pero Martie, que no poda alejarse 
ms, se desliz por la pared hasta quedar sentada en el plato 
de la ducha. Dusty se puso de rodillas.

Al sentir la mano de l en el hombro, un espasmo de pnico la 
oblig a gritar:

-La llave!

-Qu

-La llave, la llave! Sac los puos de debajo de los brazos y 
se los mir. Abri los dedos de golpe y, al ver que tena 
vacas ambas palmas, su rostro adquiri una expresin de 
asombro, como si un mago le hubiera escamoteado una 
moneda o un pauelo de seda de entre las manos sin que 
sintiera nada-. No, la tena, tengo que tenerla, la llave del 
coche, la tengo en algn sitio! farfull, y se tent los bolsillos 
de los vaqueros frenticamente.

Dusty record haberla visto en el suelo, cerca de la mesilla de 
noche. 

-Se te ha cado en el dormitorio.

Martie lo mir con incredulidad, pero al cabo de un momento 
pareci acordarse.

-Lo siento. Siento lo que te habra hecho. Clavrtela, 
retorcerla. Oh, Dios alo... musit, y se estremeci de pies a 
cabeza.

La vergenza rebos de sus ojos y, extendindose por su 
rostro, ti levemente su cutis anormalmente plido.

Cuando Dusty trat de rodearla con los brazos, Martie se 
resisti y repiti angustiada que no confiara en ella, que se 
protegiera los ojos, porque, aunque no tuviera la llave, 
llevaba uas postizas lo bastante agudas para sacrselos... 
De pronto, intent arrancrselas, se las ara con furia, y el 
material sinttico rechin con el insectil clic-clic-clic de un 
escarabajo encaramndose sobre otro. Al cabo de un 
momento, Dusty dej de intentar abrazarla y, soltando una 
maldicin, la abraz sin contemplaciones, venci su 
resistencia y, obligndola a acurrucarse en sus amorosos 
brazos, la atrajo hacia s con fuerza, como si su propio cuerpo 
fuera un pararrayo capaz de descargarla de su ansiedad. 
Martie se puso rgida, se encerr en un caparazn emocional 
y, aunque estaba completamente ovillada, se contrajo an 
ms, hasta el punto de hacer pensar a Dusty que el 
formidable peso de sus miedos seguira aplastndola, 
condensndola hasta volverla tan slida como una piedra, tan 
dura como un diamante, hasta hacerla implosionar en un 
agujero negro de su propia creacin y desaparecer en el 
universo paralelo en el que por unos instantes haba 
imaginado que estaba la llave del coche al no vrsela en las 
manos. Dusty sigui abrazndola con firmeza, mecindose 
con ella sobre el plato de la ducha, dicindole que la quera, 
que estaba loco por ella, que su mujercita no era un malvado 
orco, sino un bondadoso hobbit, que bastaba con verle los 
dedos gordos de los pies que haba heredado de Bob El 
Risueo, extraos, nada femeninos, pero encantadores, 
diciendo todo lo que crea que podra hacerla sonrer. Si 
sonrea o no, Dusty no hubiera podido decirlo, porque Martie 
tena la cabeza agachada y la cara oculta. No obstante, al 
cabo de un rato, dej de resistirse. Instantes despus, relaj 
el cuerpo y le devolvi el abrazo, con miedo al principio, 
confiadamente poco a poco, hasta que al fin se abri por 
entero y se aferr a l como l se aferraba a ella, con amor 
desesperado, con la clara conciencia de que sus vidas haban 
cambiado para siempre y con la turbadora sensacin de que a 
partir de ese Momento una amenaza formidable y 
desconocida penda sobre sus cabezas.	










Cuando acab el telediario, Susan Jagger recorri el piso para 
sincronizar todos los relojes con su reloj digital de pulsera. Lo 
haca todos los martes por la noche a la misma hora.

En la cocina, el horno y el microondas disponan de sendos 
relojes, y un tercero colgaba de la pared. En el cuarto de 
estar, sobre la repisa de la chimenea, haba un elegante reloj 
modernista alimentado con pilas. En el dormitorio, un 
despertador con radio sobre la mesilla de noche.

Por regla general, ninguno se adelantaba o atrasaba ms de 
un minuto a la semana, pero Susan los pona en hora 
rutinariamente.

A lo largo de diecisis meses de aislamiento casi absoluto y 
ansiedad crnica, rituales como aqul la haban ayudado a 
mantenerse cuerda.

Haba establecido complejas reglas para realizar cualquier 
tarea domstica, y se atena a ellas con no menos rigor que 
un ingeniero siguiendo el manual operativo de una central 
nuclear, donde la menor imprecisin puede provocar la fusin 
accidental del ncleo. Encerar los suelos o barnizar los 
muebles se haban convertido en empresas interminables que 
llenaban horas por lo dems vacas. Llevar a cabo cualquier 
actividad con el mayor escrpulo y de acuerdo a estrictas 
normas personales le proporcionaba una sensacin de control 
que la tranquilizaba, por ms que en su fuero interno la 
supiera ilusoria.

Despus de sincronizar los relojes, Susan fue a la cocina para 
preparar la cena. Ensalada de tomates y endivias. Pollo al 
marsala.

Cocinar era su tarea favorita. Segua las recetas con la 
exactitud de un cientfico, midiendo y combinando 
ingredientes tan cuidadosamente como un fabricante de 
bombas manejando explosivos e inestables productos 
qumicos. Los rituales culinarios y los religiosos son capaces 
como ningn otro de aquietar el corazn y apaciguar la 
mente, tal vez porque los primeros alimentan el cuerpo y los 
segundos, el alma.

Esa noche, Susan no consegua concentrarse en picar, rallar, 
medir y mezclar. El mutismo del telfono la distraa 
constantemente. Estaba ansiosa por hablar con Martie, ahora 
que al fin haba conseguido reunir el coraje necesario para 
contarle lo de su misterioso visitante nocturno.

Hasta no haca mucho, hubiera jurado que poda contarle a 
Martie cualquier cosa con absoluta confianza, sin el menor 
apuro. Durante seis meses, sin embargo, haba sido incapaz 
de mencionar los asaltos sexuales de que era vctima 
mientras dorma.

El motivo de su silencio era la vergenza, pero tambin el 
miedo a que la tomaran por loca. A ella misma le costaba 
creer que la hubieran despojado de la ropa con que dorma, la 
hubieran violado y vuelto a vestir en repetidas ocasiones sin 
que se despertara.

Eric no era un brujo capaz de entrar y salir del piso de entrar 
y salir de la propia Susan sin ser descubierto.

Aunque su marido fuera una persona tan dbil y moralmente 
confusa como deca Martie, Susan se resista a aceptar que la 
odiara tanto como para hacerle aquello, y era indudable que 
slo quien la odiara poda someterla a semejantes abusos. 
Eric y ella se haban querido; su separacin haba estado 
marcada por el dolor, no por el odio.

Si la deseaba, tal vez ella lo aceptara, aun sin la contrapartida 
de apoyarla en la adversidad. No tena ninguna necesidad de 
recurrir a semejantes estratagemas para poseerla contra su 
voluntad.

-Pero, si no era Eric... entonces, quin?

Haba compartido la casa con ella y usado el piso superior 
como estudio, as que quiz saba cmo acceder a l 
eludiendo puertas y ventanas, por increble que pareciera. 
Nadie ms estaba lo bastante familiarizado con la casa como 
para entrar y salir con tanto sigilo.

Empez a temblarle la mano, y derram la sal de la cucharilla 
dosificadora.

Se apart de la encimera y se sec las palmas, 
repentinamente hmedas, en un pao de cocina.

Fue hasta la puerta de la calle y comprob los cerrojos. 
Seguan echados. Como la cadena de seguridad.

Apoy la espalda contra la hoja.

"No estoy loca."

Por telfono, haca un rato, Martie pareca creerla.

Sin embargo, convencer a otras personas no sera tan fcil.

Las pruebas que podan apoyar su afirmacin de haber sido 
violada no eran concluyentes. Unas veces despertaba con la 
vagina irritada, otras, no. En ocasiones tena cardenales del 
tamao de yemas de dedos masculinos en los muslos y los 
pechos, pero no poda demostrar que fueran huellas de un 
violador ni que no se los hubiera hecho ella misma mientras 
realizaba alguna actividad fsica normal.

En cuanto despertaba, saba si el fantasmal intruso la haba 
visitado durante la noche, aunque no estuviera irritada o 
sealada, y aun antes de notar la viscosa sustancia que haba 
dejado en ella, porque se senta violada. Sucia.

Los sentimientos, por desgracia, no servan como pruebas.

El semen era el nico indicio de que haba estado con un 
hombre, pero no demostraba que la hubieran violado.

Por otro lado, ofrecer sus bragas manchadas al examen de las 
autoridades o, peor an, someterse a una exploracin vaginal 
en la sala de urgencias de un hospital era ms de lo que 
podra soportar en su estado actual.

De hecho, su enfermedad, la agorafobia, haba sido el 
principal motivo de su renuencia a confiar en Martie, por no 
hablar de la polica u otros extraos. Aunque las personas 
instruidas saban que agorafobia no era sinnimo de locura, 
pocos podan evitar considerarla un desarreglo "extrao". Y, 
cuando asegurara que la violaban mientras dorma, que el 
culpable era un asaltante fantasma al que nunca haba 
sorprendido, un hombre capaz de atravesar puertas cerradas 
a cal y canto... En fin, hasta su mejor y ms antigua amiga 
poda empezar a creer que la agorafobia, si no una forma de 
locura en s misma, era el primer estadio de una autntica 
enfermedad mental.

Tras comprobar los cerrojos una vez ms, Susan perdi la 
paciencia y fue hacia el telfono. No poda esperar la 
respuesta meditada de Martie ni un minuto mas. Necesitaba 
la confirmacin de que al menos su mejor amiga aceptaba la 
existencia del violador invisible.

Susan marc las cuatro primeras cifras del nmero de Martie, 
pero colg enseguida. Paciencia. Si se mostraba frgil o 
demasiado ansiosa, resultara menos creble.

Decidida a continuar con la salsa marsala, volvi a la cocina; 
pero comprendi de inmediato que estaba demasiado 
nerviosa para que el ritual culinario surtiera efecto. Adems, 
se le haba quitado el apetito.

Abri una botella de Merlot, se llen una copa y se sent a la 
mesa de la cocina. ltimamente beba ms de lo habitual.

Le dio un sorbo al Merlot y levant la copa al trasluz. El caldo 
rub oscuro era transparente, sin rastro de heces.

Durante un tiempo, hubiera jurado que la drogaban. Aunque 
segua temindolo, haba dejado de parecerle una posibilidad 
tan verosmil como antes.

El Rohypnol -elevado por los medios a la categora de droga 
oficial de quienes violaban a las mujeres con las que salan- 
podra ser la explicacin de que permaneciera inconsciente, o 
al menos pasiva, mientras la penetraban, incluso cuando lo 
hacan con violencia. Mezclado con la bebida, provocaba a la 
vctima un estado semejante a la embriaguez avanzada, y la 
dejaba desorientada, aptica, indefensa en definitiva. La 
intoxicacin acababa transformndose en profundo sueo, y 
al despertar la vctima recordaba poco o nada de lo ocurrido 
durante la noche.

Sin embargo, a la maana siguiente a alguna de las visitas de 
su misterioso asaltante, Susan no tena ningn sntoma 
atribuible a la resaca del Rohypnol. Ni el estmago revuelto, 
ni la boca seca, ni la visin borrosa, ni jaqueca con 
palpitaciones, ni restos de desorientacin. Se levantaba como 
siempre, despejada, incluso descansada, aunque con la 
sensacin de que la haban violado.

No obstante, haba cambiado de proveedores repetidamente. 
En ocasiones peda a Martie que le hiciera la compra, pero por 
lo general encargaba los comestibles y dems artculos de 
necesidad a pequeos establecimientos familiares que 
ofrecan reparto a domicilio. Cada vez eran menos los que 
proporcionaban aquel servicio extra, ni cobrando un 
suplemento. Aunque los haba probado todos, 
paranoicamente convencida de que alguien aliaba sus 
alimentos con drogas, cambiar de suministrador no haba 
puesto fin a los abusos nocturnos.

Desesperada, haba buscado la respuesta en lo sobrenatural. 
La biblioteca ambulante la provea de infame subliteratura 
sobre fantasmas, vampiros, demonios, exorcismo, magia 
negra y abducciones extraterrestres.

El repartidor de la biblioteca, dicho sea en su honor, nunca 
haba hecho el menor comentario -ni esbozado el menor 
arqueo de cejas ante la voraz curiosidad de Martie por todo lo 
relacionado con tan peculiar materia. En cualquier caso, su 
mana pareca mucho ms saludable que el inters por la 
poltica contempornea o la vida de los famosos.

Susan se haba sentido especialmente fascinada por el mito 
de los ncubos, espritus demonacos que visitaban a las 
mujeres mientras dorman copulaban con ellas en sueos.

La fascinacin, sin embargo, no se haba transformado en 
certeza. No haba cedido a la supersticin hasta el punto de 
dormir con un ejemplar de la Biblia en cada punta de la causa 
y un collar de ajos alrededor del cuello.

Al cabo, dej de estudiar los fenmenos sobrenaturales, pues 
cuanto ms ahondaba en lo irracional ms se hunda en su 
agorafobia. Aquellos atracones de sinrazn parecan alimentar 
la parte enferma de su psique en la que echaba races su 
inexplicable miedo.

La copa de Merlot estaba medio vaca. Volvi a llenarla.

Con ella en la mano, inici un recorrido por el piso para 
comprobar que todas las posibles entradas estaban 
escrupulosamente cerradas.

Las dos ventanas del comedor daban al muro lateral de la 
casa vecina, muy prxima a la suya. Tenan el cerrojo echado.

Apag las luces del cuarto de estar. Se sent en un silln y se 
puso a dar sorbos al Merlot mientras esperaba a que sus ojos 
se habituaran a la oscuridad.

Aunque su fobia haba alcanzado un punto en que apenas le 
permita enfrentarse al mundo diurno ni siquiera a travs de 
las ventanas, an era capaz de soportar la vista nocturna del 
exterior cuando el cielo estaba encapotado y su mirada no 
corra el riesgo de naufragar en un pro-tundo ocano de 
estrellas. Si la atmsfera cumpla aquellos requisitos, nunca 
dejaba de ponerse a prueba, pues tema que, de no 
ejercitarlo, el dbil msculo de su coraje acabara 
atrofindose por completo.

Cuando empez a distinguir los objetos en la oscuridad y 
sinti que el Merlot le infunda nimos, se acerc a uno de los 
tres ventanales que daban al ocano. Tras unos instantes de 
vacilacin, respir hondo y subi la persiana.

Frente a la casa, las espaciadas farolas cubran de falsa 
escarcha el pavimento del paseo. Aunque no era tarde, 
apenas se vea un alma. Un gato trot entre dos sombras.

Los finos tentculos de la neblina flotaban entre las farolas y 
las escasas palmeras. En el aire inmvil, las hojas colgaban 
lacias y la calma pareca una criatura viva que avanzara con 
amenazador sigilo.

Apenas vislumbraba la playa, cubierta por el manto de la 
noche, ni siquiera un trozo del Pacifico. Un banco de espesa 
niebla se haba deslizado hasta la orilla, donde el agua se 
perciba intermitentemente: gris, encrespada, semejante a un 
maremoto congelado un instante antes de romper contra la 
costa. Del rostro del banco se desprendan hilazas de 
perezosa bruma, como fro vaho ascendiendo de un bloque de 
hielo seco.

Ocultas las estrellas sobre las nubes bajas, parcelado el 
mundo por la oscuridad y la niebla, nada pareca oponerse a 
que Susan, aislada de su miedo, permaneciera ante la 
ventana durante horas; pero el corazn haba empezado a 
latirle con fuerza. El motivo de su repentina aprensin no era 
la agorafobia; su sobrecogimiento se deba ms bien a la 
sensacin de que la observaban.

Desde el comienzo de los asaltos nocturnos, se senta cada 
vez ms vulnerable a una nueva ansiedad. Escopofobia: 
miedo a ser observado.

Sin embargo, estaba convencida de que aqulla no era tan 
slo una fobia ms, otro miedo irracional que aadir a su 
cuenta, sino un temor completamente justificado. Si su 
violador invisible era real, deba de mantener la casa bajo 
vigilancia de vez en cuando para asegurarse de encontrarla 
sola cuando decidiera visitarla.

No obstante, la aterraba la perspectiva de ir acumulando 
nuevas capas de miedo sobre su agorafobia hasta acabar 
envuelta en ellas corno una momia egipcia, amortajada por 
asfixiantes sudarios de angustia, paralizada e 
irremediablemente embalsamada en vida.

El paseo estaba desierto. Los troncos de las palmeras no eran 
lo bastante anchos para ocultar a nadie.

"Est ah fuera."

No la haba violado en tres noches. ncubo u hombre, no 
tardara en actuar de nuevo. El ciclo de su deseo era tan 
regular y predecible como el influjo de la luna sobre la sangre 
de un hombre lobo.

Las noches que esperaba su visita procuraba permanecer 
despierta. Cuando, exhausta y ojerosa, consegua resistirse al 
sueo hasta el amanecer, no apareca. En cambio, si le fallaba 
la fuerza de voluntad y se quedaba dormida, no sola faltar a 
la cita. Una noche se qued dormida en un silln, 
completamente vestida; despert acostada en la cama, 
vestida pero con el vago olor a la transpiracin del hombre 
pegado al cuerpo y las bragas impregnadas de su repugnante 
y viscoso fluido. Una especie de sexto sentido pareca 
informar a su asaltante de que estaba dormida y era 
vulnerable.

"Est ah fuera."

Una idea electrizante cortocircuit su plan de escudriar las 
dunas en busca de un observador oculto.

Olvidndose de los prismticos, Susan baj la caja de plstico 
duro que contena la cmara y sus accesorios, la dej sobre la 
cama y la abri.

Adems de la cmara, haba un juego de bateras de 
repuesto, dos cintas vrgenes y el libro de instrucciones.

Nunca haba usado el aparato. Grabar era cosa de Eric. Se 
puso a leer el libro de instrucciones con sumo inters.

Siempre que se entregaba a una nueva aficin, Eric no se 
haba conformado con un aparato normal. Se haba empeado 
en comprar el equipo ms moderno y los mejores accesorios. 
A pesar de ser porttil y compacta, la videocmara dispona 
de las lentes ms potentes del mercado, proporcionaba 
grabacin de audio y video casi perfecta y operaba con 
apenas un susurro, inaudible para el micrfono.

Adems de admitir las casetes habituales, de veinte o treinta 
minutos de duracin, la cmara poda utilizar otras de dos 
horas, y dispona de un sistema de grabacin condensada, 
que empleaba menos centmetros de cinta por minuto y 
permita concentrar tres horas de grabacin usando una 
casete de dos horas, aunque segn el libro de instrucciones 
las imgenes resultantes eran un diez por ciento menos 
ntidas que las obtenidas con la velocidad estndar.

El ahorro de energa de la cmara y la potencia de las 
bateras recargables permitan dos o tres horas consecutivas 
de funcionamiento, dependiendo del mayor o menor empleo 
del monitor de imagen y del consumo de otros dispositivos 
secundarios.

Segn el contador del aparato, el juego de bateras que 
contena estaba descargado. Susan comprob que las bateras 
de repuesto conservaban parte de la carga.

Como dudaba que las bateras usadas pudieran recargarse, 
conect las de repuesto a un enchufe del cuarto de bao para 
cargarlas del todo.

Haba dejado la copa de Merlot en una mesita auxiliar del 
cuarto de estar. La alz en silencioso brindis y le dio un sorbo, 
no para aliviar su miedo, como minutos antes, sino para 
celebrar su plan.

Por primera vez en varios meses, sinti que tomaba las 
riendas de su vida. Aunque era consciente de que tan slo 
estaba dando un pequeo paso para resolver uno de los 
muchos y angustiosos problemas que la acuciaban, aunque 
comprenda que estaba lejos de controlar realmente los 
acontecimientos, se neg a moderar su entusiasmo. Al 
menos, y de una vez por todas, estaba haciendo algo, y para 
concluirlo necesitaba desesperadamente el empuje de aquella 
ola de optimismo.

En la cocina, mientras retiraba los ingredientes del pollo al 
marsala y sacaba una pizza con pimientos del congelador, se 
asombr de no haberse acordado de la videocmara semanas 
o meses antes. De hecho, empezaba a comprender que haba 
mostrado una pasividad pasmosa, teniendo en cuenta el 
horror y los abusos que haba padecido.

Cierto, iba al psiquiatra. Dos veces por semana desde haca 
casi diecisis meses. La lucha consigo misma para acudir a las 
sesiones y volver a casa, su perseverancia a pesar de los 
pobres resultados bastaban para justificar que se sintiera 
orgullosa; pero someterse a terapia era lo menos que poda 
hacer cuando su vida se estaba yendo al infierno. Y la palabra 
clave era "someterse", pues haba aceptado la estrategia 
teraputica y las recomendaciones del doctor Abriman con 
inslita docilidad, sobre todo teniendo en cuenta que en el 
pasado trataba a los mdicos con no menos escepticismo que 
a los charlatanes vendedores de coches, investigando por su 
cuenta para contrastar sus afirmaciones y buscando una 
segunda opinin.

Mientras meta la pizza en el microondas, aliviada por no 
tener que preparar una cena laboriosa, Susan comprendi, 
con la inmediatez de una revelacin, que se haba agarrado a 
los rituales como medio de preservar su salud mental, pero a 
expensas de la accin. Las rutinas la anestesiaban y hacan 
llevaderas las humillaciones de su neurosis, pero no la 
ayudaban a resolver sus problemas; no tenan la capacidad de 
sanar.

Volvi a llenarse la copa. Tampoco el vino la curara, y deba 
evitar achisparse y echar a perder el trabajo que tena por 
delante; pero era tal su agitacin, estaba tan saturada de 
adrenalina, que se senta capaz de acabarse la botella y 
segura de que su sobreexcitado metabolismo quemara hasta 
el ltimo grano de alcohol antes de que se acostara.

Mientras daba vueltas por la cocina esperando a que se 
hiciera la pizza. El asombro que le produca su prolongada 
pasividad se convirti en incredulidad. Rememorando el 
ltimo ao con un distanciamiento nuevo, casi tuvo la 
impresin de haber vivido bajo el hechizo de un brujo que 
haba oscurecido su mente, minado su fuerza de voluntad y 
sojuzgado su alma con magia negra.

Pues bien, el hechizo se haba roto. La Susan Jagger de 
antao haba vuelto a tomar las riendas; ahora tena las ideas 
claras y estaba llena de energa y dispuesta a usar la clera 
para cambiar su vida.

El estaba all fuera. Puede que incluso la espiara desde las 
dunas en ese mismo momento. Puede que patinara ante su 
casa de vez en cuando, que pasara haciendo footing o 
montado en bicicleta, indistinguible de tantos otros 
californianos aficionados al aire libre o fanticos del ejercicio. 
Pero estaba all fuera, seguro.

No la haba visitado desde haca tres noches, pero la 
regularidad de su deseo haca presagiar a Susan que acudira 
en su busca antes del amanecer. Aunque fuera incapaz de 
vencer al sueo, aunque el violador se las hubiera arreglado 
para drogarla y consiguiera abusar de ella sin resistencia, 
Susan sabra quin era por la maana, porque, con un poco 
de suerte, la videocmara, convenientemente oculta, lo 
grabara in fraganti.

Si la cinta mostraba a Eric, le pateara el culo hasta que 
tuvieran que operarlo para sacarle el puto zapato de entre las 
posaderas. A continuacin, lo borrara de su vida para 
siempre.

Si grababa a un desconocido, lo que era poco probable, 
dispondra de una prueba slida para presentarla ante la 
polica. Por humillante que fuera entregar una cinta con las 
imgenes de su propia violacin, no dudara en hacerlo.

Mientras se acercaba a la mesa y coga la copa no dejaba de 
preguntarse: "Y si...? Y si...?".

Y si despertaba sintindose dolorida y sucia, con la 
asquerosa pringue an caliente entre los muslos, y aun as la 
grabacin la mostraba agitndose sola en la cama, no se 
saba bien si exttica o aterrorizada, como una posesa en 
pleno ataque, como si su visitante fuera un ente, una especie 
de ncubo que no se reflejaba en los espejos ni tampoco 
impresionaba las cintas de video...?

Memeces.

La verdad estaba all afuera, y no tena nada de sobrenatural.

Levant la copa de Merlot para darle un sorbo... y se bebi la 
mitad de un solo trago.











Como un santuario dedicado a Martha Stewart,* diosa del 
moderno hogar norteamericano. Dos lmparas de pie con 
tulipas de seda ribeteadas de flecos. Dos sillones grandes con 
escabeles, uno frente al otro ante una mesita de caf. Cojines 
bordados en las sillas. La cercana chimenea del cuarto de 
estar.

* Popular figura de la televisin estadounidense y escritora de libros sobre temas 
hogareos (cocina, decoracin, etiqueta...), paradigma irrealizable de las virtudes del 
ama de casa norteamericana.

Era el rincn favorito de Martie. En los ltimos tres aos, 
Dusty y ella haban pasado all muchas veladas sentados con 
sendos libros, absortos en ficciones distintas, pero tan 
cercanos como si hubieran estado cogidos de la mano y 
mirndose a los ojos.

Martie tena las piernas cruzadas encima del silln y estaba 
ligeramente ladeada hacia la izquierda, sin libro. Permaneca 
completamente inmvil, en una actitud lnguida que le daba 
un aire de serenidad, aunque lo cierto era que no estaba tan 
serena como emocionalmente exhausta.

En el otro silln, Dusty intentaba seguir recostado en el 
respaldo y adoptar una apariencia tranquila y reflexiva, pero 
no poda evitar deslizarse una y otra vez hasta el borde del 
asiento.

Silenciada a menudo por la vergenza, acallada las ms de 
las veces por el asombro ante los extraos pormenores de su 
demencial comportamiento, Martie relat su calvario a trancas 
y barrancas, animada por las cautas preguntas de Dusty.

La simple presencia de su marido la calmaba y le daba 
esperanzas, aunque en ocasiones Martie rehua su mirada. 
Clavaba los ojos en la chimenea apagada como fascinada por 
un fuego imaginario que lamiera los troncos de cermica.

Para su sorpresa, el juego de accesorios de latn no la 
alarmaba. La badila. Las puntiagudas pinzas. El atizador. Slo 
unos minutos antes, la simple vista del atizador hubiera 
arrancado acordes de espanto a sus nervios, tensos como 
cuerdas de arpa.

Las ascuas de la angustia seguan ardiendo en su interior, 
pero en esos momentos le daba ms miedo sufrir otro 
paralizante ataque de pnico que dejarse llevar por su 
inclinacin a la violencia.

Aunque cont a Dusty lo ocurrido con todo lujo de 
espeluznantes detalles, fue incapaz de transmitirle las 
emociones que haba experimentado. De hecho, le costaba 
recordar toda la intensidad de su terror, como si lo acontecido 
hubiera afectado a otra, a una Martie Rhodes desequilibrada 
que se haba alzado brevemente de la cinaga de su psique y 
haba vuelto a hundirse en ella.

De vez en cuando, Dusty haca tintinear los cubitos de hielo 
de su vaso de whisky para captar la atencin de Martie. 
Cuando lo miraba, l levantaba el vaso para animarla a dar un 
sorbo al suyo. Martie se haba resistido a beber con Dusty por 
miedo a perder el control una vez ms. No obstante, Johnny 
Walker Etiqueta Roja confirmaba sorbo a sorbo su fama de 
consumado terapeuta.

El bueno de Valet, echado junto al silln de Martie, se 
levantaba de vez en cuando para reposar la barbilla en las 
piernas cruzadas de su duea y dejarse acariciar la cabeza 
con los ojos llenos de inteligencia y compasin.

Una de las veces, Martie le dio un cubito, que el animal 
mastic con una satisfaccin extraamente solemne.

-Y ahora? -pregunt Dusty cuando Martie dio por concluido 
su relato.

-El doctor Closterman, maana por la maana. He pedido 
hora cuando volva de casa de Susan, aunque entonces la 
cosa no pareca tan grave.

-Te acompaar.

-Quiero que me hagan un examen fsico exhaustivo. Un 
anlisis de sangre completo. Y un escner, para asegurarme 
de que no es un tumor cerebral.

-No es un tumor -afirm Dusty con una conviccin fundada en 
la pura esperanza-. No puede ser nada grave.

-Tengo algo.

-No.

La posibilidad de que Martie tuviera una enfermedad grave, 
quiz incurable, lo asustaba tanto que era incapaz de 
disimularlo.

Martie grab en su memoria todas y cada una de las arrugas 
de angustia que surcaban el rostro de Dusty, porque 
probaban cunto la quera mas que toda la chchara amorosa 
del mundo.

-Me conformara con un tumor cerebral.

-Que te conformaras?

-Con tal de que no sea una enfermedad mental. Los tumores 
se pueden extirpar, con alguna posibilidad de seguir siendo 
quien eras.

-No tienes ninguna enfermedad mental -asegur Dusty, y las 
arrugas de su rostro se hicieron ms profundas-. No es nada 
mental.

-Algo tengo insisti Martie.












Sentada en la cama, Susan coma pizza de pimientos y beba 
Merlot. Era la cena ms oppara de su vida.

Estaba lo bastante despierta y lcida como para comprender 
que los ingredientes de su sencilla cena tenan poco o nada 
que ver con su inslito apetito. El embutido, el queso y la 
crujiente masa le saban a gloria, pero no tanto como la 
perspectiva de obtener justicia.

Liberada del poderoso hechizo de la indecisin y la pasividad, 
senta en el fondo menos sed de justicia que hambre de 
venganza fra. No se engaaba respecto a su capacidad innata 
de disfrutar con la revancha. Despus de todo, su dentadura, 
como la de cualquier ser humano, inclua cuatro caninos y 
cuatro incisivos, para rasgar y trocear mejor.

Recordando cmo haba defendido a Eric ante Martie, arranc 
un trozo de pizza de una dentellada y lo masc con feroz 
voracidad.

Si haba desarrollado la agorafobia como una respuesta para 
aislarse del dolor que le haba causado el adulterio de su 
marido, puede que Eric se mereciera un castigo a la altura de 
su traicin. Pero, si resultaba ser el visitante fantasma que 
violaba su cuerpo y su alma sin piedad, era un hombre 
completamente diferente a aquel con quien crea haberse 
casado. De hecho, ni siquiera era un hombre, sino una mala 
bestia, una alimaa odiosa. Una serpiente. Cuando tuviera 
pruebas, usara la ley para hacerlo picadillo, como un leador 
usara el hacha para acabar con una serpiente de cascabel.

Mientras devoraba la pizza, Susan recorra el dormitorio con 
la mirada buscando el mejor sitio para ocultar la cmara de 
video.











Sentada a la mesa, Martie observaba a su marido, que 
intentaba poner orden en el estropicio.

Dusty arrastr el contenedor de basura al interior de la 
cocina, hacindolo cencerrear como el saco de herramientas 
de un matarife. Martie sujet el segundo vaso de whisky con 
ambas manos y se lo llev a los labios.

Tras cerrar la puerta del porche, Dusty meti los cuchillos, 
tenedores y dems utensilios de cocina en el lavaplatos.

La vista de las afiladas hojas y los puntiagudos dientes, el 
tintineo y los chirridos del acero contra el acero no 
consiguieron inquietarla. No obstante, sinti que se le haca 
un nudo en la garganta y que el whisky se la abrasaba, como 
si se filtrara gota a gota hacia su esfago.

Dusty devolvi el Chardonnay y el Chablis al frigorfico. Las 
botellas seguan siendo temibles armas contundentes, con las 
que Martie hubiera podido desgarrarle el cuero cabelludo y 
fracturarle el crneo a su marido; pero su mente haba dejado 
de torturarla con la tentacin de empuarlas y golpear.

Dusty coloc los cajones vacos en los muebles y guard los 
utensilios que no era necesario lavar.

-Lo del garaje puede esperar hasta maana -dijo al fin.

Martie asinti, pero no despeg los labios, porque tema 
hablar. Estaba convencida de que los recuerdos de su 
demencial arrebato seguan flotando en el aire de la cocina 
como ponzoosas esporas, y segura de que volveran a 
contaminarla y empezara a barbotar insensateces en cuanto 
abriera la boca.

Cuando Dusty le propuso que cenaran, asegur que no tena 
apetito, pero l insisti en que deba comer algo.

En el frigorfico haba una bandeja con la lasaga que haba 
sobrado de la vspera, suficiente para dos personas. Dusty la 
meti en el microondas.

Luego, lav y troce unos championes frescos.

En sus manos, el cuchillo pareca inofensivo.

Mientras Dusty sofrea los championes con mantequilla y 
cebolla picada y los mezclaba en una cazuela con una lata de 
tirabeques, sentado sobre sus cuartos traseros, Valet lanzaba 
miradas soadoras al microondas y husmeaba el aire 
impregnado del aroma a lasaga.

A la luz de lo que haba hecho all aquella misma tarde, la 
grata familiaridad de la escena adquiri tintes surrealistas a 
los ojos de Martie. Era como atravesar un pramo devastado 
y  darse de narices con una tienda de donuts en mitad del 
Infierno.

Mientras Dusty serva la cena, Martie se pregunt angustiada 
si no habra envenenado la lasaga.

No recordaba haber cometido semejante vileza. Pero segua 
sospechando que sufra ataques de amnesia: lapsos durante 
los que actuaba como si estuviera consciente, aunque no 
dejaran rastros en su memoria.

Segura de que Dusty se comera la lasaga para demostrar su 
confianza en ella, Martie se mordi la lengua y no lo puso en 
guardia. Enfrentada a la escalofriante perspectiva de 
sobrevivir sola a la cena, luch contra su falta de apetito y se 
comi casi todo lo que Dusty le haba puesto en el plato.

No obstante, rechaz el tenedor y utiliz una cuchara.











En un rincn del dormitorio de Susan Jagger, un pedestal  
sostena un tiesto de bronce con un bonsai. El arbolillo, que 
no reciba un solo rayo de sol a travs de las ventanas 
perpetuamente cubiertas, medraba no obstante gracias a la 
pequea lmpara para plantas instalada en la parte posterior 
de la maceta.

Al pie del bonsai creca una exuberante hiedra de hojas 
estrelladas, que cubra la tierra del tiesto y se derramaba por 
encima de sus bordes. Tras calcular el mejor ngulo de visin 
entre el pedestal y la casa. Susan coloc la cmara en la 
maceta y la ocult hbilmente con los tallos rastreros de la 
hiedra.

Apag la lmpara de la planta y dej encendida la de la 
mesilla. El dormitorio no poda estar a oscuras si quera que la 
grabacin reflejara alguna cosa. 

Para justificar la lmpara encendida, simulara haberse 
quedado dormida mientras lea. Una copa de vino a medias en 
la mesilla de noche y un libro abierto con estudiado descuido 
sobre la colcha bastaran para crear el efecto deseado.

Recorri la habitacin sin dejar de mirar hacia la maceta. La 
cmara estaba bien escondida.

Desde un ngulo cerrado, la lmpara arrancaba a la oscura 
lente un reflejo ambarino, semejante al destello de los ojos de 
un animal, como si un lagarto tuerto la espiara entre los 
bucles de hiedra. Era un indicio tan insignificante que sin duda 
pasara inadvertido a su violador, fuera ncubo o simple 
mortal.

Susan volvi a acercarse a la cmara, desliz un dedo entre la 
hiedra, tent un instante y apret un botn.

Retrocedi dos pasos. Se qued completamente inmvil. Con 
la cabeza inclinada, conteniendo la respiracin. Escuchando.

Aunque el aire acondicionado estaba apagado y no haba 
ningn calefactor en marcha, aunque el viento no murmuraba 
en el alero o las ventanas, aunque en el dormitorio reinaba un 
silencio tan profundo como caba esperar en esta era de 
omnipresentes cachivaches, Susan no consigui or el 
zumbido del motor de la cmara. No caba duda de que el 
aparato funcionaba tan sigilosamente como afirmaba el 
fabricante; el dbil susurro de los cabezales quedaba 
completamente sofocado por la tupida hiedra.

Consciente de que un capricho arquitectnico poda hacer que 
el sonido trazara un arco insospechado y se amplificara al 
repercutir, Susan pase por la habitacin. Se detuvo a 
escuchar cinco veces, pero no oy nada anormal.

Satisfecha, regres junto al pedestal y sac la cmara de 
entre la hiedra. Revis la grabacin en el monitor del aparato.

El encuadre mostraba todo el dormitorio. La puerta apareca 
en el extremo izquierdo de la imagen.

se vio a s misma entrando en el plano y saliendo de l. 
Entrando de nuevo y volviendo a salir. Detenindose a 
escuchar el suave zumbido del motor.

Le sorprendi verse tan joven y guapa.

ltimamente, apenas se reconoca cuando se miraba al 
espejo. En los que perciba una imagen no tanto fsica como 
psicolgica de s misma: Susan Jagger avejentada por la 
angustia crnica, con los rasgos esfumados por diecisis 
meses de reclusin, ajada por el tiempo y encorvada por la 
preocupacin.

En la pelcula conservaba el atractivo y la lnea. Y, lo ms 
importante, pareca llena de decisin. Era una mujer con 
esperanzas... y futuro.

Contenta, rebobin la cinta y volvi a ponerla en marcha. Y 
all estaba otra vez, surgida de la memoria de xido de hierro 
del aparato, movindose con seguridad por el dormitorio, 
entrando en el encuadre y saliendo de l, parndose a 
escuchar: una mujer con un plan.











Incluso aquella cuchara poda convertirse en un arma si le 
daba la vuelta, la empuaba por el otro extremo y clavaba el 
mango. Aunque no fuera afilado como una navaja, poda 
utilizarse para agujerear o cegar.

Los temblores venan y se iban, agitando la cuchara entre sus 
dedos. En dos ocasiones, Martie no pudo impedir que 
tintineara contra el plato, como si intentara llamar la atencin 
para pronunciar un brindis.

Senta tentaciones de ponerla fuera de su alcance y seguir 
comiendo con las manos. Sin embargo, continu utilizndola, 
por miedo a que Dusty la creyera an ms desequilibrada de 
lo que estaba.

La conversacin languideca. A pesar de que le haba hecho 
un relato pormenorizado en el cuarto de estar, Dusty segua 
empeado en interrogarla sobre su ataque de pnico. Pero 
Martie era cada vez mas reacia a hablar de lo ocurrido.

Para empezar, el tema la deprima. Recordar su extrao 
comportamiento la haca sentirse impotente, como si la 
hubieran devuelto al estado de dependencia e indefensin de 
la primera infancia.

Adems, tena la conviccin, no por irracional menos firme, de 
que hablar del ataque de pnico le provocara otro. Se senta 
como si estuviera sentada sobre una trampilla y, cuanto ms 
hablara, ms posibilidades tuviera de pronunciar la palabra 
mgica que descorrera el pestillo y la hara caer al abismo.

Pregunt a Dusty qu tal le haba ido el da, y l recit la lista 
de menudas tareas en que sola ocuparse cuando el mal 
tiempo le impeda pintar.

Aunque Dusty no menta nunca, Martie intuy que no se lo 
estaba contando todo. Claro que estaba demasiado paranoica 
como para fiarse de sus intuiciones.

Sigues evitando mirarme -dijo Dusty apartando el plato. 
Martie no intent negarlo.

-Odio que me veas as.

-As. cmo?

-dbil.         

-T no eres dbil.

-Este trozo de lasaa tiene mas aguante que yo.

-Es de hace dos das. Para la lasaga en fin, es como si 
tuviera ochenta y cinco aos.

-Yo me siento como si tuviera ochenta y seis.

-Bueno, pues aqu estoy yo para atestiguar que tienes mucho 
mejor pinta que la dichosa lasaga.

-S, seor, usted s que sabe cmo halagar a una chica.

-Ya sabes lo que dicen de los pintores.

-Que dicen?

-Que lo arreglamos todo a brochazos.

Martie lo mir a los ojos. Dusty sonri y dijo:

-Todo se arreglar, Martie.

-Como no mejores tus chistes, lo dudo.

-Dbil? Y un cuerno!












Tras rondar las murallas de su fortaleza de cuatro 
habitaciones, Susan se convenci de que todas las ventanas 
estaban bien cerradas.

La nica puerta que conectaba el piso con el mundo exterior 
estaba en la cocina. Tena dos cerrojos y una cadena de 
seguridad.

Comprobados cerrojos y cadena, Susan acerc a la puerta 
una silla de la cocina, la inclin sobre las patas traseras y la 
encaj bajo el pomo. Aun en el caso de que Eric se las 
hubiera arreglado para conseguir una llave, la silla le 
impedira abrir.

Por supuesto, no era la primera vez que empleaba el truco de 
la silla, que no haba detenido al intruso.

Tras ocultar la cmara y comprobar el ngulo de visin, Susan 
haba extrado el juego de bateras y haba vuelto a 
conectarlas al enchufe del cuarto de bao. Ahora estaban 
completamente cargadas.

Las introdujo en su compartimento y escondi la cmara bajo 
la hiedra de la maceta. La pondra en marcha justo antes de 
acostarse; a partir de ese momento, dispondra de tres horas 
de grabacin en la modalidad condensada- para filmar a Eric 
en flagrante delito.

Todos los relojes de la casa estaban sincronizados y marcaban 
las veintiuna cuarenta. Martie le haba prometido llamar antes 
de las once.

Susan segua ansiosa por or el parecer y los consejos de su 
amiga, pero no pensaba contarle lo de la cmara. Puede que 
tuviera el telfono pinchado. Puede que Eric las escuchara.

Oh, qu pista de baile tan maravillosa, la del Club Paranoia... 
Qu delicia deslizarse dando vueltas y ms vueltas en el 
estremecedor abrazo de un torvo desconocido, mientras la 
orquesta tocaba una marcha fnebre y ella pugnaba por 
reunir el coraje necesario para enfrentarse al rostro de su 
pareja de baile...











Dos vasos de whisky, una porcin de lasaga y los sucesos de 
aquel da terrible haban dejado a Martie aturdida y exhausta. 
Sigui sentada en la silla mientras Dusty fregaba los platos, 
vindolo apenas entre los prpados entornados.

Haba supuesto que permanecera despierta hasta el 
amanecer, torturada por la angustia, asustada del futuro. 
Pero su mente, incapaz de soportar ms preocupaciones, 
haba echado el cierre hasta el da siguiente.

El miedo a deambular en sueos por la casa era lo nico que 
le impeda quedarse dormida all mismo, ante la mesa de la 
cocina. Nunca haba padecido sonambulismo, pero tampoco 
haba sufrido ataques de pnico hasta esa maana; en 
adelante, todo pareca posible.

Si caminaba dormida, quiz fuera la Otra Martie quien 
controlara su cuerpo. Mientras Dusty segua soando, poda 
levantarse de la cama y, tan segura como los ciegos en la 
oscuridad, bajar descalza a la cocina para elegir un cuchillo de 
entre los cubiertos del lavavajillas.

Dusty la cogi de la mano, y recorrieron juntos la planta baja 
para apagar las luces. Valet, con los ojos rojos y brillantes en 
la penumbra, les pisaba los talones.

Dusty, que haba recogido la gabardina de Martie en la cocina, 
se detuvo a colgarla en el ropero del recibidor. Al sentir peso 
en uno de los bolsillos, meti la mano y sac el libro 
encuadernado en rstica.

-An no lo has acabado?

-Es un libro estupendo -respondi Martie.

-Ya, pero hace siglos que te lo llevas a las sesiones de Susan. 

-No exageres -dijo ella bostezando- El estilo es gil.

-Si es tan gil, cmo es que no has conseguido acabarlo en 
seis meses?

-Seis meses? Venga ya! No puede ser... La trama es 
absorbente. Los personajes, crebles. Me gusta.

Dusty la miraba con el ceo fruncido.

-Te pasa algo?

-De todo. Pero, ahora mismo, lo ms grave es que no puedo 
con mi alma.

Dusty le tendi el libro.

-Pues, si te cuesta dormirte, est claro que una pgina de 
esto es mejor que el Nembutal.

Dormir. Tal vez andar, apualar, incendiar...

Valet abri la marcha escaleras arriba.

Mientras suba con una mano en la barandilla y el firme brazo 
de Dusty alrededor de la cintura, Martie procur tranquilizarse 
dicindose que el perro la despertara si se levantaba en 
sueos. El pobre Valet se pondra a lamerle los pies, a 
azotarle las piernas con su tupida cola mientras bajaban las 
escaleras y, desde luego, a ladrarle si sacaba un cuchillo de 
carnicero del lavavajillas y no era para cortarle un trozo del 
pecho de ternera que guardaban en el frigorfico.











Antes de acostarse, Susan se puso unas sencillas bragas 
blancas de algodn -nada de bordados o encajes, ni aderezos 
de ningn tipo- y una camiseta blanca.

Apenas unos meses antes, senta debilidad por la lencera de 
color con adornos. Le gustaba sentirse sexy. Nunca ms.

Comprenda perfectamente el motivo psicolgico de aquel 
cambio de atuendo nocturno. Inconscientemente, haba 
acabado por asociar estar sexy con ser violada. Los encajes 
de blonda, ribetes, randas, orillos plisados, llamas bordadas, 
puntas de gasa y dems perifollos podan actuar como 
estmulos para su misterioso visitante nocturno, que quiz 
interpretara los extras como una invitacin a seguir abusando 
de ella.

Durante un tiempo se haba acostado vestida con feos y 
holgados pijamas de hombre; ms tarde, con amplios 
chndales de algodn. Ni unos ni otros haban desanimado al 
violador.

De hecho, tras desnudarla y usarla brutalmente, se tomaba 
su tiempo para volver a vestirla, con una atencin a los 
detalles que evidenciaba su voluntad de humillarla. Si, antes 
de acostarse, Susan se haba abotonado la chaqueta del 
pijama hasta el cuello, l le abrochaba hasta el ltimo boton; 
si se haba dejado uno sin abrochar, lo encontraba 
desabrochado al despertar. Y le anudaba el cordn de la 
cintura con el mismo lazo que empleaba ella.

De ahora en adelante, simple algodn blanco. Una declaracin 
de inocencia. Una afirmacin de su rechazo a dejar que la 
degradara o planchara, le hiciera lo que le hiciera.

Dusty estaba preocupado por el repentino letargo de Martie. 
Haba afirmado estar muerta de cansancio, pero, a juzgar por 
su comportamiento, ms que a la extenuacin, pareca haber 
sucumbido a un profundo abatimiento.

Rebulla despacio, no con la torpe agitacin del agotamiento, 
sino con la sombra y obstinada pesadez de quien se mueve 
bajo una carga abrumadora. Tena el rostro contrado, 
arrugado en las comisuras de ojos y labios, en vez de 
distendido por la fatiga.

En lo tocante a la higiene bucal, Martie estaba a un paso del 
fanatismo; sin embargo, se haba olvidado de cepillarse los 
dientes. Era la primera vez en tres aos de matrimonio.

Dusty no recordaba una noche en que Martie no se hubiera 
lavado la cara, aplicado una crema hidratante y cepillado el 
pelo. Hasta aquella.

Tras saltarse sus rutinas nocturnas, se haba acostado 
completamente vestida.

Cuando Dusty comprendi que no iba a quitarse la ropa, le 
desanud los cordones de los zapatos y la descalz. Le quit 
los calcetines. La despoj de los vaqueros. Martie no ofreci 
resistencia, pero tampoco colabor.

Quitarle la blusa era otro cantar, sobre todo porque estaba 
acostada de lado, con las piernas encogidas y los brazos 
cruzados sobre el pecho. As que la dej a medio desvestir, le 
subi la ropa de la cama hasta los hombros, le apart el pelo 
de la cara y la bes en la frente.

Martie entreabri los ojos, pero en su mirada haba algo ms 
turbio e intenso que el simple cansancio.

-No me dejes -dijo con voz ronca.

-No lo har.

-No te fes de m.

-Eso no lo puedo evitar.

-No te duermas. -dijo Martie, y entorn los ojos, que haban 
pasado del azul del aciano al de la cianina y de ste, justo 
antes de que se le cerraran los prpados, al prpura de la 
granza.

De pie junto a la cama, Dusty la miraba asustado, no por la 
advertencia, ni por su propia seguridad, sino por ella.

-Susan... murmur Martie.

-Qu ocurre con Susan?

-Acabo de acordarme. No te lo he contado. Le ocurre algo 
muy extrao. Tengo que llamarla.

-Ya la llamars maana.

-Qu clase de amiga soy? -murmur.

-Susan lo comprender. Ahora, descansa. Descansa.

Al cabo de unos segundos, Martie respiraba por la boca 
entreabierta v pareca dormida. Los densos pliegues de 
ansiedad haban desaparecido de las comisuras de sus ojos.

Veinte minutos despus, mientras Dusty, sentado sobre la 
cama, intentaba desenredar la enmaraada historia de Martie, 
procurando deshacer los nudos y seguir el hilo de los hechos, 
son el telfono. Para evitar que los despertaran, mantenan 
apagado el timbre del telfono del dormitorio; lo que Dusty 
oa en aquellos momentos era el aparato del despacho de 
Martie, en el otro extremo del pasillo. El contestador 
automtico salt despus del segundo timbrazo.

Dusty supuso que llamaba Susan, aunque tambin poda 
tratarse de Skeet o de alguien de Nueva Vida. En otras 
circunstancias, hubiera acudido al despacho para escuchar el 
mensaje; pero tema que Martie se despertara y descubriera 
que haba roto su promesa de permanecer junto a ella. Skeet 
estaba en buenas manos, y por grave o extrao que fuera el 
problema de Susan no poda serlo tanto como lo que estaba 
ocurriendo en su propia casa. Podra esperar hasta el da 
siguiente.

Volvi a concentrarse en lo que le haba contado Martie. A 
Medida que analizaba cada acontecimiento extrao y cada 
detalle inquietante, aumentaba su conviccin, injustificada 
pero tenaz, de que lo ocurrido a su esposa tena alguna 
relacin con lo ocurrido a su hermano. La existencia de 
anomalas paralelas en ambos casos le pareca evidente, 
aunque se le escapaba la naturaleza exacta de la conexin. 
Cuando menos, era innegable que aqul haba sido el da ms 
extrao de su vida; el instinto le deca que Martie y Skeet no 
se haban venido abajo simultneamente por pura 
coincidencia.

En un rincn del dormitorio, acurrucado en su cama, una 
almohada grande con funda de borrego, Valet velaba. Con la 
barbilla apoyada en una pata, no le quitaba ojo a su ama. 
Dormida a la luz dorada de la lmpara de la mesilla.











Como Martie nunca la haba defraudado, gozaba de un 
enorme crdito moral a los ojos de Susan, que no se sinti 
agraviada al no recibir la pro-metida llamada a las once en 
punto; no obstante, se extra. decidi telefonear a su 
amiga, no obtuvo ms respuesta que el contestador 
automtico y empez a preocuparse.

No caba duda de que la historia del violador fantasma al que 
no detenan las puertas cerradas con llave haba asombrado y 
desconcertado a su amiga, que le haba pedido un poco ms 
de tiempo para pensar. Pero Martie no sola dar largas o 
andarse con rodeos. A esas horas, habra llegado a alguna 
conclusin ponderada; de otro modo, la habra llamado 
dicindole que necesitaba algo ms convincente para dar 
crdito a una historia tan inaudita.

Soy yo -dijo Susan al contestador automtico. Qu ocurre? 
Ests bien? Piensas que me he vuelto loca? Si es as, da 
igual. Pero llmame.

Esper unos segundos y colg.

Era poco probable que a Martie se le hubiera ocurrido alguna 
solucin con ms posibilidades de xito que la encerrona de la 
cmara, de modo que Susan sigui adelante con su plan.

Dej una copa de vino medio llena en la mesilla de noche, no 
para bebrsela, sino como parte del decorado.

Cogi un libro, se meti en la cama y se recost contra una 
pila de almohadones, pero estaba demasiado nerviosa para 
leer.

Encendi la televisin y empez a ver una pelcula antigua, La 
sombra tenebrosa, pero no consigui concentrarse en la 
historia. Su mente deambulaba por caminos ms tenebrosos y 
labernticos que ninguno de los que Bogart y Bacall hubieran 
recorrido nunca.

Aunque estaba extraordinariamente alerta, recordaba otras 
noches en que su aparente insomnio haba dado paso 
abruptamente a un sueo anormalmente profundo... y al 
abuso sexual. Si la estaban drogando sin que se diera cuenta, 
no poda predecir cundo le haran efecto los estupefacientes, 
y no quera despertarse para descubrir que haban vuelto a 
violarla y que haba olvidado poner en marcha la cmara.

A las doce, se acerc al pedestal Biedermeier, desliz un dedo 
entre la hiedra, encendi la cmara y volvi a la cama. Si 
segua despierta a la una rebobinara la cinta y empezara a 
grabar desde el principio, y lo mismo a las dos, y a las tres... 
de esa forma, si se quedaba dormida, habra menos 
posibilidades de que la casete llegara al final antes de que el 
maniaco se colara en la casa.

-Apag el televisor para dar verosimilitud a la ficcin de que 
se haba quedado dormida mientras lea, pero tambin para 
que ningn sonido impidiera or los ruidos del piso.

Al cabo de apenas un minuto de total silencio, cuando se 
dispona a reanudar la lectura del libro, son el telfono. 
Suponiendo que se trataba de Martie, contest enseguida:

-S?

-Soy Ben Marco.

Como si Ben Marco fuera un mago albail capaz de conjurar 
las piezas y el cemento con su sola voz, cuatro muros de 
granito se alzaron instantneamente alrededor del corazn de 
Susan, confinndolo, oprimiendo sus aurculas y ventrculos. 
Mientras su corazn golpeaba frenticamente los muros de 
aquella crcel, su mente se abri como una casa destechada 
por un cicln; sus pensamientos, de improviso tan livianos 
como el polvo y las telaraas, se dispersaron en el vendaval 
y, procedente de la infinita negrura del espacio, una 
susurrante oscuridad, una Presencia irresistible, descendi a 
su cabeza y se desliz, tan invisible y fra como un fantasma, 
primero por la buhardilla de su mente, luego cada vez ms 
abajo, hacia las regiones ms profundas de su subconsciente.

-Estoy escuchando respondi Susan.

De pronto, su agitado corazn recuper el ritmo normal, y el 
insectil hormigueo del miedo ces en el interior de sus venas.

-Y ahora, las reglas.

-El viento invernal... dijo la voz.

-El viento es usted respondi Susan.

-...se ocult en el bosque de bamb...

-El bosque soy yo. Y se aquiet.

-En la quietud, aprender lo necesario -dijo Susan.

-El viento invernal se ocult en el bosque de bamb y se 
aquiet.

-Hermoso, realmente hermoso.

Finalizada la letana de las reglas, Susan Jagger se sinti 
inundada por un mar de quietud: a su alrededor, el profundo 
silencio del piso; en su espritu, una calma perfecta, un vaco 
tan absoluto como la nada previa a la Creacin un instante 
antes de que Dios dijera: "Hgase la luz". Cuando el viento 
invernal volvi a hablar, su voz, suave y profunda, pareca 
proceder, no del telfono, sino del interior de Susan. 

-Donde dnde ests.

-En la cama.

-Creo que ests sola. Dime si es as.

-Lo es.

-Djame entrar.

-S.

-Deprisa.

Susan colg el auricular, salt de la cama y corri a oscuras 
por el piso. A pesar de la carrera, el corazn le lata cada vez 
ms despacio: con pulso fuerte, pero pausado y regular.

La dbil iluminacin de la cocina proceda de las cifras verdes 
de los relojes digitales del microondas y el horno. Las 
sombras, negras como la tinta, no la detuvieron. Haca 
demasiados meses que el pequeo piso era todo su mundo; lo 
conoca tan a fondo como si hubiera crecido en l ciega de 
nacimiento.

La puerta estaba atrancada con una silla encajada bajo el 
pomo. La quit y la apart de la entrada haciendo rechinar las 
patas de madera en el suelo de baldosas.

El botn del extremo de la cadena de seguridad produjo un 
ruido spero al deslizarse por la ranura de la placa fija a la 
puerta. Al soltarlo, los eslabones resonaron contra el marco.

Descorri el primer cerrojo. El segundo.

Abri.

S, era un viento, un viento invernal detenido en el rellano de 
las escaleras, inmvil en esos instantes pero preado de una 
rabia huracanada, de una furia que por lo general procuraba 
ocultar al mundo, pero que nunca descansaba en su interior y 
se desataba en sus momentos ms ntimos... Apenas cruz el 
umbral, obligndola a retroceder y cerrando la puerta de 
golpe, le aferr el esbelto cuello con mano de hierro.











Las arterias cartidas izquierda y derecha, que proporcionan 
la mayor parte del riego sanguneo al cuello y la cabeza, 
proceden directamente de la aorta, que a su vez arranca del 
extremo superior del ventrculo izquierdo. Debido a su 
proximidad al corazn, la sangre que recorre ambos vasos es 
especialmente rica en oxgeno y fluye con fuerza.

Con la palma de la mano sobre su garganta, los dedos en el 
lado derecho de su cuello y la yema del pulgar bajo su 
mandbula, presionando la cartida derecha, el doctor Mark 
Abriman mantuvo inmovilizada a Susan durante casi un 
minuto, recrendose con las fuertes y regulares pulsaciones 
de su corazn. Era maravilloso sentirla tan llena de vida.

Si hubiera querido estrangularla, habra podido hacerlo sin 
miedo a encontrar resistencia. En su estado de conciencia 
alterada, Susan habra permanecido en pie, dcil y callada, 
mientras le quitaba la vida con sus propias manos. Cuando las 
piernas hubieran dejado de sostenerla, se habra hincado de 
rodillas; luego, se habra encogido en el suelo como un 
gracioso pelele y, mientras su corazn se iba apagando, le 
habra pedido perdn con la mirada por ser incapaz de morir 
de pie y obligarlo a arrodillarse con ella para rematar la frena.

De hecho, mientras agonizaba, Susan habra dedicado al 
doctor Abriman cualquier mirada o expresin que le ordenara 
adoptar. Pueril adoracin. Extasis ertico. Rabia impotente, o 
incluso mansedumbre de cordero con un punto de 
perplejidad, si cualquiera de esas actitudes lo complaca.

No tena intencin de matarla. No era el sitio ni el momento... 
an.

Cuando llegara su hora, el doctor no la eliminara 
directamente, porque senta un respeto enorme por las 
divisiones de investigacin cientfica de casi todas las 
agencias gubernamentales del pas. Cuando tocaba 
mancharse las manos, siempre usaba intermediarios para 
asestar el golpe de gracia sin levantar sospechas.

Adems, el placer de mutilar o asesinar en persona no era 
nada comparado con el que obtena de su habilidad para 
manipular. Apretando el gatillo, asestando un arma blanca o 
estrangulando con un alambre no habra disfrutado tan 
intensamente como usando a alguien para cometer 
atrocidades en su nombre.

El poder proporciona un goce mucho ms exquisito que la 
violencia.

En definitiva, lo que ms goce le produca no era tanto el 
efecto final de ejercitar el poder como el proceso de 
ejercitarlo. La manipulacin. El control. El hecho de ejercer un 
control absoluto, de tirar de los hilos y observar a la gente 
mientras haca lo que les ordenaba, era tan profunda-mente 
gratificante para el doctor Abriman que, cuando su inspiracin 
de marionetista lo acompaaba, los redobles del placer lo 
hacan vibrar como las poderosas oleadas de sonido que 
conmueven el bronce de las colosales campanas catedralicias.

Entregada bajo sus manos, la garganta de Susan le trajo a la 
memoria el recuerdo de otra emocin, de otro cuello delicado 
y grcil, segado por la hoja de un cuchillo haca mucho tiempo 
y, estremecidas por el recuerdo, las campanillas de hueso de 
sus vrtebras tintinearon a lo largo de su espina dorsal.

En una mansin neoclsica de Scottsdale, Arizona, una joven 
y cimbrea heredera llamada Minette Luckland usa un martillo 
para hacer aicos el crneo de su madre y acto seguido le 
dispara en la nuca a su padre, que est comindose un trozo 
de tarta y viendo una reposicin de Seinfeld. A continuacin, 
salta desde la galera del segundo piso, cae al vaco desde 
una altura de seis metros y se empala en una lanza 
empuada por una estatua de Diana, diosa de la luna y la 
caza, erigida sobre un pedestal acanalado en el centro de la 
rotonda de la entrada. En una nota, manuscrita con la pulcra 
e inconfundible caligrafa de Minette, la suicida asegura haber 
sufrido abusos sexuales desde nia a manos de sus dos 
progenitores, disparatada calumnia que le ha sugerido el 
doctor Abriman. Alrededor de los broncneos pies de Diana: 
charcos de sangre como rojos ptalos de ciruelo sobre el 
blanco pedestal de mrmol.

Semidesnuda en la cocina en sombras, con el dbil resplandor 
verde del reloj digital del horno reflejado en el verde de sus 
ojos, Susan Jagger estaba an ms arrebatadora que la 
difunta Minette. Aunque su rostro y sus formas parecan 
hechos de la misma materia que los sueos hmedos de un 
erotmano, lo que excitaba a Abriman no era tanto su 
aspecto como la certeza de que en aquellos giles miembros y 
en aquel cuerpo elstico haba un potencial para el crimen tan 
enorme como el que haba desencadenado en Scottsdale aos 
atrs.

La cartida derecha de Susan palpitaba despacio y con fuerza 
contra el pulgar del doctor. Cincuenta y seis pulsaciones por 
minuto.

No tena miedo. Esperaba pacientemente a que la usaran, 
como un utensilio sin alma o, ms exactamente, como un 
juguete.

Empleando como desencadenante el nombre Ben Marco y 
recitando a continuacin el haiku que la condicionaba, 
Abriman la haba sumido en un estado de conciencia alterada. 
Probablemente, un lego habra empleado la expresin "trance 
hipntico", y no hubiera errado por completo. Un psiclogo 
clnico habra diagnosticado amnesia histrica, lo que estaba 
ms cerca de la verdad.

Ninguna de aquellas etiquetas era adecuada.

Cuando Abriman acababa de recitar el haiku, la personalidad 
de Susan quedaba reprimida ms fina y profundamente que si 
estuviera hipnotizada. En tan peculiar estado, dejaba de ser 
Susan Jagger a todos los efectos para convertirse en una 
cosa, una mquina de carne cuya mente poda compararse a 
un disco duro, vaco y listo para que Abriman instalara en l el 
programa que le conviniera.

Si hubiera sufrido amnesia histrica, que es una grave 
disociacin de la personalidad, se habra comportado de 
forma casi normal, con ocasionales excentricidades pero con 
menos pasividad que en esos momentos.

Susan dijo el doctor, sabes quin soy?

-S quin es? -pregunt la mujer con voz frgil y distante.

En aquel estado, era incapaz de responder a ninguna 
pregunta, porque esperaba que Abriman le indicara qu 
deseaba de ella, qu acto deba llevar a cabo, e incluso cmo 
deba sentirse al realizarlo.

-Soy tu psiquiatra, Susan?

A pesar de la densa penumbra, el doctor vislumbr su 
expresin de perplejidad.

-Es mi psiquiatra?

En tanto no la liberara de aquel estado, slo respondera a 
rdenes. Dime cmo te llamas.

Ante un mandato directo. Susan estaba en condiciones de 
proporcionar cualquier conocimiento que poseyera.

-Susan Jagger.

-Dime quin soy yo.

- El doctor Abriman.

-Soy tu psiquiatra?

-Es mi psiquiatra?

-Dime cul es mi profesin.

-Es usted psiquiatra.

Disear aquel estado intermedio entre la hipnosis y la 
amnesia no haba sido nada fcil. Convertir a Susan en un 
obediente juguete haba requerido muchas horas de trabajo y 
mucha dedicacin profesional.

Haca dieciocho meses, antes de convertirse en su psiquiatra, 
en tres ocasiones separadas y cuidadosamente planificadas, 
Abriman haba administrado subrepticiamente a Susan un 
potente cctel de drogas: Rohypnol, tenciclidina, Valium y una 
maravillosa sustancia psicotrpica excluida de las 
farmacopeas publicadas. Era una receta de su propia 
invencin, cuyas dosis compona personalmente con los 
especficos de su farmacia privada y completamente ilegal, 
pues para obtener el efecto deseado haba que combinar los 
ingredientes con escrupulosa exactitud.

Aunque las drogas propiamente dichas no haban conducido a 
Susan a su actual situacin de obediencia ciega, cada dosis la 
haba dejado semiconsciente, ignorante de su vulnerabilidad y 
extraordinariamente maleable. Mientras permaneca en aquel 
estado de duermevela, Abriman haba conseguido dejar en 
suspenso su mente consciente, facultad del pensamiento 
volitivo, y comunicarse con su subconsciente profundo, reino 
de los reflejos condicionados, sin encontrar la menor 
resistencia.

Lo que le haba hecho durante aquellas tres largas sesiones 
hubiera inducido a los peridicos sensacionalistas y a los 
escritores de novelas de espionaje a usar la expresin "lavado 
de cerebro", pero no tena nada que ver con algo tan propio 
del siglo xx. No haba demolido la estructura mental de Susan 
con la intencin de reconstruirla a su capricho. Tan ambiciosa 
empresa promovida antao por los gobiernos sovitico, chino 
y norcoreano, entre otros hubiera exigido meses de acceso 
permanente al sujeto en un escalofriante entorno carcelario y 
espuertas de tediosa tortura psicolgica, por no mencionar la 
resistencia necesaria para soportar los desagradables alaridos 
y nauseabundas splicas del pobre diablo. El coeficiente 
intelectual del doctor Abriman era tan alto como bajo el 
umbral de su aburrimiento. Adems, las probabilidades de 
xito usando tcnicas tradicionales de lavado de cerebro eran 
poco estimulantes, y el nivel de control obtenido, rara vez 
total.

Por el contrario, el doctor haba descendido al stano, al 
subconsciente de Susan, y haba aadido una nueva cmara 
una capilla secreta, por decirlo as, de la que su mente 
consciente no tena el menor conocimiento. All, la haba 
condicionado para adorar a un dios con exclusin de todos los 
dems, y ese dios era el propio Mark Abriman. Una deidad 
cruel, precristiana en su negacin del libre albedro, 
intransigente con la menor desobediencia, implacable con los 
transgresores.

A partir de ese da, no haba vuelto a drogarla. No era 
necesario. En aquellas tres sesiones, haba creado los 
mecanismos de control -el nombre, Ben Marco, y el haiku- 
que repriman la personalidad de Susan de forma instantnea 
y la suman en los reinos ms profundos de su psique con la 
misma efectividad que las sustancias qumicas.

En la ltima sesin con drogas, haba aprovechado para 
implantarle la agorafobia. La consideraba un trastorno 
interesante, que dara aliciente al drama y producira un sinfn 
de pintorescos efectos mientras la mujer se vena abajo poco 
a poco, hasta desmoronarse por completo. Despus de todo, 
lo principal era la diversin.

Creo que esta vez no me apetece ser yo mismo -dijo el doctor 
sin soltar la garganta de Susan . Esta noche prefiero algo 
morboso. Sabes quin soy, Susan?

-Quin es?

-Soy tu padre -respondi Abriman.

Susan no dijo nada.

-Dime quin soy -le orden el doctor.

-Mi padre.

-Llmame pap.

La voz de Susan sonaba distante, carente de emocin, porque 
Abriman an no le haba indicado cmo deba sentirse 
respecto a la nueva situacin.

-S, pap.

Bajo el pulgar derecho del doctor, el pulso de la cartida de 
Susan segua siendo bajo.

-Dime de qu color tengo el pelo, Susan.

-Rubio -contest Susan sin dudarlo, aunque la cocina 
continuaba a oscuras.

Abriman tena el cabello negro y entrecano, pero el padre de 
Susan era, efectivamente, rubio.

-dime de qu color tengo los ojos.

-Verdes, como los mos.

Abriman los tena castaos.

Sin soltar la garganta de Susan, el doctor inclin la cabeza y 
le dio un beso casi paternal.

Susan tena la boca floja. No participaba en el beso 
activamente; de hecho, lo reciba con tanta pasividad como si 
hubiera estado catatnica, casi comatosa.

Mordindole suavemente la boca y deslizando la lengua entre 
los labios, el doctor la bes como ningn padre debera besar 
a una hija; aunque ni la actitud ni el pulso de la mujer 
reflejaron el menor cambio, Abriman not que contena la 
respiracin.

-Dime cmo te sientes, Susan.

-Cmo quiere que me sienta?

El doctor le acarici el pelo con una mano y respondi:

-Profundamente avergonzada, humillada. Embargada por un 
dolor terrible... e indignada ante el comportamiento de tu 
padre. Sucia, degradada. Y, sin embargo, obediente, 
dispuesta a hacer lo que te diga... Porque, al mismo tiempo, 
te sientes excitada contra tu voluntad. Sientes un deseo 
enfermizo y acuciante, que quieres pero no puedes negar.

Volvi a besarla, y esa vez ella intent cerrar la boca; sin 
embargo, acab cediendo, y sus labios se aflojaron hasta 
abrirse. Apoy las manos en el pecho del doctor para 
rechazarlo, pero su resistencia era dbil, como la de una nia.

Bajo el pulgar de Abriman, el pulso de su cartida se haba 
acelerado como el de una liebre perseguida por un galgo.

-Pap, no...

El reflejo de la luz verde en los ojos verdes de Susan brill 
con una nueva y hmeda profundidad.

Las reverberantes simas de sus iris producan una fragancia 
sutil, levemente cida, salobre, un aroma familiar que inflam 
al doctor de un deseo brutal.

Retir la mano derecha del cuello de Susan y, asindola por la 
cintura, la atrajo hacia s.

-Por favor... susurr Susan, y su entrecortada splica era al 
mismo tiempo una protesta y una tmida invitacin.

Abriman respir hondo; luego, acerc los labios al rostro de 
Susan. La infalibilidad de su olfato de depredador se vio 
confirmada: las mejillas de la mujer estaban hmedas y 
saladas.

-delicioso.         

Con una sucesin de leves y rpidos besos, el doctor se 
humedeci los labios en la mejilla de Susan y se los lami con 
la punta de la lengua.

La asi por la cintura con ambas manos, la alz en vilo y la 
aprision entre su cuerpo y el frigorfico.

-Por favor... -repiti Susan-. Por favor... -volvi a decir la 
dulce nia, tan confusa que el deseo y el miedo tean su voz 
en igual medida.

Susan lloraba sin gemidos ni sollozos, y el doctor sabore el 
silencioso torrente de sus lgrimas, tratando de apaciguar la 
sed que nunca podra saciar. Lami una perla salada en la 
comisura de los labios de Susan, otra en una aleta de su nariz 
y a continuacin enjug las gotitas que pendan de sus 
pestaas y las palade como si fueran su nico sustento para 
el da siguiente.

Abriman le solt la cintura y retrocedi un paso.

-Ve a tu dormitorio, Susan -le orden.

La sinuosa sombra de la mujer se desliz como sus lgrimas, 
puras, ardientes, amargas...

Admirando sus andares cadenciosos, el doctor la sigui hasta 
su cama en el Infierno.











Mientras Valet dormitaba, rebullendo y resoplando en 
persecucin de conejos fantasmas, Martie permaneca tan 
silenciosa e inmvil como una estatua yacente encima de un 
sepulcro.

Su sueo, demasiado profundo a la luz de los inquietantes 
acontecimientos de la jornada, recordaba el insondable trance 
de Skeet en la habitacin de Nueva Vida.

Sentado en la cama, descalzo, en vaqueros y camiseta, dusty 
volvi a barajar las catorce hojas del bloc de notas de la 
cocina de Skeet, rumiando el nombre "doctor Yen Lo" en cada 
una de sus treinta y nueve apariciones.

Apenas lo haba odo, Skeet, aparentemente conmocionado, 
haba cado en un estado de semiconsciencia y respondido a 
cada pregunta con otra de su cosecha. Con los ojos abiertos y 
peridicamente agitados como en la fase REM del sueo, slo 
haba contestado directamente -aunque casi siempre de 
forma crptica- a preguntas expresadas como afirmaciones u 
rdenes. Cuando la frustracin haba impulsado a Dusty a 
soltarle un "Deja de marearme y echa un sueecito", se haba 
desvanecido tan de improviso como un narcolptico 
respondiendo automticamente al accionamiento de un 
interruptor electroqumico de su cerebro.

De los muchos aspectos curiosos del comportamiento de 
Skeet, uno intrigaba especialmente a Dusty en aquellos 
momentos: su incapacidad para recordar nada de lo ocurrido 
entre el instante en que haba odo el nombre "Doctor Yen Lo" 
y aqul en que se haba quedado dormido obedeciendo la 
involuntaria orden de Dusty. Tal vez fuera un caso de 
amnesia selectiva. No obstante, Dusty tena la impresin de 
que Skeet haba conversado con l estando inconsciente.

Martie aseguraba haber sufrido uno o ms perodos de 
amnesia durante la tarde anterior, aunque no haba sido 
capaz de especificar cundo se haban producido. Temiendo 
haber abierto la vlvula del gas de la chimenea sin encender 
los troncos de cermica, haba vuelto a la sala de estar una y 
otra vez con la angustiosa certeza de que una explosin 
formidable estaba a punto de hacer saltar la casa por los 
aires. Aun despus de comprobar repetidamente que la 
vlvula estaba bien cerrada, segua estando convencida de 
que su memoria tena tantos agujeros como una bufanda de 
lana devorada por la polilla.

Dusty era testigo de lo ocurrido a su hermano. El miedo de 
Martie a haber sufrido una amnesia temporal distaba de 
sorprenderlo. Puede que existiera una conexin.

Haba sido un da de lo ms extrao. Las dos personas a las 
que ms quera en el mundo haban dado muestras 
completamente diferentes pero igualmente graves de 
comportamiento aberrante. Las probabilidades de que un 
colapso psicolgico tan serio -aunque breve- se produjera por 
partida doble, en personas tan prximas, eran sin duda 
mucho menores que las de ganar la lotera del estado, una 
entre dieciocho millones.

Dusty imaginaba que el ciudadano medio de nuestro prspero 
y flamante siglo hubiera opinado que se trataba de una 
coincidencia siniestra. Como mucho, hubiera considerado lo 
ocurrido un ejemplo mas de los curiosos fenmenos que la 
inexorable maquinaria del universo produce en ocasiones 
como intiles derivados de su ciego funcionamiento.

Sin embargo, para Dusty, que perciba un significado oculto 
en todas las cosas, desde el color de los narcisos hasta la 
inocente alegra con que Valet persegua una pelota, las 
coincidencias no existan. Aunque difcil de identificar, la 
conexin era indudable. Y sobrecogedora.

Dej las hojas del bloc de Skeet en la mesilla de noche y 
cogi una libreta. Haba escrito los versos del haiku al que su 
hermano llamaba "las reglas" en la primera hoja:

Claras cascadas esparcen en las olas azules hojas de pino.

Skeet era las olas. Segn l, las hojas azules eran misiones. 
Las claras cascadas representaban a Dusty o Yen Lo, o tal vez 
a cualquiera que recitara el haiku en presencia de Skeet.

Al principio, las afirmaciones de Skeet le haban parecido un 
puro galimatas, pero cuantas ms vueltas les daba, ms 
sentido y coherencia crea discernir en ellas. Por algn 
motivo, empezaba a percibir el haiku como una especie de 
mecanismo, un sencillo artilugio de poderosos efectos, el 
equivalente verbal de un pulverizador neumtico de pintura o 
una pistola de clavos.

Dusty imagin a un carpintero de la era preindustrial en cuyas 
manos hubiera cado una pistola de clavos: seguramente 
intuira que era una herramienta, pero no comprendera su 
utilidad... hasta que se disparara un clavo en el pie por 
accidente. El temor a causar algn dao psicolgico a su 
hermano le aconsejaba estudiar el haiku con detenimiento 
hasta comprender su utilidad como herramienta antes de 
decidir si convena seguir experimentando sus efectos en 
Skeet.

Misiones.

Para descubrir la utilidad del haiku, tena que comprender, 
como mnimo, lo que Skeet entenda por "misiones".

Dusty estaba seguro de recordar con exactitud tanto el haiku 
como la extraa interpretacin que le daba Skeet, pues tena 
una memoria eidtica y auditiva tan poco corriente que haba 
pasado por el instituto y el primer ao de universidad con una 
nota media ms que notable, antes de decidir que aprendera 
ms de la vida como pintor de brocha gorda que como 
profesor.

Listones.

Dusty pens en sinnimos. Tarea. Quehacer. Cometido. 
Trabajo. Carrera. Vocacin. Ministerio.

Ninguno le ayud a aclarar sus ideas.

En el rincn, sobre la almohada con funda de borrego, Valet 
gema Inquieto, como si a los conejos de su sueo les 
hubieran crecido los colmillos y el cazador se hubiera 
convertido en presa.

Martie estaba demasiado exhausta para que la molestaran los 
dbiles gaidos del animal. No obstante, Valet viva sus 
pesadillas con tal intensidad que en ocasiones despertaba con 
un ladrido de terror.

Tranquilo, rubiales. Tranquilo le susurr Dusty. El retriever 
pareci escuchar en sueos la voz de su amo, y sus gemidos 
se atenuaron-. Tranquilo. Buen chico. Bien hecho, Valet.

Aunque no despert, el perro agit la peluda cola varias veces 
sobre la almohada de borrego antes de volver a enroscrsela 
alrededor del cuerpo.

Martie y Valet seguan durmiendo apaciblemente, cuando, 
sobrecogido por una revelacin, Dusty se incorpor de golpe 
sobre las almohadas apoyadas contra la cabecera. Mientras 
analizaba el haiku haba permanecido completamente 
despierto, pero en comparacin con su actitud de esos 
momentos era como si hubiera estado dormitando. De 
repente, estaba completamente alerta y tan helado como si 
tuviera agua fra en vez de fluido espinal.

Acababa de recordar el extrao comportamiento del perro 
haca unas horas.

Valet en la cocina, ante la puerta del garage, preparado para 
hacer de copiloto en el viaje al piso de Skeet, abanicando el 
aire pacientemente con la empenachada cola mientras l se 
pone una chaqueta de nailon con capucha.

Suena el telfono. Alguien ofreciendo una suscripcin a Los 
Angeles Times. Cuando cuelga el auricular del telfono de 
pared, apenas unos segundos despus, y se vuelve hacia la 
puerta del garaje, descubre que Valet ya no est a cuatro 
patas, sino tumbado en el umbral, como si hubieran pasado 
diez minutos y hubiera decidido echar un sueecito.

-Acabas de zamparte medio pollo, rubiales, as que no te 
hagas el flojo. Valet suelta un prolongado suspiro y se 
levanta.

Dusty revivi la escena en su imaginacin como si fuera 
tridimensional, y observ al golden retriever con minuciosa 
atencin a los detalles. De hecho, lo vio todo ms claramente 
que cuando haba ocurrido: en su recuerdo, era obvio, ms 
an, era indiscutible que el perro haba echado un sueecito.

A despecho de su memoria eidtica y auditiva, no consigui 
recordar si el empleado del Times era hombre o mujer. No 
haba retenido ni una sola palabra de lo que haba dicho o le 
haban dicho por telfono; slo conservaba la vaga impresin 
de que haban intentado suscribirlo al peridico.

En el momento de los hechos, haba atribuido su inslito fallo 
de memoria al estrs. Saltar de cabeza al vaco desde un 
tejado y asistir al desmoronamiento de un hermano eran 
cosas capaces de trastocarle el cerebro al ms pintado.

No obstante, si haba permanecido al telfono cinco o diez 
minutos en vez de unos segundos, era imposible que hubiera 
hablado con alguien del departamento de suscripciones del 
Times. De qu demonios iban a charlar tanto rato? De los 
tipos de letra? Del coste del papel offset? De Johannes 
Gutenberg qu to! y la invencin de los tipos mviles? de 
la extraordinaria utilidad del Times como instrumento para 
entrenar a Valet cuando era cachorro, de su singular eficacia, 
de su notable absorbencia, de sus admirables prestaciones 
como envoltorio ecolgico y biodegradable para la caca de 
perro?

Durante los minutos que Valet haba aprovechado para dormir 
ante la puerta del garaje, o bien Dusty haba conversado con 
alguien distinto al empleado del Times, o bien haba 
permanecido al aparato tan slo unos segundos y empleado el 
resto del tiempo haciendo otra cosa.

Otra cosa que no poda recordar.

Tiempo volatilizado.

"Imposible. Tambin yo?"

Dusty tena la sensacin de que una muchedumbre de 
afanosas hormigas le suba por las piernas, le bajaba por los 
brazos y le recorra la espalda, y aunque saba que los 
insectos no haban invadido la cama, que lo que senta era la 
respuesta de las terminaciones nerviosas de su piel a un 
escalofro vulgar y corriente, se sacudi los brazos y la nuca, 
como si tratara de liberarse de un ejrcito de soldados de seis 
patas.

Incapaz de seguir sentado, se levant de la cama procurando 
no hacer ruido; sin embargo, tampoco de pie pudo estarse 
quieto. Empez a pasear de aqu para all, pero, como el 
suelo cruja bajo la alfombra en algunos sitios, volvi a 
meterse en la cama, se sent y acab tranquilizndose. La 
piel de gallina y el hormigueo haban desaparecido. En 
cambio, algo pareca arrastrarse por las circunvoluciones de 
su cerebro: una nueva y desagradable sensacin de 
vulnerabilidad, la paranormal intuicin de que una presencia 
extraa y hostil haba entrado en su vida.











El rostro encendido y brillante de lgrimas, la sugestiva 
ondulacin del algodn blanco, las rodillas, desnudas y 
juntas... Sentada en el borde de la cama, Susan esperaba.

En un rincn del dormitorio, Abriman la contemplaba 
arrellanado en un silln tapizado de moar amarillo. No tena 
prisa por poseerla.

Siendo an nio, el doctor haba comprendido que hasta el 
juguete ms barato era en esencia lo mismo que los lujosos 
automviles antiguos de su padre. Se poda obtener tanto 
placer de su estudio demorado -de la observacin de sus 
lneas y delicados detalles- como de su uso. En el fondo, para 
poseer autnticamente un juguete, para merecer ser su 
dueo, era necesario comprender la belleza de su forma y no 
limitarse al disfrute de su funcin.

La belleza de Susan Jagger era doble: fsica, por supuesto, 
pero tambin psicolgica. Su rostro y su cuerpo eran 
excepcionalmente hermosos; pero su mente -su personalidad, 
su intelecto- no les iba a la zaga.

Como juguete, tambin tena una doble funcin, cuyo primer 
aspecto era sexual. Esa noche y unas cuantas noches ms, 
Abriman usara a Susan salvaje y exhaustivamente.

Su segunda funcin era sufrir y morir bien. Como juguete, ya 
le haba proporcionado considerable placer con su lucha, 
valerosa pero intil, por vencer la agorafobia, con su angustia 
y su desesperacin, tan exquisitas como mazapn. Sus 
denodados esfuerzos por conservar el sentido del humor y 
rehacer su vida eran patticos y, por eso mismo, deliciosos. 
Pronto agudizara y complicara la fobia de Susan hasta 
empujarla a un rpido e irreversible declive; luego, disfrutara 
la ltima -y ms intensa emocin que la mujer poda 
proporcionarle.

Por el momento, segua sentada en el borde de la cama, 
llorosa y avergonzada, angustiada ante la perspectiva del 
imaginario incesto, asqueada y no obstante presa del 
agridulce y enfermizo deseo de entregarse para el que haba 
sido programada, temblorosa.

De vez en cuando, sus ojos se agitaban con el caracterstico 
REM, que sealaba el estado ms profundo de inhibicin de su 
personalidad. Por desgracia, tambin distraa al doctor y 
afeaba a la paciente.

Susan conoca ya los papeles que interpretaran esa noche, y 
lo que se esperaba de ella de acuerdo al guin ertico, de 
modo que el doctor, mantenindola en todo momento alejada 
de la plena conciencia, la acerc a la superficie lo justo para 
poner fin a los espasmos oculares.

-Ahora, Susan, quiero que salgas de la capilla -dijo Abriman 
refirindose al lugar imaginario del subconsciente profundo de 
Susan al que la haba hecho descender para darle 
instrucciones-. Sal y sube las escaleras, pero no mucho, slo 
un tramo, y detente donde empieza a filtrarse un poco ms 
de luz. Ah, quieta ah.

Los ojos de Susan, como limpios estanques oscurecidos por 
los nubarrones y repentinamente iluminados por los dbiles 
rayos del sol, permitieron entrever una profundidad mayor.

-Sigue gustndome lo que llevas puesto -dijo Abriman. 
Algodn blanco. La sencillez. -En una de sus anteriores 
visitas, la haba instruido para que se acostara vestida de ese 
modo hasta nueva orden; el efecto lo excitaba -La inocencia. 
La pureza. Pareces una nia, pero increblemente madura.

Las rosas florecieron en las mejillas de Susan, que baj los 
ojos recatadamente. Como gotas de roco, las lgrimas de 
vergenza titilaban en los ptalos del rubor.

Cuando se atreva a alzar los ojos hacia el doctor, Susan vea 
a su padre con toda claridad. Tal era el poder de sugestin de 
Abriman mientras se diriga a ella en la recndita intimidad de 
su capilla mental.

Cuando acabaran sus juegos de esa noche, la instruira para 
que olvidara todo lo ocurrido desde el momento en que la 
haba telefoneado hasta que abandonara el piso. Susan no 
recordara ni la visita ni la fantasa del incesto.

No obstante, de haberlo preferido, Abriman hubiera podido 
instilar en la mente de Susan una detallada historia de abusos 
sexuales a manos de su padre. Habra necesitado muchas 
horas para tejer la escabrosa ficcin sobre el caamazo de los 
autnticos recuerdos de Susan; pero, una vez lo consiguiera, 
habra podido instruirla para que se sintiera vctima desde 
nia y aprovechar las sesiones de terapia para hacerla 
"recuperar" gradualmente los falsos traumas reprimidos.

Si el engao la llevaba a denunciar a su padre a la polica, y le 
pedan que se sometiera a una prueba del detector de 
mentiras, respondera a todas las preguntas con 
inquebrantable conviccin y con las reacciones emocionales 
apropiadas al caso. Su respiracin, su presin sangunea, su 
pulso y la reaccin galvnica de su piel convenceran a 
cualquier especialista poligrfico de que sus graves 
acusaciones se fundaban en hechos realmente acaecidos.

Abriman no tena intencin de jugar con ella de ese modo. 
Haba practicado aquel juego con otras vctimas, pero ya no le 
diverta. 

-Mrame, Susan.

Susan levant la cabeza. Sus ojos se encontraron con los del 
doctor, que record unos versos de E. E. Cummings: "En tus 
ojos habita un verde ruido egipcio".

-La prxima vez -dijo Abriman- traer mi cmara de video y 
grabaremos otra cinta. Recuerdas la primera vez que te 
film? Susan cabece.

-Eso es porque te he prohibido que lo recuerdes. Caste tan 
bajo que recordarlo podra haberte empujado al suicidio. Y 
todava no estaba listo para que te suicidaras. -Susan apart 
la mirada. Sus ojos se clavaron en el bonsai de la maceta 
colocada sobre el pedestal Biedermeier. Otra cinta para tener 
un recuerdo tuyo sigui diciendo el doctor-. La prxima vez. 
He estado ejercitando la imaginacin. La prxima vez vas a 
ser una niita muy sucia, Susie. Comparada con la nueva, la 
primera cinta parecer una pelcula de Disney.

Llevar un registro videogrfico de sus funciones de tteres 
ms atrevidas era poco sensato. Aunque guardaba las 
pruebas incriminatorias -un total de ciento veintiuna cintas 
hasta la fecha- en una cmara secreta, si determinadas 
personas sospechaban su existencia, pondran su casa patas 
arriba y no dejaran piedra sobre piedra ni tabla con tabla 
hasta dar con sus archivos.

Corra aquel riesgo porque, en el fondo, era un sentimental, 
propenso a la nostlgica aoranza de los das pasados, los 
viejos amigos, los juguetes rotos.

La vida es un viaje en tren, y en las muchas paradas del 
trayecto personas importantes para nosotros se apean para 
no volver a subir, hasta que, cuando el recorrido toca a su fin, 
caemos en la cuenta de que casi todos los asientos de nuestro 
coche estn vacos. Esta verdad entristece a Mark Abriman no 
menos que a otros hombres y mujeres dados a la perversin, 
si bien resulta innegable que la melancola del doctor es 
marcadamente peculiar.

-Mrame, Susan.

Susan segua con la vista fija en la planta del pedestal.

-No seas testaruda. Mira a tu padre ahora mismo.

Al apartarse del frondoso bonsai, los ojos llorosos de Susan 
suplicaban tmidamente que se les concediera un poco de 
dignidad. El doctor lo advirti, lo sabore y lo desech.

Sin duda, llegar el da, muy posterior a la muerte de Susan 
Jagger, en que el nostlgico doctor la recuerde con afecto y 
se sienta embargado por un repentino deseo de volver a or 
su musical voz, de ver de nuevo su adorable rostro, de revivir 
los muchos y buenos momentos que han pasado juntos. Es su 
debilidad.

Esa noche, el doctor se dar el capricho de recurrir a su 
coleccin de videos. Sentir ternura y regocijo al contemplar a 
Susan realizando actos tan srdidos, tan deplorables, que la 
transfiguran de forma casi tan radical como la luna llena a un 
hombre lobo. En los lodazales de la obscenidad, la radiante 
belleza de Susan se empaa lo suficiente como para que el 
doctor pueda ver con claridad al animal esencial que habita en 
el interior de la joven, a la bestia primitiva, rastrera pero 
astuta, temerosa y temible, que vive agazapada en las 
tinieblas de su corazn.

Por otra parte, aun en el caso de que no obtuviera tanto 
placer volviendo a ver sus grabaciones caseras, seguira 
llevando su archivo de videos, porque es un coleccionista 
nato. Habitacin tras habitacin, buena parte de su enorme 
casa est consagrada a la exposicin de los juguetes que ha 
ido adquiriendo a lo largo de los aos: preciosos coches de 
hierro fundido pintados a mano; huchas mecnicas 
accionadas mediante monedas; cajas con miles de diminutas 
figuras de plstico, desde gladiadores romanos hasta 
astronautas.

-Levntate, hija.

Susan se levant de la cama.

-date la vuelta.

Se dio la vuelta despacio, para que la examinara a placer.

-Oh, s -murmur el doctor-. Quiero ms imgenes tuyas para 
la posteridad. Y puede que con algo de sangre esta vez, 
digamos una pequea automutilacin. En realidad, el tema 
podran ser los fluidos corporales en general. Algo fuerte, muy 
degenerado. Suena divertido. Seguro que ests de acuerdo.

Una vez ms, Susan mantuvo la vista fija en el bonsai en 
lugar de dirigirla a los ojos del doctor; pero su desobediencia 
era puramente pasiva, pues volvi a mirarlo apenas se lo 
orden.

-Si crees que ser divertido, dmelo -insisti l.

-S, pap. Ser divertido.

Le indic que se pusiera de rodillas, y ella obedeci.

-Arrstrate hacia m, Susan.

Como la figura de una hucha mecnica, como si tuviera una 
moneda entre los dientes y avanzara por una gua hacia la 
ranura, Susan gate hacia el silln, con lgrimas 
extraordinariamente realistas pintadas en el rostro, soberbio 
ejemplar de su clase, adquisicin que hara las delicias de 
cualquier coleccionista.











Algo separaba el momento en que Dusty haba advertido que 
Valet dormitaba del momento previo en que haba sonado el 
telfono de la cocina; por mas que reviva la escena en su 
imaginacin no consegua enlazar aquel par de cabos sueltos 
de su jornada. En el primero, el animal estaba a cuatro patas 
agitando la cola; en el segundo, tumbado y somnoliento. 
Minutos volatilizados. Empleados en hablar, con quin? En 
hacer qu?

Rememoraba el episodio por ensima vez, concentrado en el 
agujero negro entre el instante en que haba cogido el 
auricular y el instante en que lo haba colgado, esforzndose 
en tender un puente sobre el vaco de su memoria, cuando 
Martie empez a gemir en sueos a su lado.

-Tranquila. No pasa nada. Tranquila le susurr acaricindole 
el hombro con suavidad, en un intento de ayudarla a escapar 
de la pesadilla y volver a un sueo apacible, como haba 
hecho con Valet haca un rato.

No lo consigui. Los gemidos se convirtieron en lamentos, y 
Martie se estremeci y agit los pies enredados en las 
sbanas; poco a poco, los lamentos subieron de tono hasta 
transformarse en gritos estridentes y Martie se revolvi en la 
cama, se sent bruscamente, apart la ropa y salt al suelo, 
ya no gritando de terror, sino ahogndose, presa de arcadas, 
al borde del vmito, tapndose la boca con ambas manos, 
como asqueada por algn plato del men de un banquete de 
pesadilla.

Levantndose y movindose casi tan violentamente como 
Martie. Dusty rode la cama mientras el bueno de Valet, 
sobresaltado, adoptaba una actitud alerta.

Martie se volvi bruscamente.

-Aljate de m! -le grit.

Su voz era tan apremiante que Dusty se detuvo de inmediato 
y Valet, con el pelo erizado a lo largo del lomo, se ech a 
temblar.

Martie, que no paraba de restregarse la boca, se mir las 
manos como si esperara verlas tintas en sangre fresca, y no 
precisamente la suya.

-Oh, Dios... Oh, Dios mo... -Dusty dio un paso hacia ella, que 
volvi a farfullarle que se alejara-: 

-No confes en m, no te acerques, ni se te ocurra acercarte...

-Slo ha sido una pesadilla.

-Esto es la pesadilla!

-Martie...

Asqueada por el recuerdo del sueo, Martie se dobl 
convulsivamente y solt un estremecedor gemido de angustia 
y desesperacin.

A pesar de su advertencia, Dusty se le acerc; pero, apenas 
la toc, Martie le dio un empujn y se apart aterrorizada.

-No te fes de m! Por lo que ms quieras, no te fes de m!

Renunciando a eludirlo, Martie gate a toda prisa sobre la 
cama deshecha, salt al suelo en el otro extremo y corri 
hacia el bao anexo al dormitorio.

Valet solt un ladrido breve y seco, un sonido semejante a la 
vibracin de un alambre, que reson en el interior de Dusty y 
le infundi un miedo como nunca haba sentido.

Volver a verla en aquel estado otra vez fue ms aterrador que 
asistir a su primer ataque. Uno poda ser una aberracin. Dos 
eran una patologa, una pauta para el futuro.

Dusty fue tras Martie y la encontr inclinada sobre el lavabo. 
El chorro del agua fra gorgoteaba en el desague. Haba 
abierto la puerta del botiqun, que empez a cerrarse como 
por voluntad propia.

-Debe de haber sido peor que otras veces -dijo Dusty.

-Qu?

-La pesadilla.

-Era distinta, mucho peor que la del Hombre de Hojarasca -
dijo Martie; pero era evidente que no quera entrar en 
detalles.

Martie destap un frasco de efectivos somnferos que apenas 
usaban. Un chorro de pastillas azules llen la palma de su 
mano izquierda.

Al principio, Dusty crey que pensaba tomarse una 
sobredosis, lo que era ridculo, porque probablemente ni 
siquiera el contenido de todo el frasco acabara con ella; 
adems, Martie saba sin duda que la obligara a tirar las 
pastillas antes de que pudiera llevrselas a la boca.

Sin embargo, Martie devolvi al fiasco la mayora de los 
comprimidos. Slo quedaron tres en la palma de su mano.

La dosis mxima son dos -dijo Dusty.

-Me importa una mierda la dosis mxima. Quiero perder el 
conocimiento. Tengo que dormir, necesito descansar, pero no 
pienso pasar por lo mismo, no quiero tener otro sueo 
parecido.

Tena el negro pelo empapado de sudor y enmaraado como 
la cabellera de serpientes de la Medusa que deba de haber 
visto en sueos. Las pldoras eran su antdoto contra los 
monstruos.

Llen un vaso, se introdujo las tres pastillas en la boca y las 
hizo pasar con un largo trago de agua.

Dusty no intent detenerla. Tres pldoras no la perjudicaran 
hasta el punto de necesitar que la ingresaran en un hospital y 
le hicieran un lavado de estmago; si al despertar estaba algo 
atontada, puede que tambin se sintiera menos ansiosa.

No tena sentido decirle que dormir profundamente no era 
una garanta contra los malos sueos tan segura como ella 
crea. Estara ms descansada por la maana incluso si 
dorma en los escamosos brazos de una criatura de pesadilla 
que si pasaba la noche en vela.

Al apartar el vaso de sus labios. Martie se vio reflejada en el 
espejo. Su propia imagen le produjo un escalofro que el agua 
fra no haba conseguido provocarle.

Como el invierno, que congela y hace desaparecer el azul de 
una charca, el miedo haba arrebatado el color al rostro de 
Martie. Tena el cutis tan plido como el hielo, y sus labios, de 
un tono ms malva que rosa, estaban cubiertos de secos 
ptalos de piel griscea despellejados por el roce de las 
manos.

-Dios mo, en qu me he convertido? -murmur "En qu me 
he convertido...?

Dusty saba que no se refera a su pelo, hmedo y revuelto, ni 
a sus demacradas facciones, sino al odioso ser que imaginaba 
ver en las profundidades de sus ojos azules.

Martie ech atrs la mano que sostena el vaso y derram el 
resto de su contenido, pero Dusty le agarr la mueca antes 
de que pudiera arrojarlo contra el espejo y se lo arrebat de 
entre los dedos crispados al tiempo que el agua mojaba las 
baldosas del suelo.

Al sentir que la tocaba, Martie se apart con tal violencia que 
choc contra una pared e hizo vibrar la mampara de la ducha.

-No te acerques! Por amor de Dios, es que no lo 
comprendes? No te das cuenta de lo que podra hacerte?

-No puedo asustarme de ti, Martie -respondi Dusty con un 
nudo de angustia en el estmago.

-Qu distancia hay de un beso a un mordisco? farfull Martie 
con voz ronca.

-Qu?

-Un beso, un mordisco... y tendra tu lengua en mi boca.

-Martie, por favor...

-De un beso a un mordisco no hay nada... Sera tan fcil 
arrancarte los labios... Cmo sabes que no lo hara? Cmo 
sabes que no sera capaz?

Si an reo sufra un ataque de pnico en toda regla, iba 
cuesta abajo y sin frenos hacia l, y Dusty no saba cmo 
detenerla o, al menos, cmo suavizar el encontronazo.

-Mira mis manos -farfull Martie-. Mira mis uas. Son 
acrlicas. Crees que no podra dejarte ciego con ellas? Que 
no iba a usarlas para sacarte los ojos?

-Martie, esto es...

-Llevo algo en mi interior que no haba descubierto hasta 
ahora, algo que me aterra y que podra impulsarme a hacer 
cualquier atrocidad, te aseguro que podra, podra obligarme a 
arrancarte los ojos... Por tu propio bien, ms vale que lo veas 
t tambin, y que lo temas.

Una marejada de emociones agitaba el nimo de Dusty, una 
lstima desgarradora y un amor desesperado, un oleaje 
desatado y catico.

Trat de sujetarla, pero ella se agach, se escabull hacia un 
lado, corri fuera del bao y cerr la puerta con violencia.

Cuando Dusty lleg al dormitorio, la encontr delante del 
armario abierto de par en par. Revolva entre sus camisas 
haciendo sonar los colgadores en la barra, buscando.

El colgador de las corbatas. Estaba casi vaco, porque Dusty 
slo tena cuatro.

Martie se apoder de una corbata negra y otra de rayas 
azules y rojas y se las tendi.

-tame.

-Qu? No. Dios santo, Martie...

-Hablo en serio.

-Yo tambin. No.

-tame los tobillos y las muecas lo apremi Martie.

-No.

Sentado en su almohada, Valet matizaba todo un abanico de 
preocupadas expresiones con las agitadas cejas mientras su 
atencin saltaba de Martie a Dusty y de Dusty a Martie.

-As, si pierdo el control, si me vuelvo completamente loca 
durante la noche...

Dusty procur mostrarse firme pero tranquilo, confiando en 
que su ejemplo la ayudara a sosegarse.

-Por favor, basta.

-...totalmente desquiciada, tendr que soltarme si quiero 
hacerte algo. Y cuando intente soltarme, si te has quedado 
dormido, el ruido te despertar.

-No tengo miedo.

Dusty no consigui contagiarle su fingida calma, y Martie 
sigui vomitando desatinos con una locuacidad cada vez ms 
torrencial:

-De acuerdo, est bien, puede que no tengas miedo, aunque 
deberas tenerlo... puede que no lo tengas, pero yo s. Tengo 
miedo de m misma, Dusty, miedo de lo que podra hacerte a 
ti o a cualquier otra persona cuando tengo estos ataques, 
estos arrebatos demenciales, miedo de lo que podra hacerme 
a m misma... No s qu me est pasando, es tan delirante 
como lo de El Exorcista, aunque no levite ni me d vueltas la 
cabeza. Si consiguiera echar mano a un cuchillo en estos 
momentos, o apoderarme de la pistola cuando estoy en este 
estado frentico, los usara contra m misma, s que lo hara. 
Siento unas ganas locas justo aqu -dijo golpendose el 
estmago con el puo, un ansia de hacer el mal, algo 
enroscado en mis entraas que me susurra cosas sobre 
cuchillos, pistolas, martillos...

Dusty mene la cabeza.

Martie se sent en la cama y empez a atarse los tobillos con 
una de las corbatas, pero al cabo de un momento se detuvo, 
impotente.

-No s hacer nudos tan bien como t... Maldita sea, tienes 
que ayudarme con esto!

Esos somnferos son muy efectivos. Con uno suele bastar, y 
te has tomado tres. No hace falta que te ate.

-No pienso confiar en las pastillas, no son bastante, te lo 
aseguro. O me ayudas con esto, o las vomitar, me meter 
los dedos en la garganta y las vomitar ahora mismo.

Era intil razonar con ella. El miedo la tena tan dominada 
como a Skeet las drogas; no caba pedirle un comportamiento 
ms sensato que el del chico en el tejado de los Sorenson.

Con las corbatas enredadas entre las piernas, trmula y 
sudorosa, Martie se ech a llorar.

Por favor, cario, te lo suplico. Por favor. Aydame tengo que 
dormir, estoy tan cansada... Necesito descansar un poco, o 
perder la cabeza completamente. Necesito un poco de paz, y 
no voy a conseguirlo si no me ayudas. Aydame. Por favor...

Las lgrimas conmovieron a Dusty como no lo haba 
conmovido la furia.

Cuando se acerc a ella, Martie se tumb en la cama y se 
tap la cara con las manos, como si la avergonzara el 
desamparo a que la haba reducido el miedo.

Los dedos de Dusty temblaban mientras le ataba los tobillos. -
Ms fuerte -murmur Martie tras la mscara de sus manos. 
Dusty la obedeci, pero no apret los nudos tanto como a ella 
le hubiera gustado. La idea de hacerle dao, aunque fuera 
involuntariamente, le resultaba insoportable.

Martie junt las manos y se las tendi.

Dusty cogi la corbata negra y le at las muecas lo bastante 
fuerte para inmovilizrselas hasta la maana siguiente, pero 
se asegur de no cortarle la circulacin.

Mientras la maniataba, Martie mantuvo los ojos cerrados y la 
cabeza vuelta hacia mi lado, quiz porque la humillaba su 
impotencia ante el miedo, quiz porque la mortificaba su 
aspecto. Quiz. No obstante, Dusty sospechaba que el 
principal motivo de que procurara ocultarle el rostro era que 
identificaba lgrimas y debilidad.

La hija de Robert Woodhouse, alias Bob El Risueo -un 
autntico hroe de guerra, adems de un hroe de otra clase 
en varias ocasiones posteriores a la guerra estaba decidida a 
vivir a la altura del ejemplo de honor y coraje que haba 
recibido como herencia. Desde luego, su condicin de joven 
esposa y diseadora de videojuegos en una plcida ciudad de 
la costa de California no le ofreca muchas oportunidades de 
mostrarse heroica, pero era algo de lo que caba alegrarse, no 
un motivo para mudarse a un perpetuo hervidero de violencia 
como los Balcanes, Ruanda. Sin embargo, vivir en paz y 
desahogadamente la limitaba a honrar la memoria de su 
padre a travs de las pequeas heroicidades del da a da: 
ganndose honradamente la vida y haciendo bien su trabajo, 
manteniendo su compromiso con Dusty en los buenos como 
en los malos tiempos, prestando todo el apoyo posible a sus 
amigos, mostrando autntica compasin por aquellos, como 
Skeet, a quienes la vida haba maltratado, al tiempo que viva 
con honradez, inteligencia y suficiente amor propio para 
evitar convertirse en uno de ellos. Aunque nunca se 
recompensan con medallas ni emocionantes desfiles, esas 
pequeas hazaas son el combustible y el lubricante que 
mantiene en marcha la mquina de la civilizacin; 
sorprendentemente, en un mundo plagado de incitaciones a la 
autoindulgencia, la autocomplacencia y el autobombo hay 
ms hroes de lo cotidiano de lo que cabra esperar. Sin 
embargo, cuando uno ha crecido a la sombra de un autntico 
hroe, como era el caso de Martie, limitarse a vivir con 
decencia -ayudando a otros con el propio ejemplo y con actos 
de generosidad puede producir un sentimiento de frustracin, 
hasta el punto de hacer que las lgrimas, incluso en 
momentos de extrema adversidad, parezcan una traicin al 
legado paterno.

Dusty, que comprenda todo aquello perfectamente, no 
pensaba mencionarlo en ese momento, ni probablemente en 
ningn otro, porque hacerlo implicara admitir que conoca el 
punto ms vulnerable de Martie y senta una compasin que 
la hubiera despojado de parte de su dignidad, como suele 
ocurrir con la compasin. Martie no ignoraba lo que sabia 
Dusty, ni que lo saba; pero el amor se hace ms fuerte y ms 
profundo cuando tenemos el sentido comn no slo de decir 
lo que debe ser dicho, sino tambin de callar lo que conviene 
callar.

En consecuencia, Dusty anud la corbata negra en completo y 
respetuoso silencio.

Cuando acab de atarla, Martie se volvi sobre el costado y 
cerr los ojos rebosantes de lgrimas; al verla de frente, Valet 
se acerc a la cama, estir el cuello y le lami la cara.

Martie no pudo reprimir el llanto por ms tiempo; pero, 
apenas solt un sollozo, le entr la risa, involuntaria al 
principio, franca al cabo de unos instantes.

-Mi muchachito peludo... Sabas que tu pobre mam 
necesitaba un beso, verdad, cario?

-O eso, o es que ha olido mi incomparable lasaga en tu 
aliento -dijo Dusty, con la esperanza de proporcionar un poco 
de oxgeno para que aquel momento de respiro ardiera unos 
instantes ms.

-Me da igual que sea la lasaga o lo mucho que me quiere -
dijo Martie-. Porque yo se cunto me quiere mi muchachito 
peludo.

-Lo mismo que tu otro muchachito, aunque no sea tan peludo 
dijo Dusty.

Martie volvi al fin la cabeza y lo mir.

-Por eso no he perdido la chaveta del todo. Gracias a lo 
nuestro. Dusty se sent en el borde de la cama y le cogi las 
manos, unidas por la corbata.

Al cabo de unos instantes, vencida por el cansancio y los 
somnferos, Martie cerr los ojos.

Dusty ech un vistazo al despertador de la mesilla y record 
el misterio del tiempo volatilizado.

-Doctor Yen Lo -dijo.


-Cmo? -murmur Martie con voz ronca y sin abrir los ojos. 

-Doctor Yen Lo. No te suena ese nombre?

-No.

-Claras cascadas.

-Qu?

-Esparcen en las olas.

Martie abri los ojos. Su mirada empezaba a enturbiarse. 
Como oscurecida por nubes de sueo.

-Ests desvariando, o es que los somnferos empiezan a 
hacerme efecto.

-Azules hojas de pino -concluy Dusty, aunque era evidente 
que los versos no producan en Martie el mismo efecto que en 
Skeet.

-Qu bonito -murmur Martie, al tiempo que volva a cerrar 
los ojos.

Valet, que se haba echado junto a la cama en lugar de volver 
a su mullida almohada, permaneca despierto. De vez en 
cuando, levantaba la cabeza para comprobar que su duea 
segua durmiendo o para escudriar las sombras de los 
rincones del dormitorio. Ergua las largas orejas ms de lo 
que pareca posible, como si escuchara dbiles pero 
inquietantes ruidos. Su negro y hmedo hocico se dilataba y 
aleteaba intentando identificar los olores entremezclados en el 
aire, y grua por lo bajo. Era como si el pacfico Valet 
intentara transformarse en perro guardin, aunque pareca 
confuso respecto al peligro contra el que deba permanecer en 
guardia.

Mientras velaba el sueo de Martie, pendiente de su cutis 
ceniciento y de sus labios, tan inusualmente.

Dusty fue convencindose de que la postracin de su mujer 
en un desequilibrio mental duradero no era, como haba 
credo hasta ese momento, la mayor amenaza que penda 
sobre sus cabezas. El instinto le deca que lo que acechaba a 
Martie no era la locura, sino la muerte, y que ya tena un pie 
en la tumba.

De hecho, tena el sobrecogedor presentimiento de que el 
agente de la muerte de Martie se encontraba en el dormitorio 
en ese preciso instante: con el pelo de la nuca erizado por un 
miedo supersticioso, se levant despacio del borde de la cama 
y alz la vista asustado, poco menos que temiendo descubrir 
una aparicin a escasos centmetros del techo: un torbellino 
de ropas negras, una forma encapuchada, la macabra sonrisa 
de una calavera.

Aunque Dusty no vio otra cosa que la lisa superficie de 
escayola, Valet solt otro gruido sordo y prolongado. Se 
haba erguido sobre sus cuatro patas junto a la cama.

Martie segua durmiendo apaciblemente, pero Dusty apart la 
mirada del techo y concentr su atencin en el retriever.

Las fosas nasales de Valet se dilataron y husmearon 
inquisitivamente y, como inflada de ese modo, la pelambre 
dorada de su lomo se eriz. Sus negros labios se estiraron 
hasta dejar al desnudo los afilados dientes. El retriever 
pareca ver la siniestra presencia que Dusty slo poda 
presentir.

El animal lo observaba con la intensa mirada fija de un perro 
guardin.

Valet?

A pesar del denso pelaje invernal que los cubra, los msculos 
del retriever se tensaron visiblemente en hombros y muslos. 
Valet adopt una actitud agresiva que no cuadraba en 
absoluto con su carcter.

-Qu te pasa, chico? Soy yo. Dusty.

El bronco gruido fue apagndose. El perro se qued en 
silencio, pero tenso, alerta.

Dusty dio un paso hacia l.

Otra vez el gruido.

-Soy yo -repiti.

El perro no pareca muy convencido.












Cuando el doctor se dio por satisfecho, Susan Jagger 
permaneci boca arriba, con los brazos pudorosamente 
cruzados sobre los pechos y los muslos bien apretados, corro 
si tratara de negar cunto los haba abierto.

Segua llorando. Pero no en silencio, como antes. Para su 
propio placer, Abriman le haba permitido que expresara parte 
de su angustia y su vergenza.

Mientras se abotonaba la camisa, el doctor cerr los ojos para 
escuchar mejor sus quejas de pjaro herido, sus sollozos, 
suaves como plumas: pichones solitarios en sus vigas, 
gaviotas lamentndose en el vendaval.

Tras ordenarle que fuera a la cama, haba usado tcnicas de 
terapia mediante regresin hipntica para devolverla a los 
doce aos, a una poca en que era inocente, virgen, un 
capullo de rosa sin espinas. La voz de Su-san adquiri un 
matiz ms tierno, ms agudo; sus palabras eran las de una 
nia precoz. Su frente se volvi ms tersa a ojos vista y su 
boca ms suave, como si el tiempo hubiera retrocedido, Sus 
ojos no adquirieron un verde ms brillante, pero se hicieron 
ms claros, como si diecisis aos de duras experiencias se 
hubieran evaporado de su superficie.

A continuacin, oculto tras la mscara de su padre, la haba 
desflorado. Al principio, le haba permitido ofrecer una 
resistencia dbil, que Susan, asustada y confusa ante el 
redescubrimiento de su inocencia sexual, redobl 
momentneamente. Al cabo, la amarga oposicin dio paso a 
una avidez trmula. Sugestionada por el doctor, Susan se 
sinti presa de un deseo creciente y bestial; empez a mover 
las caderas y alzarlas hacia el hombre.

Luego, Abriman model el estado psicolgico de Susan 
murmurndole sugerencias, de modo que el miedo, la 
vergenza y la pena salpimentaran en todo momento los 
excitantes gemidos de placer de la adolescente. Para el 
doctor, las lgrimas de Susan eran un lubricante ms efectivo 
que los fluidos secretados por el cuerpo de la mujer para 
facilitarle la penetracin. Lgrimas, incluso en el momento del 
xtasis.

Mientras terminaba de vestirse, Abriman observaba el rostro 
perfecto de Susan.

Luna en el agua, ojos como charcos de lluvia primaveral. Pez 
oscura en la mente.

No. Bastante Flojo. No era capaz de componer un haiku que 
describiera la triste expresin de Susan mientras clavaba los 
ojos en el techo. Su talento para escribir poesa era apenas 
una fraccin de su capacidad para apreciarla.

El doctor no se haca ilusiones respecto a sus dotes. Aunque 
poseyera el coeficiente intelectual de un genio segn todos los 
parmetros de inteligencia, era un jugador, no un creador. 
Tena un don especial para los juegos, para usar juguetes de 
formas nuevas e imaginativas. pero no era un artista.

De modo similar, aunque senta inters por la ciencia desde 
muy temprana edad, careca del temperamento de un 
cientfico: la paciencia, la aceptacin de los sucesivos fracasos 
en la bsqueda del xito definitivo, la preferencia por el 
conocimiento sobre la sensacin. 

Hoyen Abriman haba codiciado la recompensa del respeto 
que se otorga a la mayora de los cientficos, y adoptaba de 
forma natural actitudes como la autoridad y serena 
superioridad con que suelen comportarse esos sueros 
sacerdotes de una civilizacin que adora el cambio y el 
progreso. Sin embargo, no senta la menor atraccin por el 
ambiente fro y gris de los laboratorios, ni por el tedio de la 
investigacin metdica.

A los trece, el nio prodigio que cursaba su primer ao en la 
universidad comprendi que la Psicologa le ofreca la carrera 
ideal. Aquellos que afirmaban conocer los secretos de la 
mente obtenan de sus semejantes un respeto rayano en la 
reverencia, una veneracin no muy distinta a la que deba de 
reservarse a los sacerdotes en siglos pretritos. cuando la 
creencia en el alma estaba tan extendida como la moderna de 
el ello, el yo y el supery. Cuando un psiclogo reclamaba su 
autoridad, los profanos se la reconocan sin titubeos.

La mayora de la gente consideraba a la Psicologa una 
ciencia. Haba quien la tildaba de "ciencia blanda". pero el 
nmero de quienes hacan tal distingo decreca de ao en 
ao.

En las ciencias puras-como la Fsica o la Qumica- se propone 
una hiptesis como gua para la investigacin de una serie de 
fenmenos relacionados. Posteriormente, si los presupuestos 
de dicha hiptesis se ven confirmados por un amplio corpus 
emprico elaborado por muchos cientficos, puede llegar a 
formularse una teora general. Con el tiempo, si la teora 
demuestra su validez universal en miles de experimentos, 
acaba convirtindose en ley.

Algunos psiclogos se esforzaban por someter su disciplina al 
mismo rigor experimental. Abriman los compadeca. Actuaban 
movidos por la ilusin de que su autoridad y su poder estaban 
ligados al descubrimiento de verdades imperecederas, cuando 
lo cierto era que la verdad no constitua sino una molesta 
cortapisa de la autoridad y el poder.

En opinin de Abriman, el atractivo de la Psicologa resida en 
el hecho de que bastaba con reunir una serie de 
observaciones subjetivas y en tocar un conjunto de 
estadsticas desde un ngulo convenientemente sesgado para 
saltarse la hiptesis y la teora, y declarar el descubrimiento 
de una ley sobre el comportamiento humano.

La ciencia era aburrimiento, trabajo. Para el joven Abriman, 
estaba claro que la Psicologa era un juego y las personas, sus 
juguetes.

Por supuesto, finga compartir la indignacin de sus colegas 
cuando su disciplina era tachada de ciencia blanda; de hecho. 
l la consideraba una ciencia "lquida", incluso gaseosa, y era 
precisamente sa la cualidad que ms lo atraa de ella. El 
poder del cientfico se ve limitado por la tozudez de los 
hechos con que debe trabajar; por el contrario, la Psicologa 
dispone del poder de la supersticin, capaz de transformar el 
mundo ms radicalmente que la electricidad, los antibiticos o 
las bombas de hidrgeno.

Mark Abriman, que haba ingresado en la universidad a los 
trece aos, era doctor en Psicologa al cumplir los diecisiete. 
Consciente de que como psiquiatra obtendra ms amplia 
admiracin y alta estima que como psiclogo, y en 
consecuencia le sera ms fcil jugar a los juegos con que 
fantaseaba, Abriman aadi a su currculo un ttulo de 
Medicina y el resto de las credenciales necesarias.

Consciente de que asistir a la facultad de Medicina le exigira 
llevar a cabo una cantidad nada despreciable de prcticas 
cientficas, temi aburrirse; para su sorpresa, se divirti de lo 
lindo. Despus de todo, una formacin mdica digna de ese 
nombre lleva aparejadas considerables dosis de sangre y 
vsceras; Abriman tuvo numerosas oportunidades de 
presenciar el sufrimiento moral y los dolores fsicos, y pudo 
comprobar que donde florecen el sufrimiento y el dolor las 
lgrimas nunca escasean.

De nio, las lgrimas le producan el mismo deslumbramiento 
que el arco iris, el cielo estrellado o las lucirnagas a otras 
criaturas de su edad. Al llegar a la pubertad, descubri que la 
simple vista de las lgrimas inflamaba su libido mas que la 
pornografa dura.

El no haba llorado nunca.

Cuando acab de vestirse, el doctor se acerc a los pies de la 
cama y observ el rostro baado en lgrimas de Susan. Sus 
ojos eran un par de estanques desolados, en cuya superficie, 
medio ahogado, flotaba su espritu. El objetivo del juego era 
ahogarlo por completo. No esa noche. Pronto.

-Dime cuntos aos tienes -le orden.

-Doce respondi la mujer con voz de colegiala.

-Ahora vas a avanzar en el tiempo, Susan. Tienes trece... 
catorce... quince... diecisis. Dime cuntos aos tienes.

-Diecisis.

-Ahora tienes diecisiete... dieciocho...

La hizo avanzar hasta el presente, hasta la hora y el minuto 
que marcaba el reloj de la mesilla; luego, le orden que se 
vistiera.

La ropa que utilizaba para dormir estaba esparcida por el 
suelo. Susan la recogi con los movimientos torpes y 
pausados de quien permanece bajo hipnosis.

Sentada en el borde de la cama, Susan desliz las bragas de 
algodn blanco a lo largo de sus esbeltas piernas. De 
improviso, dobl el cuerpo violentamente como si hubiera 
recibido un golpe en el plexo solar y solt el aire con una 
brusca exhalacin. Temblando de pies a cabeza, inspir con 
ansia y, a continuacin, escupi con expresin de asco y 
terror; mientras la saliva le resbalaba por los muslos como el 
rastro de un caracol, volvi a escupir, como si tratara 
desesperadamente de librarse de un sabor insoportable. La 
repugnancia dio paso a la nusea, y entre angustiosos 
sonidos guturales Susan pronunci unas palabras que 
consigui arrancar a su garganta a duras penas:

-Por qu, pap, por qu? barbot, pues, aunque haba 
dejado de creer que tena doce aos, segua convencida de 
que su amado padre la haba violado brutalmente.

Aquel inesperado arrebato de dolor y vergenza fue para el 
doctor como una propina, un delicioso plus de sufrimiento, 
una trufa de chocolate despus del coac. Permaneci en pie 
junto a ella, aspirando profundamente la dbil y acre 
fragancia salina que ascenda del torrente de sus lgrimas.

Cuando pos una mano paternal sobre su cabeza, Susan dio 
un respingo y se apart con brusquedad, y el "Por qu papa, 
por qu? degener en un llanto quedo e inarticulado. El sordo 
lamento record al doctor los escalofriantes aullidos de los 
coyotes en una clida noche del desierto an ms lejana en el 
tiempo que Minette Luckland empalada en la estatua de 
Diana, en Scottsdale, Arizona.         

All donde apenas llega el resplandor de Santa F, se alza un 
rancho de caballos: una hermosa casa de adobes, establos, 
corriles y terrenos vallados salpicados de matojos, era un 
atardecer de verano, dos dcadas antes de que a nadie le 
haya dado por cavilar sobre la inminencia de un nuevo 
milenio, la encantadora esposa del Pastor contesta el telfono 
y oye los tres versos de un haiku de Basto. Tiene trato con el 
doctor; que adems intenta curar a su hijo de diez aos, de 
tartamudez aguda. En una veintena de ocasiones, ella y d 
doctor han mantenido relaciones sexuales, tan envilecedoras 
en su mayora que la mujer sufre ataques de depresin. ella 
no representa ningn peligro para el doctor; que no obstante 
se considera satisfecho, y esta listo para iniciar la fase final su 
relacin.

Activada a distancia recibe sin protesta las instrucciones 
finales, se dirige directamente al despacho de su marido y 
escribe una breve pero desgarradora nota de suicidio 
acusando a su inocente cnyuge de una imaginativa lista de 
atrocidades. Redactada la nota, abre la vitrina de las armas 
situada en la misma habitacin y se apodera de un Colt 45 de 
seis disparos, todo un revlver para una mujer de tan solo un 
metro sesenta y dos y cuarenta y nueve kilos. No obstante, 
sabe manejarla. Es una chica nacida y criada en el Sudoeste; 
lleva disparando a blancos y animales ms de la mitad de sus 
treinta aos. Carga el arma con balas Keith de veintin 
gramos y calibre 44 y se dirige al cuarto de su hijo.

La ventana, abierta para ventilar la habitacin, esta protegida 
con tela para impedir la entrada de los insectos del desierto; 
cuando enciende la lmpara, el doctor dispone del equivalente 
a una lnea de fusin de cincuenta metros. Por lo general, 
renuncia a estar presente durante esos momentos de control 
total, porque prefiere no correr riesgos. Las circunstancias son 
ideales para favorecer su presencia, y no puede resistir la 
tentacin. Aunque no aislado, el rancho se encuentra en un 
lugar bastante remoto. el capataz y su mujer, empleados de 
los Pastore, estn de vacaciones, visitando a unos familiares 
en Texas, con motivo del festival anual de los melones de 
roca, y los tres peones viven fuera del rancho.  Ha llamado a 
Roda desde el telfono de su coche, estacionado a slo 
cuatrocientos metros de la casa, y ha caminado hasta la 
ventada a la que ha llegado apenas un minuto antes de que la 
mujer entrara en el dormitorio y accionara el interruptor.

El nio no se despierta en ningn momento, para decepcin 
del doctor, que est tentado de hablar a travs de la fina tela 
metlica, como un cura imponiendo penitencia en un 
confesionario, para ordenar a Nona que despierte a su hijo. 
Duda; no as la mujer, que pone fin a los sueos de la criatura 
con dos disparos. El alarido, Bernardo, corriendo y gritando 
alarmado, y su mujer aprieta el gatillo otras dos veces. 
Nervudo y moreno, es uno de esos encallecidos hombres del 
Oeste a quienes la piel curtida y los huesos templados por el 
calor dan una apariencia de impenetrabilidad; sin embargo, y 
como era de esperar, las balas, en lugar de rebotar en su 
pellejo, lo atraviesan con terrible fuerza. Lcido, cae sobre 
una cmoda alta y se agarra a ella desesperadamente con la 
mandbula desencajada y destrozada. Los ojos azabache de 
Bernardo revelan que la sorpresa lo ha golpeado con ms 
fuerza que cualquiera de los dos proyectiles del calibre 44. Su 
mirada fija se dilata cuando descubre al curioso doctor a 
travs de la malla de la ventana. En sus ojos asombrados, 
una negrura ms intensa que el azabache. Un diente, un trozo 
de hueso, Cae de su mandbula deshecha. Las piernas dejan 
de sostenerlo, y sigue el ejemplo de la blanca esquirla.

Abriman encuentra el espectculo mas entretenido de lo que 
haba imaginado; si alguna vez haba dudado del acierto de su 
eleccin de carrera, sabe que no volver a hacerlo. Porque 
ciertas hambres no se sacian con facilidad, decide amplificar 
sus emociones, subir el volumen, por as decirlo, haciendo 
que Mona recorra parte del camino desde el estado 
intermedio entre el trance hipntico y la amnesia hasta un 
nivel de conciencia. En esos momentos, su personalidad esta 
tan reprimida que no es emocionalmente consciente de lo que 
acaba de hacer y, en consecuencia, no reacciona de forma 
visible a la carnicera. Si pudiera liberarla del control slo lo 
justo para que comprendiera, para que sintiera, su 
desesperacin provocara una excepcional comba de lgrimas, 
una marea en la que el doctor podra llegar a lugares que 
renca nunca ha visitado.

Abriman duda, y con motivo. Liberada de su sujecin lo 
bastante para comprender la enormidad de su crimen, la 
mujer podra reaccionar de forma inesperada, podra salirse 
de los grilletes completamente y resistirse a que la 
sugestionara de nuevo. el doctor est seguro de que en el 
peor de los casos sera capaz de restablecer su dominio en 
menos de un minuto mediante rdenes verbales; pero 
bastaran unos segundos para que la mujer se volviera hacia 
la ventana y le disparara a bocajarro. El riesgo de sufrir 
lesiones es inherente a cualquier juego o deporte de 
competicin: rodillas despellejadas, nudillos en carne viva, 
contusiones, cortes leves, un diente en perfecto estado 
perdido en un revolcn. Sin embargo, por lo que al doctor 
respecta, la mera posibilidad de recibir un disparo en pleno 
rostro basta para quitarle toda la gracia a su entretenimiento. 
Calla y deja que la mujer concluya su actuacin de ttere de 
Gran Guiol en un estado de total insensibilidad.

De pie junto a sus seres queridos, Mona se introduce 
tranquilamente el can del Colt en la boca y 
lamentablemente, sin soltar una lgrima pone fin a su vida. 
Cae al suelo con suavidad, pero el duro impacto resuena 
framente: el revlver; enganchado en su ndice, golpea el pie 
de la cama de pino.

Roto su juguete y definitivamente imposibilitado de disfrutar 
la emocin de su funcionamiento, el doctor permanece junto a 
la ventana unos instantes, observando por ltima vez la 
belleza de formas de la mujer: No es una contemplacin tan 
placentera como antes, dado que la parte posterior de la 
cabeza  ha desaparecido; pero el orificio de salida est vuelto 
hacia el otro lado, y la deformacin de la estructura sea de 
su rostro es sorprendentemente leve.

Los sobrecogedores lamentos de los coyotes ya estremecan 
el aire cuando el doctor lleg a la casa del rancho, pero hasta 
ese momento los animales haban permanecido cazando en la 
zona de las carrascas, unos tres kilmetros hacia el este. Un 
cambio de tono, una pasin apenas perceptible en sus aullidos 
informa al doctor de que estn cada vez unas cerca. El olor de 
sangre viaja deprisa y sin trabas por el aire del desierto, y los 
lobos de la pradera no tardarn en arremolinarse bajo la 
ventana para aullar por los muertos.

En el folclore de los indios, el ser ms astuto de la Creacin 
recibe el nombre de Coyote; el juego de medir su propia 
astucia con la de toda una manada dista de atraer a Abriman. 
Aprieta el paso, pero no echa a correr hacia su auto; 
estacionado a unos cuatrocientos metros hacia el norte.

Cuando el doctor llega al coche, los coyotes dejan de aullar, 
pues han husmeado un nuevo rastro que les inspira cautela, y 
no cabe duda de que la calma de su prudencia es el propio 
Abriman. En el repentino silencio, un ruido le hace alzar la 
cabeza.

Inslitos murcilagos albinos caligrafan el papel del ciclo, 
timbrado por la luna llena. Alas blancas que trazan bucles en 
lo alto, dbil zumbido de insectos que fluyen silenciosa 
matanza.

El doctor observa, extasiado. El mundo es un gran terreno de 
juego, el deporte es el asesinato y el nico objetivo es seguir 
en liza.

Con la luz de la luna en sus plidas alas, los extraos 
murcilagos se retiran hasta perderse en la noche y, cuando 
Abriman abre la puerta del coche, los coyotes empiezan a 
aullar de nuevo. Estn lo bastante cerca como para que el 
hombre pudiera unirse al coro si decidiera alzar la voz.

Apenas cierra la puerta y pone en marcha el motor, seis 
coyotes -ocho, diez- surgen de los arbustos y se agrupan en 
la pista de grava, delante del coche, con los ojos inyectados a 
las luces de los faros. Cuando Abriman hace avanzar el 
vehculo y los guijarros sueltos crujen bajo los neumticos, la 
manada se divide y lo precede a ambos lados del estrecho 
camino, como la vanguardia de una guardia pretoriana que 
escoltara al Jaguar. Cien metros ms adelante, cuando el 
automvil tuerce hacia el oeste, donde se alza la distante 
ciudad, las indolentes bestias rompen filas y prosiguen su 
camino hacia la casa del rancho, dispuestas a continuar la 
partida, como el doctor:

Como el doctor.

Aunque los suaves y entrecortados lamentos de dolor y 
vergenza de Susan Jagger eran un tnico, y aunque los 
recuerdos de la familia Pastore evocados por su torturada voz 
resultaban estimulantes, el doctor Abriman ya no era un 
hombre joven, como en su poca de Nuevo Mxico, y 
necesitaba al menos unas horas de sueo reparador. El da 
que tena por delante le exigira temple y una claridad mental 
extraordinaria, porque Martie y Dusty Rhodes estaban a punto 
de convertirse en jugadores mucho ms hbiles en aquella 
compleja partida de lo que haban sido hasta entonces. En 
consecuencia, orden a Susan que se sobrepusiera a sus 
emociones y acabara de vestirse.

-Levntate -le dijo cuando acab de ponerse la camiseta y las 
bragas. Susan se puso en pie.

-Eres todo un espectculo, hija ma. Ojal te hubiera grabado 
en video esta misma noche. Qu lgrimas tan dulces... "Por 
qu, pap, por qu? Eso ha sido especialmente conmovedor. 
Nunca lo olvidar. Me has proporcionado otro instante como 
el de los murcilagos albinos.

Susan tena la atencin en otra parte.

El doctor sigui su mirada hasta el bonsai del tiesto de bronce 
que reposaba en el pedestal.

-La floricultura -dijo en tono aprobatorio- es un pasatiempo 
muy saludable para un agorfobo. Las plantas ornamentales 
te permiten mantener el contacto con el mundo natural de 
detrs de estas paredes. Pero, cuando te hablo, quiero que 
me prestes toda tu atencin.

Susan volvi a mirarlo. Haba dejado de sollozar. Las ltimas 
lgrimas empezaban a secrsele en el rostro.

Algo extrao en su actitud, algo sutil e indefinible, 
incomodaba al doctor. La fijeza de su mirada. La forma en 
que apretaba los labios, arrugados en las comisuras. Una 
tensin que no tena nada que ver con su humillacin y su 
vergenza.

Acaros -dijo, y crey ver que la preocupacin reptaba sobre 
los ojos de la mujer-. Esos insignificantes arcnidos son la 
ruina de los bonsais.

Era indudable que la tela de araa que cubra su rostro estaba 
tejida de preocupacin, aunque no, desde luego, por la salud 
de sus plantas.

Intuyendo algn peligro, Abriman hizo un esfuerzo por vencer 
la modorra poscoital y concentrarse en Susan.

-Qu te preocupa?

-Qu me preocupa? -pregunt Susan.

Abriman reformul la pregunta en forma de orden:

-Dime qu te preocupa.

Al ver que dudaba, le repiti la pregunta.

-El video -respondi la mujer.











Valet dej de gruir. Se le alis la pelambre del cuello y 
recuper su habitual mansedumbre: mene la cola, se arrim 
a Dusty en busca de una caricia y volvi a su almohada, 
donde sigui dormitando como si tal cosa.

Atada de pies y manos a peticin propia, an ms 
inmovilizada por los tres somnferos que por las corbatas, 
Martie permaneca preocupantemente quieta y callada. De vez 
en cuando, Dusty levantaba la cabeza del almohadn y se 
inclinaba sobre ella, intranquilo hasta que la oa respirar 
dbilmente.

Aunque haba dejado encendida la lmpara de su presilla y 
pensaba permanecer despierto toda la noche, acab 
durmindose.

Un sueo vino a agitar su descanso y fundi miedo y absurdo 
en una extraa historia tan turbadora como disparatada.

Esta acostado en la urna, sobre la colcha, completamente 
vestido, aunque descalzo. Valet se ha escondido en un rincn 
del dormir no, Martie sentada en la posicin del loto sobre la 
almohada del perro, permaneca completamente inmvil, con 
los ojos cerrados y las manos entrelazadas en el regazo, 
como sentada en profunda meditacin.

Estaban solos en el dormitorio, a pesar de lo cual se dirigi a 
otra persona. Siente que mueve los labios y la lengua, percibe 
la vibraron de su propia voz, hueca, pastosa no consigue 
entender una sola palabra de lo que esta diciendo. Sus 
interrupciones le indican que esta teniendo una conversacin, 
pero no oye la voz del otro, ni un murmullo, ni un susurro.

Tras la ventana, los relmpagos acuclillan la noche, la lluvia 
sangra sobre el tejado. Un pjaro enorme pasa volando ante 
la ventana, con la punta de su ala, roza el cristal y suelta un 
graznido la criatura desaparece en un instante, Dusty esta 
convencido de que era una garza; su lament parece 
atravesar la noche. 

Siente el pinchazo de una aguja intravenosa en el brazo 
izquierdo. De la aguja sale un tubo de plstico que pende flojo 
de una bolsa de plstico transparente, de glucosa y colgada 
de una lmpara de pie que hace las veces de soporte.

El rayo vuelve a iluminar la ventana, y la enorme garza pasa 
ante ella en el palpitante resplandor y emite otro graznido, 
que se pierde en la noche, ms all del relmpago.

Dusty tiene el brazo derecho ms arriba que el izquierdo, 
porque le estn tomando la presin arterial; el brazalete 
neumtico de un esfignomanmetro le rodea el antebrazo. El 
tubo de caucho negro une el brazalete a una pera, que flota 
en el aire como en una atmsfera sin gravedad. 
Sorprendentemente, como sostenida por una mano invisible, 
la pera se comprime y descomprime rtmica-mente y aumenta 
la presin del brazalete sobre el antebrazo de Dusty. Si hay 
una tercera persona en el dormitorio, el intruso debe de ser 
un mago capaz, de hacerte invisible a voluntad.

Cuando estalla otro relmpago, surge y cae a tierra en el 
dormitorio, no en la oscuridad a un lado de la ventana. Un 
gato en lugar de la de la luz, el rayo se abate desde el techo 
como si zigzagueara desde una nube, salta al marco metlico 
de una foto, luego al televisor y ataba la lmpara que hace las 
veces de soporte para transfusiones, donde chisporrotea y 
muerde el latn con sus deslumbrantes dientes.

Apenas ha descargado el rayo, la enorme garza, que ha 
entrado en la habitacin por la ventana cerrada o atravesando 
el muro macizo, surge agitando las alas y soltando graznidos 
por el pico, largo, tajante y desencajado. Anormalmente 
grande, al menos un metro de cabeza a cola, de aspecto 
prehistrico y ojos de pterodctilo. Las sombras de sus alas 
se deslizan por las paredes, que llenan de emplomadas 
formas a la vacilante luz de la lmpara.

Precedido por su sombra, el pjaro se lanza hacia Dusty, que 
comprende que va a posarse sobre su pecho para arrancarle 
los ojos. 	Tiene la sensacin de estar maniatado a la cama, 
aunque el brazalete del esfignomanmetro retiene su brazo 
derecho, y la tablilla que le impide flexionar el codo para 
proteger el catter le inmoviliza el izquierdo.

Cada vez que un relmpago salta de la televisin a la 
lmpara, la bolsa de plstico transparente llena de glucosa 
resplandece como un farol de gas. La rauda sombra de la 
garza explota en tantos pedazos como chispas inundan la 
estancia, y cuando los enjambres de partculas brillantes; y 
negras se funden en un hervidero cegador, Dusty cierra los 
ojos aterrorizado y confuso.

Alguien, quiz el visitante invisible, le asegura que no tiene 
nada que temer; pero, cuando abre los ojos, descubre que 
algo espantoso pende sobre su cabeza. El pjaro -ovillado, 
apretujado, retorcido- se ha encogido de forma inverosmil 
hasta introducirse en la hinchada bolsa de glucosa. A pesar de 
lo apretado, la garza no ha perdido su jorrara, aunque parece 
un pajarraco pintado por un torpe imitador de Picasso 
aficionado a lo macabro. Pero, sigue viva y granando, aunque 
los muros transparentes de su prisin de plstico amortiguan 
sus estridentes chillidos. trata de revolverse dentro de la 
bolsa, intenta desgarrarla con el afilado pico y los primitivos 
espolones, pero no lo consigue y, haciendo girar uno de sus 
amenazadores ojos, lanza al indefenso Dusty miradas de una 
intensidad demonaca.

Tambin el se siente atrapado, postrado e impotente bajo el 
pjaro cautivo: l, con la debilidad de un crucificado; el 
avechucho, con la oscura energa de un adorno ideado para el 
sacrlego rbol de Navidad de un adorador de Satn. De 
pronto, la garza empieza a disolverse y se convierte en un 
sanguinolento lquido marrn, y el lquido claro que recorra el 
gotero se va enturbiando a medida que la sustancia del pjaro 
se filtra fuera de la bolsa y gotea, gotea... Al ver que el 
inmundo fluido avanza por el tubo centmetro a centmetro, 
Dusty grita, pero no consigue emitir el menor sonido. 
Paralizado, aspirando enormes bocanadas de aire sale 
silenciosamente como si pugnara por respirar, intenta 
levantar la mano derecha y arrancarse el catter, trata de 
arrojarse fuera de la cama, no lo consigue y, bizqueando, 
acierta a ver el ltimo centmetro del tubo al tiempo que el 
ponzooso caldo alcanza la aguja.

Como si un rayo zigzagueara por su corriente sangunea, un 
terrible estallido de calor inunda el cuerpo de Dusty, que oye 
el estridente graznido del pjaro al penetrar en sus venas. Lo 
siente alzando el vuelo en su vena, atravesarle el bceps y el 
torso, y casi al mismo tiempo una vibracin insoportable le 
estremece el corazn, como el febril ajetreo de una criatura 
construyndose el nido.

Martie, que sigue en la posicin del loto sobre la almohada de 
Valet, abre los ojos. No son azules, como siempre, sino tan 
negros como su polo. Sin blanco: una mirada, lisa, hmeda y 
convexa llena ambas rbitas. Casi todas las aves tienen los 
ojos redondos, mientras que stos son almendrados, no son 
los de un ser humano, pero Dusty no duda que son los ojos 
de la garza.

-Bienvenido -dice Martie.

Dusty se despert de golpe, con la mente tan despejada 
apenas abri los ojos que no grit ni se incorpor en la cama 
para recobrar el sentido de la realidad. Se qued tumbado 
boca arriba, muy quieto, mirando al techo.

La lmpara de su mesilla de noche estaba encendida, como la 
haba dejado. La de pie, en su sitio, junto al silln de lectura; 
nadie la haba usado como soporte de un gotero.

El corazn no le vibraba. Le lata. O mucho se equivocaba, o 
segua siendo de su exclusiva propiedad, y en l slo 
anidaban sus propias esperanzas, angustias, afectos y 
manas.

Valet roncaba quedo.

Junto a Dusty, Martie disfrutaba del profundo sueo de una 
mujer buena, aunque esa vez la bondad haba recibido la 
inestimable ayuda de tres comprimidos de un antihistamnico 
de efectos somnferos.

Mientras el sueo segua fresco en su memoria, Dusty lo 
recorri mentalmente, considerndolo desde diversas 
perspectivas. Intent aplicar la leccin que haba aprendido 
antao observando el dibujo a lpiz del frondoso bosque que 
se metamorfoseaba en una metrpolis gtica al contemplarlo 
sin ideas preconcebidas.

No sola analizar sus sueos.

Sin embargo, si haba que creer a Freud, nada era ms fcil 
para un psicoanalista que pescar en los sueos los 
escurridizos productos del subconsciente y servirlos en 
bandeja al resto de los mortales. El doctor Derek Lampton, 
padrastro de Dusty y cuarto marido de Claudette, sola echar 
la red en esas mismas aguas, de las que extraa las extraas 
y resbaladizas hiptesis con que atiborraba a sus pacientes 
sin detenerse a considerar la posibilidad de que fueran 
ponzoosas.

Como Freud y Lampton El Lagarto tenan fe en los sueos, 
Dusty nunca se los haba tomado en serio. Le dolera admitir 
que aqul poda tener algn significado; sin embargo, perciba 
en l una pizca de verdad. No obstante, encontrar algo 
aprovechable en aquel amasijo de incoherencias iba a ser un 
trabajo hercleo.

Si su excepcional memoria eidtica y auditiva conservaba 
todos los detalles de sus sueos con la misma claridad con 
que almacenaba las experiencias de su vida consciente, 
tendra al menos la certeza de que, rebuscando 
cuidadosamente entre los desechos de su pesadilla, acabara 
descubriendo alguna verdad tan reluciente como una pieza de 
la cubertera de la abuela arrojada a la basura con los restos 
de la cena.











-El video -repiti Susan ante la insistencia de Abriman y, 
apartando la mirada del hombre, volvi a clavarla en el 
bonsai.

Sorprendido, el doctor esboz una sonrisa.

-Eres una niita muy modesta, teniendo en cuenta todo lo 
que acabas de hacer. Reljate, cario. Slo hemos grabado 
una cinta -una maravilla de noventa minutos, lo reconozco, y 
slo grabaremos otra, en nuestra prxima cita. Nadie aparte 
de m ve mis pequeos videos caseros. Nunca los pasarn en 
la CNN ni en la NBC, te lo aseguro. Lstima, porque los 
ndices de audiencia se dispararan hasta el techo, no crees?

Susan segua pendiente de la planta, pero el doctor 
comprendi al fin por qu era capaz de mirar a otra parte a 
pesar de haberle ordenado que no apartara los ojos de los 
suyos. La vergenza tiene un poder inmenso; de ella extraa 
la mujer la fuerza para aquella rebelin, nfima y aislada. 
Todos cometemos actos que nos avergenzan; sin embargo, 
con distintos grados de dificultad, conseguimos reconciliarnos 
con nosotros mismos formando perlas de culpa alrededor de 
cada hiriente guija moral. A diferencia de la vergenza, la 
culpa puede aliviar tanto como la virtud, porque embota las 
irregulares aristas del recuerdo que recubre y lo sustituye 
como objeto de nuestro inters. Susan podra haberse 
confeccionado un collar con todos los actos vergonzosos a que 
la haba sometido Abriman; pero, consciente de la existencia 
de la grabacin en video, era incapaz de tomar las pequeas 
perlas de culpa que le hubieran permitido atenuar su 
vergenza.

El doctor le orden que lo retirara y, tras un instante de 
vacilacin, Susan volvi a apartar los ojos del bonsai y los fij 
en Abriman.

A continuacin, la instruy para que descendiera los peldaos 
de su subconsciente y regresara a su capilla mental, de la que 
le haba permitido alejarse apenas un tramo con el fin de 
amenizar la sesin de juego.

Cuando volvi a penetrar en el profundo reducto, los ojos de 
Susan se agitaron brevemente. La haba despojado de su 
personalidad, que permaneca en suspenso, como un colador 
que cuela los slidos de un cocido de ternera para hacer 
caldo, y ahora su mente era un lquido translcido listo para 
ser aderezado segn la receta de Abriman.

-Vas a olvidar que tu padre ha estado aqu esta noche -le 
indic-. Los recuerdos de su rostro, que has credo ver en el 
mo, los recuerdos de su voz, que has confundido con la ma, 
ya no son ms que polvo, menos que polvo esparcido al 
viento. Soy tu psiquiatra, no tu padre. Dime quin soy, 
Susan.

La voz susurrante de la mujer pareca resonar en el interior 
de una cmara subterrnea:

El doctor Abriman.

-Como siempre, por supuesto, no retendrs el menor 
recuerdo accesible de lo que ha ocurrido entre nosotros, ni 
conservars ningn recuerdo accesible de mi presencia aqu 
esta noche.

A despecho de los denodados esfuerzos del doctor, los 
recuerdos de Susan persistan en algn sitio, en un reino 
ignoto ms profundo que el subconsciente. De otro modo, no 
sentira la menor vergenza, porque no le quedara ningn 
rastro de los desenfrenos de aquella u otras noches. Su 
pertinaz vergenza probaba, a juicio del doctor, la existencia 
de un subsubconsciente -un nivel inferior incluso al ello- en el 
que las experiencias dejaban marcas indelebles. Abriman 
estaba convencido de que esa memoria, profunda como 
ninguna otra, era virtualmente inaccesible e inofensiva para 
l; para curarse en salud, le bastaba con borrar las pizarras 
de su consciente y su subconsciente.

Cualquier otro se hubiera preguntado si ese sub-
subconsciente no sera el alma. No as el doctor.

Si, a pesar de todo, descubres indicios de que han abusado 
sexualmente de ti, escoriaciones o cualquier otra prueba, 
sospechars nicamente de tu marido, Eric. Dime si 
comprendes todo lo que acabo de decirte.

Un espasmo de REM precedi a la respuesta, como si Susan 
acabara de sacudirse los recuerdos en cuestin agitando los 
ojos.

-Lo comprendo.

-Pero tienes estrictamente prohibido plantear tus sospechas a 
Eric.

-Prohibido. Lo comprendo.

-Bien.

Abriman bostez. Por entretenida que resultara una sesin de 
juego, la necesidad de hacer limpieza, de recoger los juguetes 
y ordenar la habitacin acababa por menoscabar el placer. 
Aunque comprenda los motivos que hacan de la pulcritud y 
el orden obligaciones inaplazables, lamentaba el tiempo 
empleado en la fase de recogida tanto como cuando era nio.

-Por favor, acompame hasta la cocina pidi a Susan entre 
bostezo y bostezo.

Garbosa aun a pesar de la brutalidad de que haba sido 
objeto, Susan se desplaz por el piso a oscuras con la gracia 
y la flexibilidad de una paliada carpa koi nadando a 
medianoche en una charca.

En la cocina, sediento como lo estaba cualquier jugador tras 
una larga y disputada partida. Murmur:

-De qu cerveza tienes.

-Tsingtao.

-Alucine una.

Sussan sac una botella del frigorfico, rebusco a oscuras en 
un cajn hasta encontrar el abridor y desprendi el tapn.

Cuando estaba en casa de Susan, el doctor pona buen 
cuidado en tocar lo menos posible las superficies susceptibles 
de conservar huellas.

An no haba decidido si Susie se destruira a s misma 
cuando considerara que haba acabado con ella. Si llegaba a 
la conclusin de que el suicidio sera lo bastante divertido, la 
larga y deprimente lucha de Susan por vencer su agorafobia 
proporcionara un mvil convincente, y su nota manuscrita de 
despedida bastara para cerrar el caso sin necesidad de una 
investigacin en toda regla. Lo ms probable, sin embargo, 
era que optara por usarla, con Martie y Dusty-. En el juego 
principal, que culminara en un asesinato mltiple en Malib.

Otra posibilidad era disponer las cosas de modo que Susan 
muriera en las manos de su marido. o incluso de su mejor 
amiga. Si la liquidaba habra una investigacin por homicidio, 
aun en el caso de que el asesino se volara la tapa de los sesos 
y terminara muerto junto a su mujer dejando sobradas 
pruebas materiales respecto al motivo del crimen: una 
espantosa pelea domestica.
 

En caso de una investigacin trasladara al lugar para buscar 
huellas digitales con polvos, yodos, soluciones de nitrato de 
plata, soluciones de ninhidrina, gases de cianoacrilato, incluso 
con alguna solucin de rodamina 6G en alcohol anetlico y un 
lser de iones de argn. Si Abriman hubiera cometido la 
torpeza de dejar una sola huella all donde se les ocurriera 
buscar a aquellos aburridos pero meticulosos cientficos, su 
vida dara un vuelco, y no para mejor.

Sus poderosos amigos estaban en condiciones de impedir que 
lo llevaran a juicio fcilmente. Las pruebas desapareceran o 
seran manipuladas. Los detectives de polica y los letrados de 
la oficina del fiscal del distrito la cagaran repetidamente, y los 
aguafiestas que se empearan en llevar adelante una 
investigacin digna de ese nombre veran sus vidas 
complicadas e incluso arruinadas por problemas y tragedias 
de toda ndole, que sera imposible relacionar con el doctor 
Abriman.

Sin embargo, sus amistades no podran evitar que cayera 
bajo sospecha, ni conseguiran protegerlo de las 
especulaciones sensacionalistas de los medios. Mal que le 
pesara, se convertira en una celebridad. No poda permitirlo. 
La fama le cortara las alas.

Acept la botella de Tsingtao que le tenda Susan y le dio las 
gracias. 

-De nada respondi la mujer.

En opinin del doctor, cualesquiera fueran las circunstancias, 
nunca deban perderse las buenas formas. La civilizacin es el 
juego por excelencia, un torneo multitudinario 
maravillosamente organizado, en el que cada cual debe jugar 
con destreza para obtener la dispensa que le permita 
dedicarse a sus placeres secretos; dominar sus reglas -
urbanidad, etiqueta es esencial para convertirse en un 
jugador consumado.

Susan lo sigui educadamente hasta la puerta, donde el 
doctor se detuvo para comunicarle sus ltimas instrucciones 
de la noche.

-Confrmame que me ests escuchando, Susan.

-Estoy escuchando.

-Clmate.

-Me calmo.

-Obedece.

-S.

-El viento invernal...

-El viento es usted -respondi Susan.

-..se ocult en el bosque de bamb...

-El bosque soy yo.

-...y se aquieto.

-Fin la quietud, aprender lo necesario -dijo Susan.

-Cuando salga, cerrars la puerta, echars los cerrojos y la 
cadena y colocars la silla contra el pomo, tal y como estaba. 
Volvers al dormitorio, te acostars, apagars la luz y 
cerrars los ojos. Luego, en el interior de ni mente, 
abandonars la capilla en la que te encuentras en estos 
momentos, Cuando cierres la puerta de la capilla a tus 
espaldas, todo recuerdo de lo ocurrido desde el instante en 
que cogiste el telfono y oste un voz hasta que despiertes en 
tu cama habr desaparecido, cada sonido, cada imagen, cada 
detalle, cada matiz se esfumar de tu memoria para no volver 
jams. Despus, contando hasta diez, subirs los peldaos, y 
cuando llegues a diez, recuperars la plena conciencia. 
Cuando abras los ojos, creers que despiertas de un sueo 
reparador. Si comprendes todo lo que te he dicho. dmelo, por 
favor.

-Lo comprendo.

-Buenas noches, Susan.

-Buenas noches respondi la mujer abrindole la puerta. El 
doctor sali al rellano y murmur:

-Gracias.

-De nada.

Susan cerr la puerta con suavidad.

Al otro lado de la puerta se oy el ruido de la cadena de 
seguridad al deslizarse por la placa.

El primer cerrojo se cerr con un chasquido seco, seguido al 
instan-te por el segundo.

Sonriendo, asintiendo satisfecho, el doctor le dio un sorbo a la 
cerveza y esper con la vista fija en los escalones. Relucientes 
gotas de roco sobre los peldaos de caucho gris: lgrimas en 
el rostro de un muerto.

El respaldo de la silla de arce golpe la cara interior de la 
puerta al ponerla Susan contra el pomo.

Ahora volvera descalza a la cama.

Sin agarrarse a la barandilla, gil como un muchacho, el 
doctor Abriman se levant el cuello del abrigo y descendi los 
empinados escalones.

Los hmedos ladrillos del patio delantero tenan el tono rojizo 
de la sangre. Hasta donde la niebla le permita juzgar, el 
paseo martimo pareca desierto al otro lado de la valla de 
puntiagudas tablas blancas.

La portezuela chirri en sus goznes. El ruido, amortiguado por 
el banco de nubes bajas, apenas hubiera hecho erguir las 
orejas a un gato al acecho de ratones.

Al alejarse, el doctor apart los ojos de la casa. Haba sido 
igual de discreto al aproximarse a ella.

A su llegada, no haba ninguna ventana iluminada. Ninguna lo 
estaba ahora. Sin duda, los jubilados que alquilaban los dos 
pisos inferiores dorman plcidamente en su cama, tan ajenos 
al mundo como sus periquitos en las jaulas cubiertas.

No obstante, Abriman sigui extremando las precauciones. 
Era el seor de la memoria, pero no todo el mundo estaba 
expuesto a su poder de sugestin.

Amordazado por la densa niebla, el perezoso oleaje rompa en 
la playa produciendo no tanto un sonido como una vibracin, 
algo ms percibido que odo, semejante a un hormigueo en el 
aire helado.

Las hojas de las palmeras pendan lacias. La condensacin 
goteaba de la punta de cada hoja, como claro veneno en la 
lengua de una serpiente.

Se detuvo y alz la vista hacia las copas aureoladas de niebla, 
repentinamente inquieto, aunque sin motivo aparente. Al 
cabo de unos instantes, perplejo, le dio otro sorbo a la 
cerveza y sigui avanzando por el paseo.

Haba aparcado el Mercedes a dos manzanas de all. No se 
cruz con nadie.

Estacionado bajo un enorme y chorreante laurel de Indias, el 
negro sedn sonaba como un xilfono desafinado.

En el coche, cuando estaba a punto de hacer girar la llave de 
contacto, volvi a quedarse quieto y, de nuevo intranquilo, 
escuch el desacordado repiqueteo de las gotas de agria 
sobre el acero. Apur la cerveza y se qued mirando el 
espeso solio del laurel, como si la revelacin lo aguardara en 
el complejo entramado de sus ramas.

Cansado de esperarla, puso en marcha el vehculo y tom 
Balboa Boulevard en direccin oeste, hacia la salida de la 
pennsula.

El trfico de las tres de la madrugada era escaso. En los dos 
primeros kilmetros, slo encontr tres vehculos en 
movimiento, con los faros nimbados por rizadas aureolas de 
niebla. Uno de ellos era un coche patrulla que atravesaba la 
pennsula sin prisa.

Cruz el puente que comunicaba con la autopista del Pacfico 
y mir a su derecha, hacia el canal ms occidental del enorme 
puerto, donde los yates se balanceaban en los embarcaderos 
y amarres como barcos fantasmas en la niebla, y luego hacia 
el sur, a lo largo de la costa hasta Corona Del Mar, sin dejar 
de preguntarse por el motivo de su inquietud, hasta que de 
pronto, al detenerse ante un semforo en rojo, sus ojos se 
posaron sobre un gran turbinto de California, desmelenado y 
elegante, que se ergua sobre las cascadas bajas de las rojas 
buganvillas. Record el bonsai rodeado de espesa hiedra en el 
tiesto de bronce.

El bonsai. La hiedra.

El semforo cambi a verde.

Tan verde como los ojos de Susan clavados en la hiedra.

Su mente aceler, pero el doctor mantuvo el pie sobre el 
pedal del freno.

Cruz la interseccin desierta cuando el semforo ya se haba 
puesto mbar. Arrim el coche al bordillo de la acera en la 
manzana inmediata y lo detuvo, pero no par el motor.

Experto como era en el funcionamiento de la memoria, aplic 
sus conocimientos al rastreo exhaustivo de sus propios 
recuerdos sobre lo ocurrido en el dormitorio de Susan Jagger.











-Nueve.

Al despertar en la oscuridad, Susan Jagger crey or que 
alguien pronunciaba ese nmero. Luego, se sorprendi a s 
misma diciendo: 

-Diez.

Tensa, atenta a escuchar cualquier movimiento, se pregunt 
si haba dicho ambos nmeros o su "diez" haba sido una 
respuesta.

Pas un minuto, otro, sin que oyera ms ruido que el de su 
dbil respiracin, y luego, cuando la contuvo, nada. Estaba 
sola.

Segn las brillantes cifras del despertador digital, eran algo 
ms de las tres de la madrugada. Al parecer. llevaba dormida 
ms de dos horas. Finalmente, se sent en la cama y 
encendi la lmpara.

La copa de vino, a medias. El libro, boca abajo entre las 
sbanas revueltas. Las persianas, bajadas, los muebles.... 
Todo tal y como lo haba dejado. El bonsai.

Se llev las manos a la cara y se las oli. Hizo otro tanto con 
el antebrazo derecho y, luego, con el izquierdo.

Su olor. Inconfundible. En parte sudor y en parte la 
persistente fragancia de su gel habitual. Quiz usara tambin 
un jabn perfumado para las manos.

Si la memoria no la engaaba, Eric no ola as. Sin embargo, 
segua convencida de que era l, y no otro, su pulcro incubo.

Aun a falta de perfume, hubiera sabido que la haba visitado 
mientras dorma. Un escozor aqu, una molestia all. El dbil 
olor acre de su semen.

Cuando apart la ropa y salt de la cama, sinti que el 
viscoso fluido del hombre segua rezumando del interior de su 
cuerpo, y se estremeci.

Se acerc al pedestal y apart los densos tallos de hiedra 
para dejar al descubierto la cmara de video al pie del bonsai. 
Apenas deban de quedar un par de metros de cinta til, pero 
la cmara segua grabando.

La apag y la sac del tiesto.

De repente, el asco pudo ms que la curiosidad y el ansia de 
obtener justicia. Dej el aparato sobre la mesilla de noche y 
corri al cuarto de bao.

A menudo, al despertar y descubrir que la haban usado 
sexualmente, la repugnancia le produca nuseas, y se 
provocaba el vmito, como si vacindose el estmago pudiera 
hacer retroceder el reloj hasta antes de la cena y, 
consiguientemente, hasta un momento varias horas anterior a 
la violacin. Esa vez, sin embargo, las arcadas cesaron en 
cuanto lleg al bao.

Se mora de impaciencia por darse una ducha larga y tan 
caliente como pudiera soportar, con chorros y ms chorros de 
gel perfumado y champ, y restregarse el cuerpo 
vigorosamente con una esponja de crin. De hecho, estaba 
tentada de ducharse primero y ver el video despus, porque 
se senta ms sucia que nunca, intolerablemente manchada, 
como embadurnada de una inmunda churre que no poda ver, 
infestada por hordas de microscpicos parsitos.

La cinta. La verdad, lo primero. Luego se lavara.

Aunque se resign a posponer la ducha, el asco la impuls a 
desnudarse y lavarse los genitales. Se restreg, tambin, la 
cara y las manos, y se aclar la garganta con un enjuague 
mentolado.

Arroj la camiseta al cesto de la ropa sucia. Dej las bragas, 
con su repulsiva pringue, sobre la tapa de la cesta, porque no 
pensaba lavarlas.

Si haba conseguido filmar al intruso, era probable que 
dispusiera de todas las pruebas necesarias para denunciarlo 
por violacin. No obstante. lo ms sensato sera conservar 
una muestra de semen para la prueba de ADN.

No le caba duda de que su actitud y su comportamiento en la 
grabacin convenceran a las autoridades de que la haban 
drogado, de que no era una participante voluntaria, sino una 
vctima. Aun as, cuando llamara a la polica, les pedira que le 
extrajeran una muestra de sangre tan pronto como fuera 
posible, antes de que su organismo Metabolizara los restos de 
narctico.

Una vez comprobara que la cmara haba funcionado, que la 
imagen era buena y que tena pruebas irrefutables contra 
Eric, sentira tentaciones de llamarlo antes de telefonear a la 
polica. No para acusarlo. Para preguntarle por qu. Por qu 
tanto ensaamiento. Por qu haba urdido semejante enredo. 
Por qu haba puesto en peligro su vida y su salud mental con 
un jodido cctel de narcticos. Por qu la odiaba tanto.

Sin embargo, no hara la llamada, porque ponerlo en guardia 
podra resultar peligroso. Estaba prohibido.

Prohibido... Qu idea tan absurda.

Cay en la cuenta de que haba usado la misma palabra con 
Martie. Puede que fuera la palabra adecuada, porque lo que 
Eric le haba hecho era peor que violarla, iba ms all del 
simple comportamiento criminal, rayaba con el sacrilegio. 
Despus de todo, los votos del matrimonio son sagrados, o 
deberan serlo; por tanto, abusos como los que haba sufrido 
eran blasfemos, casi tab.

Volvi al dormitorio y se puso una camiseta y unas bragas 
limpias. La idea de permanecer desnuda mientras vea el 
odioso video le resultaba insoportable.

Se sent en el borde de la cama y cogi la cmara de la 
mesilla. Rebobin la cinta.

El monitor de visin previa ofreca imgenes de siete por siete 
centmetros. Se vio a s misma volviendo a la cama despus 
de poner en marcha la cmara, minutos despus de 
medianoche.

La lmpara de la mesilla proporcionaba iluminacin suficiente, 
aunque no ideal, para la grabacin en video. En consecuencia, 
la claridad de las imgenes en la pequea ventanilla de 
visionado dejaba bastante que desear.

Extrajo la casete de la cmara, la introdujo en el reproductor 
de video y encendi la televisin. Sosteniendo el mando a 
distancia con ambas manos, se sent al pie de la cama y 
clav los ojos en la pantalla, fascinada y aprensiva.

Se vio a s misma realizando las acciones de medianoche, 
volviendo a la cama tras poner en marcha la cmara de video, 
metindose entre las sbanas y apagando el televisor.

Por un instante, sentada en la cama, escucha atentamente en 
el silencio del piso. Luego, cuando va a coger el libro, suena el 
telfono.

Susan frunci el ceo. No recordaba haber recibido ninguna 
llamada. Descuelga el auricular.

-S?

La cinta slo poda proporcionarle su propia parte en la 
conversacin. La distancia entre el telfono y la cmara haca 
ininteligibles algunas de sus palabras, pero lo poco que 
entendi era ms absurdo de lo que imaginaba.

Tras la conversacin telefnica, en su rostro y en su lenguaje 
corporal se haban producido sutiles cambios, que perciba 
pero habra sido difcil de decir. Aunque las alteraciones eran 
casi inapreciables. mientas se observaba a s misma 
abandonando el dormitorio tuvo la impresin de estar viendo 
a una extraa.

Al cabo de medio minuto, hizo avanzar la imagen hasta donde 
imgenes imprecisas en el pasillo, al otro lado de la puerta 
abierta del dormito; al regresar de la puerta pudo ver la 
espalda de un hombre cuando este sali de la sombra 
identific al doctor Abriman.

El asombro la dej sin respiracin. Ms quieta que una piedra, 
y no menos helada, se volvi repentinamente sorda a los 
sonidos de la grabacin, sorda, tambin, a los latidos de su 
corazn. Sigui sentada, tan inmvil como una doncella de 
mrmol en el centro de un parterre.

Al cabo de unos instantes, el asombro dio paso a la 
incredulidad, y Susan, jadeando ansiosamente, apret el 
botn de pausa del mando a distancia.

En la fotografa congelada, apareca sentada en el borde de la 
cama, casi como en esos momentos. Ante ella, Abriman. de 
pie.

Rebobin, y ambos retrocedieron hasta salir del dormitorio. A 
continuacin, apret el botn de "play" y escrut las sombras 
del pasillo hasta que volvieron a materializarse, casi 
convencida de que esa vez sera Eric quien la siguiera al 
interior de la habitacin. Porque era imposible que el doctor 
Abriman hubiera estado all. Era un hombre de principios. 
Admirado por todos. Tan profesional. Tan solcito. Tan 
compasivo. Sencilla-mente imposible. All, de ese modo... El 
pasmo de Susan no hubiera sido mayor de haber visto en la 
cinta a su propio padre. ni tan intenso su miedo si lo que la 
segua al interior del dormitorio hubiera sido un incubo del 
Averno con cuernos en la frente y ojos tan amarillos y 
relucientes como los de un gato. Alto, aplomado sin cuernos, 
ah estaba Abriman una vez ms, disipando cualquier resto de 
incredulidad.

Tan atractivo congo siempre, atractivo a la amanera de un 
actor, el rostro del psiquiatra haba adoptado una expresin 
que Susan no le conoca. No de pura lujuria, como cabra 
esperar, aunque la lujuria era uno de sus componentes. 
Tampoco de insania, aunque sus cincelados rasgos parecan 
ligeramente desalineados, como si los distorsionara una 
presin interna que apenas haba empezado a crecer. 
Escrutando su cara, Susan reconoci al fin la actitud del 
doctor: suficiencia.

Aquella no era la suficiencia de labios fruncidos, ojos 
entornados y cabeza erguida de un predicador intransigente, 
ni la de un mojigato borracho de temperancia mientras 
proclama su desdn por todos aquellos que beben, fuman o 
consumen una dieta alta en colesterol. Era ms bien la mueca 
de socarrona y desdeosa superioridad de un adolescente. 
Una vez cruz el umbral del dormitorio, Abriman adopt la 
postura indolente, los andares desgalichados y la actitud 
arrogante de un colegial convencido de que todos los adultos 
son idiotas, y sus ojos se enturbiaron con una mirada hmeda 
y trrida de embarazosa avidez pber.

Aquel criminal y el psiquiatra a cuya consulta acuda dos 
veces por semana eran fsicamente idnticos. Tan slo los 
diferenciaba la actitud. Y sin embargo, la diferencia era tan 
alarmante que el corazn de Susan empez a palpitar rpida 
y violentamente.

Su incredulidad se transform en ira, y la indignacin la hizo 
prorrumpir en una sarta de maldiciones, con una voz spera 
que le result tan irreconocible como si sufriera el sndrome 
de Tourette.*

* Del neurlogo francs Gilles de laTourette (1857-1904). Desorden neurolgico 
caracterizado por tics y vocalizacin involuntaria de obscenidades.

En la cinta, el doctor fue hacia el silln y desapareci del 
plano. Le ordena que se arrastre hacia l, y ella se arrastra.

Contemplar las imgenes de su humillacin era casi ms de lo 
que Susan poda soportar, pero no detuvo el video, porque el 
espectculo alimentaba su clera, y eso era lo mejor en 
aquellos momentos. La clera le daba fuerzas, la enardeca 
despus de diecisis meses de vergonzosa pasividad.

Hizo avanzar la cinta hasta que el doctor y ella volvieron a 
aparecer juntos en el plano. Estaban desnudos.

Con el rostro ensombrecido, fue pulsando el botn de avance 
rpido y presenci un rosario de vilezas intercaladas entre 
escenas de sexo corriente que, en comparacin, parecan tan 
inocentes como el magreo de dos quinceaeros.

Cmo consegua controlarla hasta aquel punto, cmo borraba 
de su mente actos tan repugnantes eran a juicio de Susan 
misterios tan insondables como el origen del universo o el 
sentido de la vida. Se senta sobrecogida por una sensacin 
de irrealidad, como si nada en el mundo fuera lo que pareca, 
como si todo ocurriera en un desquiciado plat poblado de 
figurantes.

Sin embargo, la basura de la pantalla era real, tan real como 
la prenda que haba depositado sobre la tapa de la cesta de la 
ropa.

Susan dej correr la cinta y, apartando la mirada del 
televisor, se volvi hacia el telfono. Marc los dos primeros 
nmeros 9, 1 , pero no el segundo 1.

Si llamaba a la polica, tendra que abrir la puerta y permitir 
que entraran los agentes. Puede que le pidieran que los 
acompaara a la comisara para hacer una declaracin formal, 
o a la sala de urgencias de un hospital para que la 
examinaran y confirmaran que haba sido violada, con el fin 
de obtener pruebas vlidas ante un tribunal.

La ira le haba dado fuerzas, pero no tantas como para 
enfrentarse a la agorafobia. La sola idea de verse obligada a 
salir de casa bast para henchirle el corazn del 
acostumbrado pnico.

Hara lo que fuera necesario, ira donde quisieran tantas veces 
como quisieran. Hara cualquier cosa que le dijeran con tal de 
que sirviera para poner al maniaco hijo de puta de Abriman 
entre rejas por mucho, mucho tiempo.

Sin embargo, la perspectiva de salir al exterior en compaa 
de unos desconocidos era demasiado angustiosa para 
considerarla siquiera, aunque esos desconocidos fueran 
policas. Necesitaba el apoyo de una persona amiga, de 
alguien a quien habra confiado su propia vida, porque salir de 
casa se le antojaba tan parecido a la muerte como cualquier 
cosa aparte de la muerte misma.

Llam a Martie, pero le respondi el contestador automtico. 
Saba que el matrimonio desconectaba el timbre del telfono 
del dormitorio al acostarse, pero caba la posibilidad de que 
uno de los dos despertara al orlo sonar al final del pasillo y 
acudiera al estudio de Martie por curiosidad, para comprobar 
quin llamaba a horas tan intempestivas.

-Martie, soy yo dijo Susan apenas oy la seal-. Ests ah? 
Hizo una pausa. Mira, si ests ah, coge el telfono, por lo que 
ms quieras.

-Nada. No es Eric, Martie. Es Abriman. Abriman! Bingo! O 
ese cabrn grabado en video. El muy hijo de... con lo bien 
que le arregl lo de la casa... Martie, por favor, llmame. Por 
favor. Te necesito.

De pronto, volvi a sentir arcadas, y colg el auricular.

Sentada en el borde de la cama, apret los dientes y se llev 
una mano helada a la nuca y la otra al abdomen. Los 
espasmos de la nusea cesaron poco a poco.

Mir hacia la televisin... y apart la vista de inmediato.

Con los ojos clavados en el telfono, rezando para que 
sonara, murmur:

-Por favor, Martie. Llmame. Ya, ya...

En la mesilla, la media copa de vino llevaba horas intacta. La 
apur. Abri de un tirn el cajn superior y sac la pistola que 
guardaba para protegerse.

Que ella supiera, Abriman nunca la haba visitado dos veces la 
misma noche. Que ella supiera.

De pronto, comprendi lo absurdo de algo que haba dejado 
grabado en el contestador de Martie: "El muy hijo de... con lo 
bien que le arregl lo de la casa...". Haca dieciocho meses, 
dos antes de que se le manifestara la agorafobia, Mark 
Abriman haba adquirido su actual residencia por intermedio 
de Susan, que representaba al vendedor. Durante una 
jornada de puertas abiertas, el doctor apareci por la casa y 
le pidi que lo representara a l tambin. Conciliar los 
intereses de vendedor y comprador le haba costado Dios y 
ayuda; aun as, si su cliente era un socipata violador 
completamente desequilibrado, confiar en que la tratara con 
miramientos por comportarse como una agente de la 
propiedad con principios era algo ms que pecar de ingenua.

Le entr la risa, se atragant, se llev la copa a los labios, vio 
que estaba vaca y la cambi por la pistola.

-Por favor, Martie. Llama, llama.

-Son el telfono.

Dej la pistola y se abalanz sobre el auricular.

-S? -dijo.

Antes de que pudiera aadir nada, una voz masculina 
contest: 

-Ben Marco.

-Estoy escuchando.












Tras reconstruir el sueo en su memoria, Dusty lo recorri 
como quien visita un museo, contemplando con calma cada 
escalofriante imagen. La garza en la ventana, la garza en la 
habitacin. Los relumbrantes y silenciosos trallazos de una 
tormenta sin truenos ni lluvia. El rbol de latn con el fruto de 
glucosa. Martie meditando.

Cuanto ms la estudiaba ms creca su conviccin de que la 
pesadilla responda a una verdad monstruosa, corno un 
escorpin oculto en un juego de cajas chinas. Por desgracia, 
aquel juego en particular constaba de un sinfn de cajas, 
difciles de abrir en su mayora, y la verdad segua agazapada, 
lista para clavar su aguijn.

Al cabo de un rato, exasperado, Dusty se levant de la cama 
y fue al cuarto de bao. Martie dorma tan profundamente y 
tena las muecas y los tobillos tan bien atados con las 
corbatas que era poco probable que se despertara o que 
saliera del dormitorio aprovechando su ausencia.

Un minuto despus, mientras se lavaba las manos en el 
lavabo, Dusty tuvo una revelacin. No fue una inspiracin 
sbita sobre el significado del sueo, sino la respuesta al 
enigma que haba intentado resolver haca un rato, antes de 
que Martie despertara y le pidiera que la inmovilizara.

Misiones.

El haiku de Skeet.

"Claras cascadas. Esparcen en las olas. Azules hojas de pino." 
Las hojas de pino eran misiones, haba dicho Skeet.

En su intento por sacar algo en claro, Dusty haba elaborado 
una lista mental de sinnimos de "misin", pero ninguno de 
los que se le haban ocurrido lo haba ayudado a comprender. 
Tarea. Quehacer. Cometido. Trabajo. Carrera. Vocacin. 
Ministerio.

En ese momento, mientras se aclaraba las manos bajo el 
chorro de agua caliente, otra serie de palabras desfil por su 
cabeza: recado. Encargo. Mandato. Instruccin.

Dusty se qued inmvil, casi tanto como Skeet mientras se 
escaldaba las manos en el lavabo de Nueva Vida, cavilando 
ensimismado sobre la palabra "instruccin".

De pronto, los finos cabellos de la nuca se le pusieron tan 
rgidos como tensas cuerdas de piano y, vibrante como un 
glissando silencioso, un escalofro recorri las teclas de su 
espina dorsal.

El nombre "Doctor Yen Lo" haba provocado la inmediata y 
extraa rplica de Skeet: "Estoy escuchando". A partir de ese 
momento, haba respondido a cada pregunta de Dusty con 
otra propia.

-Sabes dnde ests?

-Dnde estoy?

-Entonces, no lo sabes?

-Lo s?

-Qu tal si miras a tu alrededor?

-Miro?

-Qu es esto, un captulo de Abbot y Costello?

-Lo es?

Skeet se haba comportado como si necesitara que le dijeran 
lo que deba pensar y hacer; en cambio, haba reaccionado a 
las afirmaciones como si fueran rdenes, y a las autnticas 
rdenes como si fueran la palabra de Dios. Cuando la 
exasperacin haba impulsado a Dusty a espetarle: "Deja de 
marearme y echa un sueecito", el chico se haba 
desvanecido de inmediato.

Skeet haba llamado al haiku "las reglas"; ms tarde, Dusty 
haba empezado a considerarlo una especie de mecanismo, un 
artilugio tan sencillo como efectivo, el equivalente verbal de 
una pistola de clavos, aunque no estaba seguro de a qu se 
refera con semejante comparacin.

De pronto, mientras segua dndole vueltas a la palabra 
"instruccin", comprendi que, ms que con un mecanismo o 
un dispositivo, el haiku poda compararse con el sistema 
operativo de un ordenador, con el software que hace posible 
la recepcin, comprensin y cumplimiento de las 
instrucciones.

Pero, en fin, cul era la deduccin lgica de la hiptesis 
"haiku igual a sistema operativo"? Que Skeet estaba... 
"programado"?

Al cerrar el grifo, Dusty crey or el dbil timbre del telfono.

Con las manos mojadas ante el pecho, como un cirujano que 
acaba de lavrselas despus de una operacin, sali del bao 
y se qued escuchando en mitad del dormitorio. La casa 
estaba en silencio.

Si haban llamado, el contestador automtico del estudio de 
Martie habra saltado al segundo tono.

Deba de haberlo imaginado. Nadie los llamaba a esas horas. 
No obstante, lo comprobara antes de volver a acostarse.

Regres al bao y, mientras se secaba las manos, procur 
considerar la palabra "programado" desde todos los ngulos 
posibles.

Al levantar la vista hacia el espejo, en lugar de su propia 
imagen, Dusty contempl la repeticin de los extraos 
sucesos de la habitacin de Nueva Vida.

Luego, rememor lo ocurrido aquella maana en el tejado de 
los Sorenson.

Skeet aseguraba haber visto el Otro Lado. El Angel de la 
Muerte le haba mostrado el ms all, y al chico le haba 
gustado lo que haba visto. Acto seguido, el ngel le haba 
dado instrucciones para que saltara. Era la palabra exacta que 
haba utilizado Skeet: "instrucciones".

De nuevo el glido escalofro a lo largo de su espina dorsal. 
Acababa de abrir una de las cajas chinas, pero dentro haba 
otra ms pequea que la anterior. Puede que no quedaran 
muchas por abrir. Casi poda or el ajetreo del escorpin: la 
impaciencia de una verdad espantosa dispuesta a clavar su 
aguijn en cuanto alguien levantara la ltima tapa.











El suave siseo del oleaje y la conveniencia de la niebla 
encubren su regreso. Roco en los grises escalones. Un 
caracol en el segundo. Seco crujido bajo el pie.

Mientras suba, el doctor susurr al telfono mvil:

-El viento invernal...

-El viento es usted -respondi Susan Jagger.

-..se ocult en el bosque de bamb...

-El bosque soy yo.

-... y se aquiet.

-En la quietud, aprender lo necesario.

-Djame entrar -le orden Abriman al llegar al rellano 
superior. 

-S.

-Deprisa -la apremi apagando el telfono y guardndoselo. 
Preocupado, el doctor escrutaba el desierto paseo martimo.

Los inmviles penachos de las palmeras flotaban en la niebla 
como fros y oscuros fuegos de artificio.

Oy el roce del respaldo contra la hoja de la puerta y el 
arrastrar de las patas de la silla al apartarla Susan. El primer 
cerrojo. El segundo. El ruido de la cadena de seguridad 
deslizndose por la ranura.

Susan lo recibi discretamente, sin despegar los labios pero 
con una inclinacin leve y respetuosa, como si fuera una 
geisha, y Abriman cruz el umbral. Esper a que la mujer 
cerrara de nuevo y echara uno de los cerrojos; luego, le 
indic que lo precediera hasta el dormitorio.

Mientras salan de la cocina, atravesaban el comedor y el 
cuarto de estar, y avanzaban por el corto pasillo que conduca 
al dormitorio, el doctor dijo:

-Has sido una nia mala, Susan. No entiendo cmo has 
podido tramar algo contra m. Ni siquiera me explico cmo se 
te ha podido ocurrir, pero estoy convencido de que lo has 
hecho.

Durante su reciente visita, cada vez que Susan apartaba la 
vista de la suya, la diriga al bonsai. En todas y cada una de 
aquellas ocasiones, antes de que el arbolillo atrajera la 
atencin de la mujer, Abriman haba mencionado o bien la 
grabacin que ya le haba hecho o la que pensaba hacerle en 
su prxima cita. Al verla tensa e inquieta, le haba ordenado 
que revelara el motivo de su angustia, y ante su escueta 
respuesta -el video- haba hecho la deduccin ms lgica. 
Lgica y quiz errnea. Haba empezado a desconfiar, casi 
demasiado tarde, al recordar que en dichos momentos Susan 
miraba siempre hacia el bonsai. No al suelo, como cabra 
esperar de alguien avergonzado, ni a la cama, escenario de 
sus peores humillaciones, sino siempre al bonsai.

-Quiero ver qu hay en ese tiesto, bajo la hiedra -dijo el 
doctor apenas pis el dormitorio.

Obediente, Susan lo precedi hasta el pedestal Biedermeier, 
pero el doctor se qued petrificado a medio camino al ver el 
programa de la televisin.

-Maldita sea mi estampa -mascull.

Y, en efecto, no comprender a tiempo el motivo de sus 
sospechas, seguir conduciendo hasta su casa y meterse en la 
cama en lugar de volver all hubiera sido la peor de las 
maldiciones para el doctor.

-Ven aqu -orden a Susan.

Mientras la mujer se acercaba, el doctor apret los puos. Iba 
a partirle su preciosa jeta.

Mujeres. Eran todas iguales.

De nio, no les vea la menor utilidad, no quera saber nada 
de ellas. Sus manejos hipcritas lo enfermaban. Lo nico que 
tenan de bueno las chicas era lo poco que costaba hacerlas 
llorar -abundantes, hermosas, saladas lgrimas-, aunque acto 
seguido echaban a correr en busca de sus madres o sus 
padres, para chivarse.

Por suerte, le sobraba inventiva para defenderse de sus 
acusaciones histricas, y los adultos solan encontrarlo 
encantador y convincente. No obstante, haba comprendido 
enseguida que deba aprender discrecin e impedir que su sed 
de lgrimas lo dominara como la aficin a la cocana 
dominaba a ms de uno y ms de dos en el mundillo de 
Hollywood que frecuentaba su padre.

Con el tiempo, avasallado por sus hormonas, descubri que 
necesitaba de las chicas algo ms que sus lgrimas. Aprendi, 
igualmente, lo fcil que le resultaba a un muchacho bien 
parecido como l practicar juegos que ponan en sus manos 
los corazones de las chicas y, mediante el flirteo calculado y la 
traicin, le permitan exprimirles ms lgrimas de las que les 
haba arrancado de nio pellizcndolas, dndoles codazos, 
tirndoles de las orejas y hacindolas caer en charcos de 
barro.

Sin embargo, tras dcadas de torturarlas emocionalmente 
seguan teniendo tan poco atractivo a los ojos del doctor 
como cuando les meta orugas en la blusa en la escuela 
primaria. Las chicas seguan fastidindolo ms que 
gustndole, le hacan sentirse vagamente enfermo cada vez 
que se rebajaba a tratarlas, y el hecho de que al mismo 
tiempo lo fascinaran no haca sino aumentar su resentimiento 
hacia ellas. Lo peor de todo era que el sexo nunca les 
bastaba; queran que uno fuera el padre de sus hijos. La 
mdula se le remova en el espinazo ante la sola idea de ser 
el padre de nadie. En una ocasin haba estado a punto de 
caer en la trampa, pero el destino haba acudido en su ayuda. 
Uno no poda fiarse de los hijos. Se introducan en tus 
defensas y, cuando menos lo esperabas, eran capaces de 
matarte y robarte todos tus bienes. El doctor lo saba por 
experiencia. Y, si tenas una nia, podas dar por seguro que 
madre e hija conspiraran contra ti noche y da. En opinin del 
doctor, el resto de los varones perteneca a una raza distinta 
y muy inferior a la suya, pero las mujeres eran, 
decididamente, de otra especie; las mujeres eran 
extraterrestres y, en resumidas cuentas, incomprensibles.

Susan se detuvo ante l y el doctor levant el puo.


Susan permaneci impertrrita. En esos momentos, su 
personalidad estaba tan profundamente reprimida que le 
resultaba imposible mostrar emocin alguna hasta que la 
instruyeran al respecto.

-Debera partirte la cara.

Aunque perciba la pueril petulancia de su propia voz, el 
doctor no se sinti incmodo. Era lo bastante inteligente para 
comprender que durante sus juegos de control su 
personalidad sufra una regresin y descenda la escalera de 
los aos. El retroceso no lo mortificaba o turbaba lo ms 
mnimo; muy al contrario, le resultaba esencial para disfrutar 
plenamente de esos momentos. Como adulto de amplia 
experiencia, estaba hastiado, mientras que, como 
adolescente, conservaba intacta una maravillosa capacidad de 
asombro, segua emocionndose ante cada matiz de sus 
imaginativos abusos de poder.

-Debera machacar tu estpido rostro y desfigurarte para 
siempre.

Sumida en su letargo, Susan permaneca serena. Un espasmo 
de REM le agit los ojos durante unos segundos, pero no tena 
la menor relacin con las amenazas del doctor.

El tiento y la discrecin seran esenciales a partir de ese 
momento. Abriman no se atrevi a golpearla. Si consegua 
rodear su muerte de las circunstancias adecuadas, era poco 
probable que se desencadenara una investigacin por 
homicidio, mientras que magullada y desfigurada dejara de 
ser una suicida creble.

-Has dejado de gustarme, Susie. No me gustas ni pizca.

Susan sigui callada, porque no le haban ordenado que 
contestara. 

-Creo que an no has llamado a la polica. Dime si estoy en lo 
cierto. 

-Lo est.

-Le has contado a alguien lo de ese video?

-Se lo he contado?

Dicindose que su respuesta no era desafiante, que Susan 
estaba programada para responder a las preguntas de aquel 
modo cuando se encontraba en las profundidades de su 
capilla mental, el doctor baj el puo y lo afloj poco a poco.

-Contstame s o no: has hablado con alguien sobre esa 
grabacin? -insisti Abriman sealando hacia el televisor.

-No.

Aliviado, Abriman la agarr del brazo y la llev hasta la cama. 

-Sintate, pequea.

Susan se sent en el borde de la cama con las rodillas juntas 
y las manos entrelazadas sobre el regazo.

El doctor la interrog durante unos minutos, formulando sus 
preguntas como afirmaciones y rdenes, hasta comprender 
por qu le haba tendido una trampa con la cmara de video. 
Intentaba obtener pruebas contra Eric, no contra su 
psiquiatra.

Aunque su memoria quedaba en blanco al finalizar cada 
encuentro, Susan tena sobrados motivos para sospechar que 
la violaban y, dado que el doctor prefera no recoger y 
llevarse consigo hasta la ltima gota de sudor y pasin que 
derramaba en ella, estaba igualmente en condiciones de 
obtener pruebas materiales que apoyaran sus sospechas. 
Abriman haba decidido no obsesionarse con la limpieza 
poscoital, porque lo contrario hubiera disminuido su sensacin 
de poder y disipado la ilusin de que su extraordinario control 
era absoluto. Porque, qu sentido tendra una batalla de 
tartas o un asesinato sangriento si a continuacin hubiera que 
limpiar las paredes y pasar la fregona?

Despus de todo, l era un jugador, no la mujer de la 
limpieza.

Le sobraban recursos para mitigar o desviar las sospechas de 
Susan. En primer lugar, podra haberse limitado a sugerirle 
que, al despertar, hiciera caso omiso de cualquier signo de 
maltrato fsico, que cerrara los ojos incluso a las pruebas ms 
palmarias de que la haban posedo.

De apetecerle, el doctor podra haberle imbuido la conviccin 
de que reciba las visitas de un engendro del Averno decidido 
a cruzarse con ella para engendrar al Anticristo. Sembrando 
en su subconsciente recuerdos de un luciferino amante 
nocturno de basto y correoso pellejo, aliento a azufre y negra 
lengua bfida, podra haber convertido la existencia de Susan 
literalmente en un infierno en vida.

Abriman haba hecho bailar a aquel son a otros pacientes, 
rasgueando las cuerdas de la supersticin e inducindoles 
graves casos de denronofobia miedo a diablos y demonios 
que haban acabado destrozando sus vidas. Era un juego la 
mar de entretenido, pero montono a la larga. Ms daina 
que la mayora, aquella fobia progresaba rpidamente hacia 
un completo deterioro mental y una demencia sin paliativos. 
Por ello, dej de satisfacerle al cabo de cierto tiempo, pues las 
lgrimas de los locos, ajenos a sus propios sufrimientos, no 
resultaban tan estimulantes como las de los cuerdos, que 
conservaban la esperanza de curarse.

Entre sus muchas opciones, el doctor haba elegido encauzar 
las sospechas de Susan hacia su marido, del que viva 
separada. La partida de Susan, para la que haba ideado un 
guin particularmente complejo y sangriento, deba culminar 
con una orga de violencia tan espectacular que saltara a los 
titulares de los peridicos y cadenas nacionales. El doctor no 
se cansaba de reelaborar mentalmente los detalles precisos 
del episodio final, en el que Eric poda ser tanto coautor como 
vctima.

Al sugestionar a Susan para que centrara sus sospechas en 
Eric y prohibirle a rengln seguido que lo enfrentara a ellas, 
Abriman haba creado una bomba de relojera emocional. 
Semana tras semana, la tensin psicolgica de Susan haba 
ido aumentando hasta que apenas poda resistir la presin 
acumulada en su interior. En consecuencia, desesperada por 
aliviarla, la mujer haba buscado pruebas de la culpabilidad de 
su cnyuge, indicios suficientes para permitirle acudir 
directamente a la polica y evitar la prohibida confrontacin 
con Eric.

Era una situacin inusual, porque el doctor nunca haba 
jugado con nadie tanto tiempo como con Susan Jagger. Haca 
la friolera de ao y medio que haba empezado a drogarla y 
condicionarla, y llevaba diecisis meses tratndola como 
psiquiatra. Por lo general, se aburra a los seis mieses; en 
determinados casos, a los dos o tres. Transcurrido ese 
tiempo, o curaba al paciente, extirpndole la fobia o la 
obsesin que le haba implantado al comienzo, incrementando 
de paso su extraordinaria reputacin como terapeuta, o bien 
le daba el alta definitiva con una muerte lo bastante 
pintoresca para satisfacer a un jugador de su experiencia. 
Hechizado por la excepcional belleza de Susan, se haba 
entretenido con ella ms tiempo del conveniente, permitiendo 
que la tensin de la mujer se acumulara hasta el punto de 
impulsarla a aquel acto de traicin.

Mujeres. Tarde o temprano, siempre traan problemas.

Abriman se levant del borde de la cama y orden a Susan 
que lo mutara.

-Has conseguido amargarme el juego -dijo el doctor sintiendo 
que la irritacin volva a apoderarse de l-. Ahora tendr que 
inventar un final completamente nuevo.

Hubiera podido interrogarla para descubrir cundo se le haba 
ocurrido la treta de la cmara de video, y proseguir sus 
pesquisas desde ese momento hasta el actual, para extirpar 
todos los recuerdos relacionados con la grabacin; tarde o 
temprano, sin embargo, Susan acabara extrandose de sus 
inslitos lapsus de memoria. El doctor poda borrar con 
relativa facilidad todo un bloque de tiempo de la memoria de 
un paciente y acto seguido llenar el hueco con falsos 
recuerdos que, aun pintados con brocha gorda, resultaban 
convincentes a pesar de su pobreza de detalles. En cambio, 
extraer un nico hilo narrativo del complejo entramado de la 
memoria resultaba francamente difcil, tan difcil como 
separar las finas vetas de grasa de un solomillo sin 
desmenuzar el filete. Hubiera podido rectificar la situacin y 
erradicar de la memoria de Susan cualquier reminiscencia 
relativa a la autntica identidad de su verdugo, pero no 
dispona de suficiente tiempo, energa ni paciencia para 
hacerlo.

-Susan, dime dnde tienes papel y bolgrafo.

-Junto a la cama.

-tremelos, por favor.

Al rodear la cama siguiendo a Susan, el doctor vio la pistola 
encima de la mesilla de noche.

Susan no pareca sentir el menor inters por el arma. Abri el 
cajn superior de la mesilla y sac un bolgrafo y un bloc de 
notas del tamao de una libreta de estengrafo. En la parte 
superior de cada hoja figuraba una fotografa de Susan, 
adems del logotipo y el telfono de la empresa inmobiliaria 
para la que haba trabajado hasta que la agorafobia puso fin a 
su carrera.

-Guarda la pistola, por favor -le pidi el doctor, aunque 
distaba de temer que la usara contra l.

Susan la introdujo en el cajn y lo cerr. Volvindose hacia 
Abriman, le tendi el bolgrafo y el bloc.

-Trelos -le orden l.

-Adnde?

-Sgueme.

El doctor la precedi hasta el comedor. Una vez all, le indic 
que encendiera la araa del techo y se sentara a la mesa.











Con la vista an clavada en el espejo del bao, mientras 
volva a analizar su conversacin con Skeet en el tejado de los 
Sorenson e intentaba reunir detalles que dieran credibilidad a 
su increble teora de que haban programado al chico, Dusty 
comprendi que no iba a pegar ojo en toda la noche. Como 
nubes de mosquitos, las preguntas zumbaban en su mente y 
la acribillaban con picaduras ms dainas para el sueo que 
un puchero de caf puro hervido hasta adquirir consistencia 
de melaza.

-Quin iba a programar a Skeet? Cundo? Cmo? Dnde? 
Con qu fin? Y, por qu precisamente a Skeet, alma 
cndida, drogata irredento e inofensivo perdedor si los haba?

Ms que oler, aquello apestaba a paranoia. Puede que su 
desquiciada teora tuviera sentido en el limbo de las tertulias 
radiofnicas sobre fenmenos paranormales en que flotaba 
Newton El Higo durante la jornada de trabajo -de hecho, 
durante la mayor parte de sus horas conscientes-, en aquella 
Norteamrica delirante pero entraable donde los prfidos 
aliengenas no daban abasto cruzndose con desventuradas 
hembras humanas, donde se culpaba a seres 
transdimensionales tanto del calentamiento del globo como de 
los exorbitantes intereses de las tarjetas de crdito, donde el 
presidente de Estados Unidos haba sido sustituido 
subrepticiamente por un androide apaado en el stano de 
Bill Gates, donde Elvis segua vivo y habitaba una compleja 
estacin espacial construida y manejada por Walt Disney, 
cuyo cerebro haba sido transplantado a un cuerpo de alquiler 
actualmente conocido como la estrella de y astro del celuloide 
Will Smith. Pero la idea de que hubieran programado a Skeet 
no tena sentido aqu, en el mundo real, donde Elvis, y no 
digamos Walt Disney, criaba malvas haca dcadas, y donde 
lo ms pareciclo a una tripulacin de extraterrestres 
cachondos era el reumtico reparto de Startrek atiborrado de 
Viagra.

Dusty se hubiera carcajeado de su ridcula teora... si el 
propio Skeet no hubiera dicho que le haban dado 
"instrucciones" para que se tirara de cabeza desde el tejado 
de los Sorenson, si el chico no hubiera cado en aquel extrao 
trance en la clnica Nueva Vida, si todos ellos -Skeet, Martie y 
el propio Dusty- no hubieran echado en falta determinados 
momentos del pasado da, y si sus vidas no hubieran 
descarrilado de repente con tan extraordinaria simultaneidad 
y con la sobrecogedora sobrenaturalidad de un episodio de 
Expediente X con continuacin. Si las carcajadas hubieran 
sido dlares, las risas, cuartos y las sonrisas, centavos, Dusty 
habra perdido una oportunidad nica de hacerse rico.

"Te sientes solo all arriba, Elvis?"

Convencido de que el insomnio le hara compaa hasta el 
amanecer, decidi afeitarse y ducharse aprovechando que 
Martie dorma profundamente gracias a los somnferos. Si al 
despertar volva a sufrir uno de aquellos terribles ataques de 
pnico, querra que no le quitara ojo, alegando que 
conseguira liberarse de sus ligaduras de algn modo y 
deslizarse hasta l con intenciones homicidas.

Al cabo de unos minutos, cuando apag la mquina de afeitar, 
oy unos dbiles lamentos de angustia procedentes del 
dormitorio.

Al llegar junto a Martie, la encontr gimiendo en sueos y 
tirando de sus ataduras mientras murmuraba:

-No, no, no...

Arrancado a sus fantasas perrunas, llenas sin duda de pelotas 
de tenis y cuencos de galletas, Valer irgui la cabeza y ense 
hasta el ltimo diente en un bostezo digno de un cocodrilo, 
pero no gru.

Con el rostro desencajado, Martie agitaba la cabeza sobre la 
almohada murmurando frases ininteligibles, como una 
enferma de malaria en pleno delirio febril.

Dusty le enjug la frente con pauelos de papel, le apart el 
pelo del rostro y sostuvo sus finas manos hasta que se calm.

Qu pesadilla la torturaba? La misma que la persegua 
desde haca seis meses, la protagonizada por el descomunal 
adefesio hecho de hojas secas? O la nueva pelcula de terror 
de la que haba despertado haca un rato ahogndose, 
retorcindose y restregndose la boca con ambas manos?

Mientras Martie volva a sumirse en un sueo tranquilo, Dusty 
se pregunt si su recurrente pesadilla del Hombre de 
Hojarasca sera tan significativa como su propia visin de la 
garza perseguida por los relmpagos.

Martie le haba contado su pesadilla meses atrs, tras 
padecerla por segunda o tercera vez. Dusty decidi extraerla 
de su privilegiada memoria y analizarla mientras velaba a su 
mujer.

Aunque a primera vista los dos sueos parecan 
completamente distintos, un examen ms detenido revelaba 
inquietantes coincidencias.

Cada vez ms perplejo, Dusty consider los puntos de 
interseccin de ambas pesadillas.

Se preguntaba con qu habra soado Skeet ltimamente.

Acostado en su mullida almohada, Valet solt uno de esos 
semiestornudos enrgicos pero completamente voluntarios 
con los que se aclaraba la nariz para husmear el rastro de 
algn conejo al iniciar su paseo matinal. A falta de conejos en 
la casa, su resoplido pareca un juicio escptico sobre la 
repentina obsesin onrica de su dueo.

-Aqu hay gato encerrado murmur Dusty.

Valet volvi a resoplar.












Sin dejar de dar vueltas alrededor de la mesa, Abriman 
compuso un desgarrador adis a la vida, que Susan tom al 
dictado con su esmerada caligrafa. El doctor saba 
exactamente qu poner y qu omitir para convencer de la 
autenticidad de la nota hasta al detective de polica ms 
suspicaz.

Desde luego, el anlisis grafolgico dejara poco o ningn 
margen de duda, pero el doctor era meticuloso.

Dadas las circunstancias, la redaccin no era fcil. La Tsingao 
le haba dejado un regusto amargo y persistente en la boca. 
Molido de cansancio, con los ojos irritados y la cabeza 
embotada por la falta de sueo, el doctor pula mentalmente 
cada frase antes de dictarla.

Para colmo, Susan lo distraa. Quiz porque nunca volvera a 
poseerla, le pareca ms hermosa que en ningn otro 
momento de su relacin.

Doradas ondas de cabello. Fuego verde de los ojos. Pobre 
juguete roto.

No. Era un haiku penoso. Ridculo. De acuerdo, tena tres 
versos cortos y un final contundente, pero poco ms.

De vez en cuando, acertaba a componer un poema 
pasablemente bueno sobre un caracol pisoteado en una 
escalera y cosas por el estilo; pero, cuando se trataba de dar 
con unos versos que capturaran el aspecto, el temperamento, 
la esencia de una mujer, de cualquier mujer, su ta-lento 
naufragaba.

No obstante, su fallido haiku contena algo de verdad: Susan, 
estupendo juguete hasta haca poco, estaba rota. Aunque 
segua teniendo una pinta magnfica, estaba acabada, y no 
poda arreglarla con un poco de cola, igual que a una figurilla 
de plstico de alguno de sus juegos Marx, como El Rodeo de 
Roy Rogers o La Academia Espacial de Tom Corbett.

Mujeres. Siempre te fallaban cuando ms las necesitabas.

Abriman dio los ltimos toques a la nota de suicidio 
embargado por una extraa mezcla de agridulce melancola y 
sombro resentimiento. Se acerc a Susan y permaneci en 
pie junto a ella observndola mientras firmaba al pie.

Manos de largos dedos. Grcil danza del bolgrafo. Despedida 
sin lgrimas.

Mierda.

El doctor dej el bloc de notas en la mesa del comedor por el 
momento y condujo a Susan a la cocina. A peticin de 
Abriman, la mujer sac una llave del piso del cajn de la 
mesita a la que se sentaba para redactar la lista de la compra 
y elaborar mens. El doctor ya tena una llave, pero no la 
llevaba consigo. Se guard aquella en un bolsillo, y volvieron 
al dormitorio.

La cinta segua corriendo. A instancias de Abriman, Susan 
detuvo el reproductor con el mando a distancia, extrajo la 
casete y la dej sobre la mesilla de noche, junto al vaso de 
vino vaco.

-Dime dnde sueles guardar la cmara de video.

Los ojos de Susan se agitaron. Al cabo de un instante, su 
mirada volvi a fijarse.

-En una caja, en el estante superior de aquel armario -
respondi sealando el mueble.

-Gurdala en la caja y vuelve a dejarla en su sitio, por favor.

Susan trajo de la cocina un taburete con dos peldaos 
desplegables e hizo lo que le haban ordenado.

A continuacin, el doctor le dio instrucciones para que cogiera 
una toalla del bao y limpiara la mesilla, la cabecera de la 
cama y todo lo que Abriman crea haber tocado mientras 
estaba en el dormitorio. La observ atentamente para 
asegurarse de que haca un trabajo exhaustivo.

Durante sus visitas, Abriman procuraba tocar slo las cosas 
imprescindibles, y dudaba que hubiera huellas suyas en otro 
lugar que no fueran las dos habitaciones ms privadas de 
Susan. Cuando qued satisfecho con la limpieza del 
dormitorio, acompa a Susan al cuarto de bao y 
permaneci de pie en el umbral durante cerca de diez 
minutos, supervisndola mientras restregaba azulejos, cristal, 
latn y porcelana.

Finalizada la tarea, Susan pleg la toalla con tres dobleces 
perfectos y la colg en una barra de latn pulido junto a otra 
toalla doblada del mismo modo. El doctor apreciaba la 
minuciosidad.

Al ver las bragas blancas de algodn dobladas sobre la tapa 
del cesto, estuvo a punto de ordenarle que las metiera dentro 
con el resto de la ropa sucia, pero el instinto lo impuls a 
interrogarla al respecto. Cuando supo que las haba apartado 
para proporcionar una muestra de ADN a la polica, se qued 
boquiabierto.

Mujeres. Retorcidas. Calculadoras. Ms de una vez, cuando 
era nio, las chicas lo haban provocado para que las hiciera 
caer por las escaleras de un porche o las empujara a un rosal 
erizado de espinas, tras lo cual les faltaba tiempo para acudir 
al adulto que tenan ms cerca con el cuento de que las haba 
agredido por las buenas, por pura maldad. All, ahora, tantas 
dcadas despus, la misma cancin.

Hubiera podido darle instrucciones para que las lavara en la 
pila, pero consider ms prudente llevrselas consigo cuando 
se marchara y hacerlas desaparecer para siempre.

El doctor no era un experto en las ltimas tcnicas forenses 
de la investigacin prctica de homicidios, pero estaba casi 
seguro de que las huellas dactilares impresas en la piel 
humana desaparecan al cabo de unas horas. Podan 
obtenerse mediante rayos lser y otros modernos 
procedimientos, pero saba que existan medios ms simples e 
igual de efectivos. Las tarjetas Kromekote y las pelculas 
Polaroid no sometidas a exposicin, una vez presionadas 
contra la piel y espolvoreadas con plvora, muestran una 
imagen invertida de las huellas, que puede normalizarse 
fotografindolas. El polvo magntico aplicado directamente 
sobre la piel con un cepillo Magna es un sistema aceptable a 
falta de otro mejor, y el mtodo de transferencia yodo-plata, 
una alternativa a considerar si se dispone de un vaporizador y 
hojas de plata.

Era poco probable que encontraran el cuerpo de Susan hasta 
pasadas cinco o seis horas, ms con un poco de suerte. Para 
entonces, el avance de la descomposicin habra borrado 
todas las huellas impresas en su cuerpo.

Sin embargo, no poda negar que haba tocado hasta el ltimo 
plano y curva de su cuerpo, y a menudo. Para ganar aquellas 
partidas haba que jugar con energa y entusiasmo, pero 
tambin con un escrupuloso res-peto a las reglas y una 
estrategia estudiada al detalle.

El doctor orden a Susan que tomara un bao caliente. 
Luego, paso a paso, la llev de la mano a lo largo de los 
minutos que le restaban de vida.

Mientras se llenaba la baera, Susan sac una maquinilla de 
afeitar de un cajn del tocador. La empleaba para depilarse 
las piernas; esa vez servira a un propsito menos frvolo.

Hizo girar el mango y extrajo la cuchilla, que era de un solo 
filo. La dej en el borde plano de la baera.

Se quit la ropa. Desnuda, no pareca rota, y Abriman 
lament no poder conservarla.

Susan se qued inmvil junto a la baera, aguardando 
instrucciones con la vista fija en el chorro del grito.

Abriman, que observaba la imagen de la mujer en el espejo, 
se enorgulleci de su impasibilidad. Intelectualmente, era 
consciente de que estaba a punto de morir; pero, gracias al 
excelente trabajo del doctor, careca de la capacidad de 
reaccionar emocionalmente de forma autntica y espontnea 
en tanto permaneciera en aquel estado de total inhibicin de 
su personalidad.

Era lamentable que todas sus adquisiciones hubieran de 
correr la misma suerte y cumplir el sino de su condicin 
mortal.

Ojal hubiera podido conservarlas en perfecto estado y 
mantenerlas expuestas en unas cuantas habitaciones de su 
casa, tal como haca con sus maquetas de coches Corgi, sus 
huchas mecnicas, sus colecciones de figuritas y el resto de 
sus aficiones. Qu delicioso sera pasearse cuando le 
apeteciera entre aquellos hombres y mujeres que haban sido 
tanto sus factotums como sus compaeros en el transcurso de 
los aos. Utilizando sus herramientas de grabador, apenas le 
costara preparar unas simpticas placas de latn en las que 
figuraran sus nombres, caractersticas fsicas y fechas de 
adquisicin, tal y como haca con las piezas de sus otras 
colecciones. Los videos eran unos recordatorios esplndidos, 
pero se limitaban a ofrecer movimientos bidimensionales 
carentes de la corporeidad y la satisfaccin tctil propias de 
los juguetes materialmente preservados.

Era un problema insoluble. Como buen perfeccionista, el 
doctor se negaba a aadir una pieza a cualquiera de sus 
colecciones si no estaba nueva o como nueva. Los ejemplares 
en excelente o muy buen estado no le interesaban. Corno 
ningn mtodo de conservacin, desde la momificacin hasta 
las ms modernas tcnicas de embalsamamiento, poda 
satisfacer sus exigencias, no le quedaba ms remedio que 
echar mano de sus videos cuando estaba en vena nostlgica y 
sentimental.

El doctor volvi a la realidad y orden a Susan que fuera al 
corredor para recoger el bloc en que haba escrito su nota de 
suicidio. La mujer regres con l y lo dej sobre el impoluto 
mrmol del lavabo, junto a la pila, donde lo encontraran a la 
vez que su cadver.

El bao estaba listo. Susan cerr los dos grifos.

Verti sales perfumadas en el agua.

El doctor, que no le haba ordenado tal cosa, la observaba 
sorprendido. Supuso que Susan tena por costumbre perfumar 
el agua antes de meterse en la baera, acto esencialmente 
reflejo que no requera una voluntad consciente. Interesante.

Alzndose del agua, los sinuosos tallos del vapor florecieron 
con un suave aroma a rosas.

Sentado en la tapa del retrete, atento a no tocar nada con las 
manos, Abriman orden a Susan que se metiera en la baera, 
se sentara y se lavara con especial esmero. Ya no habra 
lser, pelcula Polaroid o cepillo Magna que pudiera descubrir 
huellas incriminatorias en la piel de la mujer. Abriman 
contaba tambin con la accin del bao para extraer y 
disolver hasta el ltimo resto de su semen.

Sin duda, tanto en el dormitorio como en el resto del piso, 
habra dejado pelos y fibras de tejido que podran ser 
recogidos por el aspirador del laboratorio de la polica. No 
obstante, a falta de huellas dactilares ntidas u otras pruebas 
directas que permitieran incluirlo en la lista de sospechosos, 
sera imposible relacionarlo con tan insignificantes indicios.

Por otra parte, se haba tomado tantas molestias para ofrecer 
a la polica un cuadro convincente y un slido mvil del 
suicidio, que ni siquiera era probable que iniciaran una 
investigacin de homicidio rutinaria.

Le hubiera gustado seguir contemplando a Susan mientras se 
baaba, pues era todo un espectculo; pero tena sueo. 
Adems, prefera abandonar el piso antes de que amaneciera, 
para reducir al mnimo la posibilidad de cruzarse con un 
testigo potencial.

-Susan, coge la cuchilla, por favor.

Por un momento, la hoja de acero se resisti a despegarse del 
borde hmedo de la baera, pero Susan acab consiguiendo 
sujetarla entre el pulgar y el ndice de la mano derecha.

El doctor hubiera preferido una muerte ms espectacular. 
Propenso al aburrimiento, no le vea la gracia a una taza de t 
envenenada, un sencillo nudo corredizo o, como en aquel 
caso, un par de arterias radiales seccionadas. Lo divertido 
eran las escopetas, las pistolas de gran calibre, las hachas, 
las sierras mecnicas y los explosivos.

La pistola de Susan le haba llamado la atencin. Pero un 
disparo podra despertar a los jubilados de abajo, aunque se 
hubieran acostado con un martini de ms, como solan.

Pesaroso, pero decidido a no ceder a su gusto por lo teatral, 
Abriman indic a Susan cmo deba sujetar la cuchilla, a qu 
altura exacta deba cortarse la mueca izquierda y con cunta 
fuerza deba presionar. Antes del tajo definitivo, Susan se 
hiri superficialmente un par de veces, con el fin de 
proporcionar a la polica los indicios de vacilacin habituales 
en ms de la mitad de aquel tipo de suicidios. Luego, sin 
expresin alguna en el rostro ni ms luz en los ojos que la 
pura belleza de su color verde, se hizo un tercer corte, mucho 
ms profundo que los anteriores.

Como, adems de seccionar la arteria radial, era inevitable 
daar los tendones, Susan no pudo sujetar la cuchilla en la 
mano izquierda con tanta fuerza como en la derecha. El corte 
de la mueca derecha era menos profundo y sangraba de 
forma menos abundante que el de la derecha, circunstancia 
que, no obstante, tambin coincida con lo que la polica 
estaba acostumbrada a encontrar.

Susan solt la cuchilla e introdujo ambos brazos en el agua. 
Gracias -dijo Abriman.

-De nada.

El doctor permaneci a su lado mientras agonizaba. Hubiera 
podido marcharse, con la certeza de que, en su estado de 
absoluta sumisin, seguira sentada tranquilamente en la 
baera hasta exhalar el ltimo suspiro. Sin embargo, el 
destino le haba gastado un par de jugarretas en aquella 
partida, y no estaba dispuesto a dejarse sorprender por 
tercera vez.

Avido de dramatismo, Abriman consider la posibilidad de 
sacar a Susan de su capilla mental y hacerla ascender uno o 
dos tramos de escaleras hacia la plena conciencia para que 
pudiera apreciar mejor su situacin. Aunque estaba en 
condiciones de seguir controlndola en un nivel de conciencia 
ms elevado, exista una posibilidad, pequea pero real, de 
que dejara escapar un grito involuntario de terror o 
desesperacin lo bastante fuerte para despertar a los 
pensionistas y periquitos del piso inferior.

Se limit a esperar.

El agua se enfriaba a medida que se oscureca, aunque el 
color que le proporcionaba Susan era clido.

Segua en silencio, tan impasible como la baera en que 
permaneca sentada, razn de ms para que el doctor se 
quedara de una pieza al ver que una lgrima solitaria le 
resbalaba por la mejilla.

Incrdulo, se inclin hacia ella, convencido de que deba de 
tratarse de una simple gota de agua o de sudor.

Cuando acab de recorrerle el rostro, otra gota, mayor que la 
anterior, enorme, le brot del mismo ojo; no caba duda de 
que era lo que pareca.

Aquello era ms divertido de lo que haba imaginado. 
Fascinado, sigui el descenso de la lgrima a lo largo de la 
elegante prominencia del pmulo, la suave depresin de la 
mejilla, la comisura de los carnosos labios y el mentn, 
adonde lleg empequeecida pero lo bastante grande para 
titilar como la piedra de un pendiente.

La segunda lgrima fue la ltima. Los secos labios de la 
Muerte haban enjugado con un beso el exceso de humedad 
de sus ojos.

Como sobrecogida, Susan abri la boca, y la segunda -y 
ltima lgrima tembl, se desprendi de su delicada 
mandbula y cay al agua con un chop! apenas audible, como 
una nota arrancada a la octava ms alta del teclado de un 
piano en una habitacin remota.

Ojos verdes tornndose grises. Piel rosada, que se tie... del 
color de la cuchilla.

Aqul no estaba mal.

Dejando, por supuesto, las luces encendidas, Abrintan cogi 
las bragas manchadas de la tapa del cesto, sali del bao y 
fue al dormitorio, donde recogi la cinta de video.

En el cuarto de estar, se detuvo para aspirar el suave aroma 
a limn que emanaban los cuencos de cermica. Siempre 
haba querido preguntar a Susan dnde compraba aquella 
mezcla tan particular, para usarla en su propia casa. 
Demasiado tarde.

Se acerc a la puerta de la calle y, con los dedos bien 
envueltos en pauelos de papel, hizo girar la ruedecilla del 
nico cerrojo que haba echado Susan tras dejarlo entrar. Una 
vez fuera, entorn la puerta con sigilo y utiliz la llave para 
correr ambos cerrojos.

No poda hacer nada respecto a la cadena de seguridad. Aquel 
nico detalle no tena por qu despertar las sospechas de la 
polica.

La noche y la niebla, sus cmplices, seguan aguardndolo, y 
las olas rompan con ms fuerza que haca un rato y 
ahogaban el dbil crujido de sus zapatos sobre el 
recubrimiento de caucho de los escalones.

Una vez ms, lleg a su Mercedes sin cruzarse con nadie. En 
el agradable trayecto a casa, apenas encontr ms trfico que 
cuarenta y cinco minutos antes.

Su mansin, erigida en lo alto de una colina, donde ocupaba 
una hectrea de una comunidad privada, era una dilatada, 
futurista e ingeniosa combinacin de formas cuadradas y 
rectangulares, unas, de liso hormign armado, otras, 
revestidas de granito negro, con terrazas flotantes, 
pronunciados aleros, puertas de bronce y ventanas 
panormicas, tan enormes que los pjaros se partan la 
crisma contra ellas no uno a uno, sino por bandadas.

El edificio haba sido construido por encargo de un joven 
empresario enriquecido hasta lo inverosmil gracias a la oferta 
pblica de acciones de su compaa de ventas por Internet. 
Cuando estuvo acabado, su dueo, que entretanto se haba 
enamorado de la arquitectura del Sudeste y haba empezado 
a amontonar adobes falsos al estilo de los indios pueblo sobre 
una superficie de cuatro mil metros cuadrados en algn lugar 
de Arizona, lo puso en venta sin estrenarlo siquiera.

El doctor aparc en el garaje subterrneo, que tena 
capacidad para dieciocho vehculos, y subi en ascensor a la 
planta baja.

Las habitaciones y los pasillos eran de enormes proporciones 
y tenan suelos de granito negro pulido. Las alfombras persas 
antiguas, de lustrosos tonos turquesa, mbar, jade y rub, y 
exquisitamente patinadas por el uso de varias generaciones, 
parecan flotar sobre el negro granito como alfombra mgicas 
desplegadas, no sobre una oscuridad ptrea, sino sobre el 
profundo abismo de la noche.

En las habitaciones principales, la iluminacin, previamente 
programada, se encenda a su paso accionada por sensores 
de movimiento. En las pequeas, las lmparas obedecan 
rdenes verbales.

El joven multimillonario de Internet haba informatizado todos 
los sistemas de la casa con obsesivo detalle. Si haba visto 
2001: una odisea del espacio, sin duda habra tenido la 
impresin de que el hroe era Hal.

Una vez en su despacho, forrado con paneles de sicmoro, el 
doctor telefone a la consulta y dej un mensaje en el 
contestador para que su secretaria cancelara y trasladara a la 
siguiente semana las sesiones de terapia de las diez y las 
once de la maana. No llegara hasta despus de comer.

No tena visitas programadas para la tarde de aquel 
mircoles. La reservaba para Dustin y Martine Rhodes, que 
llamaran por la maana, desesperados por obtener ayuda.

Haca dieciocho meses, el doctor haba llegado a la conclusin 
de que Martie poda ser uno de sus principales soldaditos de 
juguete en una partida maravillosa y mucho ms compleja 
que ninguna de las que haba ideado hasta entonces. Diez 
meses ms tarde, le haba servido su cctel de drogas 
disuelto en un caf, con un bizcocho de chocolate como 
acompaamiento, y la haba programado durante tres visitas 
de Susan, utilizando el mismo mtodo que haba empleado 
con su amiga.

Desde entonces, Martie, que ignoraba haber ingresado en la 
coleccin de Abriman, estaba lista para ser usada.

El martes por la maana, haca dieciocho horas, cuando 
Martie lleg a la consulta acompaando a Susan, el doctor 
decidi ponerla en juego y la hizo descender hasta su capilla 
mental; una vez all, le implant la conviccin de que no poda 
confiar en s misma, de que era un grave peligro para s y 
para los dems, un monstruo capaz de cometer actos de 
extrema violencia e inconcebibles atrocidades.

Despus de darle cuerda y permitir que se marchara con 
Susan Jagger, deba de haber pasado un da interesante. El 
doctor estaba impaciente por orla relatar los escalofriantes 
detalles.

An no la haba usado sexualmente. No era tan hermosa 
como Susan, aunque s muy atractiva, y Abriman no vea el 
momento de comprobar lo rematada y excitantemente viciosa 
que poda llegar a ser si se lo propona. Por el momento, no 
haba sufrido bastante para inspirarle autntico deseo.

Por el momento.

Estaba de un humor peligroso, y lo saba. La regresin de 
personalidad que experimentaba durante sus intensas 
sesiones de juego no reverta inmediatamente. Como un 
buceador ascendiendo metro a metro de las profundidades 
submarinas para evitar una embolia area, Abriman emerga 
hacia la plena condicin de adulto por etapas de 
descompresin. De momento, no era del todo hombre o nio, 
sino un individuo en metamorfosis emocional.

Se acerc al bar del extremo del despacho, se sirvi una 
botella de Coca-Cola -frmula clsica- en un vaso Toril Collins 
de cristal talla-do, aadi un buen chorro de jarabe de cereza 
y unos cubitos de hielo y removi la mezcla con una cucharilla 
larga de plata de ley. Le dio un sorbo y esboz una sonrisa. 
Mejor que la Tsingtao.

Exhausto pero nervioso, pase por la casa tras dar 
instrucciones al ordenador para que no lo recibiera ni con 
resplandores ni con juegos de luces tenues. Quera oscuridad 
en las habitaciones con vistas y una sola luz, tan mortecina 
que pareciera casi apagada, en aquellas que no podan 
ofrecerle un panorama nocturno del condado de Orange.

Al pie de las colinas, en las vastas llanuras donde las 
multitudes del condado seguan durmiendo, millones de luces 
titilaban a pesar de la hora. Los ventanales dejaban entrar 
claridad suficiente para que el doctor, que se senta a sus 
anchas en aquella penumbra, pudiera desplazarse con felina 
seguridad.

De pie ante una enorme hoja de cristal, con la mirada fija en 
la ex-tensin urbana que se ofreca a su contemplacin como 
el tablero de juego ms grande del mundo, Abriman supo 
cmo se habra sentido Dios, de haber existido, al contemplar 
su Creacin. El doctor era un jugador, no un creyente.

Anduvo de habitacin en habitacin, por pasillos y escaleras, 
dando sorbos a la Coca-Cola. La enorme mansin era un 
laberinto en ms de un sentido, pero al cabo de un rato 
regres a la sala de estar.

All, haca ms de dieciocho meses, haba adquirido a Susan. 
El da en que venca el plazo, haba acudido a su cita para 
recibir las llaves y el grueso manual de funcionamiento de los 
sistemas informticos. Susan se sorprendi al encontrarlo con 
dos copas de champn y una botella de Don Perignon helado. 
Desde el da de su primer encuentro, el doctor haba 
procurado disimular que su inters por ella iba ms all de 
sus cualidades como agente inmobiliaria; incluso con el 
champn en la mano, haba conseguido aparentar tal 
indiferencia ertica que Susan no tuvo la menor impresin de 
que estuviera flirteando. De hecho, desde el instante en que 
la haba conocido y decidido hacerla suya, se haba dedicado a 
sembrar insinuaciones, como migajas de pan para una 
paloma, de su presunta homosexualidad. Puesto que l 
estaba encantado con su nueva casa y ella, con su 
sustanciosa comisin, Susan no vio nada malo en celebrarlo 
con una copa de champn... aunque la suya, por supuesto, 
contena algo ms.

En aquellos momentos, la reciente muerte de Susan le 
produca emociones contradictorias. Presa de un agridulce 
sentimentalismo, lamentaba haberla perdido; pero, al mismo 
tiempo, se senta estafado, traicionado. A pesar de los 
muchos buenos ratos que haban pasado juntos, ella le 
hubiera arruinado la vida de haber tenido ocasin.

Al cabo, consigui resolver su conflicto interior dicindose que 
era una de tantas, una mujer del montn que no se mereca 
todo el tiempo y la atencin que le haba dedicado. Seguir 
pensando en ella hubiera sido admitir que ejerca sobre l un 
poder que nadie haba tenido.

El coleccionista era l, no Susan. El posea las cosas, no a la 
inversa.

Me alegro de que ests muerta -dijo en voz alta en la 
oscuridad de la sala de estar-. Me alegro de que ests 
muerta, estpida nia. Espero que te haya dolido.

Tras vocalizar su ira, se sinti mucho mejor. Desde luego que 
s, un mil por ciento mejor.

Cedric y Nella Hawthorne, la pareja que cuidaba de la 
propiedad, estaban en la casa, pero Abriman no tema que lo 
oyeran. Sin duda, dorman en su apartamento de tres 
habitaciones, en el ala del servicio. Y, vieran lo que vieran y 
oyeran lo que oyeran, no haba motivo para preocuparse de 
que recordaran nada que pudiera comprometerlo.

-Espero que te haya dolido -repiti.

Luego, subi en el ascensor al tercer piso y recorri el pasillo 
hasta la suite del dormitorio principal.

Se cepill los dientes, se los limpi meticulosamente con hilo 
dental y se puso un pijama de seda negra.

Nella le haba abierto la cama. Sbanas Pratesi blancas con 
ribetes negros. Un montn de mullidos almohadones.

Como de costumbre, sobre la mesilla haba un cuenco de 
cristal Lalique lleno de barritas de dulce, un par por cada una 
de sus seis marcas favoritas. Lstima que se hubiera limpiado 
los dientes.

Antes de acostarse, us la pantalla tctil Crestron instalada 
junto a la cama para acceder al programa de automatizacin 
de la casa. Mediante aquel panel de control poda accionar las 
luces de toda la residencia, el aire acondicionado y la 
calefaccin habitacin por habitacin, el sistema de seguridad, 
las cmaras exteriores de vigilancia, la climatizacin de la 
piscina y el balneario y otros muchos sistemas y artilugios.

Introdujo su cdigo personal para acceder a una pantalla en 
la que figuraba el emplazamiento de seis cajas fuertes 
murales de diverso tamao repartidas por la mansin. Toc 
"dormitorio principal", y la imagen de un teclado sustituy a 
la lista de las cajas.

Cuando acab de teclear un nmero de siete cifras, una 
seccin de granito de la parte anterior de la chimenea se 
desliz neumticamente hacia un lado y dej al descubierto 
una pequea caja fuerte de acero empotrada en la pared. 
Abriman marc la combinacin en el teclado y la cerradura se 
abri con un audible clic.

Se acerc a la chimenea, abri la puerta de acero de treinta 
por treinta centmetros y extrajo el contenido de la caja, 
forrada con tejido acolchado. Una jarra de litro.

Dej la jarra sobre un escritorio de caoba y acero pulido y se 
sent para examinarla.

Pasados unos minutos, no pudo resistir los cantos de sirena 
del cuenco de los dulces. Se qued dudando ante el cuenco 
modernista y acab eligiendo una barrita de chocolate con 
almendras.

No volvera a limpiarse los dientes. Dormirse con el sabor del 
chocolate en la boca le produca un placer culpable. A veces 
era un nio travieso.

Volvi a sentarse ante el escritorio saboreando el dulce, 
hacindolo durar, y observ la jarra, pensativo. Aunque la 
palade despacio, cuando acab con las ltimas migajas de la 
barrita, los ojos de su padre seguan sin proporcionarle ni un 
asomo de inspiracin.

Eran de color avellana, aunque tenan una pelcula lechosa 
sobre el iris. Los blancos haban dejado de serlo para adquirir 
un amarillo plido con finas vetas de verde pastel. 
Suspendidos en el formaldehdo del tarro hermtico, unas 
veces le lanzaban miradas melanclicas a travs del cristal 
curvo; otras, parecan observarlo con una pena infinita.

Abriman llevaba toda la vida estudiando aquellos ojos, tanto 
mientras seguan en las rbitas paternas como despus de 
extrados. Guardaban secretos que el doctor deseaba conocer, 
pero eran, como antao, casi insondables.












Gracias al persistente efecto de los tres somnferos, Martie no 
pareca correr peligro de sufrir otro ataque de pnico, aun 
despus de verse libre de las corbatas, levantarse de la cama 
y ponerse en pie.

Sin embargo, le temblaban las manos casi constantemente y 
se pona en guardia en cuanto Dusty se le acercaba. Segua 
creyndose capaz de sacarle los ojos, arrancarle la nariz o los 
labios de un mordisco y empezar el da con un desayuno nada 
convencional.

Mientras Martie se desnudaba para ducharse, Dusty que se 
vea obligado a observarla desde una distancia prudencial, se 
dijo que las ojeras y los labios abultados le proporcionaban un 
atractivo especial.

-Muy ertico, excitante. Ests tan guapa que cualquier 
hombre te perseguira descalzo por un campo de ftbol 
cubierto de chinchetas.

-Pues yo no me siento guapa -replic Martie con voz ronca. 
Frunca los labios inconscientemente, pero con poderoso 
efecto. Me siento como una caca de pjaro.

-Qu curiosa...

-De eso nada.

-Cmo?

-La curiosidad mat al gato -respondi Martie quitndose las 
bragas. 

-Ya -dijo Dusty. Yo me refera a tu comparacin. De modo 
que te sientes como una caca de pjaro... Por qu de pjaro, 
precisamente? Martie bostez.

-Eso he dicho?

-S.

-No lo s. Quiz porque me siento como si hubiera cado de lo 
alto y me hubiera aplastado contra el suelo.

Martie no quiso quedarse sola en el bao mientras se 
duchaba.

Dusty esper en el umbral observando a Martie, que extendi 
la alfombrilla, descorri la mampara y ajust la temperatura 
del agua. Cuando se meti en la ducha, Dusty entr en el 
cuarto y se sent en la tapa del inodoro.

Llevamos tres aos casados -dijo mientras Martie se 
enjabonaba-, pero ahora mismo me siento como un mirn.

La pastilla de jabn, la botella de plstico del champ y el 
tubo de suavizante para el pelo eran objetos tan poco letales 
que Martie acab de ducharse tranquilamente.

Dusty sac el secador de un cajn del mueble del lavabo, lo 
enchuf y volvi a retroceder hasta el umbral.

Martie mir el aparato con aprensin.

-Me frotar el pelo con una toalla y dejar que se seque solo.

-Entonces se te rizar y, como no te gusta, te pasars el da 
refunfuando.

-Yo no refunfuo.

-Entonces, qu haces, gruir?

-Menos.

-Qu tal quejarte? -propuso Dusty.

-Vale. Eso lo admito.

-Pues te pasars el da quejndote. Por qu no usas el 
secador? 

-Es inofensivo.

-No lo s. Parece una pistola.

-Pero no lo es. No he dicho que lo que me ocurre sea racional.

-Te prometo que si lo pones al mximo y tratas de 
deshidratarme no me quedar de brazos cruzados.

-Eres un idiota.

-Eso ya lo sabas cuando te casaste conmigo.

-Perdona.

-Por qu?

-Por recordrtelo.

Dusty se encogi de hombros.

-Mira, llmame lo que te d la gana, pero, por favor, no me 
mates. Ningn gas arda con una llama tan azul como sus 
ojos encendidos de ira.

-Eso no tiene gracia.

Me niego a tenerte miedo.

-Pues ms valdra que lo tuvieras -dijo Martie, irritada. 

-Ni lo suees.

-Eres un estpido, un hombre...

-Un hombre! El peor de los insultos... Eso s que no. Si 
vuelves a llamarme hombre... puedes dar lo nuestro por 
acabado.

Martie lo fulmin con la mirada y extendi al fin la mano hacia 
el secador, pero volvi a retirarla de inmediato. Lo intent de 
nuevo, volvi a fracasar, y empez a temblar, no de miedo, 
sino de impotencia y muda desesperacin.

Dusty temi que se echara a llorar. Durante la noche, verla 
deshecha en lgrimas le haba partido el corazn.

-Deja que lo haga yo -ofreci acercndose a ella. Martie 
retrocedi asustada. 

-Aljate de m.

Dusty cogi una toalla del estante y se la tendi.

-Ests de acuerdo en que ningn maniaco homicida elegira 
una toalla como arma?

Martie clav los ojos en la toalla como si realmente estuviera 
sopesando su peligrosidad.

Cgela con las dos manos -le indic Dusty. Tnsala, sujtala 
con fuerza, concntrate en ello y no dejes que se afloje. 
Mientras tengas las manos ocupadas, no podrs hacerme 
dao.

Martie cogi la toalla con el escepticismo pintado en el rostro.

-Vamos, hazme caso -insisti Dusty. Qu puedes hacerme, 
aparte de zurrarme el trasero?

-Te aseguro que me encantara.

-Pero habra al menos un cincuenta por ciento de 
probabilidades de que sobreviviera -y al ver que segua 
dudando, aadi-: Adems, tengo el secador. Si intentas 
algo, har que se te agrieten los labios y estars fesima.

-Me siento tan idiota... 

-Pues no lo eres.

Valet resopl desde el umbral.

-El resultado de la votacin es dos a uno en contra de la 
idiotez. 

-Acabemos con esto de una vez -dijo Martie con brusquedad.

-Ponte delante del lavabo y dame la espalda si crees que as 
estar ms seguro.

Hizo tal como le deca Dusty, pero cerr los ojos para no 
verse en el espejo.

Aunque en el bao no haca fro, la espalda desnuda de Martie 
se cubri de carne de gallina.

Dusty le pasaba el cepillo por la esplndida melena, negra y 
espesa, y la moldeaba aplicndole el chorro de aire caliente 
del secador, como la haba visto hacer a ella.

Desde el primer da de convivencia, Dusty disfrutaba 
contemplndola mientras se acicalaba. Daba igual que 
estuviera lavndose la cabeza, pintndose las uas, 
ponindose maquillaje o aplicndose crema bronceadora; se 
cuidaba con una meticulosidad espontnea, casi con 
indolencia, con felinos y delicados ademanes. Era una leona, 
segura de su belleza pero nada vanidosa.

Siempre la haba considerado una mujer fuerte y sufrida, y 
jams le haba preocupado qu sera de ella si el destino le 
deparaba una muerte temprana mientras trabajaba en lo alto 
de un tejado. Pero ahora empezaba a preocuparse, y su 
preocupacin le dola como un insulto hacia ella, como si la 
compadeciera, aunque ni lo haca ni hubiera podido hacerlo. 
Ella era mucha mujer para inspirar compasin. Sin embargo, 
en aquellos instantes pareca alarmantemente vulnerable; 
contemplando su esbelto cuello, sus frgiles hombros, el 
delicado engarce de sus vrtebras a lo largo de la hendidura 
espinal, Dusty temi por aquella mujer a la que quera 
muchsimo, temi por ella hasta un punto que no poda dejar 
traslucir.

Como dijo el gran filsofo Skeet en cierta ocasin: "Qu duro 
es el cario".

Algo extrao haba ocurrido en la cocina. En realidad, casi 
todo lo que ocurra en la cocina era extrao, pero lo que haba 
pasado justo antes de que salieran de casa era ms extrao 
de lo habitual.

Primero: Martie estaba rgida en una de las sillas, con las 
manos bajo los muslos, literalmente sentada sobre ellas, 
como si temiera que agarraran lo que tuvieran ms cerca y se 
lo lanzaran a Dusty si no las mantena inmovilizadas.

Como iban a sacarle sangre para analizarla, tena que 
permanecer en ayunas desde las nueve de la noche previa 
hasta el momento de la extraccin.

No le haca gracia estar en la cocina mientras Valet devoraba 
su cuenco de galletas y Dusty se tomaba un vaso de leche y 
un donut, aunque no porque le dieran envidia.

-S lo que hay en esos cajones -coment angustiada, 
refirindose a los cuchillos y dems utensilios cortantes.

Dusty le gui un ojo.

-Y yo el color de tu ropa interior.

-Cundo vas a tomarte esto en serio, maldita sea?

-Si lo hago, ms vale que nos peguemos un tiro.

Aunque Martie segua poniendo mala cara, Dusty comprendi 
que estaba de acuerdo.

-T no seas tonto, sigue bebiendo leche entera y zampando 
donuts de crema. Es como si hubieras empezado a hacerte el 
harakiri. Dusty apur la leche.

-En mi opinin, la mejor manera de vivir una vida normal, y 
probablemente larga, es escuchar todo lo que dicen los 
fundamentalistas de la salud y hacer justo lo contrario.

-Y si maana dicen que lo ms sano es comer hamburguesas 
con queso y patatas fritas?

-Entonces me pasar al tofu y los brotes de alfalfa.

Dusty le dio la espalda con la intencin de enjuagar el vaso.

-Eh! -grit Martie, y Dusty se volvi, y lav y sec el vaso 
mirndola, para no darle la oportunidad de atacarlo por la 
espalda con una lata de cerdo con judas.

Esa maana, Valet tendra que renunciar a su paseo. Martie 
se negaba a quedarse sola mientras Dusty acompaaba al 
animal. Y, si iba con ellos, sin duda la aterrorizara empujar a 
Dusty al paso de un camin o esquilar a Valet con el cortador 
de csped de algn vecino.

-Todo esto tiene una parte la mar de graciosa -dijo Dusty.

-Esto no tiene nada de gracioso -replic Martie, irritada.

-Puede que los dos tengamos razn.

Dusty abri la puerta posterior y dej salir a Valet para que 
pasara la maana en el patio trasero. El da era fresco pero 
agradable, y el parte meteorolgico no haba anunciado lluvia. 
Dej un cuenco lleno de agua en el porche y se volvi hacia el 
perro.

-Hazlo donde quieras, que luego lo recoger; pero no lo 
tomes por costumbre.

Cerr la puerta, ech la llave y mir hacia el telfono, 
momento en que se produjo el extrao suceso. Martie y l se 
pusieron a hablar a la vez, y siguieron hacindolo durante 
unos instantes.

-Martie, no quiero que te lo tomes a mal...

-Tengo toda la fe del mundo en el doctor Closterman...

-..pero creo que deberamos pensar seriamente...

-...pero los resultados de las pruebas pueden tardar das... 

-...en pedir una segunda opinin...

...y, aunque la idea me hace maldita la gracia...

-...no de otro internista...

-.. creo que debera examinarme...

-...sino de un terapeuta...

-..un psiquiatra...

-..especializado en trastornos de ansiedad...

-..con experiencia en casos como el mo...

-..alguien como...

-..he pensado en...

- ...el doctor Abriman...

-... el doctor Abriman...

Pronunciaron el nombre al unsono... y se miraron 
boquiabiertos. Supongo que llevamos casados demasiado 
tiempo -dijo Martie al cabo de unos instantes.

-Unos aos ms, y no habr quien nos distinga.

-No estoy loca, Dusty.

-Ya lo s.

-Pero llmalo.

Dusty descolg el auricular, llam a informacin telefnica y 
obtuvo el nmero de la consulta de Abriman. Dej un 
mensaje pidiendo visita en el contestador del psiquiatra y 
recit el nmero de su telfono mvil.












El dormitorio del apartamento de Skeet estaba amueblado 
con tanta sobriedad y tan desprovisto de decoracin como la 
celda de un monje.

Martie retrocedi hasta un rincn para limitar sus opciones si 
se senta presa de un impulso asesino y permaneci de pie, 
con los brazos cruzados sobre el pecho y las manos 
fuertemente aprisionadas bajo los bceps.

-Por qu no me lo dijiste anoche? Vuelves a ingresar en 
rehabilitacin al pobre Skeet y no me lo dices hasta ahora...

-Bastante tenas en la cabeza -respondi Dusty mientras 
buscaba bajo la ropa cuidadosamente doblada del cajn 
inferior de una cmoda tan sencilla que pareca hecha por una 
secta que considerara pecaminosamente recargados los 
muebles de los shakera.*

* Secta religiosa escindida de los cuqueros en el siglo xviu. Abogan por el celibato, la 
propiedad en comn y un estilo de vida sencillo v estricto, y fabrican objetos artesanos 
simples y funcionales.

-Qu ests buscando, drogas?

No. Si le queda algo, tardara horas en encontrarlo. Busco... 
La verdad, no lo s.

-Tenemos que estar en la consulta del doctor Closterman 
dentro de cuarenta minutos.

-Hay tiempo de sobra -dijo Dusty empezando a registrar el 
cajn superior.

-Fue a trabajar colocado?

-S. Salt del tejado de los Sorenson.

-Dios mo! Qu tal est? 

-Sali ileso.

 -Ileso?

-Es una larga historia respondi Dusty abriendo el primer 
cajn de la cmoda.

No tena intencin de contarle que haba saltado del tejado 
con Skeet, al menos mientras siguiera en aquel estado.

-Me ocultas algo dijo Martie.

-No te oculto nada.

-Entonces, te guardas algo.

-Martie, vamos a dejarnos de jueguecitos semnticos, vale?

En momentos as, est ms claro que el agua que eres hijo de 
Trevor Penn Rhodes.

-Eso ha sido un golpe bajo -replic Dusty cerrando el cajn-. 
No me guardo nada.

-De qu intentas protegerme?

-Supongo que lo que estoy buscando -dijo Dusty por toda 
respuesta es alguna prueba de que Skeet se ha metido en 
una secta.

Como ya haba mirado en el cajn de la mesilla de noche y 
bajo la cama. Dusty entr en el bao inmediato al dormitorio, 
que era pequeo, completamente blanco y estaba muy limpio. 
Abri el armario del botiqun y ech un rpido vistazo a su 
contenido.

-Cmo sabes qu estoy haciendo aqu? -dijo Martie desde el 
dormitorio en un tono mezcla de ansiedad y reproche.

-Buscar un hacha?

-Idiota...

-Eso va lo habamos dejado claro.

-S, pero no quiero que lo olvides.

Al salir del bao, vio que Martie estaba temblando y tan 
plida como una criatura que viviera bajo una roca, aunque 
mucho ms guapa. 

-Ests bien?

-Qu es eso de la secta?

Dusty se le acerc y, aunque Martie trat de escabullirse, la 
cogi por el brazo, la hizo salir del rincn y la condujo al 
cuarto de estar.

-Skeet dijo que saltaba del tejado porque el ngel de la 
Muerte le haba ordenado hacerlo.

-Sera cosa de las drogas.

-Puede. Pero ya sabes cmo funcionan las sectas... Una vez 
que te lavan el cerebro, ests listo.

-De qu ests hablando?

-De lavados de cerebro.

Martie volvi a replegarse hasta un rincn del cuarto de estar, 
cruz los brazos y ocult las manos en las axilas.

-Lavados de cerebro?

-Ya sabes. Llenan la baera y te aclaran la sesera.

El mobiliario del cuarto de estar consista en un sof, un 
silln, una mesita de caf, una mesita auxiliar, dos lmparas 
y una estantera, que contena tanto libros como revistas. 
Dusty recorri los anaqueles con la mirada y fue leyendo los 
ttulos en los lomos.

-Qu me ocultas? -dijo Martie desde su rincn.

-Y dale...

-Crees que est metido en una secta, y que adems le han 
lavado el cerebro, slo porque ha dicho algo sobre el Angel de 
la Muerte? 

-Hubo un incidente en la clnica.

En Nueva Vida?

-S.

-Qu pas?

Todos los libros de los estantes eran novelas encuadernadas 
en rstica de capa y espada y de brujera. Historias de 
dragones, arpas, hechiceros y matasietes en la tierra de 
Erase que se era o en la de Irs y no volvers. No era la 
primera vez que Dusty se quedaba perplejo ante los gustos 
del chico; teniendo en cuenta que Skeet habitaba un mundo 
de fantasa, era sorprendente que la necesitara como 
entretenimiento.

-Qu pas? -insisti Martie.

-Entr en trance.

-Cmo que entr en trance?

-Ya sabes, como cuando te hipnotiza uno de esos magos de la 
tele que te dejan turulato y a continuacin te hacen cacarear 
como una gallina.

-Se puso a cacarear como una gallina?

-No, fue algo un poco ms complicado.

Dusty se iba entristeciendo a medida que lea los ttulos de las 
novelas. Comprenda que su hermano buscaba refugio en 
aquellos reinos de pacotilla porque eran ficciones ms limpias, 
ms poticas y ms coherentes que la suya. En aquellos 
libros, los encantamientos funcionaban, los amigos eran 
siempre fieles y valientes, el bien y el mal estaban claramente 
definidos, los buenos ganaban siempre... y nadie se 
enganchaba a las drogas y echaba a perder su vida.

-A parpar como un pato y gluglutear como un pavo? -
pregunt Martie desde su exilio en el rincn.

-Qu?

-Cmo era de complicado lo que hizo Skeet en la clnica?

Dusty, que acababa de revisar una pila de revistas sin 
encontrar ninguna publicada por una secta ms nociva que la 
corporacin Time-Warner, respondi:

-Te lo explicar luego. Ahora no hay tiempo que perder. 

- Eres exasperante.

-Es de nacimiento dijo Dusty apartndose de la estantera y 
dirigindose hacia la pequea cocina.

-No me dejes sola protest Martie.

-Entonces, acompame.

-Ni lo suees -replic Martie, que pensaba sin duda en 
cuchillos, tenedores y almireces-. No pienso entrar en la 
cocina.

-Te prometo que no te obligar a prepararme nada.

En aquel tpico pisito californiano, la cocina y el comedor eran 
un solo espacio separado del cuarto de estar por un 
mostrador, de modo que Martie no poda evitar ver a Dusty 
mientras abra cajones y puertas de armarios.

-Dusty -dijo con voz temblorosa tras medio minuto de 
silencio, me estoy poniendo peor.

-Pues yo te veo cada vez mejor, cario.

-Te lo digo muy en serio. Estoy al lmite, a punto de explotar.

Dusty no encontraba parafernalia de ninguna secta entre los 
pucheros y las sartenes. Ni un msero amuleto. Ni rastro de 
panfletos sobre la inminencia del da del juicio. Ni siquiera un 
manual para reconocer al Anticristo si te lo topabas en un 
centro comercial.

-Qu ests haciendo ah dentro? -pregunt Martie. 

-Clavndome un tenedor en el corazn, para ahorrarte faena. 

-Mira que eres idiota...

-Haca mucho... -dijo Dusty volviendo al cuarto de estar.

-No cre que fueras tan fro -le reproch Martie con una 
mueca de rabia en su plido rostro.

-Soy un bloque de hielo -dijo Dusty.

-Pues s. L...o digo en serio.

-Un iceberg.

-No sabes cunto me irritas.

-No sabes cunto me gustas replic Dusty.

La rabia de Martie se transform en sbita revelacin, y sus 
ojos se dilataron mientras deca:

-Eres mi Martie.

-Eso no parece un insulto.

-Y yo soy tu Susan.

-Pues s que estamos buenos. Tendremos que cambiar las 
iniciales de las toallas.

-Durante un ao la he estado tratando como t me tratas a 
m. Haciendo payasadas para animarla, procurando que no 
sintiera lstima de s misma, intentando levantarle la moral...

-Portndote como una mala pcora, vaya.

Martie solt una risa trmula que distaba una nota del sollozo, 
como esas carcajadas de pera que la trgica herona inicia 
con un trino de soprano y acaba convirtiendo en un 
desesperado trmolo de contralto.

-He sido una mala pcora y una sabelotodo sarcstica, s, 
porque la quiero un montn.

Sonriendo, Dusty le tendi la mano derecha.

-Ya va siendo hora de que nos pongamos en marcha.

Martie se alej un paso del rincn y se detuvo, incapaz de 
seguir avanzando.

-Dusty, no quiero acabar como Susan.

-Lo s.

-No quiero... hundirme hasta ese punto.

-No te hundirs -le asegur Dusty.

-Tengo miedo.

En vez de seguir su habitual preferencia por los colores vivos, 
Martie haba acudido al lado oscuro de su guardarropa. Botas 
negras, vaqueros negros, jersey negro y chaqueta de cuero 
negro. Pareca vestida para asistir al entierro de un rockero. A 
pesar del sombro atuendo, en lugar de una chica dura, tan 
temible y formidable como la misma noche, pareca efmera 
como una sombra que se debilita y encoge bajo un sol 
implacable.

-Tengo miedo -repiti.

No era el momento de hacer bromas, sino de hablar con 
franqueza. 

-S -dijo Dusty. Yo tambin.

Sobreponindose al miedo a su imaginaria capacidad 
homicida, Martie le cogi la mano. La suya estaba helada, 
pero tocar a Dusty ya era un progreso.

-Tengo que telefonear a Susan dijo-. Le haba prometido 
llamar-la anoche.

La llamaremos desde el coche.

Mientras salan del apartamento, recorran el pasillo, bajaban 
las escaleras y atravesaban el pequeo patio, donde Skeet 
haba escrito a lpiz Farmer bajo el Caulfield de la tarjeta de 
su buzn, Dusty sinti que la mano de Martie se calentaba en 
la suya y quiso creer que conseguira salvarla.

Un jardinero madrugador llenaba un saco de lona con recortes 
de seto. El joven, un hispano bien parecido con los ojos tan 
negros como la salsa mole, los salud con una sonrisa y un 
gesto de la cabeza.

En el csped, junto a sus pies, haba unas tijeras de podar 
pequeas y otras mayores, de las que se manejan con ambas 
manos.

Al verlas, Martie apenas pudo sofocar un grito. Se solt de la 
mano de Dusty y ech a correr, no hacia las potenciales 
armas, sino huyendo de ellas, hacia el Saturn rojo aparcado 
junto al bordillo de la acera.

-Una pelea? -pregunt en espaol el jardinero, con el tono 
compasivo de quien tiene sobrada experiencia en discusiones 
con mujeres.

-Infinidad -contest Dusty en el mismo idioma mientras se 
alejaba a toda prisa; no cay en la cuenta de que haba 
querido decir "enfermedad" hasta llegar al coche.

Mientras lo observaba alejarse, en lugar de fruncir el ceo con 
perplejidad, el jardinero asinti muy serio, como si Dusty 
hubiera expresado una profunda verdad.

As se crean no pocas reputaciones de sabidura: sobre 
fundamentos tan frgiles como los de un castillo en el aire.

Cuando Dusty se sent al volante, Martie temblaba y gema 
doblada hacia delante tanto como le permita el salpicadero. 
Mantena las manos inmovilizadas entre los muslos apretados, 
como si creyera que se moran de ganas por cometer una 
atrocidad.

-Hay algo cortante en la guantera? pregunt en cuanto 
Dusty cerr la puerta.

-No lo s.

-Por amor de Dios, cirrala con llave.

Dusty obedeci; a continuacin, puso en marcha el motor. 

-Date prisa -lo urgi Martie.

-De acuerdo.

-Pero conduce despacio.

-Vale.

-Pero date prisa.

-En qu quedamos? -dijo Dusty apartando el coche del 
bordillo de la acera.

-Si vas a demasiada velocidad, podra intentar coger el 
volante, sacar el coche de la calzada, volcarlo o lanzarlo de 
frente contra un camin. 

-No, no seras capaz.

-Podra hacerlo insisti Martie-.Te lo aseguro. No te imaginas 
lo que me ronda por la cabeza, las imgenes que me pasan 
por la mente.

Mientras los ltimos efectos de los tres somnferos que haba 
tomado Martie se esfumaban a ojos vista, la acidez de 
estmago de Dusty a causa del donut relleno de crema iba en 
aumento.

-Dios mo farfull Martie-. Dios mo, por favor, no permitas 
que vea esas cosas, haz que deje de verlas.

Doblada en el asiento, presa de una angustia insoportable y 
asqueada al parecer por las violentas imgenes que era 
incapaz de apartar de su mente, Martie empez a sentir 
nuseas y contraer el cuerpo a impulsos de las arcadas, que 
la hubieran obligado a vomitar el desayuno de haberlo 
tomado.

En la zona por la que circulaban, el trfico matutino era 
moderada-mente denso, y Dusty cambiaba constantemente 
de carril maniobrando peligrosamente para colarse en los 
huecos sin prestar atencin a las miradas colricas de otros 
conductores y al ocasional bocinazo. A su lado, Martie pareca 
deslizarse a toda velocidad por un tobogn emocional de liso 
hielo a cuyo final la aguardaba otro ataque de pnico. Dusty 
quera estar lo ms cerca posible de la consulta del doctor 
Closterman si Martie chocaba contra el muro y sala rebotada 
hacia una crisis nerviosa como la que haba presenciado 
durante la noche.

Aunque las violentas arcadas la estremecan cada vez con 
ms fuerza, Martie no obtuvo ningn alivio, no slo porque 
tena el estmago vaco, sino tambin porque lo que 
necesitaba vomitar eran las imgenes que se arremolinaban 
en su mente, tan nauseabundas como imposibles de expulsar. 
Deba de tener la boca rebosante de saliva, como suele ocurrir 
durante las nuseas, porque escupi al suelo varias veces.

Entre arcada y arcada aspiraba aire con ansia, con la 
garganta reseca y casi en carne viva debido a la 
desesperacin con que inhalaba. Para colmo, los temblores la 
sacudan con tal violencia que, contagiado de su asco, Dusty 
se estremeca con ella, aunque no poda concebir el horror de 
las visiones que la torturaban.

Apret el acelerador y condujo en agresivo zigzag, 
arriesgndose cada vez ms y haciendo menudear los 
bocinazos y los chirridos de frenos. Casi deseaba que un 
polica los obligara a detenerse. Considerando el estado de 
Martie, era muy probable que en lugar de ponerles una multa 
les abriera paso, con sirena incluida.

Un estado que empeoraba por momentos. Los espasmos de la 
nusea parecan haber cesado, pero Martie haba empezado a 
balancearse adelante y atrs en el asiento gimiendo y 
golpendose la frente contra el salpicadero acolchado, 
despacio y sin fuerza al principio, como para distraerse de los 
demonios que bullan en su mente; luego, cada vez ms 
fuerte, cada vez ms deprisa, ya no gimiendo, sino gruendo 
como un jugador de ftbol mientras arremete contra el 
escudo de entrenamiento, cada vez ms deprisa, cada vez 
ms fuerte: "Uh, uh, uh, uh, uuuhhh".

Dusty le hablaba, le peda que se calmara, que resistiera, que 
recordara que estaba a su lado, que confiaba en ella y que 
todo se arreglara. No estaba seguro de que pudiera orlo. 
Nada de lo que deca pareca ayudarla.

Deseaba desesperadamente alargar la mano e intentar 
calmarla con caricias, pero sospechaba que, durante aquel 
ataque, cualquier contacto fsico producira el efecto opuesto 
al que Dusty pretenda. Acariciarla poda empujarla a un 
paroxismo de terror y repugnancia an mayor.

El doctor Closterman tena su consulta en un rascacielos 
anexo al hospital. Ambos edificios, los ms altos de la zona, 
se alzaban a una manzana de distancia.

Dusty comprendi que, a pesar del acolchado, Martie acabara 
hacindose dao si segua golpendose la cabeza contra el 
salpicadero; pero no pareca dispuesta a dejar de hacerlo. No 
se quejaba de dolor, tan slo grua a cada impacto, maldeca 
y porfiaba consigo misma "Basta, basta, basta...", igual que 
una posesa. En realidad, pareca al mismo tiempo la posesa y 
el exorcista, luchando con todas sus fuerzas para expulsar a 
sus propios demonios.

La zona de aparcamiento que rodeaba el complejo mdico 
reciba sombra de hileras de grandes pltanos. Dusty 
encontr una plaza libre cerca del edificio de las consultas, 
bajo un dosel de ramas.

Aun despus de estacionar y frenar, Dusty sigui teniendo la 
sensacin de que estaban en movimiento. La brisa matutina 
agitaba las sombras de las hojas sobre el parabrisas, y las 
manchas de sol se deslizaban sobre la curva del cristal y 
parecan resbalar hacia los lados y perderse en la este-la del 
coche como brillantes fragmentos de follaje.

Apenes apag el motor, Martie dej de golpear el salpicadero 
con la frente. Solt las manos, que haba mantenido 
inmovilizadas entre los muslos apretados. Se sujet la cabeza 
como si tratara de detener los latidos de dolor de una 
jaqueca, y se apret el crneo con tal fuerza que la piel de 
sus nudillos se tens hasta volverse tan lisa y blanca como los 
huesos que cubra.

Dej de gruir, de maldecir y de porfiar consigo misma. Pero 
lo que sigui fue an peor: volvi a doblarse hacia delante y 
se puso a dar gritos. Gritos estentreos interrumpidos por 
bruscas inhalaciones de aire, como las de un nadador en 
dificultades. Gritos de terror, pero tambin de rabia, de asco, 
de desesperacin. Chillidos en los que vibraba la repugnancia, 
como los de un nadador al sentir el contacto de algo extrao 
deslizndose bajo su cuerpo, algo fro, resbaladizo y 
aterrador.

-Martie, qu te ocurre? Hblame. Djame ayudarte.

Tal vez sus gritos, los latidos de su corazn y los golpes de la 
sangre en sus odos le impidieran orlo, o tal vez, consciente 
de que Dusty no poda hacer nada para ayudarla, considerara 
intil responderle. Se debata en un remolino de intensas 
emociones que parecan arrastrarla hacia las profundidades, 
hacia un asfixiante abismo que tal vez era la locura.

Contra lo que le aconsejaba la prudencia, Dusty la toc. Ella 
reaccion como tema Dusty, alejndose de l, apartndole la 
mano de su hombro, encogindose entre el asiento del 
acompaante y la puerta, irracionalmente convencida de que 
era capaz de arrancarle los ojos o hacerle algo peor.

Al or los gritos de Martie, una joven que atravesaba el 
aparcamiento con dos nios pequeos se acerc al Saturn 
frunciendo el ceo y lanz una mirada inquisitiva al interior. 
Al encontrarse con los de Dusty, sus ojos se dilataron como si 
hubieran percibido la maldad de todos los francotiradores, 
terroristas, estranguladores en serie y coleccionistas de 
cabezas que haban saltado a los titulares de los peridicos 
desde que tena uso de razn. Atrajo hacia s a sus hijos y se 
alej a toda prisa hacia el hospital, probablemente en busca 
de un guardia de seguridad.

El frenes de Martie ces an ms rpidamente de lo que 
haba comenzado, no de forma gradual sino de golpe. Un grito 
final, que reson en el reducido espacio e hizo vibrar los 
cristales, dio paso a un violento jadeo, que fue calmndose 
hasta convertirse en agitada respiracin; un estremecedor 
lamento de animal herido, tan tenue como un hilo de seda, 
surga y desapareca, hilvanando los retazos de su 
entrecortado aliento.

Aunque Dusty no haba visto ni un solo fotograma de la 
espantosa pelcula proyectada en la mente de Martie, la 
agona de asistir al sufrimiento de su mujer lo haba dejado 
sin fuerzas. Tena la boca seca. El corazn le aporreaba el 
pecho. Alz las manos, vio que le temblaban y se las restreg 
en los vaqueros para secarse el sudor de las palmas.

Las llaves seguan en el encendido. Las sac, cerr el puo 
para acallar su tintineo y se las guard en un bolsillo antes de 
que Martie levantar la cabeza y pudiera verlas.

No tema que Martie se las arrebatara y se abalanzara sobre 
l tratando de cegarlo, como aseguraba haber hecho en una 
de sus visiones. No le tena ms miedo en ese momento que 
antes del reciente ataque de pnico.

Sin embargo, el simple hecho de ver las llaves cuando apenas 
se haba recuperado del ataque poda hacerla rodar de nuevo 
por las escaleras del pnico.

Silenciosa salvo por los jadeos de su respiracin, Martie se 
enderez en el asiento y dej de apretarse la cabeza con las 
manos.

-No creo que pueda soportarlo mucho tiempo ms -murmur. 
Ya se ha acabado.

-Me temo que no.

-Al menos, por el momento.

Salpicado por el sol y las sombras de las hojas, el rostro de 
Martie, luminoso y oscuro a intervalos, pareca tan inmaterial 
como el rostro de un sueo; Dusty tema que el oro lo hiciera 
brillar cada vez menos y las sombras lo oscurecieran cada vez 
ms hasta hacerle perder su consistencia apagarse como los 
ltimos resplandores de un fuego de artificio en un insondable 
cielo nocturno.

Aunque la mente de Dusty se negaba a aceptar que estuviera 
perdiendo a Martie, el corazn le deca que su mujer se le 
escapaba de las manos arrastrada por una fuerza que no 
poda comprender y a la que no peda oponer ninguna 
resistencia.

No. El doctor Abriman podra ayudarla. Podra, seguro que 
podra.

Quiz el doctor Closterman, mediante KMs, EEGs,TEPs* y 
dems abreviaturas y acrnimos de la medicina moderna, 
consiguiera identificar su enfermedad, aislar la causa y poner 
el remedio.

*Resonancia magntica, electroencefalogramas y tomografas de emisin de partculas, 
respectivamente

Pero si Closterman no poda, Abriman lo conseguira.

Entre las agitadas sombras de las hojas, tan azules como dos 
zafiros en las rbitas de una diosa de piedra en su nicho de 
follaje, los ojos de Martie se encontraron con los suyos. Su 
mirada no dejaba traslucir ninguna ilusin, ninguna esperanza 
supersticiosa de que todo ira bien en un mundo que era el 
mejor de los posibles. Tan slo la cruda apreciacin de su 
situacin.

De una u otra forma, Martie consigui sobreponerse al terror 
a su capacidad asesina y tendi la mano izquierda a Dusty.

El la estrech, agradecido.

-Pobre Dusty -dijo Martie. El hermano, drogadicto y la mujer, 
loca de atar.

-T no ests loca.

-dale tiempo al tiempo.

-Tengas lo que tengas -repuso Dusty- no ests sola. El 
problema es de los dos. Lo afrontaremos juntos.

-Lo s.

-Como dos mosqueteros.

-Butch y Sundance.

-Mickey y Minnie.

Dusty no sonrea. Tampoco Martie. Pero, con la fortaleza que 
la caracterizaba, dijo:

-Vamos a comprobar si el doctor Closterman aprendi algo en 
la maldita facultad.












Medicin de la temperatura, la presin sangunea y el ritmo 
cardiaco; meticuloso examen oftalmoscpico, primero del ojo 
izquierdo y luego del derecho; sendas ojeadas con el 
otoscopio a las interioridades de los odos; grave y detenida 
auscultacin de pecho y espalda con el estetoscopio "Respira 
hondo y retn el aire; sultalo, respira hondo y retn el 
aire..."- palpacin del abdomen; rpido examen del reflejo 
auditooculgiro; leve golpe de martillo en una preciosa rtula 
para comprobar el reflejo patelar: la parte fcil condujo al 
doctor Closterman a la conclusin de que Martie era una 
joven excepcionalmente sana, incluso ms joven de 
veintiocho aos desde el punto de vista fisiolgico.

-Desde luego, yo la veo ms joven cada semana -dijo Dusty 
desde su silla en un rincn de la consulta.

-Siempre es tan zalamero? -pregunt Closterman a Martie.

-Me pone la casa perdida de baba -respondi Martie 
sonriendo-. Pero me encanta.

Aunque an no haba cumplido los cincuenta, Closterman, a 
diferencia de Martie, pareca ms viejo, y no slo por tener el 
pelo prematuramente blanco. Doble barbilla y papada, 
generosos mofletes y orgullosa y abultada nariz, ojos rosados 
en las comisuras y perpetuamente enrojecidos a causa de las 
muchas horas de exposicin al aire salino, el viento y el sol, 
un bronceado que hubiera enronquecido de tanto sermonear a 
cualquier dermatlogo... Todo pona en evidencia al glotn 
inveterado, pescador de altura, windsurfista y probable 
experto en cerveza. Desde la ancha frente hasta el vientre 
an ms ancho, Closterman era el vivo ejemplo de las 
consecuencias que poda acarrear hacer odos sordos a los 
sanos consejos que endilgaba a sus pacientes sin el menor 
rubor.

Doc -como lo apodaban sus amigos surfistas tena la mente 
tan aguda como un bistur, la jovialidad de un abuelo con un 
libro de cuentos en las manos y un amor por su trabajo que 
hubiera mortificado al mismsimo Hipcrates; no obstante, 
Dusty lo prefera a cualquier otro mdico de cabecera que 
conociera, no tanto por sus estimables cualidades como por 
sus muy humanas, aunque mdicamente reprobables, 
debilidades. Doc era uno de esos raros expertos sin 
petulancia, enemigo de los dogmas, capaz de enfocar los 
problemas desde un punto de vista flexible y prescindir de las 
anteojeras que solan cegar a quienes se ufanaban de una 
pericia excepcional, humilde a fuerza de consciente de sus 
flaquezas y limitaciones.

-Ms sana que una rosa -proclam mientras tomaba notas en 
la historia clnica de Martie-. Tienes una constitucin de 
hierro. Como tu padre.

Sentada en el borde de la camilla, con su bata de papel y sus 
calcetines rojos enrollados sobre los tobillos, Martie pareca 
sin duda tan sana como el instructor de aerbic de cualquiera 
de esos programas de la televisin por cable dedicados al 
ejercicio obsesivo y presentados por individuos para quienes 
la muerte es una eleccin personal en vez de algo inevitable.

Sin embargo, Dusty perciba en ella los cambios que 
Closterman, a pesar de su sensibilidad hacia sus pacientes, no 
poda apreciar. La sombra inquietud que enturbiaba su 
mirada, tan brillante habitualmente. El amargo mohn de su 
boca, la derrotada inclinacin de sus hombros...

Aunque Closterman estaba de acuerdo en enviarla al hospital 
para que la examinaran a fondo, era evidente que 
consideraba aquella medida ms como un chequeo anual 
completo que como un paso crucial para diagnosticar la causa 
de un grave trastorno. Martie le haba hecho un somero relato 
de su extrao comportamiento durante las ltimas 
veinticuatro horas, sin entrar en los detalles de sus violentas 
alucinaciones, aunque le haba contado lo bastante para que 
Dusty lamentara haberse comido el empalagoso dnut. No 
obstante, apenas acab de redactar sus notas, Doc se lanz a 
una enumeracin de las muchas causas del estrs, de los 
perjuicios mentales y fisiolgicos que lleva aparejados, y de 
las tcnicas ms efectivas para combatirlo, como si estuviera 
convencido de que el problema de Martie se deba al exceso 
de trabajo, la falta de ocio, los bultos de su colchn y su 
tendencia a ver montaas donde slo haba granos de arena.

Martie interrumpi a Closterman para preguntarle si tena 
inconveniente en guardar el martillo con que comprobaba los 
reflejos de sus pacientes.

Perdido el hilo de su perorata sobre el estrs, que se haba ido 
hilvanando sola, el doctor parpade y pregunt a su vez:

-Guardarlo?

-Me pone nerviosa. No puedo dejar de mirarlo. Me asusta lo 
que podra hacer con l en las manos. -El instrumento, de 
acero pulido y tan pequeo como un martillo de juguete, 
pareca poco a propsito para servir de arma-. Si se lo 
arrebatara y se lo arrojara al rostro -sigui diciendo Martie, en 
un tono tanto ms inquietante cuanto que su voz era suave y 
serena, podra hacerle perder el conocimiento, o producirle 
alguna lesin grave, y eso me dara el tiempo necesario para 
apoderarme de algo ms peligroso. El bolgrafo, por ejemplo. 
Le importa guardarlo, por favor?

Dusty se removi en su silla y se sent en el borde.

"Ya estamos."

Closterman mir el bolgrafo, que haba dejado sobre la 
historia clnica de Martie.

-No es ms que un Paper Mate.

Le explicar lo que podra hacer con l, doctor. Para que se 
haga una idea de lo que me ronda por la cabeza, de todas 
estas atrocidades, que no s de dnde vienen, ni cmo 
detener. -La bata de papel azul produjo un crujido spero y 
siniestro, como una crislida seca en cuyo interior algo 
horrible pugnara por nacer. Martie sigui hablando con calma, 
aunque su voz haba adquirido un matiz extrao-. Me da igual 
que sea un Mont blanc o un Bic, porque tambin es un 
estilete, un punzn, y podra cogerlo de encima de esa 
carpeta y abalanzarme sobre usted sin darle tiempo a 
reaccionar, clavrselo en un ojo, hundirlo hasta la mitad en su 
cerebro, retorcerlo una y otra vez, retorcerlo y retorcerlo 
hasta destrozarle el cerebro, hasta dejarlo muerto en el sitio, 
o con la capacidad mental de una jodida patata para el resto 
de su vida.- Martie temblaba como una hoja, y le 
castaeteaban los dientes. Se llev ambas manos a la cabeza, 
igual que en el coche, como si tratara de detener las 
espantosas imgenes que brotaban contra su voluntad en el 
oscuro jardn de su mente-. Y, estuviera muerto en el suelo o 
siguiera vivo, podra hacerle un montn de cosas cuando 
acabara con el bolgrafo. Uno de esos cajones est lleno de 
jeringas y agujas... y en esa mesa hay un vaso de 
precipitados lleno de depresores linguales. Podra romperlo y 
utilizar las esquirlas como cuchillos de cristal. Podra 
hundrselas en la cara, hacrsela tiras, clavar los pedazos en 
la pared con agujas hipodrmicas y decorar su despacho con 
un collage de su cara... Podra hacerlo. Puedo verlo...lo estoy 
viendo en mi cabeza ahora mismo asegur Martie, y escondi 
el rostro entre las manos.

Al or la palabra "patata", el corpulento Closterman se haba 
puesto en pie con la agilidad de un bailarn; Dusty lo imit en 
ese momento.

-Lo primero -dijo el mdico, sobrecogido es recetarte Valium. 
Cuntas veces te ha ocurrido algo as?

-Varias respondi Dusty-. Pero sta no ha sido de las peores.

La redonda cara de Closterman estaba hecha para sonrer; el 
fruncimiento de ceo, desmentido por la gruesa nariz, las 
sonrosadas mejillas y los chispeantes ojos, no proporcionaron 
a su expresin la oportuna gravedad.

-Que no ha sido de las peores? En tal caso, os recomiendo 
que no se haga las pruebas sin tomar antes Valium. Algunas, 
las resonancias magnticas por ejemplo, pueden causar 
trastornos al paciente.

-Yo ya estoy trastornada -dijo Martie.

-Te daremos algo para que te sea ms llevadero. Closterman 
fue hacia la puerta. Pero se qued dudando con la mano en el 
pomo; luego se volvi hacia Dusty- . Estaris bien aqu? 
Dusty asinti.

-Son cosas que teme hacer, no que vaya a hacer. Martie no 
es capaz de algo as.

-Ya lo creo que soy capaz- murmur Martie tras la mscara de 
sus manos.

Cuando el doctor los dej solos, Dusty puso el martillo y el 
bolgrafo lejos del alcance de Martie.

-Te sientes mejor?

Martie, que tena los dedos separados, se sinti agradecida 
por aquel acto de consideracin.

-Esto es humillante.

-Puedo cogerte la mano?

-Bueno dijo Martie tras un instante de vacilacin.

Despus de telefonear a la farmacia con la que trabajaba 
habitual-mente para encargar el Valium, Closterman regres 
trayendo dos muestras individuales. Abri una de ellas y se la 
dio a Martie junto con un vaso de plstico lleno de agua.

-Martie, estoy convencido de que las pruebas descartarn la 
existencia de cualquier masa intracraneal, neopltica, cstica, 
inflamatoria o gomosa. Todos hemos tenido algn dolor de 
cabeza ms doloroso o ms persistente de lo habitual. En un 
primer momento, puede darnos por pensar que se trata de un 
tumor. Pero los tumores cerebrales no son tan corrientes 
como la gente cree.

-Esto no es un dolor de cabeza -le record Martie.

-Exacto. Y los dolores de cabeza son un sntoma temprano de 
los tumores cerebrales. Igual que una afeccin de la retina 
llamada estasis papilar, que no he descubierto al examinarte 
los ojos. Has mencionado que tenas nuseas y vmitos. Si 
vomitaras sin nuseas, tendramos un sntoma caracterstico. 
Por lo que me has contado, lo que tienes no son autnticas 
alucinaciones...

-No.

-Son ms bien ideas desagradables, imgenes grotescas que 
no puedes quitarte de la cabeza, pero no las confundes con 
las cosas que realmente ocurren. En mi opinin estamos ante 
un caso claro de ansiedad aguda. De modo que, cuando 
descartemos todo lo dems, cuando hayamos eliminado una 
larga lista de causas fisiolgicas que, en principio, no parecen 
justificar lo que te ocurre... En fin, sospecho que deber 
recomendarte un terapeuta.

-Ya conocemos a uno -dijo Martie.

-Ah, s? Quin?

-Tiene fama de ser uno de los mejores -terci Dusty. Quiz 
haya odo hablar de l. Un psiquiatra, el doctor Mark Abriman.

Aunque el rostro de Roy Closterman no poda adoptar los 
pronunciados rasgos de una mueca lo bastante reprobatoria, 
adquiri de inmediato una expresin de perfecta 
inescrutabilidad tan difcil de interpretar como un jeroglfico 
aliengena encontrado en otra galaxia.

Abriman? S, tiene una reputacin excelente. Y estn sus 
libros, claro. Quin os lo ha recomendado? Imagino que no 
ser fcil entrar en su lista de pacientes.

-Trata a una amiga ma respondi Martie.

-Puedo preguntar qu tiene?

-Agorafobia.

-Un trastorno terrible.

-Le ha destrozado la vida.

-Cmo est?

-El doctor Abriman piensa que se aproxima a una mejora -
respondi Martie.

-Me alegro -dijo Closterman.

La curtida piel de las comisuras de sus ojos se llen de 
arrugas, y sus labios se estiraron hacia arriba a ambos lados 
de la boca; sin embargo, aquella no era la amplia y clida 
sonrisa que tan a menudo esbozaba. En realidad, ms que 
una sonrisa, era una simple variante de su impenetrable 
expresin, que recordaba la sonrisa de una estatua de Buda: 
benigna, pero ms enigmtica que jovial.

De todas formas -aadi Closterman sin cambiar de 
semblante-, si el doctor Abriman no pudiera atenderos, 
conozco a una terapeuta excepcional, una profesional 
extraordinaria que se desvive por sus pacientes, y estoy 
seguro de que podr haceros un hueco. -Cogi la historia 
clnica y el bolgrafo con el que Martie tema sacarle los ojos-. 
Pero lo primero, antes de seguir hablando de terapia, es 
hacerte esas pruebas. Os estn esperando en el hospital. Los 
respectivos servicios os atendern como si se tratara de un 
caso de urgencias, sin necesidad de cita previa. Tendr todos 
los resultados el viernes; entonces podremos decidir cul 
debe ser el siguiente paso. Cuando acabes de vestirte y 
salgas por esa puerta, el Valium habr empezado a hacerte 
efecto. Si necesitas tomar otro antes de ir a la farmacia, 
tienes la segunda muestra. Alguna pregunta?

-Qu tiene contra Mark Abriman?, hubiera querido 
preguntarle Dusty.

Pero se limit a pensarlo. Teniendo en cuenta su recelo hacia 
la mayora de los especialistas y los expertos -dos etiquetas 
de las que sin duda Abriman se enorgulleca- y considerando 
la confianza que le inspiraba el doctor Closterman, Dusty no 
se explicaba su vacilacin. No obstante, la pregunta se le 
qued pegada entre la lengua y el paladar.

Minutos ms tarde, mientras atravesaba con Martie la 
explanada cuadrangular que separaba el edificio de las 
consultas del hospital, Dusty comprendi que, aunque 
extraa, su renuencia a expresar la pregunta era menos 
sorprendente que el hecho de haber ocultado a Closterman 
que ya haban telefoneado a la consulta de Abriman y 
esperaban que les dieran hora para ese mismo da.

Unos speros graznidos atrajeron su atencin. Finas nubes 
grisceas botaban en el azul del cielo como sbanas sucias, y 
tres gruesos cuervos negros trazaban crculos en el aire y 
cambiaban bruscamente de direccin como si arrancaran 
fibras de la deshilachada y mugrienta neblina para construir 
sus nidos en algn camposanto.

Por diversas razones, unas ms claras que otras, Dusty 
record el poema de Edgar Allan Poe en el que un cuervo 
lanza sus agoreros graznidos posado en el dintel de una 
puerta; y aunque Martie, apaciguada por el Valium, le daba la 
mano sin miedo, Dusty pens de inmediato en Lenore, la 
muchacha difunta de otro poema de Poe, y se pregunt si los 
graznidos de aquellos cuervos tambin significaran "nunca 
ms".

Sentada en el laboratorio de Hematologa, Martie observaba 
los tubos mientras se llenaban de sangre poco a poco y 
charlaba con el auxiliar, Kenny Phan, un joven de origen 
vietnamita, que haba acertado con la vena a la primera y sin 
dolor.

-Hago menos dao que un vampiro -dijo Kenny con una 
sonrisa contagiosa-, y tengo bastante mejor aliento.

Dusty hubiera presenciado la extraccin con inters de ser su 
sangre la que estaba en juego, pero ver cmo se la sacaban a 
Martie le causaba impresin.

Consciente de que se senta incmodo, Martie le pidi que 
aprovechara para llamar a Susan Jagger desde el mvil.

Dusty hizo la llamada y dej que el telfono de Susan sonara 
doce veces. Al ver que no contestaba, puls el botn de 
interrupcin y le pidi el nmero a Martie.

-Ya lo sabes.

-Puede que haya marcado mal.

Volvi a marcar el nmero recitndolo en voz alta.

-Es se dijo Martie cuando cant la ltima cifra.

Dej que el timbre sonara diecisis veces antes de cortar la 
llamada. No est.

-Tiene que estar. Nunca sale, si no es conmigo.

-Puede que est en la ducha.

-No ha saltado el contestador?

-No. Volver a intentarlo dentro de un rato.

Amansada por el Valium, Martie pareca pensativa, quiz 
extraada, pero no inquieta.

-Otro para mi coleccin dijo Kenny Phan sustituyendo un tubo 
lleco por el ltimo vaco.

Martie solt una risa franca, sin el menor asomo de angustia o 
preocupacin.

A pesar de las circunstancias, Dusty sinti que la normalidad, 
mucho ms fcil de recobrar de lo que haba credo en las 
ltimas catorce horas, volva a estar al alcance de sus manos.

Mientras Kenny aplicaba a Martie un vendaje adhesivo 
prpura en forma de dinosaurio Barney en la zona del 
pinchazo, el telfono mvil de Dusty empez a sonar. 
Jennifer, la secretaria del doctor Abriman, los llamaba para 
comunicarles que el psiquiatra poda reorganizar las visitas de 
la tarde y hacerles un hueco a la una y media.

-Hemos tenido suerte -dijo Martie con evidente alivio cuando 
Dusty le comunic la noticia.

-Ya lo puedes decir.

Tambin Dusty se senta aliviado, lo cual no dejaba de 
sorprenderlo al considerar que, si el problema de Martie era 
psicolgico, las probabilidades de que se solucionara de forma 
rpida y completa tal vez fueran menores que si la 
enfermedad tena una causa puramente somtica. Sin 
embargo, aunque no conoca al doctor Abriman, la llamada de 
su secretaria haba reavivado la reconfortante llama de la 
esperanza en el corazn de Dusty.

Si el problema no era somtico, Abriman dara con la 
solucin. Descubrira el origen de la ansiedad de Martie y la 
extirpara de raz.

Dusty era el primero en reconocer que su renuencia a 
depositar su entera confianza en expertos en cualquier 
materia rayaba con lo patolgico. No obstante, se senta 
mortificado por su repentina predisposicin a aceptar que 
Abriman, con todos sus ttulos, sus best-sllers y su ruidosa 
reputacin, poseyera una habilidad poco menos que mgica 
para hacer que las cosas volvieran a su cauce.

Estaba claro que era tan papanatas como la media. Cuando lo 
que ms le importaba en este mundo -Martie y su 
matrimonio- corra peligro, cuando sus propios recursos y su 
sentido comn no bastaban para sacarlo del atolladero, 
acuda a los expertos muerto de miedo, no ya con un grado 
razonable de esperanza, sino con algo preocupantemente 
parecido a la fe ciega.

De acuerdo, era cierto. Y qu? Con tal de conseguir que 
Martie volviera a ser duea de su propia vida, con tal de 
recuperar a la mujer sana y feliz que haba sido siempre, se 
humillara ante quien hiciera falta, cuando y donde hiciera 
falta.

De luto riguroso pero con el dinosaurio prpura pegado en el 
brazo, Martie abandon el laboratorio de Hematologa de la 
mano de Dusty. Lo siguiente era una prueba mediante 
resonancias magnticas.

En el pasillo, el olor a desinfectante y cera para el suelo 
apenas disimulaba el omnipresente hedor a enfermedad.

Vieron acercarse a una enfermera y un celador que 
empujaban una camilla sobre la que yaca una mujer de la 
edad de Martie. Estaba conectada a un gotero y tena el rostro 
cubierto de vendajes manchados de sangre reciente, pero uno 
de sus ojos permaneca al descubierto: verde grisceo, 
desorbitado, turbio de miedo.

Dusty apart la vista con la sensacin de haber violado la 
intimidad de la desconocida y apret con ms fuerza la mano 
de Martie, supersticiosamente convencido de que la 
desgracia, agazapada en la vidriosa mirada de la mujer, les 
saltara encima al menor parpadeo.

Tensa y rodeada de pliegues, como la sonrisa del gato de 
Cheshire, la inescrutable mueca de Closterman segua 
flotando en la memoria de Dusty.












El doctor, que haba dormido profundamente, se despert 
tarde, descansado y ansioso por comenzar la jornada.

Se dirigi al completo gimnasio que formaba parte de la suite 
del dormitorio principal e hizo dos tandas de ejercicios en los 
aparatos de musculacin y media hora de bicicleta esttica.

No practicaba otro deporte, pero aquellos ejercicios, que haca 
tres veces por semana, le bastaban para mantener la misma 
buena forma de haca veinte aos, ochenta centmetros de 
cintura y un fsico que gustaba a las mujeres. El doctor lo 
atribua a sus genes y al cuidado con que evitaba acumular 
estrs.

Antes de ducharse, llam a la cocina por el intercomunicador 
y pidi a Nella Hawthorne que le preparara el desayuno. 
Veinte minutos ms tarde, con el pelo mojado, oliendo 
levemente a locin corporal aromatizada y enfundado en una 
bata de seda roja, volvi al dormitorio y sac el desayuno del 
montacargas elctrico.

En la bandeja antigua de plata de ley haba una botella de 
zumo de naranja recin exprimido puesto a enfriar en una 
pequea cubitera llena de hielo, dos cruasanes de chocolate, 
un cuenco de fresas con nata montada y azcar moreno, un 
pastelillo de naranja y almendras acompaado con media 
copa de nata batida, una porcin de tarta de coco con 
mermelada de limn y un buen puado de pacanas fritas 
espolvoreadas con azcar y canela para picar entre bocado y 
bocado.

Aunque haba cumplido los cuarenta y ocho, el doctor 
presuma de tener el metabolismo de un nio de diez aos 
adicto a las metanfetaminas.

Desayun sentado al escritorio de caoba y acero en el que 
haca unas horas haba contemplado los ojos de su padre.

El tarro de formaldehdo segua all. No lo haba guardado en 
la caja fuerte antes de acostarse.

Algunos das pona la televisin para ver las noticias mientras 
desayunaba; pero ningn presentador o presentadora de 
ningn canal tena unos ojos tan fascinantes como los de Josh 
Abriman, que se haban apagado haca veinte aos.

Las fresas estaban tan maduras y sabrosas como cualquiera 
que hubiera probado antes. Los cruasanes eran sublimes.

La mirada paterna se posaba melanclicamente sobre el festn 
matutino del doctor.

Abriman haba culminado la formidable proeza de finalizar sus 
estudios y establecerse como psiquiatra antes de los treinta; 
pero su facilidad para adquirir conocimientos no se haba visto 
secundada por la capacidad para atraer pacientes 
acomodados, a pesar de los contactos de su padre. Por muy 
alto que proclamaran su igualitarismo, casi todas las 
celebridades de Hollywood desconfiaban de los psiquiatras 
jvenes y se mostraban reacias a tumbarse en el sof de un 
terapeuta veinteaero. Justo era reconocer que el doctor 
aparentaba -y segua aparentando- menos aos de los que 
tena, y que cualquiera le hubiera echado dieciocho cuando 
abri la consulta. Aun as, verse vctima de tamaa hipocresa 
en el ambiente cinematogrfico, donde cada quien aireaba sus 
trapos sucios con el mayor desparpajo, le haba producido 
tanta rabia como estupefaccin.

Su padre sigui respaldndolo econmicamente, pero el joven 
doctor se mostraba cada vez ms escrupuloso respecto a la 
magnanimidad de Josh Abriman. Qu humillante, seguir 
dependiendo de la generosidad paterna a los veintiocho, 
sobre todo teniendo en cuenta sus sobresalientes resultados 
acadmicos. Adems, aunque esplndida, la asignacin que 
reciba no bastaba para permitirle llevar el estilo de vida que 
ambicionaba ni tampoco para financiar las investigaciones que 
deseaba llevar a cabo.

Hijo nico y heredero universal, acab con la vida de su padre 
administrndole una sobredosis de tiobarbital de accin 
ultrarrpida combinado con paraldehdo, que inyect en un 
par de deliciosos petiss de mazapn baados de chocolate, 
por los que el viejo senta debilidad. Antes de prender fuego a 
la casa para carbonizar el cuerpo, el doctor llev a cabo una 
diseccin parcial del rostro paterno, en busca del manantial 
de sus lgrimas.

Josh Abriman haba obtenido un xito espectacular como 
guionista, director y productor -el triplete ideal- de pelculas 
que fluctuaban entre las sencillas historias de amor y las 
epopeyas patriticas rebosantes de herosmo bajo el fuego 
enemigo. A pesar de su variedad, todas tenan algo en 
comn: hacan deshacerse en lgrimas a los espectadores de 
todo el mundo. Algunos crticos -los menos, desde luego- las 
tildaban de bazofia sentimentaloide, pero el pblico de pago 
atestaba las salas, y Abriman padre haba cosechado dos 
scares, uno como director y otro como guionista, antes de 
malograrse a los cincuenta y un aos.

Sus pelculas eran xito seguro de taquilla porque los 
sentimientos que trasladaba a la pantalla eran sinceros. 
Aunque haba dado prueba de la duplicidad y los redaos 
necesarios para auparse a lo ms alto de Hollywood, no poda 
negarse que la sensibilidad de su alma y la blandura de su 
corazn lo haban convertido en uno de los lloricas ms 
apreciados de su poca. Lloraba en los entierros aun cuando 
el muerto fuera alguien por cuya desaparicin hubiera rezado 
a menudo y con fervor. Lloraba a moco tendido en las bodas, 
en las fiestas de aniversario, en los procesos de divorcio, en 
los bar mitzvahs, en los cumpleaos, en los mtines, en las 
peleas de gallos, el da de Accin de Gracias, el de Navidad, 
en Noche-vieja, el Cuatro de Julio y el Da del Trabajo, y se 
anegaba en amargo llanto el da que muri su madre, cuando 
se acordaba.

Aquel hombre conoca todos los secretos de las lgrimas. 
Cmo arrancrselas a las afectuosas abuelas y a los matones 
de la mafia. Cmo conmover con ellas a las mujeres 
hermosas. Cmo usarlas para dar rienda suelta a la pena, el 
dolor, la decepcin, la tensin... Hasta sus momentos de 
dicha quedaban sazonados y realzados con el alio de las 
lgrimas.

Gracias a su excepcional preparacin mdica, el doctor lo 
saba todo sobre la elaboracin, almacenaje y vertido de las 
lgrimas. No obstante, confiaba en aumentar sus 
conocimientos mediante la diseccin del aparato lacrimal de 
su padre.

Sin embargo, se llev una decepcin. Tras recortarle los 
prpados y extraerle con cuidado los ojos, el doctor dio con 
las glndulas lacrimales de su progenitor donde caba 
esperar: en la rbita, encima y a un lado de los globos 
oculares. Tenan el tamao, la forma y el aspecto previsibles. 
Los conductos lacrimales superior e inferior que irrigaban 
ambos ojos tampoco mostraban ninguna particularidad. Los 
dos sacos lagrimales -insertados en sus respectivos surcos 
seos, detrs del ligamento tarsial, y difciles de extraer 
intactos medan trece milmetros, como los de la media de los 
adultos.

Debido al reducido tamao del aparato lacrimal, a la fragilidad 
de los tejidos que lo componen y a los daos que haba 
ocasionado al rostro de su padre durante la autopsia 
localizada, el doctor no haba podido salvarlo. Slo 
conservaba los globos oculares, que seguiran deteriorndose 
gradual e inevitablemente a pesar de sus diligentes esfuerzos 
por preservarlos mediante sustancias fijadoras, envasado al 
vaco y cuidados regulares.

Poco despus de morir su padre, Abriman se haba llevado los 
ojos consigo a Santa Fe, Nuevo Mxico, donde esperaba 
hacerse un nombre lejos de la sombra del ilustre director, 
bajo la que permanecera de por vida si se quedaba en Los 
Angeles. En aquellas soledades desrticas, consigui sus 
primeros xitos y descubri su innata pasin por los juegos de 
control.

Los ojos lo acompaaron desde Santa Fe hasta Scottsdale, 
Arizona, y ms recientemente, hasta Newport Beach. All, a 
poco ms de una hora al sur del antiguo feudo paterno, el 
correr del tiempo y sus muchos xitos haban liberado para 
siempre al doctor de la sombra del cineasta y le haban 
procurado el bienestar de quien cree haber hallado el hogar 
definitivo.

Abriman golpe una pata del escritorio con la rodilla, y los 
ojos giraron despacio en el formaldehdo como si siguieran la 
trayectoria de la ltima pacana frita hacia la boca del doctor.

Dej los platos sucios sobre el escritorio, pero guard el tarro 
en la caja fuerte.

Eligi un traje de lana azul de vestimenta con chaqueta 
cruzada, una camisa blanca de solapas anchas y mangas 
francesas hecha a medida y una corbata de seda con figuras 
geomtricas que haca juego con el discreto pauelo del 
bolsillo de la chaqueta. Haba aprendido la importancia del 
atuendo viendo los meticulosos dramas de poca de su padre.

La maana casi se haba esfumado. Quera estar en la 
consulta al menos dos horas antes que Dusty y Martie para 
poner al da su estrategia y decidir el mejor modo de iniciar el 
siguiente nivel de la partida.

En el ascensor, mientras bajaba al garaje, pens fugazmente 
en Susan Jagger; pero Susan era agua pasada. Ahora, el 
rostro que acuda a su mente con mayor asiduidad era el de 
Martie.

Nunca conseguira arrancar lgrimas a las multitudes, como 
haba hecho su padre una y otra vez. No obstante, poda 
disfrutar haciendo llorar a un solo espectador. Se requeran 
inteligencia, pericia y prctica considerables. Y una visin. 
Cualquier forma de entretenimiento era tan legtima como las 
dems.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron al garaje, el 
doctor se pregunt si las glndulas y los sacos lagrimales de 
Martie seran tan productivos como los de su pap.











Una vez palpada, auscultada, escaneada, radiografiada y 
sangrada, a Martie no le quedaba ms que orinar en un vasito 
de plstico antes de abandonar el hospital con todas las 
pruebas hechas y todas las muestras entregadas. Gracias al 
Valium, estaba lo bastante tranquila como para ir sola al 
cuarto de bao, sin la mortificada y mortificante compaa de 
Dusty, que no obstante se haba ofrecido como voluntario 
para "escolta de su muestra de orina".

Martie segua sintindose rara. El tranquilizante no haba 
eliminado su irracional ansiedad, slo la haba dejado en 
suspenso: las ascuas, incandescentes en los rincones oscuros 
de su mente, an eran capaces de iniciar un nuevo fuego que 
lo consumiera todo.

Mientras se lavaba las manos, se atrevi a mirarse en el 
espejo. Error. En la imagen de sus ojos, Martie atisb a la 
Otra, reprimida y rabiosa, tascando el bocado qumico.

Baj la cabeza y acab de lavarse las manos.

Cuando se dispona a abandonar el hospital en compaa de 
Dusty, las brasas de su ansiedad haban vuelto a avivarse.

Slo haban pasado tres horas desde la primera toma, menos 
de lo que recomendaba la posologa del Valium. No obstante, 
Dusty rasg el envoltorio de la segunda muestra y le dio la 
pastilla, que Martie ingiri en una fuente del vestbulo.

La gente iba y vena por la explanada cuadrangular en mayor 
cantidad que haca un rato. En el interior de Martie, una voz 
queda, insidiosa como la de un espritu siniestro convocado en 
una sesin de espiritismo, haca constantes comentarios sobre 
la vulnerabilidad comparativa de los transentes. El individuo 
con la pierna escayolada que renqueaba sobre unas muletas 
hubiera sido tan fcil de derribar, hubiera estado tan 
indefenso una vez en el suelo, con la garganta expuesta al 
puntapi de una bota... Y un poco ms all, aquella mujer que 
se desplazaba sonriendo en su silla de ruedas elctrica, con el 
brazo izquierdo tullido y yerto sobre el regazo y manejando 
los controles con la mano derecha, era una vctima tan 
indefensa como difcilmente encontrara otra en todo el da.

Martie clav la vista en el pavimento y procur abstraerse de 
la gente con la que se cruzaba, esperando acallar de ese 
modo la odiosa voz interior que tanto la aterrorizaba. Se 
agarr con fuerza al brazo de Dusty y confi en que el Valium 
y su marido consiguieran llevarla hasta el coche.

Cuando llegaron al aparcamiento, la fra brisa invernal 
empez a soplar del noroeste con ms fuerza. Los grandes 
pltanos murmuraban como conspiradores. El sol jugaba con 
las sombras sobre veintenas de parabrisas, lanzando seales 
luminosas de un cdigo que Martie no supo descifrar.

Tenan tiempo para comer antes de acudir a la cita con el 
doctor Abriman. Aunque saba que el segundo Valium no 
tardara en hacerle efecto, Martie se senta incapaz de pasar 
cuarenta y cinco minutos ni en la ms acogedora de las 
cafeteras sin perder la compostura, as que Dusty condujo en 
busca de un restaurante de comida rpida para almorzar en el 
coche.

Haban recorrido poco ms de un kilmetro, cuando Martie le 
pidi que pararan frente a un extenso complejo de viviendas 
con jardn repartidas en edificios de tres pisos. La 
urbanizacin se alzaba al otro lado de un terreno cubierto de 
csped tan verde como un campo de golf, al que daban 
sombra airosos turbintos de California, delicados cayeputis y 
unas pocas y esbeltas jacarandas con tempranas flores 
prpura. Muros estucados de color amarillo plido. Vertientes 
de tejas rojas. Pareca un lugar cuidado, tranquilo y acogedor.

Tuvieron que reconstruir casi la mitad despus del incendio -
dijo Martie. Sesenta pisos convertidos en cenizas.

-Cunto hace?

Quince aos. Y cambiaron los tejados de los edificios que no 
haban sufrido daos, porque el motivo de que las llamas se 
propagaran tan deprisa fueron los viejos tejamaniles de 
cedro.

-Parece que nunca hubiera ocurrido, verdad?

Pero ocurri. Murieron nueve personas, incluidos tres nios. 
Es cierto... Tiene tan buen aspecto como si lo de aquella 
noche no hubiera sido ms que un sueo.

-Hubiera sido peor sin la intervencin de tu padre.

Aunque Dusty conoca la historia con detalle, Martie 
necesitaba hablar del incendio. Todo lo que le quedaba de su 
padre eran recuerdos, y hablar de ellos la ayudaba a 
mantenerlos frescos.

-El complejo ya era pasto de las llamas cuando llegaron los 
bomberos. Estaba claro que no podran apagarlas enseguida. 
Bob El Risueo entr cuatro veces, cuatro veces hasta el 
fondo de aquel infierno de humo y llamas, y consigui salir 
una y otra vez. Pareca imposible, pero siempre sala con 
personas que de otro modo no hubieran sobrevivido, llevando 
a unos a cuestas, guiando a los dems. Entre la gente a la 
que salv, estaban los cinco miembros de una familia, 
atrapados, cegados por el humo, rodeados por el fuego... 
Pero salieron con l, ilesos. Hubo otros hroes aquella noche, 
todos los hombres de todas las brigadas que acudieron a 
sofocar el incendio, pero ninguno se arriesg tanto como l. 
Se lanzaba a las llamas una y otra vez, tragndose el humo 
como si fuera aire puro, soportando el calor como si estuviera 
en una sauna... Pero siempre fue as. Siempre. Diecisis 
personas se salvaron gracias a l, antes de que se 
desplomara y tuvieran que llevrselo en una ambulancia.

Aquella noche, mientras corra con su madre hacia el hospital 
y, luego, junto a la cama de su padre, Martie haba sentido un 
miedo tan enorme que crey que la aplastara. Bob El Risueo 
tena la cara roja a causa de una quemadura de primer grado. 
Y manchada de negro: la onda expansiva de una explosin 
haba incrustado las partculas de holln en sus poros con tal 
fuerza que cost Dios y ayuda hacerlas desaparecer. Los ojos, 
inyectados en sangre y uno, tan hinchado que apenas lo poda 
abrir. Las cejas y la mayor parte del pelo, chamuscados hasta 
la raz, y una fea quemadura de segundo grado en la nuca. Le 
haban cosido y vendado la mano y el antebrazo izquierdos, 
llenos de cortes producidos por fragmentos de cristal. Y, 
cunto la haba asustado su voz!: spera, ronca, dbil como 
nunca antes la haba odo. Las palabras brotaban de sus 
labios con un silbido, y como ellas, el acre olor a humo, el 
tufo del humo agarrado a su aliento, el hedor que le sala de 
los pulmones. Martie tena trece aos y aquella misma 
maana se senta una mujer, no vea el momento de 
enfrentarse a la vida como un adulto ms. Pero all, en la 
habitacin del hospital, viendo al pobre Bob tan maltrecho, se 
sinti insignificante y vulnerable de golpe, tan indefensa como 
una nia de cuatro aos.

-Me cogi la mano con la que tena ilesa, la derecha, pero 
estaba tan exhausto que apenas poda sujetrmela. Y con 
aquella voz espantosa, con aquella voz que atufaba, 
murmur: "Qu se cuenta, seorita M?". Y yo: "Hola". El 
intent sonrer, pero la cara deba de dolerle horrores, as que 
hizo una mueca que sirvi para cualquier cosa menos para 
levantarme los nimos. Entonces aadi: "Quiero que me 
prometas una cosa". Y yo, por supuesto, me limit a asentir, 
porque, Dios santo, le hubiera prometido que me cortara el 
brazo para drselo, cualquier cosa, y l lo saba. Mientras 
tanto, no paraba de silbar y toser, pero por fin consigui 
decir: "Maana, cuando llegues al cole, no empieces que si mi 
padre hizo esto, que si mi padre hizo lo otro. Seguro que te 
hacen preguntas y te cuentan las cosas que las noticias digan 
sobre m, pero no les des cuerda. No lo hagas. Les dices que 
estoy... que estoy aqu comiendo helados, dando guerra a las 
enfermeras, pasndomelo bomba, cobrando la baja hasta que 
se den cuenta de que estoy haciendo comedia".

Dusty no conoca aquella parte de la historia.

-Por qu te hizo prometer eso?

-Lo mismo le pregunt yo. Dijo que mis compaeros del 
colegio tambin tenan padres, y que todos crean que el suyo 
era un hroe, o deseaban creerlo con todas sus fuerzas. Y, 
segn pap, la mayora lo eran realmente, o lo seran si se les 
presentara la oportunidad. Pero, como trabajaban de 
contables, vendedores, mecnicos o procesadores de datos, 
simplemente no haban tenido la suerte de estar en el sitio 
adecuado en el momento adecuado, a diferencia de pap, que 
la haba tenido gracias a su profesin. Y sabes qu ms me 
dijo?: "Si algn nio vuelve a casa y se siente decepcionado 
al mirar a su padre porque has estado fanfarroneando sobre 
m, ten por seguro que habrs hecho algo malo, seorita M. Y 
yo s que t no eres mala. Vaya si lo s... Es usted un 
bombn, seorita M. Un bombn de licor".

-Conque suerte... -dijo Dusty meneando la cabeza.

-Qu te parece?

-Que era todo un personaje.

La medalla que recibi su padre del cuerpo de bomberos por 
su arrojo aquella noche no haba sido la primera ni sera la 
ltima. Antes de que el cncer consiguiera lo que no haban 
conseguido las llamas, se haba convertido en el bombero 
ms condecorado de la historia del estado.

Insista en recibir cada distincin en privado, sin ceremonias 
ni comunicados de prensa. Segn l, se limitaba a hacer el 
trabajo por el que le pagaban. Adems, cualquier riesgo y 
cualquier lesin le parecan insignificantes comparados con lo 
que haba sufrido durante la guerra.

No s qu le ocurri en Vietnam -dijo Martie. Nunca lo 
mencion. Cuando tena once aos encontr sus medallas en 
una caja del desvn. Me dijo que se las haban dado porque 
era el mecangrafo ms rpido de la oficina del mando de la 
divisin y, cuando vio que aquello no colaba, me explic que 
en el campamento horneaban a menudo, y que l preparaba 
unos roscones fabulosos. Pero hasta con once aos saba que 
a nadie le dan varias Estrellas de Bronce por hacer roscones. 
No s si era tan buena persona cuando fue a Vietnam como 
cuando volvi, pero algo me dice que el sufrimiento lo 
mejor, que lo volvi humilde, tan afable, tan generoso... tan 
lleno de amor por la vida, por la gente.

Los grciles turbintos y los cayeputis se balanceaban en la 
brisa, y el prpura de las jacarandas destacaba contra el 
cielo, cada vez ms gris.

-No sabes cunto lo echo de menos -dijo Martie.

-Me lo imagino.

-Y lo que ms me asusta... lo que me aterra de esta pesadilla 
de la que no s cmo salir...

Saldrs de ella, Martie.

-Lo que quiero decir es que me aterra porque... podra hacer 
algo que empaara su memoria.

-Eso es imposible.

-Quin sabe? dijo Martie, y se estremeci.

-Yo lo s. Es imposible. Eres hija de tu padre.

Para su sorpresa, Martie consigui esbozar una dbil sonrisa. 
La imagen de Dusty se volvi borrosa ante sus ojos y, aunque 
apret con fuerza los temblorosos labios, una humedad salada 
se filtr al interior de su boca.

Almorzaron en el coche, en el aparcamiento del restaurante 
de comida rpida.

-Ni mantel, ni velas, ni florero -dijo Dusty, encantado con su 
sandwich de pescado y sus patatas fritas ; pero reconoce que 
tenemos una vista preciosa del contenedor.

Aunque no haba desayunado, Martie slo haba pedido un 
batido de vainilla pequeo, al que daba espaciados sorbos. No 
le haca ni pizca de gracia la idea de tener el estmago lleno 
de grasas si volva a presenciar la espeluznante sucesin de 
imgenes de muerte que le haba pasado por la cabeza en el 
trayecto desde el apartamento de Skeet hasta la consulta del 
doctor Closterman.

Llam a Susan utilizando el telfono mvil. Dej que sonara 
veinte veces antes de cortar la llamada.

-Algo no va bien dijo.

-No te precipites.

-No podra aunque quisiera. No me queda fuerza en las 
piernas -repuso Martie, y era cierto, gracias a los dos 
Valiums. De hecho, su preocupacin era algo blando y de 
contornos borrosos, aunque preocupacin al cabo.

-Si no contesta cuando salgamos de la consulta del doctor 
Abriman, pasaremos por su casa para asegurarnos de que 
est bien -propuso Dusty.

Atormentada por su propio trastorno, Martie no haba tenido 
oportunidad de contarle a Dusty que Susan estaba convencida 
de ser vctima de un violador nocturno que entraba en su casa 
a voluntad y volva a marcharse dejndola sin el menor 
recuerdo de sus visitas.

Aquel tampoco era el momento. Haba conseguido una 
precaria estabilidad emocional y tema que revivir su penosa 
conversacin con Susan volviera a desequilibrarla. Adems, el 
doctor Abriman los esperaba en cuestin de unos minutos, 
que seran insuficientes para contarle la conversacin a Dusty 
con el necesario detalle. Tiempo habra.

-Algo pasa -se limit a repetir.

Qu extrao, estar en aquella sala de espera de elegantes 
tonos negros y miel, sin Susan.

Al cruzar el umbral y poner los pies en el suelo de granito 
negro, Martie sinti que el peso de su ansiedad disminua 
sensiblemente. Una inslita levedad en cuerpo y mente. Una 
clida esperanza en el corazn.

Tambin aquello le resultaba extrao, y muy distinto al efecto 
del Valium. El tranquilizante cubra su ansiedad, la reprima, 
pero Martie la senta rebullir bajo la sbana qumica. En aquel 
sitio, en cambio, era consciente de que buena parte de su 
aprensin la abandonaba y se alejaba flotando, no ya 
reprimida, sino disuelta.

Dos veces por semana desde haca un ao, y sin excepcin, 
tambin Susan recobraba la vivacidad a ojos vista apenas 
entraba en aquella sala de espera. La frrea garra de la 
agorafobia no soltaba a Susan en otro espacio cerrado que no 
fuera su casa; pero, al otro lado de aquel umbral, le daba un 
respiro.

Un instante despus de que Jennifer, la secretaria del 
psiquiatra, alzara la vista y los viera entrar desde el pasillo, se 
abri la puerta del doctor Abriman, que sali a la sala de 
espera para darles la bienvenida.

Era alto y bien parecido. Su porte, sus maneras y su 
impecable atuendo recordaban a Martie a los elegantes 
protagonistas de las pelculas de otra poca: William Lowell, 
Cary Grant...

Martie ignoraba cmo consegua el doctor emanar aquel aire 
de competencia profesional y serena autoridad, pero no 
intent analizarlo, porque el simple hecho de verlo, ms 
incluso que el de entrar en su consulta, la llen de paz, y se 
sinti agradecida por aquel rebrote de esperanza.












Inquietante, la oscuridad que tea el mar horas antes del 
anochecer, como si una malignidad primigenia emergiera de 
las profundas simas ocenicas y se extendiera por todo el 
litoral.

En el cielo, que se haba amortajado por completo en las 
grises nubes que teja sin descanso desde primeras horas de 
la maana, no quedaba azul que se reflejara en las aguas, ni 
sol que reluciera en las crestas de las olas. A Dusty, sin 
embargo, el Pacfico, plomizo y veteado de negro, le pareca 
mucho ms oscuro de lo habitual a esas horas.

No menos sombra era la larga lnea de la costa -las 
penumbrosas playas, los bultos de las colinas al sur y las 
pobladas planicies al oeste y al norte-  vista desde aquel 
decimocuarto piso. El verde de la naturaleza pareca pintado 
con leve trazo sobre un fondo gris moho, y todas las 
creaciones del hombre, escombros en potencia, a la espera 
del terremoto del milenio o de la guerra termonuclear.

Cuando apart la mirada de la panormica que ofreca la 
enorme pared de cristal, aquella extraa inquietud 
desapareci de su nimo tan repentina y completamente 
como si la hubieran apagado pulsando un interruptor. Las 
paredes revestidas de caoba, las estanteras llenas de libros 
alineados con esmero, el despliegue de ttulos de las 
universidades ms prestigiosas del pas, la clida luz 
multicolor procedente de las tres lmparas de estilo Tiffany -
autnticas?- y el exquisito mobiliario ejercan una influencia 
sedante. Dusty se haba sorprendido al sentirse aliviado 
apenas entr con Martie en la sala de espera de Abriman; 
pero en aquel despacho su alivio se haba transformado en 
algo que deba de parecerse a la beatitud del nirvana.

Dusty ocupaba una silla prxima al inmenso ventanal; a cierta 
distancia, Martie y el doctor Abriman conversaban sentados 
en sendos sillones a ambos lados de una mesita baja. Martie 
hablaba de sus ataques de pnico con mayor presencia de 
nimo de la que haba mostrado desde que Dusty la encontr 
en el garaje la tarde anterior. El psiquiatra la escuchaba 
atentamente, con una simpata tan manifiesta como 
reconfortante.

Tan reconfortante, que Dusty se sorprendi esbozando una 
amable sonrisa.

Estaban en un lugar seguro. El doctor Abriman era un gran 
psiquiatra. Todo se arreglara ahora que Martie se haba 
puesto en manos del doctor Abriman. El doctor Abriman se 
desviva por sus pacientes. El doctor Abriman pondra fin a 
aquella pesadilla.

Dusty volvi la mirada hacia la vista panormica, y el ocano 
le pareci una enorme cinaga de aguas tan cubiertas de lodo 
y enmaraadas algas que apenas podan formar densas olas 
bajas. A tan extraa luz, las dentadas crestas no eran 
blancas, sino gris sucio y amarillo cromo.

En invierno, cuando el cielo estaba encapotado, el mar tena a 
menudo aquel aspecto, pero nunca le haba parecido tan 
inquietante. Por el contrario, sola considerarlo un espectculo 
de rara y desoladora belleza.

La dbil voz de la razn le dijo que proyectaba sobre el 
paisaje sentimientos que no eran una respuesta a lo que vea, 
emociones que tenan otro origen. El mar slo era el mar, 
cambiante pero idntico a s mismo; la autntica causa de su 
desasosiego estaba en otra parte.

Era una idea desconcertante, porque en aquella habitacin no 
haba nada que pudiera justificar su desazn. Estaban en un 
lugar seguro. El doctor Abriman era un gran psiquiatra. Todo 
se arreglara ahora que Martie se haba puesto en manos del 
doctor Abriman. El doctor Abriman se desviva...

-Es necesario que sigamos hablando -dijo el doctor Abriman-, 
descubriendo cosas, antes de que pueda emitir un diagnstico 
con plena seguridad. Aun as, voy a arriesgarme a dar un 
nombre a lo que le ocurre, Martie. -Martie se adelant 
ligeramente en el silln, y Dusty vio que esperaba el 
diagnstico preliminar del psiquiatra sin ms alteracin visible 
en el rostro que una media sonrisa-. Es un trastorno tan 
enigmtico como poco frecuente -sigui diciendo el doctor-. 
Autofobia, miedo a uno mismo. Hasta ahora no haba tratado 
a nadie que la padeciera, pero estoy familiarizado con la 
literatura que hace al caso. Algunas de sus manifestaciones 
son asombrosas, como ha tenido usted la desgracia de 
comprobar.

Autofobia -murmur Martie, con ms fascinacin y menos 
angustia de lo que caba esperar, como si el psiquiatra la 
hubiera curado limitndose a poner nombre a su dolencia.

Tal vez hubiera que agradecrselo al Valium.

Sorprendido como estaba por la reaccin de Martie, Dusty 
cay en la cuenta de que tambin l sonrea y asenta.

El doctor Abriman pondra fin a aquella pesadilla.

-En trminos estadsticos dijo Abriman-, es increble que su 
mejor amiga y usted hayan contrado graves trastornos de 
naturaleza fbica. Fobias tan destructivas como la suya y la 
de Susan no son frecuentes, lo que me lleva a sospechar que 
existe alguna conexin.

-Una conexin? A qu se refiere, doctor? -terci Dusty, y el 
hilo de voz de su razn se apresur a hacerle notar el tono 
que haba empleado, no muy diferente al de un nio de doce 
aos haciendo una pregunta a Mr. Wizard, en el  programa de 
televisin que pona todo su empeo en descubrir el lado 
ameno de la ciencia a los menores.

Abriman se apret la barbilla entre el ndice y el pulgar y, tras 
un instante de reflexin, respondi:

-Martie, hace ya un ao que acompaa a Susan a mi 
consulta... 

-Desde que se separ de Eric.

-Exacto. Y la ha mantenido en contacto con la realidad, 
hacindole la compra y ayudndola de otras muchas maneras. 
Al ver que no mejoraba de forma visible, se ha ido 
preocupando cada vez ms. A medida que creca su 
preocupacin, ha empezado a culparse de que su amiga no 
responda a la terapia.

-Usted cree? -pregunt Martie, sorprendida-. de veras me 
culpo?

-Por lo que s respecto a usted, parece que sentirse 
profundamente responsable de los otros forma parte de su 
carcter. Tal vez una parte excesiva.

-El gen de Bob El Risueo -dijo Dusty.

-Mi padre -explic Martie--. Robert Woodhouse.

Ah... Bien, en mi opinin, esto es lo que ha ocurrido. Usted 
siente que, por activa o por pasiva, le ha fallado a Susan, y 
ese sentimiento de fracaso se ha transformado en culpa. La 
culpa est en la raz de su autofobia. Si le ha fallado a su 
amiga, a la que tanto quiere, est claro que no es usted tan 
buena persona como crea, incluso puede que sea una mala 
persona, pero desde luego es una mala amiga, alguien en 
quien no se debe confiar.

Dusty se dijo que la explicacin pareca demasiado sencilla 
para ser creada: aun as, resultaba convincente.

Sus ojos se encontraron con los de Martie, y comprendi que 
la opinin de su mujer apenas difera de la suya.

Era posible que una enfermedad tan inslita y compleja 
afectara de un da para otro a alguien que pareca tan firme 
como las Montaas Rocosas?

Ayer mismo -le record Abriman a Martie, cuando trajo a 
Susan a la consulta, me llev aparte para explicarme lo 
preocupada que estiba por ella.

-S, pero...

-Y, recuerda qu ms me dijo? Al ver que Martie titubeaba, 
Abriman le refresc la memoria-. Me dijo que tena la 
sensacin de haberle fallado a Susan.

-Pero me refera...

-Lo dijo convencida. Angustiada. Que le haba fallado.

Martie procur recordar.

-Lo dije, verdad?

El doctor dej de sujetarse la barbilla, mostr las palmas de 
las manos como diciendo "Ah lo tiene" y sonri.

Si nuestras prximas sesiones confirman mi diagnstico, ser 
una buena noticia.

Le aseguro que necesito buenas noticias -dijo Martie, aunque 
no haba dado la menor muestra de angustia desde que 
estaba en la consulta.

Encontrar la raz de la fobia, su causa oculta, suele ser la fase 
ms difcil de la terapia. Si su autofobia procede de ese 
sentimiento de culpa respecto a Susan, nos habremos 
ahorrado un ao de anlisis. Mejor an, confirmaramos que 
lo que usted padece no es tanto un desorden fbico como... 
bueno, llammoslo una fobia simptica.

-Como esos maridos que sufren calambres simpticos y 
nuseas matutinas cuando sus mujeres estn embarazadas? -
apunt Martie.

-Exactamente -confirm Abriman-. Y una fobia simptica, si 
es eso lo que tiene, es infinitamente ms fcil de curar que un 
desorden tan rotundamente arraigado como el de Susan. Casi 
me atrevo a garantizarle que al cabo de no muchas visitas 
habr acabado con usted.

-Cunto tiempo calcula?

-Puede que un mes. Tres como mucho. Debe comprender que 
es imposible calcularlo con exactitud. Todo depende de... 
usted y de m.

Dusty se recost en su silla, definitivamente aliviado. Tres 
meses, y eso en el peor de los casos, pasaban volando. 
Especialmente, si Martie mejoraba poco a poco. Lo 
superaran.

El doctor Abriman era un gran psiquiatra. El doctor Abriman 
pondra fin a aquella pesadilla.

-Estoy lista para empezar -asegur Martie-. Esta misma 
maana me ha visitado nuestro mdico de cabecera...

-Y qu opina? -se apresur a preguntar Abriman.

-Cree que lo primero es confirmar que no se trata de un 
tumor cerebral o algo parecido, pero considera probable que 
mi problema requiera atencin teraputica ms que mdica.

-Parece competente y responsable.

-Me han hecho un montn de pruebas en el hospital, todas las 
que ha considerado necesarias. Pero ahora... En fin, no hay 
nada seguro... sin embargo, creo que es aqu donde pueden 
ayudarme.

-Entonces, manos a la obra! -exclam el doctor Abriman con 
un entusiasmo casi infantil que resultaba contagioso, porque 
pareca probar su dedicacin al trabajo y su fe en s mismo.

El doctor Abriman pondra fin a aquella pesadilla.

-Seor Rhodes -dijo el psiquiatra, no necesito recordarle que 
la terapia tradicional es un proceso que exige reserva si 
queremos que el paciente, la paciente en este caso, se 
exprese libremente. Le ruego tenga la bondad de esperar a su 
esposa en el vestbulo de salida hasta que acabe la sesin.

Dusty mir indeciso a Martie.

Ella sonri y asinti.

Estaban en un lugar seguro. Martie no lo necesitaba.

-Claro, faltara ms -dijo Dusty, y se levant de la silla.

Martie le tendi la chaqueta de cuero, que se haba quitado al 
entrar en la consulta, y Dusty se la ech al brazo, encima de 
la suya.

-Por aqu, seor Rhodes -le indic el doctor Abriman 
ponindose en pie y atravesando el despacho hasta la puerta 
de la sala de espera.

Las escamosas nubes, tan sucias y grises como peces 
podridos, semejaban inmundicias escupidas por el encrespado 
Pacfico y adheridas al cielo. Las carbonosas venas que 
surcaban la superficie de las aguas parecan varicosas y ms 
abundantes que haca un rato, y las sombras que cubran 
amplias zonas del mar resultaban amenazadoras, cuando 
menos a los ojos de Dusty.

El breve cabrilleo de la desazn se aquiet apenas apart la 
vista del ventanal y sigui al doctor Abriman.

La puerta que separaba la consulta revestida de caoba de la 
sala de espera posterior era sorprendentemente gruesa. 
Ajustaba tan hermticamente que al abrirse produjo un leve 
pop! y un siseo, como el sello de un producto envasado al 
vaco.

Dusty supuso que una puerta como aquella era imprescindible 
para proteger la intimidad de los pacientes. Sin duda, estaba 
hecha de capas de material aislante.

Las paredes pintadas en tonos miel, el suelo de granito negro 
y los muebles de la segunda sala de espera eran idnticos a 
los del amplio recibidor de la parte delantera de la consulta.

-Desea que Jennifer le sirva caf, un refresco, agua con 
hielo...? -le pregunt Abriman.

-No, gracias. Estoy bien.

-Esas -dijo Abriman sealando un abanico de manoseadas 
publicaciones desplegadas sobre una mesita son recientes. -
Sonri. Esta consulta no es un cementerio de revistas de 
otras dcadas.

-Es todo un detalle.

Abriman pos una mano en el hombro de Dusty.

-Martie se pondr bien, seor Rhodes.

-Es una luchadora.

-Tenga fe.

-La tengo.

El psiquiatra volvi junto a Martie.

La puerta encaj con un golpe sordo pero inquietante, y el 
pestillo se err automticamente. No haba picaporte en aquel 
lado. La puerta slo poda abrirse desde el interior del 
despacho.












Pelo negro, ropa negra. Brillo de Tiffany en sus ojos azules. 
Luminosa como una lmpara.

El doctor, no del todo descontento de aquel haiku, lo puli 
mentalmente mientras volva al silln y se sentaba ante la 
mesita baja, frente a Martie Rhodes.

Sin decir palabra, clav la mirada en el rostro de la mujer y, 
tras recorrer sus facciones una a una, lo contempl como un 
todo, tomndose tiempo para comprobar si su prolongado 
silencio conseguira incomodarla.

Martie esperaba impertrrita, convencida al parecer de que el 
silencioso escrutinio del doctor tena un propsito profesional 
que le sera explicado en el momento oportuno.

En su da, como a Susan Jagger, el doctor Abriman haba 
sugestionado a Martie y Dusty Rhodes para que se sintieran 
completamente a gusto en su consulta e invadidos por una 
sensacin de bienestar apenas lo vieran.

Abriman haba instalado seis ideas en sus subconscientes, 
seis frases semejantes a breves jaculatorias a las que podran 
recurrir de una en una o encadenndolas en un tranquilizador 
mantra cada vez que alguna duda o inquietud los asaltara en 
su presencia. Estamos en un lugar seguro. El doctor Abriman 
es un gran psiquiatra. Todo se arreglar ahora que me he 
puesto en sus manos o, en el caso de Dusty, ahora que Martie 
se ha puesto en manos del doctor Abriman. El doctor Abriman 
se desvive por sus pacientes. El doctor Abriman pondr fin a 
esta pesadilla. Incluso cuando estuvieran plenamente 
conscientes, aquellas sucintas meditaciones reforzaran su 
convencimiento de que el doctor Abriman era su nica 
salvacin.

El doctor haba disfrutado como un nio vindolos sonrer y 
asentir en lugar de mostrar asombro ante la repentina 
remisin de su inquietud. Qu divertido, ver a un hombre 
entregndote a su mujer con semejante gratitud, cuando tu 
intencin era humillarla, degradarla, envilecerla y, finalmente, 
destruirla.

Tras el imprevisto descanso motivado por el suicidio de 
Susan, el segundo tiempo del partido estaba a punto de 
comenzar.

-te arde?

-Si, doctor?

-Raymond Shaw.

Su actitud cambi radicalmente. Se puso tensa y enderez el 
cuerpo en el silln. Su encantadora media sonrisa se hel y 
desapareci. 

-Estoy escuchando -dijo de inmediato.

Tras activarla con el nombre, el doctor se dispuso a cargar el 
complejo programa sucintamente codificado en el haiku 
personal de Martie. 

-El viento de poniente...

-Usted es el poniente y el viento de poniente -respondi 
Martie automticamente.

-...llueve hojarasca...

-La hojarasca son sus instrucciones.

-... sobre oriente.

-Yo soy el oriente -dijo Martie.

A partir de ese momento, las instrucciones del doctor 
lloveran como hojarasca sobre Martie y se pudriran en las 
oscuras y clidas profundidades de su subconsciente.

Al colgar en el perchero la chaqueta de cuero negro de Martie, 
Dusty not el bulto del libro en el bolsillo derecho. Era la 
novela que traa a la consulta cuando acompaaba a Susan, si 
no desde haca un ao, s al menos durante los ltimos cuatro 
o cinco meses.

Aunque segn Martie era un libro apasionante, pareca tan 
nuevo como recin comprado. El lomo, en perfecto estado, no 
tena una sola estra. Las hojas, que Dusty pas con el pulgar, 
estaban tan unidas como si acabaran de encuadernarlas.

Recordaba que Martie haba elogiado la historia con tpicos no 
muy distintos a los que hubiera usado una colegiala para 
resumir un libro que no se haba molestado en abrir. De 
pronto, Dusty tuvo la certeza de que Martie ni siquiera haba 
empezado la novela, aunque le costaba creer que le hubiera 
mentido sobre un asunto tan banal.

De hecho, se resista a aceptar que Martie pudiera mentirle 
sobre cualquier cosa, fuera seria o trivial. Su excepcional 
respeto por la verdad era una de las piedras de toque con las 
que pona a prueba su derecho a llamarse hija de Bob El 
Risueo.

Dusty colg su chaqueta y, sin soltar el libro, recorri con la 
mirada las portadas de las revistas extendidas sobre la 
mesita. Todas eran por el estilo, papeluchos consagrados al 
halago indecente de los famosos o al pitorreo supuestamente 
ingenioso sobre sus hechos y dichos, lo que en resumidas 
cuentas vena a ser lo mismo.

Olvidndose de las revistas, Dusty se sent y abri el libro.

El ttulo le sonaba vagamente. En su poca, aquella novela 
haba sido un best-sller. Adaptada al cine, la historia se 
haba hecho famosa. Dusty no haba ledo el libro ni visto la 
pelcula.

El mensajero del miedo, de Richard Condon.

Segn la pgina de crditos, la primera edicin se haba 
publicado en 1959. Haca una friolera. El pasado milenio.

Pero segua reeditndose. Buena seal.

Captulo 1. Aunque era una novela de intriga, el libro no se 
iniciaba con una oscura noche de tormenta, sino en San 
Francisco, a pleno sol. Dusty empez a leer.

El doctor pidi a Martie que se sentara en el sof con la 
intencin de acomodarse a su lado. Obediente, la mujer se 
levant del silln.

Negro riguroso. Extrao envoltorio para un juguete... por 
estrenar.

Aquel haiku tampoco sonaba mal, as que lo recit 
mentalmente varias veces con creciente placer. No era tan 
bueno como el de la lmpara Tiffany, pero s mucho mejor 
que sus ltimas tentativas de capturar en verso a Susan 
Jagger.

Sentado muy cerca de Martie, aunque no muslo con muslo, el 
doctor dijo:

-Hoy iniciamos juntos una nueva fase.

En los solemnes y silenciosos confines de su capilla mental, 
donde no haba ms velas votivas que las encendidas al dios 
Abriman, Martie atenda a todas y cada una de sus palabras 
con la muda aceptacin y la fija mirada visionaria de Juana de 
Arco escuchando la Voz.

-De hoy en adelante, descubrirs que la destruccin y la 
autodestruccin te resultan cada vez ms atrayentes. 
Aterradoras, s. Pero hasta el terror posee un dulce atractivo. 
Dime si has montado alguna vez en una montaa rusa, una 
de sas con pendientes verticales y tirabuzones por los que 
los cochecitos evolucionan a toda velocidad.

-S.

-Dime cmo te sentiste.

-Asustada.

-Pero sentiste algo ms...

-Emocin. Placer.

-Eso es. En nuestro interior, el terror y el placer suelen ir de 
la mano. Como especie, tenemos los cables cruzados. El 
terror nos deleita, tanto cuando lo experimentamos como 
cuando lo provocamos en otros. Estaramos ms sanos si 
admitiramos esa tara y no nos emperamos en ser mejores 
de lo que nuestra naturaleza nos permite. Dime si entiendes 
lo que estoy diciendo.

Los ojos de Martie se agitaron. REM. Luego, respondi:

-lo entiendo.

Fueran cuales fuesen los designios de nuestro Creador, lo que 
realmente somos es aquello en que nos hemos convertido. La 
compasin, el amor, la humildad, la honradez, la lealtad, la 
sinceridad... no son sino enormes ventanales contra los que 
nos estrellamos como estpidos pajarillos, una y otra vez. Nos 
hacemos pedazos contra el cristal del amor, contra el cristal 
de la verdad, en nuestro loco empeo por llegar adonde 
nunca podremos llegar, por ser lo que no estamos hechos 
para ser.

-S.

-El poder y sus prerrogativas: la muerte y el sexo. Eso es lo 
que nos mueve. El poder sobre los otros es la madre de todas 
nuestras emociones. Idolatramos a los polticos porque 
envidiamos su extraordinario poder, y adoramos a los 
famosos porque sus vidas nos parecen ms revestidas de 
poder que las nuestras. Aquellos de nosotros que son fuertes 
se hacen con el poder, mientras que los dbiles se conforman 
con la emocin de sacrificar sus vidas al poder de los fuertes. 
Poder... El poder de matar, de mutilar, de herir, de decir a los 
otros lo que tienen que hacer, cmo tienen que pensar, qu 
deben creer y dejar de creer. El poder de aterrorizar. La 
destruccin es nuestro don, nuestro destino. Y yo voy a 
prepararte para que te regodees en la destruccin, Martie, y a 
su debido tiempo, para que te destruyas a ti misma... Para 
que conozcas tanto la emocin de aplastar como la de ser 
aplastada.

Agitacin azul. Fijeza azul.

Las manos, en el regazo; las palmas, hacia arriba, en actitud 
de recibir. Los labios, entreabiertos para inspirar. La cabeza, 
ligeramente ladeada, en un gesto de alumna atenta.

El doctor le puso una mano en el rostro y le acarici la mejilla. 

-Bsame la mano, Martie.

La mujer le roz los dedos con los labios.

El doctor apart la mano y sigui hablando:

-Voy a ensearte ms fotografas, Martie. Imgenes que 
estudiaremos juntos. Son parecidas a las que vimos ayer, 
cuando viniste con Susan. Como aquellas, reproducen 
escenas repulsivas, asquerosas, aterradoras. Sin embargo, 
vas a examinarlas tranquilamente y con exquisita atencin a 
los detalles. Las almacenars en tu memoria, donde 
permanecern in-accesibles, como si las hubieras echado en 
el olvido; pero, cada vez que tu ansiedad crezca hasta 
convertirse en un ataque de pnico en toda regla, estas 
imgenes regresarn a tu mente. Y entonces ya no las vers 
como ilustraciones de un libro, pulcramente enmarcadas, con 
mrgenes blancos y leyendas al pie. Por el contrario, tu 
mente las percibir como imgenes tridimensionales, ms 
vvidas y reales que las cosas que has experimentado por ti 
misma. Por favor, Martie, dime si comprendes lo que te digo.

-Lo comprendo.

-Estoy orgulloso de ti.

-Gracias.

vidos ojos azules. Sabidura y curiosidad. Maestro y alumna. 
Pasable tcnicamente, pero falso. Ni l era fundamentalmente 
su maestro, ni ella su alumna en sentido propio. Jugador y 
juguete. Dueo y posesin.

-Martie, cuando estas imgenes acudan a tu mente durante 
los ataques de pnico, te inspirarn aversin y asco, te 
producirn nuseas e incluso desesperacin... pero al mismo 
tiempo ejercern sobre ti una extraa fascinacin. Las 
encontrars repulsivas pero irresistibles. Aunque sientas 
compasin por las vctimas que aparecen en ellas, en lo ms 
profundo de tu mente admirars a los asesinos que las 
torturaron. Una parte de ti envidiar su poder, y reconocers 
esa faceta sdica de tu personalidad. Aborrecers a esa otra 
Martie violenta... y sin embargo ansiars entregarle las 
riendas. Comprenders que esas imgenes son deseos, orgas 
de violencia a las que te lanzaras si consiguieras estar a la 
altura de esa otra Martie, de ese ser fro y salvaje que es, en 
el fondo, tu autntica naturaleza humana. Esa otra Martie es 
tu autntico yo. La mujer dulce que aparentas ser... no es 
ms que una mentira, la sombra que arrojas a la luz de la 
civilizacin para hacerte pasar por uno de los dbiles sin 
alarmarlos. Durante las prximas sesiones, te ensear a 
convertirte en la Martie que realmente eres, a liberarte de esa 
existencia de sombra y vivir plenamente, a desarrollar tu 
potencial, a conseguir el poder y la gloria que te corresponden 
por derecho...

El doctor haba llevado al sof dos libros grandes 
profusamente ilustrados. Los caros volmenes se usaban 
como libros de texto en los cursos de Criminologa de muchas 
universidades. La mayora de los detectives de polica y de los 
forenses de las grandes ciudades estaban familiarizados con 
ellos, pero el pblico en general desconoca su existencia.

El primero era un completo tratado de Patologa forense, 
disciplina que ensea a reconocer y analizar las 
enfermedades, lesiones y heridas del cuerpo humano. La 
materia interesaba al doctor Abriman en tanto que mdico, 
pero tambin porque no tena la menor intencin de dejar 
prueba alguna en las ruinas orgnicas producto de sus 
juegos- que pudiera obligarlo a mudarse de su mansin a una 
celda, acolchada o no.

"A LA CARCEL,  A LA CRCEL" era una carta que no pensaba 
aceptar en la vida. Despus de todo, a diferencia del 
Monopoly, aquel juego no tena cartas con la leyenda: 
"PUEDES SALIR DE LA CRCEL".

El segundo libro era un estudio exhaustivo de los mtodos, 
procedimientos y tcnicas forenses para la investigacin 
prctica de homicidios. El doctor lo haba adquirido con la 
certeza de que el dominio de cualquier juego exige un 
profundo conocimiento de la estrategia de los contrincantes.

Ambos volmenes eran sendos catlogos de exposiciones 
sobre el siniestro arte del asesinato. El de patologa forense 
contena una muestra ms numerosa y un abanico ms 
amplio de tremebundas atrocidades, mientras que el de 
investigacin criminal abundaba en imgenes de vctimas que 
tenan un encanto muy superior al de las fotografas tomadas 
en el depsito de cadveres, del mismo modo que un 
matadero es visualmente ms sugestivo que el escaparate de 
cualquier carnicera. Guggenheims de la sangre, Louvres de la 
violencia, museos de la maldad y el sufrimiento del gnero 
humano encuadernados con tablas de contenidos e ndices 
para facilitar la consulta.

Dcil, Martie aguardaba. Labios entreabiertos. Ojos enormes. 
Un recipiente a la espera de que lo llenaran.

-Eres adorable -le dijo el doctor-. Martie, tengo que admitirlo. 
Cegado por el resplandor de Susan, apenas haba apreciado 
tu belleza. Hasta ahora.

Macerada en su propio sufrimiento, sera exquisitamente 
sensual. Decidi empezar con el libro de investigacin 
criminal. Lo abri por una pgina marcada con un Post-it 
rosa.

Sostenindolo ante Martie, Abriman le llam la atencin sobre 
la fotografa de un cadver en posicin supina sobre un suelo 
de roble. Era un varn, desnudo y destrozado por treinta y 
seis heridas incisas. El doctor se asegur de que Martie 
apreciaba, en particular, el imaginativo uso que el asesino 
haba dado a los genitales de la vctima.

-Y aqu, en plena frente, un tirafondo ferroviario -dijo 
Abriman-. Acero, con cabeza de tres centmetros de dimetro 
y cuerpo de veinticinco, aunque es difcil apreciarlo. Lo 
mantiene clavado al suelo de roble. Una referencia a la 
crucifixin, sin duda... Los clavos atravesando las 
extremidades y la corona de espinas combinados en un eficaz 
smbolo. Absrbelo, Martie. Hasta el ltimo, maravilloso 
detalle.

La mujer miraba intensamente, como le ordenaban, 
recorriendo la imagen con los ojos de herida en herida.

-La vctima era sacerdote -explic el doctor-. El asesino debi 
de lamentar que el suelo fuera de roble, pero ningn 
fabricante de entarimados para el hogar que se precie tiene la 
desfachatez de comercializar machihembrado de cornejo.

Agitacin azul. Fijeza azul. Un parpadeo. Imagen capturada y 
almacenada.

Abriman pas la pgina.











Dusty estaba tan preocupado por Martie que no se senta 
capaz de concentrarse en la novela. Sin embargo, la paz 
mental que lo haba invadido al entrar en la consulta del 
doctor Abriman no se haba desvanecido, y la historia capt 
su atencin ms fcilmente de lo que esperaba.

l Mensajero del miedo tena una trama absorbente poblada 
de personajes crebles, tal y como haba asegurado Martie con 
tono y frases inexpresivos. Teniendo en cuenta la notable 
calidad de la novela, el hecho de que hubiera sido incapaz de 
acabarla -o incluso de leer un nmero significativo de 
pginas- durante los meses que la haba llevado consigo a las 
sesiones de Susan resultaba an ms inexplicable que antes.

En el segundo captulo, Dusty lleg a un prrafo que 
empezaba con las palabras "El doctor Yen Lo".

La sorpresa le hizo dar un respingo, y a punto estuvo de 
soltar el libro. Consigui retenerlo, pero perdi la pgina.

Pas las hojas en busca del punto donde haba interrumpido 
la lectura convencido de que la vista le haba gastado una 
mala pasada. Alguna combinacin de cinco slabas similar a la 
frase de marras deba de haberlo inducido a hacer una 
asociacin gratuita y propiciado aquel lapsus.

Dusty encontr el segundo captulo, la pgina y el prrafo en 
cuestin, y all, indiscutiblemente, estaba el nombre en ntidas 
letras negras, tal y como lo haba escrito Skeet una y otra vez 
en las hojas del bloc de notas: "Yen Lo". Las palabras suban 
y bajaban al ritmo del temblor de sus manos.

Aquel nombre haba hecho que el chico cayera al instante en 
un extrao estado disociativo, semejante pero distinto a la 
hipnosis, y produjo a Dusty uno de esos escalofros que le 
dejaban la piel de la nuca tan arrugada como la pana. Ni 
siquiera la extraordinaria influencia calmante de la decoracin 
de aquella sala consigui proporcionar calor a su espina 
dorsal, tan helada como el termmetro interior de una cmara 
frigorfica.

Con un dedo entre las hojas a guisa de punto de lectura, se 
puso en pie y empez a pasear por la sala procurando 
apaciguar sus nervios lo suficiente para inmovilizar el libro y 
seguir leyendo.

Cmo era posible que el nombre de un personaje de ficcin 
afectara y atormentara tanto a Skeet?

Teniendo en cuenta los gustos literarios del chico, que 
ilustraban a la perfeccin las estanteras abarrotadas de 
novelas fantsticas de su apartamento, puede que ni siquiera 
hubiera ledo aquella. Era de intriga. No haba ni dragones ni 
elfos ni un msero hechicero que llevarse a la boca.

Cansado de dar vueltas alrededor de la sala, Dusty, que 
empezaba a comprender la impotencia de una pantera 
enjaulada, volvi a sentarse, aunque tena la sensacin de 
que todo el fluido de la espina dorsal se le haba acumulado, 
como glido mercurio, en la rabadilla.

Sigui leyendo. El doctor Yen Lo...











Un asco de decapitacin, ejecutada a todas luces con la 
herramienta equivocada.

-En este caso, el punto de inters son los ojos de la vctima, 
Martie. Fjate qu abiertos estn. Tiene los prpados 
superiores tan levantados a causa del shock que parece que 
se los hubieran cortado. Y qu misterio en su mirada, qu 
pasmo sobrenatural... Es como si en el momento de la muerte 
hubiera atisbado el ms all...

Martie miraba los espantosos ojos de la fotografa. Un 
parpadeo. Otro. El doctor pas a la pgina sealada por el 
siguiente Post-it.

-Esta es especialmente importante, Martie dijo . Obsrvala 
con atencin.

Martie acerc el rostro al libro.

-En su momento, Dusty y t tendris que mutilar a una mujer 
de forma similar, y dispondris las distintas partes del 
cadver para formar un cuadro tan ingenioso como ste. La 
vctima de la fotografa es una muchacha de catorce aos, 
pero vosotros os las tendris que ver con alguien un poco 
mayor.

El doctor estaba tan absorto en la imagen que no vio las dos 
prime-ras lgrimas de Martie hasta que haban recorrido la 
mayor parte de su rostro. Al levantar la vista y descubrir las 
dos perlas gemelas, se qued boquiabierto.

-Martie, se supone que ests en lo ms profundo de tu mente, 
en tu capilla. Dime si ests o no ests ah.

-S. Estoy aqu. En la capilla.

Mientras su personalidad estuviera tan profundamente 
reprimida, Martie no debera ser capaz de responder 
emocionalmente a nada que presenciara o le hicieran. Como 
en el caso de Susan, para que pudiera manifestar una 
reaccin tan deliciosa como aqulla, el doctor debera hacerla 
salir de la capilla y ascender uno o dos tramos de escaleras, 
metafricamente hablando, hasta un nivel ms elevado de 
conciencia.

-Dime qu pasa, Martie.

Su voz era apenas un suspiro:

-Tanto dolor...

-Sientes dolor?

-Ella.

-Dime quin.

Con los ojos arrasados en lgrimas, Martie seal a la 
muchacha desmembrada de la fotografa.

-Slo es una fotografa -dijo Abriman, perplejo.

-De una persona real -murmur Martie.

-Lleva muerta mucho tiempo.

-Estaba viva.

Estaba claro que las glndulas lagrimales de Martie eran 
especimenes de primera. Sus sacos lagrimales se vaciaron en 
los lagos lagrimales hasta inundarlos, y otro par de gotitas 
arrebat dos chispas de tristeza a sus ojos.

Abriman record la ltima lgrima de Susan, que haba 
conseguido arrancarle en su ltimo minuto de vida. Pero la 
muerte deba de ser una experiencia traumtica, aunque se 
produjera sin violencia y en un estado de extrema represin 
de la personalidad. Martie no se estaba muriendo. Sin 
embargo, lloraba.

-T no conocas a esa chica -insisti el doctor.

Apenas un susurro:

-No.

-Puede que se lo mereciera.

-No.

-Puede que fuera una prostituta adolescente.

Suave, tristemente:

-No importa.

Puede que tambin ella fuera una asesina.

-Esa chica soy yo.

-Qu quieres decir? -pregunt el doctor.

-Qu quiero decir? -pregunt Martie a su vez.

-Has dicho que esa chica eres t. Explcalo.

-No se puede explicar.

-Entonces no tiene sentido.

-Slo se puede saber.

-Slo se puede saber -repiti Abriman remedando su tono de 
voz. 

-S.

-Qu coo es eso, una adivinanza, un dicho zen...?

-Qu es? -pregunt Martie.

-Mujeres...-mascull Abriman, irritado.

Martie no replic.

El doctor cerr el libro y observ el perfil de Martie durante 
unos instantes.

-Mrame -dijo al fin, y Martie volvi la cabeza-. No te muevas 
-le orden-. Quiero probarlas.

Abriman pos los labios en los hmedos ojos de Martie. A 
continuacin, se los roz con la lengua.

-Saladas -dijo-, pero algo ms. Algo sutil que me tiene muy 
intrigado.

Necesitaba otro sorbo. Un espasmo de REM hizo que el ojo de 
Martie temblara excitantemente contra la punta de su lengua.

Acre, aunque no amargo dictamin el doctor, y volvi a 
arrellanarse en su asiento.

Rostro de nia, hmedo y brillante. Pena infinita. Como su 
belleza.

Dicindose que aquellos tres versos eran el embrin de un 
haiku que mereca la pena poner por escrito, el doctor los 
memoriz para pulirlos ms tarde.

Como si el aliento de Abriman hubiera agostado su aparato 
lacrimal, los ojos de Martie dejaron de manar.

-Vas a proporcionarme mucha ms diversin de lo que 
imaginaba -dijo Abriman .Tendr que andarme con ms tiento 
que otras veces, pero estoy convencido de que el esfuerzo 
adicional merecer la pena. Como ocurre con los mejores 
juguetes, la belleza de tu forma, de tu mente y tu corazn 
iguala al menos la emocin de tu funcin. Ahora quiero que 
ests tranquila, completamente tranquila, impasible, atenta. 
sumisa.

-Entiendo.

El doctor volvi a abrir el libro.

Con la paciente orientacin del doctor y con los ojos 
completamente secos, Martie observ la fotografa de la 
muchacha descuartizada cuyos miembros haban sido 
reordenados de forma sumamente original.

El doctor la instruy para que imaginara lo que sera cometer 
la misma atrocidad con sus propias manos, regodearse en la 
viscosa e inmunda realidad de lo que vea en la satinada 
pgina. Para asegurarse de que Martie pona los cinco 
sentidos en el ejercicio, Abriman ech mano de sus 
conocimientos mdicos, su experiencia personal y su 
privilegiada imaginacin, que le permitieron proporcionar a la 
mujer numerosos detalles de color, textura y hedor.

A continuacin, ms pginas. Ms fotografas. Cadveres 
recientes, pero tambin cuerpos en proceso de 
descomposicin.

Parpadeo.

Parpadeo.

Al acabar, el doctor devolvi los dos libros a sus huecos de la 
estantera.

Haba empleado quince minutos extra con Martie, pero haba 
disfrutado de lo lindo puliendo su percepcin de la muerte. En 
ocasiones, el doctor se deca que hubiera sido un profesor de 
primera, con su traje de tweed, sus tirantes, su pajarita...Y no 
le caba duda de que se lo hubiera pasado en grande 
trabajando con nios.

Orden a Martie que se echara boca arriba en el sof y 
cerrara los ojos.

Ahora voy a hacer entrar a Dusty, pero no oirs ni una sola 
palabra de lo que digamos. No abrirs los ojos hasta que te lo 
ordene. Vas a retirarte a un lugar oscuro y silencioso, a un 
profundo sueo, del que despertars en tu capilla mental slo 
cuando te bese los prpados y te llame "princesa".

Tras un minuto de espera, el doctor le cogi la mueca 
izquierda y le tom el pulso. Lento, fuerte, regular. Cincuenta 
y dos pulsaciones por minuto.

Y ahora, el seor Rhodes, pintor de brocha gorda, prfugo de 
la universidad, intelectual vergonzante y, en breve, 
inconsciente instrumento de venganza y atroz celebridad de 
costa a costa.











El tema de la novela era el lavado de cerebro, como 
comprendi Dusty una o dos pginas despus de topar con el 
doctor Yen Lo.

El descubrimiento lo sobresalt casi tanto como leer en el 
libro el mismo nombre que Skeet haba garrapateado 
obsesivamente en el bloc de notas de su cocina. No perdi la 
pgina ni tuvo que levantarse del asiento, pero murmur un 
"Hijo de perra".

Dusty haba registrado el apartamento del chico en busca de 
alguna prueba de su pertenencia a una secta. No haba 
encontrado ni libros ni folletos. Ni vestiduras ni imgenes 
religiosas. Ni siquiera una gallina cloqueando angustiada en 
su jaula a la espera del sacrificio. Y de buenas a primeras, 
cuando ni siquiera pensaba en el pobre Skeet, el misterioso 
mdico chino le saltaba al rostro desde las pginas del libro 
de Condon convertido en un experto en la ciencia y el arte del 
lavado de cerebro.

Dusty no crea en las coincidencias. En su opinin, la vida era 
un tapiz cuyo dibujo no pasaba inadvertido a quien saba 
mirarlo con atencin. Aquel libro no era la lectura con la que 
Martie haba cargado durante meses por pura casualidad. 
Haba llegado a sus manos porque contena una clave sobre la 
verdad de aquella situacin demencial. Hubiera dado su 
testculo izquierdo -o, mejor, todo el dinero de la libreta de 
ahorros que comparta con Martie- por saber quin se haba 
asegurado de que El mensajero del miedo estuviera all, en 
aquel momento, cuando ms falta haca. Aunque Dusty crea 
que el universo era la creacin de un ser inteligente, le 
costaba aceptar que Dios obrara milagros median-te novelas 
de suspense en vez de servirse de arbustos en llamas o 
signos celestes, ms tradicionales y vistosos. Muy bien; pero 
si no era Dios ni tampoco una coincidencia, tena que ser 
alguien de carne y hueso.

Dusty se dio cuenta de que estaba hablando en voz alta, 
como si imitara a un bho, y cerr la boca consciente de que 
no tena suficientes datos para resolver aquel enigma.

En la novela de Condon, que situaba la accin durante e 
inmediatamente despus de la guerra de Corea, el doctor Yen 
Lo lavaba el cerebro a un grupo de soldados estadounidenses 
y converta a uno de ellos en un autmata asesino sin la 
menor nocin de lo que le haban hecho. De vuelta a casa, 
donde era recibido como un hroe, el soldado llevaba una 
vida aparentemente normal... hasta que, activado por una 
partida de solitario y convenientemente instruido, se 
converta en un obediente asesino.

Pero la guerra de Corea haba acabado en 1953, y aquella 
novela se haba publicado en 1959, mucho antes de que 
Dusty naciera. Ni el joven soldado ni el doctor Yen Lo eran 
reales. A primera vista, nada justificaba la existencia de una 
conexin entre el libro por un lado y Dusty, Martie y Skeet 
con su haiku y sus reglas por el otro.

Si quera obtener ms pistas, no le quedaba ms remedio que 
seguir leyendo.

Haba ledo por encima otro puado de pginas, cuando oy el 
chasquido del picaporte al otro lado de la puerta del despacho 
y el clic del pestillo, y de pronto sinti que no deba permitir 
que lo vieran con aquel libro en las manos. Se puso repentina 
e inexplicablemente nervioso, y cuando la puerta produjo el 
pop! y el suspiro de la rotura del vaco, solt bruscamente la 
novela, como si estuvieran a punto de sorprenderlo leyendo 
pornografa de la peor estofa o, peor an, uno de los 
innumerables y pomposos ensayos perpetrados por su padre 
o sus padrastros.

El libro se desliz sobre la mesita auxiliar inmediata a su silla, 
cay desde el borde y golpe el suelo con un plaf! en el 
preciso instante en que se abra la pesada puerta y apareca 
el doctor Abriman. Absurdamente sonrojado, Dusty, que se 
haba puesto en pie aun antes de que el libro tocara el piso de 
granito, tosi para disimular el ruido del impacto.

-Doctor, Martie...? -se oy decir con nerviosismo Qu tal...? 
Se pondr...?

-Viola Narvilly -dijo el doctor.

-Estoy escuchando.












Tras recitarle el haiku personal que permita programarlo, el 
doctor Abriman acompa a Dusty al interior del despacho y 
le indic que se sentara en el mismo silln que haba ocupado 
Martie. Dusty ni siquiera mir a su mujer, que dorma en el 
sof.

Abriman se sent frente a l y lo observ durante un minuto. 
Pareca un tanto ausente, pero reaccion de inmediato al or 
la voz del doctor. Su expresin aptica no era muy diferente 
de la del motorista inmovilizado en las apreturas del trfico de 
una hora punta.

Dusty Rhodes era una adquisicin relativamente reciente en 
la coleccin de Abriman. Llevaba menos de dos meses bajo su 
absoluto control.

Haba sido la propia Martie quien, inducida por el doctor, 
haba servido a su marido en tres ocasiones la exacta 
combinacin de drogas que deba sumirlo en un profundo 
sueo y permitira programarlo de forma efectiva: Rohypnol, 
fenciclidina, Valium y una sustancia conocida -aunque slo 
por un puado de iniciados- como Santa Fe 46-. Dusty, que 
siempre tomaba postre despus de la cena, haba ingerido la 
primera dosis con una porcin de tarta de manteca de 
cacahuete: la segunda, dos noches despus, con un plato de 
natillas espolvoreadas con coco rallado, al que no proporcion 
ni sabor ni olor; la tercera, al cabo de tres noches, con un 
helado de frutas con almendras, cerezas al marrasquino, 
trocitos de dtil y caramelo lquido en el que ni un sabueso 
hubiera conseguido detectar otro ingrediente.

Aquel sujeto saba lo que coma. Al menos en lo tocante a 
gustos culinarios, estaba claro que los una cierta afinidad.

La programacin se haba llevado a cabo en el dormitorio de 
los Rhodes: Dusty, en la cama; Martie, sentada con las 
piernas cruzadas sobre el amplio cojn forrado de borrego, en 
un rincn, donde no molestara. Una lmpara de pie haba 
hecho las veces de soporte intravenoso. Todo haba salido a 
pedir de boca.

El perro se empe en incordiar, pero era demasiado manso y 
bonachn para hacer otra cosa que gruir y ensear los 
dientes. Lo encerraron en el estudio de Martie con un cuenco 
de agua, un pato de goma que sonaba cuando le apretaban la 
tripa y un hueso de mentirijillas.

En ese momento, un espasmo de REM agit los ojos de 
Dusty.

Slo sern unos minutos -dijo Abriman , pero mis 
instrucciones de hoy son muy importantes.

-S, seor.

-Martie volver a la consulta pasado maana, viernes, y t 
hars un hueco en tu agenda para acompaarla. Dime si te ha 
quedado claro. 

-S. Claro.

Bien. Ayer conseguiste sorprenderme. Lo del tejado de los 
Sorenson fue toda una hombrada. Pero no entraba en mis 
planes. En el futuro, si ests presente cuando tu hermano 
Skeet intente suicidarse, no te entrometers. Puedes intentar 
disuadirlo, pero te limitars a hablar; luego, dejars que 
acabe con su vida. Dime si lo has entendido.

-Lo he entendido.

-Una vez haya muerto, te sentirs completamente 
destrozado. Y colrico. Ms an, rabioso. Te abandonars por 
completo a tus emociones. Sabrs contra quin dirigir tu 
furia, porque su nombre aparecer en la nota de suicidio. 
Seguiremos hablando del tema el viernes.

-S, seor.

Siempre dispuesto a jugar, por apretada que tuviera la 
agenda, el doctor ech un vistazo a Martie y volvi a centrar 
su atencin en Dusty. 

-T mujer est imponente, no crees?

-Lo creo?

--Lo creas o no lo creas, te lo digo yo: est imponente.

Dusty tena los ojos grises, pero con vetas azules que los 
hacan nicos. De nio, Abriman coleccionaba canicas; tena 
infinidad de saquitos llenos de preciosas bolitas de cristal, tres 
de las cuales se parecan mucho a los ojos de Dusty, aunque 
no eran tan lustrosas. Dado que, segn Martie, su marido 
tena unos ojos especialmente bonitos, el doctor haba 
decidido implantarle la idea de que su autofobia empezara a 
dominarla realmente cuando tuviera una repentina visin en 
la que clavaba una llave en uno de aquellos ojos que tanto 
amaba.

-En lo tocante a esta cuestin -dijo Abriman-, basta de 
respuestas cortantes. T y yo vamos a tener una charla como 
Dios manda sobre lo apetitosa que est tu mujer.

Con la mirada fija, no en Abriman, sino en un punto del vaco 
que los separaba, Dusty dijo sin ninguna inflexin en la voz, 
tan desapasionadamente como una mquina parlante:

-Apetitosa, supongo, en el sentido de gustosa.

-Exactamente -confirm el doctor.

-Las uvas son apetitosas. Y las fresas. O las naranjas. Una 
buena chuleta de cordero es apetitosa -dijo Dusty-. Pero es 
un adjetivo poco... poco adecuado para calificar a una 
persona.

Abriman sonri encantado.

-Conque poco adecuado... Zen cuidado, pintamonas. Te 
traicionan los genes. Y si yo fuera un canbal?

Incapaz, en aquel estado, de responder a una pregunta que 
no fuera una peticin de informacin, Dusty dijo:

-Es usted un canbal?

-Si fuera un canbal, tendra toda la razn del mundo para 
calificar de apetitosa a tu imponente mujer. Ilstreme con su 
opinin al respecto, seor Dustin Penn Rhodes.

El montono tono de voz de Dusty no reflej la menor 
emocin, aunque pareca haber adquirido un deje de seca 
pedantera que hizo las delicias del doctor.

-Desde el punto de vista del canibalismo, el calificativo es 
apropiado.

-Me temo que bajo esa fachada de currante con los pies en la 
tierra se esconde un profesor de lo ms pomposo. Dusty no 
replic, pero un espasmo de REM agit sus ojos-. Bueno, 
aunque no soy canbal -sigui diciendo Abriman, opino que tu 
mujer est para chuparse los dedos. De hecho, a partir de 
ahora, le voy a poner un mote. Ser "mi chuletita de 
cordero".

El doctor puso fin a la sesin dando a Dusty las habituales 
instrucciones para que no retuviera ningn recuerdo 
consciente o subconsciente de su conversacin.

-Vas a volver a la sala de espera posterior Dusty -le indic. 
Cogers el libro que estabas leyendo y te sentars en el 
mismo sitio que antes. Buscars la pgina en la que has 
interrumpido la lectura. Luego, abandonars la capilla mental 
donde te encuentras en estos momentos. Cuando cierres la 
puerta de la capilla, todos los recuerdos de lo ocurrido desde 
el momento en que sal del despacho, justo despus de que 
oyeras el clic del pestillo, hasta que despiertes de tu estado 
actual, se habrn borrado. A continuacin, contars 
lentamente hasta diez mientras subes las escaleras hacia tu 
mente consciente. Cuando llegues a diez, recuperars la plena 
conciencia, y seguirs leyendo.

-Comprendido.

-Que pases una buena tarde, Dusty.

-Gracias.

-de nada.

Dusty se levant del silln y atraves el despacho sin echar ni 
siquiera un vistazo hacia el sof en que yaca Martie.

Cuando sali el marido, el doctor se acerc a la mujer y se 
qued de pie, observndola. Imponente, no caba duda.

Hinc una rodilla junto al sof, le bes ambos prpados y 
dijo: 

-Mi chuletita de cordero...

Por supuesto, la frase no surti el menor efecto, pero hizo rer 
al doctor. Otro beso en cada prpado.

-Princesa...

Aunque despert, Martie segua en su capilla mental, privada 
de la plena consciencia.

Siguiendo las indicaciones de Abriman, regres al silln que 
acababa de abandonar su marido.

-Martie dijo Abriman sentndose enfrente-, durante el resto 
de la tarde y las primeras horas de maana, te sentirs algo 
mejor que en las ltimas veinticuatro horas. Tu autofobia no 
ha desaparecido, pero ha remitido un tanto. Por el momento, 
slo sentirs un leve desasosiego, una sensacin de 
vulnerabilidad, y sufrirs breves ataques de miedo a razn de 
uno cada hora aproximadamente, de apenas un minuto o dos 
de duracin. Pero maana, hacia... pongamos hacia las nueve 
en punto, experimentars el peor ataque de pnico que has 
tenido hasta ahora. Empezar como de costumbre, ir en 
aumento como los otros... pero de pronto acudirn a tu 
mente las imgenes de personas torturadas y asesinadas que 
hemos estudiado juntos, todos esos cuerpos acuchillados, 
acribillados a balazos y mutilados, los cadveres en 
descomposicin...Y tendrs la certeza de que, contra toda 
razn, eres personalmente responsable de lo que les ocurri, 
te convencers de que infligiste todas esas torturas y 
cometiste todos esos crmenes con tus propias manos. Con 
tus manos, Martie. Con tus manos. Dime si entiendes lo que 
te he dicho.

-Con mis manos.

-Dejo a tu discrecin los detalles de tu gran momento. Desde 
luego, tienes materia prima ms que suficiente.

-Lo entiendo.

Ojos que hierven de pasin. Cuecen en el caldo de Eros. Mi 
apetitosa chuleta.

Un haiku con metforas culinarias. Puede que los maestros de 
la poesa japonesa no lo aprobaran, pero, por ms que 
respetara las exigencias formales de la estrofa, el doctor tena 
un espritu lo bastante libre como para saltarse las 
convenciones del gnero de vez en cuando.

Dusty estaba enfrascado en las barrabasadas que el doctor 
Yen Lo y su equipo de aplicados expertos comunistas en 
control mental perpetraban contra los cerebros de los pobres 
soldados estadounidenses, cuando de pronto exclam:

-Qu demonios es esto? Se refera a la novela que sostena 
en las manos.

A punto estuvo de arrojar El mensajero del miedo a la otra 
punta de la sala de espera, pero se contuvo y opt por dejarlo 
en la mesita auxiliar inmediata a la silla en la que estaba 
sentado; luego, agit la mano como si el libro quemara.

Se puso en pie de un salto y se qued mirando el maldito 
libraco. No se habra llevado mayor susto si un brujo hubiera 
convertido la novela en una serpiente de cascabel.

Cuando al fin se atrevi a apartar los ojos del libro, los dirigi 
hacia la puerta del despacho. Cerrada. Daba la impresin de 
llevar siglos as. Tan inmvil y formidable como un monolito.

El chasquido de la manivela, el clic del pestillo... Estaba 
seguro de haberlos odo con claridad. Apuro, alarma, 
vergenza, sensacin de peligro. Inexplicablemente, aquellas 
y otras sensaciones lo haban atravesado con la rapidez de 
una corriente elctrica saltando entre dos electrodos: "Que 
no te cojan leyendo eso!". Con un movimiento reflejo, haba 
arrojado el libro a la mesa, sobre cuya superficie de granito 
haba resbalado la satinada cubierta. La puerta haba 
producido aquel ruido de vaco roto, l se haba erguido a 
toda prisa mientras el libro caa y a continuacin...

A continuacin volva a tener la novela en las manos, y estaba 
leyendo, sentado en la misma silla, como si los instantes de 
alarma transcurridos entre el chasquido del picaporte y el 
golpe del libro contra el suelo no hubieran existido. Puede que 
su vida entera, de la cuna a la sepultura, estuviera grabada 
en una cinta de video all arriba, en el Reino de los Cielos, y 
que uno de los montadores celestiales la hubiera rebobinado 
hasta el momento inmediatamente anterior a su sobresalto y 
hubiera borrado de su pasado todo lo ocurrido en esos 
segundos, pero olvidndose de borrarlo de su memoria. Por lo 
visto, un montador novato con mucho que aprender.

Magia. Dusty se acord de las novelas fantsticas del 
apartamento de Skeet. Brujos, hechiceros, nigromantes, 
taumaturgos, alquimistas...Aqulla era una de esas 
experiencias que le hacen a uno creer en la magia... o dudar 
de la propia salud mental.

Alarg la mano para recoger el libro de la mesita en que lo 
haba dejado -por segunda vez?-, pero titube. Lo toc con 
un dedo, pero el libro no le ense los dientes ni le gui un 
ojo.

Lo cogi, lo mir del derecho y del revs en el colmo de la 
perplejidad y pas las pginas con el pulgar.

Aquel sonido le record el de las cartas de una baraja pasadas 
del mismo modo, y ste, a su vez, que el soldado al que le 
lavaban el cerebro, el personaje al que programaban para que 
fuera un asesino, entraba en trance cuando le daban una 
baraja y le preguntaban: "Por qu no te entretienes haciendo 
un solitario?". Para ser efectiva, la pregunta deba formularse 
en aquellos trminos precisos. Al orla, el sujeto se pona a 
hacer el solitario hasta que sacaba la reina de diamantes, 
momento en que quien lo controlaba tena acceso a su 
subconsciente y poda darle instrucciones con la certeza de 
que las cumplira.

Pensativo y sin apartar los ojos del libro, Dusty volvi a pasar 
el pulgar por la esquina superior de las hojas.

Se sent y sigui pensando. Pensando y pasando las hojas.

Nada de magia. Ms bien, otra fraccin de tiempo volatilizado, 
apenas unos segundos, menos de los que haba pasado al 
telfono de la cocina el da anterior.

-Menos? Estaba seguro?

Consult su reloj de pulsera. Puede que no muchos menos. 
No poda saberlo a ciencia cierta, porque no haba mirado la 
hora desde antes de empezar a leer. Quiz haba perdido 
unos segundos, o quiz diez minutos. Puede que ms.

Tiempo volatilizado.

Qu sentido tena aquello?

Ninguno.

Electrizado por el instinto, con la mente lanzada por unos 
derroteros especulativos ms tortuosos que el tubo intestinal 
humano, Dusty fue incapaz de concentrarse de nuevo en la 
novela de Condon. Atraves la sala de espera hasta el 
perchero y, en vez de guardar el libro en la chaqueta de 
Martie, lo meti en un bolsillo de la suya.

Busc en otro y sac el telfono mvil.

Y si en vez de activar a la vctima del lavado de cerebro con 
una pregunta formulada de forma precisa? -"Por qu no te 
entretienes haciendo un solitario?"- fuera posible activarla 
con un nombre? "Doctor Yen Lo."

Y, en lugar de obtener el acceso al subconsciente profundo del 
sujeto programado mediante la aparicin de la reina de 
diamantes, por qu no obtenerlo mediante unos versos? El 
haiku.

Mientras paseaba por la sala, Dusty marc el nmero del 
mvil de Ned Motherwell.

Ned contest al quinto tono. Segua en casa de los Sorenson.

-No hemos podido pintar, an hay demasiada humedad... 
Pero hemos hecho un montn de trabajo preparatorio. Joder, 
El Higo y yo solos hemos adelantado ms en un da que en 
una semana con ese yonqui soplapollas mosconeando a 
nuestro alrededor.

-Skeet est bien -dijo Dusty. Gracias por preguntar.

-No s dnde habrs ingresado a esa piltrafa, pero espero que 
le estn pateando el culo desde que se levanta hasta que se 
acuesta.

-Estate tranquilo. Lo he llevado al hospital de Nuestra Seora 
de los Puntapis.

Debera existir un sitio as.

-Estoy seguro de que, cuando los Rectos os hagis con el 
poder en la Iglesia, habr uno en cada ciudad. Oye, Ned, qu 
te parece si El Higo acaba solo la faena de hoy mientras me 
haces un favor?

-Vale. Foster no es un drogata autodestructivo ni un escroto 
ambulante. Foster es de fiar.

-No ha visto al hombre del saco ltimamente?

-Si alguna vez dice que lo ha visto, lo creer.

-Yo tambin -admiti Dusty; luego, le explic lo que 
necesitaba que hiciera por l, y se pusieron de acuerdo sobre 
la hora y el lugar en que se encontraran.

Dusty cort la llamada y se abroch el telfono al cinturn. 
Consult el reloj. Casi las tres. Volvi a sentarse.

Dos minutos despus, inclinado hacia delante en la silla, con 
los antebrazos en los muslos, las manos entre las rodillas y 
los ojos clavados en el suelo de granito negro, Dusty pensaba 
con tanta intensidad que la cera de los odos hubiera debido 
salirle disparada con la velocidad de una bala. Al or el 
chasquido del picaporte y el clic del pestillo, dio un respingo, 
pero sigui sentado.

Martie sali la primera sonriendo de buena gana, y Dusty se 
levant para recibirla sonriendo, aunque no de tan buena 
gana, mientras el doctor Abriman apareca en la puerta 
sonriendo paternalmente, y puede que Dusty sonriera con 
algo mas de gana al ver al psiquiatra, porque era como si 
aquel hombre irradiara competencia, simpata, confianza y 
todo tipo de cosas positivas.

-Excelente sesin dijo Abriman dirigindose a Dusty-. Ya 
hemos empezado a hacer progresos. Creo que Martie 
responder estupendamente a la terapia. No es que lo crea, 
estoy convencido.

-Gracias a Dios -respondi Dusty cogiendo del perchero la 
chaqueta de Martie.

-Eso no quiere decir que no vayamos a tener problemas 
matiz el doctor. Puede que incluso sufra algn ataque de 
pnico ms intenso que los que ha tenido hasta ahora. 
Despus de todo, estamos ante una fobia difcil y poco 
conocida. Pero, aunque se produzca alguna recada, estoy 
absolutamente seguro de que a la larga se curar del todo.

-A la larga? -pregunt Dusty, aunque su tono no era de 
preocupacin, pues resultaba imposible sentirla ante la serena 
sonrisa del doctor.

-Unos meses a lo sumo dijo el doctor Abriman, puede que 
me-nos de lo que cabra esperar. Estas cosas siguen su propio 
curso, y no hay modo de alterarlo. Pero tengo razones de 
sobra para sentirme optimista. Por ahora, ni siquiera voy a 
considerar la posibilidad de medicarla; durante una o dos 
semanas nos limitaremos a la terapia, y ulteriormente 
prevendremos los medios oportunos.

Dusty iba a mencionar que el doctor Closterman haba 
recetado Valium a Martie, pero ella habl primero.

-Cario -dijo metiendo un brazo en la manga de la chaqueta 
mientras Dusty la sostena, me siento estupendamente. De 
verdad, mucho mejor.

-El viernes por la maana. A las diez en punto les record el 
doctor Abriman.

-Aqu estaremos -dijo Dusty.

-No me cabe la menor duda -respondi Abriman asintiendo 
sonriente.

Cuando el doctor volvi a su despacho y cerr la pesada 
puerta, fue como si parte del calor se esfumara de la sala. Un 
fro repentino envolvi a la pareja.

Desde luego, el doctor Abriman es un gran psiquiatra -dijo 
Martie. Dusty se subi la cremallera de la chaqueta.

-Se desvive por sus pacientes afirm, y aunque segua 
sonriendo y sintindose bien, una insobornable voz interior le 
pregunt cmo saba que Abriman se desviva por algo ms 
que por cobrar sus honorarios.

Martie abri la puerta y sali de la consulta.

El doctor Abriman pondr fin a esta pesadilla asegur-. Me 
inspira confianza.

En el largo pasillo que conduca a los ascensores, Dusty 
pregunt: T sabes de alguien que diga: "Ulteriormente 
prevendremos los medios oportunos"? 

-No te entiendo.

-Lo ha dicho. El doctor Abriman. "Ulteriormente." Y 
"prevendremos".

-Ah, s? Bueno, son palabras tan buenas como cualquier 
otra, no? 

-S, pero cuntas veces las oyes al da? Es decir, fuera del 
despacho de un picapleitos o de una sala de juicios.

-Adnde quieres ir a parar?

-No lo s respondi Dusty frunciendo el ceo.

En el descansillo de los ascensores, al pulsar el botn de 
llamada, Martie se volvi hacia l.

-Ahora cogeremos el ascensor y, ulteriormente, el coche. Es 
una palabra pedante.

-No, no lo es.

En una conversacin normal, s insisti Dusty-. Es el tipo de 
palabra que usara mi viejo. Trevor Penn Rhodes. O el viejo 
de Skeet. O cualquiera de los otros dos elitistas hijos de su 
madre que se casaron con mi mam.

-Te prevengo de que ests desbarrando. Qu te preocupa? 
Dusty solt un suspiro.

-Yo qu s.

En el trayecto a la planta baja, Dusty sinti que el estmago 
se le suba a la garganta, como si el ascensor cayera en 
picado hacia el Infierno.

Mientras atravesaban el vestbulo, tena la sensacin de estar 
descomprimindose despus de haber buceado en las 
profundidades submarinas, o habitundose a la gravedad 
despus de haber pasado una semana en un transbordador 
espacial. Despertando de un sueo.

Cuando se acercaban a la puerta de salida, Martie lo cogi del 
brazo. 

-Perdona, Martie -dijo Dusty-. Me siento... raro.

-No pasa nada. Ya eras raro cuando te conoc.

A diferencia de la consulta del doctor Abriman en el 
decimocuarto piso, el aparcamiento no ofreca ninguna vista 
del cercano Pacfico. Dusty no pudo comprobar si el ocano 
estaba tan sobrecogedoramente oscuro como pareca desde el 
despacho del psiquiatra.

El cielo era un lodazal, pero ya no penda sobre sus cabezas 
con apocalptica gravidez, y Dusty haba dejado de percibir las 
ruinas tinturas de un cataclismo inminente en las obras del 
hombre.

Afanada en arremolinar hojas secas y menudos desperdicios, 
la brisa pugnaba por transformarse en viento.

El nerviosismo de Martie volvi a aflorar apenas subi al 
coche, aunque en mucha menor medida que antes, gracias 
sin duda al efecto benfico de la terapia. Se puso a rebuscar 
en la guantera, encontr un cartucho de chocolatinas y fue 
llevndoselas a la boca de una en una y saborendolas con 
apetito. Al parecer no tema vomitarlas ms tarde, si sufra 
otro ataque de pnico y las imgenes que la atormentaban 
volvan a revolverle el estmago.

Dusty rechaz la chocolatina que le ofreca y sac el libro del 
bolsillo de su chaqueta.

-Dnde lo compraste? le pregunt.

Martie mir el libro y se encogi de hombros.

-Por ah, no me acuerdo.

-Pero, lo compraste, no?

-Que yo sepa, las libreras no suelen regalar los libros.

-En qu librera?

-Qu ms da? pregunt Martie frunciendo el ceo.

-Ya te lo explicar. Pero necesito saberlo. En qu librera? 
Barnes and Noble? Borders? Book Carnival, donde compras 
las novelas de intriga?

Sin dejar de masticar chocolate, Martie se qued mirando el 
libro un buen rato.

-No lo s -respondi al fin, perpleja.

-Ni que compraras un centenar de libros a la semana en 
veinte libreras distintas rezong Dusty.

-No, no los compro, pero tampoco tengo tan buena memoria 
como t, vale? Supongo que t s te acuerdas...

-Puede que no te acompaara.

Martie dej el paquete de chocolatinas y cogi el libro de 
manos de Dusty. No lo abri, ni siquiera lo hoje, como 
esperaba Dusty; lo sostuvo con ambas manos mirando 
fijamente el ttulo, estrujndolo como si fuera una naranja y 
pudiera exprimirle alguna clave sobre su procedencia.

-Ms vale que vuelva al hospital y pida que me hagan la 
prueba del Alzheimer -dijo al fin devolvindole el libro y 
cogiendo de nuevo el paquete de chocolatinas.

-Puede que te lo regalaran -sugiri Dusty.

-Quin?

-Eso es lo que te estoy preguntando.

-No. Si me lo hubieran regalado, me acordara.

-Acabas de tenerlo en las manos. Por qu no lo has abierto?

-Que por qu no lo he abierto? 

-Porque no hay nada en su interior que pueda decirme dnde 
lo compr. -Le tendi el paquete medio vaco de chocolatinas-
-.Toma. Ests un poco irritable. Puede que tengas 
hipoglucemia. Necesitas un chute de azcar.

-No, gracias. Martie, sabes de qu va esta novela?

-Claro. Es de intriga.

-Pero, intriga sobre qu?

-La trama es absorbente y los personajes, crebles. Me gusta. 
Y, qu cuenta?

Martie se qued mirando el libro y masticando chocolate cada 
vez ms despacio.

-Pues lo que cuentan todas estas novelas. Carreras, peleas, 
persecuciones, tiroteos y ms carreras.

A Dusty, que segua tenindolo en las manos, el libro le 
pareca cada vez ms fro. Ms pesado. Su textura tambin 
haba empezado a cambiar: la llamativa portada pareca ms 
resbaladiza que antes. Como si lo que sostena no fuera slo 
un libro. Como si fuera algo ms que un libro. Un talismn 
capaz de obrar un prodigio en cualquier momento y lanzarlo 
de cabeza hacia la entrada secreta a una realidad alternativa 
infestada de dragones, como las que poblaban las lecturas de 
Skeet. Aunque quiz ya lo hubiera obrado, y Dusty no hubiera 
advertido que haba abandonado un mundo y entrado en el 
otro. Porque all haba dragones.

-Martie, creo que no has ledo una palabra de este libro. Creo 
que ni siquiera lo has abierto.

Con una chocolatina entre el ndice y el pulgar y la boca 
abierta para recibirla, Martie respondi:

-Te lo acabo de decir, es una novela estupenda. El estilo es 
gil, la trama, absorbente y los personajes, crebles. Me 
gusta... un montn.

Dusty advirti que aquel tono de cantinela no pasaba 
inadvertido a la propia Martie. Tena la boca abierta, pero la 
chocolatina segua entre sus dedos. La sorpresa le haba 
dilatado las pupilas.

Dusty levant el libro y le puso la contracubierta ante los 
ojos.

-Va de lavados de cerebro, Martie -dijo-. Basta con leer el 
texto de la contracubierta para enterarse.

La expresin de Martie revelaba su ignorancia respecto al 
argumento de la novela mejor que cualquier frase que 
hubiera podido decir.

La accin transcurre en los aos posteriores a la guerra de 
Corea -le explic Dusty. La pastilla de chocolate empezaba a 
derretirse entre los dedos de Martie, que opt por llevrsela a 
la boca-. Es sobre un individuo -sigui diciendo Dusty-, un 
soldado llamado Raymond Shaw que...

-Estoy escuchando -dijo Martie.

Dusty, que al interrumpirlo Martie tena los ojos clavados en 
el libro, los levant de inmediato y comprob que el rostro de 
su mujer haba adoptado una expresin plcida y ausente. Vio 
la pastilla de chocolate en su boca abierta, inmvil sobre la 
lengua.

-Martie?

-S -respondi la mujer con voz pastosa, sin molestarse en 
cerrar la boca y agitando la chocolatina sobre la lengua.

Aquello era idntico al trance de Skeet en Nueva Vida, slo 
que ahora se trataba de Martie, y el escenario era un 
aparcamiento.

-Oh, mierda! -exclam Dusty.

Martie parpade, cerr la boca y se llev la chocolatina al 
carrillo izquierdo con la lengua.

-Qu pasa? -pregunt de inmediato.

Volva a estar con l; su expresin ya no era ausente, ni 
turbia su mirada.

-Dnde estabas? -le pregunt Dusty.

-Yo? Cundo?

-S, t. Ahora mismo.

Martie mene la cabeza.

-Desde luego, te falta azcar.

-Por qu has dicho: "Estoy escuchando"?

-Yo no he dicho tal cosa.

Dusty mir a travs del parabrisas, pero no vio ningn castillo 
de obsidiana con una guarnicin de demonios de ojos rojos 
asomados a los huecos de las almenas, ni dragones 
devorando caballeros andantes. Slo el aparcamiento barrido 
por la brisa, el mundo tal como lo conoca, aunque ahora le 
pareca menos fiable que nunca.

-Te estaba hablando del libro -le record Dusty-. Qu es lo 
ltimo que he dicho?

-Oye, Dusty...

-Dame ese gusto.

Martie solt un suspiro.

Estabas diciendo que el protagonista es ese individuo, el 
soldado... 

-Y?

-Y luego has dicho: "Oh, mierda!". Y ya est.

Dusty mir el libro. El simple hecho de sostenerlo le produca 
escalofros. Lo dej en el salpicadero.

-Cmo se llamaba el soldado?

-No lo has dicho.

-S, s lo he dicho. Y, entonces, de buenas a primeras... 
pareca como si no estuvieras aqu. Anoche me dijiste que 
echabas en falta fracciones de tiempo. Pues ah lo tienes, 
acabas de ausentarte durante unos segundos.

Martie lo mir con incredulidad.

-A m no me lo parece.

Raymond Shaw -dijo Dusty.

-Estoy escuchando.

Otra vez ausente. Mirando al vaco. Pero no tan inmersa en el 
trance como Skeet.

"Supongamos que el nombre activa al sujeto -se dijo Dusty- 
.Y supongamos que, a continuacin, el haiku permite acceder 
a su subconsciente para darle instrucciones."

-Claras cascadas -dijo Dusty, que no conoca otro haiku.

Martie tena los ojos vidriosos, pero, a diferencia de Skeet, no 
los agit en ningn momento.

No haba respondido a aquellos versos la noche anterior, 
cuando estaba a punto de dormirse, y tampoco respondera 
ahora. El nombre que la activaba era "Raymond Shaw", no 
"Doctor Yen Lo", y tambin su haiku sera diferente al de 
Skeet.

-Esparcen en las olas -dijo, no obstante, Dusty.

Martie parpade.

-Esparcen, qu?

-Has vuelto a ausentarte.

Martie lo mir dubitativa.

-Entonces, quin ha mantenido caliente mi asiento?

-Estoy hablando en serio. Estabas ausente. Como Skeet, pero 
de otro modo. Bast con el nombre, "Doctor Yen Lo", y perdi 
el oremus, se puso a parlotear sobre las reglas y se enfad 
conmigo por-que no lo haca funcionar de forma adecuada. 
Pero t eres ms dura de pelar. Esperas a or las palabras 
correctas, y si no te dicen los versos que permiten acceder a 
tu subconsciente y darte instrucciones, te despiertas de 
inmediato. -Martie lo mir como si se hubiera vuelto loco-. No 
estoy loco -asegur Dusty.

-Decididamente, ests ms raro que cuando te conoc. No 
piensas explicarme lo de Skeet?

-Es algo la mar de extrao que ocurri ayer en Nueva Vida. 
No he tenido oportunidad de contrtelo.

-Pues ahora la tienes.

Dusty mene la cabeza.

-Luego. Primero vamos a aclarar lo tuyo. Quiero demostrarte 
lo que te pasa. Tienes alguna chocolatina en la boca?

-En la boca?

-S. Te has comido la que llevabas hace un momento o an 
te queda algn trozo?

Martie agit el carrillo, le ense el pedazo de chocolate 
medio di-suelto en la punta de la lengua y volvi a cerrar la 
boca. A continuacin, le tendi el cartucho de chocolatinas 
casi vaco.

-No prefieres una que no est chupada?

-Trgatela -le pidi Dusty quitndole el cartucho de la mano. 

-Me gusta dejar que se funda en la boca.

Pues lo haces con la siguiente -dijo Dusty, que empezaba a 
impacientarse-. Vamos, vamos, trgatela de una vez.

-Hipoglucmico perdido.

No, irritable por naturaleza -replic Dusty sacando una 
chocolatina del cartucho. Te la has tragado? Martie trag 
exageradamente-. No te queda chocolate en la boca? insisti 
Dusty-. Ni una pizca? Nada de nada?

-Nada de nada. Pero, qu tiene esto que ver con...?

Raymond Shaw dijo Dusty.

-Estoy escuchando.

Con la mirada ausente, una leve laxitud que le relajaba la 
parte inferior del rostro y la boca abierta en actitud 
expectante, Martie aguardaba su haiku personal, que Dusty 
ignoraba.

A falta de poesa, le dio chocolate; le desliz la pastilla entre 
los labios entreabiertos y los dientes separados y se la dej 
en la lengua, que no dio muestras de sentir el contacto.

Dusty no haba acabado de apartarse, cuando Martie 
parpade, fue a completar la frase que haba interrumpido su 
marido al pronunciar el nombre mgico... y se dio cuenta de 
que tena una chocolatina en la boca.

Para Martie, aquel momento fue el equivalente del instante en 
que Dusty haba descubierto que segua teniendo el libro en 
las manos despus de arrojarlo a la mesita auxiliar de la sala 
de espera. Haba estado a punto de lanzarlo al otro extremo 
de la sala, pero se haba contenido. Martie no pudo: 
sorprendida, abri la boca, se atragant, tosi, escupi la 
chocolatina con fuerza y le acert a su marido en plena 
frente.

-Crea que te gustaba dejar que se fundieran -protest Dusty.

-Y se est fundiendo.

-Has estado ausente varios segundos -dijo Dusty limpindose 
la frente con un pauelo de papel.

-Ya veo admiti Martie con un temblor en la voz.

Los efectos de la terapia empezaban a desvanecerse. 
Nerviosa, se restreg los labios con el dorso de la mano, baj 
la visera del acompaante para mirarse en el pequeo espejo 
y, asustada de su propia imagen, la subi de inmediato y se 
encogi en el asiento.

-Skeet le record a Dusty.

Tan sucintamente como pudo, Dusty le cont el salto al vaco 
desde el tejado de los Sorenson, el descubrimiento de las 
hojas del bloc de notas en la cocina de Skeet y lo ocurrido en 
Nueva Vida; a continuacin, le explic que cada vez estaba 
ms convencido de que tambin l sufra breves periodos de 
amnesia.

-Ausencias, lapsus, llmalos como quieras.

-Skeet, t y yo -dijo Martie, y se qued mirando el libro, que 
se-gua sobre el salpicadero-. Pero, lo del lavado de cerebro...

Dusty comprenda que su teora sonaba a disparate, pero los 
acontecimientos de las ltimas veinticuatro horas le prestaban 
credibilidad, aunque apenas reducan sus absurdas 
implicaciones.

-No estoy seguro. Pero, desde luego, algo nos pasa. Algo... 
nos han hecho.

-Por qu a nosotros?

Dusty consult su reloj de pulsera.

Ms vale que espabilemos. He quedado con Ned.

-Qu pinta Ned en todo esto?

-Nada -respondi Dusty poniendo en marcha el motor. Le he 
pedido que me consiguiera unas cosas.

Volvamos a la pregunta del milln -dijo Martie mientras Dusty 
haca retroceder el coche--. Por qu nosotros? Por qu iba a 
hacernos alguien una cosa as?

-S, ya s lo que ests pensando. Un pintor de brocha gorda, 
una diseadora de videojuegos y un pobre diablo como Skeet. 
Qu provecho iba a sacar nadie de volvernos tarumba, de 
controlarnos?

Martie cogi el libro del salpicadero.

-Por qu le lavan el cerebro al protagonista?

-Para convertirlo en un asesino que no pueda conducir a la 
polica hasta la gente que lo controla.

-Skeet, t y yo, asesinos?

-Antes de disparar contra Kennedy, Lee Harvey Oswald era un 
pelagatos como nosotros.

-Gracias por lo que me toca.

-Es verdad. Lo mismo que Sirhan Sirhan. O que John 
Hinckley.*

* El inmigrante palestino Sirhan Bishara Sirhan acab- con la vida del senador Roben 
Kennedy el 5 de julio de 1968. En 1981,John Hiuckley dispar e hiri de gravedad al 
presidente Ronald Reagan, que no obstante sobrevivi al atentado.

Estuviera o no estuviera el ocano surcado de gruesas vetas 
negras cuando volviera a verlo, Dusty era consciente de que 
su humor haba ido decayendo a medida que dejaban atrs la 
atmsfera sedante de la consulta del psiquiatra. En la salida 
del aparcamiento, al detenerse ante la barrera blanca y roja 
que les cerraba el paso y volver la vista hacia el puesto del 
cajero, se sinti inquieto, como si la pequea caseta 
representara una amenaza, como si fuera la garita de un 
centinela en un paso fronterizo perdido en los Balcanes, 
donde facciosos uniformados tenan por costumbre robar a 
punta de metralleta y matar, en ocasiones, a los viajeros. El 
cajero era una amable seorita -treintaera, guapa, algo 
metida en carnes, con un pasador en forma de mariposa en el 
pelo-, pero Dusty tena la paranoica sensacin de que no era 
lo que pareca. Cuando se alz la barrera y salieron del 
aparcamiento, la mitad de los coches que circulaban por la 
calle le parecan ocupados por individuos sospechosos 
confabulados para seguirlos.












En Newport Center Drive, las hileras de esbeltas palmeras 
agitaban sus melenas al viento, como aconsejndoles que 
abandonaran la ruta por la que circulaban.

-De acuerdo, supongamos que nos estn haciendo algo as -
dijo Martie-. Pero, quin?

-En El mensajero del miedo son los soviticos, los chinos y los 
norcoreanos.

-La Unin Sovitica ya no existe -le record Martie. Y, no s 
por qu, pero no nos veo a nosotros tres convertidos en 
instrumentos de una retorcida conspiracin del comunismo 
asitico.

-Si esto fiera una pelcula, seguro que los malos eran 
extraterrestres.

- Estupendo -dijo Martie, sarcstica. Y si llamamos a Newton 
El Higo para que nos asesore con sus vastos conocimientos 
sobre la materia?

-y si alguna multinacional est decidida a convertirnos a todos 
en consumidores compulsivos y descerebrados.

-Yo casi lo soy ya, y sin su ayuda -replic Martie.

Una agencia gubernamental secreta, un grupo de polticos 
ambiciosos, el Gran Hermano...

-Eso ya no es tan inverosmil como para tomrselo a broma. 
Pero, por qu nosotros?

-Les dar igual fulano que mengano.

-Eso es poco convincente.

-Ya lo s -dijo Dusty, frustrado.

En las oscuras regiones de su mente, otra respuesta le haca 
guios, titilando sin cesar, pero no lo bastante para permitirle 
verla con claridad.

De hecho, apenas se internaba en las sombras tras ella, la 
idea se escabulla por completo.

Record el dibujo del bosque que se converta en una ciudad 
al con-templarlo sin ideas preconcebidas. Aquella era otra de 
esas situaciones en las que los rboles le impedan ver la 
ciudad.

Tambin rememor el sueo del relmpago y la garza. La 
pera del esfignomanmetro flotaba en el aire, comprimida y 
aflojada por una mano invisible. En aquella pesadilla, adems 
de Martie y l haba una tercera presencia tan transparente 
como un espritu.

Aquella presencia era la de su atormentador, fuera un 
extraterrestre, un agente del Gran Hermano o cualquier otra 
persona... Dusty se dijo que, si realmente operaba de acuerdo 
a un hipottico programa implantado en su subconsciente 
mediante hipnosis, los programadores lo habran 
sugestionado para que sus sospechas, en caso de que 
empezara a tenerlas, no recayeran sobre ellos, sino sobre una 
multitud de culpables tanto verosmiles como inverosmiles, 
desde aliengenas hasta agentes del gobierno. Su enemigo 
poda cruzarse en su camino en cualquier momento, tan 
perfectamente invisible en la vida real como en la pesadilla de 
la garza.

Mientras Dusty giraba a la derecha para tomar la autopista 
del Pacfico, Martie abri El mensajero del miedo y ley la 
primera frase, en la que apareca el nombre que haba 
desencadenado su breve prdida de conciencia. Dusty advirti 
que se estremeca al leerla, pero no caa en el consabido 
estado de arrobada expectacin.

Al cabo de unos instantes, Martie pronunci el nombre 
"Raymond Shaw" en voz alta, sin mayores consecuencias que 
otro rpido escalofro.

-Puede que no funcione cuando lo lees o lo dices t misma -
apunt Dusty- , sino slo cuando te lo dice alguien.

-O puede que el simple hecho de saberlo le haya quitado el 
poder que tena sobre m.

-Raymond Shaw -dijo Dusty.

-Estoy escuchando.

Martie volvi en s al cabo de unos diez segundos.

-Bienvenida -dijo Dusty-. Y adis a tu teora.

-Deberamos quemarlo en cuanto lleguemos a casa -dijo 
Martie mirando el libro con aprensin.

-Sera un error. Est lleno de pistas. De secretos. Fuera quien 
fuese quien te lo puso en las manos, porque me inclino a 
pensar que no entraste a una librera y lo compraste, debe de 
trabajar para el bando contrario al de quienes nos 
programaron. Quieren abrirnos los ojos respecto a lo que nos 
ocurre. Y el libro es la clave. Te dieron la clave para 
desentraar este galimatas.

-Ah, s? Y por qu no se limitaron a acercarse y decirme: 
"Mire, seora, una gente que conocemos le ha lavado el 
cerebro, le ha metido en la cabeza lo de la autofobia y le est 
haciendo un montn de perreras que ni siquiera se imagina, 
por razones que ni siquiera se imagina, y resulta que a 
nosotros no nos parece bien"?

Bueno, pongamos que se trata de una agencia gubernamental 
se-creta, dentro de la cual hay una pequea faccin que se 
opone al proyecto por escrpulos morales...

-Los disidentes de la Operacin Lavado de Cerebro de Dusty, 
Skeet y Martie.

-S. Pero no pueden alertamos a la luz del da.

-Por qu? -replic Martie.

-Porque los eliminaran. O tal vez simplemente porque tienen 
miedo a que los despidan y les quiten la jubilacin.

De modo que sienten escrpulos morales pero no tantos como 
para poner en peligro la pensin. Eso me suena 
espeluznantemente real. Pero lo dems... As que deciden 
pasarme este libro. Un guio aqu, un codazo all... Luego, 
por algn extrao motivo, van y me programan para que no 
lo lea.

Dusty detuvo el coche en un embotellamiento ante un 
semforo en rojo.

-Poco creble, no?

-Nada creble.

Estaban detenidos en un puente que cruzaba el canal entre el 
puerto de Newport y la baha interior. Bajo el cielo 
encapotado, la vasta extensin de agua era de un intenso 
verde grisceo, aunque no negra; rizada por la brisa y las 
corrientes, tena el aspecto escamoso de la piel de un 
repulsivo y adormecido reptil del Jursico.

-Pero hay algo an menos creble -dijo Martie-, 
completamente increble. Algo que le est pasando a Susan.

El tono sombro de su voz hizo que Dusty apartara la vista del 
puerto. Qu le est pasando?

Tambin echa en falta periodos de tiempo. Aunque no unos 
segundos. Autnticos bloques de tiempo. Noches enteras.

El velo del Valium haba ido alzndose de los ojos de Martie, y 
su calma, artificial pero benfica, haba vuelto a dar paso a la 
ansiedad. En la consulta del doctor Abriman, la sobrenatural 
palidez de Martie haba desaparecido para ceder el sitio a un 
rubor aterciopelado; pero las sombras empezaban a 
adensarse bajo la delicada piel de sus ojeras, como si su 
rostro se oscureciera contagiado por la lenta agona de la 
tarde invernal.

A la salida del puente, el semforo cambi a verde. El trfico 
reanud la marcha.

Martie cont a Dusty la historia del violador invisible de 
Susan.

Dusty haba sentido inquietud. Haba sentido temor. En esos 
momentos, un sentimiento ms intenso que la inquietud y el 
temor hizo presa en su corazn.

A veces, cuando despertaba en lo ms profundo de la noche y 
se quedaba escuchando la pausada respiracin de Martie, un 
miedo cerval mucho ms intenso que el simple temor- le 
helaba la sangre. Despus de una copa de vino de ms 
durante la cena, de un exceso de bechamel o de un plato ms 
picante de la cuenta, tena la mente tan pesada como el 
estmago y, a diferencia de lo que sola ocurrirle, era incapaz 
de apreciar la belleza del silencio que precede al alba, pues no 
perciba en l ninguna paz, sino la amenaza de la nada. A 
despecho de la fe que lo haba sostenido durante la mayor 
parte de su vida, en el sosiego de esas horas el gusano de la 
duda le roa el corazn y lo obligaba a preguntarse si Martie y 
l no posean otra cosa que aquella nica vida, tras la cual no 
habra nada aparte de una oscuridad en la que no exista el 
recuerdo y ni siquiera caba la soledad. El no quera un "hasta 
que la muerte os separe", no aceptaba otra cosa que no fuera 
un "para siempre", y, cuando una desesperada voz interior le 
susurraba que el para siempre era una mentira, alargaba la 
mano en la oscuridad para tocar a Martie. No quera 
despertarla, tan slo percibir lo que ella invariablemente le 
proporcionaba y l senta de inmediato hasta con el contacto 
ms leve: su gracia innata, su inmortalidad y la promesa de la 
inmortalidad de su compaero.

En esos momentos, mientras la escuchaba contar la historia 
de Susan, Dusty volva a ser una manzana carcomida por el 
gusano de la duda. Lo que les estaba ocurriendo pareca 
irreal, disparatado, un atisbo del caos que subnaca a la vida. 
Se senta sobrecogido por la sensacin de que el final, cuando 
llegara, sera slo un final, y presenta que se acercaba a toda 
prisa, en forma de una muerte cruel y brutal hacia la que se 
precipitaban a ciegas.

Cuando Martie acab su relato, Dusty le tendi el telfono 
mvil. 

-Vuelve a llamarla.

Martie marc el nmero. El telfono son una y otra vez. Y 
otra.

-Tal vez los jubilados que viven abajo sepan dnde est -dijo 
Martie-. No estamos lejos.

-Ned nos estar esperando. En cuanto recoja lo que le he 
pedido, iremos a casa de Susan. Pero de algo estoy seguro. 
Eric no puede ser el individuo que se cuela en su casa por las 
noches.

-Porque quienquiera que le est haciendo eso, es la misma 
persona que est detrs de lo que nos ocurre a Skeet, a ti y a 
m.

-Exacto. Y Eric... Joder, es un asesor financiero, un 
chupatintas, no un genio del control mental.

Martie volvi a marcar el nmero de Susan. Se apret el 
auricular contra el odo. Un ferviente deseo de obtener 
respuesta le tensaba el rostro atribulado.

El orgullo de Ned Motherwell era un Chevrolet Camaro del 82: 
sin pintar pero peridicamente emprimado de gris mate, 
aerodinamizado, provisto de faros adicionales y despojado de 
accesorios brillantes a excepcin del par de gruesos tubos de 
escape de cromo. Estacionado en la esquina sudeste del 
aparcamiento del centro comercial, pareca el coche perfecto 
para darse a la fuga.

Ned se ape del Camaro mientras Dusty estacionaba a dos 
plazas de distancia. Aunque bajo, el vehculo modificado era 
cualquier cosa menos un cochecito, pero pareca de juguete al 
lado del hombretn, que le sacaba medio cuerpo de altura. El 
da era fresco y el sol haba empezado a ocultarse, pero, 
como de costumbre, Ned vesta pantalones militares blancos y 
camiseta blanca. Si el Camaro decida averiarse, pareca ms 
que capaz de arrastrarlo hasta un taller.

El viento meca los rboles que rodeaban el permetro del 
aparca-miento y levantaba pequeos remolinos de polvo y 
desperdicios sobre el asfalto, pero Ned pareca ajeno -opuesto 
casi- a tanta agitacin.

Cuando Dusty baj la ventanilla, Ned se agach, mir hacia el 
asiento del acompaante y sonri.

-Qu tal, Martie?

-Hola, Ned.

-Siento que no te encuentres bien.

-Segn los mdicos, sobrevivir.

Durante la conversacin telefnica que haba mantenido con 
Ned desde la consulta del doctor Abriman, Dusty le haba 
explicado que Martie estaba enferma, que no se senta lo 
bastante bien para entrar en una farmacia o una librera y que 
no quera dejarla sola en el coche.

-Con lo duro que resulta trabajar para este to -dijo Ned a 
Martie-, vivir con l tiene que ser como para enfermar a 
cualquiera. No te ofendas, jefe.

-Yo? Quia.

Ned pas una bolsa pequea por la ventanilla. Contena el 
Valium que el doctor Closterman haba encargado por 
telfono. A continuacin, tendi a Dusty una bolsa ms 
grande, de una librera.

-Si me preguntas esta maana qu es un haiku -dijo Ned, 
habra respondido que un arte marcial, como el taekwondo. Y 
resulta que es un poema aligerado.

-Aligerado? -pregunt Dusty abriendo la bolsa.

-Como mi coche -especific Ned-. Sin adornos ni puetas, 
aerodinmicos. Molan cantidad. Yo tambin me he comprado 
una antologa. Dusty cont siete libros dentro de la bolsa.

-Tantos?

-Tienen todo un pedazo de estantera llena de libros de haikus 
-dijo Ned-. Estos poemillas son pequeos, pero matones.

-Maana te pagar con un taln.

-No hay prisa. He tirado de tarjeta. Tardarn en 
descontrmelo. Dusty le dio las llaves de Martie por la 
ventanilla.

-Seguro que tienes tiempo para ocuparte de Valet?

Que s, to, y me apetece un montn. Pero no s nada de 
perros.

No hay mucho que saber. Dusty le explic dnde guardaban 
sus galletas-. Ponle dos medidas. Luego querr dar un paseo, 
pero basta con que lo dejes salir al patio trasero diez minutos 
para que haga sus cosas.

-Y luego, lo dejo solo?

-Con un cuenco de agua y el mando de la tele, estar tan 
ricamente. 

-A mi madre lo que le violan son los gatos -dijo Ned . Puede 
pasar sin novio, pero siempre ha tenido mininos.

Or "mininos" de labios de un hombretn como Ned era como 
ver a un defensa de la Liga Nacional de Futbol dando pasos de 
ballet perfecto.

-Una vez, un vecino envenen a una gata atigrada que mi 
madre quera con locura. Se llamaba Runrn. La gata, no el 
vecino.

-Qu clase de salvaje es capaz de envenenar a un gato? se 
indign Dusty.

El to tena montado un laboratorio de metanfetaminas en la 
casa de al lado -dijo Ned-. Era un pedazo de mierda. Le romp 
las dos piernas, llam al 911 hacindome pasar por l y dije 
que me haba cado por las escaleras y necesitaba ayuda. 
Mandaron una ambulancia, descubrieron el laboratorio y le 
jodieron el negocio.

-Le rompiste las piernas a un camello? -pregunt Martie-. 
No fue un poco arriesgado?

-Psss... Un par de noches despus, uno de sus colegas me 
dispar, pero se haba metido tanto speed que ni me roz. Le 
romp los dos brazos, lo met en su coche y lo empuj por un 
terrapln. Llam al 911, dije que era l y llorique pidiendo 
ayuda. Encontraron drogas y dinero sucio en el maletero, le 
arreglaron los brazos y le echaron diez aos.

Y todo por una gata? -se asombr Dusty.

-Runrn no era una gata cualquiera. Adems, era la gata de 
mi madre. 

-Creo que Valet estar en buenas manos -dijo Martie.

Ned asinti sonriente.

-No permitir que le pase nada malo a vuestro chucho.

En la pennsula, en Balboa Boulevard, a unas cuantas 
manzanas de la casa de Susan, mientras hojeaba una de las 
antologas de haikus, Martie ahog un grito, dej caer el libro 
y se dobl en el asiento como presa de un dolor insoportable.

-Para el coche, por Dios, pralo enseguida...

No dolor, miedo. A abalanzarse sobre el volante. A lanzar el 
coche contra los vehculos que venan de frente. El "Blues del 
monstruo que llevo dentro", que Dusty empezaba a saberse 
de memoria.

En verano, la afluencia masiva a las playas lo hubiera 
obligado a conducir durante una hora en busca de un hueco 
para aparcar, mientras Martie se debata a su lado en pleno 
ataque de pnico. Enero le permiti desviarse rpidamente 
hacia el bordillo.

A la derecha, un grupo de chavales recorra la acera sobre 
patines en lnea a la caza de jubilados a los que mandar al 
asilo. A la izquierda, los ciclistas pasaban pedaleando con 
entusiasmo y rozando la carrocera, impacientes por morir 
atropellados.

Nadie se haba fijado en ellos, pero no pasaran inadvertidos 
si Martie volva a ponerse a gritar.

Dusty se preguntaba qu hacer para detenerla si empezaba a 
golpearse la cabeza contra el salpicadero. No haba forma de 
impedrselo sin emplear la violencia. Aterrada, Martie se 
resistira a que la agarrara, tratara de soltarse y lo rechazara 
con todas sus fuerzas sin importarle que le hiciera dao.

-Te quiero -dijo Dusty, impotente.

Luego, sigui hablndole, hablndole con voz suave mientras 
ella se meca en el asiento, jadeaba con ansia y grua como 
si sintiera dolores de parto, como si empujara con toda el 
alma para dar a luz al pnico. Dusty no intent razonar con 
ella ni convencerla con argumentos, porque Martie saba 
mejor que nadie que su comportamiento era irracional. En 
cambio, casi sin pensar, empez a hablarle de su primera 
cita.

Haba sido un autntico desastre. Dusty le haba contado 
maravillas del restaurante, que por desgracia haba cambiado 
de dueo en las seis semanas transcurridas desde su ltima 
visita. El nuevo Chef pareca haber aprendido el oficio en una 
escuela de cocina de la Islandia profunda, porque la comida 
estaba fra y todos los platos tenan un regusto a ceniza 
volcnica. El ayudante de comedor derram un vaso de agua 
sobre Dusty, ste, otro sobre Martie, y el camarero, una 
salsera sobre s mismo. El incendio que se declar en la 
cocina mientras tomaban los postres fue lo bastante pequeo 
para que el personal pudiera apagarlo sin necesidad de llamar 
a los bomberos, pero lo bastante grande para requerir el 
concurso de un pinche, un camarero, el maitre y el ayudante 
del chef (un enorme caballero de Samoa) armados todos de 
extintores, aunque puede que necesitaran semejante ocano 
de espuma porque emplearon ms en rociarse unos a otros 
que en sofocar las llamas. Martie y Dusty salieron del 
restaurante muertos de hambre, pero se rieron tanto 
mientras devoraban un par de bocadillos que su unin qued 
sellada de por vida.

Ninguno de los dos rea en esos momentos, pero su unin era 
ms fuerte que nunca. Fuera debido a las suaves palabras de 
Dusty, a los persistentes efectos del Valium o a la terapia del 
doctor Abriman, Martie no sufri un ataque de pnico en toda 
regla. Al cabo de dos o tres minutos, el miedo empez a 
soltar su presa, y Martie volvi a enderezarse en el asiento.

-Ya estoy mejor -asegur. Pero sigo sintindome como una 
mierda.

-De pjaro le record Dusty.

-Exacto.

Aunque quedaba casi una hora de luz natural, la mayora de 
los coches que avanzaban hacia el extremo de la pennsula o 
se dirigan hacia el istmo circulaban con los faros encendidos. 
La marea de barro que atravesaba lentamente el cielo de 
oeste a este haba abierto paso a un prematuro y prolongado 
crepsculo.

Dusty encendi los faros, maniobr el vehculo para apartarlo 
de la acera y se col entre el trfico.

-Gracias dijo Martie.

-No se me ocurra otra cosa respondi Dusty.

-La prxima vez, haz lo mismo. Hblame. Tu voz me 
tranquiliza.

Dusty se pregunt cunto tiempo tendra que pasar antes de 
que pudiera estrecharla entre sus brazos sin que el miedo la 
pusiera tensa, sin que un pnico incipiente centelleara en sus 
ojos. Cunto tiempo, si es que slo era cuestin de tiempo?

El rugiente ocano pugnaba por arrancarse a las 
profundidades y apoderarse del continente mientras, barrida 
por el viento, la playa alargaba sus finos dedos de arena y 
araaba el pavimento del paseo.

Posadas en un larguero inclinado del pasamanos, tres 
gaviotas montaban guardia sobre el mar, remisas a 
abandonar la ventosa costa y buscar refugio tierra adentro.

Cuando Martie y Dusty empezaron a subir la empinada 
escalera, las aves emprendieron el vuelo una tras otra y 
dejaron que las olas del aire las arrastraran hacia el este. 
Aunque las gaviotas son pjaros vocingleros, aquellas no 
emitieron un solo graznido mientras se alejaban.

Martie golpe la puerta con los nudillos, esper y volvi a 
llamar, pero no obtuvo respuesta.

Us su llave para descorrer los dos cerrojos. Abri la puerta y 
llam a Susan dos veces, pero en vano.

Martie y Dusty se limpiaron las suelas de los zapatos en la 
esterilla, entraron, volvieron a llamar a Susan alzando la voz 
y cerraron la puerta a sus espaldas.

La cocina estaba a oscuras, pero en el comedor se vea luz. -
Susan? -insisti Martie, una vez ms sin resultado.

El piso era un hervidero de conversaciones, pero todas las 
voces pertenecan al viento, que hablaba consigo mismo. 
Parloteaba en los tejamaniles de cedro del tejado. Ululaba 
exultante en los aleros. Silbaba por cada rendija y susurraba 
en todas las ventanas.

Oscuridad en el saln, donde todas las persianas estaban 
bajadas, y corridas todas las cortinas. Oscuridad, tambin, en 
el pasillo, aunque se vea luz en el dormitorio, que tena la 
puerta abierta. Y en el bao, que la tena entornada, el crudo 
resplandor del fluorescente.

Indecisa, Martie volvi a llamar a Susan y entr en el 
dormitorio.

Dusty puso la mano en la puerta del bao y, aun antes de 
empujarla, lo supo. La fragancia del agua de rosas apenas 
disimulaba un olor que toda una rosaleda no hubiera podido 
eliminar.

Aquello ya no era Susan. El rostro, verdoso e hinchado por los 
gases bacterianos; los ojos, protuberantes a causa de la 
presin interior del crneo; la viscosa podredumbre que 
rebosaba de las fosas nasales y la boca; la lengua, que 
asomaba fuera de la boca, grotesca como la de un perro: 
gracias al efecto acelerador del agua caliente en que haba 
muerto, las hordas ms diminutas de la naturaleza la haban 
reducido ya a una criatura de pesadilla.

Dusty vio el bloc de notas sobre el mueble del lavabo, atisb 
la esmerada caligrafa de los renglones y, de pronto, sinti 
que su acelerado corazn empezaba a bombear ms terror 
que sangre, terror, no por la pobre mujer exnime en la 
baera, no un terror de pelcula efectista, sino el glido miedo 
a lo que aquello significaba para Martie, Skeet y l mismo. 
Comprendi al instante el significado de aquel cuadro terrible, 
intuy lo que implicaba y supo que estaban an ms 
indefensos de lo que haban imaginado, indefensos ante los 
otros, indefensos ante s mismos, de tal modo y hasta tal 
punto que casi justificaba la autofobia de Martie.

Antes de que pudiera leer algo ms que el inicio de la nota de 
suicidio, Martie lo llam, y Dusty la oy salir del dormitorio y 
acercarse por el pasillo. Dio media vuelta, avanz hasta la 
puerta y le cerr el paso.

-No.

Como si viera en los ojos de Dusty todo lo que l haba visto 
en el bao, Martie musit:

Oh, Dios mo... Dime que no, dime que ella no...

Intent apartarlo, pero l la sujet y la oblig a retroceder 
hacia el cuarto de estar.

-No quiero que la recuerdes as.

Algo se rompi en el interior de Martie, algo que Dusty slo 
haba visto romperse una vez, junto a una cama de hospital, 
la noche en que su suegro se rindi al cncer y dej a su hija 
reducida a un manojo de emociones, tan incapaz de andar 
como una mueca de trapo, tan incapaz de mantenerse 
erguida como los harapos rellenos de paja de un 
espantapjaros sin palos.

Dusty la llev medio a rastras hasta el cuarto de estar y dej 
que se desplomara en el sof. Con los ojos arrasados en 
lgrimas, Martie se apoder de uno de los cojines con funda 
de encaje y se lo apret contra el pecho, se lo apret con 
todas sus fuerzas, como si intentara taponar la herida de su 
corazn.

El viento finga condolerse mientras Dusty llamaba al 911, 
consciente de que la urgencia de aquel caso haba pasado 
haca muchas horas.











Con el ventoso atardecer rezongando a sus espaldas. 
Precedidos por el aroma a chicle de menta que enmascaraba 
el olor a ajo de su aliento, dos agentes uniformados fueron los 
primeros en llegar.

El ambiente del piso -creado por los quedos sollozos de 
Martie, por los susurros de consuelo de Dusty, por las 
fantasmales voces del atormentado viento- haba alentado 
hasta entonces el hilo de frgil y absurda esperanza que 
mantiene unido el corazn en los momentos posteriores a una 
muerte. A despecho de lo que haba visto, Dusty albergaba el 
deseo, loco, desesperado, pattico, que apenas arda pero se 
resista a extinguirse, de creer que se haba producido un 
error terrible, que la muerta no estaba muerta, sino 
inconsciente o en coma, quiz tan slo dormida, y que 
despertara, entrara en la habitacin y se asombrara al ver 
sus caras apesadumbradas. Recordaba la verdosa palidez de 
su piel, el oscurecimiento de la carne a lo largo de su 
garganta, su rostro abotagado. la podredumbre que flua de 
su boca y sus fosas nasales; sin embargo, una dbil e 
irracional voz interior le susurraba que tal vez slo haba visto 
sombras, que quiz haba malinterpretado simples efectos de 
luz. Martie, que no haba visto el cadver, deba de sentir 
aquella absurda esperanza con mucha ms fuerza.

Los policas le pusieron fin con su mera presencia. Eran 
educados, comedidos, profesionales, pero tambin individuos 
imponentes, altos y recios, y su tamao bast para dejar 
sentada la dura realidad y ahuyentar cualquier falsa 
esperanza. El argot que empleaban entre s --"un CV" por "un 
cuerpo sin vida", "un probable 10-5" por "un caso de aparente 
suicidio"- remachaba con palabras la evidencia de la muerte, 
y el chisporroteo de los mensajes que brotaban de los walkie-
talkies que llevaban sujetos a sus cintos era la sobrecogedora 
voz del destino, ininteligible pero inapelable.

Otros dos policas de uniforme hicieron acto de presencia, 
seguidos a corta distancia por una pareja de detectives de 
paisano, a cuya estela llegaron un hombre y una mujer de la 
oficina del forense. Si los dos primeros haban hecho aicos la 
ltima esperanza, el resto, aunque sin la menor intencin, 
despoj a la muerte de su misterio y dignidad nicos 
enfrentndose a ella como contables a sus libros mayores, 
con un prosaico respeto por la rutina y el desapasionamiento 
de quien est de vuelta de todo.

Los agentes tenan un montn de preguntas, aunque no 
tantas corto esperaba Dusty, pues al parecer las 
circunstancias del hecho y el estado del cuerpo abonaban de 
forma casi incuestionable la hiptesis de suicidio. Las cuatro 
pginas del bloc de notas que constituan la declaracin de la 
difunta eran explcitas en cuanto a los motivos y, al mismo 
tiempo, lo bastante emotivas -y lo bastante desesperadas e 
incoherentes- como para no dudar de su autenticidad.

Martie identific la letra de Susan. La comparacin con una 
carta pendiente de envo a su madre y con muestras de su 
libreta de direcciones eliminaba virtualmente cualquier 
posibilidad de falsificacin. Si las investigaciones conducan a 
alguna sospecha de homicidio, se pedira el dictamen de un 
graflogo cualificado.

Martie estaba tambin especialmente capacitada para 
confirmar que Susan Jagger, tal como afirmaba la nota de 
suicidio, padeca agorafobia aguda desde haca diecisis 
meses, haba perdido el trabajo, viva separada de su marido 
y sufra peridicas depresiones. Las protestas de Martie, para 
quien, a pesar de todo, Susan distaba de tener tendencias 
suicidas, sonaban, incluso a odos de Dusty, como poco ms 
que patticos esfuerzos por proteger la reputacin de su 
mejor amiga y evitar que su recuerdo se empaara.

Por aadidura, los duros reproches que se haca a s misma 
ante Dusty y los policas evidenciaban que tambin ella 
pensaba que Susan se haba suicidado. Se culpaba por no 
haber estado all cuando su amiga la necesitaba, por no 
haberla llamado la noche anterior y haberla interrumpido 
cuando tal vez estaba a punto de abrirse las venas.

Mientras esperaban a la polica, Dusty y Martie haban 
acordado no mencionar la historia de Susan sobre el visitante 
fantasma que dejaba tras de s una o dos cucharadas de 
indicios biolgicos nada fantasmales. Martie opinaba que 
contar aquello slo servira para convencer a la polica de que 
Susan estaba desequilibrada, si no completamente chiflada, y 
para daar an ms su reputacin.

Adems, Martie tema que sacar a relucir tan delicado tema 
desencadenara un autntico interrogatorio y la obligara a 
revelar su autofobia. La idea de verse expuesta al 
inmisericorde escrutinio y a las fras especulaciones 
psicolgicas de aquellos hombres le repugnaba. Estaba segura 
de no haberle hecho dao a Susan, pero, si empezaba a dar 
detalles sobre el excepcional potencial para la violencia que 
crea poseer, los detectives aparcaran su dictamen 
provisional de suicidio y la acosaran durante horas, hasta que 
no les quedara ninguna duda de que su miedo a s misma era 
tan irracional como pareca. Y si la tensin del interrogatorio 
le provocaba otro ataque de pnico en presencia de los 
agentes, puede que incluso acabaran considerndola un 
peligro para s misma y para los dems, y la obligaran a 
permanecer bajo observacin psiquitrica durante setenta y 
dos horas, medida que estaban autorizados a tomar.

No soportara que me internaran -le haba dicho a Dusty 
antes de que llegaran los primeros policas. Encerrada. 
Vigilada. No sera capaz de aguantarlo.

-Eso no ocurrir le haba asegurado Dusty.

Dusty comparta las razones de Martie para silenciar lo 
referente al violador fantasma de Susan, pero tena un motivo 
adicional que an no le haba confesado. Estaba convencido, 
tanto como a Martie le hubiera gustado estarlo, de que Susan 
no se haba suicidado, al menos no voluntariamente o con 
plena conciencia de lo que haca. No obstante, tambin estaba 
seguro de que si se lo contaba a los policas, incluso aunque 
no consiguiera persuadirlos de que se enfrentaban a un caso 
extraordinario con conspiradores sin rostro y tcnicas de 
control mental delirantemente efectivas de por medio, Martie 
y ella estaran muertos antes de que acabara la semana.

-Y era mircoles.

Tras descubrir que el doctor Yen Lo era uno de los personajes 
de el libro, y especialmente tras comprender que haba vuelto 
mgicamente a sus manos desde el suelo de la sala de espera 
del doctor Abriman, una creciente sensacin de peligro se 
haba ido adueando de su nimo. Sonaba un reloj. No poda 
verlo, no poda orlo, pero senta la seca repercusin de su 
tictac en la mdula de los huesos. El tiempo se les acababa. 
De hecho, agobiado por el peso formidable que haba 
adquirido su miedo, Dusty tema que los agentes percibieran 
su ansiedad, la malinterpretaran y empezaran a sospechar.

La madre de Susan, que viva en Arizona con su segundo 
marido, recibi la noticia por telfono, igual que su padre, que 
viva en Santa Brbara con su segunda mujer. Ambos estaban 
en camino. Tras enterarse por Martie de la naturaleza de la 
separacin de Susan y su marido, el detective encargado del 
caso telefone tambin a Eric, obtuvo respuesta de un 
contestador automtico y dej grabados su nombre, 
graduacin y nmero de placa, pero ninguna informacin 
sobre lo ocurrido.

Cuando Bizmet, una autntica mole con el pelo rubio cortado 
a cepillo y una mirada ms penetrante que un taladro, estaba 
diciendo a Dusty que ya no los necesitaban, Martie sufri un 
ataque de autofobia.

Dusty reconoci los signos de inmediato. La repentina alarma 
de sus ojos. La tensin de sus facciones. La intensa palidez de 
su rostro.

Martie, que acababa de levantarse, volvi a desplomarse en el 
sof, dobl el cuerpo y empez a mecerse adelante y atrs 
con los brazos alrededor del torso, temblorosa y jadeante, 
como en el coche.

Rodeado de policas, Dusty no poda intentar calmarla 
murmurndole recuerdos de su poca de novios. No tuvo ms 
remedio que quedarse de pie junto a ella, impotente y 
rezando para que el amago no se convirtiera en un 
desenfrenado ataque de pnico.

Para sorpresa de Dusty, el teniente Bizmet tom la repentina 
indisposicin de Martie por una nueva manifestacin de duelo. 
Permaneci inmvil mirndola con evidente apuro, balbuce 
unas palabras de nimo y se volvi hacia Dusty con una 
expresin comprensiva en el rostro.

Los dems agentes echaron un vistazo a Martie, pero, 
desasistidos por su instinto de sabuesos, prosiguieron sus 
diversas tareas y conversaciones.

-Bebe? -pregunt Bizmet a Dusty.

-Qu? -dijo Dusty, tan tenso que tard en comprender la 
pregunta, como si se la hubieran formulado en swahili-. Que 
si bebe? S, algo. Por qu?

-Llvesela a un bar tranquilo e invtela a un par de copas. Eso 
le calmar los nervios.

-Le agradezco el consejo -dijo Dusty.

-Pero usted no lo siga -rezong Bizmet.

-Cmo? -pregunt Dusty, azorado.

-Su mujer puede tomarse un par de copas, pero a usted le 
bastar con una, si tiene que conducir.

-Por supuesto. Nunca he dado positivo. Y quiero seguir as.

Temblorosa y jadeante, Martie segua mecindose en el sof, 
pero tuvo la presencia de nimo para intercalar unos cuantos 
sollozos de dolor. Consigui superar el ataque en un par de 
minutos, como haba hecho en el coche, camino de casa de 
Susan.

Con el agradecimiento y los buenos deseos de Bizmet, Martie 
y Dusty abandonaron el piso, en el que apenas haban 
permanecido una hora.

El temprano crepsculo invernal no haba conseguido 
apaciguar el ventarrn de la tarde. Su fro aliento, 
aromatizado por la salobridad del Pacfico y el yodo de las 
enmaraadas algas que se pudran en la cercana playa, 
hostigaba a Dusty y Martie, chillando y bufando como si los 
acusara de ocultacin y complicidad.

En los caticos siseos y restallidos de las agitadas copas de 
las palmeras, Dusty crea or el confuso pero acompasado 
tictac de un reloj. Lo perciba igualmente en sus pisadas, en la 
rotacin del pequeo molino de viento que adornaba el patio 
de una de las casas del paseo y en las sstoles y distoles de 
su propio corazn. El tiempo, agotndose.









Davy Crockett defenda El Alamo con coraje, secundado por 
sus compaeros habituales. Pero, en aquella ocasin, Davy 
contaba adems con el auxilio de Eliot Ness y un nutrido 
contingente de agentes federales.

Cabe imaginar que las ametralladoras, de haber estado a 
disposicin de los leales de El Alamo, habran alterado el 
histrico resultado de la batalla de 1836. Despus de todo, el 
can Gatling,* primera y tosca versin de la moderna 
ametralladora, no se invent hasta veintisis aos ms tarde. 
De hecho, por aquel entonces ni siquiera existan rifles 
automticos; las armas ms avanzadas de que disponan los 
combatientes eran de avancarga.

* Diseado por Richard Gatling y utilizado por primera vez durante la Guerra de 
Secesin, consista en seis caones de fusil que giraban a impulsos de una manivela y 
permitan cadencias de tiro sostenido de doscientos disparos por minuto.

Por desgracia para los defensores de El Alamo, en aquella 
oportunidad se encontraban sitiados no slo por el ejrcito 
mexicano, sino tambin por un buen puado de despiadados 
gnsteres de la poca de la Prohibicin armados con 
metralletas. La combinacin de la despiadada astucia de Al 
Capone y el talento para la estrategia militar del general 
Santa Ana poda resultar demasiado formidable para la 
resistencia coordinada de Crockett y Ness.

El doctor consider por un instante la posibilidad de complicar 
la pica batalla echando mano de los astronautas y las armas 
futuristas de su coleccin "Comando Galctico". No obstante, 
consigui resistirse a tan pueril impulso, porque la experiencia 
le haba enseado que cuantos ms elementos anacrnicos 
acumulaba sobre el tablero tanto menos satisfactoria era la 
partida. Para resultar entretenida, una sesin de juego exiga 
que controlara su desbordante imaginacin y se atuviera 
estrictamente a un guin ingenioso pero verosmil. Colonos, 
soldados mexicanos, agentes federales, gnsteres y, encima, 
astronautas era pasarse de castao oscuro.

Descalzo y enfundado en un cmodo pijama negro de estilo 
ninja con cinturn de seda escarlata, el doctor paseaba en 
torno al campo de batalla, analizando cuidadosamente las 
posiciones de ambos ejrcitos. Mientras reconoca el terreno, 
agitaba un par de dados en el interior de un cubilete.

El inmenso tablero de juego era en realidad una mesa 
cuadrada de dos metros y medio de lado situada en el centro 
de la habitacin. El doctor poda modificar la orografa de 
aquellos seis metros cuadrados de terreno para cada partida 
combinando su amplia coleccin de elementos topogrficos 
hechos a medida.

Aparte de la mesa, el mobiliario de la sala de ochenta metros 
cuadrados se reduca a un silln y una mesita para el telfono 
y los piscolabis.

En aquella ocasin, las nicas luces encendidas eran unos 
focos instalados en el techo, justo encima del tablero de 
juego. El resto de la sala permaneca en penumbra.

Las cuatro paredes estaban enteramente cubiertas de vitrinas 
que exhiban centenares de juegos en sus cajas originales. La 
mayora de las cajas estaban nuevas o como nuevas, y 
ninguna poda calificarse de menos que excelente. Cada una 
contena todos sus elementos originales, figuras, edificios y 
accesorios.

Abriman slo adquira juegos Marx, fabricados por Louis Marx 
en los aos cincuenta, sesenta y setenta. Las diminutas 
figuras de plstico, bellamente producidas y primorosamente 
detalladas, alcanzaban centenares incluso miles- de dlares 
en el mercado de juguetes antiguos. Adems de las series de 
El Alamo y Los Intocables, la coleccin del doctor inclua Las 
Aventuras de Robin Hood, La Patrulla Americana, La Divisin 
Blindada, Ben-Hur, Campo de Batalla, El Capitn Gallant de la 
Legin Extranjera, Fuerte Apache, El Rodeo de Roy Rogers, La 
Academia Espacial de Tom Corbett y decenas de otros juegos, 
muchos por duplicado y triplicado, lo que le permita poblar la 
mesa con un amplsimo elenco de personajes.

Aquella noche el doctor estaba de un humor excelente. La 
partida desplegada sobre el tablero prometa ser 
tremendamente divertida. Y, lo que era an mejor, su otra y 
ms trascendental partida, la que se jugaba tras las paredes 
de aquella sala, cobraba inters de hora en hora.

El seor Rhodes segua leyendo El mensajero del miedo. Con 
toda probabilidad, Dustin careca de la imaginacin y la 
inteligencia necesaria para captar todas las claves que ofreca 
la novela, y sera incapaz de aprovecharlas para desenredar la 
maraa en que estaba atrapado. Sus posibilidades de salvarse 
y salvar a su mujer seguan siendo escasas, aunque ms 
numerosas que antes de abrir el libro.

Slo un narcisista incorregible, un megalmano o cualquier 
otro psictico persistira en practicar el mismo juego ao tras 
ao si supiera por adelantado que ganara todas las partidas. 
El jugador autntico -y mentalmente sano- necesitaba un 
asomo de incertidumbre, o al menos una chispa de suspenso, 
para apasionarse por el juego. Tena que poner a prueba sus 
habilidades y desafiar a la suerte, no para dar opciones al 
contrincante -jugar limpio era para los tontos-, sino para 
ejercitar sus facultades y disfrutar al lmite.

El doctor sola sembrar sus partidas de trampas contra s 
mismo. A menudo ni siquiera llegaban a saltar, pero la 
amenazadora posibilidad de que se produjera el desastre lo 
estimulaba y lo mantena alerta. Le gustaba dejarse llevar por 
aquel aspecto travieso de s mismo.

Por ejemplo, haba permitido que Susan tuviera conciencia del 
semen que depositaba en ella. Habra podido sugestionarla 
para que pasara por alto tan desagradable indicio, que ella 
habra rechazado y excluido de su mente. Dejndola ante 
aquella evidencia y sugirindole que dirigiera sus sospechas 
hacia su marido, el doctor haba creado un explosivo conflicto 
emocional de imprevisibles consecuencias. De hecho, haba 
provocado el peligroso incidente de la cmara de video, que 
haba cogido por sorpresa al propio Abriman.

El mensajero del miedo era slo una de las muchas trampas 
que haba instalado en aquella partida. Tras entregar el libro a 
Martie, le haba dado instrucciones para que olvidara de quin 
lo haba recibido y la haba persuadido de que se entretena 
leyendo unas pginas de la novela durante las sesiones de 
Susan, cuando en realidad ni siquiera haba llegado a abrirla; 
a continuacin, con deliberada torpeza, haba reforzado 
aquella patraa grabando en su mente unas cuantas frases 
sospechosamente generales, de las que podra echar mano si 
Susan o cualquier otra persona se interesaba por el libro. Si la 
tpica y superficial descripcin de la novela hubiera llamado la 
atencin a Susan, quiz le habra dado por hojearla, y tal vez 
hubiera descubierto que la historia ofreca semejanzas con su 
propia situacin. Adems, ni siquiera haba prohibido 
estrictamente la lectura del libro a la propia Martie, tan slo 
se la haba desaconsejado; a la larga. Quin sabe si no 
hubiera desatendido su consejo cuando l menos lo esperaba. 
En cambio, fuera cual fuese el motivo, el libro haba acabado 
en manos del seor Rhodes.

Dnde acaba la ficcin y empieza la realidad? Esa es la 
esencia de cualquier juego.

Mientras segua dando vueltas en torno a la gran mesa 
preguntndose quin saldra victorioso, si Crockett o Capone, 
el pijama negro del doctor produca un sedoso frufr. Cloc, 
cloc, hacan los dados en el cubilete.











De haber sido consultados, los diseadores de interiores 
habran respondido que la decoracin del local se inspiraba en 
los restaurantes italianos de estilo neomodernista. No 
mentiran, ni pecaran forzosamente de mojigatos, pero su 
respuesta errara el blanco. Toda aquella lustrosa madera 
oscura, todo aquel reluciente mrmol negro, tanta superficie 
lisa y resplandeciente, los vulviformes apliques luminosos de 
mbar y nice, el largo mural de detrs de la barra, que 
representaba una jungla naif de inverosmil exhuberancia, 
perlada de lluvia y atravesada por misteriosos y centelleantes 
ojos felinos... todo aquello hablaba de un solo y nico tema: 
sexo.

El establecimiento constaba de bar y restaurante, conectados 
por una enorme bveda flanqueada por columnas de caoba 
sobre basas de mrmol. A esa hora temprana, los empleados 
apenas haban salido de las oficinas; el comedor estaba casi 
vaco, mientras que una manada de solteros jvenes y 
adinerados acechaba en el bar con ms agresividad que 
cualquier felino de la jungla.

La camarera sent a Dusty y Martie en un reservado con 
bancos tapizados de cuero y de respaldos tan altos que era 
prcticamente un espacio privado, abierto a la sala por un 
solo extremo.

Martie se senta incmoda en un local tan concurrido, pues 
tema sufrir un ataque de pnico en toda regla y verse 
expuesta a nuevas mortificaciones. Slo la animaba el hecho 
de que, tras visitar la consulta del doctor Abriman, todas sus 
crisis de ansiedad haban sido relativamente leves y de corta 
duracin.

Aun a riesgo de ponerse en evidencia, prefera comer all a 
hacerlo en la intimidad de su cocina. No le apeteca volver a 
casa, porque el desbarajuste del garaje le recordara su 
obsesiva decisin de eliminar todas las armas potenciales de 
su vivienda.

Adems, el contestador automtico, ms temible que el 
garaje o cualquier otro vestigio de su prdida de control, la 
esperaba en su estudio. Y, tan seguro como que Halloween 
era en octubre, contena un mensaje de Susan, grabado la 
noche anterior.

Dusty y el sentido del deber le impediran borrarlo sin haberlo 
escuchado. Por otra parte, tampoco poda delegar en su 
marido tan ingrata responsabilidad. Le deba a Susan aquella 
atencin personal.

Para ser capaz de escuchar la voz de su difunta amiga y 
sobrellevar la culpa aadida que sin duda sentira, tena que 
hacer acopio de coraje. Y tomar algo.

Como ciudadanos respetuosos de la ley, siguieron el consejo 
del teniente Bizmet: una Heineken para Dusty, una Sierra 
Nevada para Martie.

Martie ingiri un Valium con el primer trago de cerveza, a 
pesar de la advertencia impresa en la etiqueta del frasco, que 
recomendaba no mezclar alcohol y benzodiacepinas.

Vive deprisa, muere joven. O vive como quieras, pero muere 
joven. Esas parecan sus opciones.

-Si anoche le hubiera devuelto la llamada... -murmur Martie. 

-No estabas en condiciones. Y aunque la hubieras llamado, no 
habras podido ayudarla.

-Si hubiera notado algo en su voz, habra pedido ayuda a otra 
persona.

-No hubieras notado nada. Al menos, nada de lo que crees, 
un desnimo ms profundo que otras veces, o una 
desesperacin suicida. 

-Nunca lo sabremos -repuso Martie apesadumbrada.

-Yo s lo s. Perfectamente -asegur Dusty-. No hubieras 
notado una desesperacin suicida, porque no se suicid.












Ness ya estaba fuera de juego: una baja de primera hora, un 
duro golpe para los defensores de El lamo...

El noble agente de la ley haba sido abatido por un clip.

El doctor retir del tablero el diminuto cadver de plstico.

Para determinar qu miembro de qu ejrcito abrira fuego a 
continuacin y qu arma usara, Abriman emple una 
compleja frmula que combinaba los resultados de una tirada 
de dados y de la extraccin al azar de una carta de la baraja.

Las nicas armas disponibles eran un clip disparado con una 
goma y una canica de mrmol lanzada con el ndice y el 
pulgar. Por supuesto, tan sencillos artilugios podan simbolizar 
diversos y temibles instrumentos de muerte: flechas, fusiles, 
caones, cuchillos de caza, hachas...

Por desgracia, el suicidio no formaba parte de la naturaleza 
de las figuritas de plstico, y sugerir que hombres como Davy 
Crockett y Eliot Ness fueran capaces de considerar siquiera la 
posibilidad de poner fin a sus vidas habra constituido un 
insulto incalificable a Estados Unidos y su ciudadana. Ambas 
circunstancias restaban parte de su fascinacin a los juegos 
de mesa del doctor.

En el juego que contaba, donde el plstico era carne y la 
sangre era real, habra que urdir otro suicidio a no mucho 
tardar. Skeet estaba de ms.

Inicialmente, en el momento de concebir la partida, el doctor 
haba previsto que Holden Caulfield, alias Skeet, fuera la 
estrella, el jugador que desencadenara el bao de sangre 
final. Su rostro aparecera en la cabecera de todos los 
noticiarios. Su absurdo nombre, tan infausto como el de 
Charles Manson, quedara inmortalizado en la leyenda 
criminal.

Tal vez debido a los frmacos con que le haban achicharrado 
el cerebro desde la infancia, Skeet result ser un sujeto poco 
apto para la programacin. Incluso estando hipnotizado, su 
capacidad de concentracin dejaba mucho que desear, y le 
costaba retener en el subconsciente los sencillos versos del 
cdigo que lo condicionaba. En vez de las tres sesiones de 
programacin habituales, el doctor haba tenido que dedicarle 
seis; posteriormente, haba comprobado la necesidad de 
someterlo a unas cuantas sesiones de reparacin, breves pero 
inslitas, para reinstalarle aquellas partes de su programa que 
se haban deteriorado.

En ocasiones, Skeet llegaba incluso a abandonarse al control 
del psiquiatra con slo or "Doctor Yen Lo", el nombre de 
activacin, y Abriman no necesitaba recitarle el haiku. Tan 
fcil acceso llevaba aparejado un intolerable riesgo de 
seguridad.

Ms temprano que tarde, Skeet tendra que recibir el clip, 
metafricamente hablando. Debera haber muerto el martes 
por la maana. Esa misma noche se acabara su suerte.

Los dados sumaban nueve. La carta era una reina de 
diamantes.

Abriman hizo sus clculos sin prdida de tiempo y determin 
que el siguiente disparo deba proceder de una figura situada 
en la esquina sudoeste del tejado de El Alamo: uno de los 
leales subordinados de Eliot Ness. No caba duda de que el 
inconsolable federal estara vido de venganza. Armado de 
una canica, que le proporcionaba una potencia ofensiva 
mucho ms letal que el simple clip, y apostado en una 
posicin inmejorable, estaba en situacin de hacrselas pagar 
todas juntas a los sitiadores mexicanos y a los facinerosos de 
la Mafia, que maldeciran el da en que aceptaron hacerle el 
trabajo sucio a Al Capone.











-No se suicid -repiti Dusty en voz baja e inclinndose hacia 
delante como un conspirador, aunque la algaraba del bar 
haca imposible que nadie aparte de Martie pudiera orlo.

La seguridad de su tono la dej sin habla. Los tajos de las 
muecas. La ausencia de seales de lucha. La inconfundible 
letra de Susan. El dictamen de suicidio pareca irrefutable.

Dusty levant el puo derecho y fue soltando los dedos a 
medida que enumeraba sus razones.

-Uno: ayer, mientras estaba con l en Nueva Vida, Skeet 
entr en trance al or el nombre "Doctor Yen Lo" y a 
continuacin me recit a trancas y barrancas el haiku que 
permite acceder a su subconsciente y programarlo.

-Programarlo... -dijo Martie dubitativa-. Sigue pareciendo tan 
increble...

-Tal como yo lo veo, es una programacin. Estaba esperando 
instrucciones. "Misiones", las llam l. Dos: cuando perd la 
paciencia y le dije que dejara de marearme y echara un 
sueecito, se desvaneci al instante. Obedeci a una orden 
imposible de cumplir. Porque, cundo se ha visto que alguien 
se quede frito en un abrir y cerrar de ojos, a voluntad? Tres: 
por la maana, cuando estaba a punto de saltar del tejado, 
dijo que alguien le haba dado instrucciones para que se 
tirara.

-Ya, el Angel de la Muerte.

-De acuerdo, se haba metido de todo. Pero eso no significa 
que no hubiera algo de verdad en lo que dijo. Cuatro: en El 
mensajero del miedo, el soldado al que le lavan el cerebro es 
capaz de cometer crmenes siguiendo las instrucciones de su 
programador, y a continuacin olvida hasta el ltimo detalle 
de lo que ha hecho; pero, no te lo pierdas, llegado el caso, 
obedecera igualmente la orden de suicidarse.

-No es ms que una novela.

-S, ya lo s. El estilo es gil, la trama es absorbente y los 
personajes son crebles. Te gusta.

A falta de respuesta, Martie le dio un sorbo a la cerveza.











El General Santa Ana haba muerto; se estaba reescribiendo 
la Historia. Ahora, Al Capone tendra que tomar el mando de 
las fuerzas combinadas del ejrcito mexicano y el hampa de 
Chicago.

El contigente de defensores de El Alamo no tena motivos 
para cantar victoria. Santa Ana era un formidable estratega, 
pero la saa de Capone no tena par.

En cierta ocasin, el Capone real, no su alter ego de plstico, 
haba torturado a un sopln con un taladro manual. Le 
inmoviliz la cabeza en un torno de husillo y, mientras sus 
secuaces sujetaban los brazos y las piernas del judas, el 
bueno de Al accion personalmente la manivela del taladro y 
atraves la frente de su aterrorizada vctima con la punta de 
diamante de la broca.

En cierta ocasin, el doctor haba asesinado a una mujer con 
un taladro, pero era un Black and Decker elctrico.












S, el libro de Condon es una novela -dijo Dusty , pero el 
lector tiene la sensacin de que las tcnicas de control 
psicolgico que describe se basan en una investigacin 
minuciosa, de que lo que propone como ficcin era bastante 
verosmil incluso en su poca. Y no olvides, Martie, que la 
accin del libro transcurre hace casi cincuenta aos. Antes de 
que la gente viajara en reactores.

-Antes de que el hombre llegara a la Luna.

-Exacto. Antes de que tuviramos telfonos mviles, 
microondas y patatas fritas sin grasa con la advertencia de 
que pueden provocar diarrea impresa en la bolsa. Imagina de 
lo que sern capaces hoy en da los especialistas en control 
mental, con todos los recursos de que disponen y la falta de 
escrpulos que los caracteriza. -Hizo una pausa para darle un 
sorbo a la Heineken; luego, aadi: Cinco: segn el doctor 
Abriman, era asombroso que Susan y t sufrierais fobias tan 
graves al mismo tiempo...

-Pero tambin opina que la ma podra ser consecuencia de la 
de Susan, que podra deberse a mi sensacin de fracaso al 
ver que no mejoraba, de m...

Dusty sacudi la cabeza y volvi a cerrar la mano.

-O puede que a las dos os implantaran las fobias, que las 
programaran en vuestro subconsciente como parte de un 
experimento o por cualquier otro motivo del que no tengo ni 
puetera idea.

-Pero el doctor Abriman ni siquiera ha sugerido...

-De acuerdo, es un gran psiquiatra -dijo Dusty irritado-, y se 
desvive por sus pacientes. Pero su profesin y su mentalidad 
lo condicionan para buscar causas y efectos psicolgicos, para 
explicar tu trastorno a partir de algn trauma de tu pasado. 
Puede que el motivo por el que Susan no pareca mejorar 
mucho fuera precisamente se, que no tena ningn trauma ni 
nada que se le pareciera. Y, Martie, si pueden programarte 
para que tengas miedo de ti misma, para que sufras esas 
visiones atroces, para que hagas las cosas que hiciste en casa 
ayer... qu no sern capaces de obligarte a hacer?

Tal vez era la cerveza. Tal vez, el Valium. Tal vez, la pura 
lgica de lo que escuchaba. Fuera cual fuese el motivo, las 
razones de Dusty le parecan cada vez ms convincentes.











Se llamaba Viveca Scofield. Era un pendn aspirante a actriz, 
veinticinco aos ms joven que el padre del doctor y tres ms 
que el propio doctor, que por entonces tena veintiocho. 
Durante el rodaje de la ltima pelcula del viejo, en la que 
interpretaba un papel secundario, haba usado sus muchos y 
considerables encantos para convertirse en su prometida.

Aunque el doctor no se hubiera muerto de ganas por 
substraerse a la influencia paterna y hacerse un nombre por 
mritos propios, habra tenido que vrselas con Viveca antes 
de que se convirtiera en la seora Abriman y, una de dos, se 
hiciera con la fortuna de la familia a base de intrigas o la 
dilapidara.

Pap, tan familiarizado con los usos de Hollywood, tan 
acostumbrado a embaucar a sus socios y achantar hasta al 
ms despiadado y psictico presidente de estudio, era viudo 
desde haca quince aos, el llorica ms excelso de su tiempo y 
tan vulnerable a ciertas cosas como insensible a otras. Viveca 
se habra casado con l, habra ideado algn modo de 
empujarlo a una muerte prematura, se habra comido su 
hgado encebollado la noche anterior al entierro y al da 
siguiente habra arrojado de la mansin a su hijastro con un 
Mercedes usado y una simblica asignacin mensual.

En consecuencia, y en inters de la justicia, el doctor estaba 
decidido a eliminar a Viveca la misma noche que a su padre. 
Prepar una segunda jeringuilla con tiobarbital de accin 
ultrarrpida y paraldehdo, con la intencin de inyectarla en la 
comida o el cuerpo de la cmica.

Tras comprobar que el insigne director yaca en la biblioteca 
con la vida segada por los petiss envenenados, pero antes 
de operarlo de la vista, el doctor sali en busca de Viveca, a 
la que encontr en la cama de su padre. Sobre la mesilla de 
noche haba una pipa de crack y diversos adminculos para el 
consumo de drogas, y junto a la joven, sobre las sbanas 
revueltas, un libro de poesa. La artista, que tena los labios 
llenos de pompas de saliva, roncaba como un oso que 
acabara de zamparse las ltimas uvas de la temporada medio 
fermentadas en la cepa.

Estaba tan desnuda como su madre la trajo al mundo, y tena 
ms de lo necesario para enardecer al joven doctor. No 
obstante, haba en juego un montn de dinero, y el dinero es 
poder, y el poder, mejor que el sexo.

Horas antes, durante un breve vis a vis, Viveca y l se haban 
enzarzado en una desagradable discusin a la que ella haba 
puesto fin mencionando que nunca lo haba visto deshacerse 
en lgrimas tal y como su padre tena por costumbre.

-T y yo nos parecemos -haba asegurado Viveca. Tu padre 
tiene lgrimas para dar y vender, a m en cambio se me 
haban acabado antes de cumplir los ocho. Y t ests tan seco 
como yo. Claro que tu problema, doctor, es que tienes un 
corazoncito raqutico y mustio, mientras que yo ni siquiera lo 
tengo. As que, como intentes poner a tu viejo en mi contra, 
te castrar y te har cantar temas de musicales para 
amenizarme la cena.

El recuerdo de aquella amenaza inspir al doctor una idea 
mejor que el sexo.

Se dirigi al extremo ms alejado de la propiedad de doce mil 
metros cuadrados, al completo almacn de herramientas y 
taller de carpintera que ocupaba el piso inferior del edificio en 
que vivan el matrimonio que administraba la finca, el seor y 
la seora Haufbrock, y el pen que cuidaba los terrenos, Earl 
Ventnor. Los Haufbrock se haban ausentado con una semana 
de vacaciones y, como de costumbre, Earl estara fuera de 
combate tras su cotidiana y patritica contribucin para 
inrpedir la quiebra de la industria cervecera estadounidense 
ante la competencia extranjera.

Sin necesidad, por tanto, de actuar con sigilo, el doctor eligi 
un taladro elctrico Black and Decker entre la coleccin de 
herramientas, y no olvid proveerse de un largo naranja de 
seis metros.

De vuelta al dormitorio paterno, enchuf el cable a una toma 
de la pared, conect el otro extremo al taladro y, 
empundolo, se subi a la cama y se sent a horcajadas 
sobre Viveca. La suripanta estaba tan colocada que haba 
seguido roncando mientras l haca los preparativos, y no se 
despert hasta que el doctor grit su nombre repetidas veces. 
Cuando por fin volvi en s, parpade y le sonri 
estpidamente, como si lo tomara por otro y creyera que el 
taladro elctrico era un caprichoso vibrador sueco.

Gracias a la excelente preparacin que haba recibido en la 
facultad de Medicina de Harvard, el doctor pudo aplicar la 
broca de acero de doce milmetros con quirrgica exactitud.

-Si es verdad que no tienes corazn -dijo a la amodorrada y 
sonriente Viveca-, ah dentro tiene que haber algo, y la mejor 
forma de averiguar de qu se trata es hacerle una biopsia.

El chirrido del pequeo pero potente motor del Black and 
Decker sac a la mujer de su estupor qumico. No obstante, 
para entonces la perforacin estaba en marcha, de hecho, 
casi acabada.

Tras tomarse su tiempo para apreciar lo encantadora que 
estaba muerta, el doctor se fij en el libro de poesa abierto 
sobre las sbanas. Un chorro de sangre haba empapado las 
dos pginas que permanecan a la vista, pero en medio de la 
mancha carmes, en un resplandeciente crculo de papel 
blanco, se lean tres versos:

Este fantasma de ptalos que caen se deshace en luna y 
flores...

An no saba que aquel poema era un haiku que haba sido 
escrito por Okyo en 1890, que aluda a la muerte inminente 
del propio poeta y que, como muchos haikus, era 
virtualmente imposible de traducir respetando el preceptivo 
esquema de cinco, siete y cinco slabas en que haba sido 
compuesto originalmente.

Lo que s saba era que aquel breve poema lo haba 
conmovido inesperada y profundamente, como nada haba 
conseguido conmoverlo hasta entonces. Expresaba, como l 
no podra expresar nunca, la percepcin de su propia 
mortalidad, informe y reprimida en su interior. Los tres versos 
de Okyo acababan de descubrirle, instantnea y 
dolorosamente, la triste y terrible verdad de que tambin l 
estaba condenado a morir. Tambin l era un fantasma, tan 
frgil como una flor, y un da se deshara y caera como una 
lluvia de ptalos marchitos.

Arrodillado en la cama, con el libro de haikus entre las manos, 
mientras lea los tres versos una y otra vez, ajeno al cadver 
sobre el que segua a horcajadas, el doctor sinti que el 
corazn se le encoga y la emocin le apretaba la garganta 
ante la perspectiva de su inexorable desaparicin. Qu breve 
es la vida! Qu injusta es la muerte! Qu insignificantes 
somos! Qu cruel es el universo!

Era tal la intensidad con que aquellas ideas atravesaban su 
mente, que al doctor no le cupo duda de que estaba llorando. 
Sosteniendo el libro con la mano izquierda, se llev la derecha 
a las mejillas, luego a los ojos, pero en vano. No obstante, 
segua convencido de que haba estado al borde de las 
lgrimas, y en ese momento supo que posea la capacidad de 
derramarlas si alguna vez experimentaba algo lo bastante 
triste como para desatascar su salobre fuente.

Aquel descubrimiento lo llen de gozo, porque demostraba 
que tena ms en comn con su padre de lo que crea y que 
Viveca Scofield se haba equivocado al compararse con l. 
Puede que ella no tuviera lgrimas, pero las suyas estaban 
guardadas, esperando el momento oportuno.

Tambin se haba equivocado en lo del corazn. Lo tena 
donde todo el mundo. Slo que haba cesado de latir.

Dejndola con el Black and Decker clavado en el pecho, como 
un trabajo de carpintera inacabado, el doctor se apart de 
Viveca, se sent en el borde de la cama y se concentr en la 
lectura del libro de haikus. All, en aquel lugar y en aquel 
momento tan inslitos, descubri su faceta de artista.

Cuando al fin consigui soltar el libro, subi el cuerpo de pap 
desde la biblioteca, lo acost en la cama, le limpi los restos 
de chocolate de los labios, diseccion su extraordinario 
aparato lagrimal y le extrajo sus tumosos ojos. Sac a Viveca 
unos decilitros de sangre, cogi seis braguitas tipo tanga de 
su cajn de la cmoda -era una prometida residente y le 
rompi una de las uas acrlicas.

Cuando entr en la vivienda de Earl Ventnor usando una llave 
maestra. se encontr con una rudimentaria rplica de la Torre 
Inclinada de Pisa hecha con latas de Budweiser vacas sobre 
la mesita de caf del cuarto de estar. Ms que arrellanado, el 
pen yaca despatarrado sobre el sof, roncando casi tan 
ruidosamente como la difunta Viveca mientras Rock Hudson 
pelaba la pava con Doris Day en una vieja pelcula de la 
televisin.

Dnde acaba la ficcin y empieza la realidad? Esa es la 
esencia de cualquier juego. Hudson cortejando a Day; Earl 
violando a la indefensa actriz y cometiendo un doble y brutal 
homicidio en un rapto de alcohlica lujuria... Creemos lo ms 
fcil de creer, sea ficcin o realidad.

El joven doctor derram parte de la sangre de Viveca sobre 
los pantalones y la camiseta del pen. A continuacin, emple 
el resto para empapar un tanga. Enred la ua rota en la 
prenda ensangrentada y guard las seis braguitas en el cajn 
inferior de la cmoda del dormitorio de Earl.

Cuando sali de la vivienda, Earl segua durmiendo a pierna 
suelta. Las sirenas lo despertaran.

En el cercano cobertizo donde se guardaban las cortadoras de 
csped y otros tiles de jardinera, el doctor encontr una lata 
de gasolina de veinte litros. La transport hasta la casa 
principal y la subi al dormitorio de su padre.

Tras guardar en una bolsa sus ropas manchadas de sangre, 
lavarse rpidamente y mudarse, roci los cuerpos con 
gasolina, arroj la lata vaca a la cama y prendi fuego a la 
pira.

El doctor estaba pasando una semana en la casa de 
vacaciones que su padre posea en Palm Springs y haba 
vuelto en coche a Bel Air aquella misma tarde para atender a 
tan urgentes asuntos familiares. Hecho su trabajo, regres al 
desierto.

A pesar de las muchas, bellas y valiosas antigedades que 
podan consumirse si los bomberos tardaban en acudir, 
Abriman slo se llev consigo la bolsa con su ropa 
ensangrentada, el libro de haikus y los ojos de su padre en un 
tarro lleno de una solucin fijadora temporal. Poco ms de 
hora y media despus, en Palm Springs, quem las prendas 
incriminatorias en la chimenea junto con unas astillas de 
cedro aromtico y, a continuacin, mezcl las cenizas con el 
abono de la pequea rosaleda del jardn, al otro lado de la 
piscina. Por arriesgado que fuera conservarlos, el doctor era 
demasiado sentimental para deshacerse de los ojos y del 
pequeo tomo de poesa.

Se qued despierto toda la noche viendo un maratn de 
viejas pelculas de Bela Lugosi que dur desde la puesta hasta 
la salida del sol, se zamp un litro de helado Rocky-Road y 
una bolsa grande de patatas fritas, se ech al coleto toda la 
cerveza de races y todos los refrescos que le vinieron en 
gana y captur un escarabajo del desierto con un vaso y lo 
tortur con una cerilla. Su filosofa personal se haba 
enriquecido inmensamente gracias a los tres versos de Okyo, 
y estaba decidido a no echar en saco roto la moraleja del 
haiku: la vida es corta y todos hemos de morir, as que ms 
vale aprovechar las oportunidades de diversin que se 
presentan.











Les sirvieron la cena y otra ronda de cervezas. Martie, que no 
haba desayunado y slo haba tomado un batido de vainilla a 
medioda, estaba muerta de hambre. Sin embargo, senta que 
tener apetito cuando acababan de encontrar a Susan muerta 
era una traicin a su amiga. La vida continuaba, y aunque 
uno estuviera afligido conservaba la capacidad de disfrutar, 
por terrible que pudiera parecer. Tambin era posible sentir 
miedo y placer al mismo tiempo, pues Martie saboreaba cada 
bocado de su cctel de gambas gigantes mientras escuchaba 
a su marido, que intentaba encontrar una explicacin lgica a 
la amenaza que penda sobre sus cabezas.

Dusty, con la mano izquierda cerrada, fue soltando los dedos 
uno a uno.

-Seis: si pudieron programar a Susan para someterla a 
repetidos abusos sexuales y borrar de su mente los recuerdos 
de lo que le hacan, si podan sugestionarla para que se 
dejara violar, qu no podran obligarla a hacer? Siete: 
aunque no tena pruebas, empez a sospechar lo que estaba 
ocurriendo, y puede que esa simple sospecha fuera suficiente 
para alarmar a sus programadores. Ocho: te confi sus 
sospechas, y ellos se enteraron y empezaron a temer que se 
las confiara a alguien a quien no controlaban, lo que 
significaba que tenan que eliminarla.

-Y cmo iban a enterarse?

-Puede que le hubieran intervenido el telfono. Hay mil 
posibilidades. Pero si decidieron acabar con ella, si le dieron 
instrucciones para que se suicidara y ella obedeci porque 
estaba programada, no puede hablarse de un autntico 
suicidio. Al menos desde el punto de vista moral, y puede que 
ni siquiera desde el punto de vista legal. Es un asesinato.

-Pero, qu podemos hacer nosotros?

Dusty se llev a la boca un trozo de bistec y medit la 
respuesta mientras lo masticaba.

-No tengo ni idea -dijo al fin-. Por ahora. De momento no 
podemos probar nada.

Si les ha bastado con llamarla por telfono para inducirla a 
suicidar-se mientras estaba encerrada a cal y canto entre sus 
cuatro paredes... qu vamos a hacer nosotros la prxima vez 
que suene el telfono? -pregunt Martie, sobrecogida.

Se miraron a los ojos y rumiaron la pregunta, ajenos a la 
comida. -No contestaremos -dijo Dusty al cabo de unos 
instantes. 

-No es una solucin muy prctica a largo plazo.

-Francamente, Martie, si no resolvemos esto cuanto antes, no 
s si merece la pena que hagamos planes a largo plazo.

Aunque no haba visto el cadver, Martie pens en Susan en 
la baera, y sinti que dos manos rasgueaban las cuerdas de 
su corazn: los dedos candentes del dolor y los glidos del 
miedo.

-No, yo tampoco -murmur-. Pero, qu podemos hacer? Por 
dnde vamos a empezar?

-Slo se me ocurre una cosa. Los haikus.

-Haikus?

-Salud -brome Dusty abriendo la bolsa de la librera, que 
haba llevado consigo al restaurante. Eligi dos de los siete 
libros que le haba comprado Ned, le tendi uno a Martie por 
encima de la mesa y se puso a hojear el otro-. A juzgar por el 
texto de la contraportada, los autores son clsicos del gnero. 
Probaremos primero con ellos, a ver si hay suerte. Deben de 
publicarse tantos haikus modernos que podramos pasarnos 
semanas buscando si no lo encontramos en los clsicos.

-Si no encontramos, qu?

-Un haiku que te d escalofros.

-Como las letras de Rod Stewart cuando tena quince aos? 

-Dios santo, no. Voy a hacer como que no lo he odo. Me 
refiero a algo parecido a lo que has sentido al leer ese nombre 
en El mensajero del miedo.

Martie poda pronunciarlo sin que le afectara como cuando lo 
oa de labios de otra persona.

-Raymond Shaw. Pues s, acabo de sentir un escalofro. 

-Ahora busca un haiku que te produzca el mismo efecto. 

-Y luego, qu?

En lugar de responder, Dusty dividi su atencin entre el 
bistec y su libro.

-Lo tengo! exclam apenas unos minutos despus-. No me 
ha puesto la carne de gallina, pero, vaya si lo conozco! 
"Claras cascadas... esparcen en las olas... azules hojas de 
pino."

-El haiku de Skeet...

Segn el libro, era un poema de Matsuo Basho, que vivi 
entre 1644 y 1694.

Gracias a la brevedad de los haikus, consiguieron leer un 
buen nmero en diez minutos. y fue Martie quien hizo el 
siguiente gran descubrimiento antes de acabarse el cctel de 
gambas.

-Bingo! Escrito por Yosa Buson, cien aos despus de tu 
Basho. "El viento de poniente... llueve hojarasca... en 
oriente."

-Es el tuyo?

-S.

-Ests segura?

-An estoy temblando.

Dusty le cogi el libro de las manos y ley los versos para s. 
La conexin era evidente.

-Hojas muertas.

-Mi pesadilla -dijo Martie.

Le picaba el cuero cabelludo, como si en ese mismo instante 
oyera al Hombre de Hojarasca arrastrando los pies hacia ella 
por la jungla tropical.











Tantos muertos... mil seiscientos en 1836, y centenares 
aquella noche de enero, al albur del dado y la baraja. Y la 
batalla no haba hecho ms que empezar.

Mientras jugaba a Los Intocables en El lamo, el doctor 
ultimaba los detalles de la eliminacin de Holden Caulfield, 
alias Skeet. Estara fuera de juego antes del alba, pero una 
muerte ms, en medio de aquella carnicera, careca de 
importancia.

Los ases de los dados y el as de picas de la baraja 
coincidieron en la misma jugada, lo que segn las complejas 
reglas del doctor significaba que los comandantes de ambos 
ejrcitos traicionaban a sus hombres y se pasaban al otro 
bando. A partir de ese momento, el coronel James Bowie, 
gravemente enfermo de tifoideas y neumona, capitaneara el 
ejrcito mexicano, mientras que Al Capone combatira por la 
independencia del territorio tejano.

Skeet no poda suicidarse en las dependencias de Nueva Vida. 
Abriman era socio comanditario de la clnica, con una 
sustancial participacin que proteger. Adems no tena 
motivos para preocuparse de que Dustin o Martie pusieran 
una denuncia por negligencia, algn pariente a quien el doctor 
no controlara, quiz un primo segundo que hubiera pasado los 
ltimos treinta aos en un cabaa del Tibet y ni siquiera 
conociera a Skeet, poda presentarse con un abogado y 
entablar un pleito por irregularidad en el ejercicio de la 
profesin cinco minutos despus de que el dichoso drogata se 
aplastara contra el suelo. Luego, un jurado de cretinos -como 
todos los que parecan seleccionar ltimamente- premiara al 
primo tibetano con una lluvia de millones. No, Skeet tena que 
salir de Nueva Vida voluntaria y abiertamente, contra el 
parecer de sus mdicos, y quitarse de en medio en otro sitio.

Una canica, disparada por uno de los hroes de El Alamo, fue 
dando botes por el campo de batalla y se llev por delante la 
friolera de nueve soldados mexicanos y dos hombres de 
Capone que no haban desertado con l al campo de los 
texanos.

San Antonio Valero, patrono de la misin franciscana en torno 
a la cual se haba levantado la magnfica fortaleza de El 
Alamo, hubiera llorado sangre ante la desgarradora e 
interminable hecatombe que estaba teniendo lugar a la 
sombra de su iglesia, de no ser porque haba abandonado 
este valle de lgrimas mucho antes de 1836. Era de suponer 
que tambin se hubiera sentido consternado al saber que Al 
Capone estaba demostrando ser mejor defensor del sagrado 
solar que Davy Crockett.

Por desgracia, la enfermera encargada de atender a Skeet 
durante el turno de tarde, Jasmine Hernndez, la de las 
deportivas rojas con cordones verdes, era una profesional 
incorruptible. El doctor no tena ni tiempo ni ganas de 
someter a la seorita Hernndez a las tres sesiones de 
programacin de rigor con el slo objeto de volverla ciega y 
sorda a las instrucciones que quera transmitir a Skeet. En 
consecuencia, no le quedaba ms remedio que esperar hasta 
que finalizara su turno. El enfermero que se hara cargo del 
paciente a medianoche era un imbcil perezoso que aparcara 
el culo en la sala de descanso del personal para ver la tele y 
pimplar Coca-Cola mientras l pegaba la hebra con el pattico 
hermanastro de Dustin.

No quera correr riesgos instruyndolo por telfono. El pobre 
Caulfield junior era un sujeto de programacin tan 
problemtico que convena aleccionarlo cara a cara.

El clip. Ping! Desastre. El coronel Bowie ha cado. El coronel 
Bowie ha cado! El ejrcito mexicano se ha quedado sin 
comandante. Capone se frota las manos.











El bosque, fresco y profundo, soberbio. Los grandes rboles 
crecen tan juntos que sus troncos, lisos, lustrosos, de un 
marrn rojizo, parecen rodearla con un muro de madera. 
Martie sabe que son caobas, aunque es la primera vez que las 
ve. Debe de encontrarse en una jungla sudamericana, el 
hbitat natural de esos rboles, pero no recuerda haber 
preparado el viaje o hecho las maletas.

Espera haber trado bastante ropa, la plancha de viaje y, 
sobre todo, una buena coleccin de antdotos, porque en ese 
preciso instante una serpiente le ha clavado los colmillos en el 
brazo izquierdo. Colmillo, singular. La serpiente parece no 
tener ms que uno, y extrao por dems: fino y brillante 
como una aguja. Su cuerpo, delgado y transparente, cuelga 
de una rbol plateado que slo tiene una rama y carece de 
hojas, pero Martie considera normal que la vegetacin y los 
reptiles del Amazonas le resulten exticos.

Evidentemente, el ofidio no es venenoso, porque Martie no se 
alarma, congo no se alarma Susan, que tambin toma parte 
en la expedicin sudamericana. En un momento est sentada 
en un silln, al otro lado del claro, vuelta a medias y visible 
slo de perfil, tan silenciosa e inmvil como si cavilara o 
meditara.

Por su parte, Martie est echada en una hamaca, o puede que 
incluso en algo eras slido, como un sof de mullido y 
lustroso cuero. Deben de estar disfrutando de un tour de lujo, 
si la organizacin se ha tomado la molestia de transportar 
sillones y sofs.

De vez en cuando ocurren cosas mgicas y divertidas. Un 
sandwich flota en el aire a juzgar por su aspecto, de manteca 
de cacahuete y pltano sobre gruesas rebanadas de pan 
blanco-, se mueve adelante y atrs, arriba y abajo, y va 
desapareciendo, como s, junto a ella, en plena jungla, 
hubiera un espritu, que almuerza con apetito. En el aire flota 
tambin una botella de cerveza  que se inclina hacia unos 
labios invisibles para  saciar la sed de la misma manera y, 
despus, una botella de zumo de uva. Martie se dice que todo 
aquello era de esperar, pues no en vano fueron los escritores 
sudamericanos quienes inventaron el estilo literario conocido 
como realismo mgico.

Otro toque mgico es la ventana abierta en la espesura, a sus 
espaldas y sobre sucabeza, que ilumina el claro y hace menos 
tenebrosa y sobrecogedora la jungla circundante. No puede 
imaginarse que han elegido un buen sitio para instalar el 
campamento.

A pesar de las hojas... El claro est cubierto de hojas secas, 
desprendidas de las caobas o tal vez de otros rboles, simples 
hojas muertas que sin embargo intranquilizan a Martie. 
Crujen y crepitan de vez en cuando, aunque nadie camina 
sobre ellas. Un soplo de brisa atraviesa la jungla, pero las 
hojas, incansables, tiemblan de una en una o forman 
pequeos remolinos, se agitan, se rozan y se arrastran por el 
campamento susurrando siniestramente, como si fueran 
capaces de maquinar y conspirar.

De pronto, sin previo aviso, se levanta un fuerte viento de 
poniente. La ventana, orientada al oeste, debe de estar 
abierta, porque el viento la atraviesa violentamente, como 
una presencia formidable y ululante que arrastra consigo ms 
hojas, grandes masas bulliciosas que baten y sisean como 
alas de murcilago, verdes y flexibles urcas, otras, secas y 
muertas. El viento levanta tambin las hojas del suelo, y un 
enorme remolino de broza gira alrededor del permetro del 
campamento -rojizas hojas otoales, lustrosas hojas verdes, 
ptalos, estpulas, brcteas enteras, gira como un tiovivo con 
extraas bestias de hojarasca en vez de caballos. De pronto, 
como convocadas por la flauta de Pan, todas las hojas vuelan 
al centro del claro para modelar la figura de un hombre, para 
entretejerse alrededor de la invisible presencia que siempre 
ha estado all, el fantasma del sandwich y los refrescos, para 
darle forma y sustancia. El Hombre de Hojarasca se yergue 
enorme y terrible, con el rostro erizado como una mscara de 
Halloween, las fauces melladas y dos agujeros negros a la 
altura de los ojos.

Martie intenta levantarse del sof antes de que aquella cosa la 
toque, antes de que sea demasiado tarde, pero se siente tan 
dbil como si hubiera contrado la malaria u otra fiebre 
tropical. 0 quiz la serpiente fuera venenosa y el veneno haya 
empezado a producirle efecto.

El viento ha trado las hojas de poniente, y Martie es el 
oriente, y las hojas tienen que penetrar en ella, porque ella es 
el oriente, y el Hombre de Hojarasca le pone una de sus 
speras manazas en la cara. Est hecho de hojas, montones 
de hojas arremolinadas, unas secas y crujientes, otras 
flexibles y hmedas, algunas cubiertas de mojosos hongos, de 
moho, y aquella cosa se las mete en la boca, y ella muerde, le 
arranca un trozo e intenta escupirlo, pero la boca se le sigue 
llenando de hojas y tiene que tragar, tragar o ahogarse, 
porque las hojas, estrujadas y convertidas en polvo, se le 
meten tambin por la nariz, y un amasijo de hojas mohosas 
penetra por cada uno de sus odos... Trata de gritar pidiendo 
ayuda a Susan, pero slo consigue jadear, intenta llamar a 
Dusty, pero Dusty no ha venido a Sudamrica o dondequiera 
que estn, Dusty sigue en California, nadie puede ayudarla, 
se est llenando de hojas, tiene el estmago repleto, los 
pulmones henchidos, la garganta, atascada, y un frentico 
remolino ha empezado a girar en su cabeza, dentro de su 
crneo, le arada la superficie del cerebro, le impide pensar; 
impide que aparte su atencin del ruido de las hojas, de los 
incesantes aleteos, crujidos, chasquidos, roces, susurros, 
siseos y crepitaciones de las hojas...

-Y en ese momento, me despierto -dijo Martie.

Baj la vista hacia la ltima gamba, que yaca sobre los restos 
de un lecho de pasta y pareca menos un crustceo que una 
crislida, como las que encontraba de nia en las copas de los 
rboles. En lo alto de uno de aquellos colosos de vasto 
ramaje, en su magnfico palio de sol, aire puro y follaje verde 
esmeralda, haba descubierto en cierta ocasin una autntica 
plaga, docenas de abultados capullos fuertemente adheridos a 
las hojas, que se curvaban para envolverlos parcialmente, 
como si algo indujera al rbol a proteger a los parsitos que 
se alimentaban de l. Con ligera repugnancia, pero dicindose 
que despus de todo las orugas acaban convirtindose en 
mariposas, observ los ovillos de seda y advirti que algunos 
estaban llenos de bulliciosa vida. Decidida a liberar a las 
aladas maravillas que se debatan en su interior minutos o tal 
vez horas antes de lo que les corresponda, Martie desteji 
con cuidado las capas de seda de uno de los capullos. Pero en 
su interior no encontr una mariposa prpura o dorada, ni 
siquiera una polilla, sino decenas de cras de araa que 
emergan de sus diminutos cascarones. Despus de aquel 
descubrimiento, ya no volvi a embriagarla el simple hecho 
de estar en la descollante copa de un rbol, ni en lo ms alto 
de ningn sitio; despus de aquello, comprendi que por cada 
criatura que vive bajo una piedra o se arrastra por el barro, 
hay otra no menos repulsiva que medra en las alturas, 
porque, aunque este mundo es maravilloso, tambin es un 
mundo cado.

Perdido el apetito, perdon a la ltima gamba y recurri a la 
cerveza. 

-Ojal me hubieras contado tu pesadilla con tanto detalle 
mucho antes dijo Dusty apartando los restos de su cena.

-Slo era un sueo. Adems, de qu te hubiera servido?

-De nada reconoci Dusty-. Al menos hasta anoche. Despus 
de soar con la garza, hubiera descubierto las conexiones 
inmediatamente. Aunque no estoy seguro de cmo las 
hubiera interpretado.

-Qu conexiones?

-Tanto en tu pesadilla como en la ma hay una... una 
presencia invisible. Y ambas giran en torno al tema de la 
posesin, en ambas existe una presencia oscura e insidiosa 
que fuerza su entrada en nuestro corazn, en nuestra mente. 
Y el gotero intravenoso, claro, que no habas mencionado 
hasta ahora.

-Qu gotero?

-En mi sueo est claro que es un gotero, colgado de la 
lmpara de pie de nuestro dormitorio. En el tuyo, es una 
serpiente.

-Pero es una serpiente autntica.

Dusty mene la cabeza.

-La mayora de las cosas que aparecen en este tipo de sueos 
no son lo que aparentan. Son smbolos, metforas. Porque 
estas pesadillas son algo ms que sueos.

-Son recuerdos -aventur Martie, y al tiempo que lo deca 
tuvo la sensacin de no equivocarse.

-Recuerdos reprimidos de nuestras sesiones de programacin 
confirm Dusty. Nuestros... controladores, llammoslos as, 
sean quienes sean, borraron de nuestras mentes esos 
recuerdos, tuvieron que hacerlo, porque no les interesa que 
recordemos nada de lo que nos han hecho.

Pero las experiencias siguen guardadas en algn lugar de 
nuestras conciencias, en lo ms profundo...

-Y cuando afloraron tuvieron que hacerlo disfrazadas de 
smbolos, porque se nos haba prohibido el acceso a ellas de 
cualquier otro modo.

-Es como cuando borras un documento de tu ordenador; 
desaparece del directorio y no puedes acceder a l, pero sigue 
en el disco duro, virtualmente para siempre.

Dusty le cont su sueo de la garza y el relmpago.

Cuando acab, Martie sinti que sus absurdos miedos volvan 
a agitarse en su interior, con la frentica energa de un millar 
de cras de araa emergiendo de sus cascarones a lo largo de 
su espina dorsal.

Baj la cabeza y clav la mirada en el fondo de la jarra de 
cerveza, que aferraba con ambas manos. Si se la tiraba a 
Dusty, lo dejara inconsciente. Si la rompa golpendola 
contra la mesa, podra usarla para desfigurarle el rostro.

Temblando, rez para que el camarero no acudiera a retirar 
sus platos en ese momento.

El ataque remiti al cabo de uno o dos minutos.

Martie levant la cabeza y dirigi la vista hacia el sector del 
restaurante visible desde el reservado. Haba ms mesas 
ocupadas y ms camareros sirviendo que cuando haban 
llegado, pero nadie la miraba, extraado o no.

-Ests mejor? -le pregunt Dusty.

-No ha sido de los ms fuertes.

-El Valium y la cerveza.

Supongo -murmur Martie.

Dusty se dio un golpecito en el reloj.

-Los tienes casi exactamente cada hora, pero mientras sean 
tan leves.

Martie tuvo una escalofriante premonicin: que aquellos 
breves ataques no eran ms que trailers del gran e inminente 
estreno, escenas sueltas de una pelcula espeluznante.

Mientras esperaban que el camarero les trajera la cuenta y 
luego el cambio, volvieron a hojear las antologas de haikus.

Tambin esa vez fue Martie quien hizo un hallazgo, otro 
poema de Matsuo Basho, el autor del haiku de las agujas de 
pino de Skeet.

El relmpago destella y el graznido de la garza atraviesa la 
noche.

En lugar de recitarlo, le pas el libro a Dusty.

-Tiene que ser ste. Los tres son de autores clsicos.

Martie advirti que Dusty se estremeca al leer el poema.

El cambio lleg al fin con un ltimo "gracias" del camarero, 
seguido del usual "que tengan un buen da", aunque el sol se 
haba puesto haca dos horas.

-Sabemos que los nombres que nos activan proceden de la 
novela de Condon dijo Dusty mientras calculaba y dejaba la 
propina-, as que no puede costarnos mucho averiguar el mo. 
Ahora conocemos nuestros haikus. Me gustara saber qu 
ocurre cuando... cuando los usamos nosotros. Pero desde 
luego ste no es el mejor sitio para intentarlo.

-Entonces, cul?

-Volvamos a casa.

-Estaremos seguros?

-Lo estaremos en algn sitio? respondi Dusty.












Solo la mayor parte del da, suelto en el patio trasero pero 
privado de salir a la calle como merece cualquier buen perro, 
alimentado por un gigante al que slo haba visto un par de 
veces, Valet tena todo el derecho del mundo a estar 
enfurruado, mostrarse arisco e incluso a recibirlos con un 
gruido de reproche. En cambio, se encontraron con un 
torbellino pelirrubio de jadeante perdn, que coleaba y se 
alzaba sobre los cuartos traseros para que lo achucharan, 
daba brincos de puro contento porque sus amos haban vuelto 
y morda un pato de goma amarilla para producir un guirigay 
de cuacus.

Haban olvidado decirle a Ned Motherwell que no lo dejara a 
oscuras, pero el capataz haba encendido las luces de la 
cocina por iniciativa propia.

Sobre la mesa, Ned haba dejado adems una nota pegada a 
un sobre acolchado: "Dusty, he encontrado esto apoyado 
contra la puerta de la entrada".

Martie rasg el sobre y Valet se alborot, probablemente 
porque las bolsas de sus galletas hacan un ruido similar. 
Contena un libro de tapa dura y vistosa sobrecubierta.

-Es del doctor Abriman.

Perplejo, Dusty le cogi el libro de las manos mientras Valet 
estiraba el pescuezo y lo husmeaba.

Era el ltimo best-sller de Abriman, un libro de autoayuda 
que prometa ensear al lector a quererse a s mismo.

Ni Dusty ni Martie lo haban ledo, porque preferan las 
novelas. En realidad, para Dusty las ficciones eran no slo 
una preferencia, sino una cuestin de principios. En una poca 
en que las distorsiones, las falsedades y las mentiras puras y 
duras eran el pan nuestro de cada da para grandes sectores 
de la sociedad, le pareca ms probable encontrar la verdad 
en una obra de imaginacin que en metros de estanteras 
repletas de sesudos ensayos.

Claro que aqul era del doctor Abriman, que sin duda lo 
habra escrito con la misma escrupulosidad de que haca gala 
en su consulta privada.

-Por qu no nos habr dicho que nos lo enviaba por correo? -
murmur Dusty mirando la foto de la sobrecubierta.

-No ha llegado por correo -dijo Martie hacindole notar la 
ausencia de franqueo. Lo ha trado un propio, y no 
precisamente del doctor Abriman.

En el remite constaban el nombre y la direccin de Roy 
Closterman. Entre las pginas del libro haba una breve nota 
del mdico:

Mi recepcionista pasa por delante de vuestra casa camino de 
la suya, de modo que le he pedido que os llevara esto. He 
pensado que quiz no hayis ledo ningn libro del doctor 
Abriman y que podra interesaros el que acaba de publicar.

-Qu curioso -dijo Martie.

-Y que lo digas. No le gusta el doctor Abriman.

-A quin?

-A Closterman.

-Por qu no le va a gustar? -se sorprendi Martie.

-Porque no. Lo he notado. Su expresin, el tono de su voz...

-Eso son imaginaciones tuyas. El doctor Abriman es un gran 
psiquiatra. Se desvive por sus pacientes...

Cua, cua, hizo el pato de goma.

-S, lo s... No hay ms que ver cunto has mejorado despus 
de la primera sesin.

Dando brincos por la cocina, agitando las orejas y haciendo 
chasquear las patas en las baldosas, Valet morda el mueco 
de goma y soltaba ms y mas que toda una bandada de 
autnticos patos.

Sintate, Valet le orden Martie, y se volvi hacia Dusty-: 
Puede que el doctor Closterman... puede que tenga celos 
profesionales.

Dusty haba empezado a hojear el libro desde la primera 
pgina.

-Celos? Pero si Closterman no es psiquiatra... El doctor 
Abriman y l tienen distintas especialidades.

Siempre obediente. Valet haba dejado de corretear por la 
cocina, pero segua torturando al pato de goma, y Dusty 
empezaba a sentirse como si se hubieran colado en una 
pelcula de dibujos animados protagonizada por los dos astros 
palmpedos. Lucas y Donald.

Dusty estaba un tanto molesto con Closterman por aquel 
regalo inopinado. Considerando la discreta aunque 
inconfundible antipata que haba mostrado por Abriman, su 
intencin no poda ser ni inocente ni caritativa. Pareca un 
acto de irritante mezquindad.

En la pgina siete del libro de Abriman, Dusty se top con un 
breve epgrafe previo al primer captulo. Era un haiku.

Este Fantasma de ptalos que caen se deshace en luna 
Olores...

Okyo, 1891

-Qu pasa? -pregunt Martie.

-Algo parecido a una msica de terernn, salida de una vieja 
pelcula de Boris Karloff, sollozaba y gorjeaba en el interior de 
la cabeza de Dusty. 

-Dusty?

-Una pequea coincidencia dijo ensendole el haiku.

Martie ley los tres versos con la cabeza inclinada, como si 
tambin pudiera or la msica para la que haban sido 
compuestos.

-Qu extrao.

El perro volvi a ladrar.

Martie se qued atrs mientras suban las escaleras.











Dusty comprenda que temiera or la voz de Susan en el 
contestador. Se haba ofrecido a escuchar el mensaje en su 
lugar y transmitrselo a continuacin, pero a los ojos de 
Martie aquello hubiera sido una cobarda moral.

En el estudio del piso superior, el amplio escritorio en forma 
de U proporcionaba a Martie todo el espacio que necesitaba 
para conducir a los hobbits desde Eriador, a travs de las 
tierras de Gondor y Rhovanion, hasta el siniestro reino de 
Mordor, suponiendo que la vida le diera la oportunidad de 
regresar al congruente universo de Tolkien. Los dos 
ordenadores y la impresora ocupaban menos de un tercio del 
territorio.

El contestador automtico conectado al telfono era el mismo 
que usaba desde que acab la carrera. En la era de los 
cachivaches electrnicos se haba quedado, ms que viejo, 
obsoleto. Segn la ventanilla indicadora, la cinta contena 
cinco mensajes.

Martie, que apenas haba traspuesto el umbral, permaneci 
en pie lejos del escritorio, como si la distancia pudiera 
ahorrarle el impacto emocional de la voz de Susan.

Tambin all haba un cojn con funda de borrego para Valet, 
que sin embargo se qued junto a su ama, como si supiera 
que necesitaba su apoyo.

Dusty puls "Mensajes". La cinta se rebobin y se puso en 
marcha desde el principio.

El primer mensaje era el que haba dejado Dusty la tarde de 
la vspera, cuando llam a Martie desde el aparcamiento de 
Nueva Vida.

"Escarlata, soy yo, Rhett. Slo llamaba para decir que, 
despus de todo, s me importa.. "

El segundo era de Susan, que deba de haber llamado poco 
despus de que Martie se durmiera por primera vez, exhausta 
y bajo los efectos del whisky, y antes de que despertara de la 
pesadilla y corriera al botiqun del bao en busca de 
somnferos.

"Soy yo. Qu ocurre? Ests bien? Piensas que me he 
vuelto loca? Si es as, da igual. Pero llmame."

Como empujada por la voz de su amiga, Martie haba 
retrocedido dos pasos y se haba quedado en la puerta. 
Estaba plida, pero no tanto como sus manos, que alz para 
cubrirse el rostro.

Valet, sentado junto a ella, la miraba con la cabeza ladeada y 
las orejas tiesas, confiando en contrapesar el dolor de su ama 
con su sensatez canina.

El tercer mensaje, grabado a las tres y veinte de la 
madrugada, tambin era de Susan. Deba de haberlo dejado 
mientras Dusty se lavaba las manos en el cuarto de bao y 
Martie dorma "con la placidez de un nio de pecho". como 
garantizaban los anuncios televisivos del especfico.

"Martie, soy yo. Martie, ests ah?"

Susan haca una pausa, esperando que alguien cogiera el 
auricular, e, inmvil en el umbral, Martie sofoc un grito.

-S -dijo, desgarrada por el dolor y el remordimiento, y el 
significado de aquel monoslabo era evidente: "S, estaba 
aqu; s, tal vez hubiera podido ayudarte; s, te dej sola".

"Oye, si ests ah, coge el telfono, por lo que ms quieras."

Durante la siguiente pausa, Martie se apart las manos del 
rostro y mir aterrada el contestador automtico.

Dusty saba lo que Martie esperaba or a continuacin, porque 
era lo mismo que esperaba l. Las incoherencias de una 
suicida. Splicas de ayuda, de consejo, de aliento, a su mejor 
amiga.

"No es Eric, Martie. Es Abriman. Abriman! Tengo a ese 
cabrn grabado en video. El muy hijo de... con lo bien que le 
arregl lo de la casa. Martie, por favor, llmame. Por favor. Te 
necesito."

Dusty detuvo la cinta antes de que el aparato reprodujera el 
cuarto mensaje.

La casa pareca sacudida por un temblor, como si dos placas 
continentales acabaran de colisionar en las profundidades de 
la costa de California; pero el terremoto era estrictamente 
mental.

Dusty mir a Martie.

Qu ojos los suyos. La conmocin haba agrietado incluso la 
dura costra de dolor que les daba un tono ms azul del 
habitual. En aquel momento, haba en ellos algo que nunca 
haba visto en los ojos de nadie, un fulgor que no habra 
sabido definir.

-Al final debe de haber perdido la cabeza -se oy decir. 
Porque eso es absurdo. A qu video se refiere? El doctor 
Abriman es... ... un gran psiquiatra...

-Se desvive...

-...por sus pacientes.

Aquella tenue msica de terernn, desafinada y 
sobrecogedora, volva a sonar en la sala de conciertos del 
crneo de Dusty; en realidad no era msica, sino el 
equivalente psquico de un fuerte zumbido de odos, un 
tinnitus mental. Lo causaba lo que los psiclogos de a cien 
dlares la hora llaman "disonancia cognitiva": la aceptacin 
simultnea de juicios diametralmente opuestos respecto a un 
mismo asunto. El asunto en cuestin era el doctor Abriman. 
Dusty experimentaba una disonancia cognitiva porque crea 
que Abriman era un gran psiquiatra y al mismo tiempo un 
violador, crea que Abriman era un mdico profundamente 
preocupado por el bienestar de sus pacientes y tambin un 
asesino, un abnegado terapeuta y un cruel manipulador.

-No puede ser cierto -dijo al fin.

-No -murmur Martie.

Pero el haiku...

-La jungla de caobas de mi sueo...

-Las paredes de su consulta estn forradas de caoba...

-Y tiene un ventanal orientado a poniente... dijo Martie. 

-Es una locura.

-Aun suponiendo que fuera l, por qu nosotros?

En tu caso, lo imagino -dijo Dusty, sombro por la misma 
razn que Susan. Pero, yo?

-Y Skeet?

En la cinta haba otros dos mensajes. El primero se haba 
grabado a las nueve de la maana y el segundo, a las cuatro 
de la tarde. Ambos eran de la madre de Martie. El primero, 
breve; Sabrina slo quera charlar con su hija.

En el segundo, mucho ms largo, la preocupacin de la mujer 
era evidente, porque Martie trabajaba en casa y no sola 
tardar ms de un par de horas en devolverle las llamadas. El 
mutismo de su hija le haba inspirado todo tipo de 
apocalpticas especulaciones. Igualmente tcita en el 
embarullado mensaje -pero evidente a cualquiera 
familiarizado con el talento de Sabrina para las indirectas- se 
adivinaba la esperanza de que (1) Martie hubiera acudido a 
una cita con un abogado matrimonialista, (2) Dusty estuviera 
alcoholizado y Martie lo hubiera acompaado para ingresarlo 
en una clnica de desintoxicacin, (3) Dusty hubiera resultado 
ser un mujeriego y estuviera en el hospital recuperndose de 
la tunda, una seora tunda que le habra propinado el marido 
de otra, o (4) el borracho de Dusty se estuviera 
desintoxicando en una clnica despus de recibir una paliza de 
padre y muy seor mo a manos de algn marido, mientras 
Martie iniciaba los trmites de divorcio en el despacho de un 
abogado matrimonialista.

En cualquier otro momento, Dusty se habra sentido dolido; 
en aquella ocasin, la animosidad de su suegra no le dio ni 
fro ni calor. Rebobin la cinta hasta el mensaje crucial de 
Susan. Sin lugar a dudas, era ms duro escuchar sus palabras 
la segunda que la primera vez. Susan estaba muerta, pero su 
voz segua sonando.

Abriman el sanador, Abriman el manipulador.

Disonancia cognitiva.

La cinta del contestador automtico no era la prueba 
concluyente que necesitaban, porque Susan no haba sido lo 
bastante explcita. No acusaba al psiquiatra de violacin; en 
realidad, no lo acusaba de otra cosa que de ser un bastardo.

Sin embargo, la cinta contena un testimonio valioso, que 
deban proteger.

Mientras Dusty extraa la microcasete, coga un rotulador rojo 
del escritorio y escriba "SUSAN" en la etiqueta, Martie 
introdujo una cinta virgen en el aparato. Dusty guard la 
grabada en el cajn central del escritorio.

Martie estaba deshecha.

Susan haba muerto. Y el doctor Abriman, que pareca su 
tabla de salvacin en un mundo repentinamente desquiciado, 
se haba convertido, segn todas las apariencias, en una 
espada de Damocles.

Dusty telefone a la consulta de Roy Closterman desde la 
cocina, obtuvo respuesta del servicio que atenda las llamadas 
fuera de horario y asegur que Martie sufra una reaccin 
alrgica a la medicacin que le haba prescrito el doctor.

-Es una urgencia.

Mientras sus amos esperaban que les devolvieran la llamada 
sentados a la mesa de la cocina, Valet, tumbado debajo, solt 
un suspiro para dejar claro que estaban perdiendo un tiempo 
precioso que hubieran podido aprovechar jugando al 
escondite o a la pelota.

Dusty hoje El mensajero del miedo en busca de un nombre 
que le produjera un escalofro como el que haba sentido al 
leer el haiku de la garza. En la sala de espera del doctor 
Abriman, haba ledo bastantes pginas de la novela como 
para haber topado, si no con todos, con la mayora de los 
personajes principales, pero ninguno de sus nombres haba 
conseguido ponerle la piel de gallina. De pronto, cuando se 
acercaba al final del libro, dio con un personaje sin 
importancia que le produjo el efecto deseado: Viola Narvilly, 
una cantante de pera de segunda categora con un nombre 
un tanto ridculo para que Abriman -o quien fuese- lo 
escogiera con un propsito criminal.

A continuacin, decidieron probar suerte con sus haikus. 
Dusty pronunci el nombre que activaba a Martie:

-Raymond Shaw.

-Estoy escuchando dijo Martie mirando al vaco y, sin 
embargo, alerta.

-El viento de poniente...

T eres el poniente y el viento de poniente.

De pronto, Dusty se sinti incapaz de seguir recitando los 
versos del haiku, porque ignoraba cmo actuar si consegua 
acceder al subconsciente de Martie. Si abra su programa, la 
expondra a una situacin de extrema vulnerabilidad, y las 
sugerencias o preguntas que le hiciera podran tener 
consecuencias tan imprevisibles como graves y causarle 
daos psicolgicos difciles de imaginar.

Adems, ignoraba cmo poner fin al trance y devolverla a la 
plena conciencia, salvo dicindole, como a Skeet, que se 
durmiera. Pero, en Nueva Vida, Skeet haba cado en un 
sueo tan profundo que no haban podido despertarlo ni 
llamndolo por su nombre, ni sacudindolo, ni siquiera 
administrndole sales de olor; el chico haba vuelto en s 
espontneamente. Si la sensacin de que se les agotaba el 
tiempo no era pura paranoia, no podan correr el riesgo de 
que Martie cayera en un semicoma narcolptico del que no 
sabra cmo sacarla.

Al no escuchar el segundo verso del haiku, Martie parpade y 
recobr la conciencia al tiempo que la expresin de arrobo se 
esfumaba de su rostro.

-Qu?

Dusty le confi sus temores.

-Sin embargo, habra funcionado -asegur-. Ya no me cabe 
duda. Ahora prueba t conmigo... pero no pases del primer 
verso.

Martie, que desconfiaba de su memoria, ech mano de la 
antologa de haikus.

Dusty la vio abrir la boca y...

...y a continuacin vio al retriever con la cabezota apoyada en 
su regazo, dndole o pidindole nimos.

Una fraccin de segundo antes, Valet estaba hecho un ovillo a 
sus pies.

No, nada de una fraccin. Haban pasado diez o quince 
segundos, puede que ms, un lapso de cuyo transcurso no 
tena conciencia. Era evidente que haba reaccionado a "Viola 
Narvilly", el nombre con que lo haba activado Martie, y que el 
perro, percibiendo la extraa actitud de su amo, se haba 
levantado para investigar.

-Es espeluznante -dijo Martie cerrando el libro y apartndolo 
de s con una mueca, como si de una biblia satnica se 
tratara-. Has puesto una cara... como si estuvieras ido.

-Ni siquiera recuerdo que me hayas dicho el nombre.

-Pues te lo he dicho. Y el primer verso del poema: "El 
relmpago destella".Y t has contestado: "El relmpago eres 
t".

Son el telfono.

Dusty estuvo a punto de volcar la mesa al levantarse, y se 
abalanz hacia el telfono mural preguntndose si su "Diga" 
obtendra la respuesta del doctor Closterman o un "Viola 
Narvilly" pronunciado por otra persona. Slo un hilo los 
separaba de la esclavitud.

-Closterman.

Dusty se disculp por mentir para que los llamara cuanto 
antes. 

-No se trata de una reaccin alrgica, pero s de una urgencia. 
El libro...

-Aprenda a quererse -dijo Closterman.

-Exacto. Por qu nos lo ha enviado, doctor?

-He pensado que debais leerlo respondi Closterman sin 
inflexin alguna en la voz que pudiera interpretarse como 
elogio o censura del libro o su autor.

-Doctor... dijo Dusty buscando las palabras; luego, decidi 
hablar claro. Mire, voy a serle franco. Me parece que tenemos 
un problema con el doctor Abriman. Un grave problema.

Al tiempo que lo deca, una voz interior le reprochaba su 
ingratitud. El psiquiatra era un profesional excelente y 
abnegado que no haba hecho nada para merecer aquella 
desconfianza, aquella falta de respeto. Dusty se senta 
culpable, desagradecido, desleal, ridculo... Y aquellos 
sentimientos le daban miedo, porque, dadas las 
circunstancias, tena sobrados motivos para sospechar del 
terapeuta. Aquella voz interior, firme y convincente, no era la 
suya, sino la de una presencia invisible, la misma que 
apretaba la pera del esfignomanmetro en su sueo, la 
misma que convocaba en su torno la furia de las hojas 
muertas en la pesadilla de Martie, y en esos momentos se 
paseaba por los corredores de su mente, invisible pero no 
muda, urgindolo a confiar en el doctor Abriman, a abandonar 
sus absurdas sospechas, a confiar y tener... fe.

Closterman arroj una pregunta al pozo de mutismo en que 
se haba hundido Dusty.

-Martie ya se ha entrevistado con l, me equivoco?

-Esta tarde. Pero ahora creemos... La cosa viene de atrs. De 
hace meses y meses, cuando empez a acompaar a su 
amiga a la consulta de Abriman. Doctor, va a pensar que me 
he vuelto loco...

-No necesariamente. Pero no deberamos seguir hablando de 
este tema por telfono. Podis venir aqu?

-Adnde?

-Vivo en la isla de Balboa.

Closterman le dio la direccin.

-Llegaremos enseguida. Podencos llevar al perro?

-Claro, jugar con Charlotte.

Dusty colg el auricular y se volvi hacia su mujer.

Tal vez no sea buena idea dijo Martie. Estaba escuchando su 
propia voz interior. Si llamramos al doctor Abriman y nos 
sincerramos con l... tal vez nos lo explicara todo. La 
invisible presencia que recorra los pasillos de su mente 
propona a Dusty, casi palabra por palabra, lo mismo que 
sugera su mujer. Dios mo -murmur Martie ponindose en 
pie-. Pero, qu demonios estoy diciendo?

Dusty sinti calor en la cara y supo que si se miraba a un 
espejo comprobara que tena las mejillas rojas. La vergenza 
lo quemaba por dentro, vergenza por sus sospechas, por su 
renuencia a conceder al doctor Abriman la confianza y el 
respeto que se mereca.

-Esto no puede estar pasando -dijo con voz temblorosa . Es 
como si estuviramos dentro de una nueva versin de los 
ladrones de cuerpos.

Valet haba salido de debajo de la mesa. Se haba quedado 
quieto, con la cola entre las patas, los hombros cados y la 
cabeza gacha, en sintona con el humor de sus amos.

Por qu quieres que llevemos a Valet? -pregunt Martie.

Porque me parece que no vamos a volver en una temporada. 
Aqu no estamos seguros. Venga dijo Dusty cruzando la 
cocina en direccin al pasillo-. Vamos a hacer las maletas con 
ropa para unos cuantos das. Y ms vale que nos demos 
prisa.

Unos minutos despus, antes de cerrar su maleta, Dusty 
cogi el pequeo Colt 45 modificado del cajn de la mesilla. 
Dud un momento, decidi que convena tener el arma a 
mano, cerr la maleta sin guardarla dentro y sac del armario 
una chaqueta de cuero con bolsillos hondos.

Se pregunt si el arma les servira de algo.

Si Mark Abriman hubiera entrado en el dormitorio en ese 
preciso instante, la insidiosa voz interior de Dusty habra 
hecho todo lo posible por entretenerlo e impedirle que 
apretara el gatillo antes de que el psiquiatra sonriera y dijera 
"Viola Narvilly".

"A continuacin, puede que me metiera el can en la boca 
como si fuera un polo y me volara la tapa de los sesos, tan 
obediente como Susan con la cuchilla de afeitar."

Salieron del dormitorio con sendas maletas, bajaron las 
escaleras precedidos por el retriever, hicieron un alto en la 
cocina para coger los libros y salieron al camino de acceso, 
donde los esperaba el Saturn. Se movan urgidos por la 
creciente sensacin de que una amenaza formidable planeaba 
sobre sus cabezas.












Un bajo puente de arcos une la isla de Balboa, en la baha de 
Newport, con tierra firme. La avenida Marine, flanqueada de 
tiendas y restaurantes, estaba casi desierta. Las hojas de 
eucalipto y los trozos de palma se arrastraban por el 
pavimento y formaban remolinos del tamao de un hombre, 
como versiones del sueo de Martie de la jungla de caobas.

El doctor Closterman no viva en una de las calles interiores, 
sino frente al mar. Aparcaron cerca del final de la avenida y, 
acompaados por Valet, avanzaron por el paseo martimo que 
rodeaba la isla, protegido de las aguas por un malecn bajo.

Antes de llegar a casa de Closterman, justo una hora despus 
del anterior, Martie sufri un nuevo ataque de autofobia. Fue 
otro ramalazo fugaz, tan leve como los tres anteriores, pero le 
impidi seguir andando, porque apenas poda mantenerse en 
pie.

Se sentaron en el malecn y esperaron a que se le pasara.

Valet, todo paciencia, no recul ni se acerc a husmear al 
dlmata que pas junto a ellos en compaa de su dueo.

La marea estaba subiendo. El viento barra la ensenada, 
habitualmente tranquila, levantando pequeas olas que 
rompan contra el dique de hormign, y las luces de las casas 
del puerto reverberaban en la rizada superficie del agua.

Los veleros y los yates a motor fondeados en el puerto 
deportivo crujan y chapaleaban mecidos en sus amarraderos. 
Las drizas y los accesorios metlicos tintineaban contra los 
mstiles de acero.

He visto el cadver de un sacerdote con un tirafondo clavado 
en la frente -dijo Martie apenas remiti el breve ataque-. 
Gracias a Dios slo ha sido un instante, no como esta 
maana, cuando no consegua quitarme de la cabeza toda esa 
mierda. Pero, de dnde me vendrn tantas atrocidades?

-Alguien las ha puesto ah -dijo Dusty, y haciendo caso omiso 
a la insistente voz interior aadi-: Abriman te las ha metido 
en la cabeza.

-Pero, cmo?

Una rfaga de viento se llev la pregunta hacia el puerto. y 
reemprendieron la marcha en busca del doctor Closterman.

En la isla, donde ningn edificio tena mas de tres pisos, los 
encantadores bungalows se acurrucaban a la sombra de 
imponentes mansiones. Closterman viva en una casa de dos 
pisos de aspecto acogedor y ventanas con gabletes, postigos 
ornamentales y maceteros rebosantes de prmulas.

Al abrirse la puerta, el doctor apareci descalzo, en 
pantalones castaos de algodn por cuya cinturilla se 
desbordaba su prominente estmago y camiseta publicitaria 
de las tablas de surf Liobie.

A su lado haba un Labrador negro con grandes ojos 
inquisitivos. 

-Charlotte -dijo Closterman a guisa de presentacin.

Valet sola mostrarse tmido con otros perros; esa vez, sin 
embargo, junt su hocico al de Charlotte en cuanto le 
quitaron la correa y empez a menear la cola. Los animales 
empezaron a husmearse y dar vueltas uno alrededor del otro, 
tras lo cual, la perra ech a correr por el vestbulo y escaleras 
arriba, y Valet la sigui trotando regocijado.

No os preocupis -dijo el doctor-. No tirarn nada que 
Charlotte no haya tirado cien veces.

Closterman los invit a quitarse las chaquetas, pero 
prefirieron no hacerlo, porque Dusty segua llevando el Colt 
en un bolsillo de la suya.

En la cocina, una enorme cazuela de salsa de tomate 
exhalaba un delicioso aroma a albndigas y salchichas.

Closterman ofreci una copa a Dusty y caf a Martie-"...a no 
ser que hayas dejado de tomar Valium"-, y sirvi caf a 
peticin de sus invitados.

Martie y Dusty se sentaron a la mesa de pino barnizado 
mientras el mdico quitaba las semillas y troceaba unos 
gruesos pimientos amarillos.

-Quera tantearos un poco -dijo Closterman para saber hasta 
qu punto poda seros franco. Pero, qu demonios, no hay 
razn para andar con circunloquios. Admiraba mucho a tu 
padre, Martie; por poco que te parezcas a el y creo que te 
pareces bastante, estoy convencido de que puedo confiar en 
tu discrecin.

-Se lo agradezco.

-Abriman -sigui diciendo Closterman- es un memo narcisista. 
No es una opinin. Es un hecho tan demostrable que la ley, 
debera obligar a su editor a incluirlo en la nota biogrfica de 
sus libros. Levant la vista de los pimientos para comprobar 
el efecto de sus palabras, y sonri al ver que no se 
escandalizaban. Las canas, los mofletes, la papada y la 
sonrisa le daban el aspecto de un Pap Noel afeitado . 
Habis ledo alguno de sus libros?

-No -respondi Dusty-. Slo le hemos echado un vistazo al 
que usted nos ha mandado.

-Es an peor que la basura pseudopsicolgica que suele 
escribir. Aprenda a quererse. Mark Abriman nunca tuvo que 
aprender a querer a Mark Abriman. Se enamor de s mismo 
en el vientre de su madre. Leed el libro y lo comprobaris.

-Lo considera usted capaz de provocar trastornos de 
personalidad a sus pacientes? -le pregunt Martie.

-Capaz? No me sorprendera lo ms mnimo que la mitad de 
los que cura fueran creacin suya.

Las implicaciones de aquella respuesta eran, en opinin de 
Dusty, sobrecogedoras.

-Creemos que la amiga de Martie, la que le hemos 
mencionado esta maana...

-La que padece agorafobia.

-Se llamaba Susan Jagger -dijo Martie- Nos conocamos desde 
los diez aos. Se quit la vida ayer por la noche.

Martie impresion al mdico como ste no haba conseguido 
impresionarlos a ellos. Closterman dej el cuchillo, se olvid 
de los pimientos y se limpi las manos en un pao de cocina.

-Tu amiga...

-Hemos encontrado el cuerpo esta tarde -explic Dusty. 
Closterman se sent a la mesa y cogi una mano de Martie 
entre las suyas.

-Y t que creas que estaba mejorando...

-Eso es lo que me dijo ayer el doctor Abriman.

-Tenemos razones para pensar que el trastorno de Martie -
terci Dusty-, autofobia, segn sabemos ahora, no se ha 
producido de forma natural.

-Llevaba un ao acompaando a Susan a la consulta del 
doctor Abriman dos veces por semana -explic Martie-. Y he 
empezado a advertir que... sufro extraos lapsus de memoria.

Castigados por el sol y el viento, permanentemente 
inyectados en sangre en las comisuras, los ojos del doctor 
parecan no obstante ms amables que irritados. Hizo girar la 
mano de Martie entre las suyas y clav la vista en su palma.

-Voy a contaros algo importante sobre ese relamido hijo de 
puta.

Se interrumpi al ver a Charlotte, que entr en la cocina con 
una pelota en la boca, y Valer, pegado a ella. Los animales se 
deslizaron sobre el suelo de baldosas y desaparecieron tan 
juntos como haban entrado-. Dejando aparte la cuestin de 
sus necesidades, los perros pueden ensearnos muchas ms 
cosas que nosotros a ellos. Pero, volviendo a lo nuestro, 
resulta que dedico parte de mi tiempo libre a trabajar como 
voluntario. No es nada del otro mundo. Hay montones de 
mdicos que hacen mucho ms que yo. La cuestin es que 
trabajo con nios maltratados. Yo fui uno de ellos. Por suerte, 
no me marc. Poda malgastar el tiempo odiando a los 
culpables... o dejar que Dios y la ley se ocuparan de ellos y 
dedicar mi energa a ayudar a los inocentes. En fin... os 
acordis del caso Ornwahl?

La familia Ornwahl haba dirigido una famosa guardera en 
Laguna Beach durante ms de veinte aos. Cualquier plaza 
libre en sus aulas desencadenaba una reida competicin 
entre los padres de los candidatos.

Haca dos aos, la madre de una preescolar de cinco aos 
haba acusado a varios miembros de la familia Ornwahl de 
someter a su hija a abusos sexuales, aadiendo que haban 
obligado a otros nios a participar en actividades sexuales en 
grupo y ceremonias satnicas. En el clima de histeria que se 
desat inmediatamente, otros padres de alumnos de los 
Ornwahl empezaron a interpretar cualquier anomala en el 
comportamiento de sus hijos como una alarmante reaccin 
emocional a presuntos abusos.

-Yo no tena relacin con los Ornwahl ni con padres de 
alumnos suyos -sigui diciendo Closterman-, de modo que los 
servicios de proteccin de menores y la oficina del fiscal del 
distrito me consideraron apto para examinar a los nios. 
Tambin haban elegido a un psiquiatra que colaboraba con 
ellos como voluntario. Haba empezado a entrevistar a los 
preescolares de Ornwahl para comprobar si podan hacer 
relatos coherentes de los abusos.

-El doctor Abriman -aventur Martie.

Roy Closterman se levant de la silla, cogi la cafetera y 
volvi a llenarles las tazas.

Nos reunimos para coordinar diversos aspectos mdicos del 
caso Ornwahl. Me result antiptico a las primeras de cambio.

Una punzada de remordimiento hizo que Dusty se removiera 
incmodo en su silla. La persistente voz interior le reprochaba 
su deslealtad hacia el psiquiatra por el simple hecho de 
prestar odos a aquellas crticas.

-Y cuando mencion como si tal cosa que empleaba terapia de 
regresin hipntica para ayudar a algunos chicos a revivir 
posibles experiencias traumticas dijo Closterman-, se me 
encendieron todas las alarmas.

-Crea que la hipnosis era una tcnica teraputica corriente.., 
dijo Martie, tal vez hacindose eco de su propio consejero 
interior.

Cada vez menos. Un terapeuta poco cuidadoso puede 
implantar falsos recuerdos en el paciente sin pretenderlo. El 
sujeto hipnotizado es sumamente vulnerable. Y si el terapeuta 
tiene intereses ocultos y pocos escrpulos...

-Cree usted que Abriman tena intereses en el caso Ornwahl?

-Los nios son muy vulnerables a la sugestin -dijo 
Closterman por toda respuesta-, incluso sin necesidad de 
hipnotizarlos. Las investigaciones han demostrado una y otra 
vez que "recuerdan" lo que creen que un terapeuta 
persuasivo desea que recuerden. Al entrevistarlos, hay que 
tener mucho cuidado para evitar darles indicaciones sobre lo 
que deben testificar. Cualquier supuesto recuerdo reprimido 
obtenido de un nio durante la hipnosis es virtualmente 
invlido.

-Le expuso su punto de vista a Abriman? -pregunt Martie.

-Se lo expuse... respondi Closterman reanudando su tarea 
con los pimientos- , y l se comport como un soplapollas 
condescendiente y arrogante. Pero hbil. Sera un buen 
poltico. Tena respuesta para todas y cada una de mis 
objeciones, aparte de que ninguna otra persona relacionada 
con la investigacin o la acusacin comparta mis reparos. S, 
la pobre familia Ornwahl intent hacer valer sus derechos, 
pero aquel era uno de esos casos en los que la histeria 
general imposibilita que el procedimiento siga su curso 
normal.

-Durante sus exmenes de los nios descubri alguna 
prueba fsica de que haban sufrido abusos? -pregunt Dusty.

-Ninguna. No siempre hay indicios fisiolgicos cuando la 
vctima de la violacin es un nio de cierta edad. Pero stos 
eran preescolares, criaturas. Si les hubieran hecho alguna de 
las cosas que se aseguraba que les haban hecho, estoy 
convencido de que habra encontrado daos en los tejidos, 
desgarros e infecciones crnicas. Abriman segua aireando 
todas esas historias sobre orgas satnicas y torturas... pero 
yo no encontraba ni un asomo de confirmacin mdica.

Se haban presentado cargos contra cinco miembros de la 
familia Ornwahl, y la bsqueda de pruebas apenas haba 
dejado piedra sobre piedra en la escuela de su propiedad.

Cierto da -sigui diciendo Closterman-, se me acerc alguien 
que conoca mi opinin sobre Abriman... y me cont que, 
antes de que empezara todo aquello, el psiquiatra haba 
tratado a la hermana de la mujer que acus a los Ornwahl.

-No tena obligacin Abriman de revelar esa relacin? -
pregunt Dusty.

-Por supuesto. As que acud al fiscal del distrito. Se comprob 
que, en efecto, la paciente de Abriman era hermana de la 
denunciante, pero Abriman aleg que no tena conocimiento 
del parentesco.

-Y usted no lo crey.

-No. A diferencia del fiscal del distrito, que lo mantuvo en el 
caso.

-Porque, si hubieran reconocido que Abriman haba jugado 
sucio, no habran podido utilizar las conclusiones de sus 
entrevistas con los chicos. De hecho, todo lo que le haban 
contado se habra convertido en recuerdos falsos, incluso 
inducidos. No valdran una mierda en los tribunales. El caso 
de la acusacin dependa de que la integridad de Abriman 
siguiera estando libre de toda sospecha.

-No recuerdo haber ledo nada de eso en los peridicos -dijo 
Martie.

-Enseguida llegaremos a esa cuestin -asegur Closterman. 
Los movimientos de su cuchillo sobre el tajo perdieron 
precisin y se hicieron ms agresivos, como si estuviera 
cortando algo ms que pimientos-. Segn mi informador, la 
paciente de Abriman sola ir a la consulta acompaada por su 
hermana, la mujer que haba acusado a los Ornwahl.

-Como yo acompaaba a Susan -observ Martie.

Si aquello era cierto, Abriman tena que haberla visto al 
menos alguna vez. Pero no haba pruebas, todo eran 
rumores. A no ser que quieras que te acusen por difamacin, 
no vas por ah despotricando contra alguien como Abriman 
antes de tener pruebas. 

Por la maana, en su consulta, Closterman haba intentado 
arrugar el entrecejo, pero su rostro, redondo como un globo, 
se haba negado a obedecerle. En aquel momento, la clera 
pudo ms que su estructura facial, y una mueca de ira 
consigui lo que no haba conseguido un fruncimiento de 
ceo.

-No saba cmo obtener pruebas. No soy uno de esos mdicos 
detectives de la tele. Pero pens: "Bien, veamos si hay algo 
en el pasado de este bastardo." Me llam la atencin que se 
hubiera trasladado dos veces en el ejercicio de su carrera. 
Despus de diez aos en Santa Fe, dio el salto a Scottsdale, 
Arizona. Y, al cabo de otros siete aos, decidi mudarse aqu, 
a Newport. Por lo general, los mdicos con xito no cierran 
sus consultas y cambian de ciudad por capricho. -Closterman 
acab de trocear los pimientos. Lav el cuchillo, lo sec y lo 
recogi. Empec a hacer preguntas en la comunidad mdica, 
con la esperanza de encontrar a alguien que conociera a 
algn mdico de Santa Fe. Un cardilogo amigo mo tena un 
amigo de la poca de la facultad que se haba establecido en 
Santa Fe, y nos puso en contacto. Result que aquel mdico 
de Santa Fe haba conocido a Abriman cuando viva all... y 
senta por l tan poca simpata como yo. Y entonces solt la 
bomba... En una escuela de aquella ciudad se haba producido 
un caso sonado de abusos, y Abriman haba sido el encargado 
de entrevistar a los nios, igual que aqu. Tambin en aquella 
ocasin hubo sus ms y sus menos sobre las tcnicas que 
utiliz.

Dusty senta acidez de estmago y, aunque dudaba que la 
culpa fuera del caf, apart la taza a un lado.

-Uno de los alumnos, una nia de cinco aos, se suicid al 
poco de iniciarse el juicio dijo Roy Closterman-. Con cinco 
aos. Dej un dibujo pattico que representaba a una nia 
como ella... arrodillada ante un hombre desnudo. El hombre 
era anatmicamente correcto.

-Dios mo... -musit Martie apartando su silla de la mesa. Fue 
a levantarse, comprendi que no tena adnde ir y volvi a 
sentarse.

Dusty se pregunt si Martie vera el cuerpo de la nia de cinco 
aos con escalofriante detalle en su siguiente ataque de 
pnico.

-A partir de ese momento fue como si el caso estuviera visto 
para sentencia, porque el abogado defensor era una nulidad. 
El fiscal de Santa Fe consigui una condena unnime. -El 
mdico sac una botella de cerveza del frigorfico y la abri-. 
Las buenas personas sufren desgracias terribles cuando el 
doctor Abriman anda cerca, pero l siempre acaba pareciendo 
un salvador. Hasta los asesinatos de los Pastore en Santa Fe. 
Un buen da, la seora Pastore, una mujer excelente a la que 
nadie le haba odo nunca una palabra ms alta que otra ni le 
conoca un momento de inestabilidad, decide cargar un 
revlver y acabar con su familia. Ni corta ni perezosa, entra 
en la habitacin de su hijo de diez aos y le vuela la tapa de 
los sesos.

La historia reaviv el miedo de Martie a sus propias 
inclinaciones violentas, pero esa vez supo adonde ir. Se 
levant de la mesa, se acerc al fregadero, abri el grifo, se 
ech jabn de un dosificador en las manos y se las restreg 
con fuerza.

Aunque Martie no haba dicho una palabra, el doctor 
Closterman no dio muestras de que considerara su accin ni 
incorrecta ni extraa.

-El chico era paciente de Abriman. Sufra tartamudez aguda. 
Corrieron rumores de que el doctor Abriman y la madre 
haban tenido una aventura. Y un testigo afirm haber visto a 
Abriman en casa de los Pastore la noche de los asesinatos. En 
realidad, fuera de la casa, presenciando la carnicera a travs 
de una ventana abierta.

-Presenciando? -pregunt Martie mientras cortaba un trozo 
de papel de cocina del rollo fijo a la pared-. Slo... 
presenciando?

-Como si fuera un partido de ftbol -respondi Closterman-. 
Como... si hubiera ido porque saba lo que iba a ocurrir.

Tampoco Dusty poda estarse quieto en su silla.

Ya me he tomado dos cervezas esta tarde, pero si su oferta 
sigue en pie... --dijo levantndose.

-Srvete t mismo -le indic Closterman-. Hablar del doctor 
Mark Abriman no es el mejor estmulo para la abstinencia.

Martie arroj la toalla de papel al cubo de la basura.

-De modo que un testigo lo vio all... Sirvi de algo?

-De nada. Nadie le crey. Y la aventura de la que se 
rumoreaba no pudo probarse. Adems, no caba la menor 
duda de que la seora Pastore haba apretado el gatillo. El 
forense dispona de todas las pruebas habidas y por haber. 
Pero los Pastore eran muy queridos, y mucha gente estaba 
convencida de que Abriman se las haba arreglado de algn 
modo para mover los hilos de la tragedia.

Dusty volvi a sentarse a la mesa con la cerveza en la mano.

-As que dej de gustarle el ambiente de Santa Fe y se mud 
a Scottsdale.

-Donde personas inocentes volvieron a protagonizar terribles 
tragedias -dijo Closterman removiendo las albndigas y las 
salchichas en la Cazuela de salsa. Tengo un dossier completo 
sobre el tema. Os lo dar antes de que os marchis.

-Con toda esa municin -dijo Dusty, no pudo conseguir que 
apartaran a Abriman del caso Ornwahl?

Roy Closterman volvi a ocupar su asiento a la mesa, y Martie 
hizo otro tanto.

-No -dijo el doctor.

Dusty lo mir sorprendido.

-Pero el caso de la otra escuela hubiera debido bastar para...

-No lo saqu a la luz. 

El bronceado rostro del mdico se oscureci an ms a causa 
de la ira, y enrojeci bajo el cutis curtido por el sol. 
Closterman se aclar la garganta y sigui hablando -: 

-Alguien descubri que me dedicaba a telefonear a gente de 
Santa Fe y Scottsdale para preguntarles por Abriman. Una 
tarde llegu a casa desde la consulta y me encontr a dos 
individuos aqu, en la cocina, sentados donde estis vosotros. 
Trajes oscuros, corbatas, aspecto impecable. Pero eran un par 
de desconocidos, y cuando me volv con intencin de salir 
huyendo de la casa, me di de bruces con un tercero.

De todos los lugares a los que Dusty haba imaginado que 
poda conducirlos Closterman, aqul era el ltimo al que 
deseaba llegar. No quera seguir por aquel camino, porque 
pareca un callejn sin salida para Martie y para l.

Si el doctor Abriman era su enemigo, era un enemigo 
formidable. Slo en la Biblia poda vencer David a Goliat. Slo 
en las pelculas tena el individuo insignificante alguna 
oportunidad contra Leviatn.

-Abriman emplea matones de tres al cuarto? -pregunt 
Martie, que o bien no se haba hecho la misma reflexin que 
Dusty, o bien prefera desecharla.

-Son cualquier cosa menos matones de tres al cuarto. Tienen 
excelentes planes de jubilacin, un seguro de enfermedad que 
ya quisiera para m, los mejores dentistas y un buen coche a 
su disposicin durante su jornada laboral. El caso es que 
haban trado una cinta de video y me la pusieron en el 
televisor del despacho. En la grabacin apareca un chico que 
es paciente mo. El padre y la madre tambin lo son, adems 
de buenos amigos. Amigos ntimos.--El mdico tuvo que 
hacer una pausa. La rabia y la humillacin lo ahogaban. 
Agarraba la botella de cerveza con tanta fuerza que pareca a 
punto de estallarle entre las manos. Al cabo de un instante, 
sigui hablando-: El chico, un chaval estupendo, tiene nueve 
aos. En la cinta sala llorando a lgrima viva. Le estaba 
contando a alguien que permaneca fuera del plano que su 
mdico lo haba sometido a abusos sexuales desde que tena 
seis aos. Su mdico, es decir, yo. Nunca he tocado a ese 
nio de esa manera, nunca lo hara, no podra. Pero en la 
cinta era muy convincente, muy emocional y grfico. 
Cualquiera que lo conociera sabra que no poda estar 
actuando, que no poda fingir una cosa as. Es demasiado 
inocente para ser tan retorcido. Estaba convencido de lo que 
deca. En su mente, todas aquellas vilezas haban ocurrido, y 
se las haba hecho yo.

-Aquellos cabrones me explicaron... En la cinta, el chico 
estaba en trance. Cuando estuviera plenamente consciente, 
no tendra acceso a aquellos falsos recuerdos, a aquellas 
atrocidades que me atribua. Tampoco soara con ellas ni le 
ocasionaran traumas a nivel subconsciente. No tendran 
efectos sobre su carcter ni sobre su vida. Pero seguiran 
latentes en lo que llamaron su subsubconsciente, reprimidas 
pero listas para brotar a sus labios en cuanto le dieran 
instrucciones para que las recordara. Me aseguraron que se 
las daran si intentaba perjudicar a Mark Abriman en el caso 
de la escuela Ornwahl o en cualquier otro asunto. Luego se 
fueron llevndose la cinta. El chico era paciente de Abriman -
apunt Dusty.

-No. Aquellos tres individuos bien trajeados que no tenan 
ningn derecho a estar en mi casa, aquellos matones 
emperifollados me explicaron que la madre del chico era 
paciente de Abriman. Yo no lo saba. No tengo la menor idea 
de por qu acuda a su consulta.

-Abriman -dijo Martie- consigui acceder al chico a travs de 
la madre.

-Y de algn modo, mediante sugestin hipntica u otra 
tcnica, consigui implantarle esos falsos recuerdos.

-Es ms que sugestin hipntica -afirm Dusty-. No s de qu 
se trata, pero es algo mucho ms efectivo.

Antes de proseguir, Closterman le dio un trago a la cerveza.

-Aquellos cabrones me explicaron... En la cinta, el chico 
estaba en trance. Cuando estuviera plenamente consciente, 
no tendra acceso a aquellos falsos recuerdos, a aquellas 
atrocidades que me atribua. Tampoco soara con ellas ni le 
ocasionaran traumas a nivel subconsciente. No tendran 
efectos sobre su carcter ni sobre su vida. Pero seguiran 
latentes en lo que llamaron su subsubconsciente, reprimidas 
pero listas para brotar a sus labios en cuanto le dieran 
instrucciones para que las recordara. Me aseguraron que se 
las daran si intentaba perjudicar a Mark Abriman en el caso 
de la escuela Ornwahl o en cualquier otro asunto. Luego se 
fueron llevndose la cinta.

El abogado de Abriman se haba extraviado por los pasillos de 
la mente de Dusty, y su voz sonaba lejana y nada 
convincente.

-Tiene alguna idea de quines eran aquellos tres individuos? 
-pregunt Martie.

-Me importa poco qu institucin figura en los talones con que 
les pagan respondi Closterman-. Me basta con recordar el 
tufillo que despedan.

-A mentes de la ley dijo Dusty.

Apestaban confirm Closterman.

Evidentemente, en ese momento a Martie no la asustaba 
tanto su potencial para la violencia como el de otros, a juzgar 
por la fuerza con que apretaba la mano de Dusty.

Las pisadas y los jadeos de los perros sonaron en el pasillo. 
Valet y Charlotte volvieron a entrar en la cocina, cansados 
pero contentos.

Tras ellos se oyeron unos pasos, y un individuo corpulento de 
aspecto afable, vestido con pantalones cortos y camisa 
hawaiana, entr en la cocina. Sostena un sobre marrn en la 
mano izquierda.

-Este es Brian -dijo Roy Closterman, e hizo las 
presentaciones. Tras los apretones de manos, Brian entreg 
el sobre a Dusty. -Es el dossier sobre Abriman elaborado por 
Roy.

-Pero no lo habis obtenido de nosotros -les advirti el 
mdico-. Y no hace falta que me lo devolvis.

-De hecho -dijo Brian, no queremos volver a verlo nunca. 

-Brian -dijo Roy Closterman-, ensales la oreja.

Apartndose los largos mechones rubios del lado izquierdo de 
la cabeza, Brian se retorci la oreja, tir hacia fuera y hacia 
arriba y se la sac. Martie sofoc un grito.

-Es una prtesis explic Closterman-. Aquella noche, cuando 
se fueron aquellos tres pisaverdes, sub al dormitorio y 
encontr a Brian inconsciente. Le haban cortado la oreja y 
suturado la herida con destreza de expertos. Luego la haban 
echado al triturador de basura, para que fuera imposible 
cosrsela.

-Eran encantadores dijo Brian abanicndose con la oreja y 
dando pruebas de una irona tan macabra que Dusty no pudo 
reprimir una sonrisa.

-Brian y yo llevamos juntos ms de veinticuatro aos -dijo 
Closterman.

-Ms de veinticinco -le corrigi Brian. Desde luego, Roy, los 
aniversarios no son lo tuyo.

No tenan por qu hacerle dao -dijo el mdico-. El video del 
chico era suficiente, ms que suficiente. Slo lo hicieron para 
remachar el clavo.

-Conmigo funcion dijo Brian volviendo a colocarse la oreja 
proteica.

-Puede que ahora comprendis por que fue doblemente 
efectiva la amenaza aadi el mdico. A causa de lo nuestro, 
de nuestra vida en comn, la gente hubiera dado crdito con 
ms facilidad a las acusaciones de abuso de un menor. Pero 
juro por Dios que si alguna vez siento alguna tentacin 
parecida, algn deseo por un nio, me corto el cuello.

-Si no te lo he cortado yo antes -dijo Brian.

En presencia de Brian, la rabia de Closterman se haba ido 
apaciguando y el tono prpura que arda bajo su bronceada 
piel se haba apagado. De pronto, parte de aquella oscuridad 
volvi a ensombrecerle el rostro.

-No me siento orgulloso de haberme echado atrs. La familia 
Ornsvahl qued destrozada, y estoy prcticamente seguro de 
que eran inocentes. Si hubiera sido un asunto entre Mark 
Abriman y yo, habra luchado sin importarme las 
consecuencias. Pero esa gente que sale de debajo de las 
piedras para echarle una mano... Simplemente, no lo 
entiendo. Y contra lo que no entiendo no puedo luchar.

-Quiz tampoco nosotros podamos -dijo Dusty.

-Quiz -admiti Closterman-. Y habris advertido que he 
evitado preguntaros qu le ha pasado exactamente a vuestra 
amiga Susan y cules son vuestros problemas con Abriman. 
Porque, francamente, no quiero saber ms. Supongo que es 
una cobarda por mi parte. Nunca me haba considerado un 
cobarde hasta que ocurri esto, hasta conocer a Abriman, 
pero ahora s que tengo un lmite.

Martie lo abraz.

-Todos lo tenemos le dijo-. Y usted no es ningn cobarde, 
doctor. Usted es un hombre bueno y valiente.

-Es lo que yo le digo -terci Brian. Pero a m nunca me hace 
caso.

-Vas a necesitar todo el coraje y los redaos de tu padre -dijo 
Closterman estrechndola con fuerza unos instantes.

-Los tiene -asegur Dusty.

Aquella era la muestra de camaradera ms extraa que 
Dusty pudiera recordar: cuatro personas tan distintas desde 
tantos puntos de vista, y sin embargo unidas como si fueran 
los nicos seres humanos sobre un planeta colonizado por 
extraterrestres.

-pongo dos platos ms para la cena? -pregunt Brian.

-Gracias dijo Dusty-, pero ya hemos cenado. Y an tenemos 
que hacer un montn de cosas antes de que acabe la noche.

Martie enganch la correa en el collar de Valet, y los dos 
animales se husmearon mutuamente las entrepiernas a guisa 
de despedida.

-Doctor Closterman... -empez a decir Dusty ante la puerta 
principal.

-Roy, por favor.

-Gracias. Roy, no s si Martie y yo estaramos menos 
confusos si hubiera confiado en mi instinto y hubiera dejado 
de decirme que es-taba paranoico, pero quiz estuviramos 
medio paso ms adelante que ahora...

-La paranoia -lo interrumpi Brian- es el signo ms claro de 
salud mental que nos queda en este milenio que acabamos de 
estrenar.

-El caso es que... -sigui diciendo Dusty-. Por paranoico que 
parezca... Mi hermano ha ingresado en una clnica para 
desintoxicarse de las drogas. Es la tercera vez. Las dos 
anteriores estuvo en el mismo sitio. Y anoche, cuando lo dej 
all, sent algo extrao respecto a ese lugar, la misma 
sensacin paranoica...

-De qu clnica se trata? -pregunt Roy.

-Nueva Vida. La conoces?

-En Irvine. S. Abriman es uno de los propietarios.

Dusty record la esbelta e inquietante silueta que haba visto 
en la ventana.

-Ya. Ayer me hubiera sorprendido, pero hoy...

Al abandonar el acogedor hogar de Closterman, la noche de 
enero les pareci an ms fra y desapacible. La sibilante 
ventolera arrebataba jirones de espuma de la superficie de la 
baha y los arrojaba sobre el paseo martimo.

Valet tiraba de la correa, y sus dueos apretaron el paso tras 
l.

No haba luna. Ni estrellas. No tenan ninguna certeza de que 
el alba sucedera a la noche, ni deseos de comprobar lo que 
traera consigo.











No se apagaron las luces ni se descorrieron los telones para 
alertarla de que empezaba la sesin; no hubo avances de 
prximos estrenos que le dieran tiempo a mentalizarse. 
Cadveres de sacerdotes con la frente atravesada por un 
tirafondo y otras pelculas mentales no menos aterradoras 
llenaron de pronto las pantallas del multicine del vecindario 
ms siniestro de su cabeza. Martie dio un respingo y grit en 
el asiento del coche, como si una rata de cine, lustrosa y 
alimentada de palomitas desparramadas y restos de batido, le 
hubiera rozado las piernas.

Esa vez no se trataba de un moderado descenso hacia el 
pnico, de una lenta cada por el largo tobogn del miedo: a 
media frase de una conversacin sobre Skeet, Martie se 
zambull en un profundo pozo de rebosante horror. Un 
estertor, dos gruidos bruscos y secos, y enseguida, sin 
solucin de continuidad, los gritos. Quiso inclinarse hacia 
delante, pero el cinturn de seguridad se lo impeda. Las 
bandas de nailon la aterrorizaban casi tanto como sus 
visiones, tal vez porque muchas de las vctimas que poblaban 
su mente haban sido inmovilizadas con cuerdas, cadenas, 
grilletes, tirafondos que les atravesaban la frente, clavos que 
les traspasaban las palmas de las manos...Tiraba del cinturn 
con ambas manos, como si ignorara el funcionamiento del 
artilugio que la retena o estuviera demasiado aterrorizada 
para acordarse de apretar el botn del cierre.

Aprovechando que circulaban por una amplia avenida con 
escaso trfico, Dusty atraves los carriles hacia el bordillo de 
la acera. Hizo chirriar los frenos sobre una alfombra de agujas 
secas y detuvo el coche bajo un enorme pino albar en guerra 
con el viento.

Quiso ayudar a Martie a quitarse el cinturn, pero ella intent 
retroceder forcejeando con tanta desesperacin y tan escasos 
resultados como antes, mientras trataba de mantenerlo a 
distancia a base de manotazos. Aun as, Dusty consigui 
alcanzar el cierre y desabrochar el cinturn.

Durante unos instantes, Martie sigui forcejeando con las 
bandas de nailon, pero acab soltndolas y permitiendo que 
se retrajeran. Sin embargo, la libertad de movimientos no le 
proporcion el menor alivio; su pnico fue en aumento y sus 
gritos arreciaron y provocaron los gaidos de simpata de 
Valet en el asiento posterior, hasta que los espasmos de la 
nusea la obligaron a enmudecer.

En esa ocasin tena el estmago lleno; cuando se inclin 
hacia delante tratando de mitigar su sufrimiento, las violentas 
arcadas estuvieron a punto de hacerla vomitar. Cerrando la 
boca con un estremecimiento de asco, aferr la manilla de la 
puerta e intent salir del coche.

Puede que slo quisiera abandonar el vehculo para evitar 
mancharlo, pero una vez fuera quiz intentara huir, no slo 
de la ineludible pelcula de terror de su cabeza, sino tambin 
de Dusty y de la posibilidad de revolverse contra l hecha una 
furia. Dusty tena que impedir que saliera, porque, cegada por 
el pnico, poda lanzarse hacia el trfico y ser arrollada.

Martie entreabri la puerta, y el belicoso viento atac de 
inmediato. Las rfagas de aire helado penetraron por el hueco 
e hicieron ondear su pelo como si litera una bandera.

-Raymond Shaw -dijo Dusty.

Ensordecida por las andanadas del viento, que silbaban en los 
perfiles de la puerta como proyectiles de mortero, y por sus 
propios gritos de terror, Martie empuj la puerta hasta abrirla 
del todo.

-Raymond Shaw -grito Dusty..

-Estoy escuchando -murmur Martie.

Dusty no la oy, porque estaba medio vuelta en el asiento. 
Pero supo que haba pronunciado la respuesta de rigor al ver 
que se quedaba inmvil y en silencio, a la espera del haiku.

Dusty se inclin hacia ella y cerr la puerta de golpe.

En el repentino silencio, antes de que Martie parpadeara, 
saliera del trance y volviera a hundirse en el ataque de 
pnico, Dusty le puso una mano en la barbilla, le hizo volver 
el rostro y dijo:

-El viento de poniente...

-Tu eres el poniente y el viento de poniente.

-...llueve hojas muertas...

-Las hojas son tus instrucciones.

-... en oriente.

-Yo soy el oriente.

Completamente accesible y a la espera de instrucciones, 
Martie lo atravesaba con la mirada como si, convertido en la 
presencia invisible, hubiera ocupado el lugar de Abriman.

Impresionado por la expresin plcida y la mirada ausente de 
Martie, y sobrecogido por la total obediencia que implicaban, 
Dusty apart la vista. Su corazn bombeaba sangre con la 
fuerza de un pistn, y la cabeza le daba vueltas como una 
biela.

En esos momentos, Martie era extremadamente vulnerable. Si 
le daba la orden equivocada o la expresaba con palabras 
ambiguas, poda reaccionar de un modo que Dusty era 
incapaz de prever. Las probabilidades de cometer un error y 
producirle graves daos psicolgicos pare-can 
aterradoramente grandes.

Cuando orden a Skeet que durmiera, Dusty no especific 
durante cunto tiempo. Por ms que intentaron despertarlo, 
permaneci inconsciente una hora; sin embargo, no pareca 
haber ningn motivo para que no hubiera dormido das, 
semanas, meses o el resto de su vida, sustentado por 
mquinas con la esperanza de una recuperacin que nunca se 
producira.

Antes de dar a Martie cualquier indicacin, deba meditarla 
cuidadosamente. La frase tena que ser tan inequvoca como 
fuera posible.

Adems de miedo a ocasionarle algn dao 
involuntariamente, Dusty senta desazn ante el grado de 
control que tena sobre Martie, que permaneca sentada 
pacientemente a la espera de sus rdenes. La quera ms que 
a su propia vida, pero comprenda que nadie tiene derecho a 
ejercer un poder absoluto sobre otro ser humano, por muy 
puras que sean sus intenciones. La clera es menos 
ponzoosa para el alma que la codicia, la codicia, menos 
txica que la envidia, y la envidia, mucho menos daina que 
el poder.

Como palillos del IChin, las secas agujas de pino formaban 
cambiantes combinaciones sobre el parabrisas, pero Dusty fue 
incapaz de interpretar sus predicciones.

Mir a su mujer a los ojos, que se agitaron brevemente, como 
haban hecho los de Skeet.

-Martie, quiero que me escuches con atencin.

-Estoy escuchando.

-Quiero que me digas dnde ests.

-En nuestro coche.

-Fsicamente, s. Ests en el coche. Pero tengo la impresin 
de que mentalmente ests en otro sitio. Quiero saber de qu 
sitio se trata. 

-Estoy en la capilla mental -respondi Martie.

Dusty no tena la menor idea de lo que significaba aquello, 
pero en esos momentos careca del tiempo y la presencia de 
nimo necesarios para interrogarla al respecto. Tendra que 
correr el riesgo y valerse de aquella informacin sin apenas 
entenderla.

-Cuando chasquee los dedos delante de tus ojos, te 
entregars a un sueo tranquilo y profundo. Cuando los 
chasquee por segunda vez, despertars y saldrs de la capilla 
mental en la que te encuentras ahora. Volvers a recuperar la 
conciencia... y se te habr pasado el ataque de pnico. Lo 
has entendido?

-Lo he entendido?

Dusty sinti que el sudor le perlaba el nacimiento del pelo, y 
se sec la tiente con el dorso de la mano.

-Dime si lo has entendido.

-Lo he entendido.

Dusty levant la mano derecha con el pulgar y el corazn 
apretados, pero titube y se detuvo.

-Repite mis instrucciones.

Martie las repiti al pie de la letra.

Segua atenazado por las dudas, pero no poda pasarse la 
noche all sentado. -Recorri las profundas cmaras de su 
memoria en busca de todo lo que haba aprendido sobre 
aquellas tcnicas de control observando a Skeet y haciendo 
deducciones aparentemente correctas a partir de una multitud 
de pequeas pistas. Su plan pareca irreprochable, salvo por 
el hecho de que se basaba ms en la ignorancia que en el 
conocimiento. Por si la jorobaba y le provocaba un coma 
permanente, susurr a Martie dos palabras para que se las 
llevara a aquella oscuridad y las guardara consigo:

-Te quiero.

Luego, chasque los dedos.

Martie se durmi al instante. Relaj el cuerpo, dio con la nuca 
en el respaldo, hundi la barbilla en el pecho y se qued con 
la cabeza inclinada y el rostro oculto tras las ondas de su 
negra melena.

Dusty sinti que los pulmones se le cerraban como bolsas 
atadas con cordones, y tuvo que hacer un esfuerzo para 
expulsar el aire; al tiempo que exhalaba, volvi a chasquear 
los dedos.

Martie despert, se enderez en el asiento y mir sorprendida 
a su alrededor. La expresin ausente se haba esfumado de su 
rostro. 

-Qu demonios...?

Haca apenas unos instantes, asqueada y ciega de pnico, 
manoteaba y se debata tratando de saltar fuera del Saturn; 
de repente estaba tranquila, y la puerta del coche, cerrada. La 
feria de muerte que haba plantado sus tiendas en el interior 
de su cabeza, con todos sus sacerdotes muertos y sus 
cuerpos en descomposicin, se haba volatilizado de pronto, 
como disuelta por el viento nocturno.

Martie lo mir, y Dusty supo que adivinaba lo ocurrido.

-T.

-He credo que no tena eleccin. Pareca un ataque en toda 
regla. 

-Me siento...limpia.

Valet asom la cabeza entre los asientos delanteros y agit 
los ojos a derecha e izquierda, ansioso por que lo 
tranquilizaran.

-Limpia dijo Martie acariciando al animal-. Se habr 
acabado?

-Dudo que sea tan fcil -respondi Dusty. Puede que con 
tiempo y paciencia consigamos deshacer lo que nos han 
hecho. Pero primero...

-Primero -dijo Martie abrochndose el cinturn de seguridad, 
hay que sacar a Skeet de ese sitio.












El gato, negro como el holln y escurridizo como el humo, dej 
de acechar ratas, clav sus intensos ojos naranja en los faros 
del Saturn y desapareci por los carbonizados rincones de la 
noche.

Dusty arrim el coche a la tachada posterior del edificio y lo 
detuvo ante un contenedor de basura, procurando no obstruir 
la calleja.

Desde el interior del vehculo, con el hocico pegado a una 
ventanilla que no tard en cubrir de vaho, el perro los observ 
alejarse a buen paso hacia la entrada de servicio de Nueva 
Vida.

Aunque el horario de visitas haba terminado haca veinte 
minutos, probablemente les habran permitido subir a la 
habitacin de Skeet si hubieran entrado por la puerta 
principal, sobre todo si alegaban que venan a llevrselo de la 
clnica- Sin embargo, actuar tan a las claras los habra 
obligado a mantener una larga conversacin con la enfermera 
jefe del turno de noche y con el mdico de guardia, si lo 
haba, y a perder tiempo con el papeleo.

Y, lo que era peor, puede que Abriman hubiera aadido una 
nota a la historia clnica de Skeet indicando que se le avisara 
si el paciente o su familia pedan el alta. Dusty no poda 
arriesgarse a mantener un cara a cara con el psiquiatra, al 
menos por el momento.

Afortunadamente, la puerta de servicio no estaba cerrada con 
llave. Al otro lado haba un pequeo almacn dbilmente 
iluminado, con un desage en el centro del suelo de 
hormign. El intenso aroma a pino del desinfectante apenas 
disimulaba un hedor rancio, que sin duda proceda de un 
cartn agujereado de leche que haba empapado el poroso 
hormign, pero record a Dusty el olor a sangre coagulada o 
vmito reseco, vestigios de crueldad o crimen. En el recin 
estrenado milenio, la realidad se haba vuelto tan plstica que 
hasta un sitio tan vulgar como aqul le pareca un 
sacrificadero, escenario de sangrientos rituales la primera 
medianoche de cada luna llena.

No estaba tan paranoico como para pensar que todos los 
miembros del personal de la clnica eran tteres sometidos al 
control mental del doctor Abriman; no obstante, Martie y l 
avanzaban con sigilo, como quien se interna en territorio 
enemigo.

El almacn daba a un largo pasillo que se cruzaba con otro y 
acababa en una puerta de doble hoja, por la que 
probablemente se acceda al vestbulo principal. A derecha e 
izquierda, haba puertas que deban de corresponder a 
oficinas, despensas y tal vez la cocina.

No se vea a nadie, pero a cierta distancia se oa a dos 
personas hablando en un idioma vagamente asitico. Sus 
voces eran etreas, como si en lugar de provenir de una de 
las habitaciones hubieran atravesado un velo procedentes de 
un extrao ultramundo.

Apenas salieron del almacn, Martie seal la primera puerta 
a la derecha, rotulada ESCALERAS; tras ella, en la mejor 
tradicin realista del milenio anterior, descubrieron unas 
autnticas escaleras.












Vestido con un sencillo traje gris marengo sin pauelo en el 
bolsillo superior de la chaqueta, una camisa blanca con el 
cuello desabotonado y una corbata a rayas azules y amarillas 
con el nudo flojo, tras permitir que el viento le revolviera el 
espeso cabello y atusrselo negligentemente con los dedos al 
entrar en el vestbulo de Nueva Vida, Mark Abriman estaba 
perfectamente caracterizado para el papel de abnegado 
mdico a quien sus veladas dejaban de pertenecerle cuando 
sus pacientes lo necesitaban.

Sentado tras el mostrador de seguridad, rechoncho, carilleno, 
sonrosado y sonriente, Wally Clark pareca aguardar que lo 
enterraran en un pozo de arena lleno de carbones al rojo y lo 
sirvieran en un festn hawaiano.

-Qu, doctor Abriman -dijo al ver al psiquiatra cruzando el 
vestbulo con un maletn negro en la mano-a echar otro 
ratito?

-Cuando he visto lo que haba para cenar, me ha faltado 
tiempo para salir huyendo -brome el psiquiatra.

Wally ri de buena gana ante la irnica modestia del doctor. 
Sonriendo interiormente al imaginar la rapidez con que Wally 
se ahogara en aquella risa si le regalara cierto tarro y el par 
de famosos ojos que contena, el doctor aadi:

-Pero el bienestar de mis pacientes compensa de sobras una 
cena perdida de vez en cuando.

-Ojal todos los mdicos pensaran lo mismo, doctor Abriman 
-dijo Wally, admirado.

-Estoy convencido de que la mayora lo piensan -repuso, 
magnnimo, el psiquiatra mientras apretaba el botn de 
llamada del ascensor-. Pero, en efecto, no hay nada peor que 
un mdico que ha dejado de preocuparse por sus pacientes, 
que se limita a cumplir con la rutina. Si algn da pierdo la 
ilusin por mi trabajo, Wally, espero ser lo bastante sensato 
para cambiar de profesin.

-Confo en que ese da no llegue nunca -dijo Wally mientras 
se abran las puertas del ascensor-. Sus pacientes lo echaran 
de menos una barbaridad, doctor.

-Bueno, si ha de ser as, bastar con que antes de jubilarme 
los liquide a todos.

-Qu cosas se le ocurren, doctor Abriman! -exclam Wally, y 
se ech a rer de nuevo.

-Defienda la puerta contra los brbaros, Wally -dijo el 
psiquiatra a modo de despedida, y entr en el ascensor.

-Cuente con ello, doctor.

Mientras ascenda a la segunda planta, el doctor Abriman 
lament que la noche fuera tan fra. Si hubiera hecho mejor 
tiempo, habra entrado con la chaqueta al hombro y la camisa 
remangada, y habra producido el efecto deseado mucho 
mejor y sin necesidad de tanta chchara.

De haber optado por hacerse actor, estaba seguro de que 
habra alcanzado no ya el xito, sino la fama internacional. Le 
hubieran llovido los premios. Al principio, se le habra acusado 
de nepotismo, pero a la larga su talento habra acallado a las 
malas lenguas.

No obstante, el doctor Abriman, criado en los crculos ms 
selectos de Hollywood y en los plats de los estudios, haba 
dejado de percibir el romanticismo de la industria del cine, del 
mismo modo que el vstago de un dictador del Tercer Mundo 
acabara bostezando incluso ante las funciones de las cmaras 
de tortura mejor equipadas y los fastos de las ejecuciones en 
masa.

Por otro lado, la fama de los astros cinematogrficos y la 
prdida de intimidad que llevaba aparejada slo les permita 
ser sdicos con el equipo tcnico, las fulanas de lujo que 
servan a las celebridades ms viciosas del mundo del 
celuloide y las jvenes actrices lo bastante lelas para dejarse 
atropellar. El doctor no habra podido conformarse con presas 
tan fciles.

El ascensor haba llegado al segundo piso.











En el segundo piso, Martie y Dusty se aventuraron a asomar 
la cabeza por la puerta de la escalera de servicio y 
comprobaron que la suerte segua acompandolos. A unos 
treinta metros, en la interseccin de los bien iluminados 
pasillos principales, vieron a dos mujeres en el mostrador de 
los enfermeros; ninguna miraba en su direccin. Dusty abri 
la marcha hasta la cercana habitacin de Skeet, a la que 
llegaron sin ser vistos.

Dentro, la nica iluminacin proceda de la pantalla del 
televisor. Los rpidos planos de accin entre policas y 
criminales arrojaban plidos destellos que se agitaban en las 
paredes como almas en pena.

Sentado en la cama, recostado en almohadones como un 
pach, Skeet sorba un batido de vainilla con una pajita. Al 
ver a sus visitantes, sopl en la botella a guisa de bienvenida 
y los salud regocijado.

Martie se acerc a la cama, abraz a Skeet y lo bes en la 
mejilla, mientras Dusty saludaba cordialmente a Jasmine 
Hernndez, la enfermera al cargo de los suicidas, y abra el 
pequeo armario.

Cuando se apart del armario con la maleta de Skeet en la 
mano, la enfermera Hernndez, que se haba levantado de su 
asiento, comprob la hora en su reloj digital de pulsera.

La hora de visita se ha acabado.

-S, es verdad, pero no estamos de visita -dijo Dusty.

-Es una emergencia -explic Martie haciendo que Skeet 
dejara el batido y se sentara en el borde de la cama.

-Un familiar gravemente enfermo -aadi Dusty.

-Quin? pregunt Skeet.

Mam respondi Dusty.

-La de quin? pregunt Skeet con manifiesta incredulidad. 
Claudette, enferma? Claudette, que le haba dado a Holden 
Caulfield como padre y al doctor Derek Lampton, alias El La 
arto, como padrastro? Aquella beldad, tan altiva y displicente 
como una diosa? La querida de los eruditos de tercera? La 
musa de novelistas para quienes la palabra escrita no tena 
sentido y de psiclogos de relumbrn que despreciaban al 
gnero humano? Claudette, la despiadada individualista, que 
desdeaba olmpicamente toda regla, toda ley y toda 
definicin del nutrido que no empezara por nombrarla? Era 
posible que aquella criatura imperturbable y aparentemente 
inmortal padeciera alguna enfermedad de este inundo?

-La nuestra -aclar Dusty.

Martie se arrodill ante Skeet, que tena los calcetines 
puestos, para calzarle las zapatillas de deporte.

-Martie -dijo l-, estoy en pijama.

-No tenemos tiempo para cambiarte aqu, cario. Tu madre 
est muy mal.

-En serio? pregunt Skeet en el colmo del asombro-. de 
verdad est enferma Claudette?

-Le ha dado tan de repente... -dijo Dusty metiendo la ropa de 
Skeet en la maleta tan deprisa como poda sacarla de los 
cajones de la cmoda.

-qu, un camin o algo por el estilo? -pregunt Skeet.

El tono casi regocijado de Skeet no pas inadvertido a 
Jasmine Hernndez, que lo miraba con el ceo fruncido.

-As que vas a pedir el alta, chupaflor...

Skeet se miraba los botones del pijama.

-A ver -dijo con toda naturalidad-. Esto no me lo pierdo.











El doctor se present en el mostrador de la segunda planta 
para comunicar a las enfermeras que ni l ni su paciente de la 
habitacin 246 deban ser molestados mientras durara la 
sesin.

-Ha llamado a casa diciendo que quiere pedir el alta por la 
maana, lo que probablemente ser su fin. Tengo que 
quitrselo de la cabeza. Sigue padeciendo una intensa 
adiccin. Si estoy en lo cierto respecto a su psicopatologa, 
cuando pise la calle, le faltar tiempo para conseguir herona, 
inyectarse una sobredosis y acabar de una vez.

-Con la de motivos que tiene para vivir... -suspir la 
enfermera Ganguss, una atractiva treintaera y, 
habitualmente, una excelente profesional. Con aquel paciente, 
sin embargo, ms que como una enfermera diplomada, se 
comportaba como una quinceaera en celo, siempre al borde 
del soponcio por anemia cerebral, insuficiente riego sanguneo 
de la cabeza debido a la acumulacin de sangre en ijares y 
genitales-.Y es tan simptico... -aadi.

Kyla Woosten, la ms joven de las dos, no senta especial 
inters por el paciente de la 246, pero saltaba a la vista que 
el doctor Abriman le haca tiln. Siempre que tena 
oportunidad de hablar con l, practicaba el mismo repertorio 
de trucos linguales. Fingiendo no darse cuenta de lo que haca 
-cuando en realidad era ms calculadora que un 
superordenador Cray trabajando al lmite de su potencia, se 
pasaba la lengua por los labios para humedecerlos cada dos 
por tres con largos, lentos y sensuales lametones. Cuando 
simulaba sopesar alguna afirmacin de Abriman, la muy 
lagarta sola asomar la lengua y se morda la punta, como si 
hacerlo la ayudara a concentrarse.

S, ah estaba la lengua, hurgando en la comisura derecha de 
los labios, buscando quiz una migaja dulce olvidada en el 
suave y carnoso rincn. De improviso, los labios se separaron 
en un gesto de sorpresa y la lengua alete en el cielo de la 
boca. Acto seguido, volvi a humedecer los labios.

La enfermera Woosten era bonita, pero no despertaba el 
inters del doctor. Para empezar, tena por norma no lavar el 
cerebro a los empleados de los negocios en los que 
participaba. Aunque controlar las mentes de los trabajadores 
de sus diversas empresas hubiera acabado con las demandas 
de mejoras salariales y beneficios sociales, las posibles 
complicaciones hacan que el riesgo no mereciera la pena.

Habra hecho una excepcin con la enfermera Woosten, 
porque aquella lengua suya lo fascinaba. Era una monada 
rosa y vibrtil. Le hubiera gustado hacerle algo imaginativo. 
Lamentablemente, en una poca en que el anillado corporal 
por motivos estticos haba dejado de escandalizar a nadie, 
en que agujerearse y llenarse de quincalla las orejas, las 
cejas, la nariz, los labios, el ombligo e incluso la lengua 
estaba a la orden del da, poco poda hacerle el doctor a la de 
Kyla que la enfermera considerara no ya aterrador, sino de 
simple mal gusto, al contemplrsela una maana.

A veces resultaba frustrante ser un sdico en la era de la 
automutilacin para todos los pblicos.

As pues, a la habitacin 246, la de su paciente estrella.

El doctor era el principal socio capitalista de la clnica Nueva 
Vida, pero no trataba a los pacientes de forma regular. En 
trminos generales, la gente con problemas de drogas no le 
interesaba; se daban tan buena maa en destrozar sus 
propias vidas que cualquier perjuicio aadido que pudiera 
ocasionarles sera mera floritura.

En aquellos momentos. su nico paciente en Nueva Vida era 
el de la 246. Por supuesto, tambin senta un inters 
particular por el hermano de Dustin Rimeles. que ocupaba la 
250, en el mismo tramo de pasillo, pero no formaba parte del 
equipo de mdicos que trataba a Skeet; su participacin en el 
caso era estrictamente confidencial.

Cuando entr en la 246, una de dos habitaciones con bao 
completo, el famoso actor vea la televisin en el cuarto de 
estar cabeza abajo, con las palmas apoyadas en el suelo y los 
talones contra la pared.

-Mark? Qu haces aqu a estas horas? -pregunt sin 
abandonar la postura de yoga... si de yoga se trataba.

-He venido a ver a otro paciente y he pensado que poda 
hacerte una visita.

El doctor haba mentido a las enfermeras Ganguss y Woosten 
al afirmar que su paciente le haba telefoneado amenazando 
con darse de alta por la maana. El autentico propsito de 
Abriman era estar en la clnica cuando empezara el turno de 
noche para programar a Skeet una vez la puntillosa 
enfermera Hernndez se hubiera marchado a casa. El actor 
sera su tapadera- Tras pasar un par de horas en la 246, los 
escasos minutos que permaneciera con Skeet careceran de 
importancia y no llamaran la atencin a ningn empleado que 
se percatara de la visita.

-Todas las noches paso una hora en esta posicin -le explic 
el actor. Es ideal para mejorar el riego sanguneo del cerebro. 
Ojal tuviera un televisor ms pequeo para ponerlo boca 
abajo cuando me apeteciera.

-Si eso es lo que sueles ver -dijo Abriman refirindose a la 
telecomedia de la pantalla-, ms vale que sigas vindolo del 
revs.

-Nadie aprecia a los crticos, Mark.

-Don Adriano de Armado.

-Estoy escuchando -respondi el cmico, que se estremeci 
por unos instantes, pero sigui haciendo el pino.

Para activar a aquel sujeto, el doctor haba elegido el nombre 
de un personaje de abajo de amor perdidos, de William 
Shakespeare.

El actor contorsionista, que perciba veinte millones de dlares 
ms porcentajes por pelcula protagonizada, haba absorbido 
escasos conocimientos de cualquier materia en sus treinta y 
tantos aos de vida y careca de estudios frmales de 
interpretacin. Cuando reciba un guin sola limitarse a 
aprender su parte del dilogo, y era tan probable que leyera a 
Shakespeare como que las ranas criaran pelo: aunque el 
teatro serio cayera un da en manos de chimpancs y 
babuinos, no exista la menor posibilidad de que obtuviera un 
papel en ninguna obra del bardo de Avon ni, en consecuencia, 
el menor riesgo de que oyera el nombre "Don Adriano de 
Armado" salvo de labios del doctor.

Abriman le recit el haiku que permita el acceso a su 
subconsciente.











-Si piensan llevrselo -dijo Jasmine Hernndez mientras 
Martie acababa de anudarle las zapatillas a Skeet, tendrn 
que firmarme una exencin de responsabilidad.

-Volveremos a traerlo maana -repuso Martie levantndose y 
ayudando a Skeet a saltar del borde de la carea.

-Por supuesto -confirm Dusty, que segua llenando la 
maleta-. Slo queremos que vea a mam; luego, volveremos 
a ingresarlo.

-Aun as, tendrn que firmar la exencin -insisti la 
enfermera.

-Dusty -advirti Skeet, ms vale que Claudette no se entere 
de que la llamas mam. Te pondra el culo como un tomate.

-Intent suicidarse ayer mismo -les record Jasmine 
Hernndez-. La clnica no puede responsabilizarse si se lo 
llevan en estas condiciones.

-Eximimos a la clnica. Asumimos toda la responsabilidad le 
asegur Martie.

-Entonces, voy a buscar el impreso.

Martie dej a Skeet, que apenas poda sostenerse en pie, y se 
interpuso entre la enfermera y la puerta.

-Por qu no nos ayuda a prepararlo para marcharse? Luego, 
iremos los cuatro al mostrador de control y firmaremos lo que 
sea necesario.

Jasmine Hernndez los mir con los ojos entrecerrados.

-Qu est pasando aqu? -pregunt.

-Tenemos prisa, eso es todo.

-Ah, s? Entonces me dar prisa en traer el impreso -replic 
la enfermera apartando a Martie. Al llegar a la puerta, apunt 
a Skeet con el dedo y tron-: No te muevas de aqu hasta que 
vuelva, chupaflor.

-Claro, faltara ms -dijo Skeet-. Pero no se entretenga, por 
favor. Claudette est muy enferma, y no me gustara llegar 
tarde.











El doctor orden al actor que dejara de hacer el pialo y se 
sentara en el sof.

Exhibicionista impenitente, el guaperas no llevaba ms que 
unos escuetos calzoncillos. Estaba delgado y fibroso, en tan 
buena forma como un quinceaero, a pesar de que sus 
hbitos suicidas formaban una lista interminable.

Atraves el cuarto con la gracia felina de un bailarn de ballet. 
De hecho, aunque su personalidad estaba profundamente 
reprimida y, en aquel estado, su vanidad equivala a la de una 
berza, se mova como si estuviera actuando. Evidentemente, 
la conviccin de que sus admiradores lo observaban y 
adoraban en todo momento no era un hbito adquirido a 
medida que la fama lo corrompa, sino una creencia arraigada 
en sus mismos genes.

El doctor Abriman dej al actor aguardando instrucciones, se 
quit la chaqueta y se remang la camisa. Se mir al espejo 
de la cmoda. Perfecto. Tena unos antebrazos musculosos y 
cubiertos de vello, varoniles sin ser caverncolas. Cuando 
abandonara la habitacin a medianoche y recorriera los 
metros de pasillo que la separaban de la de Caulfield, se 
echara la chaqueta al hombro y sera la viva estampa del 
mdico trabajador, abnegado, exhausto e irresistible.

Abriman acerc una silla al sof y se sent frente al actor. 

-Tranquilzate.

-Me tranquilizo.

Los ojos azules que tanto efecto hacan a la enfermera 
Ganguss se agitaron una, dos veces.

Aquel prncipe de las taquillas haba elegido como terapeuta a 
Abriman hijo debido al pedigr hollywoodiense del doctor. 
Abriman padre, Josh, haba fallecido tras consumir unos 
petiss envenenados cuando el actor en ciernes estaba en el 
instituto, suspendiendo mate, historia y todas las asignaturas 
habidas y por haber, de modo que no haban tenido la 
oportunidad de trabajar juntos. Pero, en la imaginacin del 
astro, si el gran director haba obtenido dos scares, el hijo 
del gran director tena que ser el mejor psiquiatra del mundo. 
"Puede que a excepcin de Freud -le haba dicho al propio 
doctor, pero se est en algn lugar de Europa, y no puedo 
pasarme la vida volando de aqu para all para acudir a las 
sesiones."

Cuando Robert Downey junior dio con sus huesos en la crcel 
para una larga temporada, aquel cotizado trozo de carne se 
dijo que tambin l poda ser vctima de "los fascistas del 
Departamento de narcticos". Aunque aborreca tener que 
cambiar de estilo de vida para complacer a las fuerzas de la 
represin, an le haca menos gracia la idea de compartir 
celda con un maniaco homicida con cuello de toro y sin 
ninguna preferencia sexual.

El doctor Abriman sola rechazar a los pacientes con serios 
problemas de drogodependencia, pero haba hecho una 
excepcin con aqul. El actor se mova en los crculos sociales 
ms selectos, en los que poda hacer inusitados estragos y 
proporcionar al doctor entretenimientos fuera de lo comn. 
De hecho, utilizando al galn, ya haba urdido la trama de una 
extraordinaria partida que, una vez culminara, tendra 
profundas repercusiones de alcance nacional e internacional.

-Tengo que darte instrucciones muy importantes -dijo 
Abriman. Alguien llam insistentemente con los nudillos a la 
puerta de la suite.











Martie intentaba ponerle el albornoz, pero Skeet se resista.

-Cario dijo la mujer-, hace una noche glida. No puedes salir 
a la calle con un pijama tan fino.

-Esa bata es una birria -protest Skeet no es ma, Martie, me 
la han dado aqu. Es spera, le han salido borlas y no me 
gustan las cosas a rayas.

En sus buenos tiempos, antes de que las drogas lo minaran, 
Skeet atraa a las mujeres casi tanto como el olor a ternera 
atraa a Valet. Por aquel entonces, vesta con esmero, como 
un pjaro macho orgulloso de su vistoso plumaje. Aun ahora 
en plena decadencia fsica, su buen gusto para la 
indumentaria afloraba de vez en cuando, aunque Martie no 
entenda por qu tena que aflorar precisamente en ese 
momento.

-Vmonos dijo Dusty cerrando la maleta de golpe.

Exasperada, Martie tir de la manta de la cama y se la ech a 
Skeet por los hombros.

-T gusta ms esto?

-Parezco un indio -respondi Skeet arrebujndose en la 
manta-. Me gusta.

Martie lo cogi del brazo y tir de l hacia la puerta, donde 
Dusty los esperaba impaciente.

-Un momento! -exclam Skeet detenindose y dando media 
vuelta. Los billetes de lotera.

-Qu billetes de lotera?

-Estn en la mesilla de noche -dijo Dusty-. Dentro de la 
Biblia. No podencos irnos sin ellos -insisti Skeet.












Haba dejado dicho que no nos molestaran rezong el doctor 
en respuesta a los golpes en la puerta.

Silencio; luego, ms golpes de nudillos.

Abriman se volvi hacia el actor.

-Ve al dormitorio le susurr-, acustate en la cama y 
esprame.

Como si las instrucciones que acababa de recibir provinieran 
de una amante que le prometa todos los placeres de la carne, 
el actor se levant del sof y se desliz fuera del cuarto de 
estar. Cada elstico paso, cada contoneo eran lo bastante 
seductores como para llenar los patios de butacas de todos 
los cines del planeta.

Los nudillos golpearon la puerta por tercera vez.

-Doctor Abriman? Doctor Abriman?

Mientras avanzaba hacia la puerta, el doctor decidi que, si 
aquella visita era una cortesa de la enfermera Woosten, 
pondra ms empeo en resolver los problemas de su lengua.

Martie sac los dos billetes de lotera de la Biblia y se los 
tendi a Skeet. El chico sujet la manta con la mano izquierda 
y los rechaz con un gesto de la derecha.

-No, no, si los toco no valdrn nada, les quitar toda la 
suerte. Mientras se guardaba los billetes en un bolsillo, Martie 
oy que alguien llamaba al doctor Abriman en el pasillo.

Cuando abri la puerta de la 246 y vio a Jasmine Hernndez, 
el doctor se sinti an ms contrariado que si tuviera delante 
a la enfermera Woosten y su incansable apndice.

Jasmine era una enfermera excelente, pero se pareca 
demasiado a cierto tipo de chicas con las que el doctor haba 
tenido que vrselas durante su infancia y primera 
adolescencia, una raza de hembras especialmente molestas a 
las que en su fuero interno llamaba las enteradas". Eran las 
nicas que se permitan escarnecerlo lanzndole miraditas 
burlonas y esbozando sonrisillas satisfechas que captaba con 
el rabillo del ojo cuando daba media vuelta para alejarse de 
ellas. Las enteradas parecan capaces de leer en su interior y 
comprenderlo de una forma en que no deseaba ser 
comprendido. Peor an, tena la extraa sensacin de que, 
adems, saban algo desternillante sobre l, algo que l 
mismo ignoraba, y sospechaba que lo tomaban a chacota 
debido a rasgos de su carcter en los que nunca haba 
reparado.

Desde los diecisis o diecisiete aos, cuando su desgarbada 
apostura empez a madurar y transformarse en una buena 
planta irresistible, el doctor apenas se haba preocupado de 
las enteradas, que en la mayora de los casos parecan haber 
perdido la capacidad de leer en su interior. Pero estaba claro 
que Jasmine Hernndez perteneca a aquella ralea; aunque 
todava no le haba lanzado sus rayos X, el doctor hubiera 
jurado que, en ms de una ocasin, haba estado a un tris de 
parpadear sorprendida y escrutarlo ms de cerca con los ojos 
rebosantes de aquella socarronera inconfundible y las 
comisuras de los labios alzadas en una mueca de 
imperceptible desdn.

-Doctor, siento tener que molestarlo, pero, cuando le he 
explicado lo que ocurre a la enfermera Ganguss y me ha dicho 
que estaba usted aqu, me ha parecido que deba ponerlo al 
corriente.

La mujer se expresaba con tanta energa que el doctor tuvo 
que retroceder dos pasos; para su consternacin, ella lo 
interpret como una invitacin a entrar en la suite.

-Un paciente ha decidido pedir el alta -dijo Jasmine 
Hernndez a mi modo de ver, en extraas circunstancias.



-Puedo llevarme el alpiste? pregunt Skeet.

Martie lo mir como si creyera que haba perdido la chaveta. 
Claro que, pensndolo bien, era ms que evidente que 
ninguno de los dos estaba en su mejor momento, as que 
decidi concederle el beneficio de la duda.

-Llevarte, qu?

-El batido -dijo Dusty desde el umbral. 

-Cgelo y vmonos de una vez!

-Alguien ha llamado a Abriman dijo Martie- . Se encuentra en 
la clnica.

-Ya lo he odo -respondi Dusty-. Coge el maldito refresco, 
por amor de Dios.

Esta bebida de vainilla, lo mismo que la de chocolate -
puntualiz Skeet mientras Martie rodeaba la canta y coga la 
botella de la mesilla no es un refresco. No tiene burbujas. Es 
ms bien un postre lquido.

Martie le puso la botella en la mano derecha.

-Aqu tienes tu postre lquido, cario. Ahora mueve el culo, o 
te lo mover yo a puntapis.



Al principio, traicionado por los nervios, el doctor crey que la 
enfermera Hernndez, informada por la enfermera Ganguss 
de que el actor tena intencin de pedir el alta, haba acudido 
a buscarlo para manifestarle su preocupacin.

Dado que la historia del actor era una mentira para disfrazar 
el autntico motivo de su visita nocturna, el doctor se 
apresur a tranquilizarla.

-No se preocupe, enfermera Hernndez, creo que he 
conseguido disuadirlo.

-Cmo? Perdone, pero no lo entiendo. Estn intentando 
llevrselo ahora mismo.

Abriman se volvi para echar un vistazo al cuarto de estar y a 
la puerta del dormitorio, medio convencido de que vera a un 
puado de jovencitas, miembros quiz de su club de fans, 
descolgando por una ventana al semidesnudo y 
semicatatnico actor con el propsito de ponerlo a buen 
recaudo y convertirlo en su esclavo sexual.

Ni raptoras ni galn.

Abriman volvi a encararse con la enfermera.

-Pero, a quin se refiere?

-Al chupaflor -respondi Jasmine-. Al pequeo colibr. Holden 
Caulfield.



Skeet bajaba las escaleras apoyndose en Martie.

Estaba tan plido y escuchimizado que, en pijama y 
arrebujado en la manta blanca, pareca un fantasma de ronda 
por los recovecos de Nueva Vida. Un fantasma alicado. 
Bajaba los peldaos a cmara lenta, procurando mantener el 
equilibrio sobre sus temblorosas piernas y no pisar la manta, 
que amenazaba con enredarse entre sus pies y derribarlo a 
cada paso.

Dusty, que los segua con la maleta, bajaba de costado 
cubriendo la retirada y echando continuos vistazos a lo alto de 
la escalera para comprobar que Abriman no los segua. Haba 
sacado el Colt 45 del bolsillo de su chaqueta.

Pegarle un tiro a un psiquiatra famoso no le asegurara una de 
las codiciadas plazas del Panten de Hombres Ilustres, al lado 
de Bob El Risueo. En lugar de agasajarlo con cenas de 
homenaje, lo pondran a la cola del rancho de alguna prisin.

A pesar de todo lo que saban sobre el doctor Abriman, y de 
todo lo que haban deducido, la amarga verdad era que no 
tenan ninguna prueba de su culpabilidad en acciones 
delictivas o carentes de tica. La cinta del contestador 
automtico que contena el mensaje de Susan era lo ms 
parecido a una prueba admisible que tenan; por desgracia, 
su amiga se limitaba a acusar al psiquiatra de ser un 
bastardo. Puede que, como afirmaba, hubiera conseguido 
grabar en video al doctor, pero no haba ninguna casete para 
demostrarlo.

Skeet descenda la escalera como una criatura que est 
aprendiendo a andar. Bajaba el pie derecho al peldao 
inmediato, juntaba el izquierdo con l, se mentalizaba para el 
siguiente paso y repeta las mismas acciones con idntica 
parsimonia.

Cuando alcanzaron el rellano del primer piso, nadie haba 
salido en su persecucin. Dusty aguard en l unos instantes, 
vigilando el tramo de escaleras que acababan de bajar, 
mientras Martie y Skeet descendan el siguiente, hacia la 
puerta de la planta baja.

Si Abriman sala al rellano del segundo piso y los vea 
huyendo, comprendera que haban descubierto su juego y 
constituan una amenaza, de modo que Dusty tendra que 
dispararle en cuanto asomara. Porque si le daba tiempo a 
decir "Viola Narvilly" y, acto seguido, a recitarle el haiku de la 
garza, Abriman controlara la pistola aunque siguiera en 
manos de Dusty. A partir de ese instante, poda ocurrir 
cualquier cosa.



Alarmado pero demasiado buen actor para dejar entrever su 
preocupacin, el doctor sigui a la enfermera Hernndez fuera 
de la habitacin 246 asegurndole que Dustin y Martine 
Rhodes no tomaran ninguna decisin precipitada que pusiera 
en peligro la rehabilitacin de Skeet.

-De hecho, la seora Rhodes es paciente ma desde hace 
poco, y s que confa plenamente en los cuidados que 
estamos proporcionando a su cuado.

-Han mencionado que la madre del chupaflor se encontraba 
enferma...

-Bueno, esperemos que no sea grave.


-...pero sonaba a frijoles refritos, si quiere mi opinin. Y 
considerando la responsabilidad potencial de la clnica...

-Claro, claro... En fin, estoy seguro de que podremos 
arreglarlo.

Despus de asegurarse que la puerta de la 250 quedaba bien 
cerrada, el doctor Abriman ech a andar por cl pasillo con 
Jasmine Hernndez pisndole los talones. Procur moderar el 
paso, porque avivarlo habra evidenciado que daba a aquel 
asunto ms importancia de lo que afirmaba.

Se alegr de haberse quitado la chaqueta y remangado la 
camisa. El toque de laborioso desgaire y sus varoniles 
antebrazos reforzaban el aura de confianza y competencia 
que deseaba proyectar.

En la habitacin 250 no haba ms vida que el simulacro del 
televisor. La cama estaba deshecha; los cajones de la 
cmoda, abiertos y vacos, y el albornoz de la clnica, hecho 
un rebujo en el suelo. El paciente haba desaparecido

-Por favor, vaya a preguntarle a la enfermera Ganguss si los 
ha visto salir por la escalera principal o coger el ascensor -
pidi el doctor a Jasmine Hernndez.

La enfermera Hernndez, que no estaba programada, sino en 
plena posesin de su libre y soberano albedro, intent 
manifestar su opinin: 

-Pero no puede haberles dado tiempo...

-Basta con uno de nosotros para echar un vistazo a las 
escaleras de servicio -la ataj el doctor-. Ahora vaya a hablar 
con la enfermera Ganguss, por favor.

Tan ceuda que nadie se habra atrevido a discutirle que era 
la reencarnacin transexual de Pancho Villa, Jasmine 
Hernndez le dio la espalda y se alej a grandes zancadas en 
direccin al mostrador de control.

Abriman lleg a las escaleras de servicio, abri la puerta, sali 
al rellano, escuch, no oy nada y empez a bajar los 
peldaos de dos en dos; sus inertes pisadas resonaban de tal 
modo en las paredes de hormign que, al llegar al final del 
segundo tramo, pareca haber dejado a sus espaldas el eco de 
los aplausos de una audiencia enfervorizada.

El pasillo de la planta baja estaba desierto.

Empuj una puerta y penetr en el almacn de la parte 
posterior del edificio. Nadie.

Otra puerta, la que daba al callejn.

Cuando sali, el viento haca traquetear la tapa de uno de los 
contenedores de basura y pareca llevar en volandas al Saturn 
rojo que pas a su lado.

Al volante iba Dustin Rhodes. Sus miradas se cruzaron un 
instante. El pintor de brocha gorda llevaba el miedo y la 
certidumbre escritos en el rostro.

Sentado en el asiento posterior, el drogata, mierdecilla e intil 
de su hermanastro lo salud con la mano.

Con las luces traseras disminuyendo de intensidad como las 
de una nave espacial a velocidad de escape, el Saturn se 
intern temerariamente en la noche.

El doctor dese que el automvil se estrellara contra uno de 
los contenedores de basura del callejn, dese que hiciera un 
extrao, volcara, explotara y se prendiera fuego. Dese que 
Martie, Dusty y Skeet ardieran vivos, que sus cuerpos 
quedaran reducidos a huesos abrasados y humeantes 
amasijos de carne carbonizada; por ltimo, dese que una 
enorme bandada de grandes cuervos mutantes surgiera del 
cielo, se posara en los restos del Saturn y se cebara en la 
carne achicharrada de los cadveres, rasgara y despedazara, 
arrancara y deglutiera, hasta no dejar ni una sola fibra 
comestible.

No ocurri nada parecido.

El coche recorri dos manzanas antes de girar a la izquierda 
en una esquina para tomar la calle principal.

Mucho despus de que el Saturn se hubiera perdido de vista, 
el doctor segua en mitad de la calleja, mirando en la misma 
direccin.

El viento lo abofeteaba, y el doctor lo agradeca, como si las 
fras rfagas pudieran despejarle la cabeza y dispersar la 
confusin que reinaba en su nimo.

Aquella misma tarde, en la sala de espera de su consulta, 
Dusty haba empezado a leer El mensajero del miedo, la 
novela que l mismo haba puesto en manos de Martie a 
modo de triunfo extra que, en caso de ser jugado, aadira 
considerable emocin a la partida. Durante la lectura, Rhodes 
deba sentir espordicos estremecimientos demasiado 
intensos para atribuirlos a la historia, especialmente al 
toparse con el nombre "Viola Narvilly", y descubrir extraas 
coincidencias entre ciertos incidentes de la trama y 
determinados hechos de su vida real. El libro deba inducirlo a 
cavilar, a hacerse preguntas.

No obstante, haba tantas probabilidades de que Dusty hiciera 
deducciones trascendentales y acabara comprendiendo la 
autentica ndole y las verdaderas intenciones del doctor, sin 
ms ayuda que la novela de Condon, como de que los 
astronautas descubrieran una franquicia de Kentucky Fried 
Chicken en Marte y a Elvis engullendo pollo en un rincn. Y, 
en opinin de Abriman, ninguna subraymoslo: oportunidad 
de que el pintor de brocha gorda hubiera podido deducir todo 
aquello en una tarde.

Consecuentemente, deba de haber otros triunfos extra que el 
doctor no haba puesto en la baraja, que haban sido 
repartidos por el destino.

Uno de ellos poda ser Skeet. Skeet, por ms que tuviera el 
cerebro tan achicharrado por las drogas que ni siquiera haba 
podido programarlo en condiciones.

Inquieto respecto a la fiabilidad del aprendiz de pintor, 
Abriman haba acudido a la clnica aquella noche con el 
exclusivo propsito de imbuir la idea del suicidio en el sub-
subconsciente de Skeet y hacer que aquella ruina humana 
abandonara la clnica dando tumbos y pusiera fin a su vida 
antes del amanecer. Ahora tendra que idear una nueva 
estrategia.

Qu otros triunfos, adems de Skeet? Porque no caba duda 
de que se haban jugado otros. Por mucho que supieran Dusty 
y Martie -y puede que no supieran tanto como pareca-, era 
imposible que hubieran completado una parte considerable 
del rompecabezas valindose tan slo de la novela y de 
Skeet.

El inesperado giro de los acontecimientos se compadeca con 
el espritu deportivo del doctor Abriman. Le gustaba que sus 
partidas implicaran algn riesgo, pero siempre que pudiera 
controlarlo.

Lo suyo era el juego, no las apuestas. Prefera la arquitectura 
de las reglas a la jungla del azar.












Los remolques del parque se acurrucaban defensivamente 
contra el fuerte viento como si barruntaran uno de esos 
tornados que siempre acaban dando con sitios semejantes y 
desperdigndolos por paisajes devastados, para el morboso 
regodeo de las cmaras de televisin. Por fortuna, en 
California los ciclones son raros, breves y de baja intensidad. 
Los habitantes de aquel parque no tendran que soportar la 
estudiada compasin de los reporteros, divididos entre el 
entusiasmo ante una noticia de portada y la tentacin de 
rendirse a los restos de humanidad que hubieran sobrevivido 
a sus aos al servicio de los telediarios.

Las calles, idnticas, formaban una cuadrcula. Los centenares 
de hogares mviles instalados sobre plataformas de hormign 
ofrecan ms semejanzas que disparidades.

No obstante, Dusty consigui reconocer el remolque de Foster 
Newton, El Higo, en cuanto lo vio. La comunidad dispona de 
conexin para recibir la televisin por cable, y el remolque de 
El Higo era el nico que tena una pequea antena parablica 
en el techo.

En realidad, en el techo de El Higo haba tres parablicas de 
distinto tamao recortadas contra el bajo cielo nocturno, que 
matizaba de amarillo sucio el lejano resplandor de las luces 
suburbanas. La primera, orientada hacia el firmamento 
meridional, y la segunda, hacia el septentrional, eran 
estticas. La tercera, montada sobre una compleja 
articulacin cardn, se inclinaba y giraba constantemente, 
como si capturara sabrosas migajas de escurridizos datos, 
dmuy parecida a un chotacabras cazando insectos en el aire.

Adems de las parablicas, el tejado ostentaba todo un 
arsenal de extraas antenas: astiles de metro y metro con un 
nmero variable de travesaos cortos y gruesos; una doble 
hlice de cintas de cobre; un objeto similar a un rbol de 
Navidad metlico, desnudo e invertido, con los extremos de 
todas las ramas apuntando al cielo; y, por ltimo, una especie 
de casco vikingo con cuernos instalado sobre una prtiga de 
dos metros.

Erizado de cachivaches para la captacin de datos, el 
remolque pareca una pequea nave extraterrestre 
burdamente disfrazada de hogar mvil, el tpico objeto que 
los oyentes aseguraban haber visto en los programas de radio 
favoritos de El Higo.

Dusty, Martie, Skeet y Valer se plantaron en el porche de un 
metro cuadrado cubierto por una marquesina de aluminio, 
que, tras el despegue, podra desplegarse y servir de vela 
solar. A falta de timbre visible, Dusty llam a la puerta con los 
nudillos.

Arrebujado en la manta, que hinchaba y agitaba el viento, 
Skeet pareca un personaje de novela fantstica que, agotado 
de tantas aventuras y acosado por duendes, siguiera el rastro 
de un hechicero fugitivo.

-Seguro que Claudette no est enferma? pregunt alzando la 
voz para competir con el ventarrn.

-Seguro. Est perfectamente respondi Martie.

-Pero t me has dicho que estaba enferma... -insisti el chico 
vol-vindose hacia Dusty.

-Era mentira. Necesitbamos una excusa para sacarte de la 
clnica. 

-Pues me lo haba credo -murmur Skeet, decepcionado. 

-Estoy segura de que no te gustara que enfermara dijo 
Martie.

-No hara falta que la palmara. Con que tuviera vmitos y 
calambres me conformara. -En ese momento, se encendi la 
luz del porche-.

-Y una buena diarrea -aadi Skeet.

Dusty tena la sensacin de que los observaban por la mirilla.

Al cabo de un instante, se abri la puerta. En el umbral, El 
Higo parpade tras los gruesos cristales de sus gafas. Sus 
ojos, grises y agrandados por las lentes, destilaban una 
tristeza que no los abandonaba ni siquiera cuando rea.

-Hola -se limit a decir.

Hola, Foster -respondi Dusty. Perdona por venir a molestarte 
a estas horas, pero no saba a quin acudir.

-Claro respondi El Higo retrocediendo para dejarlos pasar. 

-Te importa que entre el perro? -le pregunt Dusty.

-No.

Martie ayud a Skeet a subir los peldaos. Valet y Dusty los 
siguieron.

-Estarnos en un aprieto, Foster -dijo Dusty mientras El Higo 
cerraba la puerta. Podra haber ido a casa de Ned, pero tarde 
o temprano acabara estrangulando a Skeet, as que...

-Sentaos -les indic El Higo sealando la mesita de la cocina. 
Aceptaron la invitacin y acercaron sillas; apenas se sentaron, 
el perro se meti debajo de la mesa.

-Tambin podramos haber ido a casa de mi madre dijo 
Martie, pero hubiera empezado a...

-Zumo? pregunt El Higo.

-Zumo? repiti Dusty.

-Naranja, ciruela o uva? especific El Higo.

-Tienes caf? pregunt Dusty.

-No.

-Uva.

En la radio, mientras El Higo sacaba el zumo del frigorfico y 
lo serva, los tertulianos cambiaban opiniones sobre "El ADN 
extraterrestre activo e inactivo injertado en la estructura 
gentica humana" y se preguntaban "si el objetivo de la 
actual colonizacin de la Tierra por los extraterrestres era la 
esclavizacin del gnero humano, su elevacin a un estadio 
superior o la mera recoleccin de rganos humanos con el fin 
de aprovisionar de asaduras las mesas aliengenas".

Martie mir a Dusty y enarc las cejas como preguntndole: 
"Se-guro que funcionar?".

Skeet pase la mirada por el interior del remolque, asinti, 
sonri y dijo:

-Me gusta este sitio. Noto buenas vibraciones.

Tras mandar a casa a la enfermera Hernndez con la promesa 
de que le pagaran la jornada completa a pesar de que haba 
hecho dos horas menos de las que le correspondan. Tras 
asegurar por ensima vez a la enfermera Ganguss que la 
estrella de cine no necesitaba nada por el momento y tras 
asistir a un nuevo despliegue de habilidades gimnsticas de la 
incansable lengua de la enfermera Woosten, el doctor 
Abriman volvi al asunto que haba dejado pendiente en la 
habitacin 246.

Tal como le haba ordenado, el actor segua en la cama, 
acostado sobre la colcha sin ms ropa que sus minsculos 
calzoncillos negros. Miraba al techo con la misma emocin 
que haba puesto en cada una de sus interpretaciones en la 
ristra de colosales xitos de taquilla a que haba contribuido.

-Dime dnde ests en estos momentos -le orden el doctor 
sentndose en el borde de la cama, no fsica, sino 
mentalmente. 

-Estoy en la capilla.

Bien.

En el curso de una visita previa, Abriman haba instruido al 
actor para que dejara de consumir herona, cocana, 
marihuana y dems sustancias ilegales. Contrariamente a lo 
que el doctor haba dicho a las enfermeras Ganguss y 
Woosten, aquel paciente estaba completamente curado de su 
adiccin a las drogas.

El motivo que haba impulsado al doctor a liberarlo de sus 
hbitos destructivos tena tan poco que ver con la compasin 
como con la deontologa profesional. Simplemente, le era ms 
til sobrio que colocado.

El astro de la pantalla estaba a punto de participar en una 
peligrosa partida de enorme trascendencia histrica; en 
consecuencia, no deba existir ninguna posibilidad de que 
cuando le llegara el momento de entrar en juego estuviera en 
una celda a la espera de que le impusieran una fianza por 
posesin de narcticos. Tena que mantenerse desintoxicado y 
a punto para su cita con el destino.

-T sueles moverte en los crculos ms selectos -dijo el 
doctor-. Me refiero, en particular, a un acto al que debes 
asistir de aqu a diez das, la noche del sbado de la prxima 
semana. Por favor, describe el acontecimiento al que me 
refiero.

-Es una recepcin en honor del presidente -respondi el actor. 

-El presidente de Estados Unidos.

-S.

El acto, cuyo autntico motivo era la recaudacin de fondos 
para el partido poltico del presidente, se celebrara en la 
mansin de Bel Air de un director que haba ganado ms 
dinero, cosechado ms scares y corrido ms riesgos de 
contraer alguna enfermedad de transmisin sexual con ms 
aspirantes a actriz que el propio Josh Abriman, el seor de las 
lgrimas. Doscientos figurones de Hollywood pagaran veinte 
mil dlares por cabeza por el privilegio de babear ante aquel 
prncipe de los polticos tanto como el resto del mundo, desde 
los presentadores de las tertulias televisivas hasta la escoria 
de las calles, babeaba ante ellos diariamente.

Tras servir zumo a sus invitados, Newton se sent a la mesa, 
de espaldas a una pared empapelada con cartas estelares y 
fotografas de los hemisferios norte y sur tomadas desde el 
espacio. Pareca un primo paleto del capitn James Kirk a los 
mandos de una versin barata de la nave estelar Enterprise.

La mascota del comando espacial, Valet, lama agua de un 
cuenco que le haba preparado el capitn. A juzgar por su 
actitud, el abejorreo del remolque lo traa sin cuidado.

Martie se preguntaba si la cara perpetuamente roja de El Higo 
y el brillante color cereza de su nariz seran consecuencia de 
las radiaciones emitidas por su arsenal de chatarra 
electrnica, ms que de la exposicin al sol durante su 
jornada laboral como pintor.

-Y bien? -pregunt El Higo.

-Martie y yo tenemos que viajar a Santa Fe porque 
necesitamos... empez a decir Dusty.

-energizaros?

-Qu?

-Es un enclave energtico dijo, muy serio, El Higo.

-El qu? Santa Fe? Qu tipo de enclave energtico?

-Mstico.

-En serio? Pues, no, slo queremos hablar con unas personas 
que podran ser testigos en... en un caso criminal. 
Necesitamos dejar a Skeet un par de das en algn sitio 
donde a nadie se le ocurra buscarlo. Si pu-dieras...

-Saltars? -le pregunt El Higo a Skeet.

-De dnde:

-De mi techo.

-Perdona -respondi Skeet-, pero no es lo bastante alto. 

-Te disparars?

-No, de verdad asegur Skeet.

-Vale dijo El Higo, y le dio un sorbo a su zumo de ciruela. 
Haba sido ms fcil de lo que esperaba Martie.

-Sabemos que es un engorro, Foster -dijo la mujer; pero, 
podras hacerle sitio a Valet?

-Al perro?

S. Es muy dcil, no ladra, no ni muerde, hace mucha 
compaa 

-Se lo hace?

-Cmo?

-Dentro de casa -dijo El Higo.

-Qu va, jams!

-Vale.

Martie busc con la mirada a Dusty, que al parecer se senta 
tan culpable como ella, pues dijo:

-Higo, tengo que serte totalmente franco. Estoy convencido 
de que hay alguien buscando a Skeet, puede que ms de una 
persona. No me parece probable que aparezcan por aqu, 
pero si lo hacen... son peligrosos.

-Drogas? -pregunt El Higo.

-No, no es nada relacionado con drogas. Es...

Al ver que Dusty no daba con las palabras adecuadas para 
explicar su inaudito problema, Martie acudi en su ayuda:

-Por extrao que parezca, somos vctimas de una especie de 
experimento de control mental y lavado de cerebro, de una 
trama montada por...

-Extraterrestres? -pregunt El Higo.

-No, no. Por...

-Seres transdimensionales?

-No. Es...

-El gobierno?

-Puede -dijo Martie.

-La Asociacin Nacional de Psicologa?

Martie se qued sin habla, y Dusty dijo:

-De dnde has sacado semejante idea?

-Slo hay cinco sospechosos posibles -contest El Higo. 

-Quin es el quinto?

El Higo se inclin sobre la mesa, con una expresin tan seria 
como poda adoptar su sonrosada cara de torta y los lmpidos 
ojos grises inundados por la perpetua pena que le inspiraba la 
condicin humana. 

-Bill Gates -respondi.

-Buen alpiste -dijo Skeet saboreando el zumo.



El actor al desnudo. Frvolo hombre de cine. Fama e infamia.

Psimo. Si las mujeres hermosas rara vez conseguan elevar 
la inspiracin del doctor a las cimas de la excelencia potica, 
era poco probable que aquel histrin de nariz quirrgicamente 
esculpida y labios realzados con colgeno quedara 
inmortalizado en un haiku genial.

Abriman se levant del borde de la cama, clav la mirada en 
el plcido rostro y los agitados ojos de su paciente y le dijo:

Una vez le hayas arrancado la nariz, no la masticars. La 
escupirs de inmediato, de forma que un buen equipo de 
cirujanos pueda reimplantrsela. El objetivo de tu accin no 
es ni el asesinato ni la desfiguracin permanente. Ciertas 
personas desean mandar al presidente un mensaje, una 
advertencia, si lo prefieres, a la que no pueda hacer odos 
sordos. T slo eres el mensajero. Dime si te ha quedado 
claro.

-Me ha quedado claro.

Repite mis instrucciones.

El actor repiti las instrucciones al pie de la letra, con mucha 
ms fidelidad que cuando recitaba su parte en un dilogo.

-Aunque te prohibo que causes ninguna otra lesin al 
presidente, el resto de los asistentes al acto sern las 
vctimas perfectas de tu desesperado intento de escapar.

-Lo entiendo.

La conmocin que producir el atentado te dar la 
oportunidad de escabullirte antes de que los agentes del 
servicio secreto reaccionen. 

-S.

Pero no tardarn en acorralarte. A partir de ese momento, 
haz lo que quieras... pero no dejes que te cojan vivo. Puede 
que quieras sentirte en la piel de Indiana Jones rodeado por 
matones nazis y sus siniestros esbirros. Usa la imaginacin 
para crear el caos, utiliza objetos normales como armas y 
brete paso por la casa a sangre y fuego hasta que te abatan 
a tiros.

Aquel delicado trabajo con el actor era un encargo, uno ms 
de los que el doctor se vea obligado a aceptar de vez en 
cuando. Era el precio que deba pagar si quera que le 
permitieran emplear sus tcnicas de control para su diversin 
personal, con poco o ningn riesgo de ir a la crcel en caso de 
que alguna de sus partidas se saliera de madre.

Desde luego, el guin de cualquiera de sus entretenimientos 
privados no habra sido tan sencillo. No obstante, a pesar de 
su falta de complejidad, aquel juego prometa.

Tras programar al actor para que no tuviera ningn recuerdo 
accesible de su encuentro de aquella noche, Abriman lo 
condujo al cuarto de estar de la suite.

En un principio, el doctor tena intencin de pasar al menos 
una hora dictando al actor semicoherentes monsergas 
psicticas para que las anotara en su diario manuscrito como 
si se tratara de sus propias obsesiones. Lo haban hecho 
durante unas cuantas sesiones previas, que haban dado 
como fruto casi doscientas pginas -la mitad del cuaderno- de 
febril terror paranoico, bilioso resentimiento y apocalpticas 
predicciones, directa o indirectamente relacionadas con el 
presidente de Estados Unidos. El actor no recordara haber 
escrito ni una sola de aquellas palabras y slo abrira el diario 
cuando el psiquiatra lo instruyera para hacerlo. No obstante, 
despus del atentado contra la nariz presidencial, y una vez 
abatido el culpable, las autoridades descubriran el 
escalofriante documento oculto bajo la coleccin de bragas 
que la estrella de cine conservaba como recuerdo de las 
legiones de mujeres a las que haba seducido.

Sin embargo, preocupado por el audaz rescate de Skeet 
culminado por los Rhodes, Abriman prefiri dejar el dictado 
para mejor ocasin. Las doscientas pginas ya existentes 
resultaran ms que persuasivas tanto para los agentes del 
FBI como para los lectores de la prensa sensacionalista.

Obedeciendo a las indicaciones del doctor, el actor volvi a 
hacer el pino frente a la televisin, tan gil como un gimnasta 
adolescente veinte aos ms joven.

Empieza a contar -le orden Abriman.

Cuando lleg a diez, el actor abandon la capilla mental y 
recobr la plena conciencia. Por lo que a l respectaba, el 
psiquiatra acababa de entrar a la habitacin.

-Mark? Qu te trae por aqu a estas horas?

-He venido a ver a otro paciente. Qu haces?

-Casi todos los das paso una hora en esta posicin. Mejora el 
riego sanguneo del cerebro.

-Los resultados saltan a la vista.

-Verdad? -Cabeza abajo, la estrella sonri de oreja a oreja.

Procurando no perder la paciencia, el doctor particip en diez 
minutos de conversacin insoportablemente aburrida sobre 
los enormes beneficios que estaba reportando al actor su 
actual xito de taquilla, con el objeto de proporcionarle algn 
recuerdo de aquella visita. Cuando al fin pudo abandonar la 
habitacin 246, Abriman saba mucho ms de lo que le 
importaba saber sobre la curva de asistencia a los emes de 
los centros comerciales del rea metropolitana de Chicago.

El famoso actor. Muerde la nariz de la democracia. Millones lo 
jalean. No genial, pero mucho mejor. Haba que pulirlo.



Mientras el viento de enero aullaba en el exterior y un ejrcito 
de grillos electrnicos rozaba sus litros en el interior, Dusty 
activ a Skeet pronunciando el nombre "Doctor Yen Lo".

El chico se enderez en la silla y adopt una expresin tan 
inescrutable que slo entonces comprendi Dusty la sutil 
angustia que embargaba a su hermano momentos antes. 
Constatarlo agudiz el dolor constante que le produca saber 
que Skeet se haba visto privado desde nio de una vida 
plena y dichosa.

A continuacin, le recit los tres versos del haiku, a los que 
Skeet respondi adecuadamente.

-Exacto -dijo El Higo, como si estuviera al tanto de aquella 
tcnica de control psicolgico.

Unos minutos antes, en un rpido vis a vis en la biblioteca de 
Foster -el pequeo dormitorio atestado de libros sobre ovnis, 
abducciones, combustin espontnea de seres humanos, 
criaturas transdimensionales y el Tringulo de las Bermudas-, 
Dusty haba explicado a Martie los resultados que esperaba 
obtener con Skeet. Lo que propona pareca plagado de 
peligros para el frgil estado psicolgico del chico, y Dusty 
tema hacerle ms mal que bien. Para su sorpresa, Martie se 
adhiri al plan de inmediato. Con su respaldo, Dusty, que 
confiaba en el sentido comn de su mujer ms de lo que 
confiaba en que el sol saliera por el este, se dispuso a cargar 
con la tremenda responsabilidad de poner en prctica su plan.

Skeet, activado y a la espera de instrucciones, agit los ojos 
como haba hecho en Nueva Vida.

-Dime si oyes mi voz, Skeet -le pidi Dusty.

-Oigo tu voz.

-Skeet... cuando te d instrucciones, las obedecers?

-Las obedecer?

Dusty record lo que haba aprendido en el incidente de la 
clnica y reformul la pregunta como afirmacin:

-Skeet, obedecers todas las instrucciones que te d. 
Confirma que lo hars.

-Lo confirmo.

Soy el doctor Yen Lo, Skeet.

-S.

-Y soy las claras cascadas.

-S.

-Hasta ahora te he dado muchas instrucciones.

-Azules hojas de pino -dijo Skeet.

-Exacto. Skeet, dentro de unos instantes voy a chasquear los 
dedos. Cuando lo haga, caers en un sueo profundo y 
reparador. Dime si has entendido lo que te he dicho hasta 
ahora.

-Lo he entendido.

-Despus, chasquear los dedos por segunda vez. Al or ese 
segundo chasquido, te despertars y recobrars la plena 
conciencia, pero adems olvidars para siempre todas las 
instrucciones que te haba dado con anterioridad. Mi control 
sobre ti se habr acabado. Yo, el doctor Yen Lo, las claras 
cascadas, ya no podr volver a tener acceso a ti. Skeet, dime 
si has entendido lo que he dicho.

-Lo he entendido.

Dusty busc la aprobacin de Martie con la mirada.

Ella asinti.

El Higo, que ignoraba el plan, dej el zumo de ciruela y se 
inclin sobre la mesa, fascinado.

-Aunque olvidars todas mis instrucciones anteriores, Skeet, 
recordars hasta la ltima palabra de lo que voy a decirte 
ahora, y lo creers y actuars en consecuencia el resto de tu 
vida. Dime si entiendes o no lo que acabo de decirte.

-Lo entiendo.

-Skeet, no volvers a tomar drogas ilegales. No sentirs 
deseos de tomarlas. Slo tomars las que te recete el mdico 
cuando ests enfermo. 

-Lo entiendo.

-Skeet, de ahora en adelante, comprenders que en el fondo 
eres una buena persona, ni mejor ni peor que los dems. Las 
cosas negativas que ha dicho tu padre sobre ti a lo largo de 
los aos, los reproches que te ha hecho tu madre, las crticas 
que te ha dirigido Derek Lampton... no vol-vern a afectarte, 
herirte o limitarte.

-Lo entiendo.

Al otro lado de la mesa, Martie tena los ojos brillantes de 
lgrimas.

Dusty tuvo que hacer una pausa y respirar hondo antes de 
proseguir.

-Skeet, echars la vista atrs, hacia tu infancia, y volvers a 
la poca en que creas en el futuro, en que estabas lleno de 
sueos y esperanzas. Volvers a creer en el futuro. Creers 
en ti mismo. Tendrs confianza, Skeet, y nunca jams 
volvers a perderla.

-Lo entiendo.

Skeet miraba al infinito. El Higo estaba fascinado. El bueno de 
Valet lo observaba todo. Martie se enjugaba las lgrimas en la 
manga de la blusa.

Dusty junt el ndice y el pulgar.

Dud. Pensando en todo lo que poda ir mal, temiendo las 
imprevisibles consecuencias de sus buenas intenciones.

Chas!

Skeet cerr los prpados de inmediato y, profundamente 
dormido, se relaj en la silla y hundi la barbilla en el pecho.

Abrumado por la responsabilidad que acababa de asumir, 
Dusty se levant de la mesa, se qued inmvil e indeciso y, al 
cabo de un instante, fue a la cocina. Se acerc al fregadero, 
abri el grifo del agua fra, junt las palmas de las manos 
bajo el chorro y se remoj la cara una y otra vez.

Martie se acerc a l.

-Todo ir bien, cario.

Puede que el agua disimulara sus lgrimas, pero Dusty no 
pudo ocultar la emocin que tea su voz.

-Y si lo he dejado peor de lo que est sin darme cuenta? 

-No lo has hecho -respondi ella con conviccin.

Dusty sacudi la cabeza.

-No puedes saberlo. La mente es muy delicada. Uno de los 
peores casos de este mundo es que... hay demasiada gente a 
la que le gusta jugar con la mente de los dems, y el dao 
que pueden causarles es enorme. Enorme. No puedes 
saberlo, ninguno podemos.

-S puedo -murmur Martie posando una mano en su hmedo 
rostro-. Porque lo que acabas de hacer lo has hecho por puro 
amor, por lo mucho que quieres a tu hermano, y de eso 
nunca puede salir nada malo.

-Ya. El cansino del Infierno est empedrado de buenas 
intenciones.

-Lo mismo que el camino del Cielo, no te parece?

Con un estremecimiento, tragando saliva para deshacer el 
nudo que le cerraba la garganta, Dusty expres en voz alta 
un miedo an ms profundo:

-Tengo miedo de lo que podra ocurrir si esto funciona... pero 
an tengo ms de que no funcione. Es para volverse loco. Y 
si chasqueo los dedos y quien despierta es el Skeet de 
siempre, si sigue asqueado de s mismo y lleno de confusin, 
si sigue siendo el mismo pobre diablo dbil e intil? Esta es su 
ltima oportunidad, y quiero creer que va a funcionar, pero, 
y si chasqueo los dedos y resulta que su ltima oportunidad 
era pura fantasa? Qu haremos entonces, Martie?

La firmeza de la voz de Martie lo sostuvo, como siempre lo 
sostena: 

-Al menos lo habrs intentado.

Dusty se volvi hacia la mesa y se qued mirando la nuca de 
Skeet, que tena el pelo revuelto. Su delgado cuello, sus 
frgiles hombros. 

-Vamos -le dijo Martie suavemente-. Dale una nueva vida.

Dusty cerr el grifo. Arranc varias hojas de papel de cocina 
del rollo de la pared y se sec la cara.

Hizo un rebujo con las hojas y las tir al cubo de la basura.

Luego, se restreg las manos, como si pudiera detener de ese 
modo los temblores que las agitaban.

Haciendo chasquear las patas sobre el linleo, el inquisitivo 
Valet se acerc a la cocina. Dusty acarici la rubia cabeza del 
animal.

Al fin, sigui a Martie hasta la mesa, y volvieron a sentarse 
con Skeet y El Higo.

Dusty volvi a juntar el corazn y el pulgar.

Para bien o para mal, el prodigio estaba a punto de 
producirse, trajera consigo esperanza o desesperacin, alegra 
o dolor, vida o muerte: chas! Skeet abri los ojos, levant la 
cabeza, enderez el cuerpo en la silla, mir a su alrededor y 
dijo:

-Bueno, cundo empezamos?

No recordaba la sesin.

-Tpico -declar El Higo asintiendo vigorosamente.

-Skeet? -dijo Dusty, y el chico se volvi hacia l; luego, 
respir hondo y, al tiempo que exhalaba, aadi-: Doctor Yen 
Lo.

Skeet inclin la cabeza.

-Eh?

Martie decidi probar:

Doctor Yen Lo.

El Higo no quiso ser menos:

-Doctor Yen Lo.

Skeet recorri con la mirada los rostros expectantes que lo 
rodeaban, incluido el del perro, que haba apoyado las patas 
delanteras en el borde de la mesa.

-Qu es eso, una adivinanza, una pregunta de concurso o 
qu? Quin es ese Lo, un personaje histrico? Siempre he 
sido un negado pira la Historia.

-Bien -sentenci El Higo.

-Claras cascadas -dijo Dusty.

Skeet lo mir, perplejo.

-Suena a marca de lavavajillas.

Al menos la primera parte del plan haba funcionado. Skeet ya 
no estaba programado, ni bajo control ajeno.

No obstante, slo el tiempo dira si Dusty haba tenido xito 
en su segundo objetivo: liberar a Skeet de su calamitoso 
pasado.

Dusty empuj su silla hacia atrs y se puso en pie.

-Levntate -le dijo a Skeet.

-Eh?

-Venga, hermanito, lev.anta.

El chico se puso en pie, y la manta de la clnica le resbal de 
los hombros y cay al suelo. Pareca un espantapjaros de 
palos y paja vestido con el pijama de un gordinfln.

Dusty le ech los brazos al cuello y lo estrech con fuerza, 
con mucha fuerza. Cuando al fin pudo hablar, le dijo:

-Antes de que nos vayamos, te dar dinero para batidos de 
vainilla, vale?












La rueda de la fortuna estaba girando. El vuelo de la United 
desde el aeropuerto internacional John Wayne hasta Santa Fe 
va Denver a primera hora de la maana dispona de plazas 
libres. Usando una tarjeta de crdito, Dusty reserv dos 
billetes desde el telfono de la cocina de Newton El Higo.

-Pistola? -pregunt El Higo unos minutos despus, cuando 
Dusty y Martie, dispuestos a dejarlos a su cuidado, se 
despedan de hermano y perro junto a la puerta.

-Qu quieres decir? -pregunt Dusty a su vez.

-Necesitis?

-No.

-La necesitaris -insisti El Higo.

-Por favor, dime que no tienes un arsenal lo bastante grande 
como para iniciar una guerra -dijo Martie, preguntndose si 
Foster Newton no sera ms peligroso que un simple 
excntrico.

-No -la tranquiliz El Higo.

Adems, ya tenemos una -dijo Dusty sacndose el Colt 
Commander 45 del bolsillo de la chaqueta.

-Vais en avin, no? -pregunt El Higo.

-No tengo intencin de subir con ella al avin. La guardar en 
una de las maletas.

-Puede que las escaneen -le advirti El Higo.

-Aunque no sea equipaje de mano?

-ltimamente, s.

-Tambin en vuelos cortos?

-Tambin -respondi El Higo.

-Es por la reciente ola de atentados terroristas -explic Skeet-
. Todo el mundo est nervioso, y la Direccin Federal de 
Aviacin ha endurecido la normativa de seguridad.

Dusty y Martie lo miraron con no menos asombro que si 
acabara de salirle un tercer ojo en medio de la frente. Firme 
partidario del axioma filosfico segn el cual la realidad 
apesta, Skeet nunca lea el peridico, sintonizaba las noticias 
de la radio ni vea los telediarios.

Skeet adivin el motivo de su pasmo se encogi de hombros.

-En fin, eso es lo que comentaban dos camellos el otro da 
explic. 

-dos camellos? pregunt Martie.

-Sin joroba especific Skeet. A los del zoo no los trato desde 
cro.

-Los camellos van por ah comentando las noticias de la tele?

-Es que sta afectaba a sus viajes de negocios. Los tena un 
poco mosqueados.

-Cuntas maletas escanean? pregunt Dusty a El Higo Una 
de cada diez? Una de cada cinco?

-En algunos vuelos, el cinco por ciento.

-Bueno, entonces...

-En otros, el cien por cien.

-Es un arma legal... -dijo Dusty mirando la pistola, que tena 
en la mano-. Pero no tengo licencia para llevarla encima.

-Ni para sacarla del estado -le hizo notar El Higo.

-Eso es peor, verdad?

-No es mejor -dijo El Higo y, guiando uno de sus ojos de 
bho, aadi-- : Pero tengo algo.

Foster desapareci en el fondo del remolque, pero volvi al 
cabo de unos instantes trayendo una caja. De su interior sac 
un reluciente camin de juguete. Rozndolas con la mano, 
hizo girar las ruedas.












Cielo negro, negro viento. Negras, tambin, las ventanas. 
Vive el viento en la casa?

El doctor subi al porche posterior de la pequea mansin 
victoriana de los Rhodes, demasiado barroca para su gusto, y 
se detuvo unos instantes ante la puerta, mientras escuchaba 
los ritmos de maraca de los agitados rboles y repeta en su 
mente el haiku del viento negro, satisfecho.

La primera vez que haba estado all, haca un par de meses, 
para someter a Dusty a una sesin de programacin, se haba 
llevado un juego de llaves de la casa, como haba hecho con 
la llave del piso de Susan. Abri la puerta, se desliz al 
interior de la cocina y cerr tras de s procurando no hacer 
ruido.

Si el viento viva all, haba salido. Aquella negrura era clida 
y tranquila. No haba nadie en casa, ni siquiera el perro.

Acostumbrado a moverse a sus anchas por los hogares de 
aquellos a quienes controlaba, encendi las luces de la cocina 
con toda naturalidad.

No saba lo que buscaba, pero estaba seguro de reconocerlo 
en cuanto lo viera.

Casi enseguida, un descubrimiento. Un sobre acolchado, 
abierto y olvidado sobre la mesa de la cocina. El nombre del 
remitente capt su atencin de inmediato: "Doctor Roy 
Closterman".

Debido a su espectacular xito como psiquiatra pero tambin 
como escritor, debido a que haba heredado una enorme 
fortuna y era objeto de envidia, debido a que no transiga con 
los idiotas, debido a que senta ms desprecio que admiracin 
por aquellos miembros de la comunidad mdica cuyos rgidos 
cdigos ticos y dogmticos puntos de vista le resultaban 
asfixiantes y debido a otras muchas razones, el doctor sola 
hacer pocos amigos y crearse ms de un enemigo entre sus 
colegas de cualquier especialidad. En consecuencia, lo habra 
sorprendido que el mdico de cabecera de los Rhodes no 
perteneciera al rebao de quienes lo tenan en vanal 
concepto. Que fueran pacientes del autobeatificado san 
Closterman, por tanto, lo inquietaba casi tan poco como si lo 
hubieran sido de cualquiera de los otros mdicos a los que 
Abriman tildaba de matasanos.

Lo preocupante era el mensaje que haba junto al sobre. La 
nota, manuscrita en papel timbrado del internista, llevaba la 
firma de Closterman:

Mi recepcionista pasa por delante de vuestra casa camino de 
la suya, de modo que le he pedido que os llevara esto. He 
pensado que quiz no hayis ledo ningn libro del doctor 
Abriman y que podra interesaros el que acaba de publicar.

Otro triunfo.

El doctor Abriman dobl la hoja y se la guard en un bolsillo.

El libro al que haca referencia Closterman no estaba a la 
vista. Si era realmente el ltimo, tena que tratarse de un 
ejemplar en tapa dura de aprenda a quererse.

Era maravilloso que hasta sus enemigos contribuyeran a sus 
derechos de autor.

No obstante, cuando resolviera aquella crisis, tendra que 
ocuparse de san Closterman. No estara de ms devolver la 
simetra a la cabeza de su novio por el simple expediente de 
cortarle la otra oreja. En cuanto al propio Closterman, tal vez 
conviniera librarlo del dedo corazn de la mano derecha para 
reducir su capacidad de hacer gestos vulgares; un santo sin 
duda agradecera que le amputaran un miembro tan 
potencialmente obsceno.











El camin de bomberos -doce centmetros de ancho, doce de 
alto y treinta de largo- era de metal prensado. Lleno de 
primorosos detalles, pintado a mano, fabricado en Holanda 
por artesanos con amor propio y olfato, habra hecho las 
delicias de cualquier nio.

El Higo se sent a la mesa y, rodeado por sus expectantes 
invitados, puso el camin boca abajo, desenrosc los ocho 
tornillos de latn usando un pequeo destornillador con punta 
de medio centmetro y separ la carrocera del chasis y las 
ruedas.

En el interior del juguete haba una pequea bolsa de fieltro 
de las que sirven para guardar zapatos en una maleta.

-La pistola dijo El Higo.

Dusty le tendi el Colt 45.

El Higo meti la pistola en la bolsa de fieltro para que no 
hiciera ruido y la bolsa, en la carrocera del camin de 
bomberos. Si la pistola hubiera sido un poco ms grande, 
habran necesitado un camin mayor.

-Otro cargador? -pregunt El Higo.

-No tengo -respondi Dusty.

-Deberas.

-Ya.

El Higo volvi a atornillar la carrocera al chasis del camin, 
fij el pequeo destornillador a los bajos con cinta adhesiva y 
le entreg el camin a Dusty.

-Que lo escaneen.

-Si lo ponemos de lado en una de las maletas, los rayos X 
slo mostrarn la silueta de un camin de juguete -dijo Martie 
admirada. 

-Exacto -confirm El Higo.

-No nos harn abrirla para inspeccionar una cosa as.

-No.

-Incluso podramos llevar las maletas como equipaje de mano 
-dijo Dusty.

-Mejor.

-Mejor? -pregunt Martie. 

-Claro, porque no sera la primera vez que extravan unas 
maletas.

El Higo asinti.

-Exacto.

-Lo has empleado alguna vez? -pregunt Skeet a El Higo 
sealando el camin.

-Nunca.

-Entonces, por qu lo tienes?

-Por si acaso.

-Eres un tipo extrao, Foster -dijo Dusty haciendo girar el 
camin entre las manos.

-Gracias -respondi El Higo-. Chalecos de kevlar?

-Eh?

-Kevlar. Antibalas.

-Chalecos antibalas? -pregunt Dusty, perplejo.

-Tenis?

-No.

--Queris?

-Tienes? -pregunt Martie, asombrada.

-Claro.

-Lo has necesitado alguna vez, Higo? -pregunt Skeet. 

-Todava no.

Martie mene la cabeza.

-Supongo que ahora nos ofrecers una pistola de rayos para 
matar extraterrestres...

-No tengo -dijo El Higo con evidente pesar.

-Pasaremos de los chalecos -dijo Dusty-. Los de seguridad del 
aeropuerto podran percatarse de que abultamos ms de la 
cuenta. 

-Podran -admiti El Higo muy serio.











El doctor no encontr ninguna otra cosa digna de inters en la 
planta baja. A pesar de su aficin al arte y el diseo de 
interiores, no se detuvo a contemplar ningn cuadro, mueble 
u objeto ornamental. La decoracin lo dej fro.

En el dormitorio principal haba signos de una partida 
apresurada. Dos cajones de la cmoda permanecan abiertos. 
Lo mismo que una puerta del armario. En el suelo haba un 
jersey.

Al inspeccionar el armario con ms detenimiento, vio dos 
maletas de un mismo juego guardadas en un estante alto. 
Junto a ellas, haba un espacio vaco suficiente para otras dos 
ms pequeas.

El otro dormitorio con bao anexo no le proporcion ninguna 
pista. A continuacin, se dirigi al despacho de Martie.

Morena y laboriosa. Creando juegos de hobbits. La muerte 
aguarda en Mordor.

La amplia mesa de trabajo en forma de U estaba atestada de 
libros apilados, mapas de tierras fantsticas, esbozos de 
personajes y otros materiales relacionados con el proyecto de 
Martie basado en El Seor de los Anillos. Abriman perdi ms 
tiempo del necesario examinando aquellos objetos, cediendo 
a su entusiasmo por todo lo relacionado con los juegos.

Mientras echaba un vistazo a los diseos asistidos por 
ordenador de hobbits, orcos y otras criaturas, el doctor 
comprendi uno de los motivos que le permita componer 
mejores haikus sobre Martie que sobre Susan u otras 
mujeres. Martie y l compartan un mismo inters. Como l, 
la mujer disfrutaba ejerciendo el control del juego. Cuando 
menos, aquel aspecto de la mente de Martie produca un eco 
de simpata en la del doctor.

Abriman se pregunt si, con el tiempo, descubrira que tenan 
otros rasgos y pasiones en comn. Una vez dejaran atrs el 
presente y lamentable fermento de su relacin, qu irnico 
sera comprender que estaban destinados a compartir un 
futuro ms complejo de lo que haba imaginado, cegado por la 
excepcional belleza de Susan y por las conexiones familiares 
de Martie.

El incorregible sentimental que haba en Abriman se regocij 
ante la perspectiva de enamorarse o experimentar algo por el 
estilo. Aunque llevaba una vida plena y era hombre de hbitos 
arraigados, no le hara ascos a la complejidad de una 
aventura.

Mientras registraba los cajones del escritorio, se senta no 
tanto un detective como un enamorado travieso hojeando el 
diario de la amada en busca de los secretos ms ntimos de 
su corazn.

En los tres cajones laterales no encontr nada de inters ni 
para el detective ni para el enamorado. Sin embargo, en el 
cajn central, ancho y bajo, entre reglas, lapiceros, gomas y 
similares, descubri una microcasete con el rtulo SUSAN 
escrito con letras rojas en la etiqueta.

Sinti lo que sentira una vidente gitana al volcar las heces del 
t en un platillo y leer un destino especialmente aciago en el 
hmedo amasijo: un estremecimiento que convirti la 
piamter de su espina dorsal en una membrana de hielo.

Registr los restantes cajones en busca de un aparato 
reproductor que admitiera casetes de aquel tamao. No lo 
encontr.

Cuando vio el contestador automtico en un rincn del 
escritorio, comprendi lo que tena en la mano.











Agitada por el viento, la marquesina de aluminio produca un 
gruido animal, como si una bestia hambrienta acechara en la 
noche esperando que Dusty abriera la puerta del remolque.

-Si hay que fiarse del pronstico del tiempo, el resto de la 
semana va a ser un desastre -le dijo a El Higo. Olvidaos del 
trabajo en casa de los Sorenson. Basta con que cuides de 
Skeet y Valet por m.

-Hasta cundo? -pregunt El Higo.

-No lo s. Depende de lo que descubramos all. Puede que 
estemos de vuelta pasado maana, viernes. Pero puede que 
volvamos el sbado.

-Nos entretendremos -lo tranquiliz El Higo.

-Jugaremos a las cartas -dijo Skeet.

-Y escucharemos las frecuencias de onda corta para captar 
mensajes codificados de los extraterrestres -aadi El Higo, 
en un rasgo de inusual locuacidad.

-Imagino que oiremos las tertulias de la radio predijo Skeet. 

-Eh -le dijo El Higo-, te gustara que volramos unos 
juzgados? 

-Qu? se alarm Martie.

-Era broma -dijo El Higo guindole un ojo de lechuza. 

-De las malas rezong Martie.

Dusty y Martie bajaron los peldaos y, azotados por el viento. 
cruzaron el pequeo porche y avanzaron hacia el coche, 
mientras grandes hojas de magnolia, marrones como ratas, 
se arremolinaban a sus pies.

A sus espaldas, asomado a la puerta del remolque, Valet solt 
un gaido desgarrador, como si su instinto canino le dijera 
que no volvera a verlos.












Segn la ventanilla indicadora, haba dos mensajes en el 
contestador autocrtico. El doctor Abriman decidi 
escucharlos antes de poner la cinta etiquetada SUSAN.

El primero era de la madre de Martie. Pareca desesperada 
por saber qu ocurra, por averiguar por qu no le haban 
devuelto sus dos llamadas anteriores.

La segunda voz de la cinta perteneca a una mujer que se 
identificaba como agente de reservas de una compaa area.

Seor Rliodes, olvid preguntarle la fecha de expiracin de su 
tarjeta de crdito. Si escucha este mensaje, tendr la 
bondad de llamarme para proporcionrmela? La mujer recit 
un nmero de telfono precedido por el prefijo 8O0. No 
obstante, si no tuviera noticias suyas, sus dos billetes a Santa 
Fe estarn a su disposicin por la maana.

Era asombroso que hubieran descubierto tan rpidamente la 
importancia capital de su poca en Nuevo Mxico. El doctor 
casi estaba por pensar que Martie y Dusty eran adversarios 
con poderes sobrenaturales.. hasta que comprendi que la 
conexin con Santa Fe tena que habrsela proporcionado san 
Closterman.

No obstante el pausado y regular pulso del doctor, que no 
aumentaba mas de diez pulsaciones por minuto ni siquiera 
durante la comisin de un asesinato, se haba acelerado al 
enterarse de los planes de viaje de los Rhodes.

Tan consciente del funcionamiento de su cuerpo como un 
atleta y siempre preocupado por conservar su buena salud, el 
doctor volvi a sentarse, respir hondo varias veces y se 
tom el pulso consultando su reloj de pulsera. Por lo general, 
su ritmo cardiaco oscilaba entre sesenta y sesenta y dos 
pulsaciones por minuto cuando permaneca inmvil, pues 
estaba en una forma excelente. En esa ocasin, cont 
setenta, un aumento de ocho puntos, y sin ninguna mujer 
muerta a la vista a quien culpar.



En el coche, mientras Dusty buscaba un hotel cercano al 
aeropuerto, Martie telefone al fin a su madre.

Sabrina estaba angustiada y al borde del ataque de nervios. 
Durante varios minutos se neg a aceptar que Martie no 
estaba herida o lisiada, que no haba sido vctima de un 
accidente de trfico, un tiroteo, un incendio, un trueno, un 
empleado de correos enloquecido o la espantosa bacteria 
carnvora de la que volvan a hablar los telediarios.

Martie la escuchaba desbarrar embargada por la peculiar 
ternura que slo su madre saba inspirarle.

Sabrina quera a su nica hija con una intensidad desesperada 
que habra convertido a Martie en una neurtica incurable a 
los once aos si no hubiera sido tan radicalmente 
independiente casi desde el da en que ech a andar. Pero en 
el mundo haba cosas peores que el amor desesperado. El 
odio desesperado. A espuertas. Y la desesperacin pura y 
simple, en abundancia.

Sabrina quera a Bob El Risueo tanto como a su hija. 
Perderlo cuando l slo tena cincuenta y tres aos la haba 
vuelto an irs protectora hacia Martie. Seguramente, era tan 
probable que su marido y su hija murieran jvenes, de causas 
independientes, como que la Tierra fuera destruida por el 
impacto de un asteroide antes del amanecer; pero las fras 
estadsticas y las tablas actuariales de las compaas de 
seguros no eran garanta suficiente para un corazn herido y 
desconfiado.

En consecuencia, Martie no pensaba decirle una sola palabra 
sobre lavados de cerebro, haikus, Hombres de Hojarasca, 
curas con tirafondos en la frente, orejas cortadas o viajes a 
Santa Fe. Si le echaba encima aquella sobrecarga de noticias 
espeluznantes, su angustia se transformara en histeria 
declarada.

Tampoco le contara lo de Susan Jagger, en parte porque no 
estaba segura de poder hablar de la muerte de su amiga sin 
venirse abajo, pero tambin porque Sabrina quera a Susan 
casi tanto como a Martie. Era una desgracia para 
comunicrsela en persona, cogindole las manos, tanto para 
darle apoyo emocional como para recibirlo.

Para justificar su tardanza en devolverle las llamadas, Martie 
le cont el intento de suicidio de Skeet y su ingreso voluntario 
en la clnica Nueva Vida. Ambos hechos se haban producido 
la maana del da anterior, martes, y no explicaban el 
comportamiento de Martie durante el mircoles; pero le cont 
lo ocurrido como si Skeet hubiera saltado del tejado de los 
Sorenson un da e ingresado en la clnica al siguiente, lo que 
implicaba dos das de desbarajuste.

La reaccin de Sabrina fue slo en parte la que Martie 
esperaba, y sorprendentemente emocional. Apenas conoca a 
Skeet, ni haba manifestado nunca el deseo de conocerlo 
mejor. Para la madre de Martie, el pobre Skeet era tan 
peligroso como cualquier loco de la metralleta del crtel de 
Medelln, un individuo violento y malvado que elega a sus 
vctimas en los patios de recreo de los colegios y les inyectaba 
herona en las venas por las buenas o por las malas. Y sin 
embargo, en esos momentos todo fueron lgrimas, sollozos, 
angustiadas preguntas sobre su estado y sus posibilidades de 
recuperacin, y ms lgrimas.

-Esto es lo que me tema, esto es lo que me reconcome da y 
noche -asegur Sabrina-. Saba que ocurrira, que era 
cuestin de tiempo; ahora ha ocurrido, y la prxima vez 
puede que no tengamos tanta suerte. La prxima vez podra 
ser Dusty quien se cayera de un tejado, se rompiera el cuello 
y muriera o quedar paraltico para el resto de su vida. Y 
entonces, qu? Te dije que no te casaras con un pintor, que 
te buscaras un hombre ms ambicioso, alguien que tuviera un 
buen despacho, que se pasara el da sentado ante un 
escritorio, que no se cayera de algn tejado cada dos por 
tres, que no pintara nada subido en un tejado...

-Mam...

-He vivido con esa preocupacin toda mi vida de casada. Tu 
padre y el fuego. Siempre fuego, edificios en llamas, cosas 
explotando y cosas que podan derrumbrsele encima. Toda 
mi vida con l la pas temiendo que se fuera a trabajar, 
aterrada cuando oa una sirena, sin poder ver las noticias de 
la tele porque cuando daban un avance informativo sobre un 
incendio importante lo primero que pensaba es que quiz l 
estuviera all. Y sufri un montn de accidentes. Puede que su 
cncer tuviera algo que ver con todo el humo que respir en 
los incendios, con todas esas toxinas que llenan el aire en los 
grandes incendios. Y ahora ests casada con un hombre que 
trabaja subido a un tejado, como yo lo estuve con uno que 
trabajaba con fuego. Tejados y escaleras, siempre en un tris 
de caerse, siempre con el corazn en un puo...

La sentida perorata de su madre dej a Martie atnita y sin 
palabras. En el otro extremo de la lnea, Sabrina se ech a 
llorar.

Dusty, probablemente intuyendo un momento madre-hija de 
especial trascendencia y suponiendo que tendra 
consecuencias negativas para l, apart la mirada del trfico y 
susurr:

-Y ahora, qu he hecho?

Martie habl al fin:

-Mam, nunca habas dicho una palabra sobre esto. T...

-La mujer de un bombero no habla de esas cosas, no le da la 
lata con sus preocupaciones ni se queja en voz alta -dijo 
Sabrina-. Nunca, Dios mo, nunca, porque si hablas de ello, 
ocurre. La mujer de un bombero tiene que ser fuerte, tiene 
que ser positiva, tiene que apoyarlo, tragarse el miedo y 
sonrer. Pero siempre tiene el miedo metido en el cuerpo, y 
ahora vas t y te casas con un hombre que se pasa el da 
subido en una escalera, correteando por los tejados y 
cayndose, cuando podas haber encontrado a alguien que 
trabajara en un despacho y no corriera otro riesgo que caerse 
de la silla.

-La cuestin es que le quiero, mam.

-Ya lo s, cario dijo Sabrina entre sollozos. Pero es terrible. 

-Por eso me has reprochado siempre lo de Dusty?

-No eran reproches, cario. Slo estaba preocupada por ti.

-Pues parecan reproches. Mam... he de deducir de eso que 
tal vez podras... que quiz seras capaz de querer a Dusty, 
aunque slo fuera un poco?

Dusty se llev tal sobresalto que solt el volante, y el Saturn 
estuvo a punto de salirse de su carril.

-Es un chico estupendo -dijo Sabrina, como si Martie 
estuviera an en el instituto y saliera con adolescentes. Es 
bueno, listo y educado, y comprendo que lo quieras. Pero 
cualquier da se caer de un tejado y se matar, y eso te 
arruinar la vida. Nunca lo superars. Tu corazn morir con 
l.

-Por qu no dijiste todo eso desde el principio, en lugar de 
criticar todo lo que haca?

-No eran crticas, cario. Trataba de expresar mi 
preocupacin. No poda hablar de si se caa o no se caa de un 
tejado, al menos directamente. Eso nunca, Dios mo, porque 
cuando hablas de ello es cuando ocurre. Y aqu estamos, 
hablndolo! Ahora se caer de un tejado y todo ser culpa 
ma.

-Mam, eso es absurdo. No va a ocurrir.

-Ya ha ocurrido otras veces asegur Sabrina. Y volver a 
ocurrir. Los bomberos y sus incendios... Los pintores y sus 
tejados...

Martie puso el auricular entre Dusty y ella para que su madre 
pudiera orlos a ambos y pregunt a su marido:

-Cuntos pintores conoces, porque hayan trabajado para ti o 
por otro motivo?

-Cincuenta, sesenta... No lo s. Una cosa as.

-Y, cuntos se han cado de un tejado?

-Aparte de Skeet y de m?

-Aparte de Skeet y de ti.

-Que yo sepa, uno. Se fractur una pierna.

Martie volvi a acercarse el auricular.

-Lo has odo, mam? Uno. Se rompi una pierna.

-Uno que l sepa puntualiz Sabrina. Uno, y ahora l es el 
prximo.

-El ya se ha cado de un tejado. Las probabilidades de que un 
pintor se caiga dos veces de un tejado durante su vida laboral 
deben de ser de una entre millones.

Esa cada no cuenta -replic Sabrina-. Intentaba salvar a su 
hermano. No fue un accidente. El accidente est por ocurrir.

-Mam, te quiero un montn, pero ests diciendo tonteras.

-Ya lo s, cario. Llevo tantos aos preocupndome... T 
tambin acabars diciendo tonteras.

-Los dos prximos das vamos a estar muy ocupados, mam. 
No empieces a pensar cosas raras si tardo en devolverte una 
llamada, de acuerdo? No vamos a caernos de ningn tejado.

-Djame hablar con Dusty.

Martie le pas el auricular a su marido.

Dusty la mir con desconfianza, pero lo cogi.

-Hola, Sabrina. Claro. Bueno, ya sabes... Aj. S, s. No, no. 
No, de verdad. No, te prometo que no lo har. S, en eso 
tienes toda la razn. Cmo? Ah, no, nunca me lo he tomado 
en serio. No le des ms vueltas. Claro, yo tambin te quiero, 
Sabrina. Cmo? Por supuesto. Mam. Yo tambin te quiero, 
mam.

Le devolvi el auricular a Martie, que cort la comunicacin. 
Se quedaron callados unos instantes; luego, Martie dijo:

-Quin poda imaginarlo... Una reconciliacin entre suegra y 
yerno en medio de toda esta mierda.

Por curioso que resulte, la esperanza brota a veces cuando 
menos lo pensamos, como una flor en un erial.

-Le has mentido, chata dijo Dusty.

Martie saba que no se refera al amao del marco temporal 
del salto y la hospitalizacin de Skeet, ni a la omisin de la 
muerte de Susan y del resto de sus desgracias.

-Ya -murmur asintiendo con la cabeza-, le he dicho que no 
vamos a caernos de ningn tejado... Pero todos nos caemos 
de un tejado tarde o temprano.

-A menos que seamos los primeros en vivir eternamente.

-Si lo somos, ms vale que empecemos a tomarnos en serio 
nuestro plan de jubilacin.

La sola idea de perder a Dusty la aterrorizaba. Como su 
madre, se resista a expresar sus temores con palabras, por 
miedo a que llegaran a cumplirse.

Nuevo Mxico, el estado en el que las altiplanicies se 
encuentran con las Rocosas, es el techo del Sudoeste 
norteamericano, y Santa Fe, su capital. una ciudad construida 
a gran altitud, a casi dos kilmetros y medio sobre el nivel del 
mar: una cada mortal de necesidad.











Slo uno de los cinco mensajes grabados en la microcasete 
etiquetada SUSAN era importante, pero, al orlo, el doctor 
sinti que el corazn se le aceleraba de nuevo.

Otro triunfo.

Tras escuchar los dos mensajes de la madre de Martie que 
venan a continuacin de la bomba de Susan, borr la cinta.

A continuacin, la extrajo del contestador automtico, la dej 
caer al suelo y la pate hasta destruir por completo la 
cubierta de plstico.

Recogi la cinta magntica y los dos diminutos carretes en 
torno a los que se enrollaba. Le caban de sobra en la palma 
de la mano: cunto peligro concentrado en un objeto tan 
pequeo.

Abriman baj al piso inferior, entr en la sala de estar y abri 
el regulador de tiro del can de la chimenea. Dej la cinta y 
los carretes de plstico encima de uno de los troncos de 
cermica.

Sac un encendedor Cartier extraplano, de elegante diseo y 
soberbia factura, de un bolsillo de su chaqueta.

Usaba encendedor desde los once aos, al principio, uno que 
le haba robado a su padre y, ms adelante, aquel estupendo 
modelo. El doctor no fumaba, pero siempre caba la 
posibilidad de que le apeteciera prenderle fuego a algo.

A los trece, durante su primer ao de universidad, le haba 
prendido fuego a su madre. Si no hubiera llevado un 
encendedor en el bolsillo cuando lo necesit. su vida habra 
cambiado mucho y para peor aquel da crucial de haca treinta 
y cinco aos.

Su madre, que en teora estaba esquiando aquello ocurri en 
la casa de vacaciones de Vail, durante las Navidades. Lo 
sorprendi cuando se dispona a diseccionar a un gato. El 
futuro doctor lo haba anestesiado con cloroformo, que 
elaboraba a partir de productos de limpieza casera, le haba 
atado las patas con cinta aislante al plstico que hara las 
veces de mesa de autopsias, lo haba amordazado para 
ahogar sus chillidos cuando despertara y tena preparado un 
juego de instrumentos quirrgicos adquirido a una empresa 
de suministros mdicos que haca descuentos a los 
estudiantes. Y en ese momento... hola, mam. A menudo, 
cuando estaba rodando, o cuando iba a uno de esos safaris 
sin armas que tanto le gustaban, no lo vea durante meses, y 
ese da, de repente, se haba sentido culpable por dejarlo solo 
mientras esquiaba con sus amigas y haba decidido que 
necesitaban pasar una tarde haciendo alguna maldita cosa 
juntos. Qu mal momento.

Mark comprendi que su madre acababa de adivinar lo que le 
haba ocurrido al perrito de su prima Heather el da de Accin 
de Gracias, y tal vez intua el motivo de la desaparicin, un 
ao antes, del hijo de cuatro aos del administrador de la 
propiedad familiar. Su madre era una egocntrica, la tpica 
actriz treintaera que enmarcaba las portadas de las revistas 
en que apareca y decoraba su dormitorio con ellas, pero no 
una estpida.

Tan gil de mente como siempre, el joven Abriman destap la 
botella de cloroformo y roci el fotognico rostro de su 
progenitora. A continuacin, solt al gato, recogi el plstico y 
el instrumental, apag los pilotos de la cocina, abri el gas, le 
prendi fuego a su madre, que segua inconsciente, agarr al 
gato y sali por pies.

La explosin hizo temblar Vail, reson como el trueno por las 
montaas nevadas y provoc unos cuantos aludes demasiado 
insignificantes para tener valor ldico. Reducidas a un montn 
de lea, las diez habitaciones del chalet de secoya ardieron 
como una pira.

Los bomberos encontraron al joven Abriman sentado en la 
nieve a treinta metros del fuego, abrazado al gato que haba 
salvado de la explosin y en tal estado de shock que al 
principio no consigui hablar y ni siquiera derram una 
lgrima.

-He salvado al gato -dijo al fin, con tal congoja en la voz que 
los bomberos no la olvidaron durante aos , pero no he 
podido salvar a mam. No he podido salvar a mam.

Ms tarde, identificaron a su madre gracias a su historial 
odontolgico. El pequeo amasijo de restos, una vez 
cremado, no ocupaba ni la mitad de la urna funeraria. (Lo 
saba; lo haba comprobado.) El funeral celebrado en el 
cementerio congreg a la aristocracia de Hollywood y cont 
con la ruidosa guardia de honor de los entierros de las 
celebridades -los helicpteros de la prensa, que trazaba 
crculos sobre la tumba.

Haba echado de menos ver pelculas nuevas protagonizadas 
por su madre, que tena buen ojo para los guiones y no sola 
actuar en bodrios, pero no a su madre propiamente dicha, y 
saba que tampoco ella lo habra echado de menos si las cosas 
hubieran ocurrido al revs. Amaba a los animales y era una 
formidable campeona de todas las causas relacionadas con 
ellos; en cambio, los nios no conseguan tocarle la fibra 
sensible tanto como los irracionales. En la gran pantalla, era 
capaz de conmover los corazones, hundirlos en la 
desesperacin o llenarlos de gozo, talento del que careca en 
la vida real.

Dos terribles incendios, separados por quince aos, lo haban 
con-vertido en hurfano (a los ojos de quien ignorara lo de los 
petiss): el primero, un accidente inaudito, por el que el 
fabricante de la cocina pag con creces; el segundo, obra del 
borracho, rijoso y homicida pen Earl Ventnor, que haba 
muerto en prisin haca dos aos, acuchillado por otro interno 
durante un intercambio de pareceres.

Mientras frotaba con el pulgar la ruedecilla del anticuado 
encendedor de piedra y quemaba la cinta del contestador, 
Abriman medit sobre el hecho de que el fuego hubiera 
desempeado un papel tan importante tanto en su vida como 
en la de Martie, hija del bombero ms condecorado en la 
historia del estado. Algo ms que temas en comn.

Lstima. Tras los recientes acontecimientos, era poco 
probable que pudiera dejar florecer aquella relacin. Le habra 
gustado tanto que l y aquella mujer encantadora y 
aficionada a los juegos fueran un da algo especial el uno para 
el otro...

Si pudiera localizar a Martie y a su marido, los activara, los 
hara descender a sus capillas mentales y averiguara qu 
ms saban sobre l y a quin se lo haban contado. Caba la 
posibilidad de que el dao no fuera irreparable y la partida se 
reanudara y siguiera su curso natural.

Tena el nmero de su telfono mvil, pero ellos lo saban, y 
era poco probable que contestaran en el paranoico estado 
mental en que sin duda se encontraban. Adems, slo podra 
activar al que cogiera el telfono, con lo que pondra en 
guardia al otro. Demasiado arriesgado.

La cuestin era encontrarlos. Se haban dado a la fuga y 
permaneceran bien escondidos y alerta hasta embarcar en el 
vuelo a Nuevo Mxico, por la maana.

Abordarlos en el aeropuerto, en la puerta de embarque, 
quedaba descartado. Aun en el caso de que no huyeran, no 
poda activarlos, interrogarlos e instruirlos en pblico.

Una vez en Nuevo Mxico, podan darse por muertos.

Cuando la cinta empez a arder y despedir un hedor 
insoportable, el doctor abri la llave de la chimenea. Se oy el 
siseo del gas, y al cabo de un par de minutos no quedaba ms 
que un residuo pegajoso sobre el tronco de cermica situado 
en la parte superior.

El doctor estaba de un humor extrao, cuyo principal 
componente no era la tristeza.

Aquella partida haba perdido el inters. Haba puesto en ella 
todo su empeo y toda su imaginacin, pero ahora era poco 
probable que se jugara en las playas de Malib, como haba 
planeado.

Deseaba reducir la casa a cenizas.

El despecho no era el nico motivo, ni tampoco la 
repugnancia que le inspiraba la decoracin. A menos que 
empleara la mayor parte del da en registrar la casa palmo a 
palmo, nunca tendra la certeza de que la microcasete con las 
acusaciones de Susan era la nica prueba en su contra de que 
disponan Martie y Dusty. No poda malgastar todo el da, as 
que el medio ms seguro de protegerse era quemar la casa 
hasta los cimientos.

De acuerdo, el mensaje de Susan no habra bastado para que 
lo condenaran; ni siquiera era lo bastante explcito para que 
lo procesaran. No obstante, el doctor no era hombre que 
acostumbrara a tentar la suerte.

Pegarle fuego a la casa con sus propias manos era demasiado 
peligroso. Una vez empezara a arder, alguien poda verlo 
abandonando el lugar... e identificarlo en su da delante de un 
jurado.

Cerr la llave del gas.

Habitacin a habitacin, fue apagando todas las luces antes 
de marcharse.

Tras cerrar la puerta del porche trasero, desliz las llaves bajo 
la esterilla, donde, instruido por l, las encontrara el prximo 
visitante.

Antes de que amaneciera, habra hecho arder la casa, no con 
sus manos, sino con las de un apoderado, tena un candidato, 
programado y fcilmente accesible por telfono, que 
perpetrara aquel pequeo incendio en cuanto se lo ordenara 
y ni siquiera recordara haber encendido la cerilla.

El viento segua vapuleando a la noche.

Dentro de su automvil, que haba aparcado a tres manzanas 
de all, el doctor intent en vano componer un haiku sobre el 
viento.

Al pasar con el coche ante la pintoresca casa victoriana de los 
Rhodes, la imagin en llamas, y se rompi la cabeza tratando 
de encontrar inspiracin en el fuego, pero las palabras se 
negaron a obedecerlo.

En cambio, record los versos que haba compuesto 
extempornea y fluidamente en el estudio de Martie, al ver el 
trabajo apilado sobre su escritorio.

Morena laboriosa. Ideando juegos de hobbits. La muerte 
aguarda en Mordor.

Decidi pulir el poema, ponindolo al da para reflejar los 
recientes acontecimientos:

Morena zascandil. jugando a detectives. La muerte aguarda 
en Santa Fe.












Ms amplia que los cubculos de San Quintn, muy distinta a la 
siniestra grisura de una crcel, la vistosa y sobredecorada 
habitacin del hotel produca sin embargo la misma sensacin 
que una celda. En el cuarto de aseo, la baera record a 
Martie a Susan sumergida en agua carmes, a pesar de que 
no haba visto el cadver de su amiga. Todas las ventanas 
estaban permanentemente condenadas, y el aire 
acondicionado resultaba sofocante hasta con el termostato 
graduado al mnimo. Se senta encerrada, atrapada, casi 
acorralada. La autofobia, que herva a fuego lento en su 
interior desde las nueve, pareca a punto de renacer en forma 
de claustrofobia en toda regla.

Actuar. La accin, guiada por la inteligencia y la adecuada 
perspectiva moral, era la respuesta a la mayora de los 
problemas. As estaba escrito en la primera pgina del manual 
de filosofa de Bob El Risueo.

Tambin ellos estaban actuando, aunque slo el tiempo dira 
si guiados por la inteligencia.

En primer lugar, echaron un vistazo al dossier de Roy 
Closterman sobre Mark Abriman, poniendo especial atencin 
en todo lo relacionado con los asesinatos de la famila Pastore 
y el caso de la escuela de Nuevo Mxico. Utilizaron las 
fotocopias de artculos de prensa para extraer nombres e 
hicieron una lista con los de aquellos que haban sufrido y 
cuyo sufrimiento poda proporcionarles tanto pistas como 
testimonios incriminatorios.

Cuando acabaron con el dossier de Closterman, Dusty us el 
nombre "Raymond Shaw" y el haiku de las hojas para acceder 
a Martie y hacerla descender a su capilla mental... aunque 
antes prometi solemnemente no alterar lo ms mnimo su 
psique, defectos incluidos, promesa que Martie encontr tan 
divertida como conmovedora.

Como haba hecho con Skeet, la sugestion para que olvidara 
todo lo que Raymnond Shaw le haba dicho, todas las 
imgenes de muerte que Shaw haba implantado en su 
mente, para que dejara de obedecer al programa de control 
que Shaw haba instalado en ella y para que se liberara 
definitivamente de la autofobia. A nivel consciente, Martie no 
oy nada de lo que le dijo Dusty, ni record nada de lo 
ocurrido desde el momento en que pronunci el nombre 
activador hasta...

... el chas! con el que despert sintindose libre y limpia, 
como no se senta desde haca casi dos das. La esperanza, su 
vieja amiga, volvi a ocupar el sitio que siempre haba tenido 
en su nimo. Puesta a prueba, Martie no volvi a responder al 
nombre "Raymond Shaw".

A su vez, Martie liber a Dusty tras acceder a l con "Viola 
Narvilly" y el haiku de la garza.

Con un chasquido, Dusty volvi a ella.

Martie, que miraba sus hermosos ojos cuando sali del 
trance, comprendi la terrible sensacin de responsabilidad 
bajo la que haba actuado al acceder e instruir a Skeet. Qu 
impresionante y aterrador era tener a su marido ante s en un 
estado tan vulnerable, con las cmaras ms profundas de su 
mente abiertas para que las remodelara como quisiera; qu 
impresionante, tambin, y qu aleccionador, ofrecerle su yo 
ms ntimo, mostrarse ante l tan desnuda e inerme, sin otra 
defensa que una confianza absoluta.

Puesto a prueba, Dusty se mostr inaccesible.

-Libres dijo.

-Mejor an -lo corrigi Martie-. De ahora en adelante, cuando 
te diga que saques la basura lo hars sin replicar.

La risa de Dusty no guardaba proporcin con la broma.

A modo de declaracin de independencia, Martie arroj el 
Valium al inodoro y tir de la cadena.



El doctor Abriman, que haba salido de casa de excelente 
humor haca unas horas, conduca su Ferrari Testarrosa rojo 
cereza, tan bajo y rpido como un lagarto, pero demasiado 
llamativo para su actual estado de nimo. El Mercedes, 
excesivamente serio y seorial para alguien que estaba de un 
talante lgubre y asesino, tampoco habra sido el vehculo 
adecuado. Alguno de los ejemplares de su coleccin de 
automviles de poca habra sido ms conveniente, en 
particular, el Buick Riviera negro del 63, que, con su techo 
bajo, rejilla doble, guardabarros traseros seccionados y 
dems detalles exclusivos, pareca un coche demoniaco de los 
que, posedos e indestructibles, se conducen a s mismos en 
las pelculas para cumplir misiones asesinas.

Se detuvo en un drugstore para hacer la llamada, porque no 
quera usar ni el telfono de casa ni el mvil.

En el nuevo milenio, el pas se haba convertido en un 
confesionario gigante en el que los sacerdotes de la iglesia 
secular escuchaban todas las conversaciones ocultos tras 
celosas electrnicas. El doctor inspeccionaba su casa, su 
consulta y sus vehculos en busca de micrfonos una vez al 
mes, personalmente y utilizando equipo que pagaba al 
contado, porque no confiaba en ninguna de las empresas de 
seguridad que ofrecan tales servicios. Sin embargo, dado que 
la lnea poda intervenirse en el exterior, Abriman nunca haca 
las llamadas incriminatorias desde telfonos que estuvieran a 
su nombre.

El telfono pblico del exterior del drustore estaba instalado 
en la pared. Si haba un equipo de vigilancia siguindole los 
pasos, el viento habra hecho intil un micrfono direccional, 
aunque el doctor estaba convencido de que nadie lo vigilaba. 
Si aquel telfono era un medio de contacto utilizado por 
traficantes de droga y conocido por la polica, caba la 
posibilidad de que le hubieran instalado un micrfono pasivo 
para grabar todas las conversaciones, en cuyo caso el anlisis 
de su voz podra ser usado en su momento como prueba para 
incriminarlo. No obstante, se trataba de un riesgo menor e 
inevitable.

Aunque el doctor tena amigos en las altas esferas con los que 
poda contar para librarse de una condena por prcticamente 
cualquier crimen, no dejaba de tomar precauciones. De 
hecho, el motivo de que efectuara un barrido electrnico de 
su casa todos los meses era la posibilidad de que esos 
mismos "amigos" lo espiaran, pues le importaba ms 
mantenerlos en la ignorancia de sus juegos privados que 
salvaguardarse de la polica. El propio doctor habra vendido a 
un amigo sin dudarlo si el beneficio hubiera merecido la pena, 
y daba por sentado que cualquier amigo le hara otro tanto.

Marc un nmero, ech monedas, cubri el micrfono con la 
mano para protegerlo de los silbidos del viento y, cuando 
descolgaron al tercer tono, pronunci el nombre de un 
personaje de El mensajero del miedo:

-Ed Mavole.

-Estoy escuchando.

Abriman recit a su interlocutor los tres versos de su haiku 
personal. Dime si ests solo o acompaado le indic a 
continuacin.

-Estoy solo.

-Quiero que vayas a Corona del Mar, a casa de Dusty y 
Martie. -El doctor consult su reloj de pulsera. Casi 
medianoche-. Estars all a las tres de la maana, dentro de 
poco ms de tres horas. Dime si lo has entendido.

-Lo he entendido.

-Llevars quince litros de gasolina y una caja de cerillas.

-S.

-procura ser discreto, por favor. Toma precauciones para que 
no te vean.

-S.

-Entrars por la puerta trasera. Bajo el felpudo encontrars 
una llave que he dejado all para ti.

-Gracias.

-De nada.

Convencido de que su facttum careca de los conocimientos 
tcnicos necesarios para provocar un incendio totalmente 
devastador, y decidido a asegurarse de que la casa ardera 
por completo, el doctor se protegi del cortante viento y 
emple cinco minutos en explicarle la mejor manera de 
aprovechar los lquidos inflamables y materiales altamente 
combustibles presentes en la casa para complementar la 
gasolina. Adems, aleccion a su atento interlocutor sobre las 
cuatro particularidades arquitectnicas de las que un 
pirmano eficiente poda sacar excelente partido.



A pesar del peligro en que se encontraban, o tal vez debido a 
l, a pesar de su pena, o debido a ella, Martie y Dusty 
hicieron el amor. Su unin, pausada y dulce, fue tanto sexo 
como afirmacin: afirmacin de la vida, de su amor y de su fe 
en el futuro.

Durante aquellos minutos de dicha, no los turb ningn 
miedo, no temieron a ningn demonio de la mente o del 
mundo, y la habitacin del hotel dej de parecerles pequea y 
asfixiante. Mientras duraron aquellos ritmos de seda, no hubo 
confusin de la frontera entre hechos y ficciones, entre 
realidad y fantasa, porque la realidad se redujo a sus dos 
cuerpos y a la ternura que los funda.



En casa, entre las paredes forradas de sicmoro de su 
estudio, sentado en el silln ergonmico de piel de avestruz, 
el doctor puls uno de los muchos botones del panel extrable 
y esper a que el ordenador surgiera del tablero del 
escritorio. El mecanismo elevador produjo un suave ronroneo.

Redact una nota en la que adverta de los planes de viaje de 
Martine y Dustin Rhodes, describa a la pareja con detalle y 
peda, como favor personal, que los mantuvieran bajo 
vigilancia desde el instante en que pusieran los pies en Nuevo 
Mxico. Si sus pesquisas resultaban in-fructuosas, se les 
permitira regresar. Si obtenan alguna informacin perjudicial 
para el doctor, prefera que acabaran con ellos all, en la 
Tierra Encantada, como la llamaban sus naturales, y le 
ahorraran la molestia de liquidarlos cuando regresaran a 
California. En caso de que conviniera eliminarlos en Nuevo 
Mxico, previamente habra que convencerlos para que 
revelaran el paradero del hermano del seor Rhodes, Skeet 
Caulfield.

Mientras relea el mensaje para asegurarse de que era claro, 
el doctor apenas confiaba en volver a ver a Dusty o Martie 
con vida; no obstante, no perda la esperanza. Hasta ese 
momento, haban dado pruebas de una resolucin asombrosa, 
pero era de suponer que un simple pintor de brocha gorda y 
una diseadora de videojuegos tendran sus lmites.

Si demostraban escaso talento para jugar a detectives, a su 
regreso a California Abriman se las ingeniara para 
encontrarse con ellos. Accedera a sus subconscientes, los 
interrogara para averiguar lo que saban sobre su autntico 
carcter y eliminara todos los recuerdos que pudieran inhibir 
su obediencia ciega o disminuir la admiracin programada que 
sentan por l.

Si lo consegua, habra salvado la partida.

Habra podido pedir al operativo de Nuevo Mxico que 
secuestrara a la pareja y los pusiera, uno tras otro, al 
telfono, lo que le permitira acceder a ellos, interrogarlos y 
reprogramarlos a distancia. Por desgracia, aquello pondra a 
sus amigos al corriente de su partida privada, y no quera que 
supieran nada sobre sus estrategias, mviles y placeres 
personales.

Por el momento, mantena una relacin ideal y mutuamente 
ventajosa con la cofrada de marionetistas de Nuevo Mxico. 
Veinte aos atrs, el doctor Abriman haba desarrollado el 
efectivo cctel de drogas que induca el estado mental 
adecuado para la programacin y desde entonces, no haba 
dejado de mejorarlo. Adems, haba escrito la biblia de las 
tcnicas de programacin, de la que nadie haba abjurado 
hasta la fecha. Un puado de hombres y dos mujeres podan 
obrar aquellos milagros de control, pero el doctor no tena par 
en la cofrada. Era el prncipe de los marionetistas, al que 
acudan los dems cuando se les presentaba una dificultad 
especial o un trabajo delicado. Nunca los decepcionaba, nunca 
les cobraba, aunque le reembolsaban todos los gastos de 
viaje, le pagaban una generosa dieta diaria y, por Navidades, 
le regalaban algn objeto de uso personal, pequeo pero 
escogido: guantes de cabritilla, gemelos de lapislzuli, una 
corbata pintada a mano por los portentosos nios de un 
orfanato tibetano para los sordos msticos...

Tres o cuatro veces al ao, a peticin de sus amigos, volaba a 
Albany o Little Rock, a Hialeah, Des Moines o Falls Church, 
lugares, en su mayora, que no habra visitado por iniciativa 
propia, con la indumentaria adecuada para pasar inadvertido 
a los naturales, viajando bajo nombres falsos como Jim 
Shaitan, Bill Sammael o Jack Apollyon. All, asistido por un 
equipo, diriga sesiones de programacin -por lo general, 
sobre uno o dos sujetos- de entre tres y cinco das, antes de 
volar de vuelta hacia las familiares y balsmicas costas del 
Pacfico. En compensacin y como reconocimiento de su 
especial estatus, Abriman era el nico miembro de la cofrada 
al que sus superiores permitan aplicar sus talentos a 
proyectos privados.

Uno de los psiclogos del proyecto, un joven de origen 
alemn que atenda al desafortunado apellido de Fugger. 
Haba intentado arrogarse los mismos privilegios, pero lo 
haban desmembrado delante del resto de los programadores, 
para escarmiento general. Fugger haba sido descuartizado y 
arrojado trozo a trozo a un pozo de alborotados cocodrilos.

El doctor Abriman, que no tena prohibido desarrollar 
proyectos privados y, por tanto, no haba sido invitado, se 
enter de la accin disciplinaria a posteriori. Siempre haba 
procurado vivir de tal modo que no tuviera de qu 
lamentarse, pero lamentaba amargamente no haber podido 
asistir a la fiesta de despedida de Fugger.

Sentado ante el tablero de nice del escritorio, en la intimidad 
de su estudio forrado de sicmoro, el doctor aadi dos lneas 
a su mensaje para comunicar que haba programado al actor 
tal y como le haban pedido y que la nariz presidencial no 
tardara en recibir cobertura meditica exhaustiva durante al 
menos una semana, incluidos sesudos anlisis de los expertos 
de costumbre y de la flor y nata de los rinlogos.

El equipo de agresivos investigadores, azuzados por la Casa 
Blanca y ocupados por el momento en husmear las variadas 
actividades de ciertos burcratas manilargos del 
Departamento de Comercio, tendra sin duda que refrenar sus 
mpetus a las veinticuatro horas de la reimplantacin del 
apndice del jefe del ejecutivo, y el gobierno podra volver a 
ocuparse de los asuntos pblicos.

Tan poltico como el que ms, el doctor aadi unas cuantas 
notas personales: una felicitacin de cumpleaos para otro 
programador; unas palabras interesndose por la salud del 
hijo mayor del director del provecto, que haba pasado una 
gripe especialmente grave; y una cordial enhorabuena para 
Curly, de mantenimiento, cuya novia haba aceptado su 
proposicin de matrimonio.

Envi el mensaje al instituto de Santa Fe por correo 
electrnico, usando un programa de encriptado invulnerable, 
diseado para el uso exclusivo de los cofrades y el personal 
de apoyo.

Menudo da.

Qu altos, qu bajos.

Para darse nimos y premiarse por haber mantenido la calma 
y la concentracin frente a la adversidad, el doctor fue a la 
cocina y se prepar un enorme refresco con helado de cereza. 
Adems, se regal con un plato de galletas Milano de 
Pepperidge Farm, que tambin eran las favoritas de su 
madre.











Los aullidos de alma en pena del viento descendan del cielo, 
los gritos de espectro de las sirenas se elevaban en crculos, 
los rboles, cogidos entre dos fuegos, se agitaban y rugan 
atormentados, deshilachados pauelos de chispas naranja 
anudaban las trenzas de las palmeras y los laureles de Indias: 
era Halloween en enero o un da cualquiera en el Infierno. De 
pronto, estallaron las ventanas del segundo piso, y las 
esquirlas de cristal capturaron los reflejos de las llamas y 
repiquetearon sobre la marquesina del porche delantero como 
un desafinado pasaje de piano en una sintona de destruccin.

Los camiones de los bomberos y las ambulancias atestaban la 
estrecha calle, las balizas de sealizacin y los focos giraban y 
deslumbraban, las rdenes chisporroteaban en las radios de 
los diversos departamentos, las mangueras serpenteaban 
como pitones sobre el pavimento mojado, encantadas por las 
rtmicas pulsaciones de las autobombas...

El hogar de los Rhodes ya estaba envuelto en llamas cuando 
lleg la primera brigada; dado que los edificios del vecindario 
se alzaban a poca distancia unos de otros, los bomberos 
centraron sus primeros esfuerzos en empapar los tejados de 
las casas colindantes y los rboles de los alrededores para 
evitar que las llamas se propagaran de estructura en 
estructura. Atajado por poco aquel peligro, la manguera de la 
autobomba ms potente diluvi sobre el pequeo edificio 
victoriano.

La casa, con todas sus molduras ornamentales, brillaba entre 
las lenguas de fuego, pero la vistosa pintura al estilo de San 
Francisco se haba derretido al calor de las llamas, y el holln 
y la carbonilla haban ocupado su lugar. La fachada delantera 
se abomb, y la ltima ventana se hizo aicos. El tejado 
principal se comb. La marquesina del porche se vino abajo. 
Al fin, todas las mangueras estaban orientadas hacia la casa, 
pero el fuego pareca inmune al agua, que absorba 
insaciable.

Cuando una enorme seccin del tejado se hundi y 
desapareci en el infierno del interior de la casa, un murmullo 
de consternacin ascendi del grupo de vecinos que formaban 
corro al otro lado de la calle. De pronto, enormes nubes de 
humo negro surgieron del edificio y, espantadas por el viento, 
galoparon hacia el este como una manada de caballos de 
pesadilla.



Llevada en volandas, Martie atravesaba un pavoroso incendio: 
los fuertes brazos que la sostenan eran los de su padre, 
Robert Woodhouse, alias Bob El Risueo. Vesta de uniforme: 
el casco con los nmeros de su unidad y su placa en la parte 
delantera, el traje de amianto con bandas reflectoras de 
seguridad, los guantes ignfugos... Sus botas hacan crujir las 
brasas mientras avanzaba con paso seguro para ponerla a 
salvo.

-Pero, pap, t ests muerto -deca Martie.

A lo que Bob El Risueo contestaba:

-Bueno, estoy muerto y no lo estoy, seorita M.; pero, desde 
cundo estar muerto significa que no acuda a tu lado cuando 
me necesitas?

Las llamas los rodeaban, unas veces tenues y transparentes, 
otras, ms slidas que rocas, como s ms que en un lugar 
devorado por el fuego se encontraran en un edificio hecho de 
fuego, el Partenn del mismsimo dios del fuego, lleno de 
enormes columnas, dinteles y bvedas de fuego, suelos de 
mosaico de intrincados dibujos de llamas, cpulas de fuego, 
salas y ms salas en eterna ignicin que atravesaban en 
busca de una salida al parecer inexistente.

Pero Martie se senta a salvo acunada en los brazos de su 
padre, unida a l, rodendole el cuello con el brazo izquierdo, 
segura de que la sacara de aquel sitio tarde o temprano... 
hasta que, al mirar a sus espaldas, vio a su perseguidor. El 
Hombre de Hojarasca los sequa con el cuerpo envuelto en 
llamas, que sin embargo no conseguan consumirlo. Por el 
contrario, pareca hacerse mas grande y fuerte por 
momentos, pues el fuego no era su enemigo, sino el origen de 
su fuerza. Al tiempo que acortaba distancias, dejando tras de 
s un reguero de cenizas y hojas abrasadas, extenda ambos 
brazos hacia Bob El Risueo y su hija manoteando y lanzando 
aire caliente hacia sus rostros. Martie empe a estremecerse 
y sollo-zar de miedo a pesar que iba en brazos de su padre, a 
sollozar y sollozar Las rbitas vacas y las negras fauces 
vidas estaban cada vez ms cerca, cada vez ms cerca los 
labios de hojas y los dientes de fuego, tan cerca que poda or 
la voz otoal del Hombre de Hojarasca, tan glida y rasposa 
como un cardinal bajo la linfa llena de octubre:

-Quiero probarlas, quiero probar tus lgrimas...

Se despert de golpe y salt de la cama, completamente 
consciente y alerta, pero con el rostro tan sofocado como si 
siguiera rodeada de llamas y un vago olor a humo en las 
fosas nasales.

Haban dejado la luz del bao encendida y la puerta 
entreabierta, para que la claustrofbica habitacin del hotel 
no estuviera oscura como boca de lobo. Martie poda ver lo 
bastante bien para comprobar que el aire estaba limpio y no 
haba el menor rastro de humo.

Sin embargo, segua percibiendo aquel tufo dbil y acre, y 
empezaba a temer que el hotel estuviera en llanas y el olor, si 
no el humo, se hubiera colado por debajo de la puerta.

Dusty segua durmiendo; estaba a punto de despertarlo, 
cuando se dio cuenta de que haba un hombre en la 
penumbra. Permaneca de pie en el rincn ms alejado de la 
franja de luz que arrojaba la puerta del bao.

Martie no poda distinguir sus facciones, pero la forma del 
casco de bombero era inconfundible. Como las bandas 
reflectantes de su traje protector.

Engaada por las sombras, su imaginacin le haba gastado 
una nula pasada. Seguro. Pero... no. Aquello no era una 
simple ilusin ptica.

Tena la certeza de estar completamente despierta, tan 
despierta como nunca lo haba estado. Y, sin embargo, ah 
estaba l, a slo cuatro o cinco metros, despus de sacarla de 
la pesadilla del pavoroso incendio.

El mundo de los sueos y el mundo en que exista aquel hotel 
parecan de pronto igualmente vlidos, partes de la misma 
realidad separadas por un velo an ms sutil que la cortina 
del sueo. Ah estaba la verdad, pura y desgarradora, como 
rara vez tenemos la oportunidad de atisbarla, y ante ella 
Martie se qued sin aliento, paralizada por el pasmo.

Deseaba acercarse a l, pero la frenaba un extrao pudor, la 
poderosa intuicin de que habitaban mundos mutuamente 
excluyentes, de que la repentina interseccin de aquellos dos 
universos era una anomala efmera, un regalo del que no 
deba abusar.

En las sombras, el bombero -y tambin viga- asinti con la 
cabeza en un gesto que pareca aprobar su contencin. Martie 
crey distinguir el brillo de unos dientes en la media luna de 
una sonrisa familiar y querida.

Volvi a la cama, se puso dos almohadas bajo la cabeza y se 
tap hasta la barbilla. Ya no senta el rostro sofocado ni 
perciba el olor a humo.

El despertador de la mesilla marcaba las tres treinta y cinco 
de la madrugada. Dudaba que pudiera conciliar el sueo de 
nuevo.

Intrigada, volvi la cabeza hacia aquellas sombras tan 
particulares. El segua all.

Martie esboz una sonrisa, asinti y cerr los ojos; cuando, 
un poco despus, oy el inconfundible crujido de sus botas de 
goma y el roce de su traje protector, no abri los ojos. Ni 
tampoco cuando sinti el tacto de los guantes de amianto en 
la cabeza, ni cuando el hombre le alis el pelo sobre la 
almohada.

Aunque imaginaba que permanecera despierta el resto de la 
noche, un sueo especialmente plcido se apoder de sus 
miembros al cabo de unos instantes. No abri los ojos hasta 
ms de una hora despus, en la quietud que precede al alba, 
minutos antes de que el empleado del hotel telefoneara para 
despertarlos.

No pudo percibir ni el ms dbil olor a humo, ni vislumbrar a 
su visitante montando guardia en las satinadas sombras. 
Volva a habitar un solo mundo, tan familiar, tan temible y, 
sin embargo, tan lleno de promesas.

No podra probar lo que haba sido real o irreal durante la 
noche, pero, en su fuero interno, la verdad estaba clara.

Cuando son el telfono de la mesilla de noche, supo que no 
volvera a ver a Bob El Risueo en este mundo, y se pregunt 
cunto tardara en verlo en el otro, cincuenta aos o apenas 
un da.












Los desiertos mesetarios rara vez son clidos en invierno. La 
maana del jueves, cuando bajaron del avin en el 
Aeropuerto Municipal de Santa Fe, el aire era fro y seco, y 
Martie y Dusty se vieron en medio de una tierra tan rida y 
poco ventosa como la superficie de la Luna.

Llevaban consigo las dos pequeas maletas, de las que no se 
haban separado despus de que el camin de bomberos de 
juguete superara la inspeccin del escner del condado de 
Orange. Pasaron de largo junto a la cinta de equipajes y se 
dirigieron a la agencia de alquiler de vehculos.

Martie tuvo la sensacin de encontrarse en medio de un 
naranjal apenas entr en el Ford de dos puertas; sin 
embargo, la fragancia del ambientador no consegua disipar el 
desagradable olor a humo de tabaco.

En la carretera de Cerrillos, mientras Dusty conduca hacia la 
ciudad, Martie desenrosc los tornillos del chasis del camin 
de bomberos. Cogi la bolsa de fieltro para zapatos del 
interior de la carrocera y sac la pistola.

-Quieres llevarla? -pregunt a Dusty.

-No, qudatela t.

El arma, elegida por Dusty, era un Springfield Armory 
Champion superafinado, una versin del Colt Commander 
adaptada por el taller de modificacin de Springfield, con 
diversas mejoras respecto al modelo estndar. El 
compartimento biselado para el cargador, el can estrecho, 
el orificio de eyeccin bajo y abocardado, la mira de combate 
Novak, la corredera, el extractor y el eyector bruidos, y el 
gatillo tipo A-1 ajusta-do a una presin de un kilo ochocientos 
gramos, convertan a la pistola de siete disparos en un arma 
ligera, manejable y fcil de controlar.

Al principio, Martie se haba opuesto a comprar un arma. No 
obstante, despus de efectuar unos dos mil disparos durante 
una docena de visitas a una pista de tiro, haba demostrado 
mejor puntera que Dusty, para sorpresa propia ms que de 
su marido.

Martie la guard en su bolso. No era el sitio ideal, porque le 
impedira empuarla rpidamente y sacarla sin estorbos. 
Dusty tena intencin de comprar una pistolera, para uso 
exclusivo en la pista de tiro, pero an no haba dado con la 
adecuada.

Dado que vesta vaqueros, jersey azul marino y chaqueta azul 
de tweed, habra podido llevarla bajo el cinturn, bien contra 
el estmago o bien entre los riones, y ocultarla con el jersey. 
Sin embargo, se habra sentido demasiado incmoda en 
ambos casos, de modo que el bolso era la nica opcin.

-Ya somos proscritos oficialmente -dijo Martie dejando abierto 
el compartimento central del bolso para tener rpido acceso al 
arma. 

-Lo ramos desde que subimos al avin.

-Vale, pues ahora lo somos tambin en Nuevo Mxico.

-Y, cmo te sientes?

-No era Billy Bonney de Santa Fe? -pregunt Martie.

-Billy El Nio? Pues no lo s.

-Desde luego era de Nuevo Mxico. Que cmo me siento? No 
como deba de sentirse Billy El Nio, la verdad. A no ser que 
tambin l fuera por ah tan asustado que temiera mearse en 
los pantalones.

Hicieron un alto en un centro comercial y compraron una 
grabadora, minicasetes vrgenes y pilas.

Entraron en una cabina telefnica, abrieron la gua, asegurada 
con una cadena, y, entre el espeso vaho que exhalaban sobre 
las pginas, buscaron el puado de nombres que haban 
seleccionado en los documentos del dossier de Roy 
Closterman. Algunos no figuraban, probablemente porque 
pertenecan a personas que habran dejado la ciudad, fallecido 
o, en el caso de las chicas, contrado matrimonio y adoptado 
el apellido de sus maridos. No obstante, dieron con las 
direcciones de varias personas de su lista.

De vuelta en el coche, mientras almorzaban tacos de pollo 
comprados en un restaurante de comida rpida, Dusty ech 
un vistazo al plano que les haban entregado en la agencia de 
alquiler de vehculos, Mientras Martie pona pilas a la 
grabadora y lea el folleto de instrucciones. El aparato era el 
colmo de la sencillez y fcil de manejar.

Ignoraban qu testimonios conseguiran obtener, y si alguno 
de ellos confirmara la historia con que esperaban presentarse 
ante la polica de California; pero el intento mereca la pena. 
Sin las declaraciones de otras vctimas de Abriman para 
establecer el contexto, las acusaciones de Martie y Dusty 
sonaran a incoherencias grotescas y paranoicas, y tendran 
escasas posibilidades de obtener crdito, aunque fueran 
acompaadas de la cinta con el mensaje de Susan.

Dos cosas les daban nimo. En primer lugar, gracias a las 
pesquisas del doctor Closterman, saban que en Santa Fe 
haba gente que odiaba a Abriman, que lo consideraba 
culpable de las peores faltas contra sus deberes como mdico 
y terapeuta y que se senta impotente ms all de lo 
soportable al ver que haba eludido al fiscal y haba salido del 
estado con la reputacin inmaculada y la licencia para 
practicar medicina intacta. No caba duda de que esas 
personas eran aliados potenciales.

En segundo lugar, dado que Abriman ignoraba que supieran 
algo sobre su pasado y con toda probabilidad no los 
consideraba ni lo bastante inteligentes ni lo bastante audaces 
como para seguirle el rastro hasta el escenario de sus 
primeros experimentos de control mental, no se le ocurrira 
buscarlos en Santa Fe. En consecuencia, durante uno o dos 
das, tal vez ms, podran actuar sin atraer la terrorfica 
atencin de los misteriosos individuos que haban mutilado a 
Brian.

All, en el antiguo teatro de operaciones de Abriman, volando 
por debajo del radar del psiquiatra y de sus enigmticos 
socios, quiz consiguieran reunir la informacin necesaria 
para dar credibilidad a la historia con la que pensaban acudir 
a las autoridades de California.

No. "Quiz" no era suficiente. "Quiz" era para los 
perdedores. Martie prefera Seguro", una palabra del 
vocabulario de los ganadores. Porque, si era seguro, no tenan 
excusa para volverse a casa sin la informacin que 
necesitaban.

Actuar.

Se alejaron del centro comercial con Martie al volante y Dusty 
de copiloto, consultando el mapa y dando indicaciones a su 
mujer.

Sobre la altiplanicie, el cielo era bajo y del color del yeso. Las 
nubes, que se afilaban lentamente unas contra otras, parecan 
de hielo y, segn el parte meteorolgico de la radio, nevara 
antes de que acabara el da.

La casa se alzaba a slo unas manzanas de la catedral de san 
Francisco de Ass, tras un muro de adobe cuyo nico vano era 
el arco de trasds escalonado que alojaba la puerta de 
madera.

Martie aparc junto al bordillo de la acera. Armados de pistola 
rabadora, se disponan a iniciar su ronda de visitas y aportar 
una chispa de estilo californiano a la mstica Santa Fe.

Junto al arco, una ristra de chiles rojos caa en cascada contra 
el muro de adobe, bajo un farol de cobre con cristales de mica 
marrn. Tras sobrevivir a su estacin, el otoal adorno estaba 
parcialmente cubierto de escarcha, pero tena un lustroso 
color rojo all donde el hielo envolva los pequeos pimientos.

Ms all de la puerta, abierta de par en par, se extenda un 
patio de ladrillos. Las pitas alzaban sus gruesos bohordos 
entre las puntiagudas hojas, y los esbeltos pioneros habran 
arrojado densas sombras de haber hecho sol.

La casa, de un solo piso y construida al estilo de los indios 
pueblo, justificaba por s sola el apelativo "Tierra Encantada" 
que recibe Nuevo Mxico. Era slida y de esquinas 
redondeadas, toda lneas suaves y tonos terrosos, con 
profundos vanos para la puerta y las ventanas, de un solo 
batiente.

El porche se extenda a lo largo de la fachada, sostenido por 
pilares de abeto y mnsulas talladas y pintadas con estrellas 
azules. En el techo el enlatado de lamo cubra los espacios 
entre las anchas vigas de abeto que soportaban la 
marquesina.

Las tallas de la puerta de arco representaban rosetones, 
conchas y cordones trenzados. La aldaba de hierro forjado 
tena forma de coyote y colgaba de las patas traseras. Las 
delanteras reposaban contra una ancha chapa de hierro fija a 
la puerta; cuando Dusty llam, el aldabonazo reson en el 
aire glido e inmvil del patio.

La treintaera que les abri la puerta deba de ser 
italoamericana por parte de padre o madre; pero saltaba a la 
vista que la otra rama de su rbol genealgico tena savia 
navaja. Agraciada, de pmulos prominentes. ojos negros 
como plumas de cuervo y cabello an ms oscuro que el de 
Martie, pareca un princesa del Sudoeste, aunque vesta una 
sencilla blusa blanca con cuello de azulejos bordados, falda 
vaquera descolorida. calcetines cortos enrollados y gastadas 
deportivas blancas.

Dusty se present e hizo lo propio con Martie.

-Estamos buscando a Clase Glyson.

Soy Zina Glyson -dijo la mujer su esposa. En qu puedo 
ayudarles?

Al ver que Dusty dudaba, Martie tom la palabra: tenemos 
Mucho inters en hablar con l respecto al doctor Abriman. 
Mark Abriman.

El rostro sereno de la seora Glyson no mostr el menor signo 
de tensin, y su voz segua siendo agradable cuando dijo:

-Llaman a mi puerta y me mientan al demonio. Por qu iba a 
hablar con ustedes?

El doctor Abriman no es ningn demonio repuso Martie. Es 
ms bien un vampiro, y estamos decididos a atravesarle el 
corazn con una estaca.

La mirada de la seora Glyson, directa, fija e inquisitiva, era 
tan penetrante como la de un anciano sentado en el consejo 
de la tribu. Al cabo de unos instantes, se hizo a un lado y los 
invit a abandonar el fro porche y penetrar en el clido 
mbito que protegan los gruesos muros de adobe.











El doctor no acostumbraba a llevar armas encima, pero los 
muchos imponderables del asunto Rhodes le aconsejaban 
protegerse.

Martie y Dusty no constituan un peligro inmediato mientras 
permanecieran en Nuevo Mxico. Ni supondran ninguna 
amenaza cuando volvieran -si volvan , a menos que fuera 
incapaz de acercarse a ellos lo suficiente para pronunciar los 
nombres -Shaw, Narvilly- que activaban sus programas.

Skeet era harina de otro costal. Su cerebro, convertido por las 
drogas en una especie de colador, pareca incapaz de retener 
los detalles esenciales de un programa de control sin 
necesidad de una recarga peridica. Si, fuera cual fuese el 
motivo, a aquel cabeza de chorlito le daba por perseguirlo, 
caba la posibilidad de que no respondiera de inmediato al or 
"Doctor Yen Lo" y consiguiera utilizar la navaja, la pistola o 
cualquier otra arma que llevara encima.

El doctor vesta un traje Ermenegildo Zegna de excelente 
corte, con unas rayas grises y chaqueta cruzada; en su 
opinin, y desde el exclusivo punto de vista de la elegancia, 
debera existir una ley federal contra quien echara a perder 
las lneas de semejante autendo llevando debajo una 
sobaquera. Afortunadamente, el doctor, siempre precavido, 
haba encargado una pistolera de cuero blando, que le 
permita llevar el arma tan bien metida bajo el brazo y tan 
cmodamente ceida al cuerpo que hasta los sastres italianos 
habran sido incapaces de detectarla.

El tamao de la propia pistola contribua a eliminar el 
antiesttico bulto; era una pequea automtica, la Taurus PT-
111 Millennium, con una prolongacin Pearce aadida a la 
empuadura. Una monada de lo ms potente.

Tras la ajetreada noche, el doctor se dio el lujo de dormir 
hasta tarde, aprovechando que no tena que asistir a la 
habitual cita de los jueves con Susan Jagger, que estaba 
definitivamente curada. Como no tena ningn compromiso 
hasta despus del almuerzo, visit su tienda de juguetes 
antiguos favorita, donde compr una coleccin "Dodge City, 
ciudad sin ley" de Marx en perfecto estado por tan slo tres 
mil doscientos cincuenta dlares y un Ferrari Johnny Lightning 
de metal esmaltado por ciento quince.

Haba otro par de clientes curioseando entre los artculos y 
charlando con el dueo, y el doctor Abriman se divirti de lo 
lindo imaginando que sacaba la pistola y les llenaba la tripa 
de plomo sin que mediara provocacin. Por supuesto, no lo 
hizo, porque estaba encantado con sus compras y no quera 
que el propietario se sintiera incmodo cuando volviera en 
busca de otros tesoros.












La cocina ola a tortas de maz recin horneadas, y una gran 
cacerola colocada al fuego exhalaba un delicioso aroma a 
chiles con carne.

Zina llam a su marido al trabajo. Eran propietarios de una 
galera de arte en Canyon Road. Cuando supo el motivo de la 
visita de Martie y Dusty, Glyson sali hacia su casa de 
inmediato.

Mientras lo esperaban, Zina sirvi a sus invitados sendas 
tazas rojas de cermica con caf solo sazonado con canela y 
cosquillas con piones tostados.

Chase apareci al cabo de diez minutos. Vindolo, cualquiera 
habra dicho que se ganaba la vida, no como galerista, sino 
como jinete de las praderas: alto y desgarbado, tena el pelo 
pajizo y rebelde y un rostro atractivo, curtido por el sol y el 
viento. Pareca uno de esos hombres acostumbrados a entrar 
en los establos y hacer que los caballos relinchen suavemente 
a su paso y estiren el cuello sobre las puertas de sus 
compartimentos para husmearle las manos.

Se sent a la mesa de la cocina con Martie y Dusty, y se 
dirigi a ellos con una voz queda y firme a un tiempo:

-Qu les ha hecho Abriman a ustedes o a los suyos?

Martie le cont lo relativo a Susan. Su grave agorafobia, sus 
sospechas de que estaba siendo violada. Su inesperado 
suicidio.

-Se las arregl para obligarla a hacerlo afirm Chase Glyson-. 
No me cabe duda. Ninguna. Y han viajado desde tan lejos 
por su auriga?

Si. Era mi mejor amiga respondi Martie. Que no vea razn 
para dar ms explicaciones.

Hace ms de diecinueve aos que destroz a mi familia -dijo 
Chase-, y ms de diez que se march de Santa Fe. Durante 
un tiempo, tuve la esperanza de que hubiera muerto. Luego, 
se hizo famoso con sus libros.

-Tiene inconveniente en que grabemos lo que nos cuente? le 
pregunt Dusty.

No, ningn inconveniente. Pero lo que tengo que contar... 
Joder, puede que se lo haya contado un centenar de veces a 
la polica y a un montn de fiscales de distrito a lo largo de los 
aos, hasta quedarme ms ronco que un coyote afnico. 
Nadie me hizo el menor caso. Bueno, la nica ocasin en que 
alguien me escuch y pens que quiz estaba diciendo la 
verdad, llegaron esos amigotes importantes de Abriman, le 
hicieron una visita y le leyeron la cartilla, para que aprendiera 
de una vez como tena que pensar o dejar de pensar sobre mi 
padre y mi madre.

Mientras Martie y Dusty grababan las declaraciones de su 
marido, Zina Glyson, encaramada en un taburete alto junto a 
la chimenea de adobes e inclinada sobre un caballete, haca 
un estudio a lpiz de una humilde naturaleza muerta que 
haba colocado en un extremo de la mesa de pino envejecido 
a la que estaban sentados los dems. Con vasijas de cermica 
india de inslitas formas,incluido un botijo nupcial con dos 
pitorros.

En esencia, la historia de Chase coincida con los datos de los 
recortes del dossier de Roy Closterman. Durante aos, Teresa 
y Carl Glyson haban regentado con notable xito la Escuela 
de la Liebre Orejotas, un centro preescolar para nios 
menores de cinco aos, hasta el da en que fueron acusados, 
junto con tres de sus empleadas, de abusar de alumnos de 
ambos sexos. Como ocurrira aos despus en el caso 
Ornwahl de Laguna Beach, Abriman haba mantenido 
entrevistas exploratorias supuestamente cuidadosas y 
psiquitricamente vlidas con los nios, a los que en 
ocasiones haba sometido a regresin hipntica y de los que 
haba acabado obteniendo un puado de historias 
coincidentes que confirmaban las acusaciones originales.

Las conclusiones eran un montn de basura, seor Rhodes 
asegur Chase Glyson-. Cualquiera que conociera a mis 
padres les habra confiado a sus hijos sin dudarlo.

Terri, la madre de Chase intervino Zina, se hubiera cortado la 
mano antes que levantarla para hacer dao a ningn nio.

-Y mi padre, lo mismo -asegur Chase-. Adems, rara vez 
estaba en la escuela. Slo iba de vez en cuando a hacer 
reparaciones, porque era maoso. La Liebre Orejotas era cosa 
de mi madre. El tena un concesionario de coches a medias 
con un socio, y siempre estaba ocupado. Mucha gente de 
Santa Fe nunca crey una sola palabra de aquello.

-Pero otra s aadi Zina, sombra.

-Por supuesto -dijo Chase-, siempre hay quien est dispuesto 
a creer cualquier cosa de cualquier persona. Les susurras al 
odo que, como en la Ultima Cena sirvieron vino, es indudable 
que Jesucristo era un borracho, y les falta tiempo para 
condenarse contndoselo a quien quiera escucharlos. La 
mayora de la gente estaba convencida de que no poda ser 
cierto y, sin pruebas fsicas para confirmarlo, no los hubieran 
condenado en la vida... hasta que Valerie-Marie Padilla se 
suicid.

-Una de las alumnas apunt Martie-, la nia de cinco aos...

-S, seora. -El rostro de Chase se ensombreci como si una 
nube se deslizara entre su cabeza y las luces del techo-. Dej 
una nota de despedida, un dibujo hecho con lpices de 
colores, unos tristes monigotes que lo cambiaron todo 
radicalmente. Ella y un hombre.

-Anatmicamente correcto dijo Martie.

Peor an. El hombre llevaba bigote... como mi padre. Lo 
dibuj con un sombrero de ala ancha, blanco, con la cinta roja 
y una pluma negra. Justo el tipo de sombrero que sola usar 
mi padre.

Con una violencia que sobresalt a Martie y Dusty, Zina rasg 
la hoja superior del cuaderno de dibujo, la arrebuj y la arroj 
a la chimenea.

El padre de Chase era mi padrino, y el mejor amigo de mi 
propio padre. Yo conoca a Carl desde que ech a andar. Era 
un hombre... que respetaba a los dems, fueran lo que 
fueran, sin importarle su posicin ni sus debilidades. Y 
tambin respetaba a los nios, los escuchaba y se preocupaba 
por ellos. Jams me puso la mano encima de esa manera, y 
s que tampoco toc a Valerie-Marie. Si se quit la vida, fue a 
causa de todas las maldades que Abriman le meti en la 
cabeza, de todas las inmundicias sexuales y las historias de 
que sacrificaban animales en la escuela y los obligaban a 
beberse su sangre. Por amor de Dios, tena cinco aos... 
Cmo no vas a trastocar la mente de una criatura, cmo no 
le vas a provocar una depresin espantosa, si la interrogas 
sobre cosas as bajo hipnosis, si la ayudas a recordar lo que 
nunca ocurri?

-Tranquila, Zi -le susurr su marido. Son cosas que pasaron 
hace mucho tiempo.

No, para m no. La mujer se acerc al horno. No podr 
olvidarlas mientras ese hombre siga vivo. Se protegi la mano 
derecha con una manopla de cocina-. Y, cuando lea su 
necrolgica, puede que no me lo crea. -Extrajo del horno una 
bandeja de tortas de maz. Tendr que ver su cadver y 
meterle un dedo en el ojo para comprobar que no reacciona.

Tal vez fuera medio italiana, pero de Sicilia; tal vez llevara 
sangre india en las venas, pero no la de una pacfica navajo 
sino la de una apache. Emanaba una fortaleza inslita, y algo 
en ella sugera que, si hubiera tenido la oportunidad de 
acabar con Abriman sin que la descubrieran, probablemente 
no la habra desaprovechado.

Martie la entenda perfectamente.

-Por aquel entonces yo tena diecisiete aos dijo Chase casi 
como si hablara solo. Slo Dios sabe por qu no me acusaron 
a m tambin. An no entiendo cmo me libr. Puestos a 
quemar brujas, por qu no quemar a toda la familia?

Volviendo sobre algo que haba mencionado Zina, Dusty dio 
en el quid de la cuestin.

-"Si se quit la vida"? Qu quera decir con eso, seora 
Glyson?

-Cuntaselo, Chase -dijo Zina dejando las tortas de maz y 
echan-do un vistazo a la cacerola de chiles con carne. Veamos 
si opinan que una nia de cinco aos es capaz de hacerse 
algo as.

Su madre estaba en el cuarto de al lado -dijo Chase. Oy el 
disparo, ech a correr y encontr a Valerie-Marie segundos 
despus de que ocurriera todo. No haba nadie ms. Estaba 
claro que la nia se haba matado con la pistola de su padre.

-Tuvo que cogerla de una caja del armario explic Zina-. Y la 
municin, de otra distinta. Y cargar la pistola. Una nia que 
no haba tocado un arma en su vida.

-Pero eso no es lo ms difcil de creer aadi Chase-. Lo 
increble... -El hombre titube-. Esto no es nada agradable, 
seora Rhodes.

-Estoy empezando a acostumbrarme -respondi Martie, 
sombra.

La forma en que Valerie-Marie se quit la vida... empez a 
decir Chase Glyson. Los peridicos citaron a Abriman, que 
habl de "un acto provocado por el asco de s misma, un 
rechazo simblico de su femineidad, un intento de destruir las 
caractersticas sexuales que haban motivado los abusos". La 
pobre criatura... En fin, antes de apretar el gatillo, se quit la 
ropa y se meti el can... dentro.

Martie se haba puesto en pie sin ni siquiera ser consciente de 
que quera levantarse de la silla.

Dios mo... Necesitaba moverse, ir a algn sitio, hacer algo, 
pero no tena adnde ir, excepto, como comprendi cuando 
estuvo all. al lado de Zina Glyson, a la que se abraz como se 
hubiera abrazado a Susan en un momento semejante-. Chase 
y usted, ya eran novios?

-S respondi Zina.

Y sigui a su lado. Se cas con l...

-Gracias a Dios murmur Chase.

-Despus del suicidio -dijo Martie-, imagino que debi de ser 
un calvario defender a Carl ante otras mujeres, y permanecer 
junto a su hijo.

Zina haba aceptado el abrazo con la misma naturalidad con 
que Martie se lo daba. A pesar de los aos transcurridos, los 
recuerdos estremecieron a aquella princesa del Sudoeste, 
pero ni las sicilianas ni las apaches son mujeres de lgrima 
fcil.

-Nadie acus a Chase -dijo-, pero lo miraban con recelo. En 
cuanto a m... la gente me sonrea, pero mantenan a sus 
hijos a distancia. Durante aos. -Martie acompa a Zina a la 
mesa, y se sentaron con sus maridos. Todas esas monsergas 
psicolgicas sobre el rechazo de la propia femineidad y la 
autodestruccin de los rasgos sexuales no valen una mierda -
asegur la mujer. Lo que hizo Valerie-Marie no se le ocurre a 
ningn nio. A ninguno. La pobre criatura hizo lo que hizo 
porque alguien se lo meti en la cabeza. Por imposible que 
parezca, por disparatado que suene, Abriman le ense a 
cargar el arma, Abriman le dijo lo que tena que hacerse, y 
ella fue a casa y simplemente lo hizo, porque estaba... 
estaba, qu s yo, hipnotizada o algo por cl estilo.

-A nosotros no nos parece ni imposible ni disparatado -le 
asegur Dusty.

La muerte de Valerie-Marie Padilla conmocion a todo Santa 
Fe, y el miedo a que otros alumnos de La Liebre Orejotas 
estuvieran tan afectados como para seguir su ejemplo 
provoc una especie de histeria colectiva que Zina llamaba "el 
ao de la peste". Y, en aquel clima de histeria generalizada, 
un jurado de siete mujeres y cinco hombres emiti sendos 
veredictos de culpabilidad contra los cinco acusados. Por 
unanimidad.

-Probablemente sepan -dijo Chase que, para los otros presos, 
quien ha abusado de un menor es la escoria de la escoria. Mi 
padre... apenas dur diecinueve meses. Lo mataron mientras 
trabajaba en la cocina de la prisin. Cuatro heridas de arma 
blanca, dos por la espalda, en los riones, y otras dos en el 
vientre. Seguramente, dos internos que no le dieron tiempo ni 
a sorprenderse. Nadie solt prenda, de modo que fue 
imposible dar con los culpables.

-Y su madre, vive an? pregunt Dusty.

Chase mene la cabeza.

-Las otras tres maestras, unas bellsimas personas, 
cumplieron cuatro aos cada una. A mi madre la soltaron a 
los cinco, y cuando sali tena cncer.

-Oficialmente, muri de cncer, pero lo que de verdad la mat 
fue la vergenza asegur Zina. Terri era una buena mujer, un 
encanto de mujer, pero orgullosa. No haba hecho nada, nada 
en absoluto, pero la vergenza le devoraba las entraas de 
tanto darle vueltas a lo que la gente pensaba que haba 
hecho. Vino a vivir con nosotros, pero no dur mucho. La 
escuela haba sido clausurada, Carl haba perdido su parte en 
el concesionario de coches. Los honorarios del abogado se 
haban comido hasta el ltimo centavo. Nosotros an 
estbamos intentando establecernos, y apenas pudimos 
reunir lo suficiente para enterrarla como Dios manda. Lleva 
muerta trece aos. Por lo que a m respecta, es como si 
hubiera muerto ayer.

-Cmo van las cosas para ustedes hoy en da? -les pregunt 
Dusty. Zina y Chase intercambiaron una mirada que vala por 
todas las explicaciones del mundo.

-Mucho mejor que antes -respondi Glyson. Sigue habiendo 
gente que cree todo aquello, pero despus del caso Pastore 
son los menos. Y algunos nios de La Liebre Orejotas... 
acabaron retractndose de sus historias.

-S, con diez aos de retraso replic Zina. En aquel momento, 
sus ojos eran ms negros que la antracita y ms duros que el 
hierro. Chase solt un suspiro.

-Puede que hicieran falta diez aos para que aquellos falsos 
recuerdos empezaran a desmoronarse. En fin, no lo s.

-Y en todo ese tiempo -terci Martie, nunca pensaron en 
hacer las maletas y marcharse de Santa Fe?

-Nos gusta Santa Fe respondi Chase poniendo el corazn en 
lo que deca.

-Es el mejor sitio del mundo afirm Zina-. Adems, si nos 
hubiramos ido, hay unos cuantos ah afuera a los que les 
hubiera faltado tiempo para decir que nuestra marcha 
probaba que todo era verdad, que huamos con el rabo entre 
las piernas porque no podamos soportar la vergenza.

Chase asinti.

-Pero slo unos cuantos.

-Aunque slo fuera uno insisti Zina-. No le hubiera dado la 
satisfaccin de marcharme.

La mujer tena las manos sobre la mesa. Chase se las cubri 
con una de las suyas.

-Seor Rhodes, si cree que puede servir de algo, s que 
algunos chicos de la escuela, los que se retractaron, estaran 
encantados de hablar con ustedes. Vinieron a vernos. Nos 
pidieron perdn. No son malas personas. Los utilizaron. Estoy 
seguro de que les gustara ayudar.

-Si pudiera usted arreglarlo -dijo Dusty-, les dedicaramos el 
da de maana. Hoy, mientras an hay luz y antes de que 
nieve, nos gustara visitar el rancho de los Pastore.

Chase apart su silla de la mesa y se puso en pie. Pareca 
ms alto que al entrar.

-Saben ir?

-Tenemos un mapa -dijo Dusty.

-Har con ustedes la mitad del camino ofreci Chase-. Porque 
a mitad de camino del rancho de los Pastore, hay algo que 
deberan ver. El instituto Bellon-Tockland.

-Qu es eso?

-Es difcil de explicar. Lleva all veinticinco aos. Es el mejor 
sitio para buscar a los amigos de Mark Abriman, si es que 
tiene alguno.

Sin ponerse un jersey o una chaqueta, Zina los acompa a la 
calle.

En el patio, los pinos parecan rboles de diorama, inmviles 
tras un cristal.

No oyeron otro ruido que el chirrido de los goznes de hierro 
de la puerta del muro. Era como si no quedara un alma en 
toda la ciudad, como si Santa Fe fuera un buque fantasma en 
medio de un ocano de arena.

Ni un solo coche recorra la calzada. Ni un solo gato 
merodeaba por la acera; ni un solo pjaro surcaba el aire 
invernal. Una quietud inmensa gravitaba sobre el mundo.

El Lincoln Navigator de Clase estaba aparcado enfrente.

-Esa furgoneta de la otra acera-dijo Dusty-, es de algn 
vecino? Chase la mir y mene la cabeza.

-Creo que no. No sabra decirle. Por qu?

-Por nada. Es un vehculo estupendo, eso es todo.

-Se nos viene encima -dijo Zina mirando al cielo.

Al principio, Martie crey que se refera a la nieve, aunque no 
se vea un solo copo.

El cielo era ms blanco que gris. El movimiento de las nubes, 
si es que se movan, era interno, invisible tras la plida piel 
que presentaban al mundo.

-Algo malo -aadi Zina posando una mano en el brazo de 
Martie. Es mi instinto apache. La sangre de los guerreros 
presiente la violencia. Tengan cuidado, Martie.

-Lo tendremos.

-Ojal vivieran en Santa Fe.

-Ojal vivieran en California.

-El inundo es demasiado grande y nosotros, demasiado 
pequeos -dijo Zina, y volvieron a abrazarse.

En el interior del coche, tras apartarlo de la acera para seguir 
al Navigator de Chase, Martie mir a Dusty.

-Qu pasa con la furgoneta? -le pregunt.

Dusty se volvi en el asiento y mir por la ventanilla trasera. 

-Jurara que la he visto hace un rato.

-Dnde?

-Delante del centro comercial donde hemos comprado la 
grabadora. 

-Se mueve?

-No.

-Qu? -volvi a preguntar Martie tras girar a la derecha y 
recorrer tres manzanas.

-Nada. Me habr equivocado.











En California, una zona horaria al oeste de Santa Fe, Mark 
Abriman almorzaba solo en una mesa para dos de un selecto 
restaurante de Laguna Beach. A su derecha se extenda una 
magnfica vista del Pacfico; a su izquierda, una muchedumbre 
de comensales elegantes y adinerados sin excepcin.

No todo era perfecto. A dos mesas de la suya, un caballero -y 
eso era dar al trmino un sentido extremadamente nato- que 
rondaba la treintena, soltaba cada dos por tres unas risotadas 
tan largas y asnales como para atiesar las orejas de todos los 
burros al oeste de Texas. La abuelita de la mesa de al lado 
llevaba un ridculo sombrero acampanado de color amarillo 
mostaza. En el extremo ms alejado del comedor, haba un 
grupo de seis jovencitas insoportablemente risueas. El 
camarero se equivoc de aperitivo y a continuacin tard una 
eternidad en volver con el correcto.

A pesar de todo, el doctor no sac la pistola. Un autntico 
jugador como l no se liaba a tiros por el simple placer de 
apretar el gatillo. Disparar a bulto era cosa de perturbados, 
de idiotas de remate, de adolescentes encorajinados con 
demasiada autoestima y ningn autocontrol, y de militantes 
fanticos empeados en cambiar el mundo de aqu al martes. 
Adems, su minipistola de nueve milmetros tena un cargador 
de dos compartimentos que slo contena diez balas.

El doctor finaliz el almuerzo con una porcin de tarta de 
chocolate sin leche y un helado de azafrn, pag la cuenta, 
concedi la absolucin incluso a la viejecita del estrambtico 
sombrero mostaza y abandon el establecimiento.

La tarde del jueves era agradablemente fresca, pero no fra. 
El viento, que haba seguido soplando durante la noche, deba 
de andar ya por el lejano Japn. El cielo estaba encapotado, 
pero la lluvia prevista para primeras horas de la maana 
segua sin caer.

Mientras el mozo le traa el Mercedes, el doctor Ahriman se 
entretuvo mirndose las uas. Estaba tan encantado con la 
calidad de su manicura que apenas prest atencin a lo que lo 
rodeaba, casi no apart la vista de sus manos -fuertes, 
masculinas y, no obstante, dotadas de los afilados dedos de 
un pianista- y a punto estuvo de no ver al desconocido 
recostado contra una camioneta aparcada al otro lado de la 
calle.

El vehculo beige, viejo aunque bien conservado, era la clase 
de cafetera que no sera coleccionable ni transcurridos mil 
aos, motivo por el que careca del menor inters para el 
doctor, que ignoraba la marca o el modelo a que perteneca. 
Al ver el habitculo que cubra la plataforma, Ahriman se 
estremeci pensando en unas vacaciones pasadas de ese 
modo.

El sujeto, aunque desconocido, le resultaba vagamente 
familiar. Era cuarentn, pelirrojo, rubicundo y carilleno, y 
llevaba gafas de culo de vaso. No lo miraba directamente, 
pero algo en su comportamiento delataba al fisgn. Hizo 
como que consultaba su reloj y mir con impaciencia hacia 
una tienda prxima, como si esperara a alguien, pero sus 
dotes interpretativas eran an ms escasas que las del astro 
que en esos momentos se preparaba para el papel de su vida 
como desnarigador presidencial.

La tienda de juguetes antiguos. Haca unas horas. A treinta 
minutos en coche y a seis distritos del restaurante. All era 
donde haba visto al hombre de la cara roja. Cuando se 
carcajeaba interiormente imaginando la sorpresa que se 
llevara el personal de la tienda si la emprenda a tiros con los 
clientes por puro capricho, aquel era uno de los dos 
parroquianos que haba acribillado en su imaginacin.

En un condado con tres millones de habitantes, costaba creer 
que aquel segundo encuentro en apenas unas horas fuera 
pura casualidad.

Una camioneta beige con un habitculo en la caja no pareca 
el vehculo ms adecuado ni para una patrulla de vigilancia 
camuflada ni para un detective privado.-

No obstante, al echarle un vistazo ms detenido, Abriman 
comprob que la camioneta dispona de dos antenas adems 
de la correspondiente a la radio. Una, flexible, sala de la 
cabina, y casi con seguridad serva a un receptor de la polica. 
La otra era un artilugio indescriptible acoplado al parachoques 
trasero: rgido, plateado, de casi dos metros de altura, 
acabado en una especie de espiga y rodeado de un muelle 
negro.

El doctor Abriman subi al Mercedes y se alej del 
restaurante, nada sorprendido al comprobar que la camioneta 
lo segua.

La tcnica de seguimiento del hombre de la cara roja era la 
propia de un aficionado. No se peg al parachoques del 
Mercedes; incluso dej que uno o dos vehculos los separaran 
y le hicieran de pantalla, como quiz haba aprendido viendo 
las estpidas series de detectives de la tele. Pero careca del 
aplomo suficiente para permitir que Abriman desapareciera de 
su vista durante ms de uno o dos segundos; arrimaba la 
camioneta a la lnea central de la calle constantemente, o 
avanzaba pegado a los coches aparcados todo lo que poda, y 
no paraba de moverse a diestro y siniestro cada vez que los 
vehculos que lo precedan le ocultaban el Mercedes. En 
consecuencia, la camioneta era la nica anomala del trfico 
visible en los retrovisores del doctor, visible de forma nada 
profesional: zigzagueando como un auto de choque y 
azotando el aire con sus enormes antenas.

En la actualidad, los avanzados transpondedores y los 
sistemas de rastreo por satlite permiten a los profesionales 
vigilar a un sospechoso da y noche sin necesidad de estar ni 
siquiera a un kilmetro de distancia. El sabueso de la 
camioneta era tan intil que su nica accin profesional haba 
sido no decorar sus antenas con pelotas de poliestireno 
fosforescente.

El doctor estaba asombrado. E intrigado.

Fue cambiando de calle con regularidad en direccin a una 
zona residencial menos concurrida, en la que era imposible 
ocultarse tras el escaso trfico. Como esperaba, su 
perseguidor compens la visibilidad limitndose a aumentar la 
distancia que los separaba hasta rezagarse casi una manzana, 
como si creyera que la capacidad mental y la suspicacia de su 
presa equivalan a los de una vaca miope.

Sin encender el intermitente, el doctor gir bruscamente a la 
derecha, aceler hasta la primera casa, subi por el camino 
de acceso, dio marcha atrs, volvi a la calle y regres por 
donde haba venido, justo a tiempo de cruzarse con la 
camioneta cuando doblaba la esquina en su persecucin.

Al pasar junto al vehculo, adoptando la confiada actitud de 
quien no tiene motivos para sospechar que lo siguen, el 
doctor Abriman simul que buscaba una direccin. Le 
bastaron dos rpidos vistazos a la izquierda para desentraar 
la mayor parte del misterioso juego. Tras doblar la esquina, 
detuvo el Mercedes, se ape y se acerc a leer el nombre de 
la calle y el nmero de la manzana mientras, rascndose la 
cabeza, consultaba una direccin imaginaria en la imaginaria 
hoja de papel que tena en las manos, como si alguien le 
hubiera dado una informacin incorrecta.

Volvi al Mercedes, lo puso en marcha y avanz a paso de 
hombre hasta que la camioneta beige volvi a aparecer en 
sus retrovisores. No era cuestin de perderlos.

Salvo por el rato que haban compartido en la tienda de 
juguetes antiguos, el conductor segua siendo un 
desconocido; pero no estaba solo. El individuo de ojos 
desorbitados que haba vuelto la cabeza apenas vio el 
Mercedes no era otro que Skeet Caulfield, sentado en el 
asiento del acompaante.

Mientras Martie y Dusty escarbaban en el pasado del doctor 
en Nuevo Mxico, Skeet, para no ser menos, jugaba a 
detectives. Indudablemente, la genial idea se le haba 
ocurrido a l solito, porque su hermano era demasiado listo 
para meterlo en semejante berenjenal.

El hombre de la cara roja y las gafas de culo de vaso era con 
toda probabilidad uno de los colegas de porro, raya y pico de 
Skeet. Sherlock Holmes y el doctor Watson interpretados por 
Cheech y Chong.

Independientemente de lo que ocurriera con Martie y Dusty 
en Nuevo Mxico, Skeet era el principal cabo suelto. Librarse 
del descerebrado drogata era la prioridad del doctor desde 
haca dos das, desde el momento en que le haba dado 
instrucciones para que saltara de un tejado.

A partir de ahora, liberado de la necesidad de localizar a 
Skeet, le bastaba con conducir con moderacin y llevar al 
chico a remolque, mientras se haca una composicin de lugar 
y decida la mejor estrategia para aprovechar aquel 
afortunado giro de los acontecimientos. La partida es-taba en 
marcha.











A escasos kilmetros fuera del lmite urbano, Martie sigui a 
Chase Glyson hasta el aparcamiento de un bar de carretera 
coronado por un vaquero y una vaquera gigantes en pleno 
baile, perfilados en nen pero apagados, pues faltaban unas 
horas para que empezara la msica y el trasiego de alcohol. 
Giraron ante el establecimiento y aparcaron con los morros 
apuntando a la carretera.

Chase sali del Lincoln y ocup el asiento trasero del Ford de 
alquiler. -Aquello de all es el instituto Bellon-Tockland.

El instituto ocupaba el centro de un erial de unas ocho 
hectreas cubierto de artemisas y rodeado por un muro de 
mampostera de dos metros y medio de altura.

El edificio, que descollaba sobre el muro, se haba inspirado 
en la obra de Frank Lloyd Wright, especialmente en la ms 
famosa de sus casas, Fallingwater. Claro que aquello era la 
Casa de la Cascada sin agua ni proporciones, en abierta 
contradiccin -y probable desprecio- de las convicciones de 
Wright, para quien cualquier construccin deba establecer 
una relacin armnica con el espacio sobre el que se alzaba. 
La enorme estructura de piedra y estuco, diecinueve mil 
metros cuadrados palmo arriba, palmo abajo, distaba de 
armonizar con la desnudez del desierto circundante; ms bien 
pareca resultado de una erupcin, una violacin del entorno 
antes que una obra de arquitectura. Tena todo el aspecto de 
un diseo de Wright reinterpretado por Albert Speer, el 
arquitecto favorito de Hitler.

-Qu cosa ms siniestra -murmur Dusty.

-A qu se dedican ah dentro? -pregunt Martie. A planear 
el fin del mundo?

La respuesta de Chase no result muy tranquilizadora:

-Supongo que a algo por el estilo. Nunca he conseguido 
entender una palabra de lo que se supone que hacen, pero 
puede que ustedes no sean tan obtusos. Segn ellos, realizan 
investigaciones...--y empez a citar algo que deba de haber 
ledo-- "..que permitan aplicar los ltimos descubrimientos en 
Psicologa y Psicofarmacologa al diseo de modelos 
estructurales ms estables y equitativos para las instituciones 
pblicas, el mbito empresarial, el mundo de la cultura y la 
sociedad en su conjunto, con el fin de contribuir a la 
proteccin medioambiental, la mejora del sistema de 
administracin de justicia, el desarrollo de las potencialidades 
humanas y la paz mundial...".

Y, con el tiempo y una caa, a la erradicacin de esa lacra 
social conocida como rock-and-roll -rezong Dusty, 
sarcstico.

-Control mental -sugiri Martie.

-Desde luego -respondi Chase-, no ser yo quien se lo 
discuta, ni eso ni cualquier otra cosa que se les ocurra decir. 
Por lo que s, ah dentro podra haber hasta una nave 
extraterrestre descacharrada.

-Ojal se tratar de aliengenas, aunque fueran de la peor 
especie y se pirraran por el pat de hgado humano -dijo 
Dusty-. No me daran ni la mitad de miedo que el Gran 
Hermano.

-No, no, este tinglado no es del gobierno -le asegur Chase 
Glyson-. Por lo menos no tiene ninguna conexin visible.

-Entonces, quin demonios son?

-La creacin del instituto se financi con capital de veintids 
de las principales universidades y seis poderosas fundaciones 
privadas de distintas partes del pas, que lo mantienen en 
funcionamiento ao tras ao con su dinero, al que hay que 
aadir las enormes subvenciones que reciben de varias 
multinacionales.

-Universidades? -Martie frunci el ceo-. La paranoica 
perdida que llevo dentro se acaba de llevar una decepcin... 
El Gran Catedrtico no es ni la mitad de espeluznante que el 
Gran Hermano.

-Veramos si pensabas lo mismo despus de vivir una 
temporada con Lampton El Lagarto -brome Dusty.

-Lampton qu? -pregunt Chase.

-El doctor Derek Lampton. Mi padrastro.

-Para ser un sitio dedicado a trabajar por la paz mundial -dijo 
Chase-, el dichoso instituto est mejor protegido que el 
Pentgono.

A cincuenta metros escasos en direccin norte, los vehculos 
que se dirigan hacia el instituto deban hacer alto ante un 
impresionante portn custodiado por una caseta. Tres 
individuos uniformados reciban a cada visitante cuando le 
llegaba el turno, y uno de ellos daba una vuelta alrededor del 
vehculo inspeccionando los bajos con un espejo acoplado al 
extremo de un largo mango.

-Qu coo buscan? -pregunt Dusty-. Polizones, bombas?

-Puede que ambas cosas. Y los sistemas de seguridad 
electrnica tampoco son moco de pavo. Seguro que en Los 
Alamos no tienen tantos.

-Eso no es mucho decir -opin Dusty-. Despus de todo, si los 
chinos no se llevaron ms secretos nucleares de Los lamos 
fue porque no quisieron.

-Con tanta medida de seguridad -terci Martie-, no hay que 
preocuparse de que los chinos se lleven nuestros secretos de 
paz.

-Abriman se pasaba las horas muertas en este sitio -explic 
Chase-. Tena la consulta en la ciudad, pero su autntico 
trabajo estaba aqu. Y cuando hizo falta mover los hilos para 
salvarle el culo, a raz de los asesinatos de los Pastore, la 
gente que los movi era de aqu.

Martie no acaba de entenderlo.

Pero, si no son gente del gobierno, cmo consiguen que la 
polica, los fiscales de distrito y el resto del mundo bailen al 
son que ellos tocan?

-Para empezar, soltando pasta. Y utilizando sus contactos. 
Que no sean del gobierno no significa que no tengan 
influencia sobre todos los poderes del Estado... y sobre la 
polica, los medios... Estos tos tienen ms conexiones que la 
Mafia, y mucho mejor imagen.

-Para eso trabajan por la paz mundial en vez de traficar con 
drogas, falsificar discos compactos o prestar con usura.

-Exacto. Y si lo piensa detenidamente, tendr que admitir que 
se lo montan mejor que el gobierno. Nada de comits 
legislativos de supervisin. Nada de polticos hipcritas ante 
los que rendir cuentas. Slo un puado de buenos chicos 
haciendo el bien y trabajando para un futuro mejor, lo que 
hace poco probable que a alguien le d por investigar sus 
actividades. Joder, hagan lo que hagan ah dentro, estoy 
seguro de que la mayora se creen unas hermanitas de la 
caridad sin ms objetivo que salvar el mundo.

-Y usted no piensa lo mismo...

-Despus de lo que Abriman hizo a mi familia y de la 
conexin que lo una a este sitio? Pero la gente de aqu no se 
para a pensar en el instituto. No es algo que afecte a su vida 
cotidiana. O, en todo caso, les inspira sentimientos vagos y 
favorables.

Quines son Bellon y Tockland? -pregunt Martie.

-Kornell Bellon y Nathaniel Tockland. Dos antiguos 
catedrticos y pesos pesados del mundo de la Psicologa. El 
instituto fue idea suya. Bellon muri hace unos aos. 
Tockland tiene setenta y nueve, est jubilado y casado con 
una mujer despampanante, inteligente, simptica, y, para 
colmo, rica heredera!, unos cincuenta aos ms joven. Si los 
conocieran, en la vida se figuraran qu ha podido ver en l, 
porque es tan feo, aburrido y cargante como viejo.

Martie y Dusty cruzaron una mirada.

-Tendr un buen haiku murmur ella.

-O algo por el estilo.

En fin, me ha parecido que deba enserselo -dijo Chase. Por 
que, no s, de algn modo este sitio explica muchas cosas de 
Abriman. Y puede darles una idea ms exacta de con quin se 
la juegan.

A despecho del toque Lloyd Wright, el instituto hubiera 
armonizado mucho ms con su entorno de alzarse en un 
picacho de los Crpatos, a un tiro de piedra del castillo del 
barn Von Frankenstein, envuelto en perenne bruma y 
alcanzado con regularidad por rayos y centellas, que sin duda 
le habran suministrado energa en lugar de daarlo.











Despus del opparo almuerzo, el doctor Abriman tena 
intencin de darse una vuelta por el domicilio de los Rhodes y 
echar un vistazo a la obra del fuego. Con Skeet y la 
reencarnacin del inspector Clouseau pisndole los talones, la 
excursin recreativa pareca poco prudente.

Por otra parte, no poda tomarse libre toda la jornada, pues 
tena cita con un paciente a primera hora de la tarde. Se 
dirigi directamente, aun-que a velocidad moderada, a su 
consulta en Fashion Island.

Al apearse, simul no ver la camioneta, que estacion en el 
mismo aparcamiento, dos hileras detrs de su Mercedes.

Su consulta de la planta decimocuarta estaba orientada hacia 
el ocano, de modo que fue primero a la de un 
otorrinolaringlogo, en la fachada este del edificio. Las 
ventanas de la sala de espera daban al aparcamiento.

Atareada en teclear, la recepcionista ni siquiera alz la mirada 
cuando Abriman se acerc a una ventana; sin duda, lo 
tomaba por un miembro ms del pattico hatajo de pacientes 
duros de odo, moqueantes o roncos que aguardaban 
sentados en las incmoda sillas hojeando revistas viejas 
infestadas de bacterias.

El doctor vio su Mercedes y, acto seguido, localiz la 
camioneta beige con el habitculo blanco. La intrpida pareja 
haba bajado del vehculo para estirar las piernas, agitar los 
brazos y respirar aire fresco. Era evidente que estaban 
dispuestos a esperar hasta que reapareciera su presa.

Bien.

Apenas entr en su consulta, el doctor pregunt a su 
secretaria, Jennifer, si haba disfrutado del sandwich de pan 
de centeno con tofu y brotes de soya, su men de los jueves. 
Tras recibir la confirmacin de que estaba delicioso -Jennifer, 
vegetariana perdida, deba de haber nacido con menos de la 
mitad de las papilas gustativas de una persona normal , 
emple unos minutos fingiendo inters en el imperativo 
nutricional de tomar regulares y enormes suplementos de 
ginkgo biloba, transcurridos los cuales se encerr en su 
despacho.

Telefone a Cedric Hawthorne, su mayordomo, para 
encargarle que cogiera el menos llamativo de sus potentes 
automviles de coleccin -un Chevrolet El Camino de 1959- y 
lo estacionara en el aparcamiento del edificio inmediato al de 
su consulta. Deba dejar las llaves en un caja magntica bajo 
el guardabarros de la rueda posterior derecha. Nella, su 
mujer, poda seguirlo en otro coche para llevarlo de vuelta a 
la casa.

Ah, y trae un pasamontaas -aadi el doctor . Djalo bajo el 
asiento del conductor.

Cedric no pregunt para qu necesitaba el pasamontaas. No 
era quin para hacer preguntas. Estaba bien enseado. Muy 
bien enseado. 

-Por supuesto, seor, un pasamontaas.

El doctor ya tena pistola.

Haba ideado una estrategia.

Todas las piezas estaban en su sitio.

La partida estaba a punto de comenzar.












La casa del rancho tena suelos de gastadas baldosas 
mexicanas y techos de vigas desnudas entre revoltones 
enlatados de lamo. En las habitaciones principales, los 
fuegos -sutilmente aromatizados con pias de pino y varitas 
de cedro- crepitaban en chimeneas de adobe de sensuales 
formas. A excepcin de los sillones tapizados y los sofs, el 
mobiliario perteneca a la era WPA,* y sillas, mesas y 
armarios recordaban los muebles Stickley;** las hermosas 
alfombras navajas amortiguaban los pasos por doquier, salvo 
en la habitacin donde se haban producido las muertes.

*Los aos de la Depresin, en que la extinta agencia federal 
WPA (Work Progress Administration, 1935-1943) combati el 
desempleo de artistas y artesanos financiando proyectos y 
creando talleres por todo Estados Unidos. 

** Gustav Stickley (1858-1942), famoso diseador y 
fabricante estadounidense de muebles de roble simples, 
funcionales y slidos ideados para hogares modestos. 

El fuego estaba apagado. Todos los muebles menos uno 
haban sido retirados y vendidos. El suelo estaba a la vista.

Mortecinos rayos de luz griscea entraban por la ventana sin 
cortinas, y las paredes irradiaban fro. De vez en cuando, por 
el rabillo del ojo, Martie crea advertir que la plida luz se 
curvaba en el aire, como rechazada por una forma casi 
transparente que se deslizara sin ruido; pero al volver la 
cabeza no vea nada: la luz era lineal y uniforme. Y sin 
embargo, en aquel lugar resultaba fcil creer en presencias 
invisibles.

En el centro de la habitacin haba una silla de madera de 
respaldo estrecho y asiento sin tapizar, elegida quiz 
precisamente en razn de su incomodidad. No en vano, segn 
algunos monjes la comodidad impeda recogerse para orar o 
meditar.

-Vengo aqu varias veces a la semana dijo Bernardo Pastore; 
generalmente, estoy diez o quince minutos... pero hay das 
que paso horas sentado en esa silla.

Su voz era apagada e indistinta. En su boca, las palabras eran 
como canicas que pula y soltaba pacientemente.

Dusty sostena la grabadora con el micrfono incorporado 
apuntando hacia el ranchero, para asegurarse de captar con 
claridad su confuso monlogo.

El lado derecho del rostro de Bernardo Pastore permaneca 
inexpresivo, pues los nervios haban quedado 
irreparablemente daados. Los cirujanos haban conseguido 
reconstruirle la parte derecha de la mandbula y el mentn a 
base de placas metlicas, alambres, clavos, silicona e injertos 
seos. El resultado era razonablemente funcional, pero no un 
xito esttico.

Durante el primer ao -sigui diciendo Pastore-, me pasaba 
las horas muertas en esta silla cavilando, intentando 
comprender cmo era posible que hubiera ocurrido algo as.

Al or los disparos que haban segado la vida de su hijo 
mientras dorma, Bernardo acudi corriendo a aquella 
habitacin y recibi los impactos de dos balas disparadas a 
bocajarro por Fiona, su mujer. La primera le atraves el 
hombro derecho; la segunda le destroz la mandbula.

-Al cabo de un tiempo, intentar comprender dej de tener 
importancia. Si no fue cosa de magia negra, fue algo por el 
estilo. Ahora ya slo me siento aqu para pensar en ellos, para 
hacerles saber que los quiero, para hacer saber a Fiona que 
no la culpo, que s que lo que hizo era un misterio tan grande 
para ella como lo es para m. Y creo que es cierto. Tiene que 
ser cierto.

Segn los mdicos, haba sobrevivido contra todo pronstico. 
El proyectil del 44 que le hizo aicos la mandbula se haba 
desviado milagrosamente hacia arriba, haba atravesado el 
mastoides y haba vuelto a salir por encima del arco 
cigomtico, sin daar la arteria cartida externa a la altura de 
la sien, pues en caso contrario Pastore habra muerto mucho 
antes de que llegara la ambulancia.

Quera a Dion tanto como yo, y todas esas acusaciones que 
escribi en su nota, las cosas que aseguraba que les haba 
hecho a Dion y a ella, no eran ciertas. Pero, aunque lo 
hubieran sido y hubiera decidido suicidarse, Fiona no era el 
tipo de mujer capaz de matar a un nio que adems era su 
hijo.

Alcanzado por ambos disparos, Pastore se haba derrumbado 
sobre una cmoda prxima a la ventana, abierta a la noche 
de esto.

-Y all estaba l, justo al otro lado, mirndonos con una 
expresin indescriptible. Sonriendo de oreja a oreja, con la 
cara empapada de sudor y los ojos brillantes.

-Se refiere usted a Abriman... -puntualiz Dusty para la 
grabacin.

Al doctor Mark Ahriman confirm Pastore. Estaba all como si 
supiera lo que iba a pasar, como si hubiera comprado una 
entrada para asistir a la matanza, un asiento en primera fila. 
Me estaba mirando. Lo que vi en aquellos ojos... no podra 
explicarlo con palabras. Pero si en esta vida he sido ms malo 
que bueno, si hay un sitio en el que tendremos que rendir 
cuentas de todo lo que hemos hecho en este mundo, no me 
cabe duda de que volver a ver ojos como los suyos. -Guard 
silencio durante unos instantes, con la mirada fija en aquella 
ventana, donde no haba otra cosa que mortecina claridad. 
Luego, me desplom.

En el suelo, con la mitad ilesa del rostro apoyada contra las 
baldosas y apenas consciente, Pastore haba visto a su mujer 
quitarse la vida y desplomarse a unos centmetros fuera de su 
alcance.

-Tranquila, extraamente tranquila. Como si no supiera lo que 
haca. Sin vacilaciones, sin lgrimas.

Desangrndose, sacudido por los dolores y las nuseas, entre 
desvanecimiento y desvanecimiento, Bernardo Pastore se 
haba arrastrado hasta el telfono de la mesilla de noche.

-Oa a los coyotes aullando en la noche, al principio, muy 
lejos; luego, cada vez ms cerca. No saba si Abriman segua 
en la ventana, pero sospechaba que no, y tema que los 
coyotes, atrados por el olor de la sangre, rompieran la tela 
metlica y entraran en la habitacin. Son animales 
espantadizos... excepto cuando van en manada.

Luego, haba estirado la mano hacia el telfono, lo haba 
hecho caer al suelo y haba pedido ayuda arrancando un 
puado de gruidos apenas inteligibles a su hinchada 
garganta y su mandbula destrozada.

Y me qued esperando, convencido de que morira antes de 
que llegaran. No me importaba, y puede que hubiera sido lo 
mejor. Muertos Fiona y Dion, me daba igual seguir vivo. Slo 
dos cosas hicieron que me agarrara a la vida. Tena que 
revelar la implicacin del doctor Abriman. Tena que 
comprender lo ocurrido. Quera justicia. Y, en segundo lugar... 
aunque no tema morir, no quera que los coyotes nos 
devoraran a m y a los mos, como si furamos tres conejos 
indefensos.

A juzgar por el volumen de sus aullidos, la manada de 
coyotes se haba agolpado bajo la ventana. Sus patas 
araaban el alfizar. Sus vidos hocicos empujaban la tela 
metlica.

A medida que se debilitaba y empezaba a desvariar, a Pastore 
le haba dado por pensar que los seres que intentaban 
penetrar en la casa no eran coyotes, sino criaturas 
desconocidas hasta entonces en Nuevo Mxico, llegadas de 
otro mundo a travs de una puerta abierta en la noche 
misma. Congneres de Abriman, con ojos an ms extraos 
que los del doctor, que golpeaban la tela metlica, no 
hambrientos de su carne an caliente, sino empujados por el 
ansia de devorar sus tres almas indefensas.

Ese da, el nico paciente del doctor era una mujer de treinta 
y dos aos, esposa del individuo que haba ganado quinientos 
millones de dlares en slo cuatro aos con la oferta pblica 
de acciones de su empresa de ventas por Internet.

Aunque era atractiva, el doctor no la haba aceptado como 
paciente por sus encantos. No le interesaba sexualmente, 
porque, cuando acudi a l, ya era tan neurtica como una 
rata de laboratorio torturada durante meses mediante 
continuas modificaciones de su laberinto y descargas 
elctricas administradas a discrecin. Abriman slo se senta 
atrado por mujeres sanas de cuerpo y mente, con mucho que 
perder.

La extraordinaria riqueza de la paciente tampoco entraba en 
sus clculos. Dado que nunca haba pasado estrecheces, 
quienes actuaban movidos por la codicia slo le inspiraban 
desprecio. Las obras de calidad se hacan siempre por amor al 
arte.

El marido la haba arrastrado hasta la consulta del doctor 
Abriman no tanto porque le preocupara el trastorno de su 
cnyuge como porque quera presentar su candidatura al 
senado de Estados Unidos. A su juicio, el hecho de estar 
casado con una mujer propensa a sufrir excntricos arrebatos 
rayanos con la locura pondra en peligro su carrera, lo que 
probablemente era una preocupacin exagerada, teniendo en 
cuenta que durante aos, y a lo largo y ancho de todo el 
espectro poltico, tanto los hombres pblicos como sus 
esposas haban cometido excentricidades por el estilo, con 
escasas repercusiones negativas en las urnas. Adems, el 
marido era un tipo sin sustancia capaz de perder las 
elecciones sin ayuda.

El doctor slo la haba aceptado como paciente porque su 
trastorno le interesaba. La mujer avanzaba a pasos 
agigantados hacia una fobia extraordinaria que podra 
proporcionar a Abriman interesantes materiales para futuros 
juegos. Tambin era muy probable que utilizara aquel caso 
para su prximo libro, que tratara de las obsesiones y las 
fobias, y que haba titulado provisionalmente Nada temas 
pues estoy contigo. Por supuesto, la hara aparecer bajo un 
nombre falso para proteger su intimidad.

La esposa del candidato a senador se haba obsesionado con 
el actor Keanu Reeves. Durante algn tiempo, haba llenado 
decenas de libros de recortes con fotografas de Keanu, 
artculos sobre Keanu y reseas de las pelculas de Keanu. No 
haba crtico ni la mitad de familiarizado con la filmografa del 
actor, pues en la comodidad de la sala de proyeccin de su 
casa, que dispona de pantalla grande y capacidad para 
cuarenta espectadores, haba visto cada una de sus pelculas 
un mnimo de veinte veces. En una ocasin, haba pasado 
cuarenta y ocho horas viendo una y otra vez Speed, hasta 
que la falta de sueo y el empacho de Dennis Hooper le 
provocaron un desmayo. No haca mucho, haba adquirido un 
colgante Cartier de oro y diamantes en cuyo reverso haba 
hecho grabar el lema: "Kiero a Keanu".

El idilio se haba agriado de la noche a la maana, por 
motivos que ni la propia paciente se explicaba. Un buen da 
empez a sospechar que Keanu tena un lado oscuro. Que se 
haba enterado de su inters por l y no le haba hecho ni 
pizca de gracia. Que haba contratado a gente para que la 
vigilara. Despus, que la vigilaba en persona. Cuando sonaba 
el telfono y colgaban sin decir palabra, o se limitaban a 
decir: "Perdone, me he equivocado de nmero", estaba 
segura de que el autor de la llamada era Keanu. El rostro del 
actor, que tan adorable le pareca la vspera, la aterrorizaba. 
Destruy todos los libros de recortes y quem las fotografas 
del actor que decoraban su dormitorio, porque estaba 
convencida de que poda verla a distancia a travs de sus 
retratos. De hecho, le bastaba con atisbar su rostro para 
sufrir un ataque de pnico. Ya no se atreva a poner la 
televisin, por miedo a que dieran un avance de su prxima 
pelcula, ni a hojear casi ninguna revista, porque tema volver 
una hoja y toparse con la mirada de Keanu. La aterraba hasta 
la posibilidad de leer su nombre en letras de molde, por lo 
que su lista de publicaciones inocuas se reduca a poco ms 
que el Diario de poltica exterior y revistas mdicas como 
Avances en la dilisis del rin.

El doctor Abriman saba que, como era habitual en 
semejantes casos, su paciente no tardara en convencerse de 
que Keanu Reeves la espiaba y la segua adonde quiera que 
fuese, lo que indicara que la fobia se haba desarrollado 
completamente. A partir de ese momento, o bien se 
estabilizara y aprendera a llevar una vida tan limitada como 
la que la agorafobia haba impuesto a Susan Jagger, o bien 
desarrollara una psicosis aguda que, con toda probabilidad, la 
obligara a pasar al menos una breve temporada en un buen 
sanatorio.

La terapia con narcticos sola surtir efecto en pacientes con 
trastornos similares, pero el doctor no tena intencin de 
tratar a aquella mujer de forma convencional. En su 
momento, la sometera a tres sesiones de programacin, no 
para controlarla, sino para extirparle su miedo a Keanu. De 
ese modo, su nuevo libro contara con un amplio captulo 
dedicado al relato de la milagrosa curacin, que el doctor 
atribuira a sus habilidades de analista y su genio de 
terapeuta, patentes en la pormenorizada exposicin de un 
tratamiento que, de hecho, nunca habra puesto en prctica.

Todava no haba empezado a lavarle el cerebro, porque su 
fobia necesitaba algn tiempo para madurar. Tena que sufrir 
un poco ms para que su curacin fuera espectacular y su 
gratitud, cuando recuperara la cordura, ilimitada. 
Convenientemente manejada, puede que incluso aceptara 
aparecer con l en el programa de Oprah cuando se publicara 
el libro.

Entretanto, sentado frente a ella ante la mesa baja, la 
escuchaba disparatar sobre las maquiavlicas intrigas del 
seor Reeves, sin molestarse en tomar notas, porque una 
grabadora oculta se encargaba de capturar el monlogo de la 
mujer y las ocasionales preguntas con que la animaba a 
proseguir.

Tan travieso como de costumbre, el doctor pens de pronto 
en lo mucho que se habra divertido si el actor que aguardaba 
el momento de atentar contra la nariz del presidente hubiera 
sido el propio Keanu. Qu terror no habra sentido aquella 
paciente cuando se enterara de la noticia, que sin duda la 
convencera de cunto habra peligrado su propio apndice de 
no haber querido el azar que la cabeza ejecutiva de la nacin 
se cruzara en el camino de Keanu antes que la suya.

En fin... En ocasiones, la maquinaria del universo haca gala 
de un extrao sentido del humor, aunque nunca tan agudo 
como el suyo. 

-Doctor, no me est escuchando.

-Por supuesto que s -le asegur Abriman.

-No, estaba pensando en las musaraas -le espet la mujer--, 
y no pago las horas de terapia a precio de oro para que se las 
pase soando despierto.

Aunque haca slo cinco aos que aquella individua y su 
insulso marido apenas podan permitirse pedir patatas fritas 
con sus Big Macs, se haban vuelto tan dspotas y exigentes 
como si siempre hubieran nadado en la abundancia.

De hecho, su chaladura por Keanu y la demente necesidad de 
autoafirmarse en las urnas del majadero de su marido eran 
resultado de la celeridad de su xito financiero, de los 
sentimientos de culpa por haberse enriquecido tanto con tan 
poco esfuerzo y del miedo inconsciente a perderlo todo con la 
misma rapidez con que lo haban ganado.

-No estaremos ante un conflicto de intereses, verdad? -
pregunt la mujer con repentina preocupacin.

-Perdn?

-Un conflicto entre dos pacientes. No conoce a Ke... Keanu, 
ver-dad, doctor?

-No, no. Por supuesto que no.

-No ponerme al corriente de cualquier relacin que tenga con 
l sera muy poco tico. Poqusimo. Y quin me dice a m que 
a usted le importa la tica? Despus de todo, qu s yo 
sobre usted?

En vez de sacarse el Taurus PT-11 Millenium de la sobaquera 
y ensearle modales a aquella mentecata advenediza, el 
doctor ech mano de su notable encanto y la engatus para 
que retomara el hilo de su aberrante chchara.

Segn el reloj de pared, faltaba menos de media hora para 
que pudiera abandonarla a las insidias de Keanu. Luego, se 
ocupara de Skeet Caulfield y el hombre de la cara roja.











En algunos sitios, las baldosas de estilo mexicano haban 
perdido el lustre.

Donde segua creyendo ver manchas de sangre -explic 
Bernardo Pastore-. Mientras estaba en el hospital, unos 
amigos limpiaron la habitacin y la vaciaron de muebles y de 
todo lo dems. Cuando volv, no haba manchas... pero yo 
segua vindolas. Durante un ao, restregu un poco cada 
da. Lo que trataba de eliminar no era la sangre. Era el dolor. 
Hasta que no lo comprend no pude parar de restregar y 
restregar.

Durante los primeros das, en la unidad de cuidados 
intensivos, estuvo entre la vida y la muerte, consciente slo a 
ratos. Las heridas y la extrema tumefaccin del rostro le 
impedan hablar incluso cuando estaba lcido. Cuando al fin 
pudo acusar a Abriman, el psiquiatra haba tenido tiempo para 
preparar una coartada, con los correspondientes testigos.

Pastore se acerc a la ventana del dormitorio y se qued 
mirando al exterior.

-Lo vi justo ah. Justo ah, mirando. No fue ningn delirio 
provoca-do por las heridas, como dijeron algunos.

Dusty avanz unos pasos para mantener la grabadora cerca 
del ranchero.

-Y, nadie le crey?

-Un puado de personas. Pero slo una que contara. Un 
polica. Se puso a investigar la coartada de Abriman, y al 
parecer haba empezado a desmontarla, porque le echaron un 
buen rapapolvo, cerraron el caso y le encomendaron otro.

-Cree usted que querra hablar con nosotros?

-Claro. Despus de tanto tiempo, seguro que hablara. Lo 
llamar y le hablar de ustedes.

-Si pudiera arreglarlo para esta tarde, se lo agradeceramos. 
Creo que Chase Glyson nos mantendr ocupados maana con 
los antiguos alumnos de La Liebre Orejotas.

-Todo lo que estn haciendo no servir de nada -asegur 
Pastore. Pareca contemplar el pasado o el futuro, en vez del 
trozo de rancho en que tena puestos los ojos-. Por algn 
motivo que desconozco, Abriman es intocable.

-Ya lo veremos.

Incluso a la mortecina luz que filtraba la pelcula de polvo gris 
de la ventana, los gruesos costurones del lado derecho del 
rostro de Pastore eran de un rojo encendido.

Como si presintiera que lo estaba mirando, el ranchero se 
volvi hacia Martie.

-Espero no provocarle pesadillas, seora.

-No tema. Me gusta su cara, seor Pastore. Lleva la 
honestidad escrita en las facciones. Adems, despus de 
conocer a Abriman, es imposible que tenga pesadillas con 
nadie ms.

-Ya es bastante, no le parece? -dijo Pastore, y volvi a clavar 
la vista en el paisaje del atardecer.

Dusty apag la grabadora.

-Hoy en da podran hacer desaparecer la mayora de mis 
cicatrices -explic Bernardo Pastore-. Tambin queran volver 
a operarme de la mandbula. Me aseguraron que podan darle 
un contorno ms natural. Pero, qu ms me da ya qu 
aspecto tengo?

Ni Martie ni Dusty supieron qu contestar. El ranchero no 
pareca mayor de cuarenta y cinco aos: tena media vida por 
delante. pero nadie poda obligarlo a desearla, nadie salvo l 
mismo.











Jennifer viva a tres kilmetros de la consulta. Hiciera buen o 
mal tiempo, iba y volva andando, porque andar era una parte 
tan importante de su rgimen de salud como el tofu, los 
brotes de soja y el ginkgo biloba.

El doctor le pregunt si poda llevar su Mercedes al taller y 
dejarlo all para que le cambiaran el aceite y le hicieran la 
rotacin de neumticos.

-La llevarn a casa con la furgoneta de servicio.

Bah, no es necesario respondi la secretaria. Ir andando 
desde all.

-Pero debe de haber mas de doce kilmetros...

-Usted cree? Perfecto!

-Y si llueve?

-Han cambiado el pronstico. Llover maana, hoy, no. Pero, 
y usted, cmo volver a casa?

-Quiero acercarme a Barnes and Noble para hojear unos 
libros, y luego tomar una copa con un amigo antes de cenar 
-minti el doctor. El me llevar a casa. -Se mir el reloj- 
Cierre temprano... pongamos dentro de quince minutos. As, 
aunque se d ese paseo de doce kilmetros, llegar a casa a 
la hora de costumbre. Y coja treinta dlares de la caja, para 
que pueda hacer un alto en ese sitio que tanto le gusta... 
Verdes Acres, verdad?, y cene all, si le apetece.

-Es usted muy amable respondi Jennifer.

-Abriman calculaba que le bastaran quince minutos para 
abandonar el edificio por la entrada principal, de modo que la 
parejita de la camioneta beige no pudiera verlo, dirigirse al 
edificio de al lado y llegar al aparcamiento de la parte 
posterior, donde su Chevrolet El Cansino lo estara esperando.












Los apacentaderos y los corrales de doma estaban desiertos, 
pues los caballos permanecan en sus establos en previsin de 
la inminente nevada.

Cuando Martie se detuvo junto al coche de alquiler y se volvi 
hacia ella, la casa de adobe ya no le pareci ni pintoresca ni 
romntica. Al llegar al rancho, el edificio, como casi toda la 
arquitectura de Nuevo Mxico, semejaba un lugar encantado, 
surgido del desierto por arte de magia. Ahora, los gastados 
muros de tierra tenan un aspecto tan poco romntico como el 
barro, y la casa, ms que surgir, pareca a punto de 
desmoronarse y fundirse con la tierra de la que proceda, 
hasta desaparecer como si nunca hubiera existido, junto con 
la gente que haba conocido el amor y la alegra bajo su 
techo.

-Todava no entiendo a qu nos enfrentamos -dijo Dusty 
mientras Martie pona el coche en marcha y empezaban a 
alejarse del rancho-. Qu es Abriman... adems de lo que 
aparenta ser?

-Imagino que no te refieres a sus contactos, al instituto, a la 
gente que lo protege y a por qu lo protegen...

-No. -Haba bajado la voz, que era suave y solemne, como si 
hablara de algo sagrado. Quin demonios es, ms all de las 
respuestas obvias?

-Un socipata. Un narcisista, segn Closterman -dijo Martie, 
aunque saba que aquellas etiquetas tampoco satisfaran a 
Dusty.

El camino particular que una el rancho con la carretera 
pavimentada tena cerca de dos kilmetros y atravesaba una 
zona de terreno completamente llano antes de internarse 
entre un grupo de colinas. Bajo el amenazador cielo color 
yeso, en aquella ltima hora de luz invernal, el verde oscuro 
de las artemisas pareca moteado de plata. En el aire inmvil, 
los arbustos rastreros permanecan tan quietos congo las 
extraas formaciones rocosas, semejantes a los huesos 
nudosos y semienterrados de bestias prehistricas.

Si Abriman apareciera andando por el desierto en este 
momento -dijo Dusty , crees que las serpientes de cascabel 
saldran de sus agujeros a millares y lo seguiran, tan dciles 
como mascotas?

-As no conseguirs asustarme, cario.

No obstante, a Martie apenas le costaba imaginar a Abriman 
en la ventana del cuarto de Ilion Pastore, instantes despus 
del tiroteo, indiferente a la llegada de los coyotes, de pie 
entre los depredadores, exigiendo y obteniendo un puesto de 
honor en la manada, apretando el rostro contra la tela 
metlica para aspirar el intenso olor a sangre, mientras los 
lobos de la pradera emitan sordos gruidos y, a derecha e 
izquierda del doctor, rasgaban la malla con los dientes.

En un punto donde el camino de gravilla rodeaba una colina y 
descenda bruscamente, alguien haba dejado una cinta de 
pas, uno de esos chismes de los que echa mano la polica 
para poner fin a una persecucin en coche cuando la presa se 
muestra excesivamente escurridiza.

Martie la vio demasiado tarde. Fren en el mismo instante en 
que reventaban los dos neumticos delanteros.

El volante se agit en sus manos, y Martie intent controlarlo.

La cinta de pas azot el coche como una serpiente frentica, 
fue araando los bajos hasta la parte trasera y clav sus 
colmillos en los neumticos posteriores.

Con las cuatro ruedas pinchadas, derrapando sobre la gravilla 
y cuesta abajo. Martie tena tan pocas posibilidades de 
controlar la situacin como si el Ford patinara sobre hielo. El 
coche gir y sigui bajando de costado.

-Agrrate! grit Martie, aunque la advertencia estaba de 
ms. En ese momento, vio el bache.

El Ford se agit, se inclin, pareci vacilar durante una 
fraccin de segundo y volc.

Dieron dos vueltas de campana, pens Martie, o puede que 
tres, porque contarlas no era su mayor preocupacin, 
especialmente cuando se salieron del camino y se precipitaron 
hacia una crcava seca rodando y deslizndose con una 
lentitud sorprendente. El parabrisas revent y, en medio de 
un estrpido de chirridos y golpes, el coche fue dejando un 
reguero de piezas hasta inmovilizarse sobre el techo.












Ms efectivo que las sales de olor, el acre hedor de gasolina 
hizo volver en s a Martie. Tambin la oa gotear de algn 
conducto roto. 

-Ests bien?

-S -respondi Dusty intentando liberarse del cinturn de 
seguridad y maldiciendo, bien porque no consegua 
desabrocharlo o porque estaba demasiado aturdido para 
localizar el cierre.

Colgada boca abajo del cinturn, levantando la vista hacia el 
volante y, ms arriba, hacia sus pies y el suelo del coche, 
Martie tambin se senta un tanto desorientada.

-Estn al llegar.

-La pistola -la urgi Dusty.

Martie llevaba el Colt en su bolso, pero el bolso ya no estaba 
en el asiento, encajado entre su cadera y la puerta.

El instinto la hizo mirar hacia el suelo, pero el suelo estaba 
ahora sobre su cabeza. El bolso no poda haber cado hacia 
arriba.

Tante con dedos temblorosos, encontr el cierre del 
cinturn, se zaf de las enredadas bandas de nailon y se dej 
caer en el techo. Voces. A cierta distancia pero acercndose.

Habra apostado su casa a que quienes se aproximaban no 
eran paramdicos ansiosos por auxiliarlos.

Dusty se liber del cinturn y se desliz hasta el techo.

-dnde est?

-No lo s -respondi Martie jadeando, porque las 
emanaciones de la gasolina le impedan respirar.

Dentro del coche volcado, apenas haba luz. Fuera, el cielo 
cubierto de nubes se oscureca a medida que se aproximaba 
el ocaso. Los arbustos rastreros y la broza de la hoya se 
haban amontonado en el parabrisas roto, por el que apenas 
entraba alguna claridad.

-Ah! exclam Dusty.

Aun antes de or a Dusty, Martie vio el bolso junto a una de 
las ventanillas posteriores y se arrastr hacia l por el techo 
del vehculo.

Lo haba dejado abierto, y parte de su contenido se haba 
desparramado por el techo. Apart la polvera, el peine, el 
lpiz de labios y otros objetos y, al coger el bolso, sinti el 
peso de la pistola.

Una lluvia de guijarros tamborile sobre los bajos del coche. 
Alguien bajaba la pendiente desde el camino de gravilla.

Martie mir a derecha e izquierda por las ventanillas laterales, 
a ras de suelo, esperando ver los pies de los desconocidos.

Procur no hacer ruido para escuchar sus pisadas y saber por 
adelantado por dnde llegaran, pero no consigui sofocar sus 
jadeos, porque el aire, saturado de gases, se volva 
irrespirable por momentos. Como los suyos, los resuellos de 
Dusty traslucan una desesperacin an ms aterradora que 
el repiqueteo de los guijarros sobre la carrocera.

Martie oy un golpe continuado, y supo que no eran los 
latidos de su corazn, porque su corazn, ms que latir, 
atronaba; enseguida, sinti que algo hmedo le resbalaba por 
el rostro, dio un respingo y alz la vista. La gasolina 
empezaba a filtrarse por el suelo del vehculo.

Martie torci el cuello, mir hacia atrs y vio otros tres o 
cuatro puntos por los que el combustible haba empezado a 
gotear del depsito y los conductos. Las gotas captaban la 
escasa luz del interior del coche y caan una a una, relucientes 
como perlas.

La cara de Dusty. Sus ojos, desorbitados por la impotencia y 
la desesperacin.

Los de Martie, irritados por los gases, se llenaron de lgrimas. 
Al tiempo que el rostro de su marido se volva borroso, ley 
en sus labios ms que oy su jadeante susurro:

-No dispares.

Si el fogonazo del disparo no provocaba una explosin -y la 
provocara- las chispas que produjera el impacto los haran 
volar por los aires sin la menor duda.

Se sec los ojos con el dorso de la mano y vio un par de botas 
vaqueras junto a la ventanilla inmediata, justo antes de que 
alguien empezara a tirar de la puerta, abollada y atascada.











El Chevrolet El Camino del 59 estaba pintado de prpura y 
personalizado con gusto: cap enchapado, sin cromados y con 
rendijas de ventilacin; parachoques bruidos de una sola 
pieza; rejilla tubular; capota de vinilo accionada 
neumticamente, y husillos rebajados McGaughly's Classic 
Chevy.

Sentado al volante, el doctor Abriman esperaba en una calle 
desde la que vea la salida del aparcamiento posterior del 
edificio de su consulta.

El pasamontaas estaba bajo el asiento del conductor. Lo 
haba comprobado antes de poner en marcha el motor. El 
bueno de Cedric no lo haba decepcionado.

El peso de la pequea pistola de nueve milmetros bajo su 
hombro izquierdo no le produca la menor molestia, sino una 
sensacin agradable y reconfortante. Bang, bang, todos 
muertos.

Y ah iba Jennifer al volante del Mercedes, saliendo del 
aparcamiento y detenindose junto a la cabina slo para 
saludar al empleado, porque el vehculo llevaba la pegatina 
del abono mensual en el parabrisas. Cuando se levant la 
barrera, la mujer avanz hasta la seal de stop que daba 
acceso a la calle.

Tras ella, la camioneta fren bruscamente junto a la cabina y 
azot el aire con sus antenas.

Jennifer gir a la izquierda y se col entre el trfico.

A juzgar por el tiempo que pasaron junto a la cabina, los dos 
detectives aficionados no haban preparado cambio. Cuando 
alcanzaron el stop, el Mercedes gir al final de la siguiente 
manzana, y a punto estuvieron de perderlo de vista.

El doctor tema que, al ver sola a Jennifer, Skeet y su 
compinche decidieran esperar hasta que apareciera su 
autntica presa o murieran de inanicin. Puede que no 
tuvieran preparado el importe del aparcamiento precisamente 
porque haban estado discutiendo la conveniencia de seguir al 
Mercedes o aguardar acontecimientos. Al final, haban 
mordido el anzuelo, como esperaba el doctor.

No los sigui. Saba adnde iba Jennifer, de modo que se 
dirigi hacia el taller por el camino ms corto.

El automvil tena un potente motor Chevy 350. El doctor 
disfrut de lo lindo acelerando por Newport Beach, ojo avizor 
por si vea algn agente de trfico y con la mano en el claxon 
por si algn peatn se atreva a cruzar un paso de cebra.

Aparc al otro lado de la calle, frente a la entrada de servicio 
del taller, y tuvo que esperar mas de cuatro minutos para ver 
aparecer el Mercedes y la camioneta. Jennifer entr 
directamente al taller mientras la camioneta pasaba de largo 
y aparcaba en un hueco, varios coches por delante del 
Chevrolet.

El habitculo de la plataforma tapaba la ventanilla posterior 
de la camioneta e impeda que Skeet y su compaero 
descubrieran quin estaba aparcado tras ellos. Habran podido 
utilizar los retrovisores laterales para echar un vistazo a sus 
espaldas, pero Abriman sospechaba que se vean a s mismos 
como un intrpido equipo de vigilancia y ni se les haba 
pasado por la cabeza que alguien pudiera vigilarlos a ellos.

El Colt, pequeo, estrecho y liso, se desliz bajo su cinturn y 
se acomod entre sus riones mucho ms fcilmente de lo 
que Martie haba imaginado.

Se estir el jersey para ocultarlo y se ahuec la chaqueta para 
disimular el bulto mientras la puerta del conductor se abra 
con un chirrido estridente de metal retorcido.

Un hombre les orden salir.

Tosiendo y aspirando gases, con los pulmones doloridos por 
falta de aire puro, Martie rept por el techo del coche y sali a 
cuatro patas por el hueco de la puerta.

Un individuo la agarr del brazo izquierdo, la oblig a 
levantarse, la arrastr tras de s y le dio un empujn. Martie 
trastabill y cay de bruces, mitad sobre terreno arenoso, 
mitad sobre una masa de erizadas artemisas.

No intent sacar la pistola, porque segua resollando y 
llorando incontrolablemente. Tena la garganta en carne viva 
y un sabor acre en la boca. Le escoca la mucosa de las tesas 
nasales, y las emanaciones de la gasolina haban penetrado 
hasta los senos de su crneo, que empezaba a palpitarle con 
un fuerte dolor de cabeza.

Oy cmo arrastraban a Dusty fuera del coche de alquiler y lo 
arrojaban al suelo, igual que a ella.

Ambos permanecieron sentados donde haban cado, 
aspirando con ansia, atragantndose con el aire puro y 
soltndolo de golpe antes de que sus pulmones pudieran 
absorber todo el oxgeno.

A pesar de tener los ojos arrasados y verlo todo borroso, 
Martie distingui a dos hombres, uno de los cuales los 
vigilaba, sin duda empuando un arma, mientras el otro 
inspeccionaba el coche volcado. Corpulentos. Con trajes 
negros y facciones todava indistintas.

Algo le roz el rostro. Mosquitos. Nubes de mosquitos. Pero 
fros. Nada de mosquitos, nieve. Empezaba a nevar.

Martie respiraba mejor, aunque segua jadeando, y su visin 
iba aclarndose a medida que se le secaban los ojos. De 
pronto, sinti que la agarraban por el pelo y la obligaban a 
levantarse.

-Vamos, deprisa -gru uno de los desconocidos- . Mueve el 
culo o te volar la tapa de los sesos y te dejar aqu mismo.

Martie tom buena nota de la amenaza y empez a subir la 
suave pendiente por la que haba rodado el coche.












Cuando Jennifer apareci en la otra acera y empez a alejarse 
del taller, los sabuesos tardaron en reaccionar. Estaban listos 
para seguirla en su cafetera, pero ni el enclenque de Skeet ni 
el mofletudo de su amigo confiaban lo suficiente en sus 
fuerzas para lanzarse a una prolongada persecucin a pie.

Peor an, Jennifer caminaba como si todos los perros del 
Infierno y media docena de agresivos agentes de seguros le 
pisaran los talones. Con la cabeza erguida, los hombros 
rectos, el pecho adelantado y las caderas en danza, cortaba el 
fresco aire de la tarde a grandes zancadas, como si estuviera 
dispuesta a alcanzar la frontera de Nevada antes de que se 
pusiera el sol.

Vesta el mismo traje pantaln que en la consulta, pero haba 
sustituido los zapatos de aguja por unos Rockport ideales 
para caminar. Todo lo que necesitaba llevar encima iba en 
una pequea rionera que le dejaba las manos libres; 
balanceaba los brazos con tanto ritmo como una marchadora 
olmpica. Llevaba el pelo recogido en una cola de caballo que 
azotaba el aire con ritmo mientras sus pies hacan saltar 
chispas del pavimento camino del restaurante.

El Chevrolet tena las ventanillas ligeramente ahumadas, y 
Jennifer ignoraba que le perteneca. Cuando pas a su altura 
por la otra acera, ni siquiera volvi la vista en direccin al 
doctor.

Torci en la primera esquina y, an visible, empez a subir la 
calle, en larga pero suave pendiente.

La cola de caballo se bamboleaba con garbo. Los prietos 
msculos de su trasero parecan lo bastante duros como para 
partir nueces.

Gesticulando sin parar, los dos detectives apartaron la 
camioneta del bordillo, cambiaron de sentido con brusquedad, 
pasaron junto al Chevrolet sin dedicarle ni una mirada, 
giraron en la esquina y volvieron a aparcar junto al bordillo.

A unos cien metros colina arriba, en la siguiente interseccin, 
Jen-niffer torci a la derecha. Se diriga hacia el oeste.

Apenas desapareci, la camioneta se lanz en su persecucin.

El doctor esper un tiempo prudencial y sigui a la camioneta.

Una vez ms, el cochambroso vehculo se detuvo en la 
siguiente esquina, a unos cien metros de Jennifer.

La calle por la que avanzaba la mujer ascenda la colina a lo 
largo de ms de un kilmetro; al parecer, los sabuesos tenan 
intencin de esperar a que la recorriera, salir tras ella, 
aparcar en la esquina y observarla de nuevo hasta que 
volviera a girar.

Verdes Acres, meca culinaria de los sibaritas del brote de 
alfalfa, estaba a unos seis kilmetros; Abriman no vea ningn 
motivo para seguir a la camioneta a trancas y barrancas. Pas 
a su altura, adelant a Jennifer y sigui hacia el restaurante.

El doctor se lo estaba pasando en grande con los dos 
detectives aficionados, Sherlock y Watson sin la perspicacia ni 
la indumentaria de rigor. Su inefable idiotez les daba un 
encanto muy particular. Casi dese no tener que matarlos y 
poder conservarlos como a dos monos amaestrados para 
amenizar la ocasional noche tonta.

Aunque, a decir verdad, haca tanto tiempo que no le haba 
arrancado la vida a nadie con sus propias manos, en vez de 
utilizar las de un intermediario, que no vea el momento de 
manchrselas, por decirlo as.











Desprendidos del lanoso cielo, los plateados vellones 
descendan a plomo en el aire inmvil del ocaso y tejan 
jerseys blancos a las matas de artemisas y los arbustos 
rastreros.

Al llegar al final de la cuesta. Martie vea con claridad y 
respiraba audiblemente pero sin jadeos. Segua escupiendo 
saliva agriada por las emanaciones de la gasolina, pero ya no 
se atragantaba.

Un BMW azul oscuro esperaba en el camino del rancho con las 
puertas abiertas y el motor en marcha, escupiendo nubes de 
humo por el tubo de escape. Los gruesos neumticos de 
invierno estaban cubiertos con cadenas para la nieve.

Martie se volvi hacia la hondonada y mir el Ford destrozado 
con la esperanza de que explotara. En aquel paraje abierto y 
silencioso, el estruendo se oira a un kilmetro a la redonda, y 
probablemente en la casa del rancho; o tal vez, si se asomaba 
a una ventana en el momento oportuno, Bernardo Pastore 
vislumbrara el resplandor del incendio entre las colinas, como 
un fanal.

Vanas esperanzas, lo saba.

A pesar de la penumbra, Martie pudo ver que sus captores 
empuaban sendas pistolas ametralladoras con largos 
cargadores. Apenas saba nada sobre esas armas, aparte de 
que eran virtualmente infalibles, mortales incluso en manos 
de un mal tirador, y todava ms mortales manejadas por 
hombres que conocieran su oficio.

Aquellos dos parecan creados en un laboratorio de donacin, 
usan-do una frmula gentica etiquetada "matn 
presentable". Aunque bien parecidos, pulcros y tan monos en 
sus abrigos Eddie Bauer que daban ganas de abrazarlos, eran 
todo un par, con pescuezos lo bastante recios como para 
partir cualquier garrote de alambre menos grueso que un 
cabrestante y espaldas tan anchas que habran podido sacar a 
hombros los caballos de un establo en llamas.

El rubio abri el maletero del BMW y orden a Dusty que se 
metiera dentro.

-Y no hagas ninguna estupidez como intentar arrearme con 
una llave inglesa cuando vuelva a abrir, porque te mandar al 
infierno antes de que puedas levantarla.

Dusty mir a Martie, pero ambos saban que no era el mejor 
momento para sacar el Colt. No mientras les apuntaran con 
las dos pistolas ametralladoras. Su ventaja no era el arma 
oculta, sino la sorpresa. Una ventaja pattica, pero ventaja al 
cabo.

Irritado por la tardanza de Dusty, el rubio se movi como un 
rayo, le propin una patada en las corvas y lo derrib.

Entra en el maletero! -le grit.

Reacio a dejar sola a Martie pero consciente de que no le 
quedaba ms opcin racional que obedecer, Dusty se puso en 
pie y se meti en el maletero.

Martie poda verlo all dentro, tumbado de costado, con los 
ojos clavados en ella y el rostro tenso. Aquella era la pose de 
las vctimas en las portadas de los peridicos sensacionalistas 
cuando informaban de un escarmiento de la Mafia; slo 
faltaban la mirada vidriosa y la sangre.

Como si tejiera un sudario, la nieve se colaba en el maletero y 
cubra de blanco las cejas y las pestaas de 
Dusty.         

Martie tuvo el terrible presentimiento de que jams volvera a 
ver a su marido.

El rubio cerr el maletero de golpe e hizo girar la llave en la 
cerradura. A continuacin, se dirigi hacia la puerta del 
conductor y se sent al volante.

El otro individuo empuj a Martie hasta el asiento trasero y 
entr tras ella rpidamente. Se qued justo detrs del 
conductor.

Los dos pistoleros se movan con elasticidad de atletas, y sus 
rostros no recordaban la catadura tradicional de los asesinos 
a sueldo. Sin cicatrices, de cutis sano, cejas altas, pmulos 
prominentes, narices patricias y mentones rectos, ambos 
pertenecan al tipo de hombre que una rica heredera podra 
llevar a casa y presentar a pap y sin miedo a que le 
suprimieran la asignacin y redujeran su dote a una tetera. 
Se parecan tanto que su esencial naturaleza de clones slo 
quedaba desmentida por el color del pelo -rubio oscuro, rojo 
cobrizo- y las diferencias de talante.

El rubio pareca el ms temperamental. Sulfurado por la 
resistencia de Dusty a meterse en el maletero, puso en 
marcha el vehculo con brusquedad, hizo patinar los 
neumticos y saltar la gravilla, y alej el coche del rancho de 
Pastore, hacia la carretera, a un kilmetro de distancia.

El pelirrojo sonri a Martie y alz las cejas, como indicando 
que en ocasiones su socio era una cruz.

Sostena el arma con una mano, apuntando al suelo, entre 
sus pies. Pareca no preocuparle que Martie pudiera ofrecer 
resistencia.

De hecho, Martie no habra podido quitarle el arma o 
propinarle un golpe efectivo. Era tan rpido como grande, y 
no hubiera dudado en aplastarle la trquea de un codazo o 
destrozarle la cara contra la ventanilla lateral.

En aquellas circunstancias ms que en ninguna otra, 
necesitaba a Bob El Risueo a su lado, en persona o en 
espritu. Y con un hacha de bombero.

Estaba convencida de que se dirigan al sur, hacia la 
carretera. Sin embargo, cuando an no haban recorrido 
medio kilmetro, torcieron hacia el este y avanzaron por un 
camino de tierra apenas sealado por la ausencia de 
artemisas, mezquites o cactus.

Si su recuerdo del mapa no la engaaba -y a juzgar por lo 
que haba visto en el trayecto desde Santa Fe, en esa 
direccin no haba otra cosa que tierra balda.

Una catarata de nieve, un autntico Nigara de esponjosos 
copos rechazaba los haces de los faros, de modo que no 
habran visto una ciudad hasta tenerla delante de sus narices. 
No obstante, Martie albergaba pocas esperanzas de que se 
dirigieran a un lugar habitado en vez de a un erial lleno de 
tumbas annimas,

-Adnde nos llevan? -pregunt Martie, imaginando que los 
dos hombres esperaban que los acosara con angustiadas 
preguntas.

Al escondite de los trtolos -contest el conductor, y sus ojos 
buscaron los de Martie en el retrovisor, ansiosos por percibir 
su miedo.

-Quines son ustedes?

-Nosotros? Nosotros somos el futuro -respondi el 
conductor. El pelirrojo volvi a sonrer y a arquear las cejas, 
como para burlarse del tono enftico de su compinche.

El BMW no avanzaba tan deprisa como en el camino del 
rancho, aunque segua yendo a excesiva velocidad dadas las 
condiciones del terreno. Toparon con un bache mayor que los 
dems, y el vehculo salt con violencia; el silenciador y el 
depsito de gasolina golpearon el suelo, y el coche bot de 
nuevo.

Desprovistos de cinturn de seguridad, Martie y el pelirrojo 
saltaron en el asiento posterior y cayeron hacia delante.

Martie aprovech la ocasin, se llev la mano derecha a la 
espalda y la desliz bajo la chaqueta y el jersey. Consigui 
sacarse la pistola de de-bajo del cinturn antes de que el 
coche recuperara la estabilidad.

Cuando logr enderezarse en el asiento, Martie tena la pistola 
junto al muslo, bajo el faldn de la chaqueta. Su postura le 
permita mantener-la oculta a las miradas del pelirrojo.

El conductor deba de haber dejado su arma sobre el asiento 
del acompaante, al alcance de su mano.

Junto a Martie, el pelirrojo segua empuando la pistola 
ametralla-dora con la mano derecha, entre las rodillas, con el 
can apuntando al suelo.

Actuar. Actuar usando la inteligencia y la adecuada 
perspectiva moral. Martie confiaba en su inteligencia. Desde 
luego, el homicidio no era un acto moral, aunque matar en 
defensa propia sin duda lo era.

Pero el momento no era propicio.

Coordinacin. La coordinacin era tan importante en el ballet 
como en un tiroteo.

Lo haba odo en algn sitio. Por desgracia, a pesar de sus 
visitas al campo de tiro, en las que slo haba disparado a 
unas cuantas siluetas de papel, no saba nada ni de ballet ni 
de tiroteos.

No conseguirn salirse con la suya dijo procurando parecer 
aterrorizada a odos de los dos hombres, para reforzar su 
conviccin de que estaba indefensa.

Encantado, el conductor se dirigi a su socio con un fingido 
temblor en la voz:

-Zachary, ests seguro de que lo conseguiremos?

-Claro respondi el pelirrojo, que volvi a arquear las cejas y 
se encogi de hombros.

- Zachary -dijo el conductor, cmo solemos llamar a una 
operacin de este tipo?

Un simple mete y saca contest Zachary.

-Lo has odo, cario? Con el nfasis en simple. Una minucia. 
Un paseo por el parque. Coser y cantar.

-Sabes, Kevin? dijo Zachary. Para m el nfasis hay que 
ponerlo en mete.

Kevin ri de buena gana.

Chata, puesto que el mete y saca corre de nuestra cuenta, no 
comprendo que ests tan nerviosa. Nosotros no lo estamos, 
verdad, Zachary? No.

-Y los maderos tampoco lo estarn. Cuntale adnde va a ir a 
parar, Zachary.

-Conmigo, a Orgasmo City.

-To, eres la monda. Y despus de Orgasmo City?

Al fondo de un pozo indio respondi Zachary volvindose 
hacia Martie, y slo Dios sabe qu profundidad tiene el 
acufero de de-bajo.

-Hace ms de trescientos aos que no hay indios por all ni lo 
ha usado nadie -explic Kevin.

-No os gustara contaminarle el agua a la gente -dijo Zachary. 
Es un delito federal.

-Nunca encontrarn vuestros cuerpos. Despus del accidente, 
puede que vagarais por el desierto, perdierais la orientacin 
en la tormenta y murierais congelados.

Tras la cortina de nieve, a medida que disminua la velocidad 
del coche, Martie empez a vislumbrar extraas formas a 
derecha e izquierda. Plidas masas bajas y ondulantes que 
reflejaban la luz de los faros y se deslizaban como barcos 
fantasma en la niebla. Ruinas carcomidas por la intemperie. 
Fragmentos de construcciones, muros de mampostera y 
adobe de un poblado desierto desde tiempo inmemorial.

Cuando Kevin fren y puso punto muerto, Martie se volvi 
hacia Zachary y le clav el Colt 45 en el costado con tal 
fuerza que el matn esboz una mueca de dolor.

Su mirada era la de un hombre tan temerario como 
despiadado, pero no estpido. Sin necesidad de amenazas, 
dej la pistola ametralladora entre sus pies.

-Qu? dijo Kevin, alertado por su instinto.

Mientras el rubio la buscaba con la mirada en el retrovisor, 
Martie le espet:

-Pon las manos en el reposacabezas, hijo de puta.

Kevin titube.

Vamos! -grit Martie. Antes de que le llene las tripas de 
plomo a este mamn y te vuele la tapa de los sesos a ti. Pon 
las manos en el reposacabezas, donde pueda verlas.

-Aqu atrs tenemos un problema -confirm Zachary.

El hombro derecho de Kevin descendi imperceptiblemente al 
mover la mano para alcanzar el arma del asiento del 
acompaante.

Las manos en el reposacabezas, pedazo de cabrn! bram 
Mar-tic, asombrada del tono psictico de su propia voz, que 
no era tanto la de una mujer hacindose la dura como la de 
una autntica demente; de hecho, puede que se hubiera 
vuelto loca de repente, completamente psictica de puro 
aterrada.

Kevin volvi a enderezarse en el asiento, ech ambas manos 
atrs y agarr el reposacabezas.

A Zachary, que tena el Colt clavado en el estmago, no le 
quedaba ms remedio que comportarse, porque Martie poda 
apretar el gatillo al menor movimiento.

Al salir del aeropuerto, slo llevabais equipaje de mano -dijo 
Kevin.

-Cierra el pico. Estoy pensando.

Martie no quera matar a nadie, ni siquiera a un par de 
desechos humanos como aquellos, siempre que pudiera 
evitarlo. Pero, cmo evitarlo? Cmo iba a salir del coche y 
hacerlos salir a ellos, evitando que aprovecharan cualquier 
descuido para intentar algo?

Kevin no dejaba de darle la tabarra.

-Nada ms que equipaje de mano. De dnde coo habis 
sacado la pistola?

Vigilar a aquellos dos. Controlar todos los movimientos 
necesarios para salir.

-De dnde has sacado la pistola? -insisti Kevin.

-Del culo de tu amigo. Cierra el pico de una puta vez!

Si intentaba salir por el lado del conductor, tendra que dar la 
espalda a uno de los dos en algn momento. Descartado.

Saldra de espaldas por el otro lado. Obligara a Zachary a 
deslizarse sobre el asiento trasero y seguirla sin apartar el 
can de su estmago ni quitarle ojo a Kevin.

Los limpiaparabrisas estaban parados, y la nieve cubra el 
cristal de una fina capa blanca. El incesante descenso de los 
copos la mareaba. "No mires afuera."

Sus ojos se encontraron con los de Zachary.

El hombre percibi su indecisin.

Estuvo a punto de desviar la vista, comprendi que sera 
peligroso y apret el can del Colt an ms fuerte contra el 
estmago del matn, hasta que dej de mirarla.

-Puede que no sea de verdad -dijo Kevin-. A lo mejor es de 
plstico.

-Es autntica se apresur a replicar Zachary.

Retroceder a ciegas para salir del coche no sera fcil. Poda 
tropezar en la puerta o engancharse con algo. Poda caer.

No sois ms que un par de jodidos pintores de brocha gorda -
rezong Kevin.

-Soy diseadora de videojuegos.

-Qu?

-El pintor es mi marido.

Y cuando estuviera fuera y Zachary la siguiera con la pistola 
clavada en el estmago, el hombretn llenara el hueco de la 
puerta durante unos instantes y le impedira ver a Kevin.

Lo ms inteligente sera dispararles a los dos mientras 
controlaba la situacin. Bob El Risueo no le haba explicado 
qu hacer cuando la inteligencia y la tica entraban en abierto 
conflicto.

-Creo que la seora no sabe qu hacer -le dijo Zachary a 
Kevin.

Puede que estemos ante un rey ahogado respondi Kevin. 
Actuar. Si pensaban que era incapaz de actuar 
despiadadamente, actuaran ellos.

"Piensa. Piensa."











Una escena invernal congelada en un globo de vidrio lleno de 
lquido: los suaves y redondeados contornos de las antiguas 
ruinas indias, las artemisas plateadas, un BMW azul oscuro, 
dos hombres y una mujer en su interior, otro hombre, 
invisible en el maletero -dos verdugos, dos vctimas-, y ni un 
movimiento, todos y todo tan inmviles como el vaco 
universal anterior al Big Bang, excepto la nieve, un diluvio 
incesante de finos copos blancos que descienden a plomo en 
el aire quieto como si una mano gigante agitara el globo.

-Zachary -dijo Martie al fin-, sin volverte, abre la puerta de tu 
lado con la mano izquierda. Kevin, mantn las manos en el 
reposacabezas.

Zachary intent abrir.

-El seguro.

-Qutalo.

-No puedo. Es el general. Slo puede quitarlo el conductor. 

-Dnde se acciona, Kevin? -pregunt Martie.

-En el salpicadero.

Si le ordenaba desactivar el seguro, permitira que acercara la 
mano a unos centmetros de la pistola ametralladora, que sin 
duda estaba en el asiento del acompaante.

-Mantn las manos en el reposacabezas, Kevin.

-Qu videojuegos has diseado? -pregunt Kevin tratando de 
distraerla.

Martie hizo odos sordos y se dirigi a Zachary:

-Llevas encima una navaja?

-Una navaja? No.

-Peor para ti. Como se te ocurra mover un msculo, 
necesitars una navaja para sacarte dos balas huecas de los 
intestinos, porque no vivirs lo bastante para llegar a un 
hospital donde pueda hacerlo un mdico de verdad.

Mientras se deslizaba sobre el asiento hasta el espacio entre 
los dos reposacabezas delanteros, Martie sigui apuntando al 
pelirrojo, aunque el arma habra resultado ms disuasoria si 
hubiera podido mantenerla pegada al abdomen del hombre.

-Por si te lo ests preguntando, esta pistola no es de doble 
accin, sino de accin simple. Y el gatillo no est ajustado a 
un kilo ochocientos sino a novecientos gramos. Va suave 
como la seda, as que el can no temblar. Los disparos no 
van a salir desviados.

Desde el asiento posterior no vea lo bastante bien la parte 
delantera del coche, as que se inclin hacia delante con 
cuidado y se sent en el borde del asiento con las rodillas 
cerca del suelo y los pies separados, apoyando el hombro 
derecho contra el respaldo del asiento del acompaante pero 
vuelta hacia Zacharv y sin dejar de encaonarlo. Incmoda. 
Estpida, peligrosamente incmoda; pero no se le ocurra otra 
forma de seguir apuntando a Zachary y vigilar la mano de 
Kevin mientras la bajaba hacia el salpicadero.

No se atreva a alargar el brazo hacia el asiento del 
acompaante para coger el arma de Kevin. Estara en una 
posicin forzada y tendra que apartar la vista de Zachary.

Dos orcos colricos y un hobbit encerrados en un coche. Qu 
probabilidades hay de que los tres salgan vivos? Pocas.

O el hobbit gana y pasa al siguiente nivel del juego, o se 
acaba la partida.

Para mirar hacia el asiento delantero, tendra que volver la 
cabeza y vigilar a Zachary por el rabillo del ojo.

-Al menor ruido, al menor movimiento, date por muerto.

-Si estuviera en tu pellejo, ya habra disparado -dijo Zachary.

-Pero no lo ests, mamn. Si no eres idiota, te quedars 
quietecito y dars gracias a Dios por seguir vivo.

El corazn le lata con tal hierra que pareca a punto de 
estallarle. Perfecto. Ms sangre para el cerebro. Ms agilidad 
mental.

Volvi la cabeza v se inclin para mirar hacia delante.

Corro supona, el arma estaba en el asiento del acompaante, 
al alcance de Kevin. El cargador era enorme. Treinta balas.

-Muy bien, Kevin, mueve la mano derecha muy despacio y 
acciona el interruptor del seguro, con el hincapi en despacio. 
Luego, vuelves a ponerla en el reposacabezas.

-No vayas a perder los nervios y dispararme por nada.

-No estoy nerviosa -replic Martie, sorprendida por la firmeza 
de su propia voz, porque estaba temblando, al menos 
interiormente, temblando como un ratn bajo la sombra de 
las alas de una lechuza.

-Voy a hacer justo lo que me has mandado dijo Kevin, y 
empez a separar la mano derecha del reposacabezas.

Martie ech un rpido vistazo a Zachary, que tena las manos 
levantadas a ambos lados del rostro para no alarmarla, a 
pesar de que no se lo haba ordenado -y habra debido 
ordenrselo, se dijo-, y volvi a mirar hacia delante.

-A m me gusta jugar a Carmageddon -dijo Kevin. Su mano 
pareca flotar en el aire en direccin al salpicadero-. Lo 
conoces?

-Te va ms Kimpin -respondi Martie.

-Eh, se tambin tiene la hostia de accin!

-Despacio...

Kevin puls el botn.

Lo que ocurri a continuacin pareca telepticamente 
planeado por los dos hombres.

Los seguros se abrieron con un audible clic!

De repente, Zachary abri la puerta a sus espaldas y se dej 
caer afuera. Por el rabillo del ojo, Martie lo vio estirar el brazo 
y recoger del suelo la pistola ametralladora al tiempo que 
escapaba.

Mientras Martie le disparaba dos veces y se deca que al 
menos una de las balas poda haber hecho blanco, Kevin se 
abalanz sobre el asiento del acompaante y cogi su arma.

El estallido del segundo disparo segua resonando en el 
interior del coche cuando Martie se arroj al suelo para 
ocultarse de Kevin, apunt el Colt y acribill horizontalmente 
los respaldos delanteros con cuatro disparos, confiando en 
que las halas atravesaran los armazones y los re-llenos.

Era vulnerable desde delante y desde arriba. Nada impeda 
que Kevin disparara a su vez a travs de los respaldos, y 
dispona de treinta balas para acertarle. Si no estaba herido, 
poda levantarse y dispararle por encima de los 
asientos.Vulnerable, tambin, desde el exterior, pues 
Zachary, armado con la segunda pistola ametralladora, poda 
dispararle a travs de la puerta abierta. Tena que salir de all. 
"Muvete, muvete." Apenas haba apretado el gatillo por 
cuarta vez cuando se puso a gatear por el suelo del coche.

No poda perder tiempo retrocediendo para abrir la puerta del 
lado del acompaante, as que sali por la misma que 
Zachary, tal vez al encuentro de una lluvia de balas, y con un 
solo proyectil en su cargador de siete.

No hubo lluvia de balas, no la esperaba. Estaba herido, 
tumbado en la nieve, aunque no muerto. Con al menos una, 
puede que con dos balas en sus anchas espaldas, el 
corpulento matn pugnaba por alzarse sobre manos y rodillas.

Martie comprendi hacia dnde intentaba arrastrarse. Hacia 
su arma. Al arrojarse fuera del coche, la pistola ametralladora 
se le haba escapado de las manos. Destacaba sobre la nieve, 
a unos tres metros del hombre.

Electrizada por el instinto de supervivencia, transformada en 
una salvaje en quien la escuela dominical y la civilizacin no 
haban hecho mella, Martie le propin una patada en las 
costillas. El hombre solt un gruido e intent agarrarla, pero 
cay de bruces sobre la nieve.

El corazn le lata con tal tuerza que la vista se le nublaba por 
momentos. El miedo le anudaba la garganta. Las bocanadas 
de aire penetraban en sus pulmones como cuchillos de hielo y 
salan de su boca con ruidosos estertores. Se apart de 
Zachary y se inclin hacia la pistola ametralladora. La recogi 
temiendo que una potente rfaga le acribillara la espalda y la 
lanzara a un metro de distancia.

Dusty, encerrado en el maletero del BMW. Llamndola a 
gritos, desesperado. Aporreando el interior.

Asombrada de seguir viva, Martie solt el Colt. Gir sobre s 
misma empuando la pistola ametralladora con ambas 
manos, escrutando la penumbra entre los copos de nieve, 
buscando un blanco; pero Kevin no estaba a su espalda. La 
puerta del conductor segua cerrada. No se vea a nadie en el 
interior del coche.

Puede que estuviera muerto en los asientos delanteros.

Puede que no.

Apenas quedaba luz en el cielo invernal.Ya no era del color del 
yeso, sino ceniciento, negro como el holln hacia el este. Los 
copos de nieve, mucho ms brillantes que el mortecino 
firmamento, parecan hechos de luz, restos del da que la 
noche, impaciente, se sacuda de encima.

Nacarada por los faros del coche, la nieve -cortina tras cortina 
de es-pesos copos- produca extraos efectos pticos, e 
inexistentes formas oscuras parecan deslizarse en el aire 
vaco.

Como si quisiera agradecer a Dios el instinto de que la haba 
dotado, Martie hinc una rodilla para ofrecer un blanco menor 
sin apartar la vis-ta de la penumbra y de las cuas de luz que 
arrojaban los faros, atenta a cualquier movimiento distinto al 
descenso constante y absolutamente vertical de la nieve, la 
nieve, la nieve...

Zachary permaneca boca abajo, inmvil. Muerto? 
Inconsciente? Fingiendo? Ms vala no quitarle ojo.

En el maletero, Dusty segua llamndola, e intentaba abrirse 
paso a patadas hasta el asiento posterior.

-Calla! -le grit Martie. Estoy bien. Calla. Uno est fuera de 
combate, y puede que tambin el otro. Calla para que pueda 
escuchar.

Dusty call de inmediato, pero de pronto, a pesar de la 
trpala de cascos de su propio corazn desbocado, Martie 
cay en la cuenta de que el coche segua en marcha. El ralent 
del motor, amortiguado por el potente silenciador: apenas un 
tictac, suave y bajo.

Sin embargo, el ruido bastaba para sofocar cualquier sonido 
que pu-diera producir Kevin si estaba herido, tumbado en los 
asientos delanteros.

Martie se apart la nieve de las pestaas, se irgui poco a 
poco, entrecerr los ojos y vio que la puerta del acompaante 
estaba abierta. No lo haba advertido hasta ese momento. 
Herido o ileso, Kevin estaba fuera del coche y en movimiento.

El doctor Abriman lleg a Verdes Acres mucho antes que la 
confiada Jennifer y los dos sobrinos idiotas de la seorita Jane 
Marple, y entr al restaurante a comprar alguna cosa para 
matar el hambre hasta la cena, que con toda probabilidad 
habra de posponer, poco o mucho, dependiendo de los 
acontecimientos.

El rstico decorado consigui herir su sensibilidad e hizo que 
se sintiera como si alguien le hubiera golpeado la superficie 
del lbulo frontal del cerebro con un pequeo martillo de 
acero para comprobar los reflejos. Suelo de tablas de roble. 
Manteleras de cuadros escoceses. Cortinas de algodn a 
rayas. Espantosas vidrieras de colores que representaban 
gavillas de trigo, mazorcas de maz, matas de judas, 
zanahorias, brcoles y otras muestras de la inagotable 
generosidad de la Madre Naturaleza separaban las mesas. 
Cuando vio que las camareras vestan faldas pantaln 
vaqueras con peto, camisas a cuadros rojos y blancos y 
pequeos sombreros de paja que apenas les encajaban en la 
cabeza, a punto es-tuvo de salir huyendo.

Se qued junto a la caja registradora y se puso a leer el 
men, que le pareci ms horripilante que cualquier serie de 
fotografas de autopsia que hubiera visto jams. Un 
restaurante que ofreca semejante repertorio de guisotes 
debiera haberse ido a pique en un mes; sin embargo, aunque 
an era temprano, el saln estaba a rebosar. Los sofocados 
comensales se atiborraban de enormes ensaladas verdes 
aliadas con salsa de yogur, humeantes cuencos de caldo sin 
carne, tortillas de clara de huevo con montones de tostadas 
resecas, hamburguesas vegetarianas tan apetitosas como 
pedazos de turba y pegotes de tofu con patatas guisadas.

Espeluznado, el doctor estuvo a punto de preguntar a la jefa 
de comedor por qu no llevaban las cosas un paso ms all, 
hasta sus ltimas consecuencias. Bastaba con alinear a los 
clientes a lo largo de un comedero o esparcir los comistrajos 
por el suelo y dejar que se descalzaran y se empapuzaran 
balando y mugiendo a placer.

El doctor, que hubiera preferido morir de hambre antes que 
probar ninguno de los platos de aquel men, dirigi su 
esperanzada atencin hacia las enormes pastas expuestas en 
envoltorios individuales junto a la caja registradora. Un 
letrero caligrafiado proclamaba con orgullo que eran CASERAS 
Y SIN ADITIVOS. Crpes de ruibarbo y manzana. No. 
Mostachones de manteca de juda. No. Galletas de jengibre y 
zanahoria. No. Al ver la cuarta y ltima especialidad se puso 
tan nervioso que ya haba sacado la cartera cuando 
comprendi que no eran galletas de chocolate, sino pastas 
elaboradas con leche de cabra, harina de centeno y trocitos 
de algarroba.

-Tenemos estas otras dijo apurada la jefa de comedor 
sacando un cesto lleno de pastas envueltas en celofn que 
haba permanecido oculto tras un expositor de frutos secos-. 
No se venden mucho, as que vamos a dejar de hacerlas.--
Sostena el cesto con el brazo estirado, sonrojada como si le 
ofreciera vdeos pornogrficos . pollitos de coco y chocolate.

-Autntico coco y autntico chocolate? pregunt el doctor 
con suspicacia.

-S, pero le aseguro que no llevan mantequilla, margarina ni 
grasas vegetales hidrogenadas.

-Aun as, me los llevo todos dijo el doctor.

-Hay nueve...

S, s, los nueve -confirm Abriman esparciendo el dinero 
sobre el mostrador para acelerar la operacin-. Y una botella 
de zumo de manzana, si no tienen nada mejor.

Los rollitos de coco y chocolate se vendan a tres dlares la 
pieza, pero la mujer tena tantas ganas de deshacerse de 
ellos que le dej los nueve en dieciocho dlares, y el doctor 
volvi al Chevrolet ms contento de lo que hubiera podido 
imaginar al abandonarlo.

Abriman haba estacionado de forma que vea perfectamente 
tanto la entrada del aparcamiento como la puerta del 
restaurante. Estaba repantigado ante el volante, a punto de 
hincarle el diente al segundo rollito, cuando vio a Jennifer, 
que apareci dando zancadas como si huyera del inminente 
ocaso.

Avanzaba a un paso tan ligero e increblemente largo como al 
comienzo de su caminata, braceando con inagotable energa y 
balancean-do alegremente la cola de caballo. Fresca como si 
no hubiera segregado ni una gota de sudor, con los ojos 
brillantes y ansiosa a todas luces por sentarse ante una buena 
racin de forraje y aguachirle, cruz el aparca-miento al trote 
camino del restaurante.

Renqueando tras Jennifer a indiscreta distancia, escupiendo 
humo azul por el tubo de escape, tan llamativa como una 
zorra coja y flatulenta persiguiendo a una liebre, la achacosa 
camioneta penetr en el aparcamiento al tiempo que su 
pizpireta presa abra la puerta de Verdes Acres y haca 
desaparecer sus prietas nalgas en el interior del restaurante. 
Aparc ms cerca del Chevrolet de lo que al doctor le hubiera 
gustado; pero ni Skeet ni el hombre de la cara roja lo habran 
visto aunque estuviera sentado en una carroza de cabalgata y 
tocado con un sombrero de pltanos a lo Carmen Miranda.

Transcurridos unos minutos, que debieron de emplear en 
sopesar sus opciones, el hombre de la cara roja se ape de la 
cafetera, se desperez y, dejando solo a Skeet, se dirigi 
hacia el restaurante.

Tal vez creyeran que Jennifer haba entrado en Verdes Acres 
a encontrarse con el doctor para hacer manitas sobre cuencos 
de gachas de sal-vado y bandejas de chilacayote al vapor.

Abriman consider la posibilidad de acercarse a la camioneta, 
abrir la puerta del acompaante e intentar acceder a Skeet 
pronunciando el nombre "Doctor Yen Lo". Si funcionaba, tal 
vez consiguiera llevarse a Skeet al Chevrolet y marcharse con 
l antes de que volviera el otro.

Sin embargo, el programa de Skeet no siempre responda 
correctamente, porque el inveterado abuso de las drogas 
haba dado a su cerebro la consistencia de un flan; si no 
consegua activarlo a la primera, corra el riesgo de que el 
hombre de la cara roja lo sorprendiera en plena faena.

Tampoco poda acercarse a la camioneta y pegarle un tiro a 
Skeet, porque a medida que oscureca el aparcamiento iba 
llenndose de individuos con el sentido del gusto 
definitivamente atrofiado. Y, despus de todo, los testigos 
eran testigos.

El hombre de la cara roja sali de Verdes Acres y regres a la 
camioneta; pero apenas transcurridos dos minutos volvi al 
restaurante acompaado por Skeet. Evidentemente, iban a 
aprovechar la vigilancia de Jennifer para echarse al coleto 
alguna bazofia de su eleccin.

El doctor estaba de excelente humor, porque confiaba en 
tener a tiro a ambos detectives, en un escenario apartado y 
discreto, antes de que acabara la noche, y disfrutar a 
continuacin de una cena digna de un depredador. Pensaba 
gastar las diez balas del cargador, las necesitara o no, por 
pura diversin.

La lluvia anunciada segua sin caer, y las nubes, que haban 
empezado a separarse, dejaban al descubierto un espacio de 
cielo oscuro tachonado de estrellas. Aquello acab de animar 
al doctor. Le gustaban las estrellas. Durante una poca, haba 
querido ser astronauta.

Estaba comindose el tercer rollito cuando vio algo que 
amenazaba con aguarle la fiesta. En la fila siguiente en 
direccin este, haba un magnfico Rolls-Royce blanco con 
cristales ahumados, los adornos tradicionales en el cap y 
tapacubos de titanio bruido. Le chocaba que alguien lo 
bastante rico para comprarse un Rolls-Royce y lo bastante 
refinado para elegir semejante automvil acudiera a comer a 
Verdes Acres si no era a punta de pistola.

La nuestra era sin duda una civilizacin en decadencia. El 
capitalismo salvaje haba extendido la riqueza tan 
indiscriminadamente que has-ta un patn aficionado a mascar 
races y pastar hierba poda subirse a un carruaje regio y 
presentarse a cenar en el equivalente vegetariano de una 
franquicia de Wienerschnitzel.

Ver aquel vehculo precisamente all bast para que el doctor 
deseara enviar su Rolls-Royce Silver Cloud antiguo al 
triturador hidrulico ms cercano. Apart la vista de aquella 
belleza blanca y se prometi no volver a mirarla. Para 
quitarse de la cabeza tan deprimente imagen, puso en 
marcha el Chevrolet, meti una cinta de radio clsica con 
antiguos programas de Spike Jones en el radiocasete y se 
concentr en el rollito de coco y chocolate.

En tres lados, el poblado fantasma. Siglos atrs, brillantes 
hogueras, antorchas de sebo y faroles de mica ardiendo en la 
noche. Ahora, nada que opusiera resistencia a la glida 
oscuridad. Habitado por fantasmas, tal vez simples formas de 
nieve, tal vez espritus.

Al sur, a espaldas de Martie, medio ocultos en la penumbra, 
se alzaban ruinosos muros de adobe, de dos pisos en algunos 
sitios, de apenas un metro en otros, con profundos vanos. 
Entradas sin puerta conducan a moradas sin techo y 
atestadas de escombros en la mayora de los casos, habitadas 
en el buen tiempo por tarntulas y escorpiones.

Al este, parcialmente iluminadas por los faros del coche, altas 
y agrietadas chimeneas de piedra se erguan sobre 
redondeadas estructuras de piedra: quiz antiguos hornos u 
hogares.

Al norte se extendan los bajos muros curvos de un edificio 
apenas visible tras el BMW.

Sorprendentemente, asomando por encima de la media luna 
de ruinas se vean altos lamos. Aparte del profundo pozo que 
haba mencionado Zachary, deba de haber agua cerca de la 
superficie, al alcance de las races.

Kevin poda estar acechndola, movindose de ruina en ruina, 
de rbol en rbol. Tena que alejarse de aquel espacio abierto, 
pero le daba miedo perseguirlo -y ser perseguida por l- en 
aquel lugar extrao y vetusto.

Se agach, corri hasta el coche y se acurruc contra la rueda 
trasera del lado del conductor.

La puerta posterior, que segua abierta, dejaba escapar la 
plida luz del aplique del techo.

Se tumb boca abajo y se arriesg a echar un rpido vistazo 
bajo el coche. Ni rastro de Kevin.

Al resplandor de los faros, la fina capa de nieve del otro lado 
del BMW reluca.Vista a ras de suelo, su intensa blancura 
pareca maculada por un rastro que se alejaba del coche.

Martie volvi a ponerse en cuclillas y se inclin hacia el 
interior del vehculo para examinar la pistola ametralladora y 
asegurarse de que no se llevara ninguna sorpresa si se vea 
obligada a usarla. El largo cargador la inquietaba. Dada su 
capacidad de tiro, supuso que la pistola sera completamente 
automtica, no semi, y no estaba muy segura de poder 
manejar un arma tan potente.

Para colmo, tena las manos heladas y los dedos cada vez 
ms entumecidos.

Cerr la puerta posterior, apoy la espalda contra ella y se 
qued observando a Zachary. Segua boca abajo. 
Completamente inmvil. Si finga estar inconsciente confiando 
en cogerla desprevenida, tena una paciencia sobrehumana.

Antes de concentrarse en Kevin, tena que asegurarse de que 
su compaero haba dejado de representar una amenaza.

Tras meditarlo detenidamente, se aproxim a l con ms 
decisin que cautela v le puso el can del arma en la nuca.

El hombre no se movi.

Tir del cuello de su abrigo, le puso los fros dedos en la 
garganta y busc el pulso de su cartida. Nada.

El hombre tena la cabeza vuelta hacia un lado. Martie le 
levant un prpado. A pesar de la escasa luz, la fijeza de su 
mirada no dejaba lugar a dudas.

Con la mente y el corazn suturados por la culpa, Martie 
sinti un dolor punzante en el pecho al pensar en lo que 
acababa de ocurrir. Nunca volvera a ser la misma persona, 
porque le haba arrebatado la vida a un ser humano. Aunque 
las circunstancias la haban puesto ante la disyuntiva de 
matar o morir, aunque aquel hombre haba elegido servir al 
mal y servirlo hasta sus ltimas consecuencias, la gravedad 
de su accin le pesaba terriblemente y la haca sentirse 
disminuida en ms sentidos de los que poda enumerar. Haba 
perdido cierta inocencia que nunca conseguira recuperar.

En su fuero interno, sin embargo, una sensacin gratificante 
conviva con la culpa, una satisfaccin fra e intensamente 
sentida ante la evidencia de que, hasta el momento, haba 
salido del paso mejor de lo que esperaba, de que Dusty y ella 
tenan ms probabilidades de sobrevivir que haca un rato, de 
que haba hecho aicos la desdeosa confianza de los 
pistoleros en su abrumadora superioridad. Senta que la razn 
estaba de su lado, y ese sentimiento le resultaba tan 
estimulante como aterrador.

Volvi junto al coche, se desliz hasta la puerta del conductor 
y se irgui poco a poco para echar un vistazo por la 
ventanilla. La puerta del acompaante segua abierta. Ni 
rastro de Kevin. Sangre en los asientos.

Volvi a agacharse por debajo de la ventanilla y medit sobre 
lo que acababa de ver. Al menos uno de los cuatro proyectiles 
que haba disparado a travs de los respaldos lo haba 
alcanzado. No haba excesiva sangre, pero, poca o mucha, 
significaba que Kevin estaba malherido y en desventaja.

Las llaves seguan en el encendido. Apagar el motor, abrir el 
maletero, liberar a Dusty? De ese modo, seran dos contra 
uno.

No. Puede que Kevin estuviera esperando que tratara de 
coger las llaves; puede que dispusiera de un buen ngulo de 
tiro sobre el interior del coche a travs de la puerta del 
acompaante. Aunque consiguiera hacer-se con las llaves sin 
salir herida, sera un blanco perfecto cuando se situara en la 
parte posterior del vehculo para introducir la llave v abrir el 
maletero.

Aunque aborreca la ideado ms seguro pareca retroceder 
atravesando el espacio abierto que la separaba de las ruinas 
del lado sur. Aprovechar los paredones y los troncos de los 
lamos para avanzar en direccin este y, a continuacin, 
norte. Llegar frente al otro costado del coche, por donde 
haba escapado Kevin. Si trazaba un semicrculo lo bastante 
amplio, podra situarse tras la posicin desde la que el 
hombre vigilaba el BMW.

Por supuesto, caba la posibilidad de que Kevin no 
permaneciera escondido acechando el vehculo desde una 
posicin fija. Poda estar movindose, haciendo lo que 
pensaba hacer ella, pero en sentido inverso. Desplazndose al 
amparo de las ruinas y los rboles, primero hacia el este y a 
continuacin hacia el sur. Dando un rodeo para sorprenderla 
por la espalda.

Si tena que perseguirlo por aquel laberinto de adobe y 
lamos mientras tambin l la buscaba, sus probabilidades de 
ser quien saliera con vida parecan escasas. El factor sorpresa 
haba dejado de favorecerla. Y, aunque estuviera herido, 
Kevin segua siendo el profesional, el experto en la materia, y 
ella, la aficionada. La suerte no sola favorecer a los 
aficionados.

Ni a los dubitativos. Tena que actuar.

Probablemente, actuar sera tambin el lema de Kevin, que lo 
habra aprendido de sus instructores militares o paramilitares 
y confirmado sin duda en el duro da a da. De improviso, 
Martie tuvo la certeza de que el matn estara movindose y 
de que lo ltimo que esperara de una diseadora de 
videojuegos casada con un pintor de brocha gorda sera que 
se atreviera a perseguirlo, buscndolo por el camino ms 
directo que pudiera tomar.

Puede que estuviera en lo cierto. Puede que no. No obstante, 
acab convencindose de que no deba ir en su busca dando 
un rodeo ni quedarse esperando a que apareciera, sino 
perseguirlo agresivamente guindose por cualquier rastro que 
hubiera dejado en la nieve.

No se atreva a pasar por delante de los faros. Para eso ms 
vala que se disparara ella misma y le ahorrara a l la 
municin.

Permaneci agachada y retrocedi hacia la parte posterior del 
coche, alejndose de la luz de los faros. Se detuvo junto al 
guardabarros trasero, indecisa; pero al cabo de un instante 
sigui avanzando hasta llegar al maletero.

En comparacin con los faros, los pilotos traseros emitan un 
resplandor tenue, que sin embargo tea de rojo los copos de 
nieve que caan en las proximidades. El tubo de escape 
exhalaba una neblina sangrienta.

El humo la ocultaba, pero al mismo tiempo la envolva en un 
sudario carmes que oscureca su visin.Tras un instante de 
duda, Martie emergi de la espesa nube y qued al 
descubierto en el costado norte del coche.

Las acciones que haba juzgado audaces al planearlas le 
parecan temerarias a medida que las ejecutaba. 
Agachndose, aunque eso no impeda que siguiera siendo un 
blanco perfecto, corri en diagonal hacia las huellas que 
partan de la puerta del acompaante.

Las pisadas y las gotas de sangre, semiocultas por la nieve, 
indicaban que Kevin se haba dirigido hacia la estructura 
circular que se alzaba a unos doce metros.

Desde el otro lado del coche, Martie apenas haba podido 
vislumbrar aquella construccin. Ahora que la vea con mayor 
claridad, le pareca an ms misteriosa que antes. Un muro 
curvo de dos metros de altura rodeado de sombras. Una 
cpula baja apenas visible. Resultaba difcil calcular el 
dimetro de la edificacin en aquella penumbra, pero no deba 
de ser inferior a diez o doce metros. Una escalera, protegida 
por un quitamiedos escalonado, ascenda hasta el tejado, 
donde deba de encontrarse la entrada, y la deduccin lgica 
era que la mayor parte del edificio estaba bajo tierra.

Un Ova.

La palabra acudi a su mente al recordar un documental de la 
televisin. El kiva era una cmara ceremonial subterrnea, el 
centro espiritual del poblado.

A medida que se alejaba del coche, las sombras se espesaban 
a su alrededor y la nieve, que arreciaba por momentos, 
amenazaba con cubrir el rastro por completo. No obstante, las 
huellas seguan siendo bastante claras, pues las pisadas se 
haban convertido en seales de arrastre de pies y las gotas 
de sangre, en salpicaduras ms abundantes.

Con el corazn resonndole en el pecho como un tam-tam y 
los tmpanos vibrndole al comps, Martie sigui el rastro del 
hombre has-ta el pie de la escalera, temiendo que hubiera 
subido al tejado o hubiera descendido al kiva y la aguardara 
en la impenetrable oscuridad del interior de la cmara. Sin 
embargo, pareca haber dudado ante el primer peldao, que 
estaba cubierto de sangre, y haber continuado a lo largo del 
muro curvo.

Martie avanz con la espalda pegada a los adobes, 
contorneando el muro hacia una oscuridad que se haca ms 
densa a medida que se alejaba de los haces de luz de los 
faros, empuando la pistola ametralladora con ambas pianos 
y con el ndice crispado en el gatillo. El dbil resplandor de la 
colcha de nieve que cubra el suelo y la fosforescencia de los 
copos que caan sin pausa eran los nicos paliativos de la 
profunda tiniebla.

Amortiguado por el edificio y por la cortina de nieve, el ruido 
del motor del coche fine apagndose hasta quedar reducido a 
poco ms que un sonido imaginado, y algo muy semejante a 
un silencio sepulcral en-volvi a Martie. Aguz el odo 
intentando escuchar a su presa, el arrastre de sus pies o los 
jadeos de su respiracin, pero no pudo or nada.

Martie sigui internndose en la oscuridad, aunque apenas 
distingua las pisadas de Kevin. Slo la sangre destacaba lo 
bastante para servirle de gua; con los ojos clavados en el 
oscuro reguero que caligrafiaba la blancura virginal de la 
nieve, Martie agradeci a Dios que el hombre hubiera 
garrapateado el mismo signo con tan continuo y grueso trazo.

De pronto, se estremeci al comprender que haba dado 
gracias a Dios por la sangre derramada por otro ser humano; 
sin embargo, no poda evitar sentirse orgullosa de su propia 
efectividad. Un orgullo, se dijo, que an poda costarle caro.

Mientras avanzaba centmetro a centmetro pegada a la curva 
del muro, no olvidaba mirar hacia atrs de vez en cuando, 
temerosa de que el hombre hubiera acabado de dar la vuelta 
al edificio y la sorprendiera por la espalda. 1)e pronto, al 
retroceder, golpe un objeto con el pie izquierdo y, al volver 
la cabeza, descubri una forma ms geomtrica que las 
manchas de sangre. El ruido era inconfundible.

Permaneci inmvil, temiendo haberse delatado, pero 
tambin paralizada por la incredulidad. Sin atreverse a 
concebir esperanzas, se agach arrimada al muro de adobe 
para tocar el objeto que haba golpeado con el pie.

La segunda pistola ametralladora.

Necesitaba ambas manos para sujetar la suya, de modo que 
dej la de Kevin sobre la nieve y sigui avanzando, 
convencida de que el hombre no la sorprendera por la 
espalda.

Diez pasos ms adelante, distingui el bulto de su corpachn 
y sus piernas separadas, que destacaban sobre la nieve. 
Estaba sentado y recostado contra el muro del kiva, como si 
descansara tras una larga caminata.

Martie se mantuvo a distancia, encaonndolo con el arma, 
esperan-do a que sus ojos se habituaran a la densa 
oscuridad. El hombre tena la cabeza ladeada sobre el hombro 
izquierdo y los brazos cados junto a los costados.

En apariencia, sus labios no exhalaban vaho.

No obstante, la luz era insuficiente para reflejarse en el vapor. 
Martie tampoco vea el vaho de su propia respiracin.

Al cabo de unos instantes, decidi acercarse, se agach 
cautelosamente y le puso los fros dedos en la garganta, como 
haba hecho con Zachary. Si segua vivo, no poda dar media 
vuelta y dejar que muriera solo. No conseguira ayuda a 
tiempo para salvarlo, y, aunque hubiera podido conseguirla, 
no se habra atrevido a intentarlo dadas la circunstancias, 
porque era muy probable que la acusaran de asesinato. Sin 
embargo, poda acompaarlo en su agona, permanecer a su 
lado hasta que exhalara el ltimo aliento, porque nadie, ni 
siquiera un hombre como aqul, mereca morir solo.

Apenas tena pulso. Un dbil soplo de aire caliente roz los 
dedos de Martie.

Como movida por un resorte, la mano derecha del hombre 
salt ha - cia ella y le aferr la mueca.

Martie, que estaba en cuclillas, perdi el equilibrio y al tiempo 
que caa de espaldas, apret el gatillo. La violencia del 
retroceso hizo que per-diera el control del arma, que acribill 
las ramas altas de un lamo cercano.

Segundos largos como minutos, minutos que parecan 
horas... El tiempo se haba trastocado en el maletero del 
BMW.

Martie le haba dicho que esperara, que estuviera callado, 
porque necesitaba escuchar los movimientos de los matones. 
Uno estaba fuera de combate, haba asegurado. Uno, seguro, 
puede que los dos.

El "puede" lo aterrorizaba. Aquel "puede" insignificante era 
como el caldo de cultivo de una bandeja de Petri, que 
generaba pnico en vez de bacterias, y Dusty ya no poda 
soportar lo que haba generado.

Desde el instante en que lo haban encerrado en el maletero, 
haba explorado el reducido espacio a tientas, especialmente 
a lo largo del borde de la puerta, en busca de algn 
dispositivo de apertura. No lo haba encontrado.

En un compartimento lateral, haba un puado de 
herramientas. Una llave inglesa regulable, un gato y una 
palanca. Pero, en caso de que fuera posible forzar la puerta 
del maletero, habra que hacer palanca desde el exterior, no 
desde el interior.

Imaginarla all fuera, sola con los dos hombres, y luego el 
tiroteo, y ahora el silencio... El ralent del motor, la sorda 
vibracin en el suelo del maletero. Esperar y esperar, enfermo 
de preocupacin. Esperar, hasta que la espera se hizo 
insoportable.

Se tumb sobre un costado, aplic el extremo curvo de la 
palanca a lo largo de los bordes del panel enmoquetado de la 
parte anterior del maletero, hizo saltar las grapas, dobl los 
extremos, consigui introducir los dedos y, con enorme 
esfuerzo, lo desencaj y lo aplast contra el suelo.

Dej la palanca, se puso boca arriba, dobl las rodillas sobre 
el pecho tanto como le permita el reducido espacio y pate la 
pared anterior del maletero, formada por el respaldo del 
asiento trasero. Dos, tres, cuatro veces, respirando con ansia, 
con la sangre latindole en los odos... pero no lo bastante 
fuerte como para impedirle or otra rfaga de disparos, el 
seco y distante tableteo de un arma completamente 
automtica,ratatatatatat...!

Puede que hubiera cado el segundo. Puede que no.

Martie no tena pistola ametralladora. Ellos, s.

Contuvo la respiracin y aguz el odo, pero no hubo ms 
disparos.

Pate y volvi a patear una y otra vez, hasta que oy el crac! 
del plstico o la melamina, y sinti que algo ceda. Una 
delgada lnea plida en la oscuridad del maletero. La claridad 
del compartimento de los pasajeros. Gir sobre s mismo y 
empuj con ambas manos, embisti con el hombro, ech todo 
su peso sobre el respaldo...

El moribundo haba empleado sus ltimas fuerzas en agarrar 
a Martie, tal vez no con intencin de hacerle dao, sino de 
atraer su atencin. Cuando Martie perdi el equilibrio, cay de 
espaldas y acribill el rbol con ocho o diez disparos, Kevin le 
solt la mueca y dej caer la mano, inerte.

Mientras los trozos de rama se desprendan del enorme 
lamo, golpeaban el muro del kira y caan sobre la nieve, 
Martie retrocedi hacia los rboles y volvi a empuar el arma 
con ambas manos. Encaon a Kevin pero no apret el 
gatillo.

Al cabo de unos instantes, Martie consigui controlar la 
respiracin y las ltimas ramas cayeron a la nieve; en el 
inmediato silencio, el hombre farfull:

-Quines sois?

Martie supuso que la prdida de sangre le haba oscurecido el 
entendimiento y lo haca delirar en los instantes previos a la 
muerte.

Ponte en paz con Dios -le susurr, porque no se le ocurra 
nada mejor que decir. Era un consejo excelente incluso para 
un santo, y tanto ms valioso en cuanto que aquel hombre 
distaba de serlo.

Cuando Kevin recobr el aliento y volvi a hablar, Martie 
comprendi que se haba precipitado al creer que deliraba. Su 
voz era tan frgil como una tela tejida haca milenios:

-Quines sois? -Martie apenas distingua el dbil brillo de sus 
ojos-. A quin nos... enfrentbamos... realmente?

Martie sinti un escalofro que no tena nada que ver con la 
baja temperatura o con la nieve; acababa de descubrir la 
semejanza de aquella pregunta con la que le haba hecho 
Dusty en relacin al doctor Ahriman, poco antes de que 
tomaran la curva del camino del rancho y vieran la cinta de 
pas.

-Quines... sois... en realidad? -volvi a preguntar Kevin.

De improviso, solt un estertor y se atragant con el espeso 
lquido que le brotaba de la garganta. Su ltimo aliento llen 
el glido aire de un hedor acre, y la sangre man a 
borbotones de su boca.

La nieve sigui cayendo, la luna permaneci oculta y las 
ramas de los rboles, completamente inmviles. A ese 
respecto, se dijo Martie, su propia muerte, temprana o tarda, 
sera como la de aquel hombre: insignificante para el mundo, 
que seguira girando hacia la fascinacin de un nuevo 
amanecer.

Como en sueos, Martie se apart del cadver y se puso en 
pie, temblorosa y sobrecogida, incapaz de dar respuesta a la 
ltima pregunta del hombre.

Siguiendo sus propias huellas y las de Kevin, empez a 
desandar el camino que la haba llevado hasta l, pero, 
apenas dio unos pasos, tuvo que apoyarse en el muro del kivo 
durante unos segundos.

Envuelta por la nieve, sigui deslizndose a lo largo de la 
curva del muro, pero al llegar a la zona iluminada por los 
faros del coche volvi a empuar el arma con ambas manos, 
sobrecogida por la sensacin de que una peligrosa criatura 
permaneca al acecho. Sin embargo, al cabo de unos 
instantes, comprendi que los ojos a travs de los cuales 
escrutaba la no-che aquel ser temible eran los suyos, y baj 
el arma.

El claro, el coche en punto muerto, el semicrculo de ruinas. El 
mundo se disolva y desapareca tras la nieve poco a poco.

Dusty, que haba conseguido salir del maletero, segua el 
rastro apenas perceptible de pisadas y sangre.

Al verlo, Martie dej que el arma se le escapara de las manos.

Se encontraron al pie de las escaleras del kiva y se abrazaron.

Uusty consigui devolverla a la realidad. El mundo no poda 
disolverse y desaparecer mientras lo contuviera a l, que 
pareca eterno, tan inmutable como las montaas. Puede que 
aquello fuera tan slo otra ilusin, como la inmutabilidad de 
las montaas, pero Martie se agarr a ella desesperadamente.











Ya era noche cerrada cuando, ajustndose los pantalones 
sobre sus repletas barrigas y extrayndose tenaces restos de 
forraje de entre los dientes con sendos palillos, Skeet y su 
rubicundo amigo salieron de Verdes Acres v fueron 
directamente a su antiecolgico vehculo; apenas subieron, el 
montn de chatarra escupi una bocanada de aceite quemado 
que el doctor crey oler incluso en el interior cerrado de su 
Chevrolet.

Al cabo de un minuto, Jennifer apareci en la puerta del 
restaurante, tan lustrosa y robusta como una potra 
revigorizada por la cebadera. Hizo unos cuantos estiramientos 
para desentumecerse ancas, babillas, braga-das, corvejones y 
menudillos. A continuacin, emprendi el camino a casa a un 
cmodo trote, con la crin al viento y la cabecita llena sin duda 
de agradables ideas sobre un lecho de paja limpia y sin 
ratones de establo y una crujiente manzana para rematar la 
jornada.

Los dos detectives, que al parecer tenan la cabeza tan dura 
como hueca, iniciaron la persecucin, dificultada por el paso 
ms lento de la potra y por la oscuridad.

Aunque hasta Skeet y su socio acabaran comprendiendo que 
aquella mujer no estaba citada con el doctor y que su 
autntica presa les haba dado esquinazo haca rato, Ahriman 
decidi no seguirlos. Una vez ms, tom la delantera, en esa 
ocasin hasta la calle en que se alzaba el edificio de pisos 
donde viva Jennifer. Aparc enfrente, en un hueco protegido 
del resplandor de las farolas por el amplio ramaje de un 
bucare lo bastante grande para servir de hogar a la familia de 
Robinsones suizos.

En cualquier otra situacin, Martie y Dusty habran acudido a 
la polica; dadas las circunstancias, apenas consideraron la 
posibilidad de hacerlo.

Recordando el rostro reconstruido de Bernardo Pastore y sus 
vanos esfuerzos para conseguir que se hiciera justicia a su 
hijo asesinado y a su autoinculpada esposa, Dusty senta 
escalofros ante la sola idea de atraer a la polica al escenario 
de los recientes acontecimientos. Era poco probable que los 
simples hechos convencieran a las autoridades de que el 
Instituto Bellon-'Ibckland tena por costumbre emplear a 
asesinos a sueldo en su denodada lucha por la paz mundial.

Qu investigacin digna de ese nombre haba 
desencadenado el suicidio de Valerie-Marie Padilla? Ninguna. 
A quin se haba castigado? A nadie.

Carl Glyson, injustamente acusado, rpidamente condenado, 
muerto a pualadas en prisin. Su mujer, Terri, aniquilada 
por la vergenza, segn Zina. Qu justicia se les haba 
hecho?

Y Susan Jagger. S, se haba quitado la vida con sus propias 
manos, pero sus manos obedecan a una voluntad ajena.

Convencer de todo aquello a la polica, a sus miembros 
honestos -es decir, a la inmensa mayora , sera difcil, si no 
imposible.Y, entre ellos, un puado de corruptos trabajara sin 
descanso para echar tierra a la ver-dad y castigar a los 
inocentes.

Con una potente linterna de seis pilas que encontraron en el 
BMW, Martie y Dusty recorrieron el semicrculo de ruinas y 
localizaron el viejo pozo al que haban hecho alusin los 
matones. Pareca una fosa natural excavada en roca volcnica 
blanda, ensanchada artificialmente, reforzada con 
mampostera y rodeada por un bajo brocal de piedra que 
careca de tapa.

La enorme linterna no les permiti alumbrar el fondo del 
pozo. Los copos de nieve caan al interior en espiral, brillaban 
en el haz de luz como un enjambre de polillas y desaparecan 
en las oscuras profundidades, de las que ascenda un dbil 
hedor rancio.

Arrastraron el cadver de Zachary hasta el pozo y lo arrojaron 
por encima del brocal. Al partirse, los huesos producan 
crujidos tan fuer-tes como disparos, y el cuerpo sigui 
golpeando las irregulares paredes del foso durante tanto rato 
que Dusty se pregunt si acabara llegando al fondo.

Cuando lo alcanz, no produjo ni un golpe sordo ni un 
chapoteo, sino un sonido que tena algo de ambos. 
Probablemente, el agua, espesada por siglos de 
sedimentacin y por los restos putrefactos de vctimas de 
otras noches, haba perdido su pureza haca mucho tiempo.

Apenas se produjo el impacto, el eco de una agitacin lquida 
y escalofriante ascendi por las paredes, como si algo que 
habitara en las profundidades hubiera empezado a devorar o 
tan slo a examinar el cadver, que intentaba identificar 
tentando su rostro y su cuerpo. Sin embargo, lo ms probable 
era que el cuerpo hubiera removido las bolsas de gas nocivo 
atrapadas en el viscoso lquido, que bulla, gargarizaba y 
borbollaba.

Para Dusty, aquello era un pedazo del Infierno en la tierra, lo 
mismo que para Martie, a juzgar por la palidez de su rostro. 
Una sucursal del Hades en las inmediaciones de Santa Fe.Y el 
trabajo que llevaban a cabo era el tormento de los rprobos.

Arrastrar el segundo cadver hasta el pozo les cost Dios y 
ayuda, aunque no slo por el esfuerzo fsico que implicaba. 
Kevin haba perdido ms sangre que Zachary, probablemente 
la mayor parte de los seis o siete litros que deba de contener 
su cuerpo, y no toda se haba congela-do sobre su piel y sus 
ropas. Adems, heda, pues al parecer no haba podido 
contenerse en el momento de la agona. Pesado, pegajoso, 
maloliente, tan testarudo despus de muerto como a la hora 
de morir, era un bulto difcil de mover.

Lo peor, no obstante, era su aspecto, primero a la luz de la 
linterna, cuando lo encontraron derrumbado contra el muro 
del kiva; despus, mientras intentaban llevarlo en vilo y 
acabaron arrastrndolo ante los faros del BMW: la barbilla 
ensangrentada, los dientes y el bigote teidos de rojo, la piel 
griscea moteada de nieve... La fijeza de sus ojos vidriosos 
trasluca un terror tan intenso como si en el instante de 
abandonar este mundo hubiera visto el rostro descarnado de 
la misma Muerte inclinndose hacia l para besarlo y, ms 
all de sus cuencas vacas, hubiera atisbado una eternidad 
indescriptible.

El tormento de los rprobos, y no haba hecho ms que 
empezar.

Mientras se afanaban cariacontecidos, ninguno de los dos se 
atrevi a despegar los labios. Si hubieran mencionado lo que 
estaban haciendo, habran sido incapaces de llevar a cabo 
aquel trabajo ineludible. El horror los habra obligado a 
abandonarlo.

Arrojaron a Kevin al pozo. Cuando alcanz el fondo, oyeron 
un gol-pe an ms fuerte que el que haba producido su 
compaero, seguido del mismo guirigay atroz. Espeluznado, 
Dusty imagin a Zachary y Kevin recibidos all abajo por sus 
vctimas, criaturas de pesadilla en diversos estados de 
descomposicin y, no obstante, animadas por la venganza.

Aunque Nuevo Mxico es rido en su mayor parte, bajo su 
superficie yace un enorme depsito de agua del que slo se 
ha explorado una fraccin insignificante. En este mar secreto 
desembocan ros subterrneos procedentes tanto de las 
mesetas del centro de Estados Unidos como de las Montaas 
Rocosas. La accin secular de esas aguas, que Huyen a travs 
de fracturas en la piedra caliza soluble, origin la maravilla 
natural de las cuevas de Carlsbad, y sin duda existen otros 
sistemas de cavernas con capacidad suficiente para albergar 
ciudades enteras a la espera de ser descubiertos. Si barcos 
fantasmas tripulados por almas en pena surcaban aquel mar 
oculto bajo cielos de piedra, puede que los dos nuevos 
marineros pasaran la eternidad remando en una galera o 
templando las podridas velas de un mohoso galen impelido 
por vientos espectrales, hacia puertos subterrneos situados 
bajo Albuquerque, Portales, Alamogordo y Las Cruces.

Puede que all abajo hubiera un ocano, pero al nivel del 
suelo Martie y Dusty no encontraron agua para eliminar la 
sangre de sus manos. Se las llenaron de nieve y se las 
restregaron, volvieron a llenrselas y restregrselas, hasta 
que no pudieron soportar el dolor y la piel, enrojecida por la 
frotacin, volvi a ponrseles blanca de fro; sin embargo, 
cogieron ms nieve y se restregaron las manos con ms 
fuerza, empeados no ya en limpirselas, sino en purificarlas.

Comprendiendo que acabaran volvindose locos, Dusty dej 
de mirarse las manos y vio a Martie arrodillada, con el cuerpo 
encorvado, el rostro descompuesto y el pelo negro semioculto 
bajo una mantilla de nieve. Se frotaba las manos con una bola 
de apretada nieve medio convertida en anguloso hielo, con tal 
saa que no tardara en hacerse sangre.

La cogi con suavidad por las muecas y la oblig a soltar la 
hola de nieve erizada de trozos de hielo.

Basta.

Martie asinti. Con voz temblorosa de horror y gratitud, 
murmur: -Si pudiera borrar la ltima hora, seguira 
restregndome las manos el resto de la noche.

Lo s -dijo Dusty. Lo s.












En cincuenta minutos o casi dos episodios de Dr Phill Harris 
Pape Show, usando la radio como reloj-, Jennifer lleg a su 
cuadra, lista para la almohaza y la manta.

Sus tmidos yegeros, Skeet y el hombre de la cara roja, le 
pisaban los talones. De hecho, aparcaron la camioneta ante el 
edificio de pisos a tiempo de ver a Jennifer desaparecer en el 
interior.

Desde su sombreado puesto de observacin bajo el enorme 
bucare, el doctor se dispuso a espiar a los espas, no poco 
orgulloso de su sobre-humana paciencia. Un buen jugador 
deba saber cundo mover sus piezas y cundo esperar, 
aunque en ocasiones la espera poda hacer peligrar su salud 
mental.

Evidentemente, Martie y Dusty haban cometido una 
imprudencia confiando a Skeet a los cuidados del hombre de 
la cara roja. Como resultado, la paciencia del doctor se vera 
recompensada con dos muertes y el triunfo en la partida.

A esas alturas, el doctor conoca a los dos detectives lo 
bastante bien para atreverse a predecir que hasta ellos 
acabaran aburrindose, comprendiendo que los haba burlado 
y abandonando la vigilancia. Adems, despus de atiborrarse 
de goulash de ruibarbo y potaje de abelmosco y boniatos, 
deban de sentirse pesados y somnolientos y echaran de me-
nos las comodidades del hogar: el mugriento silln reclinable 
con reposapis regulable y las estpidas telecomedias que 
slo la mastodntica, vocinglera, ocurrente, aturullante y 
termonuclear industria estadounidense del entretenimiento 
saba producir.

Entonces, cuando estuvieran relativamente solos y se 
sintieran a gusto y seguros, el doctor entrara en accin. Slo 
esperaba que Martie y Dusty vivieran para identificar los 
cuerpos y llorar.

Para sorpresa del doctor, el individuo con gafas de culo de 
vaso se ape, se dirigi a la parte posterior de la camioneta, 
abri la puerta del habitculo e hizo salir a un perro. Era una 
posible complicacin que exiga un reajuste de la estrategia.

El hombre acompa al chucho hasta una zona de csped 
prxima al edificio. Tras mucho husmear y varios amagos, el 
irracional se despach a gusto.

Abriman reconoci al perro. El tmido y manso retriever de 
Martie y Dusty. Cmo se llamaba? Valer?

Despus de todo, no sera necesario ningn ajuste de la 
estrategia. Bueno, s, un pequeo cambio. Tendra que 
reservar una bala para el chucho.

El hombre de la cara roja escolt a Valet hasta el habitculo y 
volvi a entrar en la cabina de la camioneta.

El doctor se prepar para un tranquilo seguimiento, pero la 
camioneta no se movi.

Al cabo de un minuto, sali Skeet. Empuando una linterna y 
un extrao objeto de color azul, registr la zona de csped 
donde el perro acababa de soltar lastre.

Skeet localiz el regalito. El objeto azul era una bolsa de 
plstico. El chico la utiliz para la delicada recogida, la 
retorci por el extremo, le hizo dos nudos, la arroj a una 
decorativa papelera de secoya prxima a la camioneta y subi 
al vehculo.

Enhorabuena, seor y seora Caulfield. Aunque no haya quien 
le gane a fumar hierba, esnifar coca y engullir pastillas, 
aunque sea vago como l solo y zote como hay pocos, no 
puede negarse que su hijo est un peldao ms arriba en la 
escalera del civismo que todos esos irresponsables que no 
recogen la caca de sus chuchos.

La camioneta se apart de la acera y pas junto al Chevrolet 
en direccin este. Dado que la calle, larga y recta, ofreca una 
visibilidad in-mejorable a lo largo de al menos cinco 
manzanas, y que la camioneta avanzaba a paso de tortuga, el 
doctor cedi a un impulso travieso. Salt fuera del Chevrolet, 
se acerc rpidamente a la papelera de secoya, recogi la 
bolsa azul, volvi al coche y emprendi la persecucin de la 
camioneta antes de que desapareciera de su vista.

Durante los interrogatorios preliminares de Skeet, que 
formaban par-te de las sesiones de programacin, el doctor 
se haba enterado de la broma de que haba sido vctima 
Holden Caulfield padre. Cuando la madre de Skeet y Dusty 
puso en la calle al padre del primero en favor del doctor 
Derek Lampton, el psiquiatra chiflado, los dos hermanos se lo 
pasaron en grande recogiendo excrementos de chucho por el 
vecindario y envindoselos por correo al eminente catedrtico 
de Literatura con un remite falso.

Aunque an no saba con certeza lo que hara con el regalito 
de Valet, el doctor estaba seguro de que se le acabara 
ocurriendo algo divertido, que aadira un toque de oloroso 
simbolismo a alguna de las muchas muertes que se 
avecinaban.

Haba dejado la bolsa en el suelo, delante del asiento del 
acompaan-te. El plstico anudado era sorprendentemente 
efectivo: no dejaba escapar ni un barrunto de ramal olor.

Convencido de que sus dotes para la vigilancia lo hacan 
prctica-mente invisible a los guardaespaldas de elite, el 
doctor se aproxim a la camioneta y avanz tras ella hacia la 
noche preada de aventuras, con cinco de los nueve rollitos 
an intactos y diez balas en el cargador.

Fsicamente exhausta, mentalmente embotada y 
emocionalmente des-hecha, Martie soport la siguiente hora 
dicindose que las ineludibles tareas que tenan por delante 
eran tan slo quehaceres domsticos. Haba que limpiar y 
poner orden. No sola disfrutar con las tareas de la casa, pero 
siempre se senta mejor despus de hacerlas.












Arrojaron ambas pistolas ametralladoras al fondo del pozo.

Aunque era improbable que encontraran los cuerpos, Martie 
quera deshacerse tambin del Colt 45, porque las balas que 
haban acabado con Kevin y Zachary pertenecan a la pistola. 
Puede que en el instituto supieran dnde pensaban arrojarla a 
ella y a Dusty los matones, y puede que los buscaran all 
cuando empezaran a extraarse de su tardanza. No estaba 
dispuesta a correr ningn riesgo.

No podan arrojar el Colt al pozo: si lo encontraban con los 
cadveres, les permitira relacionar a Dusty con las muertes. 
Entre el poblado indio y Santa Fe haba kilmetros de eriales 
en los que nunca lo hallaran.

Los asientos delanteros del BMW apenas tenan manchas de 
sangre, pero era necesario limpiarlos. Dusty encontr un par 
de bayetas en el compartimento de las herramientas del 
maletero y us una de ellas y un puado de nieve para 
limpiar la tapicera lo mejor que pudo. Martie guard la otra 
para ms adelante.

Martie encontr la grabadora en el suelo, delante del asiento 
del acompaante, junto a su bolso, que estaba casi vaco, 
aunque segua conteniendo las minicasetes en que haban 
grabado a Clase Glyson y Bernardo Pastore.

Al parecer, Zachary o Kevin lo haban registrado rpidamente 
en busca de las cintas mientras Martie permaneca sentada en 
el suelo junto al Ford destrozado, jadeando y llorosa debido a 
las emanaciones de la gasolina. Sin duda tenan intencin de 
arrojarlas al pozo.

En el aire inmvil, los copos de nieve caan verticalmente. No 
obstante, la visibilidad era escasa, y teman no encontrar la 
senda que una el poblado en ruinas con el camino del rancho.

Sin embargo, las artemisas y los cactus que la flanqueaban 
permitan seguirla con relativa facilidad. Apenas se haban 
acumulado cinco centmetros de nieve, insuficientes para 
ocultar el sendero o hacerlo impracticable. Con neumticos de 
invierno y cadenas, el BMW avanzaba indiferente a la nevada.

Llegaron al camino del rancho y lo remontaron hasta el lugar 
en que haban encontrado la cinta de pas y perdido el control 
del Ford. Se apea-ron del BMW e, iluminndose con la potente 
linterna, descendieron la suave cuesta de la hondonada.

El coche de alquiler estaba inclinado hacia delante, lo que les 
permiti abrir el maletero lo suficiente para que Dusty sacara 
las dos maletas. Dejaron el camin de juguete de El Higo y los 
objetos que se haban salido del bolso de Martie y estaban 
desparramados por el techo, pues el interior del coche 
apestaba a gasolina y preferan no tentar a la suerte. 
Cogieron una maleta cada uno y subieron por la resbaladiza 
pendiente.

Minutos despus, antes de llegar a la carretera, Dusty detuvo 
el coche y Martie se ape, abandon el camino de grava, 
anduvo unos quince metros y eligi un sitio para enterrar el 
Colt. El terreno arenoso no se haba congelado. Cav sin 
dificultad con ambas manos, meti la pistola en el agujero y 
la cubri con cuarenta centmetros de arena. Encontr una 
piedra suelta del tamao de una bolsa de azcar y la coloc 
sobre el hoyo.

Ahora estaban desarmados e indefensos, y tenan ms 
enemigos que nunca.

En aquellos momentos, Martie estaba demasiado cansada 
para preocuparse. Adems, no pensaba volver a disparar un 
arma de fuego en la vida. Puede que maana o pasado 
maana viera las cosas de otro modo. Puede que el tiempo la 
ayudara a olvidar. No, no olvidara. Pero quiz se endureciera.

Finalizadas las tareas de limpieza, Martie regres al coche de 
los difuntos, y Dusty conduj en direccin a Santa Fe.

Hacia el sur por la autopista del Pacfico, entre Corona del Mar 
y Laguna Beach. Apenas haba trfico. Los habitantes de la 
costa estaran cenando o disfrutando de la intimidad del 
hogar. Las nubes, hechas jirones, se deslizaban hacia el este.

Fras estrellas, luna de hielo. Siluetas de alas. Pjaro nocturno 
buscan-do presas.




Esa noche no juzgara sus composiciones. Dara tregua a su 
obsesin por la excelencia artstica. Despus de todo, esa 
noche era ms un depredador que un artista, aunque el uno 
no exclua necesariamente al otro.

El doctor se senta tan libre como un pjaro nocturno, y 
joven, recin salido del nido.

No haba matado a nadie desde el da en que le regal los 
petiss envenenados a su padre y dej una impresin 
indeleble en el corazn deViveca con una broca de doce 
milmetros. Durante ms de veinte aos, se haba conformado 
con corromper a otros y dar muerte usando sus obedientes 
pianos.

El homicidio por control remoto era infinitamente ms seguro 
que la accin directa, por supuesto. Un hombre como l, 
miembro destacado de la comunidad con mucho que perder, 
necesitaba desarrollar una refinada sensibilidad respecto a 
aquellas cuestiones, aprender a obtener ms placer del poder 
de controlar a otros seres humanos, del poder de inducirlos a 
asesinar, que del acto de asesinar con sus propias manos.Y el 
doctor se enorgulleca de poseer una sensibilidad no slo 
refinada o muy re-finada, sino destilada hasta la exquisita 
pureza.

Sin embargo, si haba de ser honesto, no poda negar que de 
vez en cuando senta nostalgia de los viejos tiempos. Era un 
sentimental.

La perspectiva de entregarse a una orga de violencia sin 
cortapisas haca que volviera a sentirse un chaval.

Esa nica noche, pues. Ese nico gusto. En recuerdo de los 
viejos tiempos. Luego, otros veinte aos de voluntariosa 
abstinencia.

Ante el Chevrolet, sin que su conductor se molestara en poner 
el intermitente, la camioneta gir a la derecha, abandon la 
autopista y enfil un desvo que atravesaba una franja de 
costa sin edificar y descenda hasta el aparcamiento de una 
playa.

La inesperada maniobra dej perplejo a Abriman. Se detuvo 
en el arcn y apag los faros.

La camioneta haba desaparecido de su vista.


A aquellas horas, especialmente en una fra noche de enero, 
Skeet y el hombre de la cara roja deban de ser los nicos 
visitantes de la playa. Si los segua de inmediato, hasta aquel 
par de cabezas de chorlito empezaran a sospechar.

Esperara diez minutos. Si pasaban y no haban regresado, no 
tendra ms remedio que seguirlos hasta el aparcamiento.

Una playa solitaria era un sitio estupendo para quitarlos de en 
medio.












A la luz del da, Santa Fe les haba parecido encantador. 
Envueltas en oscuridad y nieve, todas las calles por las que 
conducan haban adquirido un aire siniestro.

La altitud afectaba a Martie mucho ms que antes. El aire era 
demasiado pobre para nutrirla. Permaneca encogida y senta 
una debilidad en el pecho, una sensacin de ahogo, como si 
sus pulmones hubieran sufrido un colapso y se negaran a 
hincharse en aquella atmsfera enrarecida. La ligereza de su 
cuerpo, su aparente ingravidez, la mareaba y le produca la 
angustiosa sensacin de que en aquellas alturas sus lazos con 
la Tierra peligraban.

Eran sensaciones subjetivas. En realidad, si no vea el 
momento de abandonar Santa Fe, no se deba tanto a la 
escasez de oxgeno o al temor a perder contacto con el suelo, 
como a que haba descubierto en su interior cosas que habra 
preferido seguir ignorando. Cuanto ms se alejara de Santa 
Fe, tanto ms fcil le resultara digerir aquellos 
descubrimientos.

Adems, permanecer en la ciudad hasta que pudieran 
embarcar en el primer vuelo de la maana entraaba 
excesivos riesgos. Tal vez pasaran horas sin que nadie echara 
de menos a Zachary y Kevin. Sin embargo, era muy probable 
que la pareja debiera informar a alguien en cuanto hubiera 
acabado su trabajo, es decir, haca rato. En tal caso, los del 
instituto no tardaran en ponerse a buscar a los dos matones, 
el BMW y, acto seguido, a Martie y Dusty.

-Albuquerque -propuso Dusty.

-A cunto est?

A unos cien kilmetros.

-Llegaremos con este tiempo?

Un fuerte viento se haba levantado al fin y haba empezado a 
azotar la nevada hasta convertirla en una tormenta de nieve. 
Fantasmales ejrcitos blancos atravesaban la altiplanicie en 
rigurosa formacin.

-Puede que nieve menos a medida que disminuya la altitud.

-Albuquerque es ms grande que Santa Fe?

-Seis o siete veces. Nos resultar ms fcil ocultarnos hasta el 
amanecer.

-Tiene aeropuerto? -pregunt Martie.

-De los grandes.

-Entonces no hay ms que hablar.

Los limpiaparabrisas apartaban la nieve del cristal e iban 
borrando Santa Fe.












Mientras el doctor Ahriman esperaba en el arcn de la 
autopista del Pacfico, un brusco golpe de viento marero agit 
los altos matorrales de la costa y abofete al Chevrolet con 
ms fuerza que las rfagas de aire arrastradas por los 
vehculos que pasaban junto a l. Un viento fuerte 
amortiguara el estallido de los disparos, o al menos los 
distorsionara y hara difcil precisar dnde se haban 
producido.

No obstante, el doctor tena sus dudas respecto a la playa. 
Qu estaran haciendo all aquel par de payasos a aquellas 
horas de la noche y con aquel fro?

Puede que fueran de esos majaras que ponan a prueba su 
resistencia nadando en el agua helada. "Osos polares", se 
llamaban a s mismos. Y si eran osos polares aficionados a 
baarse en pelotas?

La perspectiva de toparse con Skeet y su colega como su 
madre los trajo al mundo bast para alterar la relacin del 
doctor con los cuatro rollitos que se haba echado al cuerpo. 
Uno, un esqueleto andante, el otro, un zampabollos ms 
ancho que largo.

Dudaba que fueran homosexuales, aunque no descartaba la 
posibilidad. Una pequea cita romntica en el aparcamiento 
de una playa.

Si se los encontraba en la camioneta metidos en harina, qu 
haca, se los cargaba como tena planeado o les conceda un 
aplazamiento?

Cuando encontraran los cuerpos, la polica y los medios daran 
por sentado que los haban asesinado debido a su orientacin 
sexual. Sera lamentable. El doctor no era homfobo. No era 
un mojigato de ninguna especie. Elega a sus blancos sin 
prejuicios y siguiendo el principio de la igualdad de 
oportunidades.

No poda negar que haba hecho sufrir a ms mujeres que 
hombres. No obstante, estaba en camino de corregir aquel 
desequilibrio, que habra subsanado al finalizar la partida, en 
la que el asesinato de los dos detectives aficionados tan slo 
representaba una jugada.

Pasados diez minutos sin que regresaran, el doctor ahuyent 
sus dudas. En inters del juego, encendi los faros y 
descendi hacia el aparcamiento.

Como esperaba, la camioneta era el nico vehculo a la vista.

El aparcamiento permaneca a oscuras, pero el resplandor de 
la luna le permiti comprobar que la cabina de la camioneta 
estaba vaca.

Si aquellos dos eran novios, puede que hubieran decidido 
trasladarse al habitculo de la caja. En ese momento, se 
acord del perro. Esboz una mueca de repugnancia. 
Imposible.

Aparc a dos plazas de la camioneta decidido a actuar con 
rapidez. Puede que la polica patrullara un par de veces 
durante la noche por aparcamientos como aquel, en previsin 
de que grupos de adolescentes borrachines los utilizaran para 
armar gresca. Si los agentes tomaban nota de las matrculas, 
el doctor tendra problemas en cuanto descubrieran los 
cuerpos. El quid estaba en liquidarlos rpidamente y largarse 
antes de que se presentaran los polis o cualquier testigo 
potencial.

Se puso el pasamontaas, sali del Chevrolet y cerr la 
puerta con llave. No echarla le habra permitido ahorrar unos 
segundos preciosos a la vuelta; por desgracia, incluso en 
aquella apartada playa de la Costa dorada de California, en un 
condado con un ndice de delincuencia relativamente bajo 
como el de Orange, los indeseables aparecan cuando menos 
te lo esperabas.

El viento era ideal: fro pero no helado, fuerte pero no lo 
bastante para entorpecer sus movimientos, perfecto para 
amortiguar y distorsionar el tiroteo. Y la casa ms cercana 
estaba a ms de un kilmetro al norte.

Al or el oleaje que rompa en la playa, comprendi que el aire 
no era el nico elemento que jugara a su favor. Toda la 
naturaleza de este mundo cado pareca aliarse con el doctor, 
que se sinti invadido por una dulce sensacin de gratitud.

Abriman se sac el Taurus PT-111 de la sobaquera y avanz a 
grandes zancadas hasta la camioneta. Ech un vistazo por 
una de las ventanillas de la cabina para asegurarse de que no 
haba nadie dentro.

Se acerc a la parte posterior del vehculo, peg una oreja 
cubierta por el pasamontaas a la puerta del habitculo, 
intent escuchar algn ruido sospechoso y se sinti aliviado al 
no or nada.

Se alej de la camioneta y, mientras avanzaba escrutando la 
oscuridad, distingui una luz dbil en la playa, a unos 
cincuenta metros al norte. Al resplandor de la luna, vio a dos 
hombres a unos seis metros del agua, agachados y juntos.

Se pregunt si estaran escarbando en la arena en busca de 
cangrejos. El doctor no tena la menor idea de dnde o 
cundo se cogan cangrejos, porque eso daba trabajo y, en 
consecuencia, careca de inters. Alguna gente haba nacido 
para trabajar, otra para jugar; l no tena ninguna duda 
respecto al bando en que lo haba depositado la cigea.

Un tramo de escaleras de hormign con barandilla tubular 
descenda desde un terrapln de tres metros de altura hasta 
la arena, pero el doctor prefera no aproximarse a sus 
vctimas por la playa. Cuando lo vieran acercarse a la luz de 
la luna, probablemente sospecharan que no llevaba buenas 
intenciones.

Abriman sigui andando hacia el norte sobre la blanda arena 
y las matas de hierba, a cierta distancia del terrapln para 
evitar que los dos hombres levantaran la vista y distinguieran 
su silueta recortada contra el cielo.

Los zapatos italianos hechos a mano se le estaban llenando 
de arena. Cuando acabara con aquel asunto, estaran 
demasiado estropeados para recuperar el lustre.

Luna en la arena. Zapatos negros, plidos rasguos. Culpo a 
la luna?

Lament no haber podido cambiarse de ropa. Segua llevando 
el traje con el que haba empezado el da, pero a esas alturas 
estaba lleno de arrugas. La apariencia era una parte 
importante de la estrategia, pues a cada partida le convena 
una indumentaria determinada. Por suerte, la oscuridad y la 
luz de la luna le daran un aspecto ms pulcro y elegante del 
que tena en realidad.

Cuando supuso que haba andado unos cincuenta metros, se 
acerc al borde del terrapln y comprob que estaba justo 
enfrente de Skeet y su socio, que le daban la espalda a unos 
quince metros del pie de la pendiente.

El golden retriever, que los acompaaba, tambin estaba 
vuelto hacia el Pacfico. El viento procedente del ocano 
impeda que el perro olfateara al doctor.

Abriman los observ tratando de descubrir qu hacan.

Skeet sostena una linterna de seales con celosa mvil y 
sistema de cambio rpido de lentes que le permita variar el 
color del haz de luz. Al parecer, estaba enviando un mensaje 
a alguien situado en alta mar.

Su socio sujetaba lo que pareca un pequeo micrfono 
direccional con receptor de plato y empuadura de pistola en 
la mano derecha, y en la izquierda, unos cascos, uno de 
cuyos auriculares se apretaba contra la oreja, aunque era 
poco probable que el viento le permitiera captar alguna 
conversacin.

Extrao.

De pronto, Abriman advirti que no apuntaban la linterna de 
seales ni el micrfono direccional hacia el mar, sino hacia el 
cielo nocturno. Ms que extrao.

Incapaz de imaginar con qu poda encontrarse, el doctor 
consider la posibilidad de abandonar su plan. Sin embargo, 
estaba ansioso por actuar. Desechando sus dudas, baj 
rpidamente por el terrapln. La movediza arena silenciaba 
sus pisadas.

Hubiera podido dispararles por la espalda, pero desde su 
reciente visita a la tienda de juguetes antiguos estaba 
empeado en llenarle la tripa de plomo a alguien. Adems, 
matar por la espalda no era divertido; no le veas la cara a la 
vctima, ni los ojos.

El doctor avanz con decisin, traz una curva y se coloc 
ante ellos, que lo miraron sobresaltados. Apunt con el 
Millennium al hombre de la cara roja y alz la voz para 
competir con el viento y las olas:

-Se puede saber qu coo estis haciendo?

-Extraterrestres -contest el hombre.

Estamos contactando -aadi Skeet.

Suponiendo que se habran colocado con alguna combinacin 
de drogas y que era poco probable que alguno de los dos 
dijera algo coherente, Abriman apunt al amigo de Skeet y le 
dispar dos veces en el estmago. El hombre solt el 
micrfono y los auriculares, cay de espaldas y se qued 
inmvil, muerto o agonizante.

El doctor se volvi hacia el asombrado Skeet y le dispar 
otras dos veces, tambin en el estmago. El chico se 
desplom como el esqueleto de un laboratorio de biologa 
desenganchado de su soporte.

Luna, estrellas y disparos. Dos muertes donde empez la 
vida. El mar y las olas.

La rapidez ante todo. No haba tiempo para la poesa. Otros 
dos tiros en el pecho de Skeet -bam, bang- para rematarlo sin 
lugar a dudas.

Tu madre es una puta, tu padre un farsante y tu padrastro 
tiene una mierda en lugar de cerebro dijo Abriman, exultante.

Girar y apuntar. Bant, bam. Otras dos balas en el pecho de 
aquel idiota amigo de Skeet, para equilibrar las cosas. Por 
desgracia, el doctor no saba nada respecto a la familia de 
aquel sujeto, de modo que no pudo honrar la ocasin con un 
puado de imaginativos insultos.

El acre olor a plvora resultaba embriagador; por desgracia, 
la in-constante luz de la luna no era la iluminacin ideal para 
disfrutar de la sangre y los destrozos de la carne abierta.

Quiz pudiera emplear un minuto en hacerse con algunos 
recuerdos usando su navaja cortaplumas.

Se senta tan joven... Rejuvenecido. No caba duda de que la 
muerte era lo nico importante de la vida.

Le quedaban dos balas.

El manso retriever gaa, grua, incluso se atreva a ladrar. 
Haba retrocedido hasta la orilla y era evidente que no 
pensaba atacar. No obstante, el doctor decidi reservarle el 
noveno y dcimo disparos.

Con el octavo resonando an en sus odos, encaon al 
animal... Pero, cuando estaba a punto de apretar el gatillo, 
advirti que Valet pareca ladrar, no en su direccin, sino 
hacia algo que estaba a su espalda, en lo alto de la pendiente.

Al dar media vuelta, Abriman distingui una extraa figura 
que permaneca de pie en el borde del terrapln, mirando en 
su direccin. Por un instante, tuvo la absurda ocurrencia de 
que se trataba de uno de los extraterrestres con los que 
Skeet y su compinche pretendan establecer contacto.

De pronto, reconoci el traje St. John color hueso, 
resplandeciente a la luz de la luna, y la melena rubia, y la 
postura arrogante de la nueva rica.

En la consulta, a primera hora de la tarde, en un ataque de 
paranoia, la mujer lo haba acusado de tener un conflicto 
entre dos pacientes y haba puesto en duda su tica 
profesional. No conoce a Ke... Keanu, verdad, doctor?"

Crea haber disipado sus absurdas sospechas, pero era 
evidente que se haba equivocado.

No tena perdn. Aqulla era una de sus especialidades 
psiquitricas, as como el tema de su prximo best-sller, 
Nada tenias, pues estoy contigo. Los obsesos y los fbicos, y 
ella era ambas cosas, actuaban de forma impredecible y, en 
los casos ms graves, extremadamente irracional. Aquella 
mujer era un peligro calzado con zapatos de seiscientos 
dlares.

En aquel momento, tena esos mismos zapatos en las manos 
y pisaba la arena con los pies cubiertos por las medias. El 
doctor se sinti idiota por haber echado a perder sus zapatos 
italianos.

De repente, comprendi qu vehculo conduca la mujer. Un 
Rolls-Royce blanco.

Mientras l se diverta siguiendo a los dos detectives de 
pacotilla, aquella demente lo haba seguido a l con la 
esperanza de sorprenderlo conspirando con Keanu Reeves. Su 
ceguera lo mortificaba.

Aquel cmulo de inquietantes revelaciones atraves la mente 
del doctor en apenas dos segundos. Al tercero, levant la 
pistola y dispar una de las balas que reservaba para el perro.

Fuera a causa del viento, o de la distancia y el ngulo, o de la 
conmocin que le haba producido ver a la mujer, el doctor 
err el disparo.

El blanco ech a correr, se alej del borde del terrapln y 
desapareci de su vista.

Lamentando tener que marcharse dejando vivo al perro e 
intactos los cadveres, el doctor corri tras la keanfoba. 
Estaba impaciente por administrarle una cura completa y 
definitiva.

"Correr" dej de ser el verbo apropiado para describir sus 
movimientos cuando alcanz el pie del terrapln. La pendiente 
arenosa, socavada por la erosin, careca de matojos que la 
estabilizaran. Subirla result ms complicado que bajarla. La 
arena se hunda bajo los pies del doctor hasta cubrirle los 
tobillos; para culminar la ascensin, se vio obligado a recorrer 
a gatas los ltimos metros.

El traje se le llen de arena.

La keanfoba, ligera como una gacela, le haba sacado una 
ventaja considerable, pero al menos no llevaba armas, a 
excepcin de los zapatos de tacn de aguja que empuaba en 
las manos. Si consegua alcanzarla, hara buen uso de la bala 
que le quedaba en el Millennium, y si fallaba a pesar de 
dispararle a bocajarro confiaba en su tamao y su fuerza para 
reducirla a puetazos y estrangularla.

El problema era alcanzarla. La mujer lleg al aparcamiento y 
corri an ms deprisa sobre el asfalto, mientras Abriman 
segua avanzando por la arena a trancas y barrancas. Al ver 
que la distancia que los separaba aumentaba 
constantemente, el doctor lament haberse corrido el tercer y 
cuarto rollitos de coco y chocolate.

El Rolls-Royce estaba estacionado cerca del comienzo de la 
carretera, con el morro orientado hacia el aparcamiento. La 
mujer lleg a l y se sent al volante en el preciso instante en 
que el doctor pona el pie sobre el asfalto.

Abriman oy el rugido del motor.

An estaba a unos sesenta metros del vehculo.

Los haces de luz de los faros atravesaron la oscuridad.

Cincuenta metros.

La mujer puso marcha atrs y pis a fondo el acelerador. Los 
neumticos chirriaron sobre el asfalto.

El doctor se detuvo, levant el Millennium, lo empu con 
ambas manos y, desde una posicin perfectamente issceles 
respecto al eje del coche, apunt con la cintura recta, la 
cabeza y el tronco orientados hacia el blanco, la pierna 
derecha retrasada para mantener el equilibrio, la rodilla 
izquierda ligeramente flexionada...

La distancia era excesiva. El Rolls se alejaba. En cuestin de 
segundos, desaparecera tras la cima de la colina y 
retrocedera hasta la autopista del Pacfico. No tena sentido 
disparar.

"El tiempo es oro", dijo Annimo, probablemente el poeta ms 
cita-do de la historia, y en esos momentos su afirmacin le 
pareci al doctor ms cierta que nunca. "Invierte, oh Tiempo, 
tu vuelo", escribi Elizabeth Akers Allen, y Abriman dese 
fervientemente poseer un reloj mgico que pudiera obrar ese 
prodigio, porque Delmore Schwartz nunca haba escrito nada 
ms cierto que "El Tiempo es el fuego en el que ardemos", y 
el doctor tema arder, a pesar de que la silla elctrica no era 
el instrumento de la pena capital en el estado de California. 
"El Tiempo, un loco que esparce polvo", aseguraba Tennyson, 
y el doctor tema que aquel loco esparciera su propio polvo, 
aunque se deca que deba calmarse y adoptar la actitud de 
Edward Young, que haba escrito: "Desafa a las fauces del 
Tiempo". Sara Teasdale opinaba que "El tiempo es un buen 
amigo", pero no tena ni puetera idea de lo que deca, y 
Henry Wadsworth Longfellow haba mencionado a "Los 
sublimes bardos cuyos distantes pasos resuenan en los 
pasillos del Tiempo", lo que no tena la menor relacin con el 
presente caso, pero el doctor era un genio, culto hasta el 
absurdo, y estaba angustiado, de modo que todas aquellas 
citas y muchsimas otras atravesaron su avente como una 
rfaga de ametralladora mientras corra hacia el Chevrolet, lo 
pona en marcha y sala del aparcamiento.

Cuando lleg a la autopista del Pacfico, el Rolls-Royce haba 
desaparecido.

La estpida ricachona y su estirado marido vivan cerca, en 
Newport Coast, pero era muy probable que la mujer no fuera 
directamente a casa. De hecho, si su fobia haba empeorado 
ms rpidamente de lo que el doctor haba previsto y se haba 
convertido en una psicosis paranoide, quiz decidiera no 
volver a casa, por miedo a que Keanu o alguno de sus 
esbirros -como su propio psiquiatra- la estuvieran esperando 
para hacerle Dios saba qu.

Aunque hubiera tenido la certeza de que se diriga hacia su 
casa, Abriman no la habra perseguido. El matrimonio 
dispondra sin duda de numerosos sirvientes, que seran otros 
tantos testigos potenciales, y vivira rodeado de medidas de 
seguridad.

En consecuencia, el doctor se quit el pasamontaas y 
condujo hacia su propia casa tan deprisa como consider 
prudente.












En el camino a casa, el cofre volcado de su memoria no dej 
escapar ms observaciones poticas sobre el tiempo, pero 
durante la primera mitad del trayecto de diez minutos el 
doctor cubri de originales improperios a la keanfoba, como 
si la tuviera delante, y jur solemnemente humillarla, 
torturarla, mutilarla y desmembrarla de mil imaginativas 
maneras. Era un arrebato pueril e impropio de l, lo saba, 
pero necesitaba desahogarse.

Durante la segunda mitad del trayecto, se dedic a conjeturar 
cundo llamara la mujer a la polica para denunciar los dos 
asesinatos, en caso de que lo hiciera. Su paranoia poda 
inducirla a creer que el prfido Keanu controlaba todas las 
fuerzas del orden, desde la polica local hasta el FB I, en cuyo 
caso guardara silencio o al menos se tomara su tiempo para 
rumiar si le convena acudir a las autoridades.

Tal vez desapareciera una temporada, e incluso era posible 
que abandonara el pas y se ocultara hasta idear una 
estrategia. Con quinientos millones de dlares a su 
disposicin, poda ir tan lejos como quisiera y esconderse 
donde no pudieran encontrarla.

Alarmado por la posibilidad de perderle la pista, el doctor 
sinti que un sudor fro le resbalaba por la nuca. Sus amigos 
de las altas esferas le proporcionaran la ayuda necesaria para 
eliminar cualquier indicio que lo relacionara con un nmero 
ilimitado de atrocidades perpetradas por individuos sometidos 
a su control; otra cosa muy distinta, y mucho ms 
problemtica, era que lo protegieran de las consecuencias de 
asesinatos que hubiera cometido en persona. Esa era una de 
las razones que lo haban inducido a no correr semejantes 
riesgos en veinte aos. Las gotas de sudor empezaron a 
rodarle espalda abajo.

Hombre de extraordinario aplomo, el doctor no haba sentido 
nada remotamente parecido en su vida. Comprendi que le 
convena serenarse cuanto antes.

Era el seor de la memoria, el padre de las mentiras, y estaba 
en condiciones de enfrentarse a cualquier reto. S, para qu 
negarlo, ltimamente se haban torcido un par de cosas, pero 
un pequeo contratiempo de vez en cuando era un estmulo 
de agradecer.

Cuando entr en su laberntico garaje subterrneo, haba 
vuelto a recuperar el control de s mismo.

Baj del Chevrolet y mir consternado la tapicera y las 
alfombrillas cubiertas de arena.

La arena y la tierra en general eran pruebas admisibles en un 
juicio por asesinato. La divisin de investigacin cientfica de 
cualquier departamento de polica competente poda 
comparar la composicin, el tamao de los granos y otras 
caractersticas de aquella arena con una muestra recogida en 
el escenario del crimen... y confirmar su similitud.

Abriman dej las llaves en el encendido y se limit a retirar 
dos objetos del interior del automvil. La bolsa de plstico 
azul con el regalito. La bolsa de papel de Verdes Acres con el 
resto de los rollitos de coco y chocolate. Las dej en el suelo 
de granito flameado del garaje.

El doctor se apresur a quitarse los estropeados zapatos, los 
calcetines, los pantalones y la chaqueta, y los apil en el 
suelo. Dej la cartera, el pequeo 9 milmetros y la sobaquera 
junto a las dos bolsas. A continuacin se desanud la corbata, 
que estaba cubierta de arena, se quit la camisa y las aadi 
al montn de ropa, aunque guard el alfiler de corbata de 
veinticuatro quilates.

Por increble que pareciera, su ropa interior tambin contena 
una cantidad considerable de arena, de modo que acab de 
desnudarse y arroj la camiseta y los calzoncillos a la pila de 
desechos.

At el bulto de ropa con el cinturn y lo dej en el asiento del 
conductor.

Tambin tena arena pegada al vello del cuerpo, pero en una 
cantidad insignificante. Se la sacudi con las manos lo mejor 
que pudo.

Desnudo a excepcin del reloj de pulsera y llevando consigo 
los es-casos objetos que haba decidido conservar, entr en el 
ascensor y subi a la suite principal del tercer piso.

Usando la pantalla tctil Crestron, abri la caja fuerte oculta 
en la chimenea. Guard la Taurus PT--111 Millennium en la 
pequea caja acolchada, junto a la jarra que contena los ojos 
de su padre, y, tras un momento de duda, aadi la bolsa de 
plstico azul.

Era un escondite temporal para el arma del crimen, que 
mantendra all hasta que dispusiera de uno o dos das para 
decidir cmo hacerla desaparecer definitivamente. En cuanto 
a la caca del perro, puede que la necesitara a la maana 
siguiente.

Tras enfundarse una bata de seda color lima con solapas y 
ceidor negros, Abriman llam por el interfono al 
apartamento de los Hawthorne y pidi a Cedric que subiera de 
inmediato a la sala de estar de la suite principal.

Apenas lleg Hawthorne, Abriman lo activ pronunciando el 
nombre del sospechoso mayordomo de una vieja novela de 
misterio de Dorothy Sayers y le recit el haiku que permita 
acceder a su subconsciente.

El doctor tena por norma no programar a sus empleados, 
pero consideraba vital ejercer un control absoluto sobre los 
dos miembros clave de su servidumbre para proteger su 
intimidad. Huelga decir que no aprovechaba su poder para 
abusar de ellos. Les pagaba buenos sueldos, les 
proporcionaba excelentes seguros de enfermedad y planes de 
pensiones y les daba las correspondientes vacaciones, aunque 
les haba implantado frreas restricciones para evitar que 
abusaran de su posicin de ventaja en la cocina y se 
atiborraran de sus golosinas favoritas.

El doctor dio instrucciones a Cedric para que cogiera el 
Chevrolet y fuera al centro de recogida de la asociacin 
Goodwill ms prximo, donde deba entregar el hato de ropas 
llenas de arena. Desde all, tras llenar el depsito de gasolina, 
se dirigira directamente a Tijuana, Mxico, justo enfrente de 
San Diego, al otro lado de la frontera. Si no se lo haban 
robado antes, dejara el automvil en uno de los barrios de 
peor nota de Tijuana, con las puertas abiertas y las llaves en 
el encendido para asegurarse (le que desapareca. Luego, 
alquilara un coche en uno de los hoteles de ms categora y 
volvera a Newport Beach antes del amanecer. (Dado que 
apenas eran las ocho de la tarde, el doctor calculaba que 
Cedric poda estar de vuelta hacia las tres de la maana.) Una 
vez en el condado de Orange, devolvera el coche de alquiler 
en el aeropuerto y cogera un taxi para volver a casa. Cuando 
llegara, se metera en la cama, dormira un par de horas y 
despertara descansado y sin recuerdos de haber ido a 
ninguna parte.

Alguna de aquellas diligencias distaba de ser fcil, teniendo en 
cuenta que llegara a Mxico entrada la noche; pero, con 
cinco mil dlares en el cinturn monedero que le entreg 
Abriman, Cedric debera ser capaz de solucionar cualquier 
problema que se le presentara. Y el dinero contante y sonante 
era ms difcil de rastrear.

-Entiendo dijo Cedric.

-Espero volver a verte con vida, Cedric.

-Gracias, seor.

Apenas estuvo solo, el doctor llam a Nella Hawthorne y le 
pidi que se presentara de inmediato en la sala de estar que 
acababa de abandonar su marido rumbo a la aventura 
mexicana.

Cuando lleg la mujer, Abriman pronunci el nombre del ama 
de llaves de Manderley, la mansin de Rebeca, de Daphne du 
Maurier. Tras recitarle su haiku personal, le dio instrucciones 
para que eliminara hasta el ltimo grano de arena del garaje, 
cavara un agujero profundo en uno de los arriates del jardn 
posterior y enterrara las barreduras en l. Finalizada la tarea, 
deba olvidar que la haba realizado.

Despus volvers al apartamento y esperars nuevas 
instrucciones le indic Abriman.

-Entiendo.

Con Cedric camino de Mxico y Nella ocupada en limpiar el 
garaje, el doctor baj al segundo piso y entr en su estudio 
forrado de sicmoro. Elevado por un mecanismo elctrico, el 
ordenador tard apenas siete segundos en emerger del 
tablero del escritorio, pero el doctor no dej de tamborilear 
impacientemente con los dedos mientras se inmovilizaba y se 
pona en marcha.

Conectado con el de su consulta, el ordenador le permiti 
acceder a las historias clnicas de sus pacientes y obtener el 
nmero de telfono de la keanfoba. Haba dado dos: el de 
casa y el del mvil.

Apenas haban transcurrido cuarenta minutos desde su 
desesperada huida del aparcamiento de la playa.

El doctor habra preferido no llamarla desde casa, pero el 
tiempo era oro, adems del fuego en el que ardemos, y haba 
pasado el momento de preocuparse por dejar rastros. Prob 
con el nmero del mvil.

Diga? respondi al cuarto tono una voz que el doctor 
reconoci de inmediato.

Al parecer, y tal como esperaba Abriman, la mujer daba 
vueltas con el coche en un estado de perplejidad paranoica, 
mientras trataba de decidir qu hacer respecto a lo que haba 
presenciado.

Ay, cunto lamentaba no haberla programado.

Aquella iba a ser una conversacin delicada. Mientras daba 
instrucciones a los Hawthorne y solucionaba las cuestiones 
ms urgentes, el doctor no haba dejado de cavilar sobre el 
mejor modo de abordar a la keanfoba. O mucho se 
equivocaba, o slo haba una estrategia con posibilidades de 
xito.

-Diga? repiti la mujer.

Sabe muy bien quin soy dijo Abriman. La mujer, que haba 
reconocido su voz, no respondi-. Le ha hablado a alguien 
del... incidente? 

-Todava no.

-Bien.

-Pero lo har. Se lo garantizo.

-Ha visto Matrix? replic Abriman, tranquilo.

Era una pregunta innecesaria, pues el doctor saba 
perfectamente que la ricachona haba visto todas y cada una 
de las pelculas de Keanu Reeves un mnimo de veinte veces 
en la comodidad de su sala de proyeccin para cuarenta 
espectadores.

-Por supuesto que la he visto respondi la mujer-. Cmo 
puede preguntarme semejante cosa, a menos que no me 
haya prestado atencin durante las sesiones? Supongo que 
estara soando despierto, como de costumbre.

-No es una simple pelcula.

-Ah, no? Entonces, qu es?

-Una realidad -dijo el doctor echando mano de sus 
considerables dotes interpretativas para dar a la palabra un 
tono de lo ms siniestro. La mujer no replic. Al igual que en 
la pelcula, no estamos en el comienzo de un nuevo milenio, 
como usted cree. En realidad, estamos en dos mil 
trescientos... y la Humanidad lleva siglos sometida a 
esclavitud. -Aunque la mujer no dijo palabra, el doctor oy su 
respiracin entre-cortada, signo inequvoco de que se haba 
entregado a sus fantasas paranoicas-.Y, al igual que en la 
pelcula -sigui diciendo Abriman , este mundo que usted cree 
real... no es real. Es slo una ilusin, un simulacro, una 
realidad virtual, una matriz asombrosamente fiel, creada por 
un perverso ordenador que la utiliza para obtener su 
obediencia. Su silencio, ms meditativo que hostil, y su 
agitada respiracin seguan animando al doctor-. En realidad, 
usted y miles de millones de seres humanos, todo el inundo a 
excepcin de un puado de rebeldes, viven en el interior de 
vainas, alimentados por va intravenosa y conectados al 
ordenador, que se alimenta de su energa bioelctrica y 
mantiene la fantasa de la matriz.

La mujer callaba.

Abriman esper.

La mujer se obstin en callar.

-Los dos hombres... de esta noche, en la playa -dijo al fin el 
doctor-, no eran seres humanos. Eran mquinas. Dos 
guardianes de la matriz, como los de la pelcula.

-Debe de creer que estoy loca murmur la mujer.

-Todo lo contrario. La hemos identificado como una de las 
personas que han empezado a cuestionarse la autenticidad de 
esta realidad virtual. Una rebelde en potencia. Y queremos 
ayudarla a liberarse.

Aunque no dijo palabra, la mujer segua jadeando, como un 
caniche o cualquier otro saco de pulgas enano excitado por la 
imagen mental de un bizcocho.

Si ya se haba convertido en una paranoica funcional, como 
sospechaba el doctor, el panorama que acababa de pintarle le 
resultara enormemente atractivo. De pronto, el mundo habra 
empezado a parecerle mucho menos confuso. Hasta ese 
momento, haba visto enemigos por todas partes, movidos 
por distintos intereses, casi siempre inexplicables y a menudo 
contradictorios, mientras que ahora slo tena que 
concentrar-se en uno: el gigantesco y malvado ordenador que 
dominaba el mundo, y las mquinas que lo secundaban. Su 
obsesin con Keanu -basada al principio en el amor y ms 
tarde en el miedo- la desconcertaba y angustiaba a menudo, 
porque le pareca absurdo conceder tanta importancia a un 
simple actor; sin embargo, empezaba a persuadirse de que 
aquel individuo no era slo una estrella de cine sino tambin 
el Elegido, la nica persona capaz de salvar al gnero humano 
de las mquinas, el hroe de hroes, alguien que mereca 
todo su inters. Copio buena paranoica, estaba convencida de 
que la realidad tal como la vea la mayora de la gente era 
una patraa, de que la verdad era mucho ms compleja y 
terrible que la falsa realidad aceptada por casi todo el mundo, 
y ahora el doctor acababa de confirmar sus sospechas y 
ofrecerle una paranoia que, dada su estructura lgica y su 
tranquilizadora coherencia, deba de resultarle irresistible.

-Parece usted insinuar dijo al fin la mujer- que Ke... Keanu es 
mi amigo, mi aliado. Pero s que es... peligroso.

-Usted lo amaba...

-S, hasta que descubr la verdad.

-Todo lo contrario -asegur el doctor. Sus sentimientos hacia 
el Elegido demuestran su perceptivibidad. Su intuicin de que 
es especial y digno de adoracin no la engaaba. El temor 
que le inspira ahora le fue implantado por el ordenador, que 
quiere mantenerla en su vaina para que siga siendo 
productiva.

Escuchando sus propias palabras, llenas de compasin y 
"sinceridad", el doctor empezaba a sentirse como un loco de 
atar.

La mujer volvi a caer en el mutismo. Pero no colg.

Abriman le concedi tiempo para meditar. No quera darle la 
sensacin de que intentaba engatusarla.

Mientras esperaba, pens en lo que le apeteca para cenar. En 
encargar otro traje Ermenegildo Zegna. En los ingeniosos 
usos que poda darle a la bolsa de plstico azul. En cunto lo 
excitaba apretar el gatillo. En la sorprendente victoria de Al 
Capone en El lamo.

-Necesito tiempo para reflexionar -dijo al fin la mujer.

-Lo comprendo.

-No intente dar conmigo.

-Vaya adonde vaya dentro de la realidad virtual de la matriz -
dijo Abriman, seguir suspendida en una de las vainas que 
alimentan al ordenador.

-Supongo que tiene razn respondi ella al cabo de unos 
instantes de reflexin.

Comprendiendo que haba empezado a aceptar la ficcin que 
acababa de describirle, el doctor se arriesg a ir un paso ms 
all:

-Me han autorizado a comunicarle que el Elegido la considera 
algo ms que una simple rebelde potencial.

Tras un silencio absoluto, volvi a orse la ansiosa respiracin 
de perrito faldero, aunque esta vez el jadeo tena un matiz 
sutilmente ertico.

-Keanu se ha interesado personalmente por m? -pregunt la 
mujer al cabo de unos instantes.

No haba tartamudeado al pronunciar el nombre del actor.

El doctor lo interpret como un signo favorable y medit 
cuidadosamente su respuesta.

-He dicho al respecto todo lo que estoy autorizado a decir. Le 
ruego que se tome esta noche para reflexionar sobre nuestra 
conversacin. Maana estar en mi consulta todo el da, de 
forma que pueda localizarme cuando est lista para llamarme.

-Si lo llamo -dijo ella.

-Si me llama -admiti Abriman.

La mujer cort la comunicacin.

-Zorra, chiflada y rica dijo el doctor colgando el auricular. Ese 
es mi diagnstico profesional.

Estaba seguro de que recibira su llamada y conseguira 
convencerla para encontrarse a solas con ella. Y programarla.

Tras unos momentos de inestabilidad, el seor de la memoria 
volva a estar seguro en su trono.

Antes de llamar a Nella Hawthorne para encargarle la cena, 
Abriman ech un vistazo a su correo electrnico y encontr 
dos mensajes encriptados del instituto de Nuevo Mxico. Los 
someti al programa decodificador y, tras leerlos, los borr 
permanentemente del disco duro.

El primero haba llegado aquella maana y era un acuse de 
recibo de la comunicacin que haba enviado la vspera. El 
seor y la seora Rhodes estaran bajo continua vigilancia 
desde el momento en que el avin aterrizara en el Aeropuerto 
Municipal de Santa Fe. Antes de su llegada, se haba instalado 
una baliza electrnica en el coche de alquiler para garantizar 
su rastreo. Curly, de mantenimiento, deseaba comunicarle 
que su prometida y l haban decidido comprometerse tras 
descubrir su mutuo entusiasmo por Aprenda a quererse.

El segundo mensaje, llegado haca apenas unas horas, era 
seco y escueto. El seor y la seora Rhodes haban dedicado 
el da a interrogar exhaustivamente a los implicados en los 
casos Glyson y Pastore, y haban obtenido la colaboracin de 
los entrevistados. Por tal motivo, se veran obligados a 
permanecer en el rea de Santa Fe por los siglos de los siglos, 
o hasta que el universo se convirtiera en una pepita de 
materia del tamao de un guisante.

Abriman se sinti aliviado al comprobar que poda confiar en 
sus colegas a la hora de proteger sus intereses, pero tambin 
consternado al comprender que tendra que interrumpir y 
remodelar la partida en juego, una de las ms importantes de 
su vida. Necesitaba al menos a Skeet, Dusty o Martie -y 
preferiblemente a dos de ellos- para poner en prctica su 
compleja estrategia, y ahora los tres estaban muertos o a 
punto de morir.

No haba recibido la confirmacin de las ejecuciones de Santa 
Fe, pero pronto llegara, probablemente antes de que se 
acostara.

Pese a todo, segua siendo un jugador. Mientras lo fuera, el 
resultado de una simple partida tena una importancia 
relativa. Mientras lo fuera, siempre habra otro juego, como el 
que ideara maana mismo.

Reconfortado, llam a Nella Hawthorne por el interfono y le 
encarg la cena: dos perritos calientes con chiles, cebolla 
picada y queso cheddar, una bolsa de patatas fritas, dos 
botellas de cerveza de races y una porcin de tarta Selva 
Negra.

Cuando volvi a la suite principal del piso superior, descubri 
que el bueno de Cedric haba ido al taller mecnico, haba 
recogido las compras de la maana del Mercedes y las haba 
dejado sobre el escritorio. El Ferrari Johnny Lightning de 
metal esmaltado. El juego "Dodge City, Ciudad sin Ley" de 
Marx.

Se sent ante el escritorio, abri el juego y examin algunas 
de las diminutas figuras de plstico. Sherifls y pistoleros. Una 
bailarina de saloon. Los detalles, primorosos, estimulaban la 
imaginacin del doctor, como prcticamente todos los 
productos del difunto Louis Marx.

El doctor admiraba a la gente que, como l, realizaba su 
trabajo, por humilde que fuera, sin descuidar los detalles. Un 
viejo proverbio popular acudi a su siempre activa y frtil 
mente: "El diablo est en los detalles". La frase le produjo un 
regocijo un tanto desproporcionado, y lo hizo rer a mandbula 
batiente.

De pronto, record que el proverbio tena una variante: "Dios 
est en los detalles". Aunque el doctor no era un creyente, 
sino un jugador, la risa se le hel en los labios. Por segunda 
vez en aquella tarde, y tambin por segunda vez en toda su 
vida, un sudor fro le resbal por la nuca.

Con el ceo fruncido, el doctor pas revista a aquella jornada 
larga y llena de sorpresas e intent hallar en su memoria 
algn detalle crucial que hubiera pasado por alto o 
malinterpretado hasta ese momento. Como el Rolls-Royce en 
el aparcamiento de Verdes Acres, con el que haba cometido 
un error garrafal.

Entr en el cuarto de bao y se lav las manos varias veces, 
sin escatimar jabn lquido y restregndoselas con un cepillo 
de cerdas suaves para las uas desde la punta de los dedos 
hasta las muecas, tanto por la palma como por el dorso, con 
particular atencin a los pliegues de los nudillos.

Era poco probable que la keanfoba llamara a la polica y lo 
acusara de haber matado a dos hombres en la playa, y 
prcticamente seguro que nadie ms lo haba visto en el 
escenario del crimen. Aun as, en previsin de que los policas 
aparecieran inesperadamente, no poda conservar rastros de 
plvora en las manos susceptibles de ser descubiertos en una 
prueba de laboratorio y suficientes para demostrar que haba 
disparado un arma esa misma noche.

No se le ocurri ningn otro cabo suelto que le urgiera atar.

Tras secarse las manos, el doctor sali del bao y volvi a 
sentarse al escritorio, sobre el que situ al sheriff Dillon y a 
un torvo pistolero en posicin para un duelo.

-Bani, hin, bang! exclam el doctor, y propin al cadver del 
agente de la ley tal papirotazo que lo hizo volar seis metros y 
rebotar contra la pared.

Sheriffs y pistoleros. Duelos al sol del Oeste. Comida para los 
buitres. Se senta mucho mejor.

Lleg la cena.

La vida era maravillosa.

Como la muerte, cuando era uno quien la administraba.











Del desierto del altiplano al desierto de la meseta, Dusty y 
Martie descendieron ms de seiscientos metros desde Santa 
Fe a Albuquerque y cubrieron cien kilmetros en noventa 
minutos. La intensidad de la tormenta disminuy con la 
altitud, pero tambin nevaba con fuerza en la ciudad de 
destino.

Encontraron un motel adecuado y alquilaron una habitacin 
pagan-do en metlico, en previsin de que por la maana 
intentaran rastrearlos por el uso de la tarjeta de crdito.

Tras dejar las maletas en la habitacin, volvieron a subir al 
BMW, recorrieron cerca de dos kilmetros y lo aparcaron en 
una calle apartada, donde pareca poco probable que llamara 
la atencin en varios das. Dusty haba querido hacerlo solo, 
mientras Martie permaneca en la clida habitacin del motel, 
pero ella se haba empeado en acompaarlo.

Martie us la segunda bayeta del compartimento de las 
herramientas para limpiar el volante, el salpicadero, las 
manijas de las puertas y el resto de las superficies que podan 
haber tocado.

Dusty decidi no dejar las llaves en el coche. Si lo robaba un 
grupo de chicos y lo destrozaban haciendo el loco, la polica 
se pondra en contacto con el propietario del BMW, y a los del 
instituto les faltara tiempo para buscarlos en Albuquerque. 
Cerr las puertas y arroj las llaves al primer sumidero que 
encontr.

Regresaron al motel caminando bajo la nieve, cogidos de la 
mano. La noche era fra pero no desagradable, y el viento que 
soplaba en Santa Fe no haba llegado all.

Cualquier noche anterior a aquella, el paseo les hubiera 
parecido di-vertido. incluso romntico. Tras lo ocurrido, Dusty 
asociaba la nieve con la muerte y tema que ambas seguiran 
tan ligadas en su mente que le costara abandonar la soleada 
California durante los fueses de invierno del resto de su vida.

Entraron a un supermercado abierto las veinticuatro horas y 
compraron una barra de pan, queso, un tarro de mostaza, 
patatas fritas y cervezas.

Mientras avanzaba entre las estanteras eligiendo productos, 
ocupado en una actividad que en otras circunstancias lo 
hubiera impacientado, Dusty se senta tan embargado de 
emocin, tan agradecido por estar vivo, tan contento de tener 
a Martie a su lado, que las piernas empezaron a flaquearle y 
estuvo a punto de hincar las rodillas en accin de gracias. Se 
apoy en una estantera y fingi leer la etiqueta de una lata 
de carne estofada.

Su accin, si atrajo la atencin de alguno de los presentes, 
debi de producir el efecto deseado, pero no enga a Martie, 
que se acerc a Dusty, le puso una mano en la nuca y, 
simulando que lea con l, le susurr:

-Te quiero mucho, cario.

De vuelta en la habitacin, Dusty telefone a una compaa 
area y se inform sobre el primer vuelo. Dio el nmero de 
una tarjeta de crdito para reservar dos plazas, pero pidi al 
empleado que no efectuara la operacin.

Pagar en metlico cuando recoja los billetes por la maana. 
Luego, se dieron sendas duchas, largas y calientes. Las 
pequeas pastillas de jabn del motel se haban gastado 
cuando acabaron.

Dusty descubri que tena una pequea desolladura en la 
parte posterior de la oreja derecha. Estaba cubierta de sangre 
seca. Deba de haberse golpeado mientras el coche daba 
tumbos. Ni siquiera le haba dolido hasta ese momento.

Sentados encima de la cama, usando una toalla como mantel, 
se hicieron sandwiches de queso. Haban mantenido fras las 
cervezas dentro de una bolsa llena de nieve.

Los sandwiches y las patatas no saban ni buenos ni malos. 
Slo eran algo para llenar el estmago. Combustible para 
seguir en marcha. La cerveza los ayudara a conciliar el 
sueo, si lo conciliaban.

Ninguno de los dos haba hablado mucho en el viaje desde 
Santa Fe, y ninguno habl mucho mientras coman. En aos 
venideros, si la suerte les deparaba aos venideros en vez de 
das u horas, era poco probable que hablaran mucho o a 
menudo sobre lo que haba ocurrido en el poblado indio. La 
vida es demasiado corta para desperdiciarla recordando 
pesadillas.

Demasiado cansados para charlar, pusieron la televisin y 
siguieron cenando.

Los telediarios rebosaban de imgenes de ataques areos. 
Explosiones en la noche, en algn lugar a medio mundo de 
distancia.

Siguiendo las recomendaciones de los expertos en relaciones 
internacionales, la alianza de las naciones ms poderosas del 
mundo intentaba una vez ms empujar a dos facciones 
militares a la mesa de negociaciones bombardeando 
infraestructuras civiles. Puentes, hospitales, centrales 
elctricas, videoclubes, depuradoras de agua, iglesias, 
supermercados... A juzgar por las noticias, nadie en todo el 
espectro de la poltica o los medios de comunicacin, en 
definitiva, ningn miembro de las capas altas de la sociedad, 
cuestionaba la moralidad de la operacin. Por el contrario, el 
debate de los expertos se centraba en la cantidad de millones 
de kilos de bombas de qu ultramoderno modelo habra que 
lanzar para desencadenar una revuelta popular contra el 
gobierno de turno y evitar una autntica guerra.

-Para la pobre gente que estaba en ese supermercado dijo 
Martie, la guerra no ha podido ser ms autntica.

Dusty apag el televisor.

Cuando acabaron de cenar -y de beberse dos cervezas por 
cabeza, se metieron bajo las sbanas, apagaron la luz y se 
cogieron de la mano.

La noche previa, hacer el amor haba sido una afirmacin 
vital. Ahora les hubiera parecido casi una blasfemia. Les 
bastaba con estar juntos.

-Crees que saldremos de sta? -pregunt Martie al cabo de 
un rato.

-No lo s -respondi Dusty con sinceridad.

-Esa gente del instituto... se dediquen a lo que se dediquen, 
no tenan nada contra nosotros antes de que llegramos aqu. 
Se nos echaron encima para proteger a Abriman.

-Pero ahora estn Zachary y Kevin...

Puede que decidan enfocar la cuestin desde un punto de 
vista prctico. Quiero decir que para ellos son gajes del oficio. 
Saben que no tienen nada que temer de nosotros. No somos 
una amenaza para ellos.

-Y?

-Y si Abriman muriera... no crees que nos dejaran en paz?

-Tal vez.

Ninguno de los dos aadi nada durante un rato.

Reinaba tal silencio que Dusty casi crea or los copos de nieve 
que caan en el exterior.

-Seras capaz de matarlo? -pregunt al fin.

Martie tard en responder.

-No lo s. Y t? As... a sangre fra? Podras acercarte a l 
y apretar el gatillo?

-Tal vez.

Martie permaneci callada durante varios minutos, pero Dusty 
saba que estaba completamente despierta.

-No -dijo Martie de improviso-. Creo que no podra. Me refiero 
a matarlo. A l o a cualquiera. No podra volver a hacerlo.

-S que no te gustara tener que hacerlo. Pero creo que 
podras. Y yo tambin.

Para su sorpresa, empez a hablarle de la ilusin ptica que lo 
haba fascinado siendo un nio: el dibujo del bosque que 
mediante un simple cambio de perspectiva se converta de 
golpe en una populosa metrpolis.

-Tiene algo que ver con lo que estamos hablando?

-S. Porque esta noche yo era ese dibujo. Siempre he credo 
que saba perfectamente quin era. Pero, de pronto, se 
produce un simple cambio de perspectiva y descubro que en 
mi interior hay otro yo. Cul es el verdadero y cul el falso?

-Los dos son tu verdadero yo -dijo Martie-. No tienes por qu 
preocuparte.

Orla decir que no tena por qu preocuparse hizo que dejara 
de preocuparse realmente. Aunque ella no lo saba, aunque 
Dusty nunca sera capaz de expresarlo de forma 
comprensible, Martie era la tnica piedra de toque por la que 
meda su valor como ser humano.

Ms tarde, cuando estaba a punto de dormirse, la oy decir:

-Tiene que haber alguna salida. Basta con... cambiar de 
perspectiva. Puede que tuviera razn. Puede que hubiera una 
salida. Pero no se le ocurri ninguna ni en el mundo de la 
vigilia ni en el del sueo.

All, necesitaba a los dos hombres de su vida, Dusty y Bob El 
Risueo, para no perder las esperanzas.












La maana era radiante, pero Martie, apenas repuesta de las 
penalidades del da anterior, se senta cansada y vieja. 
Mientras despegaban de Albuquerque sin camin de juguete 
ni pistola y Dusty iniciaba la lectura de Aprenda a quererse 
para comprender mejor a su enemigo, Martie apoy la frente 
en la ventanilla y se qued mirando la ciudad cubierta de 
nieve que desapareca rpidamente bajo el aparato. El mundo 
entero se haba vuelto tan extrao que era como si 
sobrevolaran Estambul o cualquier otra ciudad extica.

Apenas setenta y dos horas antes, mientras paseaba a Valet, 
se haba asustado de su propia sombra durante unos 
instantes. Pasado el extrao momento, lo haba apartado de 
su mente. Su mejor amiga segua viva. No conoca Santa Fe. 
Por entonces, crea que la vida tena un sentido oculto y 
perciba signos tranquilizadores en los acontecimientos 
cotidianos. Aunque segua creyendo en el sentido de la 
existencia, los signos que perciba ahora eran diferentes, 
turbadores y mucho ms complejos que antes.

Horas antes, al acostarse, haba supuesto que tendra 
terribles pesadillas -y no por culpa de un par de latas de 
cerveza y un msero sandwich de queso; sin embargo, haba 
dormido profundamente.

Tampoco haba soado con Bob El Risueo, ni haba credo 
verlo en los momentos en que se despertaba, escrutaba las 
sombras de la habitacin del motel y trataba de distinguir la 
inconfundible silueta de su casco y las bandas reflectantes de 
su traje de amianto.

Le habra gustado que se le apareciera en sueos o de 
cualquier otro modo. Se senta abandonada, como si ya no 
mereciera su proteccin. Con California cada vez ms cerca y 
con todo lo que los aguardaba.












El doctor sola atender a sus pacientes los cuatro primeros 
das de la semana. No obstante, aquel viernes tena 
programada una sesin con Martie y Dusty Rhodes, que por 
desgracia no iban a poder asistir a la cita.

-Mtetelo en la cabeza -le dijo a su imagen en el espejo del 
cuarto de bao. Como sigas matando pacientes, dentro de 
nada tendrs que cerrar la consulta.

Tras superar las crisis de los dos ltimos das con la cola 
intacta y los cuernos en perfecto estado -una muestra de la 
irona metafsica del doctor-, Abriman estaba de un humor 
excelente. Adems, se le haba ocurrido el modo de prolongar 
la partida que la noche anterior crea irremediablemente 
frustrada, y un uso la mar de original para el fragante 
contenido de la bolsa azul.

Se puso otro elegante traje Zegna: un terno negro de 
excelente corte con chaqueta cruzada de solapas a la ltima 
moda. Se vea tan seor en el espejo de tres lunas del 
armario vestidor que a punto estuvo de ir en busca de la 
cmara de video para dejar constancia de su esplndida facha 
en aquel da histrico.

Por desgracia, el tiempo era oro, igual o ms que la noche 
anterior. Haba prometido a la keanfoba que pasara el da 
en la consulta esperando a que le comunicara si haba 
decidido unirse a la rebelin contra el prfido ordenador. No 
poda decepcionar a la destornillada ricachona.

Por segundo da consecutivo, decidi llevar arma. El peligro 
pareca haberse reducido considerablemente, pues la mayora 
de sus enemigos estaban muertos, pero en los tiempos que 
corran convena precaverse.

El Taurus PT-111 Millennium no estaba registrado, pues lo 
haba obtenido, como la mayora de sus armas, de sus amigos 
del instituto, pero prefera no volver a usarlo. Ahora poda 
servir para relacionarlo con el asesinato de dos hombres, y le 
quemaba en las manos; tendra que destruirlo y hacerlo 
desaparecer con la mayor discrecin.

El doctor abri la caja fuerte de las armas, oculta tras una 
estantera de la sala de estar de la suite principal, y eligi una 
Beretta modelo 85F del calibre 380, una elegante pistola de 
seiscientos cuarenta gramos con cargador de ocho balas. 
Tambin era un arma no registrada, sin historia rastreable.

Utiliz un maletn Mark Cross de cuero trabajado a mano con 
compartimentos para guardar la bolsa de plstico azul, la 
bolsa de papel de Verdes Acres y la grabadora que usaba para 
dictar. Mientras esperaba la llamada de la keanfoba, trazara 
el plan de la partida y esbozara un captulo de nuevos temas.

Fue al estudio para echar un vistazo al correo electrnico y 
comprob sorprendido que an no haba recibido la 
confirmacin del doble golpe de Nuevo Mxico. Perplejo 
aunque no preocupado, redact una breve nota encriptada 
interesndose por el asunto y la envi al instituto.

Eligi su Rolls-Royce Silver Cloud antiguo.

El automvil le inspir varios haikus en el breve trayecto a la 
consulta. Da azul, nube de plata. Vehculo de reyes, o de 
reinas. Caca en la bolsa azul.

El doctor estaba en plena forma, y su efervescente humor dio 
como resultado otro travieso poemilla a slo dos manzanas de 
la consulta:

Nube de plata, negro asfalto. Un ciego meneando el bastn. 
Piedad o diversin?

El doctor opt por la piedad y dej que el ciego cruzara sin 
incidentes. Adems, el Rolls estaba impecable, y la sola idea 
de producirle un simple rasguo le pona los pelos de punta.











Mientras se precipitaban sobre California en un ngulo 
sobrecogedor, Dusty pensaba en el largo descenso que 
tendran por delante cuando las ruedas del aparato se 
inmovilizaran sobre la pista de aterrizaje. Bajo el da soleado, 
lugares tenebrosos aguardaban su visita.

Desarmados pero provistos de informacin, no les quedaba 
ms remedio que enfrentarse a Abriman. Dusty estaba 
convencido de que el psiquiatra no les dara explicaciones ni, 
menos an, confesara. No obstante, tal vez revelara 
inadvertidamente algo que podra proporcionarles una mnima 
ventaja o arrojar alguna luz sobre sus mviles y los del 
instituto de Nuevo Mxico.

Adems, no creo que Abriman haya tenido que enfrentarse a 
muchas adversidades. Para l la vida ha sido un viaje de 
placer. A juzgar por lo que he ledo de su estpido libro, el 
doctor Closterman tiene ms razn que un santo al decir que 
es el clsico narcisista.

-Y un pedante de tomo y lomo -aadi Martie, porque Dusty 
le haba ledo algunos pasajes de Aprenda a quererse.

-Es poderoso, est bien relacionado, es listo, pero puede que 
en el fondo sea vulnerable. Si conseguimos inquietarlo, si 
logramos intimidarlo, plantarnos delante de l y darle un buen 
susto, tal vez no se desmorone de inmediato, pero quiz 
cometa alguna estupidez o hable ms de la cuenta. Y ahora 
mismo necesitamos cualquier ventaja que podamos obtener.

Tras rescatar el Saturn del aparcamiento del aeropuerto, se 
dirigieron directamente a Fashion Island, en Newport Beach, 
al rascacielos donde Abriman tena la consulta. La Torre de 
Cirith Ungol, lo llamaba Martie, en alusin a un siniestro 
edificio de El Seor de los Anillos.

Mientras suban en ascensor al decimocuarto piso, Dusty 
sinti que el corazn y el estmago le bajaban a los pies, 
como si la caja descendiera en lugar de subir. Casi haba 
decidido no salir del ascensor y volver a bajar, cuando... 
Acababa de ocurrrsele una idea.

El doctor estaba comindose un rollito sentado ante el 
escritorio cuando el ordenador, que permaneca encendido las 
veinticuatro horas, solt un suave sonido; de inmediato, la 
pantalla mostr la imagen de la cmara de seguridad de la 
sala de espera, como siempre que se abra la puerta del 
pasillo. Si hubiera estado utilizando el ordenador, la imagen 
habra aparecido en forma de pequea ventana, y no habra 
visto con tanta claridad a Martie y Dusty Rhodes.

Abriman consult su Rolex y comprob que slo pasaban seis 
minutos de la hora a que estaban citados.

Evidentemente, algo se haba torcido en Nuevo Mxico.

En la parte inferior de la pantalla aparecieron una serie de 
iconos que representaban sendos dispositivos de seguridad. El 
doctor us el ratn para pulsar la diminuta imagen de una 
pistola.

Un potente detector le indic que ambos individuos portaban 
pequeos objetos metlicos -monedas, llaves y cosas por el 
estilo, pero nada lo bastante grande para ser un arma de 
fuego.

El siguiente icono: un minsculo esqueleto. Clic.

Mientras hablaban con Jennifer ante el mostrador de 
recepcin, Martie y Dusty permanecan en la trayectoria de 
unos tubos de rayos X ocultos tras la rejilla de ventilacin de 
la pared que tenan a su izquierda. Las imgenes 
fluoroscpicas aparecieron en el ordenador de Abriman.

Aquella pareja tena buenos esqueletos. Slidas estructuras 
seas, excelentes articulaciones, posturas erguidas. Si su 
sentido del ritmo estaba a la altura de sus atributos fsicos, 
deban de ser unos bailarines excepcionales.

Los rayos X revelaron otros objetos, que parecan flotar en 
una atmsfera sin gravedad, suspendidos alrededor de las 
equilibradas osamentas. Monedas, llaves, botones, 
cremalleras, pero ni rastro de navajas ocultas en vainas de 
brazo o tobillo ni de ningn otro instrumento letal.

El revoltijo de pequeos objetos del bolso de Martie no era 
tan fcil de identificar. Entre los cachivaches, bien poda 
haber una navaja automtica. Imposible descartarlo.

El tercer icono representaba una nariz. El doctor se acab el 
rollito y lo puls.

El doble clic activ un analizador de olores que examinaba 
muestras del aire de la sala de espera. El artilugio, 
programado para reconocer la composicin qumica de treinta 
y dos sustancias explosivas, era lo bastante sensible para 
realizar una identificacin positiva aunque el aire slo 
contuviera tres molculas analizables por centmetro cbico. 
Negativo. Ninguno de sus dos visitantes llevaba una bomba.

En realidad, no imaginaba que Dusty y Martie fueran expertos 
en explosivos ni estuvieran lo bastante desesperados para 
hacerle una visita con una bomba pegada al cuerpo. El doctor 
haba hecho instalar aquel extraordinario sistema de 
seguridad porque de vez en cuando trataba a pacientes 
bastante menos equilibrados que el matrimonio Rhodes.

Seguramente, el comn de los mortales habra considerado 
aquel despliegue de precauciones un sntoma de paranoia. En 
cambio, para el doctor se trataba de simple atencin al 
detalle.

Su padre le haba encarecido a menudo la importancia de la 
seguridad. Las oficinas de produccin del insigne director 
contaban con lo ltimo (por aquel entonces) en medidas de 
seguridad para protegerlo de aspirantes a actriz despechadas, 
actores furiosos con el montaje de sus escenas y algn que 
otro crtico que poda acabar descubriendo quin haba 
pagado para que le rompieran las piernas a su madre.

Convencido al fin de que ni Martie ni Dusty podran hacerle 
nada antes de que consiguiera acceder a sus programas, 
Abriman comuni-c a Jennifer por el interfono que estaba listo 
para recibirlos. Sin levantarse del escritorio, accion el cierre 
electrnico de la puerta, que gir despacio sobre sus goznes 
elctricos.

El doctor puls un icono que representaba un par de 
auriculares. Martie y Dusty entraron en el despacho con cara 
de pocos amigos, pero menos furiosos de lo que esperaba el 
doctor. Cuando los invit a sentarse, ocuparon las dos sillas 
del otro lado del escritorio sin rechistar. La puerta se cerr a 
sus espaldas.

-Doctor -dijo Martie, no sabemos qu demonios est 
ocurriendo, pero sea lo que sea apesta, y no nos iremos de 
aqu sin una explicacin.

Mientras la mujer hablaba, Abriman haba echado un vistazo a 
la pantalla. A juzgar por la ausencia del campo electrnico de 
bajas frecuencias que habra producido un transmisor 
activado por la voz, no llevaban micrfonos ocultos.

-Un momento, por favor -dijo al tiempo que pulsaba el icono 
de un micrfono.

Mire le espet Dusty, colrico-, si piensa que vamos a 
quedarnos sentados mientras usted...

-Chsss! le orden el doctor llevndose un dedo a los labios. 
Slo un momento, por favor. Absoluto silencio. Absoluto.

Martie y Dusty intercambiaron una mirada mientras el doctor 
comprobaba la informacin de la pantalla.

Martie dijo el doctor, este despacho dispone de micrfonos 
muy sensibles que detectan el sonido caracterstico de los 
cabezales de una grabadora en funcionamiento. Veo que tiene 
el bolso abierto y ligeramente orientado hacia m. Lleva uno 
de esos aparatos ah dentro?

Con evidente confusin, Martie sac la grabadora del bolso.

-Djela sobre el escritorio, por favor.

Martie se inclin hacia delante y le entreg el aparato.

Abriman lo apag y extrajo la minicasete.

-Qudese con ella -rezong Martie-. Es toda suya. Tenemos 
otra mejor, maldito hijo de puta. La cinta en la que Susan 
Jagger... Raymond Shaw dijo el doctor.

-Estoy escuchando respondi Martie enderezndose 
ligeramente en la silla.

-Viola Narvilly dijo el doctor al tiempo que Dusty se volva 
asombrado hacia su mujer.

-Estoy escuchando -respondi Dusty, y adopt la misma 
actitud que Martie.

Acceder a dos programas al mismo tiempo era complicado 
pero factible. Si dejaba transcurrir ms de seis segundos 
entre los versos de sus respectivos haikus, recuperaran la 
plena conciencia. Tendra que atenderlos alternativamente y 
con rapidez, como un malabarista haciendo girar dos platos 
en la punta de sendos bastones.

-El viento de poniente...

-Usted es el poniente y el viento de poniente respondi 
Martie. El relmpago destella...

-Usted es el relmpago respondi Dusty.

-...Llueve hojas secas...

-Las hojas son sus instrucciones dijo Martie.

-.. y el graznido de la garza...

-Los graznidos son sus instrucciones dijo Dusty.

-.. en oriente.

-Yo soy el oriente contest Martie.

-...atraviesa la noche.

-Yo soy la noche contest Dusty.

Martie tena la cabeza ligeramente inclinada hacia delante y 
se miraba las manos, que agarraban el bolso.

Cabecita inclinada, vulate los sesos, obedece a tu seor. 
Formalmente, aquel haiku dejaba mucho que desear, pero el 
contenido era encantador.

Todava vuelto hacia Martie, con la cabeza ladeada en actitud 
de asombro, Dusty pareca pendiente de su mujer.

Por supuesto, en aquellos momentos ni Martie tena el menor 
inters en su bolso ni su marido en ella, porque ambos 
estaban atentos a una sola cosa: las instrucciones del doctor.

Perfecto.

Abriman se reclin en su silln, asombrado y encantado de lo 
deprisa que haba cambiado su suerte. La partida, que haba 
estado reestructurando esa misma maana podra 
desarrollarse sin apenas variaciones. Todos sus problemas 
estaban resueltos.

Bueno, excepto el de la keanfoba. Pero, en vista de que el 
universo pareca dispuesto a cumplir todos sus deseos, el 
doctor confiaba en que el asunto de la multimillonaria chiflada 
se solucionara a su entera satisfaccin antes de que acabara 
el da.

Se mora de ganas por saber cmo se las haba arreglado 
aquel par, el pintor de brocha gorda y la diseadora de 
videojuegos, para escapar de Nuevo Mxico. De hecho, si no 
tena quinientas preguntas no tena ninguna; se habra 
pasado el da entero interrogndolos para averiguar cmo se 
haban enterado de tantas cosas sobre l con los pocos 
triunfos que les haba repartido.

Sin embargo, aunque la atencin a los detalles era 
fundamental, nunca haba que perder de vista el objetivo. En 
aquel caso, el objetivo era la culminacin con xito de la 
partida ms ambiciosa de la carrera del doctor. En un 
principio, haba pensado jugar con Martie una temporada 
antes de usarla a ella y a Dusty en Malib; sin embargo, ya 
no estaba dispuesto a esperar meses, semanas o una sola 
hora de ms para obtener la satisfaccin final.

A la postre, a pesar de su astucia, Martie y Dusty no eran ms 
que un par de pelagatos, dos muertos de hambre empeados 
en alzarse por encima de su clase social, como todos los 
muertos de hambre, lo admitieran o no; dos trepas de 
campeonato con sueos mucho ms grandes que su 
capacidad para cumplirlos. Sin duda, algunos detalles de su 
pattico fisgoneo habran resultado regocijantes, pero en el 
fondo su escapada se-ra slo ligeramente menos grotesca 
que los tejemanejes del detective Skeet y su annimo socio. 
Su inters no resida en quines eran, sino en cmo podan 
ser controlados.

Antes de que la keanfoba telefoneara o asomara la nariz 
para complicar las cosas, Abriman necesitaba instruirlos, 
darles cuerda y lanzarlos al bao de sangre que pondra fin a 
aquella partida.

Martie, Dusty, prestadme atencin los dos.Voy a daros 
instrucciones simultneamente para ahorrar tiempo. Lo 
habis comprendido'

Lo hemos comprendido? pregunt a su vez Martie 
adelantndose a Dusty.

-Decidme si habis comprendido lo que acabo de deciros.

Lo he comprendido respondi a coro el matrimonio.

Inclinndose hacia delante, saboreando la ocasin, mareado 
de puro contento, sin lamentar siquiera que ya no tendra la 
oportunidad de montrselo con Martie unas cuantas veces, el 
doctor dijo:

-Dentro de un rato cogeris el coche y os dirigiris a Malib... 

-Malib... murmur Martie.

Eso es. Malib. No necesito daros la direccin. Iris juntos a 
visitar a Claudette, la madre de Dusty, y a su marido... ese 
mierdecilla codicioso, farsante y engredo que se hace llamar 
doctor Derek Lampton.

-Entendido -dijo Dusty.

-S, seguro que lo entiendes replic el doctor, divertido. No en 
vano has vivido bajo el mismo techo que ese apestoso saco 
de mierda.

Bien, cuando lleguis a Malib, si Claudette o el microcfalo 
de Derek han salido, esperaris hasta que los dos estn en 
casa. -El doctor era consciente de que, cubriendo de 
improperios a Lampton, se comportaba como un adolescente 
aficionado a poner motes. Pero, y lo que se diverta?... Cada 
vez ms exaltado, aadi: De hecho, esperaris hasta que se 
les rena su hijo, tu repelente hermanastro Derek junior, que, 
dicho sea de paso, es un grano de pus en el culo de la 
Humanidad tan grande como su padre. Cuando lleguis, lo 
ms probable es que encontris a Monglico junior en casa, 
porque est sin escolarizar, como ya sabis. Tu sifiltico 
padrastro tiene sus propias teoras de chicha y nabo sobre 
educacin, algunas de las cuales supongo que os endilg en 
su da a Skeet y a ti. En resumidas cuentas, tienen que estar 
todos antes de que pongis manos a la obra. Los dejaris 
fuera de combate pero no los mataris de inmediato. Los 
mutilaris y desmembraris en el siguiente orden: primero 
Claudette, luego Junior y finalmente Derek Cerebro de 
mosquito Lampton. El debe ser el ltimo, para que pueda ver 
todo lo que les hacis a Claudette y Junior. El mircoles, 
Martie, te ense la fotografa del cadver de una chica, que 
el asesino haba descuartizado y reordenado de forma 
francamente ingeniosa, y te ped que retuvieras con especial 
cuidado esa imagen. Una vez la despedacis, Dusty y t 
ordenaris los miembros de Claudette del mismo modo, con 
una sola variacin relativa a los ojos... El doctor hizo una 
pausa, comprendiendo que se haba dejado llevar por el 
entusiasmo. Respir hondo y le dio un largo trago al refresco 
de cereza-. Lo siento. Perdonadme. Tengo que volver atrs un 
momento. Antes de ir a Malib, pasaris por un 
guardamuebles de Anaheim para recoger una bolsa de 
instrumental quirrgico. Y una sierra para autopsias con hojas 
de repuesto, incluidas un puado de excelentes hojas 
craneales capaces de abrir cualquier mollera, incluso una tan 
dura copio la de Derek. Tambin he dejado un par de pistolas 
ametralladoras Glock y cargadores de repuesto...

"Relativa a sus ojos."

Aquellas cuatro palabras de sus instrucciones volvan una y 
otra vez a la mente del doctor, sin que por el momento 
acertara a adivinar el motivo.

"Relativa a sus ojos."

De pronto, se levant del silln y lo empuj hacia atrs para 
apartarlo de su camino.

Martie, mrame.

Tras un momento de vacilacin, la mujer irgui la cabeza y 
alz los ojos.

-Dusty -dijo Abriman volvindose rpidamente-, por qu has 
estado mirando a Martie todo este rato?

-Por qu he estado mirando a Martie todo este rato? 
murmur Dusty contestando a la pregunta con otra similar, 
como caba esperar dada la profunda represin de su 
conciencia.

-Dusty, mrame. Mrame a los ojos.

Dusty apart los ojos de su mujer y los clav en Abriman. 
Martie haba vuelto a bajar la cabeza y mirarse las manos. 

-Martie! - la conmin el doctor.

Obediente, la mujer lo mir a los ojos.

Abriman escrut los de Martie durante unos instantes y se 
volvi hacia Dusty. Se volvi una y otra vez, de Dusty a 
Martie y de Martie a Dusty; luego, con voz ms temblorosa de 
lo que le hubiera gustado, murmur:

-Ni agitacin, ni REM...

-Ni mierda le espet Dusty ponindose en pie.

Haban cambiado de actitud radicalmente. La inexpresividad 
se haba esfumado de sus rostros y el ensimismamiento, de 
sus ojos.

Era imposible fingir el REM de forma convincente, as que no 
lo haban intentado.

-Qu es usted? dijo Martie levantndose de la silla-. Qu 
clase de repugnante y pattico tipejo es usted?

Al doctor no le gustaba aquel tono de voz, no le gustaba 
nada. El asco. El desprecio. La gente no le hablaba de esa 
manera. Era una falta de respeto intolerable.

Intent restablecer el control:

Raymond Shaw.

-Bsenle el culo replic Martie.

Dusty empez a dar la vuelta al escritorio.

Temiendo una accin violenta, el doctor se sac la Beretta del 
380 de la sobaquera.

Al ver la pistola, Dusty y Martie se inmovilizaron.

-No es posible que os hayan desprogramado murmur 
Abriman- . No es posible.

-Por qu? replic Martie. Porque no haba ocurrido hasta 
ahora?

-Qu tiene contra Derek Lampton? le pregunt Dusty.

La gente no le preguntaba con aquella arrogancia. O no lo 
haca dos veces. Le hubiera gustado dispararle a aquel 
estpido don nadie, a aquel imbcil mal vestido, a aquel 
chulesco pintor de brocha gorda, justo entre los ojos, 
destrozarle la cara, volarle la tapa de los sesos...

Por desgracia, un tiroteo all mismo hubiera podido tener 
consecuencias poco agradables. La polica y sus interminables 
preguntas. Los periodistas. Las manchas en la alfombra 
persa, que tal vez fuera imposible eliminar.

Por un instante, temi que los del instituto lo hubieran 
traicionado. Quin os ha reprogramado?

-A m, Martie -respondi Dusty.

-Y a m, Dusty.

Abriman sacudi la cabeza.

-Estis mintiendo. Eso es imposible. Ments, los dos.

El doctor percibi una nota de pnico en su propia voz y se 
sinti humillado. Se dijo que era Mark Abriman, hijo nico del 
insigne director, ms grande en su propio campo que pap en 
Hollywood, un marionetista, no una marioneta,

-Sabemos un montn de cosas sobre usted -dijo Martie.

-Y vamos a descubrir muchas ms asegur Dusty. Hasta el 
ltimo detalle inmundo.

Detalle. Otra vez esa palabra. La noche anterior le haba 
sonado a augurio, y no precisamente bueno.

Convencido de que los haba activado y haba accedido a sus 
subconscientes, haba hablado ms de la cuenta. Ahora 
contaban con una ventaja, y en su momento podan llegar a 
usarla de forma efectiva. Un punto para el adversario.

-Vamos a descubrir qu tiene contra Derek Hampton -insisti 
Dusty--. Y cuando conozcamos sus motivos, habremos 
hundido otro clavo en su atad.

-Por favor -dijo el doctor esbozando una mueca de fingido 
dolor, no me torturis con ms tpicos. Si queris 
intimidarme, tened la amabilidad de salir de mi consulta, ver 
un poco de mundo, adquirir un poco de cultura, mejorar 
vuestro vocabulario y volver con unas cuantas metforas 
nuevas,

Eso estaba mejor. Se haba olvidado del personaje por unos 
instantes. El suyo era un papel difcil, complejo, intelectual, 
lleno de matices. De los actores galardonados con el scar por 
protagonizar las lacrimgenas pelculas de pap, ninguno 
habra podido interpretar aquella escena con tanta naturalidad 
y contundencia como el doctor. Era comprensible que el 
personaje se le hubiera escapado momentneamente, pero 
ahora volva ser el seor de la memoria.

En respuesta a su pattico intento de intimidacin, el doctor 
decidi darles una leccin magistral:

-Mientras segus embarcados en esta cruzada para llevarme 
ante la justicia, tal vez tengis que mudaros a casa de 
vuestra querida mamata durante una temporada. Porque la 
vuestra ardi como una pira el mircoles por la noche.

Las pobres criaturitas se quedaron boquiabiertas, 
preguntndose si lo que acababan de or sera verdad o 
mentira y, si era mentira, qu sentido tena.

-Vuestra maravillosa coleccin de muebles de saldo... 
reducida a cenizas. Y la casete incriminatoria que acabis de 
mencionar, la del mensaje de Susan... dem de dem. Es lo 
trgico de los incendios. Las compaas de seguros nunca 
podrn compensar por los objetos con valor sentimental, 
verdad?

Ahora s lo crean. La expresin atnita de los damnificados, 
de los sin techo.

Aprovechando que estaban emocionalmente deshechos, el 
doctor volvi a golpear con fuerza:

-El idiota cuatro ojos con el que dejasteis a Skeet... Cmo se 
llamaba?

Martie y Dusty cruzaron una mirada.

-Higo -dijo Dusty.

-Higo? -repiti el doctor frunciendo el ceo.

-Foster Newton.

-Ah, comprendo. Bien, pues El Higo est muerto. Con dos 
balas en la barriga y otras dos en el pecho.

-Dnde est Skeet? -pregunt Dusty agitado.

-Hacindole compaa. Con otras cuatro balas en el cuerpo. 
Skeet y El Higo. No poda desaprovechar la oferta de dos por 
uno. -Dusty dio un paso hacia el escritorio, pero el doctor le 
apunt directamente al rostro, mientras Martie lo agarraba 
del brazo y lo obligaba a detenerse-. Desgraciadamente -
sigui diciendo Abriman, no consegu matar a vuestro perro. 
Hubiera sido un toque dramtico soberbio, ideal para culminar 
esta revelacin. Un momento digno de Fiel amigo. Por 
desgracia, la vida no est tan bien estructurada como las 
pelculas.

El doctor estaba pletrico. Si hubiera podido saltar en el aire y 
chocar palmas consigo mismo, lo hubiera hecho.

Los pelagatos se debatan en un mar de violentas emociones, 
porque, como todos los de su ralea, se movan a impulsos del 
instinto ms que del intelecto; pero la Beretta los obligaba a 
guardar la debida compostura, y segundo a segundo iban 
entendiendo que la pistola no era la nica arma del doctor. Si 
estaba dispuesto a confesar que haba matado a Skeet y a El 
Higo, aunque fuera en la absoluta intimidad de su sancto 
sanctoruut, no deba de temer que lo juzgaran por asesinato: 
deba de tener la certeza de ser intocable. Con tanta 
renuencia como amargura, empezaban a hacerse a la idea de 
que, por mucho que lucharan para derrotarlo, l los aplastara 
con su inigualable dominio del juego, con su superioridad 
intelectual, con su desprecio por cualquier regla a excepcin 
de las suyas y con su excepcional talento para la 
manipulacin, cualidades que hacan de su pistola la menor de 
sus armas.

Tras concederles unos instantes para que aquella verdad 
penetrara en su porosa materia gris, el doctor decidi 
levantar la sesin:

-Me parece que va siendo hora de que os marchis. Y voy a 
daros un pequeo consejo para equilibrar un poco la partida.

-La partida? -dijo Martie.

El desprecio y el asco que trasluca su voz no consiguieron 
afectar a Abriman.

-Pero, qu demonios quieren ustedes? -pregunt Dusty con 
la voz teida de indignacin . Un instituto... para qu?

-Bueno dijo el doctor, seguro que hasta vosotros comprendis 
que de vez en cuando es necesario hacer a un lado a 
determinados individuos que entorpecen el desarrollo de 
asuntos pblicos trascendentales. O controlar a otros que 
pueden hacerlos progresar. Y a veces... el atentado de un 
fantico de extrema derecha, o el de uno de extrema 
izquierda a la semana siguiente, o una terrible matanza 
cometida por un perturbado, o un espectacular 
descarrilamiento de trenes, o un calamitoso derrame de 
petrleo... Cosas as generan una enorme cobertura 
meditica, atraen la atencin del pas hacia temas concretos y 
favorecen la promulgacin de leyes que estabilizan la 
sociedad y permiten evitar los extremos del espectro poltico.

-Gente como usted es la que va a salvarnos de los 
extremistas?

Haciendo odos sordos al sarcasmo de Martie, el doctor 
aadi:

-Y en cuanto al pequeo consejo del que os hablaba... De 
ahora en adelante, no durmis a la vez. No os separis. 
Cubros mutuamente las espaldas. Y no olvidis que cualquier 
transente, cualquiera que pase a vuestro lado, puede estar 
bajo mi control.

Comprenda que se resistieran a marcharse. Tenan el corazn 
desbocado, la mente ofuscada por un tumulto de rabia y 
dolor, y queran una resolucin inmediata, all y ahora, como 
todos los de su clase, porque carecan del talento necesario 
para concebir una estrategia a largo plazo. Eran incapaces de 
conciliar su desesperada necesidad de experimentar una 
catarsis emocional inmediata con la dura realidad de su 
impotencia.

-Fuera -dijo Abriman sealando hacia la puerta con la Beretta. 
Se marcharon, porque no les quedaba ms remedio.

El doctor se volvi hacia la imagen de la cmara de seguridad 
desplegada en la pantalla del ordenador y los observ 
mientras atravesaban la sala de espera y salan al pasillo.

En lugar de guardrsela en la sobaquera, dej la Beretta 
sobre el escritorio para tenerla a mano y se sent para 
meditar sobre el reciente giro de los acontecimientos.

Necesitaba averiguar mucho ms respecto a cmo haban 
descubierto que estaban programados y cmo haban 
conseguido desprogramarse. Su asombrosa autoliberacin no 
poda ser fruto de su perspicacia, sino un autntico milagro.

Por desgracia, era poco probable que averiguara algo ms a 
no ser que volviera a drogarlos, reconstruyera sus capillas 
mentales y les reinstalara sus programas, lo que implicaba 
repetir el laborioso proceso de tres sesiones a que los haba 
sometido con anterioridad. Sin embargo, ahora estaban a la 
defensiva, atentos a la delgada lnea que separa realidad y 
fantasa en el mundo moderno, y no bajaran la guardia por 
mucha astucia que empleara.

Tendra que aprender a vivir con aquel misterio.

Impedirles que hicieran ms dao era ms importante que 
descubrir la verdad respecto a cmo haban conseguido 
liberarse.

Por otra parte, la verdad le inspiraba poco respeto. La verdad 
era algo resbaladizo. que cambiaba de forma ante los ojos de 
uno. Abriman se haba pasado la vida dando forma a la 
verdad con la misma facilidad con que un alfarero moldea un 
montn de barro hasta convertirlo en la vasija deseada.

El poder pisoteaba a la verdad a diario. La verdad no le 
servira para tratar a aquellos dos, mientras que, usado con 
inteligencia, el poder poda aplastarlos y barrerlos del tablero 
de juego para siempre.

El doctor sac la bolsa azul del maletn. La dej en medio del 
escritorio y la contempl durante un par de minutos.

El desenlace de la partida poda producirse en las prximas 
horas. Saba adnde se dirigiran Martie y Dusty al salir del 
edificio. Los principales jugadores estaran reunidos en el 
mismo lugar, indefensos ante un estratega de la agilidad del 
doctor.

"Vamos a descubrir qu tiene contra Derek Lampton. Y 
cuando conozcamos sus motivos, habremos hundido otro 
clavo en su atad."

Mentido par de ingenuos... Despus de todo lo que haban 
pasado, seguan creyendo que el mundo tena las mismas 
reglas que una novela de misterio. Pistas, pruebas, 
testimonios y verdades no les serviran de nada en aquel 
asunto. Aquella partida obedeca a reglas que se les 
escapaban.

Confiando en que la keanfoba no llamara durante su breve 
ausencia, el doctor enfund la Beretta, se dirigi hacia el 
ascensor, lleg a la planta baja del rascacielos, cruz Newport 
Center Drive, entr en uno de los restaurantes de la cercana 
galera comercial y llam desde un telfono pblico al mismo 
nmero que haba utilizado el mircoles por la noche para 
ordenar el incendio de la casa de los Rhodes.

Su interlocutor comunicaba. Tuvo que probar cuatro veces 
para obtener lnea.

-Diga?

-Ed Mavole -respondi el doctor.

-Estoy escuchando.

Tras recitar los versos del correspondiente haiku, el doctor 
dijo: Dime si ests solo o acompaado.

-Estoy solo.

-Vas a salir de casa. Con abundante dinero suelto. Ve 
directamente a un telfono pblico donde tengas un mnimo 
de intimidad. Dentro de quince minutos, marca a este 
nmero. El doctor le dio el de la lnea directa de su despacho, 
independiente de la centralita de Jennifer. Dime si lo has 
comprendido.

-Lo he comprendido.

Abriman hizo salir a su interlocutor de la capilla mental y 
recobrar la plena conciencia a la de diez.

-Perdone, me he equivocado de nmero -se apresur a decir, 
y colg.

El doctor volvi directamente a su consulta y entr en la sala 
de espera con precaucin, temeroso de encontrarse con la 
keanfba empuando un zapato de tacn de aguja en cada 
mano.

Al otro lado de la ventanilla, Jennifer levant la vista del 
mostrador y lo salud con la mano, jovial.

Abriman respondi del mismo modo, pero se apresur a 
entrar a su despacho antes de que la chica se lanzara a 
pormenorizar los saludables efectos de atizarse cien gramos 
diarios de corteza de pino licuada.

De nuevo ante su escritorio, desenfund la Beretta y la dej 
al alcance de la mano.

Sac una botella de refresco de cereza del frigorfico del 
despacho para acompaar otro rollito de coco y chocolate. 
Necesitaba una inyeccin de azcar.

Volva a estar en plena forma. Haba pasado por un par de 
malos momentos, pero a la postre la crisis haba servido para 
vigorizarlo. Siempre optimista, el doctor saba que obtendra 
otra victoria espectacular en cuestin de horas, y estaba 
exultante.

La gente sola preguntarle cmo consegua conservar un 
aspecto tan juvenil y una vitalidad tan asombrosa da tras da, 
llevando una vida tan ajetreada. Su respuesta era invariable: 
lo que lo mantena joven eran sus ganas de divertirse.

Cuando son el telfono, tuvo que activar a su interlocutor 
una vez ms: Ed Mavole.

-Estoy escuchando.

-Irs directamente a un guardamuebles de Anaheim -dijo el 
doctor tras recitarle el haiku. A continuacin le dio la 
direccin, el nmero del cuarto, que haba alquilado con un 
documento de identidad falso, y la combinacin de la 
cerradura de la puerta-. Entre otros objetos. encontrars dos 
pistolas ametralladoras Glock 18 y varios cargadores de 
treinta y tres balas. Coge una de las armas y... con cuatro 
cargadores tendrs bastante.

Lamentablemente, siendo cinco en lugar de tres los sujetos a 
reducir en la casa de Malib, y una persona en vez de dos la 
encargada de hacerlo, pareca imposible apoderarse de la 
vivienda con la discrecin necesaria para poder, a 
continuacin, descuartizar a todas las vctimas y componer 
ingeniosos cuadros con sus miembros de acuerdo con el plan 
original de la partida. El tiroteo alcanzara tal magnitud que la 
polica llegara rpidamente e interrumpira la faena. Los 
maderos tenan tan poco sentido del humor como aprecio por 
el ingenio.

No obstante, puede que diera tiempo a transformar a Derek 
Lampton senior en el objeto de escarnio que mereca ser.

-Adems del arma y los cuatro cargadores, recogers una 
sierra para autopsias y una hoja craneal. No, mejor dos hojas, 
por si acaso. Atencin a los detalles.

El doctor describi los objetos a su interlocutor para 
asegurarse de que no cometera errores, y a continuacin le 
explic cmo llegar al domicilio de Derek Lampton en Malib.

Matars a todas las personas que encuentres en la casa dijo 
Abriman, y nombr a quienes supona que estaran presentes-
. Pero, si hubiera alguien ms, un vecino de visita, un 
operario o cualquier otro individuo, lo matas igualmente. 
Entra por la fuerza, recorre rpidamente todas las 
habitaciones, persguelos si huyen y no pierdas tiempo. 
Luego, antes de que llegue la polica, utilizars la sierra para 
cortarle la parte superior del crneo al doctor Derek Lampton. 
El doctor describi la tcnica ms efectiva para llevar a cabo 
la craneotoma. Ahora dime si lo has comprendido.

-Lo he comprendido.

-Le extraers el cerebro. Reptelo, por favor.

-Le extraer el cerebro.

El doctor se volvi hacia el escritorio y lanz una retirada 
melanclica a la bolsa de plstico azul. No haba forma, por 
falta de tiempo y porque no era prudente encontrarse con el 
asesino programado en presencia de testigos, de entregarle el 
prctico regalito de Valet.

-Quiero que pongas algo en el crneo del doctor. Si los 
Lampton tienen perro, puede que encuentres lo que 
necesitas; si no, tendrs que producirlo t mismo.

Le dio las ltimas instrucciones, incluida tambin la orden de 
suicidarse.

-Lo comprendo.

Te he encomendado un trabajo muy importante, y estoy 
seguro de que lo llevars a cabo intachablemente.

-Gracias.

-De nada.

Abriman colg el telfono lamentando no haber podido 
programar a toda la pustulosa familia Lampton al insoportable 
Derek, a la pelleja de su mujer y al botarate de su hijo para 
usarlos como tteres. Por desgracia, lo conocan de sobra y sin 
duda recelaban de l; habra sido prcticamente imposible 
acercarse a ellos lo suficiente para administrarles las drogas 
necesarias y someterlos a tres largas sesiones de 
programacin.

A pesar de todo, estaba exultante. Tena el triunfo al alcance 
de la mano.

Refresco de cereza. La muerte ronda Malib. Aprenda a 
quererse. Perfecto. El doctor bebi a la salud de su genio 
potico.












En Cape Cod o Martha's Vineyard, aquella casa hubiera 
parecido el lugar que reuna todas las excelencias del Sueo 
Americano, el lugar al que uno llegaba cruzando el ro y 
atravesando el bosque al amanecer de un Da de Accin de 
Gracias, el lugar en el que hasta los adultos crean en Santa 
Claus en las blancas maanas de Navidad, la quintaesencia de 
la casa de una abuela ideal. Aunque la casa perfecta -como la 
perfecta abuela- no ha existido nunca en la vida real, aquel 
pas de incorregibles sentimentales crea que las casas de las 
abuelas deberan ser as universalmente. Tejado de pizarra 
con mirador. Fachadas de tablas de cedro plateadas por la 
intemperie. Ventanas y postigos pintados de inmaculado 
blanco. Un profundo porche con mecedoras de mimbre y sof 
de columpio y un primoroso jardn con lujuriantes arriates 
rodeados por sendas cercas blancas de medio metro de 
altura. En Cape Cod o Martha's Vineyard, en cierto momento 
del pasado, uno hubiera podido sorprender a Norman 
Rockwell sentado ante el caballete delante de su casa, 
pintando a dos nios encantadores que perseguan a un ganso 
con un lazo rojo a medio hacer alrededor del pescuezo, 
mientras un perro juguetn retozaba en segundo plano.

All, en Malib, sobre un talud que dominaba el Pacfico, 
conectada con la playa por un tramo de peldaos y rodeada 
de abundantes palmeras, la casa pareca fuera de lugar aun 
en pleno invierno costero. Hermosa, proporcionada, bien 
diseada y bien construida, pero fuera de lugar. Si la abuela 
de alguien hubiera vivido all. habra tenido uas postizas azul 
elctrico, melena rubia oxigenada, labios voluptuosamente 
realzados con inyecciones de colgeno y pechos 
quirrgicamente agrandados. La casa era una resplandeciente 
ficcin que albergaba en su interior verdades mucho menos 
luminosas; verla aquella vez -la quinta desde que la haba 
abandonado haca veinte aos, cuando tena dieciocho- afect 
a Dusty como siempre: atravesndole el corazn, ms que la 
columna, con un escalofro.

Por supuesto, la casa no tena la culpa. Slo era una casa.

No obstante, una vez aparcaron en el camino de acceso, 
mientras suban los peldaos del porche delantero, Dusty le 
dijo a Martie: La Torre de Cirith Ungol.

Dusty no se atreva a pensar en su pequea casa de Corona 
Del Mar. Si el fuego la haba devorado, como aseguraba 
Abriman, no estaba preparado para soportar el impacto 
emocional. Una casa es solo una casa, desde luego, y puede 
reemplazarse como cualquier otra propiedad; pero si uno ha 
amado y sido feliz en ella, si guarda buenos recuerdos 
relacionados con ella, es inevitable que llore su prdida.

Tampoco se atreva a pensar en Skeet y El Higo. Si Abriman 
deca la verdad, si los haba asesinado, tanto el mundo como 
el corazn de Dusty seran lugares mucho ms oscuros que el 
da anterior, y sin duda seguiran sindolo el resto de su vida. 
Como caba esperar, la posibilidad de que su atormentado 
pero querido hermano estuviera muerto le produca una 
angustia insoportable; pero nunca hubiera imaginado que la 
presunta desaparicin de El Higo pudiera conmocionarlo tan 
profundamente. El silencioso y diligente pintor era, desde 
luego, un individuo poco comn, pero bueno y generoso, y el 
vaco que dejara en la vida de Dusty tena el tamao y la 
forma de una peculiar pero autntica amistad.

Claudette, su madre, respondi al timbre, y Dusty se sinti 
tan sobrecogido y desarmado por su belleza como siempre. A 
los cincuenta y dos, aparentaba treinta y cinco, y a los treinta 
y cinco era capaz de cautivar a todos los presentes en un 
saln abarrotado con slo entrar en l, un poder que sin duda 
conservara a los ochenta y cinco. En cierta ocasin, el padre 
de Dusty, segundo de sus cuatro maridos, lo haba expresado 
as: "Claudette ya estaba para comrsela el da que naci. 
Todas las maanas, el mundo la contempla, y la boca se le 
hace agua". La frase poda parecer un tanto cruda, pero era la 
pura verdad, y resultaba demasiado apropiada y lapidaria 
para que se le hubiera ocurrido a Trevor, el padre de Dusty, 
que seguramente la habra ledo en algn sitio. Trevor no se 
refera a la sexualidad de su mujer. Aluda a la belleza como a 
algo independiente del deseo sexual, a la belleza como ideal, 
a una belleza tan perfecta que llegaba al alma de quien la 
contemplaba. Hombres y mujeres, criaturas y centenarios se 
sentan atrados por Claudette, procuraban estar cerca de ella 
y la miraban con algo parecido a la pura esperanza y algo 
parecido al arrobo, pero distinto y misterioso. El amor que 
tanta gente le demostraba era un amor inmerecido, y no 
correspondido. En los ojos de Claudette, gris azulados como 
los suyos aunque con menos azul, Dusty no haba visto nunca 
lo que un hijo anhela ver en los ojos de su madre, ni motivo 
alguno para creer que deseaba o aceptara el amor que - ms 
de nio que ahora, pero tambin ahora- habra querido 
prodigarle.

-Sherwood -le espet la mujer, sin ofrecerle el rostro ola 
mano-, es que todos los jvenes os presentis sin anunciaros 
hoy en da?

-Madre, sabes que no me llamo Sherwood...

-Sherwood Penn Rhodes. Es lo que pone en tu partida de 
nacimiento.

-Sabes bien que me lo cambi legalmente...

-S, con dieciocho aos, cuando eras un rebelde an menos 
sensato que en la actualidad.

-Todos mis amigos me llaman Dusty desde nio.

-Tus amigos siempre eran los ltimos de clase, Sherwood. 
Siempre te has relacionado con la gente equivocada, tan 
sistemticamente como si lo hicieras aposta. Dustin Rhodes... 
En qu estabas pensando? Cmo bamos a presentarte con 
ese nombre ante personas educadas sin que se nos cayera la 
cara de vergenza?

-Eso mismo me deca yo.

-Hola, Claudette -terci Martie, a quien su suegra ni siquiera 
haba mirado hasta ese momento.

-Por favor, querida -dijo Claudette-. usa tu buena influencia 
con el chico y convncelo para que vuelva a usar un nombre 
de adulto.

-Me gusta Dusty respondi Martie sonriendo-. El nombre y el 
chico.

-Martine -dijo Claudette . Ese s que es un nombre de persona 
normal, querida.

-Yo prefiero que me llamen Martie.

-S, va lo s. Qu lstima. No es un buen ejemplo para 
Sherwood. 

-Dusty -insisti su hijo.

-No mientras ests en mi casa -replic Claudette.

Siempre que volva a su antiguo hogar, por mucho tiempo 
que hubiera transcurrido desde su anterior visita, Dusty se 
encontraba con el mismo recibimiento distante, unas veces en 
forma de discusin sobre su nombre; otras, de interminables 
comentarios sobre la vulgaridad de su indumentaria o el poco 
estilo de su corte de pelo; otras, de sardnicas preguntas 
sobre si ya haba encontrado un trabajo "de verdad" o segua 
pintando casas. Una vez, Claudette lo haba tenido en el 
porche cinco minutos comentando la crisis poltica de China, 
aunque a l le haba parecido una hora. Siempre acababa 
invitndolo a pasar, pero Dusty nunca estaba completamente 
seguro de que fuera a permitirle cruzar el umbral.

En cierta oportunidad, Skeet haba tenido una autntica 
revelacin al ver una pelcula en la que Nicholas Cage 
interpretaba a un ngel. La tesis de la historia era que los 
ngeles de la guarda son incapaces de enamorarse o 
experimentar sentimientos fuertes; deben ser seres 
estrictamente intelectuales para poder servir a la Humanidad 
sin involucrarse emocionalmente. Para Skeet, aquello 
explicaba lo de su madre, dotada de una belleza que habran 
envidiado los mismos ngeles, pero ms fra que una jarra de 
limonada sin azcar en pleno verano.

Al fin, dando por cobrado el peaje emocional que parecan 
reportarle aquellas escenas, Claudette se hizo a un lado y los 
dej pasar sin decir una palabra ni esbozar un gesto.

-Un hijo se presenta con un... invitado cerca de medianoche, 
y el otro con su mujer, y ninguno se molesta en avisar. 
Recuerdo perfectamente que los dos recibistis lecciones de 
urbanidad y etiqueta, pero parece que fue dinero gastado en 
balde.

Dusty dio por sentado que el otro hijo era Junior, que tena 
quince aos y viva en la casa, pero cuando sigui a Martie al 
vestbulo vio a Skeet brincando escaleras abajo, a su 
encuentro. Pareca ms plido que haca tres das, y tambin 
ms delgado y ojeroso, pero estaba vivo.

-Ay, ay, ay -dijo el chico cuando Dusty lo abraz, y otro tanto 
cuando lo abraz Martie.

-Temamos que estuvieras... -empez a decir Dusty, que no 
sala de su asombro.

-Nos han dicho -murmur Martie- que habas...

Antes de que ninguno de los dos pudiera acabar su frase, 
Skeet se levant el jersey y la camiseta y, ajeno a la mueca 
de disgusto de su madre, les ense el torso desnudo.

-Heridas de bala! proclam, extraamente orgulloso.

Cuatro feos cardenales, oscuros en el centro y rodeados de 
amplios cercos, le sealaban el pecho y el estmago.

Aliviado al verlo vivo, contento pero perplejo, Dusty le 
pregunt:

-Heridas de bala?

-Bueno -puntualiz Skeet-, habran sido heridas de bala si yo 
y El Higo...

-El Higo y t lo corrigi su madre.

-Eso, si El Higo y yo no hubiramos llevado chalecos de 
kevlar.

Dusty sinti que necesitaba sentarse. Como l, Martie 
temblaba de pies a cabeza. Pero haban acudido all urgidos 
por la gravedad de la situacin, y habra sido un error 
olvidarla en ese momento.

-Para qu demonios necesitabais chalecos antibalas? -
pregunt Dusty.

-Menos mal que no os los quisisteis llevar a Nuevo Mxico 
respondi Skeet. Yo y El Higo... -Skeet ech un rpido vistazo 
a su madre. El Higo y yo pensamos que podramos hacer algo 
til, y decididnos seguir al doctor Abriman.

-Que vosotros, qu?

-Lo seguimos en la camioneta de El Higo...

-Que les he hecho guardar en el garaje dijo Claudette-. No 
estoy dispuesta a que los vecinos vean ese vehculo delante 
de mi casa.

Es una camioneta chachi opin Skeet-. Bueno, el caso es que 
nos pusimos los chalecos por si acaso y lo seguimos, pero el 
to se las apa para darle la vuelta a la tortilla. Estbamos 
en la playa, convencidos de que lo habamos perdido, 
intentando contactar con una de las naves nodriza, cuando se 
nos plant delante y nos peg cuatro tiros por barba.

-Dios mo... -murmur Martie.

Dusty temblaba, embargado por ms emociones de las que 
habra podido nombrar o identificar. No obstante, advirti que 
Skeet tena los ojos tan brillantes como aquel da feliz, haca 
ms de quince aos, en que haban llenado una caja con 
excrementos de perro y se la haban enviado a Holden 
Caulfield padre, destronado por Claudette en favor de Derek.

-Llevaba un pasamontaas, as que no podramos identificarlo 
positivamente ante la polica. De hecho, ni siquiera hemos 
acudido a la polica. Nos pareci que no servira de nada. Pero 
sabemos que fue l, eso, fijo. Si se crea que iba a 
engaarnos...-Estaba radiante, convencido de que haban sido 
ms listos que el psiquiatra-. Le dispar dos veces a El Higo, 
luego cuatro a m, y fue como si me pegaran en el estmago 
con un martillo... Me qued sin resuello, casi inconsciente, 
queriendo respirar pero sin atreverme, porque hasta con 
aquel ventarrn a lo mejor me habra odo y se habra dado 
cuenta de que me haca el muerto. Y El Higo tambin se hizo 
el muerto. Y entonces, antes de volverse hacia El Higo y 
pegarle otros dos tiros, coge el to y me dice: "Tu madre es 
una puta, tu padre es un farsante y tu padrastro tiene una 
mierda en lugar de cerebro".

-Ni siquiera conozco a ese vendedor de quincalla 
seudopsicolgica -dijo Claudette en un tono glacial.

-Luego, yo y El Higo, El Higo y yo, nos dimos cuenta de que 
se largaba a toda prisa, pero no movimos un msculo, porque 
estbamos cagados de miedo. Adems, durante un rato no 
habramos podido movernos aunque hubiramos querido. Era 
como si estuviramos paralizados, comprendis? Despus, 
cuando conseguimos levantarnos, vinimos aqu para averiguar 
por qu piensa que nuestra madre es una puta.

-Habis ido al hospital? pregunt Martie preocupada.

-Bah, estamos perfectamente asegur Skeet, y se baj al fin 
el jersey.

-Podrais tener alguna costilla rota, o heridas internas.

-Eso mismo le he dicho yo rezong Claudette- pero como si 
nada. Ya sabes cmo es Holden, Sherwood. Siempre ha 
tenido ms fantasa que sentido comn.

-Lo mejor es ir a un hospital para que os examinen antes de 
que desaparezcan los impactos dijo Dusty-. Ser una prueba 
ms si conseguimos llevar a ese hijo de puta ante los 
tribunales.

-Bastardo corrigi Claudette-. O hijo de mala madre. Lo que 
ms rabia te d. Pero ahrrate las vulgaridades, porque no 
me impresionan. Si crees que vas a escandalizarme soltando 
taco viene y taco va, ests muy equivocado. En esta casa 
nunca hemos credo que William Burroughs sea literatura, y 
no vamos a cambiar de opinin de la noche a la maana.

-Me encanta tu madre le dijo Martie a Dusty.

Claudette entrecerr los ojos imperceptiblemente.

-Qu os ha parecido Nuevo Mxico? pregunt Skeet. 

-Una tierra encantada respondi Dusty.

La puerta de vaivn de la cocina se abri al fondo del 
vestbulo, y Derek Lampton entr en escena. Avanzaba tieso 
como un palo, echando atrs los hombros y sacando pecho, 
pero su porte marcial no impeda que diera la impresin de 
arrastrarse hacia el grupo.

Skeet y Dusty lo apodaban El Lagarto casi desde el da en que 
apareci en la casa, pero Lampton era ms bien un visn 
humano, pequeo, lustroso y escurridizo, con el cabello tan 
espeso y brillante como piel, y los ojos negros, inquietos e 
inquisitivos de una alimaa dispuesta a hacer estragos en un 
gallinero en cuanto el granjero se diera la vuelta. Sus manos, 
que no se dign ofrecer ni a Dusty ni a Martie, tenan largos 
dedos ms palmeados de lo normal y acabados en uas 
ligeramente puntiagudas, como vidas zarpas. El visn 
pertenece a la misma familia que la comadreja.

-Es que se ha muerto alguien y vamos a asistir a la lectura 
de su testamento? pregunt Lampton a guisa de saludo, 
haciendo gala de su peculiar sentido del humor.

Mir a Martie de arriba abajo detenindose unos instantes en 
el bulto de los pechos, con la misma desfachatez con que 
sola examinar a cualquier mujer atractiva. Cuando al fin lleg 
a los ojos, ense los dientes, pequeos, agudos e 
inmaculados. Aquello pasaba por ser su sonrisa, que quiz l 
considerara seductora.

Sherwood y Martine acaban de llegar de Nuevo Mxico -le 
explic Claudette.

-De veras? -pregunt Lampton arqueando las cejas.

-Ya te lo cont -dijo Skeet.

-Cierto admiti Lampton dirigindose a Dusty en vez de a 
Skeet-. Nos lo cont, pero con tal lujo de detalles que dimos 
por sentado que no era tanto una realidad como una de sus 
fantasas disociativas.

-Yo no tengo fantasas disociativas -protest Skeet, que haba 
conseguido dar cierto tono de firmeza a su voz, aunque, en 
lugar de mirar a Lampton, tena los ojos clavados en el suelo.

-Vamos, Holden, no te pongas a la defensiva -dijo Lampton 
en tono conciliador. Si menciono tus fantasas disociativas, no 
es para juzgarte, como no estara juzgando a Dusty si se me 
ocurriera mencionar su aversin patolgica a la autoridad.

-Yo no tengo aversin patolgica a la autoridad -afirm Dusty, 
irritado consigo mismo por sentir la necesidad de replicar y 
esforzndose por hablar con calma, en tono casi amistoso-. 
Tengo una comprensible aversin a la idea de que un puado 
de elitistas se arroguen el derecho de decirle al resto del 
mundo lo que debe hacer y pensar. Tengo aversin a los 
falsos expertos.

-Sherwood- terci Claudette-, le haces un flaco favor a tu 
argumento cuando empleas un oximoron involuntario como 
"falsos expertos".

Con una expresin asombrosamente serena y un tono 
comedido, Martie replic:

-En realidad, Claudette, no era un oxmoron. Es una 
metonimia en la que "falsos expertos" sustituye al ms vulgar 
aunque ms exacto "arrogantes majaderos".

Si alguna vez haba llegado a dudar de que amara 
eternamente a Martie, en aquel instante Dusty tuvo la 
absoluta certeza de que sus sentimientos hacia ella 
perviviran por los siglos de los siglos.

-Derek tiene toda la razn, Holden -dijo Claudette como si no 
hubiera odo a Martie-, en ambos casos. No te estaba 
juzgando. No es de esa clase de personas. Y por supuesto que 
tienes fantasas disociativas. Hasta que no te enfrentes a tu 
trastorno, no conseguirs curarte.

Aunque difcil, atravesar el umbral de aquella casa era un 
juego de nios comparado con la proeza de pasar del 
vestbulo.

Holden ha dejado de tomar la medicacin -dijo Derek 
Lampton dirigindose a Dusty, mientras su mirada volva a 
recorrer a Martie y demorarse en el perfil de sus pechos.

Me habas recetado siete pastillas distintas replic Skeet. 
Cuando acababa de tomrmelas por la maana, no me 
quedaba sitio para el desayuno.

-Nunca sers una persona normal lo amonest Claudette, a 
menos que reconozcas tu problema y te enfrentes a l.

-En mi opinin, Skeet debera haber dejado la medicacin 
hace mucho tiempo -dijo Dusty.

Lampton apart los ojos del jersey de Martie.

Las opiniones infundadas de un lego en la materia no 
ayudarn a curarse a Holden.

Su padre lo ayud a curarse hasta los nueve aos, y t lo has 
ayudado desde entonces. Dusty se oblig a sonrer y adoptar 
un tono calmado que no consigui engaar a nadie. Hasta 
ahora lo nico que he visto es mucha ayuda y ninguna cura.

-Oye, madre -dijo Skeet animadamente, sabas que el 
verdadero nombre de mi padre no es Holden Caulfield? Se 
llamaba Sam Farmer hasta que se lo hizo cambiar legalmente.

Claudette lo mir frunciendo el ceo.

-Ya ests fantaseando otra vez, Holden?

-No, es cierto. Tengo las pruebas en casa. Puede que Abriman 
se refiriera a eso cuando dijo que era un farsante despus de 
dispararme. Claudette apunt a Dusty con un dedo 
admonitorio.

-Lo animas a que deje la medicacin, y aqu tienes los 
resultados y, volvindose hacia Skeet, le espet: Ese tal 
Abriman dijo que yo era una puta. Supongo, Holden, que en 
tu opinin ese epteto me cuadra tan bien copio "farsante" a 
tu padre...

A Dusty le zumbaba la cabeza con el inquietante abejorreo 
que no sola afectarlo hasta que llevaba en aquella casa al 
menos media hora. Ansioso por resolver el acuciante 
problema que los haba llevado all, se volvi hacia su 
padrastro:

-Derek, qu motivos puede tener Abriman para sentir 
semejante animosidad contra ti?

-Que he demostrado en repetidas ocasiones lo que es.

-Y, qu es?

-Un charlatn.

-Y, cundo lo has demostrado?

-Siempre que he podido -respondi Lampton, con un destello 
travieso en sus ojillos de visn.

Claudette se arrim a su marido, le rode la cintura con el 
brazo v le dio un carioso apretn.

-Cuando mi Derek decide emplear su ingenio contra 
impostores como ese Mark Abriman, los deja escarmentados 
para siempre.

-Cmo? -insisti Martie. Cmo lo escarmentaste?

-Publicando pormenorizadas reseas de su libro en dos de las 
revistas especializadas ms prestigiosas respondi Lampton-, 
donde puse en evidencia la vacuidad de sus teoras y la 
insipidez de su estilo.

-Por qu?

-Porque me horrorizaba la cantidad de psiclogos que 
empezaban a tomrselo en serio. Ese individuo no es un 
intelectual. Es un impostor de la peor especie.

-Y eso es todo? -se asombr Martie-. Un par de reseas?

Los puntiagudos dientes de Lampton soltaron un destello. Las 
comisuras de sus ojos se llenaron de pliegues. Aunque era 
una expresin de regocijo, cualquiera habra pensado que 
acababa de descubrir un ratn sobre el que estaba a punto de 
abalanzarse para hacerlo picadillo.

-Ay, Claudette de mi vida y de mi corazn, veo que tus hijos 
no comprenden lo que significa probar el flagelo de Derek 
Lampton...

-Yo creo que lo comprendo -murmur Skeet, pero ni su 
madre ni su padrastro dieron muestras de haberlo odo.

Como si Lampton se hubiera mostrado ingenioso, retozn o 
ambas cosas a un tiempo, Claudette solt una risilla de 
colegiala, tan llena de autntico humor como el cascabeleo de 
un crtalo.

-Ay, Claudette de mi vida y de mi corazn... repiti Lampton 
meneando las caderas y chasqueando los dedos, como si se 
creyera capaz de imitar el desparpajo de un trotacalles. Un 
par de reseas! Una autntica guerra de guerrillas intelectual, 
incluida una parodia de su estilo en "Bookend", la ltima 
pgina del The New YorK Times Book Revieiu...

-Divertidsima les asegur Claudette.

-..y una recensin de su ltimo libro para una de las 
principales agencias, que lo distribuy a setenta y ocho 
publicaciones de todo el pas. Guardo todos los recortes. 
Podis creer que ese pestio haya permanecido en la lista 
del Times setenta y ocho semanas?

-Te refieres a Aprenda a quererse?

-Basura seudopsicolgica sentenci Lampton-. Probablemente 
ha hecho ms dao a la psique de Norteamrica que cualquier 
otro libro de la ltima dcada.

-Setenta y ocho semanas -murmur Dusty. Es mucho tiempo 
para un libro de psicologa?

-Para uno tan malo, una eternidad -dijo Lampton.

-Cunto tiempo estuvo tu ltimo libro?

-Mi caso es distinto -respondi el doctor eludiendo la 
pregunta-.

-El xito masivo no es lo ms importante. Lo importante es la 
calidad de la obra, el impacto que tiene en la sociedad, a 
cunta gente ayuda... 

-Creo recordar que estuvo doce o catorce semanas dijo Dusty. 

-No, no, estuvo ms -asegur Lampton.

-Bueno, quince.

Ansioso por dejar bien sentado que su obra haba sido un 
xito, pero atrapado en su propia trampa, Lampton mir a 
Claudette en busca de ayuda.

-Estuvo en lista veintids semanas dijo la mujer-. Derek 
nunca se preocupa de esas cosas, pero yo s. Estoy orgullosa 
de l. Veintids semanas es un resultado excelente, ms que 
excelente para una obra tan enjundiosa.

La cosa no tiene vuelta de hoja se lament Lampton. La 
basura seudopsicolgica siempre se vender infinitamente 
mejor que la literatura seria. Puede que no le haga ningn 
bien a nadie, pero lo cierto es que se lee de un tirn.

-Y el pblico estadounidense -aadi Claudette- anda tan 
sobrado de pereza e ignorancia como falto de autntico 
asesoramiento psicolgico.

-Hablamos de Atrvete a ser tu mejor amigo, el ltimo de 
Derek -dijo Dusty a Martie.

-No consegu acabarlo -confes Skeet.

-Pues eres lo bastante inteligente para leerlo replic 
Claudette. Pero cuando no tomas la medicacin, tus 
dificultades de aprendizaje recrudecen, y no eres capaz ni de 
leer tu nombre. "Medicar para educar."

Mirando hacia la sala de estar, Dusty se pregunt cuntas 
visitas habran tenido el privilegio de cruzar su umbral.

Skeet pareca dispuesto a defenderse.

-Pues nunca tengo dificultades para leer novelas fantsticas, 
con medicacin o sin ella.

-Las novelas fantsticas -dijo Lampton- son parte del 
problema, Holden, no parte de la cura.

-Explcame eso de la guerra de guerrillas -le pidi Dusty. 
Todos lo miraron perplejos.

-Has dicho que emprendiste una guerra de guerrillas 
intelectual contra Mark Abriman -record Dusty a Lampton.

El doctor esboz su habitual sonrisa de azote de gallineros y 
ratoneras.

-iSeguidme, os lo enseare!

Lampton los precedi escaleras arriba.

Valet los esperaba en el pasillo del segundo piso, demasiado 
asustado al parecer para bajar a la zona de guerra del 
vestbulo.

Martie y Dusty se detuvieron para acariciarlo, rascarle la 
barbilla y frotarle las orejas, y en justa correspondencia el 
animal les lami las manos con la lengua y les azot las 
piernas con la cola.

Si hubiera tenido eleccin, Dusty habra optado por sentarse 
en el suelo y pasar el resto del da con Valet. Aparte del 
abrazo de Skeet "Ay, ay, ay"-, el recibimiento del perro era el 
nico momento real y agradable que haba experimentado 
despus de pulsar el timbre.

Lampton golpe con los nudillos en una puerta del extremo 
del pasillo.

-Venid, venid -dijo volviendo la cabeza hacia Martie y Dusty. 
Claudette y Skeet entraron en una habitacin del extremo 
opuesto del pasillo: el despacho de Lampton.

Aunque Dusty no haba odo pronunciar una invitacin a 
nadie, Lampton abri la puerta a la que acababa de llamar y 
Martie y Dusty se acercaron y cruzaron el umbral tras l.

Era el dormitorio de Junior. Dusty no haba entrado en aquel 
cuarto desde haca unos cuatro aos, cuando Derek Lampton 
hijo tena once. Por aquel entonces, el tema de la decoracin 
eran los deportes. Psters de estrellas del baloncesto y el 
ftbol.

Ahora las cuatro paredes y el techo estaban pintados de 
lustroso color negro que absorba toda la luz, hasta el punto 
de que la habitacin pareca oscura a pesar de que las 
lmparas encendidas proporcionaban una potencia de 
trescientos vatios. Los tubos de hierro de la cabecera de la 
cama tambin era negros, as como las sbanas y la colcha. El 
escritorio y la silla eran negros, igual que las estanteras. El 
suelo de madera de arce, que conservaba su hermoso color 
natural en casi todo el resto de la casa, haba recibido una 
capa de pintura negra. La nica nota de color de la habitacin 
la aportaban los lomos de los libros y un par de enormes 
banderas clavadas en el techo: una ostentaba el campo rojo, 
el crculo blanco y la esvstica negra que Adolf Hitler haba 
intentado plantar en todo el globo; la otra, la hoz y el martillo 
de la antigua Unin Sovitica. Las historias del deporte, las 
biografas de deportistas, los libros sobre tiro con arco y las 
novelas de ciencia ficcin que atestaban los anaqueles cuatro 
aos atrs haban sido sustituidos por libros sobre Dachau, 
Auschwitz, Buchenwald, los gulags soviticos, el Ku Klux Klan, 
Jack el Destripador, varios asesinos en serie contemporneos 
y un puado de locos aficionados a poner bombas.

Junior vesta deportivas blancas, calcetines blancos, 
pantalones caqui y camisa blanca. Tumbado en la cama, lea 
un libro cuya sobrecubierta mostraba una pila de cadveres 
en descomposicin y, a causa del intenso contraste con la 
colcha de raso negro, pareca levitar como un yogui.

Hola, hermanito, cmo te va? salud Dusty apurado. Nunca 
saba qu decirle a su hermanastro, porque en el fondo eran 
un par de extraos. Se haba ido de casa huyendo haca doce 
aos, cuando Junior slo tena tres.

-Tengo aspecto de estar muerto? pregunt Junior con tono 
lgubre.

En realidad, el chico pareca rebosante de vida, casi 
demasiado vivo para este mundo, como si estuviera 
conectado a un enchufe del Ms All y sobrecargado de una 
energa espectral que lo haca resplandecer. No haba 
heredado ninguno de los taimados rasgos de mustlido de su 
padre; por el contrario, el destino haba decidido prodigarle 
los genes de su madre y bendecirlo con un cuerpo y un rostro 
perfectos, como a ninguno de sus hermanastros. Si algn da 
decida subir a un escenario, coger un micrfono y ponerse a 
cantar, tuviera buena voz o simplemente aceptable, se hara 
ms famoso que Elvis, los Beatles y Ricky Martie juntos, y 
tanto las como los adolescentes chillaran, lloraran, se 
lanzaran al asalto del escenario y, en no pocos casos, se 
apresuraran a darse un tajo y ofrecerle sangre si se la peda.

-Qu es todo esto? -pregunt Dusty sealando las paredes 
negras y las banderas del techo.

-A ti qu te parece? pregunt a su vez Junior.

-Postgtico?

-El gtico apesta. Es para cros.

-Yo dira que ests preparndote para morir apunt Martie. 
Caliente -respondi Jnior.

-Qu sentido tiene eso?

-Qu sentido tiene todo lo dems? -replic Junior.

-Puesto que tenemos que morir, quieres decir?

-Para eso estamos aqu asegur Junior-. Para pensar en la 
muerte. Para ver cmo muere otra gente. Para prepararnos a 
morir. Y luego para morirnos y desaparecer.

-Qu es todo esto? volvi a preguntar Dusty, esta vez a su 
padrastro.

-Como nuestro Derek, la mayora de los adolescentes varones 
atraviesan un periodo de intensa fascinacin por la muerte, y 
todos estn convencidos de tener ideas ms profundas sobre 
el tema que nadie antes que ellos -dijo Lampton, que hablaba 
de su hijo como si el chico no pudiera orlo. Cuando Dusty y 
Skeet vivan bajo su frula, haca otro tanto: referirse a ellos 
como si fueran interesantes animales de laboratorio que no 
entendan una palabra de lo que deca. El sexo y la muerte. 
Esos son los grandes temas de la adolescencia. Tanto los 
chicos como las chicas, pero especialmente los chicos, estn 
obsesionados por ambas cuestiones. Peridicamente 
atraviesan fases que rayan con lo psictico. Es un problema 
de desequilibrio hormonal, y lo mejor que puede hacerse es 
dejarlos que se obsesionen, porque la propia naturaleza se 
encarga de corregir el desequilibrio a su debido tiempo.

-Pues, la verdad, yo no recuerdo haber estado obsesionada 
con la muerte -dijo Martie.

-Lo estuviste -asegur Lampton como si la hubiera conocido 
de adolescente-. Pero sublimabas tu obsesin interesndote 
por otras cosas: las muecas Barbie, el maquillaje...

-El maquillaje es una sublimacin de la obsesin por la 
muerte?

-Es tan obvio... suspir Lampton con satisfecha pedantera. 
Maquillarse no tiene otro sentido que desafiar la degradacin 
del tiempo, y el tiempo no es ms que un sinnimo de la 
muerte.

-Yo todava estoy descubriendo a las Barbies -dijo Dusty.

-Pinsalo detenidamente insisti Lampton. Qu es una 
mueca sino la representacin de un cadver? Inerte, rgida, 
sin respiracin ni pulso. Cuando juegan con sus muecas las 
nias estn jugando con cadveres, y aprendiendo a no temer 
a la muerte excesivamente.

-Recuerdo haber estado obsesionado por el sexo reconoci 
Dusty, pero...

-El sexo es una mentira lo ataj junior-. El sexo es negacin. 
La gente se vuelve hacia el sexo para no tener que 
enfrentarse a la verdad de que la vida es muerte, no creacin. 
Vivir es morir da a da.

Lampton sonri a su retoo como si el orgullo que le hencha 
el pecho fuera a hacer saltar los botones de su camisa.

Nuestro Derek ha preferido sumergirse en la muerte una 
temporada, para dejar atrs el miedo que le inspira mucho 
antes que la mayora de la gente. Es una tcnica totalmente 
legtima para acelerar la propia maduracin.

-Yo no he dejado atrs el miedo a la muerte -dijo Martie.

-Lo ves? -exclam Lampton, como si la mujer acabara de 
darle la razn-. El ao pasado era el sexo, como ocurre 
siempre con los chicos de catorce. Y el que viene, cuando 
haya superado esta fase de inmersin en la muerte, otra vez 
el sexo.

Dusty tema que, despus de pasar un ao en aquel cuarto 
negro obsesionndose con la muerte, junior se convirtiera en 
titular de las noticias de la noche el da menos pensado, y no 
porque hubiera ganado un concurso de ortografa.

Lampton se volvi hacia el chico.

Martie y Dusty estn interesados en nuestra guerra de 
guerrillas contra Mark Abriman.

-Ah, ese capullo dijo junior-. Quieres que le demos otro 
repaso?

-Y por qu no? -respondi Lampton frotndose las manos.

junior rod hasta el borde de la cama, salt al suelo, se 
desperez y sali de la habitacin. Al pasar junto a Martie, 
mascull:

-Buen par.

Lo veis? -exclam Lampton, radiante. Ya est empezando a 
salir de la fase de obsesin por la muerte, aunque todava no 
es del todo consciente.

En el pasado, Dusty y Martie haban llegado a pensar en 
secuestrar al chico, esconderse con l en algn lugar remoto 
y criarlo a su modo para darle la oportunidad de llevar una 
vida normal. Una mirada a Martie confirm a Dusty que 
tambin ella segua pensando en esconderse en un lugar 
remoto, aunque quiz de Junior en vez de con l.

Siguieron al chico hasta el despacho de Lampton, donde los 
esperaban Skeet y Claudette, acompaados de Foster 
Newton.

El Higo estaba de pie junto a la ventana, observando el jardn 
delantero y el camino de acceso.

-Hola, Higo -salud Dusty.

-Hola -respondi Foster volvindose.

-Ests bien? le pregunt Martie acercndose.

El Higo se levant la camisa para ensearles el estmago y el 
pecho, que no eran ni tan plidos ni tan raquticos como los 
de Skeet, pero mostraban las seales de otros cuatro 
impactos de bala amortiguados por chalecos de kevlar, 
distribuidos de forma distinta aunque igual de horrorosos.

-La maana est resultando un tanto desagradable -dijo 
Claudette poniendo cara de asco.

-Estoy bien -repuso El Higo, malinterpretndola.

-Nos has salvado la vida -le dijo Martie.

-El camin de bomberos?

-S.

-Y tambin me la ha salvado a m -record Skeet.

-El kevlar -lo corrigi Foster meneando la cabeza.

Junior se haba sentado al escritorio de su padre y haba 
encendido el ordenador.

De pie tras l, Lampton observaba la pantalla por encima del 
hombro del chico.

Martie y Dusty hicieron corro junto a ellos y vieron que Junior 
estaba componiendo una minicrtica tan mordaz como bien 
escrita de Aprenda a quererse.

-La insertaremos en la pgina de opinin de los lectores del 
sitio web de Amazon -explic Lampton-. Ya hemos escrito y 
enviado unas ciento cincuenta denuncias de Aprenda a 
quererse, usando diferentes nombres y direcciones de correo 
electrnico.

Sobrecogido, Dusty record el odio sobrehumano que 
deformaba las facciones de Abriman haca apenas un rato, 
durante su enfrentamiento en la consulta.

-A quines pertenecen esos nombres y direcciones de correo 
electrnico? pregunt, procurando no pensar en la venganza 
que el psiquiatra poda haberse tomado sobre aquellas 
personas confiadas e inocentes.

-No te preocupes -respondi Lampton, cuando usamos 
nombres reales, elegimos a descerebrados que no leen 
mucho. Es poco probable que entren en Amazon y vean sus 
nombres.

-Adems -dijo Junior-, la mayora de las veces nos 
inventamos los nombres y las direcciones, que es an ms 
divertido.

-Podis hacer eso? -se sorprendi Martie.

-La Red es lquida -respondi junior.

-Te refieres a la dificultad de separar realidad y ficcin? 
pregunt Dusty, perplejo ante la afirmacin de su 
hermanastro.

-Mejor que eso. Ficcin y realidad no importan. Son lo mismo, 
un solo ro.

-Entonces, cmo sabes que algo es cierto?

-Y a quin le importa? -replic Junior con un encogimiento 
de hombros. Lo importante no es que algo sea cierto, sino 
que funcione.

-Estoy seguro -dijo Lampton de que la mitad de las opiniones 
favorables sobre el estpido libro de Abriman que aparecen 
en Amazon las escribi l mismo. Conozco a ms de un 
novelista que emplea ms tiempo en eso que en escribir 
novelas. Nosotros nos limitamos a corregir el desequilibrio.

-insertaste tus propias crticas favorables sobre Atrvete a 
ser tu mejor mismo?

-Yo? Por supuesto que no -asegur Lampton-. Si el libro es 
bueno, se defiende solo.

-S, claro. Aquel par de astutas patitas de visn se habran 
pasado las horas muertas tecleando autoelogios a tal 
velocidad que el teclado deba de echar humo.

-Cuando acabe esto -dijo Junior, os ensear lo que podemos 
hacer con varios sitios Web relacionados con Abriman.

Derek es tremendamente hbil con el ordenador -asegur 
Derek senior, orgulloso-. Perseguimos a Abriman por toda la 
Red. No hay muro de seguridad ni arquitectura de programa 
que se le resista.

-Creo que ya hemos visto bastante dijo Dusty apartando los 
ojos de la pantalla.      
Martie lo cogi del brazo con ambas manos y se lo llev 
aparte. Su plido rostro denotaba tanta alarma como el de su 
marido.

-Cuando Susan estaba enseando la casa de Abriman, antes 
de que fuera la casa de Abriman, en representacin del 
anterior propietario, se empe en que la viera. Era un 
edificio espectacular, pero siniestro, como una escenografa 
del Crepsculo de los dioses. Tena que verlo, segn Susan. 
As que un da quedamos all. Llegu cuando estaba acabando 
de ensersela a l. Fue la primera vez que lo vi. Los tres... 
hablamos un poco.

-Dios mo... Recuerdas...?

Lo estoy intentando. Pero, no s... Puede que surgiera el 
tema de su libro. Lleva setenta y ocho semanas en la lista de 
los ms vendidos, de modo que por aquel entonces deba de 
estar recin publicado. Han pasado dieciocho meses. Y si en 
aquel momento saba que era un libro de autoayuda... puede 
que mencionara a Derek.

-Seorita M. dijo Dusty tratando de embotar las aristas de la 
cortante conclusin hacia la que se precipitaba Martie, pare el 
carro. Deje de pensar cosas raras. Habra ido por Susan de 
todos modos. Era una mujer muy atractiva; seguro que 
Abriman ya haba decidido su suerte antes de que t entraras 
en escena.

-Tal vez.

-Tal vez, no. Seguro.

Lampton se haba apartado del ordenador para escucharlos. 
Conocis a ese farsante de tres al cuarto?

Martie se volvi hacia l y lo fulmin con una mirada tan 
glacial que le hubiera helado la sangre de las venas de 
haberla tenido.

-Estamos en peligro de muerte por tu culpa. Esperando or la 
conclusin de lo que tomaba por un chiste, Lampton separ 
los labios y ense sus afilados dientecillos-. Por culpa de tu 
pueril competitividad.

Como una radiante valquiria volando al rescate de su 
malherido guerrero, Claudette se plant al lado de Lampton.

-De pueril, nada. T no entiendes el mundo acadmico, 
Martine. No sabes nada de los intelectuales.

-Ah, no? -replic Martie indignada.

El tono de Martie era tan seco que Dusty no pudo por menos 
de alegrarse de que se hubiera deshecho del Colt 45.

-Entre hombres como Derek -dijo Claudette-,l a competencia 
no es cuestin de egos o de amor propio, sino de ideas. Ideas 
que transtornan la sociedad, el mundo, el futuro. Para que 
esas ideas demuestren su validez y alcancen la perfeccin, 
tienen que sobrevivir a las crticas y someterse a todo tipo de 
debates, en tantos foros como sea posible.

-Como la pgina de opinin de los lectores de Amazon -
rezong Martie.

Claudette no se inmut.

La batalla de las ideas es una guerra muy real, as que no te 
empees en pintarla como una competicin pueril.

Valet retrocedi hacia la puerta y se los qued mirando desde 
el pasillo.

Skeet, que haba unido sus fuerzas a las de Martie y Dusty, 
pero procuraba mantenerse tras ellos, reuni el valor 
suficiente para decir:

-Martie tiene razn.

-Cuando no tomas tu medicacin -intervino Lampton, careces 
del criterio necesario para ser un aliado til, Holden.

-A m me es la mar de til -replic Dusty.

Cuando le hincaba el diente al tema de las ideas, Claudette no 
lo soltaba as como as.

-Os creis que la vida se reduce a los videojuegos farfull la 
mujer con una exaltacin que Dusty no le conoca, las 
pelculas, la moda, el deporte, la jardinera y el resto de 
memeces con que perdis el tiempo, pero lo nico importante 
en esta vida son las ideas. Las personas como Derek, las 
personas con ideas, cambian el mundo. Influyen en poltica, 
religin, sociedad, en cualquier aspecto de nuestra cultura, 
por pequeo que sea. La mayora de la gente elige la vida del 
zngano y pierde el tiempo con trivialidades, se interesa por 
ridiculeces, vive el da a da sin comprender siquiera que 
Derek, y las personas como Derek, modelan nuestra sociedad 
y la gobiernan por el poder de las ideas.

En aquellos momentos, en aquel despiadado toma y daca con 
Claudette, que para Dusty, y sin duda tambin para Skeet, se 
transformaba a ojos vista en un ajuste de cuentas de 
proporciones mticas, Martie era su campeona, con la lanza en 
ristre y los ojos clavados en el dragn. Skeet se haba 
parapetado justo detrs de ella y tena las manos en sus 
hombros, y Dusty senta tentaciones de ponerse detrs de 
Skeet para mayor seguridad.

-Atreverse a ser el mejor amigo de uno mismo -dijo Martie- y 
aprender a quererse... Ese es el tipo de ideas que cambian el 
mundo?

-No hay comparacin posible entre mi libro y el de Abriman 
protest Lampton, pero, tras el apasionado alegato de su 
costilla, sus palabras sonaban a lloriqueo.

Claudette se puso delante de su hostigado marido como si 
quisiera protegerlo fsicamente, pero tambin para rozarlo con 
el trasero.

-Los libros de Derek son obras slidas, lcidas y profundas. 
Ideas elaboradas con rigor. Los panfletos de Abriman, papilla 
seudopsicolgica para retrasados.

Era la primera vez que Dusty vea a su madre arrancarse la 
mscara de la frialdad y mostrar su naturaleza sexual, y 
confiaba en no volver a presenciar algo parecido en la vida. Lo 
que la excitaba no eran las ideas en s mismas, sino la idea de 
que las ideas eran poder. El poder era su autntico 
afrodisiaco; no el poder desnudo de los generales, los 
polticos y los boxeadores profesionales, ni siquiera el poder 
crudo de los asesinos en serie, sino el poder de aquellos que 
modelaban las mentes de los generales, los polticos, los 
ministros, los profesores, los abogados, los cineastas... El 
poder de manipular. En sus dilatadas fosas nasales y en su 
flamgera mirada, Dusty acababa de descubrir un erotismo 
tan fro como el de la araa y el escorpin.

-No tienes ni idea replic Martie colrica-.. En defensa de 
Atrvete a ser tu mejor amigo, le habis prendido fuego a 
nuestra casa. Es como si lo hubierais hecho en persona, con 
vuestras propias manos. En defensa de Atrvete a ser tu 
mejor amiguito, habis disparado a Skeet y Foster. Creis que 
lo que dicen que les ocurri anoche es una fantasa 
disociativa, pero es real, Claudette. Esos moretones son 
reales, las balas eran reales. Vuestra estpida idea de lo que 
es un debate, vuestra demencial idea de que sabotear al 
contrario es lo mismo que razonar con l... todo eso es lo que 
movi el dedo que apret el gatillo. Y a eso lo llamis 
"transformar el mundo"? Puede que t ests dispuesta a 
morir por la slida, lcida, profunda y narcisista mierda de 
Derek, pero yo no!











Un Lexus -dijo El Higo desde su puesto de vigilancia en la 
ventana.

Claudette an no echaba fuego por la boca, aunque estaba 
que arda.

-Qu rematadamente fcil resulta hacer afirmaciones 
gratuitas y especiosas cuando ni siquiera se ha asistido a un 
curso universitario sobre Lgica. Si Abriman incendia casas y 
acribilla a la gente, ser porque es un maniaco y un 
psicpata, y Derek hace bien en denunciarlo por todos los 
medios de que dispone. De hecho, si lo que dices es cierto, 
denunciarlo es una prueba de coraje.

-Siempre he percibido una visin del mundo socioptica en 
sus obras -dijo Lampton atrevindose a ser su mejor amigo-. 
Siempre he sospechado que era peligroso enfrentarse a l, 
pero uno debe arrostrar cualquier peligro cuando lo considera 
su deber.

S, hombre -rezong Martie-. Vamos a llamar al Pentgono 
para que vayan preparndote una Medalla de Honor. Por ser 
tan valiente en el campo de batalla de las ideas, por 
demostrar tanto coraje al teclado del ordenador y usar sin 
miedo nombres falsos y direcciones de correo electrnico de 
tu propia invencin.

-Te ruego que salgas de mi casa -dijo Claudette.

-Un Lexus en la entrada -inform El Higo.

-Como si hay un centenar de jodidos Lexus en la entrada 
tron Claudette sin quitarle ojo a Martie-. En este pretencioso 
vecindario, hasta el ltimo idiota tiene un Lexus.

-Aparcando -insisti El Higo.

Martie y Dusty se acercaron a la ventana.

La puerta del conductor se abri, y un individuo alto, moreno 
y atractivo se ape del Lexus. Eric Jagger.

-Dios mo -murmur Martie.

Abriman haba accedido a Martie a travs de Susan. A pesar 
de que tampoco haba asistido a ningn curso universitario de 
Lgica. Dusty no tuvo dificultad en sumar aquel particular dos 
ms dos.

Eric se inclin sobre el asiento del conductor para coger algo 
que llevaba en el posterior.

A travs de Susan, Abriman haba accedido tambin a Eric, lo 
haba programado y le haba dado instrucciones para que 
abandonara a su mujer, que de ese modo se convirti en una 
presa fcil e indefensa, mucho ms accesible cada vez que al 
psiquiatra le apeteca poseerla. Y ahora Abriman quera algo 
ms de Eric, algo un poco ms complicado que mudarse de 
casa de su mujer.

-Una sierra para cortar metales -dijo El Higo.

-Una sierra para autopsias -corrigi Dusty.

-Con hoja craneal -puntualiz Martie.

-Una pistola -dijo El Higo.

Eric avanzaba hacia la casa.












La Muerte iba tan a la ltima como el que ms: nada de 
carroza negra tirada por caballos negros: un Lexus plateado. 
Nada de capa negra con melodramtica capucha: mocasines 
con borlas, pantalones negros de esport y jersey Palie Rimes.

Los chalecos antibalas estaban en la camioneta, y la 
camioneta, en el garaje, de modo que Skeet y Foster eran tan 
vulnerables como los dems, aparte de que esta vez el 
pistolero apuntara a la cabeza.

-Pistola? -se limit a repetir Lampton cuando Martie le 
pregunt-. 

-En mi casa, quieres decir?

-No, claro que no, no seas ridcula -rezong Claudette, 
dispuesta a iniciar otra discusin incluso en esos momentos-. 
Por supuesto que no tenemos pistola.

-Entonces ms vale que tengas alguna idea realmente letal -
replic Martie.

Dusty agarr a Lampton del brazo.

El tejadillo del porche trasero. Podis acceder a l desde la 
habitacin de junior o desde el dormitorio principal.

Azorado, el visn humano parpade y arrug la nariz como si 
intentara husmear algn olor que pudiera revelarle la exacta 
naturaleza del peligro.

-Pero, por qu...?

-Deprisa! -urgi Dusty-. Idos todos. Vamos, vamos. Salid por 
el tejadillo, saltad al csped, corred por la playa y ocultaos en 
casa de alguien.

Junior, poco dispuesto al parecer a sumergirse en algo ms 
que la idea de la muerte, fue el primero en salir del despacho 
y desaparecer en un visto y no visto.

Dusty sac el silln de ruedas de detrs del escritorio de 
Lampton y lo empuj a toda velocidad pasillo adelante hasta 
el comienzo de las escaleras, mientras los dems corran en la 
otra direccin.

-No todos los dems. All estaba Skeet, voluntarioso pero 
intil. Qu puedo hacer?

-Joder, Skeet, largarte con los dems!

-Aydame con esto -dijo Martie.

Tambin se haba quedado. Estaba junto a un aparador 
Sheraton de dos metros de largo arrimado a la pared del 
amplio pasillo, frente a las escaleras. Con un gesto del brazo, 
barri un florero y un juego de palmatorias de plata, que 
golpearon el suelo estrepitosamente. Era evidente que haba 
adivinado el uso que pretenda darle Dusty al silln, pero 
opinaba que convena emplear municin de ms calibre.

Tras apartar el silln, separaron el aparador de la pared y lo 
arrastraron hasta las escaleras entre los tres.

-Ahora, llvatelo de aqu -apremi Dusty a Martie en un tono 
que trasluca un terror ms intenso que el que haba sentido 
en el Ford de alquiler volcado en las inmediaciones de Santa 
Fe, porque al menos entonces, mientras los matones 
descendan la cuesta para capturarlos, saba que Martie tena 
el Colt Commander, mientras que ahora no disponan de otra 
arma que el maldito aparador.

Martie cogi del brazo a Skeet, que intent resistirse; pero 
era el ms dbil de los dos.

Abajo, una rfaga de automtica hizo aicos los vidrios 
emplomados de la puerta principal, astill la hoja y perfor las 
paredes del vestbulo.

Dusty se arroj al suelo detrs del aparador y, al cabo de un 
instante, asom la cabeza para echar un vistazo al largo 
tramo de escaleras.

El asesor financiero abri la destrozada puerta principal de 
una patada y entr en la casa como un vendaval. Vindolo 
actuar cualquiera habra pensado que un master en 
Administracin de Empresas por Harvard inclua cursos de 
artes marciales y armamento pesado. Eric dej la sierra para 
autopsias en la mesa del recibidor, empu la pistola 
ametralladora con ambas manos y, movindola en un arco de 
ciento ochenta grados, acribill las habitaciones de la planta 
baja situadas en las tres paredes que tena enfrente.

El arma tena un cargador largo, probablemente de treinta y 
tres proyectiles, no una fuente inagotable de balas, de modo 
que, al finalizar el arco, la pistola ametralladora enmudeci.

Eric, que llevaba cargadores de reserva bajo el cinturn, 
manipul el arma tratando de extraer el que acababa de 
agotar.

No podan permitirle que registrara las habitaciones de la 
planta baja, porque, cuando entrara en la cocina, podra ver a 
El Higo y los Lampton saltando del tejadillo del porche y 
huyendo hacia la playa.

Dusty tena la sensacin de que el ruido del tiroteo segua 
resonando en el interior de la casa, pero saba que sus 
tmpanos vibraban por pura inercia, de modo que grit:

-Ben Marco!

Eric mir hacia lo alto de las escaleras, pero no se qued 
petrificado ni adopt la consabida expresin absorta. Sigui 
pelendose con el arma, con la que evidentemente no estaba 
familiarizado.

Bobby Lembeck! -vocifer Dusty.

El cargador vaco golpe el suelo del vestbulo.

Puede que el nombre que activaba a Eric no perteneciera a 
ningn personaje de El mensajero del miedo. Puede que 
Abriman lo hubiera sacado de El padrino o La semilla del 
diablo, o hasta de El osito Pooh y la casita de Igore, pero no 
tenan tiempo para hojear los ltimos cincuenta aos de 
literatura popular en busca del nombre de marras.

-Johnny Iselin!

Eric meti otro cargador en la pistola ametralladora y lo 
encaj golpendolo fuertemente con la palma de la mano.

Wen Chang!

El arma escupi ocho o diez balas que golpearon el grueso 
tablero de cerezo del aparador toc, toc, toc, demasiados toc 
para contarlos-, atravesaron los cajones, agujerearon el fondo 
y se clavaron en la pared por encima de la cabeza de Dusty, 
sobre la que cay una lluvia de astillas. Proyectiles de alta 
velocidad, con fundas de algo la mar de duro que prefera no 
imaginar y, probablemente, puntas de tefln.

-Jocelyn Jordan! -grit Dusty en el sobrecogedor silencio que 
vibr en su cabeza al cesar el ensordecedor tableteo de la 
pistola ametralladora.

Haba ledo la mayor parte de El mensajero del miedo, y 
hojeado el resto en busca de nombres, en particular del que 
lo activaba a l. Los recordaba todos. Su memoria eidtica era 
el nico talento natural con el que haba llegado a este 
mundo, aparte del sentido comn que lo haba impulsado a 
hacerse pintor de brocha gorda en vez de bufn del mundo de 
las Grandes Ideas; pero la novela de Gondon tena personajes 
para dar y vender, tanto importantes como de relleno -tan de 
relleno como Viola Narvilly, que ni siquiera apareca hasta la 
pgina trescientas, as que quiz no le diera tiempo a recitar 
todo el reparto antes de que Eric les volar la tapa de los 
sesos.

Alan Melvin!

Eric empez a subir la escalera sin dejar de disparar.

Dusty lo oa acercarse.

Ascendiendo a toda prisa, indiferente al descomunal aparador 
Sheraton que amenazaba con aplastarlo. Acercndose como 
un robot. Que era ni ms ni menos la cosa en que lo haban 
convertido: un robot viviente, una mquina de carne.

-Ellie Iselin! -grit Dusty, muerto de miedo y dicindose al 
mismo tiempo que sera grotesco irse al otro barrio 
vociferando nombres como un concursante frentico tratando 
de dar con la respuesta acertada contra reloj . Nora 
Lemmon!

Impasible a "Nora Lenunon", Eric sigui subiendo, mientras 
Dusty se pona en pie de un salto, empujaba el aparador, se 
arrojaba a la izquierda y se acurrucaba en una esquina, al 
tiempo que otra rfaga haca saltar astillas de cerezo del 
magnfico armatoste dieciochesco.

Eric grua y maldeca, pero era imposible saber si la 
antigualla lo haba golpeado o arrastrado en su cada hasta el 
vestbulo. La escalera era ms ancha que el mueble, y caba 
la posibilidad de que el hombre hubiera conseguido 
esquivarlo.

Pegado a la pared, cerca de la escalera, Dusty no se mora de 
ganas de asomar la cabeza por la esquina para echar un 
vistazo. Aparte de no haber recibido clases de Lgica, 
tampoco haba tomado lecciones de magia, y no saba parar 
las balas con los dientes.

Y en sas, mientras el mastodntico aparador segua dando 
estrepitosos tumbos escaleras abajo, apareci Martie -que se 
supona haba huido con los dems- empujando un archivador 
de tres cajones con ruedas que haba requisado en el 
despacho de Lampton.

Dusty la fulmin con la mirada. Adems, qu demonios 
crea? Que Eric se quedara sin balas antes de que ellos se 
quedaran sin muebles?

Dusty la apart de un empujn y, usando como escudo el 
archivador metlico de metro y medio de altura, volvi al 
comienzo de la escalera.

El aparador haba arrastrado a Eric hasta el vestbulo.Tena la 
pierna izquierda atrapada bajo el mueble, pero segua 
empuando el arma, que dispar a bulto hacia el piso 
superior.

Dusty agach la cabeza y oy silbar las balas a su alrededor. 
La rfaga agujere el cielo raso y reson en las caeras y 
conducciones de la pared del pasillo. Ni un solo proyectil 
acert al archivador.

El corazn de Dusty vibraba como si las balas rebotaran entre 
las paredes de sus cavidades.

Al cabo de un instante, se atrevi a echar otro vistazo al 
vestbulo y comprob que Eric haba conseguido sacar la 
pierna de debajo del mueble y empezaba a levantarse con 
dificultad. Inexorable como un robot e incapaz en teora de 
sentir emociones o tomar decisiones, el asesor financiero 
pareca enfadado, aunque slo obedeca las instrucciones de 
su programador.

Eugenie Rose Cheyney!

Sin cojear siquiera y maldiciendo como un descosido, Eric 
avanz hacia la escalera. El archivador no era ni la mitad de 
voluminoso que el aparador. No tendra dificultad en 
esquivarlo, sin dejar de escupir plomo mientras lo haca.

Ed Mavole!

-Estoy escuchando.

Eric se detuvo en seco al pie de la escalera. La mirada asesina 
desapareci de sus ojos, sustituida, no por la mueca de fra 
determinacin con que haba entrado en escena, sino por la 
expresin ensimismada y ligeramente expectante que 
significaba activacin".

"Ed Mavole" era el nombre, s, pero a Dusty le faltaba el 
haiku. Segn Ned Motherwell, la librera dispona de metros y 
metros de estantera llenos de libros de haikus, de modo que, 
aunque hubiera tenido a Mano los que le haba comprado Ned 
y no era el caso-, sus posibilidades de dar con los versos del 
programa de Eric habran sido escasas.

Al pie de la escalera, Eric dio un respingo, parpade y record 
sus intenciones asesinas.

-Ed Mavole! repiti Dusty, y una vez ms Eric se inmoviliz y 
murmur:

-Estoy escuchando.

No sera divertido, pero pareca factible. Seguir usando el 
nombre mgico, devolver a Eric al estado de activacin en 
cuanto saliera de l, bajar la escalera a toda prisa, arrebatarle 
el arma, echarle un buen rapa-polvo, atizarle un culatazo en 
la cabeza, lo bastante fuerte para noquearlo sin dejarlo 
comatoso de por vida, y atarlo con lo que hubiera a mano. 
Puede que cuando volviera en s va no fuera un autmata 
asesino. En caso contrario, lo mantendran amarrado, 
compraran la tira de metros de haikus, haran cuarenta litros 
de caf y le leeran versos hasta que reaccionara.

-Por Dios, Dusty, no lo hagas... -le suplic Martie al ver que 
apartaba el archivador. Cario, por favor, no te arriesgues...

Eric dio un respingo y volvi a las andadas.

-Ed Mavole!

-Estoy escuchando.

Dusty baj los peldaos de tres en tres. Eric lo miraba 
fijamente, pero no pareca entender el busilis de lo que estaba 
a punto de ocurrir. Cuando haba descendido apenas un tercio 
del tramo, Dusty, curndose en salud, le grit:

-Ed Mavole!

-Estoy escuchando murmur Eric, y Dusty, que ya haba 
bajado las dos terceras partes de la escalera, volvi a gritar el 
nombre, sigui saltando escalones y recibi la consabida 
respuesta de labios de Eric cuando lleg junto a l.

Mirando la boca del can, que le pareci tan ancha como 
cualquier tnel que hubiera atravesado con el coche, Dusty 
agarr el arma, se la apart de la cara, la arranc de las flojas 
manos de Eric y, al mismo tiempo, embisti al arrobado 
asesor financiero con el hombro y lo derrib.

Dusty cay con l y rod sobre esquirlas de cristal y astillas 
de la destrozada puerta de la calle, temiendo que el arma se 
le disparara accidentalmente. Golpe la mesa semicircular 
arrimada a una pared del vestbulo y dio con la frente contra 
la gruesa barra que una sus tres patas, pero no se dispar en 
el muslo, las ingles u otro sitio peor.

Al ir a levantarse, vio que Eric ya estaba en pie, aturdido pero 
colrico y, una vez ms, en actitud de asesino programado.

Desde las escaleras, que bajaba a toda prisa, y adelantndose 
a Dusty. Martie grit:

-Ed Mavole!

En cuestin de segundos, aquello pareca haberse convertido 
en el peor videojuego que hubiera podido idear Martie "El 
Asesor Financiero contra el Pintor de Brocha Gorda". Uno, 
armado con una pistola ametralladora, y el otro, con muebles 
y nombres mgicos.

A pesar de las circunstancias, la idea lo habra hecho sonrer 
si al mirar hacia arriba Dusty no hubiera visto a Junior al final 
de las escaleras, empuando una ballesta cargada y engafada 
al lmite de la tensin.

-No! -grit Dusty.

Chsss...!

Una saeta de ballesta, ms corta y gruesa que una flecha de 
arco, es tambin ms difcil de ver en pleno vuelo, debido a la 
mayor velocidad con la que sale disparada. Magia: aquella 
pareca haber brotado del pecho de Eric Jagger, surgida de su 
corazn como un conejo de un sombrero. Apenas cinco 
centmetros del astil sobresalan del pequeo clavel rojo de la 
herida.

Eric hinc las rodillas. La expresin asesina se estim de su 
rostro, y mir asombrado a su alrededor, como si viera el 
vestbulo por primera vez. Luego, se volvi hacia Dusty, 
parpade y, con la perplejidad pintada en el rostro, cay hacia 
delante, muerto.

Martie intent detener a Dusty, pero l la hizo a un lado y 
sigui subiendo los peldaos de dos en dos, con la frente 
dolorida y la vista nublada, pero no porque se hubiera 
golpeado la cabeza contra la barra inferior de la mesa, sino 
porque su cuerpo rebosaba de las sustancias qumicas con 
que el cerebro induce y sustenta la rabia, y su corazn 
bombeaba tanta furia como sangre; vea al angelito a travs 
de una lente oscura y una membrana roja, como si sus ojos 
derramaran lgrimas de sangre.

Junior intent repeler el ataque utilizando la ballesta como 
escudo, pero Dusty la agarr por la mitad del tablero y, 
aunque se clav la nuez en la palma de la mano, se la 
arrebat, la arroj al suelo, avanz hacia l y le propin tal 
empujn que el chico dio con la espalda contra la pared y su 
cabeza rebot contra el yeso con un golpe seco, como una 
pelota de tenis rechazada por una raqueta.

-Maldito maniaco descerebrado...

-Tena una pistola!

-Ya se la haba quitado! le grit Dusty furioso.

-Yo no lo he visto! insisti el chico, y siguieron 
intercambiando las mismas frases intiles dos, tres veces, 
hasta que Dusty le grit con tal violencia que su acusacin 
reson en toda la casa:

-Lo has visto, lo sabas y aun as le has disparado!

De improviso, Claudette se abalanz hacia ellos, los oblig a 
separarse y, de espaldas a junior, se encar con Dusty 
echando chispas por los ojos, duros como nunca y grises 
como el pedernal. Por primera vez en su vida, su rostro no 
asombraba por su belleza, sino por su atroz ferocidad.

-Djalo tranquilo, djalo de una vez, aprtate de l!

-Ha matado a Eric.

-Nos ha salvado la vida! Si no fuera por l, estaramos todos 
muertos! chill Claudette con los labios blancos y el cutis gris, 
como una diosa de piedra animada y colrica, una arpa que, 
por el simple poder de su voluntad, alterara la amarga 
realidad a su capricho, como slo pueden hacer los dioses y 
las diosas.

Tambin Lampton acudi al quite, barbotando palabras 
conciliadoras a chorros, perogrulladas a espuertas, jerga 
psicolgica a troche y moche, tan incontenible como la marea 
negra de un superpetrolero siniestrado, hablando, hablando, 
hablando, mientras Claudette prosegua su torrencial e 
impetuosa defensa de Junior. Marido y mujer parloteaban al 
unsono, y sus palabras eran como rodillos de pintor 
extendiendo capa sobre capa de color para ocultar las 
manchas de una pared.

Al mismo tiempo, Lampton intentaba quitarle la pistola 
ametralladora a Dusty, que ni siquiera era consciente de 
sostenerla en la mano derecha. Cuando se dio cuenta de lo 
que pretenda Lampton, la solt.

-Ms vale que llame a la polica -dijo el psiquiatra, aunque sin 
duda los vecinos se le habran adelantado, y se alej del 
grupo.

Skeet se acerc, cauteloso y procurando guardar las 
distancias con su madre, pero dejando claro que estaba en el 
bando de Dusty, mientras El Higo, inmvil en un extremo del 
pasillo, los miraba como si al fin hubiera conseguido 
establecer contacto con los extraterrestres que llevaba aos 
deseando conocer.

Haciendo odos sordos a la orden de Dusty, haban 
permanecido en la casa, o decidido dar marcha atrs sin 
pasar del tejadillo del porche trasero. Al menos Lampton y 
Claudette deban de saber que junior estaba cargando su 
ballesta con intencin de unirse a la refriega, y al parecer 
ninguno de los dos haba hecho nada para detenerlo. O quiz 
no se haban atrevido. Unos padres que quisieran de verdad a 
su hijo o tuvieran dos dedos de frente le habran quitado la 
ballesta y lo habran sacado de la casa, a rastras si era 
necesario. Aunque puede que la idea de que un chico con un 
arma medieval derrotara a un hombre con una pistola 
ametralladora una retorcida encarnacin del concepto del 
buen salvaje formulado por Rousseau, que haca brincar de 
entusiasmo tantos corazones en la comunidad intelectual- les 
hubiera resultado demasiado atractiva para resistirse a ella. 
Dusty no poda seguir fingiendo que entenda los extraos 
procesos mentales de aquella gente, y estaba cansado de 
intentarlo.

-Ha matado a un hombre -le record a su madre, porque en 
su opinin todos los chillidos del mundo no habran podido 
atenuar la gravedad de los hechos.

-A un luntico, a un maniaco, a un loco armado con una 
pistola -replic Claudette.

-Ya se la haba quitado.

-Eso es lo que t dices.

-Eso es la verdad. Lo tena controlado.

-T eres incapaz de controlar nada. Dejaste la universidad, 
has arruinado tu vida, te ganas la vida pintando casas...

-Si fuera por la satisfaccin de los clientes -dijo Dusty sin 
poder contenerse, aun a sabiendas de la reaccin que 
desencadenara-, yo estara en la portada de Time y Derek, 
en la crcel, cumpliendo condena por joderles la vida a sus 
pacientes.

-Bastardo desagradecido...

Angustiado, al borde de las lgrimas, Skeet suplic:

-No empecis como siempre. Por favor. Si empezis otra vez 
no acabar nunca.

En su fuero interno, Dusty saba que su hermano tena razn. 
Despus de tantos aos de agachar la cabeza, de tanto 
tiempo aguantando y cumpliendo sin dejar de mantenerse 
distante, haba tantas heridas abiertas, tantas ofensas a las 
que nunca se haba dado satisfaccin, que la tentacin de 
desquitarse en un arrebato terrible era demasiado fuerte. 
Dusty habra querido evitar aquella cada espantosa, pero su 
madre y l parecan aproximarse a la catarata del Nigara a 
bordo de un barril, sin ms escapatoria que un salto al vaco.

-Yo s lo que he visto -volvi a la carga Claudette. Y no vas a 
hacerme cambiar de opinin precisamente t, t menos que 
nadie, "Dusty".

No poda dejar correr todo aquello sin sentir que se 
traicionaba a s mismo.

-T no estabas aqu. No has podido ver nada.

Martie se haba acercado al grupo. Cogiendo la mano de 
Dusty y apretndosela con fuerza, se encar con su suegra:

Claudette, slo han presenciado lo ocurrido dos personas. 
Dusty y Yo.

-iLo he visto! -insisti Claudette hecha una furia. Nadie puede 
decirme lo que he visto o dejado de ver. Pero, qu te has 
credo? Que soy una vieja chocha a la que puedes decirle lo 
que ha visto o lo que debe pensar?

Parapetado tras su madre, Junior esboz una sonrisa. Sus 
ojos se encontraron con los de Dusty, pero senta tan poca 
vergenza que ni siquiera los apart.

-Cmo es posible? -pregunt Claudette a Dusty-. Cmo es 
posible que no te importe arruinarle la vida a tu hermano por 
algo tan insignificante?

-Un asesinato te parece algo insignificante?

Claudette le cruz la cara, se la cruz con fuerza, lo agarr de 
la camisa, intent obligarlo a retroceder y, mientras lo 
zarandeaba, sus labios desgranaron una frase, palabra por 
palabra:

-No. Me. Hars. Algo. As.

-Yo no quiero arruinarle la vida, madre. Eso, nunca. Pero 
necesita ayuda. Es que no te das cuenta? Necesita ayuda, y 
ms vale que alguien se encargue de buscarla.

-No te atrevas a juzgarlo, "Dusty". Cunto veneno en aquel 
nfasis, cunto desprecio-. Un ao de universidad no te 
convierte en un mster en psicologa, sabes? No te convierte 
en maldita la cosa, excepto en un fracasado.

-Mam, por favor... murmur Skeet, sin poder contener las 
lgrimas.

-Y t, cllate farfull Claudette volvindose hacia l. Procura 
mantener la boca cerrada, Holden. T no has visto nada, y 
ms vale que no finjas lo contrario. Adems, nadie creera a 
un calamidad como t.

Mientras Martie coga del brazo a Skeet y lo alejaba del 
rifirrafe, Dusty apart la vista del rostro de su madre y la 
clav en, Junior, que son-rea con sorna viendo marcharse a 
Skeet.

Dusty casi oy el clic! de un interruptor al mismo tiempo que 
una sbita intuicin iluminaba una zona de su mente que 
haba permanecido en tinieblas hasta ese momento. Los 
japoneses tenan una palabra para nombrar ese tipo de 
fenmenos: satori. Una revelacin instantnea. Una palabra 
rara aprendida en un ao de universidad.

Satori. All estaba Junior, tan agraciado como su madre, 
bendecido con todos los atractivos fsicos de Claudette. E 
inteligente. Eso era innegable. A su edad, Claudette saba que 
sera su ltimo hijo, y el nico capaz de satisfacer su 
ambicin. All estaba su ltima oportunidad de ser algo ms 
que una mujer de ideas y compaera de un hombre de ideas, 
de convertirse en la madre de un hombre de ideas. De hecho, 
en su imaginacin, aunque no en la realidad, all estaba su 
ltima oportunidad de verse asociada a ideas capaces de 
transformar el mundo, porque sus tres anteriores maridos 
haban demostrado ser hombres cuyas grandes ideas carecan 
de solidez y haban reventado como globos al primer 
pinchazo. El propio Derek, a pesar de todo su xito, no era un 
guila, sino un chupaflor, y Claudette lo saba. En su 
imaginacin, Dusty era demasiado terco para sacar partido a 
su potencial y Skeet, demasiado frgil. Y Dominique, su 
primera hija, llevaba aos muerta, a Dios gracias. Dusty no 
haba llegado a conocer a su hermanastra, aunque haba visto 
una foto de ella, tal vez la nica que haban llegado a hacerle: 
una carita dulce e inocente. Junior era la ltima esperanza de 
Claudette, obstinada en creer que su mente y su corazn eran 
tan hermosos como su cara.

La mujer segua mirando a Skeet con el ceo fruncido, cuando 
Dusty se oy decir:

-Madre, cmo muri Dominique?

La pregunta, peligrosa en aquellas circunstancias, enmudeci 
a Claudette como ninguna otra cosa la habra enmudecido, a 
excepcin quiz de otro disparo.

Dusty la mir a los ojos y no qued petrificado, como ella 
habra querido, ni desvi la mirada, no por falta de 
vergenza, sino precisamente porque la senta. Vergenza 
porque saba la verdad, intuitivamente al principio y a base de 
reflexionar y hacer deducciones lgicas ms tarde; vergenza 
porque haba sabido la verdad desde nio y aun as la haba 
rechazado y silenciado. Vergenza por haber permitido que 
ella y el presuntuoso padre de Skeet, y ms tarde Derek 
Lampton, machacaran al chico, cuando escupirles a la cara la 
verdad sobre Dominique los habra desarmado y habra dado 
a Skeet la oportunidad de una vida mejor.

-Debi de partirte el corazn -dijo Dusty-que tu primer hijo 
naciera con el sndrome de Down. Tantas ambiciones, y una 
realidad tan triste...

-Qu intentas decir? le pregunt Claudette, con voz ms baja 
pero incluso ms preada de ira que antes.

Dusty tuvo la impresin de que el pasillo se estrechaba y el 
techo descenda poco a poco, como si estuvieran en una de 
esas trampas mortales del tamao de una habitacin que 
aparecan en las viejas pelculas de aventuras, y corrieran el 
riesgo de morir aplastados.

Y luego, otra tragedia. Encontrarla muerta en la cuna. El 
sndrome de la muerte sbita infantil. Qu duro debi de 
resultarte... Los susurros, las preguntas del mdico, la espera 
hasta que determinaron la causa de la muerte.

Intuyendo adnde conduca aquello, Martie contuvo el aliento. 

-Dusty... se limit a murmurar, aunque en realidad quera 
decir: "Pinsatelo bien".

Dusty se dijo que no haba despegado los labios cuando tena 
la oportunidad de ayudar a Skeet, pero an poda hacer lo 
que estuviera en su mano para obligar a su madre a poner a 
junior en tratamiento antes de que fuera demasiado tarde.

Uno de mis primeros recuerdos, madre, es de cuando estaba 
a punto de cumplir seis aos, de algo que ocurri un par de 
semanas despus de que dieran de alta a Skeet. Fuiste un 
nio prematuro, Skeet. Lo sabas?

-Lo supona -murmur Skeet con voz temblorosa.

-Crean que no sobreviviras, pero se equivocaban. Y cuando 
te trajeron a casa, pensaban que quiz habas sufrido alguna 
lesin cerebral que acabara manifestndose tarde o 
temprano. Pero, por supuesto, volvieron a equivocarse.

-Mis dificultades de aprendizaje -le record Skeet.

-Tal vez acept Dusty. Si es que alguna vez las tuviste.

Claudette miraba a Dusty como si fuera una serpiente: 
deseosa de aplastarlo de un pisotn antes de que se irguiera 
y atacara, pero temerosa de hacer algn movimiento y 
precipitar lo que tanto tema.

-Aquel da -sigui diciendo Dusty-, poco antes de mi sexto 
cumpleaos, recuerdo que estabas rara, madre. Tan rara que 
hasta un nio pequeo poda presentir que estabas a punto 
de hacer algo terrible. Sacaste la fotografa de Dominique.

La mujer levant un puo como si quisiera golpearlo de 
nuevo, pero lo mantuvo en el aire sin asestar el golpe.

En muchos aspectos, aquello era lo ms duro que haba hecho 
Dusty en toda su vida, mientras que en otros le resultaba tan 
fcil que le daba miedo, fcil en el mismo sentido que saltar 
de un tejado si la cada no tiene consecuencias. Pero aquello 
tendra consecuencias.

-Era la primera vez que vea la fotografa, la primera vez que 
supe que haba tenido una hermana. Aquel da ibas con ella 
de un lado a otro. No podas dejar de mirarla. Y a ltima hora 
de la tarde la encontr en el suelo del pasillo, delante del 
cuarto de los nios.

Claudette baj el puo y dio la espalda a Dusty.

Con la sensacin de que su mano perteneca a otro hombre, 
ms seguro y valiente, Dusty agarr a su madre por el brazo, 
la detuvo y la oblig a volverse.

Junior dio un paso al frente en actitud protectora.

-Ms vale que cojas la ballesta y la cargues -le advirti Dusty-
. Porque es lo nico con lo que podrs detenerme.

Aunque la violencia que reflejaban los ojos de Junior era 
superior incluso a la rabia que despedan los de su madre, el 
chico retrocedi.

-Cuando entr en el cuarto -dijo Dusty, ni siquiera me oste. 
Skeet estaba en su cuna. T, al lado, con un almohadn en 
las manos. Te quedaste as una eternidad. Luego, fuiste 
acercando el almohadn a la cara de Skeet, muy despacio. Y 
en ese momento dije algo. No recuerdo qu. Pero supiste que 
estaba all y... desististe. Por aquel entonces, no comprend lo 
que haba estado a punto de ocurrir. Despus... aos 
despus, lo entend, pero me negu a aceptarlo.

-Oh, Dios... -musit Skeet, con una voz tan tenue como la de 
un nio-. Dios mo...

Aunque Dusty confiaba en el poder de la verdad, no estaba 
seguro de que aquella revelacin ayudara a Skeet en lugar de 
perjudicarlo. La idea del dao que poda estar causndole le 
desgarraba las entraas de tal modo que, al sentir un breve 
espasmo de nusea, supuso que vomitara sangre si llegaba a 
vomitar algo.

Claudette tena los dientes tan apretados que los msculos de 
sus mandbulas haban empezado a temblar.

-Hace unos instantes, madre, te he preguntado si un 
asesinato te pareca algo insignificante, pero la pregunta ni 
siquiera te ha hecho parpadear. Cosa extraa, porque sa s 
que es una gran idea. Un tema digno de debate donde los 
haya.

-Has acabado?

-Todava no. Despus de tantos aos aguantando esta 
mierda, me he ganado el derecho a acabar lo que tengo que 
decir. Conozco tus peores secretos, madre, los peores. He 
sufrido por ellos, los hemos sufrido todos, y an vamos a 
sufrir ms...

Claudette le haba clavado las uas en la mano tanto que 
empez a manar dos hilillos de sangre.

-Si Dominique no hubiera tenido el sndrome de Down -
farfull liberndose de un tirn- , y si no le hubiera ahorrado 
la muerte en vida que le esperaba, y si siguiera viva aqu y 
ahora, no habra sido mucho peor? No habra sido 
infinitamente peor?

La lgica de sus palabras disminua en proporcin inversa al 
volumen de su voz. Dusty no comprenda adnde quera ir a 
parar.

Junior se arrim a su madre. Se cogieron de la mano y 
permanecieron juntos, como si extrajeran una extraa fuerza 
el uno del otro.

Sealando el cuerpo sin vida tendido en el suelo del vestbulo, 
en un gesto que no pareca tener relacin con sus palabras, 
Claudette sigui hablando:

-Por lo menos, el Down era una enfermedad evidente. Qu 
habra ocurrido si la nia hubiera parecido normal y luego, 
cuando fuera mayor, hubiera salido a su padre?

Lief Reissler, padre de Dominique y primer marido de 
Claudette, a la que le sacaba ms de veinte aos, era 
psiclogo y un tragavirotes de ojos claros y fino bigotillo, que 
por suerte no haba desempeado ningn papel en las vidas 
de Dusty y Skeet. Un tragavirotes, cierto, pero no el 
monstruo que la pregunta de su ex mujer pareca sugerir.

Claudette desvel el misterio antes de que Dusty pudiera 
manifestar su perplejidad. Despus de tres das de continuos 
sobresaltos que hubieran debido inmunizarlo contra cualquier 
sorpresa, a su madre le bastaron siete palabras para dejarlo 
de una pieza:

-Y si hubiera sido como Mark Abriman? -El resto estaba de 
ms-. Dices que incendia casas, que le dispara a la gente, que 
es un socipata y que ese loco de ah abajo tena alguna 
relacin con l. Y querras que su hija fuera tu hermanastra?

Se llev la mano de Junior a los labios y la bes, como 
queriendo dejar sentado que estaba la mar de orgullosa de 
haberle ahorrado el problema de una hermanastra tan poco 
recomendable.

Cuando Dusty haba asegurado que conoca sus peores 
secretos, la mujer haba supuesto que no se refera tan slo al 
hecho de que la presunta muerte sbita de Dominique haba 
sido en realidad un crimen a sangre fra.

Sin embargo, en vista de la reaccin de Dusty y Martie, 
Claudette comprendi que les haba hecho una revelacin 
innecesaria, pero en lugar de guardar silencio intent 
explicarse:

-Lief era estril. Nunca hubiramos podido tener hijos. Yo 
tena veintin aos y Lief, cuarenta y cuatro. Con todos sus 
conocimientos, su inteligencia y sus teoras sobre el desarrollo 
emocional, habra sido el padre perfecto. Tena unas ideas 
sobre educacin infantil brillantes.

-S, todos tenan brillantes ideas sobre educacin infantil, 
inteligencias privilegiadas y un inagotable inters en la 
ingeniera social. Medicar para educar, y cosas por el estilo.

-Mark Abriman slo tena diecisiete aos, pero haba 
ingresado en la facultad apenas cumplidos los trece, y cuando 
lo conoc ya haba obtenido el doctorado. Era un prodigio de 
prodigios, el asombro de toda la universidad. Un genio casi 
inconmensurable. No se corresponda con mi idea del padre 
perfecto. Era un mocoso malcriado de Hollywood. Pero sus 
genes...

-Le contaste que el hijo que esperabas era suyo?

-Claro. Por qu no? Ninguno de los dos ramos nada 
convencionales.

En la cabeza de Dusty, el zumbido que le haca las veces de 
msica ambiental durante sus visitas a aquella casa, haba 
adquirido un tono ms siniestro de lo habitual.

-Cuando Dominique naci con el sndrome de Down... qu 
hiciste, madre?

Claudette se qued mirando la sangre que sus propias uas 
haban hecho brotar en la mano de Dusty; cuando alz los 
ojos y los clav en los de su hijo, se limit a decir:

-Ya sabes lo que hice.

Una vez ms, se llev la mano de Junior a los labios y le bes 
los nudillos, esa vez como diciendo que haber trado al mundo 
a aquella joya de hijo la compensaba de todos sus problemas 
con los nios deficientes.

-No me refera a lo que hiciste con Dominique -puntualiz 
Dusty, sino con Abriman. Conocindote, imagino que se lo 
retrotaste por las narices todo lo que pudiste. Apuesto a que 
lo humillaste ms de lo que cualquier mocoso malcriado de 
Hollywood est acostumbrado a soportar.

-En mi familia nunca ha habido un caso ni remotamente 
parecido replic la mujer, confirmando que Abriman debi de 
haber sido el blanco de todas sus iras.

Martie no pudo contenerse por ms tiempo:

-De modo que hace treinta y dos aos, lo humillaste, mataste 
a su hija...

-Se alegr cuando supo que haba muerto.

No me cabe duda, conocindolo como lo conozco ahora. Pero 
la cuestin es que lo humillaste. Y transcurridos los aos, el 
hombre que te ha dado a Junior, este angelito tuyo... Junior 
esboz una sonrisa, como si Martie lo estuviera piropeando, el 
hombre que te ha dado el hijo que Abriman no pudo darte, tu 
marido, se toma la molestia de ridiculizarle, de 
empequeecerlo, de ponerlo de vuelta y media en cualquier 
foro pblico de discusin al que tiene acceso, e incluso lo 
sabotea insertando mezquindades en Amazonpuntocom. Y a 
ti, ni siquiera se te ocurre detenerlo?

La clera de Claudette se reaviv al or que Martie la acusaba 
de ser corta de alcances.

-Detenerlo? Lo anim. Por qu no iba a hacerlo? Mark 
Abriman es tan incapaz de escribir un libro como de tener un 
hijo. Por qu va a tener ms xito que Derek? Por qu va a 
tener nada de nada?

-Tonta de remate... -dijo Martie, que sin duda haba elegido el 
insulto con plena conciencia de que herira a Claudette como 
ningn otro-. Estpida, ignorante, mema integral...

Skeet, alarmado por la crudeza de Martie y temiendo por su 
integridad, le tir del brazo en un intento de alejarla de su 
madre.

En lugar de seguirlo, Martie le cogi la mano y la sostuvo con 
fuerza, como Claudette la de Junior. Pero no para sacar 
fuerzas de Skeet, sino para drselas.

-T, tranquilo, cario -y, volviendo al ataque, aadi: 
Claudette, no tienes ni puetera idea de lo que Abriman es 
capaz de hacer. En lo tocante a l, no entiendes una mierda, 
no sabes hasta dnde puede llegar su saa y su falta de 
escrpulos...

-S...

-Qu coo vas a saber t! Le has abierto la puerta y lo has 
dejado entrar en nuestras vidas, no slo en la tuya. No me 
habra mirado dos veces si no estuviramos emparentadas. Si 
no hubiera sido por ti, nada de esto me habra ocurrido, y no 
habra tenido que hacer... -Mir angustiada a Dusty, que supo 
de inmediato que estaba pensando en los dos muertos de 
Nuevo Mxico- las cosas que he tenido que hacer.

Claudette no era mujer que se achicara ni ante la 
contundencia de un argumento ni ante los hechos que lo 
apoyaban.

-Oyndote cualquiera dira que el mundo gira a tu alrededor. 
Como dice la gente, estas mierdas ocurren. Estoy segura de 
que has odo cosas as en los crculos que frecuentas. Estas 
mierdas ocurren, "Martie". Nos ocurren a todos. Es mi casa la 
que han puesto patas arriba, por si no te habas dado cuenta.

-Pues ve acostumbrndote -replic Martie. Porque Abriman no 
se conformar con tan poco. Volver a mandar a alguien, y 
luego a otro, y a otros diez ms, gente desconocida y gente a 
quien conocemos y en quien confiamos de toda la vida, que 
nos cogern por sorpresa una y otra vez, y seguir 
mandndolos hasta que consiga matarnos a todos.

-No dices ms que una estupidez detrs de otra -farfull 
Claudette, furiosa.

-Basta! Callaos, callaos todos de una vez! grit Derek desde 
el vestbulo, de pie junto al cadver de Eric. Los vecinos no 
deben de estar en casa, porque nadie haba llamado a la 
polica hasta que lo he hecho yo. Antes de que lleguen los 
agentes, voy a deciros lo que vamos a hacer. Esta es mi casa, 
y haris lo que yo diga. He limpiado el arma. He vuelto a 
ponrsela en la mano. Dusty, Martie, si queris enfrentaros a 
nosotros, adelante, pero ateneos a las consecuencias: pienso 
hacer todo lo que pueda para hundiros. Decs que os ha 
quemado la casa? Le contar a la polica que jugis, que 
tenis deudas y que le pegasteis fuego para cobrar el seguro.

Perplejo ante tan grotesca amenaza pero en absoluto 
sorprendido, Dusty dijo:

-Por amor de Dios, Derek, qu bien nos va a hacer eso a 
ninguno?

-Servir para enturbiar las aguas -respondi Lampton-. Para 
confundir a la polica. Este individuo era el marido de tu 
amiga, Martie? Les dir que vino aqu a matar a Dusty porque 
se tiraba a su mujer.

-Estpido bastardo -le espet Martie-. Susan ha muerto. Ha...

Claudette se apunt al plan.

-Les diremos que Eric ha confesado haber matado a Susan 
antes de venir aqu, que la mat porque lo engaaba con 
Dusty. Os lo advierto a los dos, enturbiaremos las aguas 
hasta que la polica ni siquiera pueda ver a mi nio, por no 
hablar de acusarlo de asesinato, cuando no ha hecho otra 
cosa que salvarnos la vida.

Dusty no recordaba haber atravesado un espejo o haber sido 
absorbido por un tornado lleno de magia negra, pero no caba 
duda de que haba ido a parar a un mundo donde todo estaba 
patas arriba, donde las mentiras pasaban por verdades y las 
verdades eran ocultadas y pisoteadas.

-Venga, Claudette urgi Lampton a su mujer gesticulando 
para que bajara-. Venga, Derek. A la cocina. Rpido. Tenemos 
que hablar antes de que llegue la polica. Nuestras historias 
deben coincidir.

El chico sonri con sorna a Dusty y acompa a su madre 
escaleras abajo sin soltarse de su mano.

Dusty les dio la espalda y se dirigi hacia El Higo, que haba 
presenciado la trapatiesta desde el fondo del pasillo.

-Ummm -murmur Foster.

-A que ahora entiendes mejor a Skeet? -dijo Dusty.

-A ver.

-Y Valet? le pregunt Dusty, porque el animal era uno de sus 
vnculos con la realidad, su Tot* particular, y le recordaba 
que exista un mundo donde las malvadas brujas no eran 
reales.

* El perro de Dorothy, la protagonista del mago de Oz.

-En la cama -respondi El Higo sealando la puerta abierta 
del dormitorio principal.

El somier de la cama Sheraton estaba lo bastante separado 
del suelo para que Valet hubiera podido colarse debajo. Lo 
delataba la cola, que asomaba por debajo de la colcha.

Dusty dio la vuelta a la cama, se arrodill en el otro lado y 
levant la colcha.

-Hay sitio para m ah abajo?

Valet solt un gaido como invitndolo a entrar y darle un 
achuchn. Nos acabaran encontrando -le asegur Dusty. 
Anda, rubiales, sal de ah. Sal, que te voy a rascar la barriga.

Convencido a base de halagos, Valet se arrastr hasta campo 
abierto; pero estaba demasiado asustado para ponerse panza 
arriba ni ante una de las dos personas que ms confianza le 
inspiraban.

Martie los descubri, dio la vuelta a la cama y se sent con 
ellos en el suelo.

Estoy pensndome lo de tener familia. Puede que estemos 
mejor as: t, yo y Valet. -El perro pareca de la misma 
opinin-. Cuando venamos en el coche -aadi Martie-, crea 
que esta situacin no poda empeorar, y mranos ahora. Con 
el agua al cuello y hundindonos. Estoy aturdida, sabes? S 
lo que le ha pasado a Eric, pero todava no siento nada.

-Ya. A m me pasa lo mismo.

-Qu piensas hacer?

Dusty mene la cabeza.

-No lo s. Haga lo que haga, no servir de nada. Es decir, el 
chico va a convertirse en un hroe. verdad? Da igual lo que 
yo diga. O lo que digas t. Nunca he visto nada tan claro en 
mi vida. La verdad no sonar lo bastante verdadera para que 
la crean.

-Y qu pasa con Abriman?

-Tengo miedo, Martie.

-Yo tambin.

-Quin va a creernos? Ya nos habra costado lo nuestro que 
nos escucharan antes de... de esto. Pero ahora, con El 
Lagarto y Claudette decididos a inventarse historias 
abracadabrantes sobre nosotros para "enturbiar las aguas"... 
Si empezamos a largar sobre lavados de cerebro, suicidios 
inducidos, asesinos programados... lo nico que 
conseguiremos es que las mentiras que cuenten sobre 
nosotros suenen an ms crebles.

-Y si es cierto que Abriman o alguien enviado por l le ha 
prendido fuego a nuestra casa, parecer un incendio 
provocado. Qu coartada tenemos?

Dusty parpade sorprendido.

-Estbamos en Nuevo Mxico.

-Haciendo qu? Dusty abri la boca para contestar... pero la 
cerr sin decir palabra-. Si mencionamos Nuevo Mxico, 
tendremos que hablar de lo de Abriman. Y, s, hay algunos 
hechos slidos: todo lo que le ocurri a gente de all hace un 
montn de aos. Pero, cmo nos las arreglaramos para 
ocultar lo de... Zachary y Kevin?

Acariciaron a Valet en silencio durante unos instantes. Dusty 
fue el primero en hablar:

-Podra matarlo. Es decir, anoche me preguntaste si podra 
hacerlo, y contest que no lo saba. Pero ahora lo s.

-Yo tambin podra -dijo Martie.

-Si lo matramos, se acabara todo.

-Suponiendo que los del instituto no vengan por nosotros.

-Ya has odo a Abriman en su despacho esta maana. Lo 
nuestro no tiene nada que ver con el instituto. Es personal. Y 
ahora sabemos hasta qu punto.

-Si lo matas -dijo Martie-, pasars el resto de tu vida en la 
crcel. Tal vez.

-Seguro. Porque ningn juez aceptar una defensa del tipo: 
"Lo mat porque me estaba lavando el cerebro".

-Entonces me condenaran a pasar diez aos en un 
manicomio. Sera un poco mejor.

-No a menos que nos metieran a los dos en el mismo 
manicomio.

Valet levant la cabeza y los mir como queriendo decir: 
"Tres".

Oyeron correr a alguien por el pasillo, y Newton cruz la 
puerta del dormitorio en tromba, con las gafas torcidas y la 
cara ms roja que de costumbre.

-Skeet.

-Qu pasa con l? -pregunt Martie ponindose en pie de un 
salto.

-Se ha ido.

-Adnde?

-Abriman.

-Qu?

-La pistola.

Dusty tambin se haba levantado.

-Maldita sea, Higo, basta de telegramas. Explcate!

El Higo asinti y se explay:

-Le ha quitado la pistola al muerto. Y uno de los cargadores 
llenos. Y el Lexus. Dice que no estaris seguros hasta que lo 
arregle.

-Avisamos a la polica para que lo detengan? le pregunt 
Martie a Dusty.

-Avisarlos de que lleva una pistola ametralladora, ha robado 
un coche y est decidido a dispararle a un ciudadano famoso? 
Si lo hacemos, ya podemos darlo por muerto.

-Entonces, tenemos que adelantarnos a l dijo Martie- Foster, 
t qudate con Valet. En esta casa hay a quien le podra dar 
por matarlo por pura diversin.

-Yo tampoco me siento muy seguro -dijo El Higo.

-Saben los otros adnde ha ido Skeet?

-No. Ni siquiera saben que se ha ido.

-Les dices que se haba tomado unas pastillas y se ha puesto 
raro de repente. Que ha cogido la pistola y ha dicho que iba a 
Santa Brbara a darle un susto a un camello por venderle 
droga adulterada.

-Es impropio de Skeet. Demasiado macho.

-A Lampton le encantar. Por lo de enturbiar las aguas.

-Qu puede pasarme si le miento a la polica'

-A la polica no le digas ni una palabra. A eso no hay quien te 
gane.

-T cuntaselo a Lampton, y l har el resto. Y dile tambin 
que salimos en busca de Skeet. A Santa Brbara.

Martie y Dusty bajaron al vestbulo, pasaron junto al cadver 
y el aparador volcado y se dirigieron hacia la puerta principal, 
con Lampton y Claudette gritando a sus espaldas. Cuando 
salieron al porche, las sirenas de la polica se oan en la 
distancia.

Subieron al coche, salieron a la calle, tomaron la autopista en 
direccin sur y recorrieron ms de un kilmetro antes de ver 
el primer coche patrulla avanzando a toda velocidad hacia la 
casa de los Lampton.













Hasta el cuello y hundindose.

En su consulta del decimocuarto piso, el doctor trabajaba en 
su nuevo libro, para el que estaba puliendo una divertida 
ancdota sobre una paciente fbica cuyo miedo a la comida la 
haba hecho bajar de sesenta y cuatro a treinta y cuatro kilos, 
peso en el que se haba mantenido durante muchos das al 
borde de la muerte, hasta que Abriman descubri la clave de 
su trastorno y la cur con la rapidez que requera el caso. 
Desde luego, la historia en su conjunto no era divertida, sino 
ms bien siniestra y dramtica, justo el tipo de cosa que le 
asegurara una larga entrevista en Dafeline, acompaado por 
la agradecida paciente, cuando llegara la poca de la 
promocin; no obstante, contena momentos de autntico 
humor, e incluso uno desternillante.

El doctor no consegua concentrarse en la tarea con la 
intensidad de costumbre, porque la imaginacin se le iba 
constantemente a Malib. Tras calcular el tiempo que 
necesitara Eric para visitar el guarda muebles y conducir 
desde all hasta casa de los Lampton, lleg a la conclusin de 
que el primer disparo sonara hacia la una menos cuarto, no 
ms tarde de la una.

Tambin se distraa, aunque mucho menos, pensando en la 
keanfoba, que an no haba telefoneado. No estaba 
preocupado. Llamara pronto. Poca gente era tan fiable como 
los obsesivos y los fbicos.

Tena la Beretta 380 en la esquina inferior derecha del 
escritorio, al alcance de la mano.

No es que temiera que la keanfoba se descolgara desde el 
tejado y atravesara el ventanal de su nido de guilas 
empuando una ametralladora y lanzando granadas, pero 
prefera no subestimarla. A lo largo de los aos, las mujeres 
ms decididas que haba conocido vestan elegantes aunque 
conservadores trajes de punto St. John y zapatos Ferragamo. 
Muchas llevaban aos casadas con jefes de estudio y 
poderosos agentes mucho mayores que ellas. Tenan un aire 
tan patricio como cualquier matrona de Boston cuyo rbol 
genealgico hundiera las races bajo Plymouth Rock y eran 
refinadas y aristocrticas, pero capaces a pesar de todo de 
almorzarse el corazn del ms pintado, con una mousse de 
riones como acompaamiento y una copa del mejor Merlot.

Teniendo la posibilidad de encargar la comida a un 
delicatessen que crea en la razn de ser de la mayonesa, la 
mantequilla y la grasa animal en todas sus formas, el doctor 
opt por almorzar en su despacho. Comi con la bolsa azul, 
anudada e inodora, cerca del plato. Saber lo que contena no 
le quit el apetito, antes bien le sirvi de recordatorio de las 
condiciones en las que la polica encontrara el cuerpo de 
Derek Lampton.

A la una y cuarto, haba dado buena cuenta del almuerzo y 
limpiado el escritorio de platos y envoltorios, pero no haba 
reanudado la redaccin de la ancdota bulmica de su libro. 
Sobre la carpeta de cuero corintio con incrustaciones de 
imitacin de marfil, no haba ms objeto que la bolsa azul.

Por desgracia, no podra disfrutar en persona de la 
humillacin de Lampton y, a menos que alguno de los 
peridicos sensacionalistas ms vomitivos hiciera su trabajo 
como era debido, corra el riesgo de no ver ni una imagen 
decente. No acostumbraban publicar fotografas de crneos 
abiertos rebosantes de excrementos.

Afortunadamente, el doctor tena una imaginacin 
desbordante. Con la bolsa azul a un palmo de las narices 
como inspiracin, no tuvo la menor dificultad en 
representarse las imgenes mentales ms vvidas y 
entretenidas.

A la una y Media, supuso que Eric habra acabado de pegar 
tiros y estara enfrascado en sus prcticas de craneotoma, si 
es que no las haba acabado. Cuando cerraba los ojos, el 
doctor poda or el chiquichaque de la sierra craneal. Teniendo 
en cuenta el espesor del crneo de Lampton, haba obrado 
sabiamente instruyendo a Eric para que cogiera una hoja de 
repuesto. En caso de que los Lampton no tuvieran perro, 
confiaba en que la dieta alimenticia del asesor financiero 
incluyera cereales ricos en fibra en el desayuno.

Lo que ms senta era haber tenido que abandonar el plan 
original de la partida, segn el cual Martie, Dusty y Skeet 
habran torturado y asesinado a Claudette y los dos Derek. 
Antes de suicidarse, Skeet, Dusty y Martie habran escrito una 
larga declaracin acusando a Derek senior y su mujer de 
haber sometido a espeluznantes abusos fsicos a Dusty y 
Skeet cuando eran nios, y drogado y violado repetidamente 
a Martie y Susan Jagger, a quien Abriman quiz habra 
incluido en el grupo de los verdugos si no se hubiera pasado 
de lista con la cmara de video. La nmina de bajas habra 
ascendido a siete, ms servicio domstico y vecinos en su 
caso, lo que segn los clculos de Abriman era el mnimo 
necesario para atraer la atencin de los medios nacionales, 
aunque, dada la reputacin de Derek Lampton como gur de 
la autoayuda, las siete muertes habran recibido tanta 
cobertura como un zambombazo que hiciera volar por los 
aires a doscientos inocentes pero no incluyera entre sus 
vctimas a ninguna celebridad.

En fin, aunque el desenlace de la partida no sera tan brillante 
como le habra gustado, no le hara ascos a la victoria. Ya que 
no haba modo de apoderarse del cerebro de Derek Lampton, 
puede que hiciera envasar al vaco la bolsa azul para 
conservarla como trofeo simblico.

Aunque los procesos mentales de Skeet haban recobrado 
cierta claridad y eficacia tras dos das de abstinencia de las 
drogas, an no tena la agilidad intelectual necesaria para 
dirigir una central nuclear; de hecho, ni siquiera hubiera sido 
aconsejable confiarle que barriera sus instalaciones. 
Afortunadamente, el propio interesado era perfectamente 
consciente de su estado y tena intencin de meditar 
cuidadosamente cada paso de su ataque contra el doctor 
Abriman en el trayecto entre Malib y Newport Beach.

Adems, tena los nervios destrozados, se le saltaban las 
lgrimas y sollozaba cada dos por tres. Manejar un vehculo 
automvil con la visin borrosa es particularmente peligroso 
en la autopista del Pacfico durante la estacin lluviosa, pues 
las repentinas avalanchas de lodo y los desprendimientos de 
pedruscos del tamao de un trailer exigen de los conductores 
tener nervios de acero. Para colmo, el trfico de primera hora 
de la tarde en direccin sur circulaba a ciento treinta por 
hora, a despecho de la limitacin a cien, y un ataque de llanto 
a semejante velocidad poda tener consecuencias 
catastrficas.

El pecho y el vientre seguan dolindole a causa de los cuatro 
balazos absorbidos por el chaleco de kevlar. Senta fuertes 
calambres en el estmago, que no caba atribuir a los 
impactos, sino al miedo y la tensin. Tena jaqueca, como 
siempre que vea a su madre, incluso cuando no mora nadie 
atravesado por una saeta de ballesta durante la visita.

Pero mas que cualquier otro rgano, le dola el corazn. 
Martie y Dusty se haban quedado sin casa, y Skeet lo 
lamentaba como si hubiera ardido la suya. Martie y Dusty 
eran las mejores personas de este mundo y de cualquier otro. 
No se merecan tanta desgracia. Su preciosa casita devorada 
por las llamas, Susan muerta, Eric muerto, sus propias vidas 
pendientes de un hilo...

El corazn an le dola ms fuerte cuando se imaginaba recin 
nacido, y a su madre, su propia y hermosa madre, de pie 
junto a su cuna con un almohadn entre las manos. Al 
recordrselo Dusty, ella ni siquiera haba intentado negar que 
estuvo a punto de matarlo. Saba que como adulto era una 
autntica calamidad, que lo haba sido desde nio, pero ahora 
le pareca que tena que haber sido una calamidad en ciernes 
tan evidente desde el primer da que su propia madre se 
sinti justificada para asfixiarlo mientras dorma en la cuna.

No quera ser una calamidad. Quera hacer lo correcto, 
hacerlo bien, conseguir que su hermano, Dusty, se sintiera 
orgulloso de l, pero siempre acababa perdiendo el rumbo sin 
enterarse siquiera de que lo haba perdido. Adems, se daba 
perfecta cuenta de que haca sufrir a Dusty, y an se senta 
peor.

Con el pecho y el vientre doloridos, el estmago acalambrado, 
la cabeza a punto de estallarle, el corazn destrozado, la 
visin borrosa y el trfico a ciento treinta por hora para 
distraerlo, y preocupado adems porque haca aos que le 
haban retirado el permiso de conducir, lleg a Newport Beach 
y al aparcamiento de la fichada posterior del edificio donde el 
psiquiatra tena la consulta minutos despus de las tres de la 
tarde, sin haber meditado ni poco ni mucho ninguno de los 
pasos de su ataque contra el doctor Abriman.

Soy una calamidad total murmur.

Con lo calamidad que era, las probabilidades de que 
consiguiera atravesar el aparcamiento, subir al decimocuarto 
piso, entrar en la consulta de Abriman y liquidar a aquel 
bastardo eran demasiado escasas para molestarse en 
calcularlas. Como intentar contarle los pelos del culo a una 
pulga.

Pero haba algo positivo. Si, contra todo pronstico, consegua 
acabar con el psiquiatra, puede que no fuera a prisin para el 
resto de su vida, como les ocurrira a Dusty o Martie si alguno 
de los dos apretaba el gatillo. Teniendo en cuenta su brillante 
historial de rehabilitaciones, el medio metro de agoreras 
evaluaciones psiquitricas que haba cosechado a lo largo de 
los aos y sus antecedentes de docilidad patolgica ms que 
de violencia, lo ms probable era que acabara en un sanatorio 
mental, con la esperanza de un alta lejana, suponiendo que 
quedara algo a lo que darle el alta despus de otros quince 
aos de tratamientos con drogas.

Aunque la pistola ametralladora llevaba un cargador largo, 
consigui metrsela bajo el cinturn y ocultarla con el jersey. 
Afortunadamente, sola llevar jerseys holgados, aunque no 
tanto como aquel, que ya tena unos aos y le estaba dos 
tallas grande, debido a su constante prdida de peso.

Baj del Lexus sin olvidarse de coger las llaves. Si las dejaba 
en el encendido, alguien podra llevarse el coche y convertirlo 
en cmplice de robo mayor. Cuando su nombre apareciera en 
todos los peridicos y la gente viera su detencin por la tele, 
no quera que pensaran que era el tipo de persona que se 
dedicaba a afanar coches. No haba robado un centavo en su 
vida.

El cielo estaba despejado. El da era agradable. No haca 
viento. Gracias a Dios, porque tena la sensacin de que 
habra salido volando al menor soplo de brisa.

Anduvo arriba y abajo delante del coche, mirndose el jersey, 
inclinando la cabeza a uno y otro lado, tratando de percibir el 
bulto del arma desde distintos ngulos. Estaba bien oculta.

Cuando se haba decidido a entrar en el edificio y hacer lo que 
haba ido a hacer, volvieron a saltrsele las lgrimas, de 
modo que se las sec con las mangas del jersey y sigui 
andando arriba y abajo. En el vestbulo habra un guardia de 
seguridad. A Skeet no le caba duda de que un sujeto 
escuchimizado y macilento con los ojos llorosos y ropa dos 
tallas ms grande de la cuenta tena muchas probabilidades 
de levantar sospechas.

En la fila de delante, unas cuantas plazas al norte de donde 
haba aparcado el Lexus, una mujer se ape de un Rolls-
Royce y se qued inmvil mirndolo de hito en hito. Skeet 
tena los ojos lo bastante secos como para ver que era una 
seora rubia y atractiva, la mar de elegante en su traje rosa 
de punto, una mujer de xito y una ciudadana respetable a 
ojos vista. No pareca la tpica fresca que se quedara 
plantada mirando fijamente a un completo desconocido, as 
que dio por sentado que tena un aspecto tan sospechoso 
como si llevara un par de cananas cruzadas sobre el pecho y 
empuara un rifle de asalto.

Si la seora del traje rosa lo encontraba intranquilizador, lo 
ms probable era que el guardia de seguridad lo rociara con 
un espray irritante, le disparara un dardo paralizante y lo 
derribara de un cachiporrazo en cuanto pusiera el pie en el 
vestbulo. La iba a cagar, como de costumbre.

No poda soportar la idea de fallarles a Martie y Dusty, las 
nicas personas que lo haban tratado con cario, con 
autntico cario, en toda su vida. Si no poda hacer aquello 
por ellos, ms le vala sacarse el arma de debajo del jersey y 
pegarse un tiro en la cabeza sin ms dilacin.

Era tan incapaz de suicidarse como de robar. Sin embargo, 
haba saltado del tejado de los Sorenson el martes por la 
maana. Claro que, si no haba entendido mal, la idea ni 
siquiera haba sido suya.

Bajo el escrutinio de la seora de rosa, fingiendo no verla, 
tratando de parecer demasiado contento y satisfecho de la 
vida como para ser un pistolero loco, silbando "What a 
Wonderful World" porque fue lo primero que se le ocurri, 
atraves el aparcamiento en direccin al edificio y entr en l 
sin mirar atrs.

El doctor no estaba acostumbrado a que los dems le 
impusieran el horario, y la pachorra de la keanfoba estaba 
empezando a crisparle los nervios. No le caba duda de que 
acabara respondiendo a la fantasa del prfido ordenador con 
que la haba sugestionado; su obsesin no le dejaba otra 
alternativa. Pero, al parecer, la muy majadera no tena ni una 
pizca de consideracin y le importaba un comino hacer perder 
el tiempo al prjimo: tpico de una advenediza sin educacin.

Incapaz de concentrarse en escribir pero reacio a abandonar 
su consulta e irse a jugar, se content con componer haikus a 
partir de los humildes materiales que tena delante.

Mi bolsita azul. Mi Beretta, siete balas. Me cargo la caca?

Qu horror... Tres versos, s, y tcnicamente aceptable. No 
obstante, nunca haba visto un ejemplo ms palmario de por 
qu la excelencia tcnica no bastaba para explicar la 
inmortalidad de William Shakespeare.

Mi arma, siete balas. Mi insolente keanfoba. Bang, ham, ban.

Igual de horrible pero mas satisfactorio.

El guardia de seguridad, el doble de grande que Skeet y 
vestido con un uniforme que le iba como un guante, estaba 
sentado tras el mostrador de informacin. Enfrascado en la 
lectura de un libro, ni siquiera levant la vista.

Skeet recorri el directorio con la mirada para localizar la 
consulta de Abriman, fue hacia los ascensores, apret el 
botn de llamada y clav los ojos en las puertas. Supuso que 
el guardia, un profesional bien entrenado, adivinara de 
inmediato su presencia si lo miraba con inquietud.

Uno de los ascensores lleg enseguida. Tres viejecitas 
menudas y tres apuestos sijs tocados con turbantes 
abandonaron la caja; los dos grupos siguieron distintas 
direcciones.

El encuentro con las ancianas y los sijs acab de meterle el 
miedo en el cuerpo. Durante las pasadas treinta y seis horas, 
El Higo le haba demostrado la importancia de los nmeros 
tres y seis para comprender qu hacan los aliengenas en la 
Tierra; pues bien, all tena dos treses y un seis. No era un 
buen presagio.

Dos personas siguieron a Skeet al ascensor. Un mensajero de 
United Parcel Service empuj al interior una carretilla con tres 
paquetes. Tras l entr la seora del traje rosa.

Skeet haba pulsado el botn del piso decimocuarto. El 
empleado de UPS presion el del noveno. La seora de rosa, 
ninguno.

Nada ms entrar, Dusty vio a Skeet subiendo a un ascensor 
en el otro extremo del vestbulo. Martie tambin lo haba 
visto.

Estaba a punto de gritar el nombre de su hermano, cuando 
descubri al guardia tras el cercano mostrador de 
informacin. Slo les faltaba llamar la atencin del servicio de 
seguridad.

Apretaron el paso, pero no echaron a correr. Las puertas del 
ascensor se cerraron antes de que hubieran atravesado la 
mitad del vestbulo.

Haba otros tres ascensores, pero ninguno en la planta baja. 
Dos suban y dos bajaban. De stos, el ms cercano se 
encontraba en el quinto piso.

-Las escaleras? sugiri Martie.

No. Es el piso catorce. -Seal el tablero indicador. El 
ascensor del quinto piso haba descendido al cuarto. 
Tardaramos ms.

El mensajero baj en el piso noveno. Cuando volvieron a 
cerrarse las puertas, la seora de rosa apret el botn de 
stop.

-No est muerto dijo.

-Perdone?

-Anoche, en la playa, le dispararon cuatro veces en el pecho. 
Pero sigue vivo.

-Estaba usted all? -pregunt Skeet estupefacto.

-Lo sabe perfectamente.

-Le aseguro que no...Yo no la vi.

-Cmo es posible que siga vivo?

-Por el kevlar.

-Ya.

-Es la verdad. Seguamos a un hombre peligroso -dijo Skeet, 
temiendo que sus palabras sonaran poco convincentes y que 
la mujer creyera que trataba de impresionarla, no sin razn, 
porque en su atractiva presencia, Skeet senta removerse en 
su interior algo que llevaba mucho tiempo dormido.

-S que no fue ms que una farsa. Fue un montaje para 
confundirme.

-Nada de montaje. An tengo el pecho y la tripa sealados.

-Quien muere en la matriz -dijo la mujer- muere de verdad. 
Vaya, conque tambin a usted le gust esa pelcula?

-Muere de verdad... a menos que sea una mquina.

Aquella mujer estaba empezando a escamarlo, y acab de 
ponerlo nervioso al sacar una pistola del bolso blanco que 
llevaba colgado del hombro izquierdo. El arma llevaba 
acoplado lo que en las pelculas llamaban un silenciador, 
aunque Skeet saba que su nombre tcnico era "supresor de 
sonido".

-Qu lleva bajo el jersey? -le pregunt la mujer.

-Yo? Bajo el jersey? Nada.

-Y una mierda. Levntese el jersey muy, pero que muy 
despacio.

-Ya lo saba yo -murmur Skeet completamente 
desmoralizado, pues comprenda que estaba a punto de 
jorobarla una vez ms-. Es usted miembro del servicio de 
seguridad, no?

-Est usted de parte de Keanu o en su contra?

Skeet estaba seguro de no haber tomado drogas en los 
ltimos tres das, pero aquello se pareca un montn a alguna 
de las experiencias que le haban procurado sus memorables 
ccteles qumicos.

-Pues, ver... estoy de su parte cuando hace alguna virguera 
de ciencia ficcin, ya me entiende, pero en su contra cuando 
sale en bodrios como un paseo por las nubes.

-Qu hacen tanto rato parados en el noveno? -murmur 
Dusty sin quitar ojo al indicador del ascensor que haba 
cogido Skeet.

-Las escaleras? volvi a sugerir Martie.

Tras una pausa en el tercer piso. el ascensor que esperaban 
baj al segundo.

Con el ascensor puede que le cojamos la delantera.

La pistola ametralladora que acababa de quitarle no caba en 
el bolso. El extremo del largo cargador asomaba fuera, pero a 
ella no pareca importarle.

Sin dejar de apuntarle con su propia pistola, la mujer volvi a 
apretar el botn de stop y, acto seguido, el del piso 
decimocuarto. El ascensor se puso en marcha de inmediato.

-Crea que los supresores de sonido eran ilegales dijo Skeet.

-Y lo son

-Pero supongo que usted puede usarlo por ser de seguridad...

-Por ser de seguridad? Teniendo quinientos millones, puedo 
usar lo que me apetezca.

No haba forma de saber si lo que deca era mentira o verdad, 
pero Skeet supuso que daba igual.

Aunque la mujer le resultaba francamente atractiva, haba 
algo en sus ojos verdes, en su actitud o en ambas cosas que 
empezaba a asustarlo. Cuando, muy apropiadamente, 
pasaron de largo por el piso decimotercero, Skeet comprendi 
por qu le pona la carne de gallina: tena un aire vago pero 
inconfundible que le recordaba a su madre.

Al cabo de un instante, el ascensor se detuvo en el piso 
decimocuarto, y Skeet supo que sus minutos estaban 
contados.

Apenas se abrieron las puertas, Martie salt al interior de la 
caja y apret el "14".

Dusty entr tras ella y cerr el paso a otros dos hombres que 
se disponan a seguirlo.

Lo siento, es una emergencia -les dijo. Vamos directo al 
catorce.

Martie haba apretado el botn que cerraba las puertas 
Inmediatamente despus de pulsar el nmero del piso. 
Mantuvo el pulgar sobre el.

Uno de los hombres parpade sorprendido y el otro abri la 
boca para protestar, pero las puertas se cerraron sin dar 
tiempo a que se iniciara una discusin.

-Adnde vamos? -pregunt Skeet saliendo del ascensor en el 
piso decimocuarto.

-No se haga el idiota. Me saca de quicio. Sabe perfectamente 
adnde vamos .Y ahora, muvase.

Pareca querer que fuera hacia la izquierda, de modo que 
Skeet lo hizo, no slo porque le apuntaba con una pistola, 
sino tambin porque toda la vida haba ido a donde la gente le 
deca. Ella lo segua clavndole el supresor de sonido entre los 
riones.

En el largo pasillo enmoquetado no se oa una mosca. El techo 
insonorizado absorba sus voces. Las paredes no dejaban 
pasar ningn ruido. Tena la sensacin de que eran los dos 
ltimos seres humanos del planeta.

-Qu pasa si me paro aqu mismos -pregunt Skeet.

-Que le pegar un tiro aqu mismo -le asegur la mujer. Skeet 
sigui andando.

Iba leyendo los nombres grabados en las placas de latn a 
medida que pasaba ante las puertas de las oficinas que 
flanqueaban el pasillo. La mayora eran consultas de 
especialistas en esto o en aquello, pero haba dos abogados. 
Perfecto, se dijo. Si consegua sobrevivir a los prximos 
minutos, sin duda necesitara un puado de buenos mdicos y 
un abogado.

Llegaron ante una puerta cuya placa rezaba: DR. MARK 
ABRIMAN.

Bajo el nombre del psiquiatra. en letras ms pequeas, Skeet 
ley: "UNA EMPRESA

-Aqu? -pregunt.

-S -respondi la mujer.

Al tiempo que empujaba la puerta, la seora de rosa le 
dispar en la espalda. Si la pistola con silenciador hizo algn 
ruido, Skeet no lo oy, porque sinti un dolor tan instantneo 
y agudo que no habra odo a una banda de msica aunque 
hubiera pasado desfilando por el pasillo. Estaba exclusiva e 
intensamente concentrado en el dolor, y asombrado de que 
recibir un disparo pudiera hacer tanto dao cuando uno no 
llevaba chaleco de kevlar. No conforme con pegarle un tiro, la 
mujer le dio un fuerte empujn y lo lanz al interior de la sala 
de espera.

iBim!

El ordenador de Abriman anunci una llegada, y la pantalla 
ofreci la imagen de la cmara de seguridad de la sala de 
espera.

El doctor apart los ojos de la bolsa azul y, ms asombrado 
de lo que se haba sentido en aos, vio a Skeet 
abalanzndose hacia la sala al tiempo que la puerta exterior 
empezaba a cerrarse.

Una gran mancha de sangre cubra la parte delantera de su 
jersey amarillo, lo que no tena nada de extrao considerando 
que haba recibido cuatro disparos a bocajarro en el pecho y 
el vientre. Aunque la prenda poda ser la misma que llevaba 
el da anterior, el ngulo de la cmara no permita apreciar si 
haba cuatro agujeros de bala en el tejido ensangrentado. 
Skeet crisp las manos en el aire como intentando hallar un 
asidero, se tambale y cay de bruces sobre la moqueta.

El doctor haba odo historias sobre perros extraviados 
accidentalmente por sus dueos durante un viaje que 
recorran cientos e incluso miles de kilmetros por territorios 
inhspitos, bajo la lluvia, la nieve, el granizo y la chicharrina, 
a menudo con heridas en las patas y lesiones ms graves, y 
aparecan al cabo de las semanas ante la puerta de la casa 
familiar, para asombro y lagrimosa alegra de sus amos. Pero 
nunca haba odo ni una sola historia sobre un individuo con la 
barriga llena de plomo que abandonara la playa donde lo 
haban abatido, caminara unos diez o doce kilmetros en -el 
doctor consult su reloj- dieciocho horas por un rea 
densamente poblada, subiera catorce pisos en ascensor y 
entrara dando tumbos en la consulta del hombre que le haba 
disparado para sealarlo con un dedo acusador, de modo que 
no le caba duda de que aquel giro de los acontecimientos no 
era tan milagroso como pareca.

Usando el ratn, el doctor puls el icono de seguridad en 
forma de diminuta pistola. El detector de metales indicaba 
que Skeet no llevaba armas de fuego.

Tumbado en el suelo, el detective aficionado estaba fuera del 
radio de accin de los tubos Roentgen, de modo que era 
imposible radiografiarlo.

Jennifer haba abandonado la ventanilla de recepcin y 
permaneca de pie junto al cado. Pareca estar gritando, 
aunque Abriman no habra podido asegurar si el motivo era 
que la horrorizaba el estado del herido o que la vista de tanta 
sangre ofenda su sensibilidad vegetariana.

El doctor Activ el ancho. S, gritaba, aunque sus gritos eran 
tan bajos que mas bien parecan silbidos, como si fuera 
incapaz de aspirar el aire necesario para soltar un autntico 
alarido.

Mientras Jennifer hincaba una rodilla junto a Skeet en busca 
de signos vitales, Abriman puls el icono de la nariz para 
activar el analizador de olores. Cualquiera en su sano juicio 
habra descartado sin ms la posibilidad de que aquel 
individuo, con cuatro heridas de bala, hubiera hecho una 
pausa en su excursin de dieciocho horas para comprar 
explosivos, preparar una bomba y fijrsela al cuerpo. No 
obstante, recordndose a s mismo que la atencin a los 
detalles era fundamental, el doctor esper el veredicto del 
sistema. Negativo: ni rastro de explosivos.

Jennifer se puso en pie, ech a correr y desapareci de la 
imagen.

Sin duda, se dispona a telefonear a la polica y al servicio de 
urgencias.

El doctor la llam por el interfono:

-Jennifer?

-Doctor, Dios mo, hay...

-Si, lo s. Un herido. No llame a la polica ni a urgencias, 
Jennifer. Lo har yo. Ha comprendido?

-Pero, doctor, se est desangrando... Est...

-Clmese. Jennifer. No llame a nadie. Yo me ocupar de todo.

Skeet haba aparecido en la sala de espera haca apenas un 
minuto. El doctor calcul que dispona de otro, de dos como 
mucho, antes de que Jennifer se alarmara de su tardanza en 
pedir ayuda y decidiera actuar por su cuenta.

La pregunta que lo inquietaba y a la que necesitaba dar 
respuesta cuanto antes era la siguiente: si un hombre con 
cuatro heridas de bala graves poda aparecer dieciocho horas 
despus de recibirlas, por qu no dos?

A pesar de su desbordante imaginacin, el doctor fue incapaz 
de encontrar en su mente una imagen verosmil del malherido 
Skeet y de su malherido compinche tambalendose por la 
playa, cogidos del hombro, dndose mutuo apoyo, como un 
par de piratas borrachos volviendo al barco despus de un 
larga noche de jarana en tierra. Sin embargo, si uno haba 
aparecido, el otro tambin poda hacerlo, o permanecer al 
acecho con las peores intenciones.

La demora ms larga se produjo en el sexto piso. El ascensor 
se detuvo y las puertas se abrieron, a pesar de que Martie 
apret el botn de cierre.

Una mujer corpulenta de aspecto resuelto, con rizos gris 
hierro y cara de estibador travestido, se empe en subir por 
ms que Dusty le cerrara el paso alegando que se trataba de 
una emergencia.

-Qu emergencia? -La mujer puso un pie en la caja para 
accionar el mecanismo de seguridad y evitar que se cerraran 
las puertas por muy fuerte que Martie apretara el botn-. Yo 
no veo ninguna emergencia.

-Ataque al corazn. Piso catorce.

-Ustedes no son mdicos dijo la mujer mirndolos con 
suspicacia. 

-Es nuestro da libre.

Los mdicos no visten como ustedes ni en su da libre. 
Adems, yo voy al piso quince.

-Entonces entre, entre de una vez refunfu Dusty.

Cuando las puertas se cerraron con ella dentro y la cosa ya no 
tena remedio, la mujer apret el botn del piso doce y les 
lanz una mirada de triunfo.

Dusty estaba furioso.

-Mire, seora, quiero mucho a mi hermano, y le aseguro que 
como le ocurra algo remover cielo y tierra hasta encontrarla 
y le sacar las tripas como a un pez.

La mujer lo mir de arriba abajo con indisimulado desdn y 
replic:

-Quin, usted?

El doctor cogi la Beretta 380 del escritorio y se dirigi hacia 
la puerta, pero se detuvo al acordarse de la bolsa azul. Segua 
sobre la carpeta.

Ocurriera lo que ocurriese a partir de ese momento, la polica 
acabara acudiendo a la consulta. Si Skeet segua con vida, 
Abriman tena intencin de rematarlo antes de que llegaran 
los agentes. Cuando vieran un cadver tendido en el suelo en 
medio de un charco de sangre, a los polis se les ocurriran un 
montn de preguntas.

Como mnimo, querran echar un vistazo por la consulta. Si se 
olan algo raro, dejaran a un hombre de plantn mientras 
conseguan una orden de registro.

La ley no les permita examinar las historias de sus pacientes, 
de modo que al doctor le preocupaba poco lo que pudieran 
encontrar... a excepcin de la Beretta y la bolsa azul.

La pistola no estaba registrada; aunque no ira a la crcel por 
posesin ilegal, no quera darles motivos para que se 
interesaran por su persona. Su inters poda inducirlos a 
mantenerlo vigilado en los prximos das, lo que sera un 
autntico incordio.

La bolsa de excrementos caninos no era ilegal, pero s... 
peculiar. Decididamente peculiar. Si la encontraban sobre su 
escritorio, la inmediata sera preguntarle qu pintaba aquello 
en la consulta. El doctor era inteligente, pero as, a bote 
pronto, no se le ocurra ni una sola respuesta con un mnimo 
de lgica. Otro motivo de inters en su persona.

Volvi rpidamente al escritorio, abri uno de los cajones y 
guard la bolsa en el fondo. En ese instante, comprendi que 
si la cosa se pona fea y conseguan una orden de registro 
acabaran encontrando la bolsa en el interior del cajn, donde 
parecera tan fuera de lugar como estando a la vista. De 
hecho, en cualquier lugar de la consulta, incluida la papelera, 
llamara la atencin.

Todo aquel cmulo de consideraciones atraves la mente del 
doctor en cuestin de segundos, pues segua siendo tan vivo 
como en su poca de nio prodigio, aunque ahora tena bien 
presente que el tiempo era un loco que esparca polvo. 
Vamos, vamos...

Su intencin era deshacerse de la Beretta y de la sobaquera 
antes de que llegara la polica, de modo que poda hacer 
desaparecer la bolsa al mismo tiempo. Lo que implicaba que 
tena que llevarla encima.

Por diversas razones, entre las que su sentido de la dignidad 
personal contaba no poco, prefera que Jennifer no lo viera 
con la bolsa. Adems, sera un estorbo si tena que tratar con 
el colega de Skeet. Cmo lo haba llamado Dusty? El Higo. 
S. La bolsa sera un estorbo si El Higo lo estaba esperando y 
se pona pesado.

Vamos, vamos...

Empez a deslizar la bolsa en uno de los bolsillos interiores de 
su chaqueta, pero la idea de que reventara y echara a perder 
su elegante traje Zegna le resultaba demasiado horrible, de 
modo que opt por ocultarla en el interior de la sobaquera.

Orgulloso de su agilidad mental y seguro de que no haba 
olvidado ningn detalle que pudiera ponerlo en peligro, 
Abriman sali a la sala de espera empuando la Beretta 
contra el costado, oculta a los ojos de Jennifer.

La secretaria estaba de pie ante la puerta abierta de 
recepcin, con los ojos desorbitados y temblando como una 
hoja.

Se est desangrando, doctor, se est desangrando...

Cualquier idiota poda ver que Skeet se estaba desangrando. 
De hecho, no habra podido perder sangre a ese ritmo 
durante dieciocho horas y llegar hasta all.

El doctor hinc una rodilla junto al herido. Sin quitar ojo a la 
puerta de entrada, le tom el pulso. El dichoso drogata segua 
vivo, pero su ritmo cardiaco era poco prometedor. Rematarlo 
sera coser y cantar.

Primero, El Higo. O quien estuviera en el pasillo.

El doctor se acerc a la puerta, peg la oreja y escuch.

Nada.

Con cautela, abri la puerta y asom la cabeza.

Nadie.

Traspuso el umbral sin soltar la hoja de la puerta y mir a 
derecha e izquierda. Ni un alma en todo aquel tramo de 
pasillo.

Estaba claro que a Skeet no le haban disparado all; de lo 
contrario, la detonacin habra provocado la alarma general. 
Nadie se haba inmutado ni siquiera en la consulta del 
psiclogo infantil de enfrente, el doctor Moshlien, pelma 
insufrible y memo integral cuyas teoras sobre las causas de 
la violencia juvenil eran tan disparatadas como sus corbatas.

Puede que el misterio de la aparicin de Skeet quedara sin 
resolver y le quitara el sueo durante ms de una noche. En 
cualquier caso, lo importante ahora era hacer limpieza.

No le quedaba ms remedio que volver a la sala de espera y 
pedir a Jennifer que llamara a la polica y a urgencias. 
Mientras la secretaria estaba al telfono, l se agachara junto 
a Skeet, en apariencia para auxiliarlo en la medida de sus 
posibilidades, pero en realidad para taparle la boca y 
apretarle la nariz durante cosa de minuto y medio, tiempo 
que debera bastar para acabar con l teniendo en cuenta la 
gravedad de su estado.

Acto seguido, volvera al pasillo e ira directamente a un 
cuarto de servicio cercano que poda abrir con la llave de su 
consulta. Una vez dentro, escondera la sobaquera, la pistola 
y la bolsa azul tras las pilas de material de repuesto para los 
lavabos. Podra recuperarlos ms tarde, cuando se fuera la 
polica.

"Desafa a las fauces del tiempo."

Vamos, vamos...

Al volverse para entrar en la consulta, advirti que no haba ni 
una sola mancha de sangre en la moqueta del pasillo, que 
habra debido estar empapada si Skeet haba caminado sobre 
ella sangrando como sangraba en la sala de espera. En el 
mismo instante en que su rauda mente de jugador 
comprenda el significado de aquel curioso detalle, oy abrirse 
la puerta de Moshlien a sus espaldas y se prepar para el 
habitual "Hombre, Abriman, tiene un momento?" y el 
torrente de memeces que lo seguira.

No le dirigieron palabras, sino balas. El doctor no las oy, 
pero desde luego sinti al menos tres, que lo alcanzaron entre 
los riones y ascendieron en diagonal hacia su hombro 
derecho.

Con menos estilo del que le habra gustado exhibir, entr 
trastabillando en la sala de espera. Cay de bruces sobre 
Skeet. Se apart del maldito drogata con repugnancia. Rod 
en el suelo hasta quedar boca arriba, mirando hacia la puerta.

De pie en el umbral, aguantando la hoja con el cuerpo, la 
keanfoba lo encaonaba con una pistola con silenciador que 
empuaba con ambas manos.

-Usted es una de las mquinas -dijo-. Por eso no me prestaba 
atencin durante las sesiones. A las mquinas les traen sin 
cuidado las personas de carne y hueso como yo.

Abriman reconoci en sus ojos un brillo espantoso que le 
haba pasado inadvertido hasta ese momento: aquella mujer 
era una de las "enteradas", una de aquellas chicas que lean 
en su interior a pesar de sus disfraces y sus artimaas, que se 
permitan escarnecerlo lanzndole miraditas burlonas y 
esbozando sonrisillas satisfechas en cuanto volva la espalda, 
que saban algo desternillante sobre l que l mismo 
ignoraba. Desde que cumpli los quince, las enteradas haban 
sido incapaces de atravesar su atractiva fachada, y l haba 
dejado de temerlas. Y ahora, aquello.

Trat de levantar la Beretta y responder al fuego, pero 
descubri que estaba paralizado.

La mujer le apunt a la cara.

Era realidad y fantasa, verdad y mentira, un motivo de 
regocijo, pero mortalmente seria, todas las cosas de este 
mundo para todo el mundo y un misterio para s misma, la 
persona quintaesencial de su tiempo. Era una nueva rica sin 
cerebro casada con un hombre aburrido como l solo, pero 
tambin era Diana, la diosa de la luna y de la caza, en cuya 
lanza de bronce se haba empalado Minette Luckland en 
aquella mansin neo-clsica de Scottsdale, no sin antes matar 
a su padre con una pistola y a su madre con un martillo.

Qu divertido haba sido aquello, y qu poco divertido era 
esto.

Mi Diana rica. llvame a la luna. Bailemos entre estrellas. 
Empalagoso. Sentimentaloide. Manido. Indigno.

Mi diana rica. te odio, te odio. te odio.Te odio...

-Hazlo -dijo el doctor.

La diosa le vaci el cargador en la cara, y el fantasma de 
ptalos marchitos del doctor se deshizo en luna y flores. Y 
fuego.

Cuando abandonaron el descansillo de los ascensores, Martie 
vio a una mujer ante la puerta de la sala de espera de 
Abriman, cerca del final del pasillo. Era la desconocida del 
traje Chanel rosa que haba subido al ascensor detrs de 
Skeet, en el vestbulo. La mujer dio un paso adelante y 
desapareci en el interior de la consulta.

Mientras corra por el pasillo con Dusty pisndole los talones, 
Martie pens en Nuevo Mxico, tierra encantada, y en dos 
cadveres en el fondo de un viejo pozo indio. En la pureza de 
la nieve, y en toda la sangre que cubra. Pens en el rostro de 
Claudette, y en su corazn. En la belleza de los haikus, y en 
el uso atroz que se haba hecho de ellos. En la lozana de las 
copas de los rboles, y en las araas rompiendo sus 
cascarones en los bucles de las hojas. En cosas visibles e 
invisibles. Reveladas y ocultas. En aquel destello rosa, rosa 
como un beb, rosa como las flores del cerezo, pero con algo 
siniestro, de rosa envenenada.

Todos sus temores se convirtieron en realidades 
escalofriantemente exactas cuando empuj la puerta, entr 
en la sala de espera del doctor Abriman y vio los dos cuerpos 
tendidos sobre charcos de sangre.

Abriman yaca cara arriba, pero sin cara: tenues y hediondas 
volutas ascendan de su pelo chamuscado, espantosos 
crteres perforaban la carne de su rostro, sus pmulos 
estaban hundidos, sus ojos eran dos charcas rojas y su boca, 
unida a la mejilla agujereada, esbozaba una amplia sonrisa.

Boca abajo, Skeet tena un aspecto menos terrible, pero ms 
real. Rodeado por su propio lago rojo, su esculido cuerpo 
pareca flotar en la sangre como si slo fuera un rebujo de 
harapos.

Verlo en aquel estado la conmocion ms profundamente de 
lo que habra podido imaginar. Skeet el dbil, el nio 
perpetuo, tan serio pero tan aptico, tan autodestructivo, 
empeado da y noche en hacer consigo mismo lo que su 
madre no haba conseguido con un almohadn. Martie lo 
quera, pero hasta ese momento ignoraba cunto y por qu. A 
pesar de todos sus defectos, Skeet era un pedazo de pan y, 
como su extraordinario hermano, tena un corazn que no le 
caba en el pecho. En un mundo en el que los corazones 
grandes escaseaban ms que los diamantes, el chico era una 
joya defectuosa, pero joya al fin. Martie no habra podido 
soportar inclinarse sobre el, tocarlo y descubrir que era 
adems una joya rota e irreparable.

Indiferente a la sangre, Dusty cay de rodillas junto a su 
hermano, le acarici el rostro, le toc los prpados cerrados, 
le palp un lado del cuello con la voz desgarrada como Martie 
nunca se la haba odo, grit:

-Por amor de Dios, una ambulancia! Que alguien llame a 
una ambulancia, deprisa!

Jennifer apareci en la puerta de recepcin.

-Ya he llamado. Est en cansino. Llegar enseguida.

La mujer de rosa permaneca de pie de espaldas a la 
ventanilla de recepcin, sobre cuya repisa haba depositado 
dos armas, una de las cuales era la pistola ametralladora que 
Skeet haba retirado del cadver de Eric.

-Jennifer, no le parece que convendra guardarlas en algn 
sitio hasta que llegue la polica? ya ha llamado a la polica?

-S, tambin est en camino.

Recelosa, Jennifer entr en recepcin, sac la mano por la 
ventanilla, se apoder de las armas y las dej sobre su 
escritorio.

Fuera porque Skeet agonizaba, o porque el espantoso rostro 
de Abriman y la sangre, que pareca llenarlo todo, la 
ofuscaban, Martie no consegua pensar con la claridad 
necesaria para entender lo que acababa de ocurrir all. Le 
haba disparado Skeet a Abriman? Abriman a Skeet? Quin 
haba disparado primero, y cuntas veces? La posicin de los 
cuerpos echaba por tierra todas sus conjeturas. Y la extraa 
calma de la mujer de rosa, que se comportaba como si 
presenciara batallas campales a diario, pareca indicar que 
haba desempeado algn misterioso papel en la tragedia.

La desconocida se retir a un rincn al que an no haba 
llegado la sangre, sac un telfono mvil de su bolso e hizo 
una llamada.

An lejos pero acercndose, distorsionados por la distancia y 
la topografa, los aullidos de las sirenas sonaban 
estremecedora y curiosamente prehistricos, orgnicos ms 
que mecnicos, como berridos de pterodctilo.

Jennifer corri a la puerta de entrada, la abri y coloc una 
pequea cua de goma bajo la hoja para evitar que volviera a 
cerrarse. A continuacin, se dirigi a Martie:

-Aydenle a llevar esas sillas al final del pasillo, para dejar 
espacio libre a los enfermeros.

Martie se alegr de tener algo en que ocuparse. Se senta 
como si estuviera en el movedizo borde de un precipicio. 
Ayudar a Jennifer le permiti alejarse del abismo.

La mujer de rosa se apart el mvil de la boca para hacer un 
cumplido a Jennifer:

-Es usted muy eficiente, joven.

La secretaria la mir asustada.

-Gra... gracias.

Cuando acabaron de trasladar al extremo ms cercano del 
pasillo todas las sillas y las mesitas, los aullidos de las sirenas 
haban cesado. La ayuda deba de estar ya en los ascensores.

La mujer de rosa segua hablando por telfono:

-Quieres dejar de parlotear, Kenneth? Para ser un abogado 
tan caro, piensas con el culo. Necesitar al mejor criminalista, 
y lo necesitar enseguida. As que controla esos nervios y 
consguemelo.

La mujer cort la comunicacin y sonri a Martie. A 
continuacin, sac una tarjeta de su bolso y se la tendi a 
Jennifer.

-Imagino que ahora tendr que buscarse otro trabajo. Una 
joven tan competente como usted me sera muy til.

Jennifer dud un instante, pero acab cogiendo la tarjeta.

Arrodillado en medio de la sangre, su extraordinario marido le 
apartaba el pelo del rostro a Skeet una y otra vez, sin dejar 
de susurrarle. aunque nada indicaba que el chico pudiera 
orle. Le hablaba de los viejos tiempos, de cosas que haban 
hecho de nios, bromas que haban gastado juntos, 
descubrimientos que haban compartido, escapadas que 
haban planeado, sueos que haban acariciado.

Martie oy a gente corriendo por el pasillo y, aunque slo por 
un instante, al reconocer el ruido de las pesadas botas de los 
paramdicos del departamento de bomberos, tuvo la absurda 
y maravillosa sensacin de que cuando cruzaran la puerta 
abierta uno de ellos sera Bob El Risueo.












Como surgido del caos, un caos an mayor, aunque 
momentneo. Demasiados rostros desconocidos y demasiadas 
voces hablando a la vez, enfermeros y policas que 
negociaban, rpida pero ruidosamente, los lmites 
jurisdiccionales entre los vivos y los muertos. Si las rdenes 
hubieran sido barras de pan y los aspavientos, peces, no 
habra hecho falta ningn milagro para dar de comer a las 
multitudes.

La confusin de Martie no hizo sino aumentar ante la 
sobrecogedora noticia de que la mujer del traje Chanel rosa 
haba disparado tanto a Abriman como a Skeet. Admiti los 
hechos, pidi que la arrestaran y se neg a dar ms detalles, 
aunque se quej del persistente tufo que soltaba el pelo 
quemado del doctor.

Sobre una camilla con ruedas, sin vida a los ojos de un lego, 
Skeet recibi las atenciones de cuatro enfermeros cuyos 
inmaculados uniformes, extraamente resplandecientes bajo 
las luces de los plafones del pasillo, les daban aspecto de 
defensas de ftbol que hubieran ido al Cielo y regresado ex 
profeso vestidos con aquella versin moderna de las tnicas 
de los ngeles. Uno corriendo delante para bloquear el 
ascensor, otro tirando de la camilla, otro empujndola y el 
ltimo trotando al lado y sosteniendo en alto una botella de 
suero, se llevaron a Skeet tan rpida y silenciosamente que 
Martie tuvo la impresin de que las ruedas y los pies, ms 
que tocarlo, sobrevolaban el suelo del largo pasillo, como si 
en vez de trasladar a un herido al hospital escoltaran a un 
alma inmortal en un viaje mucho ms largo.

Exculpado por Jennifer y por la escueta confesin de la mujer 
de rosa-, Dusty obtuvo permiso de la polica para acompaar 
a su hermano. Cogi a Martie por los hombros, la atrajo hacia 
s la abraz con fuerza durante unos instantes; luego, la beso 
y ech a correr detrs de la camilla.

Martie lo sigui con la mirada hasta que dobl la esquina del 
descansillo de los ascensores; al apartar los ojos, vio que las 
manos de su marido le haban dejado tenues marcas de 
sangre en el jersey. Temblando incontrolablemente, cruz los 
brazos sobre el pecho y pos las manos en las 
estremecedoras huellas rojas, como si tocarlas le permitiera 
acompaar a Dusty y Skeet en espritu, darles fuerzas y 
recibirlas de ellos.

Martie hubo de permanecer en el escenario de los hechos. 
Aunque demasiado tarde, la polica de Malib se haba puesto 
en contacto con la de Newport, lo que haba permitido 
relacionar el tiroteo con la muerte de Eric Jagger e identificar 
a Martie y Dusty como testigos materiales seguros en un caso 
y probables en el otro. Un detective iba camino del hospital 
para entrevistarse con Dusty en la sala de espera, pero la 
polica prefera llevar a cabo el interrogatorio inicial de al 
menos uno de los dos en el lugar de autos y cuanto antes.

El fotgrafo de la polica, los tcnicos de la Divisin de 
Investigacin Cientfica, los representantes del juez de 
instruccin y los detectives, echando pestes de la 
contaminacin de la escena del crimen como un solo hombre, 
se afanaban en recoger pruebas, a pesar de la confesin de la 
seora de rosa, porque siempre caba la posibilidad de que 
decidiera retractarse o alegar intimidacin policial.

Jennifer contest a las preguntas sentada ante su escritorio, 
pero Martie hubo de acompaar a dos detectives, corteses y 
afables por dems, al despacho de Abriman. Uno se sent en 
el sof, a su lado, mientras que el otro ocup un silln frente 
a ellos.

Era extrao verse de nuevo en la jungla de caobas de sus 
pesadillas, donde el Hombre de Hojarasca ejerca su dominio. 
Segua sintiendo su presencia, a pesar de saberlo muerto. 
Cruz los brazos y, con la mano izquierda en el hombro 
derecho y la derecha en el izquierdo, apret los dedos contra 
las marcas rojas de los de Dusty.

Los detectives lo advirtieron y le preguntaron si quera lavarse 
las manos. No lo entendan. Se limit a negar con la cabeza.

Luego, como las hojas muertas tradas de poniente por el 
viento del haiku, las palabras brotaron de sus labios en una 
larga retahla. No call ningn detalle, por fantstico o 
inverosmil que fuera, pero, cuando les habl de Santa Fe, de 
los Glyson y de la familia Pastore, no mencion el encuentro 
con Zachary y Kevin cierta noche de nevada.

Esperaba incredulidad, y obtuvo incredulidad en boquiabierta 
y cejijunta abundancia, aunque a la luz de los recientes 
acontecimientos su relato mereci al menos el beneficio de la 
duda.

Enterado de lo ocurrido por uno de los primeros avances 
radiofnicos, Roy Closterman haba acudido a la escena del 
crimen desde su consulta, situada a pocos kilmetros. Martie 
supo que estaba en el pasillo hablando con la polica cuando 
uno de sus interrogadores tuvo que ausentarse 
momentneamente y regres lo bastante impresionado para 
revelar que el mdico lo estaba corroborando todo.

Quedaba la cuestin de la Beretta hallada en manos del 
cadver de Abriman, que no la haba disparado durante el 
tiroteo. Una rpida consulta por ordenador del registro de 
armas de fuego personales confirm que el psiquiatra no 
haba adquirido ni aquella pistola ni ninguna otra. Tampoco 
dispona de licencia para llevar armas en el condado de 
Orange. Ambos descubrimientos daaban sensiblemente su 
imagen de ciudadano modelo y respetuoso con la ley.

Puede que lo que acabara convenciendo a los policas de que 
aquel era un caso poco comn, incluso en la crnica negra del 
sur de California, fuera el descubrimiento de una bolsa de 
heces en la elegante sobaquera de artesana del doctor. El 
mismsimo Sherlock Holmes se las habra visto y deseado 
para dar una explicacin lgica a tan asombroso hallazgo, que 
pareca adscribir a Abriman al limbo de los fetichistas 
inclasificables. La bolsa azul fue embolsada, etiquetada y 
enviada al laboratorio, mientras los agentes apostaban entre 
s sobre el sexo y la especie de la misteriosa persona o 
criatura que haba producido la muestra.

Martie no se senta en condiciones de coger el coche, pero 
una vez al volante condujo tan bien como siempre, 
directamente al hospital. No se lav las manos hasta que 
encontr a Dusty en la UCI y supo que Skeet haba 
sobrevivido a una intervencin de tres horas. Estaba 
inconsciente y en estado crtico, pero resista.

A pesar de ello, una vez en el aseo de seoras, a Martie le 
entr el pnico, y dej de restregarse las manos, temiendo 
que si borraba aquel vnculo de sangre con Skeet sera 
incapaz de comunicarle espiritualmente la fuerza que tanto 
necesitaba. Aquel ataque de histeria supersticiosa la dej 
sorprendida. No obstante, despus de haber sobrevivido a un 
encuentro con el demonio, puede que tuviera razones para 
ser supersticiosa. Se record a s misma que el demonio haba 
muerto y acab de lavarse las manos.

Pasadas las once, ms de siete horas despus de su ingreso 
en el hospital, Skeet volvi en s, lcido pero dbil. Les 
permitieron verlo, aunque slo durante dos o tres minutos. La 
visita bast para decir lo necesario, que en una UCI es 
siempre lo mismo, las mismas palabras sencillas que todos los 
familiares acuden a decir a todos los pacientes, la misma 
frase escueta, que importa ms que todas las explicaciones 
de los mdicos: "Te quiero".

Pasaron la noche en casa de la madre de Martie, que les sirvi 
pan casero y sopa juliana casera, y cuando volvieron al 
hospital la maana del sbado el estado de Skeet haba 
pasado de crtico a grave.

Las dimensiones que habra de alcanzar la historia en los 
medios de comunicacin nacionales quedaron apuntadas por 
el hecho de que dos equipos de televisin y tres periodistas 
grficos haban acampado ya delante del hospital y esperaban 
la llegada de Martie y Dusty.

Tras obtener la correspondiente orden judicial, la polica 
necesit tres das para llevar a cabo un registro exhaustivo de 
la inmensa vivienda de Mark Abriman. En un principio, el 
nico descubrimiento extrao fue la enorme coleccin de 
juguetes del doctor; a mitad de la primera jornada, la 
investigacin pareca condenada al fracaso.

La laberntica residencia contaba con un complejo sistema de 
automatizacin. Los especialistas informticos consiguieron 
descifrar el cdigo secreto, que hasta entonces impeda que 
nadie aparte de Abriman dispusiera de acceso ilimitado a 
todos los dispositivos del sistema. No tardaron en descubrir la 
existencia de seis cajas fuertes de diversos tamaos.

Una vez decodificadas las combinaciones, pudo comprobarse 
que la primera caja, instalada en el estudio forrado de 
sicmoro, slo contena documentos financieros.

La segunda, situada en la sala de estar de la suite principal, 
era mayor y guardaba cinco pistolas, dos pistolas 
ametralladoras completamente automticas y una carabina 
Uzi. Ninguna estaba registrada a nombre de Mark Abriman, ni 
pudo ser relacionada con ningn comerciante con licencia 
para vender armas.

La tercera era una pequea caja ingeniosamente disimulada 
en la chimenea del dormitorio principal. En su interior, la 
polica descubri un arma ms, un Taurus PT-111 Millennium 
de diez disparos, que tena el cargador vaco y pareca haber 
sido usada recientemente.

Mayor inters, tanto para los criminlogos como para los 
cinfilos, ofreca el segundo objeto custodiado en aquella 
caja: una jarra sellada al vaco que contena dos ojos 
humanos conservados en un fijador qumico. En la etiqueta 
encolada a la tapa se lea un haiku caligrafiado con esmero:

Los ojos de pap, rey de las lgrimas. Yo prefiero rer.

La ventolera meditica se convirti en vendaval meditico.

Martie y Dusty tuvieron que abandonar la casa de Sabrina, 
que sigui bajo el asedio de los periodistas durante das.

Al tercer da, la polica encontr una coleccin de cintas de 
video guardada en una cmara que no figuraba en la lista de 
cajas fuertes del ordenador de la casa. Un contratista se haba 
presentado para informar de que el doctor Abriman le haba 
encargado la pequea obra poco despus de adquirir la 
propiedad. Los videos contenan los recuerdos ms preciados 
del doctor, el registro de sus juegos ms peligrosos, e incluan 
la cinta grabada por Susan utilizando una cmara oculta en la 
maceta del bonsai de su dormitorio.

El vendaval meditico se convirti en huracn meditico.

Ned Motherwell cuidaba del negocio, mientras Martie y Dusty 
vivan sucesivamente con una serie de amigos, siempre un 
paso por delante de los micrfonos y las cmaras.

La nica historia que desplaz al sangriento sainete de 
Abriman de la cabecera de los noticiarios nocturnos fue el 
demencial atentado contra el presidente de los Estados 
Unidos en una fiesta para recaudar fondos celebrada en Bel 
Air y la subsiguiente muerte del celebrrimo asaltante, 
acribillado a balazos por los colricos agentes del Servicio 
Secreto que no estaban ocupados recuperando y preservando 
la augusta nariz. En veinticuatro horas, tiempo que bast para 
descubrir que la superestrella no slo conoca a Mark 
Abriman, sino que acababa de ser dada de alta de una clnica 
de rehabilitacin de la que el psiquiatra era copropietario, el 
huracn meditico se convirti en la tormenta del siglo.

Tras la tormenta vino la calma, porque, dada la extraa 
naturaleza de estos tiempos, cualquier atrocidad, por inaudita 
y horrible que parezca, siempre acaba arrumbada por otra 
an ms novedosa y extremecedora.

A finales de primavera, Skeet acab la rehabilitacin fsica y 
cogi peso como no lo haba cogido en aos. La seora de 
rosa, sin que mediara amenaza o pleito, le leg la suma de un 
milln setecientos cincuenta mil dlares, tras impuestos, y 
Skeet, con la salud recobrada, decidi colgar la brocha 
durante unos meses para viajar y hacer planes.

De comn acuerdo, Skeet y Foster Newton el Higo, haban 
trazado un itinerario que los llevara primero a Koswell,* 
Nuevo Mxico, y a continuacin a otros puntos de inters en 
la ruta habitual de los ovnis. Ahora que le haban devuelto el 
permiso de conducir, Skeet podra turnarse con El Higo al 
volante de su flamante roulotte.

La seora de rosa, que afirmaba haber sido programada por 
Mark Abriman y sometida a todo tipo de abusos sexuales, 
aleg legtima defensa. Skeet, asegur, haba tenido la 
desgracia de cruzarse en la trayectoria de su primer disparo. 
Tras tumultuoso debate en el despacho del fiscal del distrito, 
fue acusada de homicidio impremeditado y liberada bajo 
fianza. A comienzos de verano, quienes conocan el pao 
apostaban que nunca ira a juicio. Y en caso de que llegara a 
comparecer ante el tribunal, qu jurado de sus 
conciudadanos la encontrara culpable tras su conmovedora 
aparicin en la tertulia de todas las tertulias, a cuyo final 
Oprah la haba abrazado diciendo: "Es usted un ejemplo, 
seora", unen-tras toda la audiencia lloraba a moco tendido?

Derek Lampton hijo fue un hroe durante una semana y 
apareci en las noticias nacionales, haciendo demostraciones 
de tiro con arco. Cuando le preguntaron qu le gustara ser de 
mayor, Junior respondi que astronauta, lo que a nadie le 
pareci infantil, pues era un estudiante de sobresalientes con 
especiales aptitudes para las ciencias y ya estaba 
preparndose para convertirse en piloto.

Hacia mediados de verano, el Instituto Bellon-Blackland de 
Santa Fe haba sido exculpado de cualquier relacin con los 
criminales experimentos de control mental de Mark Abriman. 
La sospecha de que el psiquiatra haba trabajado en el 
instituto o haba colaborado de algn modo con sus miembros 
qued refutada ms all de toda duda razonable. "El doctor 
Abriman era un socipata -declar el director del instituto- y 
un narcisista pattico, un peso ligero de la Psiquiatra que 
pretenda legitimarse alegando algn vnculo con esta 
prestigiosa institucin y sus extraordinarios esfuerzos en pro 
de la paz mundial." Aunque la ndole de las investigaciones 
del instituto fue descrita de diversos modos por los medios de 
comunicacin, desde el The New York Times hasta el National 
Enquirer, ningn reportaje consigui hacerla comprensible.

Martie cancel su contrato para disear un nuevo videojuego 
basado en El Seor de los Anillos. Segua gustndole Tolkien, 
pero senta la necesidad de hacer algo real. Dusty le ofreci 
trabajo pintando casas, y ella lo acept temporalmente. Era 
una tarea lo bastante real como para producirle unas 
agradables agujetas, y la ayudaba a pensar.

El reimplante de la nariz presidencial fue un xito.

Ned Motherwell vendi tres haikus a una revista literaria. Los 
dos billetes de lotera no salieron premiados.

Durante el verano, Martie y Dusty visitaron tres cementerios, 
en los que Valet se lo pas en grande investigando entre las 
lpidas. En la primera ocasin, llevaron flores a la tumba de 
Bob El Risueo. En la segunda, a las de Susan y Eric Jagger. 
En la tercera, a la de Dominique, la hermanastra que Dusty 
no haba llegado a conocer.

Claudette asegur haber perdido la nica foto que le haban 
hecho a su primera hija. Puede que fuera cierto. O puede que 
no quisiera que la conservara Dusty.

Cada vez que Dusty describa la carita dulce e inocente de 
Dominique tal como la recordaba de la fotografa, Martie se 
preguntaba si la nia, de haber vivido, habra conseguido 
redimir a su madre. La necesidad de proporcionar cuidados y 
proteccin a alguien tan indefenso podra haber transformado 
a Claudette, que tal vez habra aprendido el significado de la 
compasin y la humildad. Aunque costaba imaginar que una 
criatura con el sndrome de Down, nacida de la desatinada 
unin de Abriman con la madre de Dusty, fuera una bendicin 
encubierta, el universo era prdigo en azares an ms 
extraos que, considerados con calma, parecan llenos de 
sentido.

A finales de julio, en su centsima semana en la lista de no 
ficcin de, Aprenda a quererse haba ascendido al puesto 
nmero cinco.

A principios de agosto, Skeet y El Higo llamaron desde Oregon 
para comunicar que le haban hecho una foto a Big Foot y la 
haban enviado por correo urgente.

La fotografa era borrosa pero fascinante.

Hacia finales de verano, Martie decidi acatar la ltima 
voluntad de Susan Jagger. Una vez liquidados los bienes, 
incluida la casa de la Pennsula de Balboa, la herencia 
ascenda a una suma respetable. Al principio. Martie no haba 
querido aceptar un centavo, porque le pareca dinero 
manchado de sangre. Ms tarde, comprendi que podra 
usarlo para cumplir el sueo que haba acariciado de nia, 
para retroceder en el tiempo hasta el punto del camino de la 
vida en el que haba elegido el desvo equivocado. Susan ya 
no tendra la posibilidad de volver atrs y convertirse en la 
violinista que siempre haba querido ser, as que a Martie le 
pareci justo que aquel regalo nacido de la muerte sirviera 
para devolver una vida a su autntico cauce.

Como Martie era una alumna aplicada, no hubo que esperar 
muchos aos para celebrar su licenciatura en la facultad de 
Veterinaria la casi simultnea apertura de su clnica para 
animales y hogar de acogida para perros y gatos maltratados. 
No quedaba gran cosa de la herencia, pero tampoco haca 
falta. Con un poco de suerte, la clnica cubrira los gastos del 
hogar de acogida y dara suficientes beneficios para que 
Martie pu-diera contribuir a la economa domstica con tanto 
como lo que ganaba Dusty pintando casas.

La fiesta se celebr en su casa de Corona Del Mar, que haba 
sido re-construida haca aos sobre las cenizas de la anterior. 
El nuevo edificio era idntico al viejo hasta el ltimo detalle, 
incluida la pintura, que Sabrina, mucho ms suave que 
antao, segua considerando demasiado alegre.

Skeet fue el nico invitado de la familia de Dusty. Acudi con 
su mujer, Jasmine, y su hijo de tres aos, Foster, a quien 
todo el mundo llamaba Chupaflor.

El Higo y Primrose, su mujer y hermana mayor de Jasmine, se 
presentaron con montones de ejemplares del ltimo folleto 
publicado por la empresa de Newton y Skeet. Viajes 
Paranormales iba viento en popa.

Si uno soaba con echarle el ojo a Big Foot, visitar los 
escenarios de las ms famosas abducciones extraterrestres en 
los Estados Unidos continentales, alojarse en una serie de 
casas encantadas o seguir el rastro de Elvis en su peripattico 
vagabundeo por el pas desde su presunta muerte, Viajes 
Paranormales era la nica agencia con los paquetes tursticos 
capaces de satisfacer su curiosidad.

Ned Motherwell se present con su novia, Spike, y un puado 
de ejemplares firmados de su ltimo libro de haikus. Como l 
deca, la poesa no daba pasta, al menos no tanta como para 
dejar de pintar casas, pero tena otras compensaciones. 
Adems, el trabajo con el que se ganaba el pan era tambin 
su fuente de inspiracin: su nuevo libro se llamaba Ventanas 
y escaleras.

Luanne Farmer. la abuela recin recuperada de Skeet, el cual 
la haba conocido durante su peregrinaje de haca unos aos 
con El Higo, hizo el largo trayecto desde Cascade, Colorado, 
trayendo pan de pltano y nueces casero. Era una seora 
encantadora, pero lo mejor de todo fue que nadie pudo 
encontrarle el menor parecido con su hijo, Holden Caulfield 
senior, nacido Sam Farmer.

Roy Closterman y Brian llegaron acompaados por Charlotte, 
su perra Labrador negra, a la que no le falt compaa de su 
especie. Los irracionales dieron buena cuenta de tres men, 
de Dog llakery, y Valet se comport como un anfitrin 
generoso, incluso con las galletas de algarroba.

Chase y Zyna Glyson volaron desde Santa Fe cargados con 
una ristra de chiles rojos y otras especialidades del Sudoeste. 
La muerte de Abriman haba levantado el entredicho que 
pesaba sobre el buen nombre de los padres de Chase, y a 
esas alturas ningn ex alumno de la escuela La Liebre 
Orejotas conservaba falsos recuerdos de abusos sexuales.

Acabada la fiesta y despedido el ltimo invitado, los tres 
miembros de la familia Rhodes, con sus ocho piernas y una 
cola, se metieron en la cama de tamao extragrande. En 
atencin a su avanzada edad, Valet haba obtenido al fin 
privilegios limitados en relacin a los muebles, que incluan el 
uso prudente de la cama.

Tumbada boca arriba y con Valet acostado sobre sus pies, 
Martie poda sentir los nobles latidos del enorme corazn 
perruno y el ritmo regular y pausado del corazn de su 
marido, que yaca arrimado a ella.

Dusty la bes en el hombro y, en la clida y sedosa oscuridad, 
Martie murmuro:

-Ojal esto durara para siempre...

-Durar.

-Tengo todo lo que siempre haba soado, salvo a mi mejor 
amiga y a mi padre. Pero, sabes una cosa?

-Qu?

-Me gusta mi vida, no porque parezca un sueo, sino porque 
es autntica. Nuestros amigos, lo que hacemos. Dnde 
estamos... todo es tan autntico... No s si me explico.

-Como un libro abierto -le asegur Dusty.

Esa noche so con Bob el Risueo. Llevaba el traje protector 
negro con las dos bandas reflectantes, pero no caminaba 
entre llamas. Paseaba con ella por un prado rodeado de 
colinas, bajo el azul de un cielo de esto. Dijo que estaba 
orgulloso de ella y, cuando Martie se disculp por no ser tan 
valiente como l, le asegur que era valiente en todas las 
cosas que importaban, y que nada poda complacerlo ms que 
la certeza de que en el futuro las fuertes y suaves manos de 
su hija curaran y protegeran a los ms inocentes de este 
mundo.

Cuando despert de aquel sueo en mitad de la noche, la 
presencia que adivin en la oscuridad era tan real como los 
suaves ronquidos de Valet, tan real como el calor de Dusty, 
que dorma a su lado.